Carta a Diogneto


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TEXTOS DE LA CARTA A DIOGNETO
I. Refutación del politeísmo.
Una vez que te hayas purificado de todos los prejuicios que dominan tu mente y
te hayas liberado de tus hábitos mentales que te engañan, haciéndote como un
hombre radicalmente nuevo puedes comenzar a ser oyente de ésta que tú mismo
confiesas ser una doctrina nueva. Mira, no sólo con tus ojos, sino también con tu
inteligencia cuál es la realidad y aun la apariencia de ésos que vosotros creéis y
decís ser dioses. Uno es una piedra como las que pisamos; otro es un pedazo de
bronce, no mejor que el que se emplea en los cacharros de nuestro uso ordinario;
otro es de madera, que a lo mejor está ya podrida; otro es de plata, y necesita de
un guardia para que no lo roben; otro es de hierro y el orín lo corrompe; otro es
de arcilla, en nada mejor que la que se emplea para los utensilios más viles. ¿No
están todos ellos hechos de materia corruptible?… ¿No fue el escultor el que los
hizo, o el herrero, o el platero o el alfarero?… No son todos ellos cosas sordas,
ciegas, inanimadas, insensibles, inmóviles? ¿No se pudren todas? ¿No se
destruyen todas? Esto es lo que vosotros llamáis dioses, y a ellos os esclavizáis, a
ellos adoráis, para acabar siendo como ellos. ¿Por eso aborrecéis a los cristianos,
porque no creen que eso sean dioses?…

II. Refutación del judaísmo.
¿Por qué los cristianos no practican la misma religión que los judíos? Los judíos,
en cuanto se abstienen de la idolatría y adoran a un solo Dios de todas las cosas
al que tienen por Dueño soberano, piensan rectamente. Pero se equivocan al
querer tributarle un culto semejante al culto idolátrico del qué hemos hablado.
Porque los griegos muestran ser insensatos al presentar sus ofrendas a objetos
insensibles y sordos; pero éstos hacen lo mismo, como si Dios tuviera necesidad
de ellas, lo cual más parece propio de locura que de verdadero culto religioso.
Porque el que hizo «el cielo y la tierra y todo lo que en ellos se contiene» (Sal
145, 6) y que nos dispensa todo lo que nosotros necesitamos, no tiene necesidad
absolutamente de nada, y es él quien proporciona las cosas a los que se imaginan
dárselas… No es necesario que yo te haya de informar acerca de sus escrúpulos
con respecto a los alimentos, su superstición en lo referente al sábado, su
gloriarse en la circuncisión y su simulación en materia de ayunos y novilunios:
todo eso son cosas ridículas e indignas de consideración. ¿Cómo no hemos de
tener por impío el que de las cosas que Dios ha creado para los hombres se tomen
algunas como bien creadas, mientras que se rechazan otras como inútiles y
superfluas? ¿Cómo no es cosa irreligiosa calumniar a Dios, atribuyéndole que él
nos prohibe que hagamos cosa buena alguna en sábado? ¿No es digno de irrisión
el gloriarse en la mutilación de la carne como signo de elección, como si con esto
ya hubieran de ser particularmente amados de Dios?… Con esto pienso que
habrás visto suficientemente cuánta razón tienen los cristianos para apartarse de
la general inanidad y error y de las muchas observaciones y el orgullo de los
judíos 2.

III. Los cristianos en el mundo.

En cuanto al misterio de la religión propia de los cristianos, no esperes que lo
podrás comprender de hombre alguno. Los cristianos no se distinguen de los
demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En
efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua
alguna extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia
no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos,
ni hacen profesión, como algunos hacen, de seguir una determinada opinión
humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno
le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al
vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un
tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus
propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos,
pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda
patria les es extraña.
Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen
mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne.
Están sobre la tierra, pero su ciudadania es la del cielo. Se someten a las leyes
establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los
persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte,
y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos (/2Co/06/10). Les
falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma
deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. «Se los insulta, y ellos
bendicen» (1 Cor 4, 22). Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son
castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les
diera la vida. Los judíos les declaran guerra como a extranjeros y los griegos les
persiguen, pero los mismos que les odian no pueden decir los motivos de su odio.
Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos
en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los
cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente
en el cuerpo, pero no es es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el
mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo
visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo,
pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma,
aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los
placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de
ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los
miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El
alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del
cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son
los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda
mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan
la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y
bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino
aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería
licito para ellos desertar.
Porque, lo que ellos tienen por tradición no es invención humana: si se tratara de
una teoría de mortales, no valdría la pena una observancia tan exacta. No es la
administración de misterios humanos lo que se les ha confiado. Por el contrario,
el que es verdaderamente omnipotente, creador de todas las cosas y Dios
invisible, él mismo hizo venir de los cielos su Verdad y su Palabra santa e
incomprensible, haciéndola morar entre los hombres y estableciéndola
sólidamente en sus corazones. No envió a los hombres, como tal vez alguno
pudiera imaginar, a un servidor suyo, algún ángel o potestad de las que
administran las cosas terrenas o alguno de los que tienen encomendada la
administración de los cielos, sino al mismo artífice y creador del universo, el que
hizo los cielos, aquel por quien encerró el mar en sus propios limites, aquel cuyo
misterio guardan fielmente todos los elementos, de quien el sol recibió la medida
que ha de guardar en su diaria carrera, a quien obedece la luna cuando le manda
brillar en la noche, a quien obedecen las estrellas que son el séquito de la luna en
su carrera; aquel por quien todo fue ordenado, delimitado y sometido: los cielos y
lo que en ellos se contiene, la tierra y cuanto en la tierra existe, el mar y lo que en
el mar se encierra, el fuego. el aire, el abismo, lo que está en lo alto, lo que está
en lo profundo y lo que está en medio. A éste envió Dios a los hombres. Ahora
bien, ¿lo envió, como alguno de los hombres podría pensar, para ejercer una
tirania y para infundir terror y espanto? Ciertamente no, sino que lo envió con
bondad y mansedumbre, como un rey que envia a su hijo rey, como hombre lo
envió a los hombres, como salvador, para persuadir, no para violentar, ya que no
se da en Dios la violencia. Lo envió para invitar, no para perseguir; para amar, no
para juzgar. Ya llegará el día en que lo envíe para juzgar, y entonces ¿quién será
capaz de soportar su presencia?…

IV. El designio salvador de Dios.
65 Dios, Señor y Creador del universo, que hizo todas las cosas y las distinguió
según su orden, no sólo se mostró amador de los hombres, sino también
magnánimo con ellos. En realidad siempre fue tal, y lo sigue siendo, y lo será:
benévolo, bueno, sin ira y veraz: sólo él es bueno. Y habiendo concebido un
designio grande e inefable, lo comunicó sólo con su Hijo. Pues bien, mientras su
voluntad llena de sabiduría se mantenía en secreto y se guardaba, parecía que no
se cuidaba ni se preocupaba de nosotros. Pero después que lo reveló por medio
de su Hijo amado y manifestó lo que tenía preparado desde el principio, nos lo
dio todo de una vez, a saber, no sólo tener parte en sus beneficios, sino ver y
comprender lo que ninguno de nosotros hubiera jamás esperado.
Así pues, teniéndolo todo preparado en sí mismo y con su Hijo, hasta el tiempo
próximo pasado nos permitió que nos dejáramos llevar a nuestro antojo por
nuestros desordenados impulsos, arrastrados por los placeres y concupiscencias.
No es que tuviera en manera alguna complacencia en nuestros pecados, pero los
toleraba. Ni tampoco aprobaba entonces aquel tiempo de iniquidad, sino que iba
preparando el tiempo actual de justicia, para que, habiendo quedado en aquel
tiempo convictos par nuestras propias obras de que éramos indignos de la vida,
ahora fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios; y habiendo quedado
bien patente que nosotros por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de
Dios, se nos conceda ahora la capacidad de entrar por el poder del mismo Dios.
Cuando nuestra iniquidad llegó a su colmo y se puso plenamente de manifiesto
que la paga que podíamos esperar era el castigo y la muerte, llegó aquel
momento que Dios había dispuesto de antemano a partir del cual tenía que
mostrarse su bondad y su poder. ¡Oh maravillosa benignidad y amor de Dios para
con los hombres! No nos aborreció, no nos arrojó de sí, no nos guardó rencor,
sino que se mostró magnánimo, nos soportó, y compadecido de nosotros cargó
sobre sí nuestros pecados. ÉI mismo «entregó a su propio Hijo» (Rm 8, 32) como
rescate por nosotros: al santo por los pecadores, al inocente por los malvados, «al
justo por los injustos» (1 Pe 3, 18), al incorruptible por los corruptibles, al
inmortal por los mortales. Porque, ¿qué otra cosa podía cubrir nuestros pecados,
fuera de su justicia? ¿En quién podíamos nosotros, malvados e impíos, ser
justificados, sino sólo en el Hijo de Dios? ¡Oh dulce trueque! ¡Oh obra
insondable! ¡Oh beneficios inesperados! La iniquidad de muchos quedó
sepultada en un solo justo, y la justicia de uno bastó para justificar a muchos
malvados.
De esta suerte, habiéndonos convencido Dios en el tiempo pasado de que por
nuestra propia naturaleza no éramos capaces de alcanzar la vida, y habiendo
mostrado ahora al salvador que es capaz de salvar lo imposible, quiso que a partir
de estas dos cosas creyéramos en su bondad y le tuviéramos como sustentador
nuestro, padre, maestro, consejero, médico, inteligencia, luz, honor, gloria,
fuerza, vida, sin que anduviéramos preocupados de nuestro vestido o comida.
Si deseas llegar a alcanzar también tú esta fe, procura primero alcanzar el
conocimiento del Padre. Porque Dios amó a los hambres, por los cuales hizo el
mundo, a quienes sometió todas las cosas de la tierra, a quienes dio la razón y la
inteligencia, los únicos a quienes concedió mirar hacia arriba para que pudieran
verle, a quienes modeló a su propia imagen, a quienes envió a su Hijo unigénito
(1 Jn 4, 9), a quienes prometió el reino de los cielos, que dará a los que le
hubieren amado. No tienes idea de la alegría que te llenará cuando llegues a
alcanzar este conocimiento, o del amor que puedes llegar a sentir para con aquel
que primero te amó hasta tal extremo. Y cuando llegues a amarle, te convertirás
en imitador de su bondad. No te maravilles de que el hombre pueda llegar a ser
imitador de Dios: lo puede, si lo quiere Dios. Porque la felicidad no está en
dominar tiránicamente al prójimo, ni en querer estar siempre por encima de los
más débiles, ni en la riqueza, ni en la violencia para con los más necesitados: en
esto no puede nadie imitar a Dios, porque todo esto es ajeno de su grandeza. Más
bien el que toma sobre sí la carga de su prójimo, el que en aquello en que es
superior está dispuesto a hacer el bien a su inferior, el que suministra a los
necesitados lo que él mismo recibió de Dios, éste se convierte en Dios de los que
reciben de su mano, éste es imitador de Dios.
Entonces, aunque morando en la tierra, podrás contemplar cómo Dios es el Señor
de los cielos; entonces empezarás a hablar los misterios de Dios; entonces amarás
y admirarás a los que reciben castigo de muerte por no querer negar a Dios;
entonces condenarás el engaño y el extravio del mundo, cuando conocerás la
verdadera vida del cielo, cuando llegarás a despreciar la que aquí se tiene por
muerte, cuando temerás la muerte verdadera, que está reservada para los
condenados al fuego eterno que ha de castigar hasta el fin a los que a él sean
arrojados. Entonces, cuando hayas llegado a tener conocimiento de aquel fuego,
admirarás a los que por causa de la justicia soportan este fuego temporal, y los
tendrás por bienaventurados
5
……………………
1. Carta a Diogneto, cap. 2,
2, Ibid., cap. 3-4.
3. Ibid., cap. 5-7.
4. Ibid., cap. 8-10.

La vida corriente de los cristianos y sus ideales:
Los cristianos, en efecto, no se distinguen de los demás hombres ni por su
tierra ni por su habla ni por sus costumbres. Por-que ni habitan ciudades
exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida
aparte de los demás. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada
gracias al ta-lento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como
otros hacen, una enseñanza humana; sino que, habitando ciudades griegas o
bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido,
comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan
muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de
todos, sorprendente. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman
parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda
tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Se casan como
todos: como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. Ponen
mesa común, pero no le-cho. Están en la carne, pero no viven según la carne.
Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a
las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las le-yes. A todos aman y
por todos son perseguidos. Se los desconoce y se los condena. Se los mata y
en ello se les da la vida. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo
y abundan en todo. Son deshonrados y en las mismas deshonras son
glorificados. Se los maldice y se los declara justos. Los vituperan y ellos
bendicen. Se los injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como
malhechores; castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida.
Por los judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos son
perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben decir el
motivo de su odio.
(5; BAC 65, 850-851)

La caridad
Si deseas alcanzar tú también esa fe, trata, ante todo, de adquirir conocimiento
del Padre. Porque Dios amó a los hombres, por los cuales hizo el mundo, a los
que sometió cuanto hay en la tierra, a los que concedió inteligencia y razón, a
los solos que permitió mirar hacia arriba para contemplarle a Él, los que
plasmó de su propia imagen, a los que envió su Hijo Unigénito, a los que
prometió su reino en el cielo, que dará a los que le hubieren ama-do. Ahora,
conocido que hayas a Dios Padre, ¿de qué alegría piensas que serás colmado?,
¿o cómo amarás a quien hasta tal extremo te amó antes a ti? Y en amándole
que le ames, te convertirás en imitador de su bondad. Y no te maravilles de
que el hombre pueda venir a ser imitador de Dios. Queriéndolo Dios, el
hombre puede. Porque no está la felicidad en dominar tiránicamente sobre
nuestro prójimo, ni en querer estar por encima de los más débiles, ni en
enriquecerse y violentar a los necesitados. No es ahí donde puede nadie imitar
a Dios, sino que todo eso es ajeno a su magnificencia. El que toma sobre sí la
carga de su prójimo; el que está pronto a hacer bien a su inferior en aquello
justamente en que él es superior; el que, suministrando a los necesitados lo
mismo que él recibió de Dios, se convierte en Dios de los que reciben de su
mano, ése es el verdadero imitador de Dios.
Entonces, aun morando en la tierra, contemplarás a Dios cómo tiene su
imperio en el cielo; entonces empezarás a hablar de los misterios de Dios;
entonces amarás y admirarás a los que son castigados de muerte por no querer
negar a Dios; entonces condenarás el engaño y extravío del mundo, cuando
conozcas la verdadera vida del cielo, cuando desprecies ésta que aquí parece
muerte, cuando temas la que es de verdad muerte, que está reservada para los
condenados al fuego eterno, fuego que ha de atormentar hasta el fin a los que
fueren arrojados a él. Cuando este fuego conozcas, admirarás y tendrás por
bienhadados a los que, por amor de la justicia, soportan estotro fuego de un
momento.
(10; BAC 65, 850-858)

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fuente: primeroscristianos.com

CARTA DE SAN POLICARPO DE ESMIRNA A LOS FILIPENSES

 

Saludo

Policarpo y los presbíteros que están con él, a la  Iglesia de Dios que habita como

extranjera en Filipos: que la misericordia y la paz les sean dadas en plenitud por Dios

todopoderoso y Jesucristo nuestro Salvador.

1

La fe en Jesucristo

Me alegré mucho con ustedes, en nuestro Señor Jesucristo, cuando recibieron a las

imágenes de la verdadera caridad, y acompañaron, como debían hacerlo, a aquellos que

estaban encadenados por ataduras dignas de los santos, que son las diademas de quienes

han sido verdaderamente elegidos por Dios nuestro Señor.

2

Y me alegré de que la raíz vigorosa de su fe, de la que se habla desde tiempos antiguos,

permanece hasta ahora y da frutos en nuestro Señor Jesucristo, que aceptó por nuestros

pecados llegar hasta la muerte; y Dios lo resucitó  librándolo de los sufrimientos del

infierno.

3

Sin verlo, ustedes creen en él, con un gozo inefable y glorioso (1 P 1,8) al cual muchos

desean llegar, y ustedes saben que han sido salvados por gracia, no por sus obras, sino

por la voluntad de Dios por Jesucristo (Ef 2,5.8-9).

Por tanto, cíñanse sus cinturas y sirvan a Dios en el temor y la verdad (1 P 1,13; ver Sal

2,11) dejando a un lado las palabras falsas y el error de la multitud, creyendo en Aquel

que ha resucitado a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos, y le ha dado la gloria

(1 P 1,21), y un trono a su derecha.

4

A él le está todo sometido, en el cielo y sobre la  tierra (ver Flp 2,10; 3,21); a él le

obedece todo lo que respira, él vendrá a juzgar a vivos y muertos (Hch 10,42), y Dios

pedirá cuenta de su sangre a quienes no aceptan creer en él. Aquel que lo ha resucitado

de entre los muertos, también nos resucitará a nosotros (2 Co 4,14), si hacemos su

voluntad y caminamos en sus mandamientos, y si amamos lo que él amó,

absteniéndonos de toda injusticia, arrogancia, amor al dinero, murmuración, falso

testimonio, no devolviendo mal por mal, injuria por injuria (1 P 3,9), golpe por golpe,

maldición por maldición, acordándonos de lo que nos ha enseñado el Señor, que dice:

“No juzguen, para no ser juzgados; perdonen y se les perdonará; hagan misericordia

para recibir misericordia; la medida con que midan  se usará también con ustedes, y

bienaventurados los pobres y los que son perseguidos por la justicia, porque de ellos es

el reino de Dios.

5

Fe, esperanza y caridad

No es por mí mismo, hermanos, que les escribo esto  sobre la justicia, sino porque

ustedes primero me invitaron. Porque ni yo, ni otro como yo, podemos acercarnos a la

sabiduría del bienaventurado y glorioso Pablo, que estando entre ustedes, hablándoles

cara a cara a los hombres de entonces (sobre el asunto de la predicación de Pablo en

Filipos, ver Hch 16,12-40), enseñó con exactitud y con fuerza la palabra de verdad, y

luego de su partida les escribió una carta; si la estudian atentamente podrán crecer en la

fe que les ha sido dada; ella es la madre de todos nosotros, seguida de la esperanza y

precedida del amor por Dios, por Cristo y por el prójimo. El que permanece en estas

virtudes ha cumplido los mandamientos de la justicia; pues el que tiene la caridad está

lejos de todo pecado.

6

Que todos lleven una vida digna de la fe que profesan El principio de todos los males es el amor al dinero.

7

Sabiendo, por tanto, que nada hemos traído al mundo y que no nos podremos llevar  nada (1 Tm 6,7), revistámonos con las armas de la justicia (ver 2 Co 6,7), y aprendamos primero nosotros mismos a caminar en los mandamientos del Señor.

Después, enseñen a sus mujeres a caminar en la fe que les ha sido dada, en la caridad,

en la pureza, a amar a sus maridos con toda fidelidad, a amar a todos los otros

igualmente con toda castidad y a educar a sus hijos en el conocimiento del temor de

Dios.

8

Que las viudas sean sabias en la fe del Señor, que intercedan sin cesar por todos, que

estén lejos de toda calumnia, murmuración, falso testimonio, amor al dinero y de todo

mal; sabiendo que son el altar de Dios, que Él examinará todo y que nada se le oculta

de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de los secretos de nuestro corazón

(ver 1 Co 14,25).

9

Sabiendo que de Dios nadie se burla (Ga 6,7), debemos caminar de una forma digna de

sus mandamientos y de su gloria.

Igualmente que los diáconos sean irreprochables delante de su justicia, como servidores

de Dios y de Cristo, y no de los hombres: ni calumnia, ni doblez, ni amor al dinero; sino

castos en todas las cosas, misericordiosos, solícitos, caminando según la verdad del

Señor que se ha hecho el servidor de todos.

10 Si le somos agradables en el tiempo

presente, Él nos dará a cambio el tiempo venidero,  puesto que nos ha prometido

resucitarnos de entre los muertos y que, si nuestra conducta es digna de Él, también

reinaremos con Él (2 Tm 2,12), si al menos tenemos fe.

Del mismo modo, que los jóvenes sean irreprochables en todo, velando ante todo por la

pureza, refrenando todo mal que esté en ellos. Porque es bueno cortar los deseos de este

mundo, pues todos los deseos combaten contra el espíritu (ver 1 P 2,11), y ni los

fornicadores, ni los afeminados, ni los sodomitas tendrán parte en el reino de Dios (ver

1 Co 6,9-10), ni aquellos que hacen el mal. Por eso deben abstenerse de todo esto y

estar sometidos a los presbíteros y a los diáconos como a Dios y a Cristo.

11

Las vírgenes deben caminar con una conciencia irreprensible y pura.

Los presbíteros

También los presbíteros deben ser misericordiosos,  compasivos con todos; que

devuelvan al recto camino a los descarriados, que visiten a todos los enfermos, sin

olvidar a la viuda, al huérfano, al pobre, sino pensando siempre en hacer el bien delante

de Dios y de los hombres.

12

Que se abstengan de toda cólera, acepción de personas,

juicio injusto; que estén alejados del amor al dinero, que no piensen mal rápidamente de

alguien, que no sean duros en sus juicios, sabiendo que todos somos deudores del

pecado.

Si pedimos al Señor que nos perdone, también nosotros debemos perdonar, pues

estamos ante los ojos de nuestro Señor y Dios, y todos deberemos comparecer ante el

tribunal de Cristo, y cada uno deberá dar cuenta de sí mismo (ver Rm 14,10-12).

Por tanto, sirvámosle con temor y mucha circunspección, conforme él nos lo ha

mandado, al igual que los apóstoles que nos han predicado el Evangelio y los profetas

que nos anunciaron la venida de nuestro Señor. Seamos celosos para lo bueno, evitemos

los escándalos, los falsos hermanos y los que llevan con hipocresía el nombre del

Señor, haciendo errar a los cabezas huecas [kenoys anthrópoys, literalmente: hombres

vacíos].

Advertencia contra el docetismo

Todo, en efecto, el que no confiesa que Jesucristo vino en la carne es un anticristo, y el

que no acepta el testimonio de la cruz es del diablo, y el que tergiversa las palabras del

Señor según sus propios deseos y niega la resurrección y el juicio, ése es el primogénito

de Satanás.

13

Por eso, abandonemos los vanos discursos de las multitudes y las falsas doctrinas, y

volvamos a la enseñanza que nos ha sido transmitida desde el principio. Permaneciendo

sobrios para la oración (ver 1 P 4,7), constantes en los ayunos, suplicando en nuestras

oraciones a Dios, que lo ve todo, que no nos introduzca en la tentación (Mt 6,13), pues

el Señor ha dicho: El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil (Mt 26,41).

14

Esperanza y paciencia

Perseveremos constantemente en nuestra esperanza14  y en las primicias de nuestra

justicia, que es Jesucristo, que llevó al madero nuestros pecados en su propio cuerpo

(ver 1 P 2,24), él, que no había cometido pecado, en quien no se había encontrado

falsedad en su boca (1 P 2,22). Pero por nosotros, para que nosotros viviéramos en él,

lo soportó todo.

Seamos, pues, los imitadores de su paciencia, y si  sufrimos por su nombre,

glorifiquémoslo. Porque éste es el ejemplo que él nos ha dado en sí mismo, y esto es lo

que nosotros hemos creído (ver 1 P 4,16; 2,21).

Los exhorto a todos a obedecer a la palabra de justicia, y a perseverar con toda

paciencia, la que han visto con sus ojos no sólo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo

y Rufo, sino también en otros de entre ustedes, en  Pablo mismo y en los demás

apóstoles. Convencidos de que todos éstos no han corrido en vano (Ga 2,2; Flp 2,16),

sino en la fe y la justicia, y que están en el lugar que les corresponde junto al Señor con

los que han sufrido. Ellos no amaron este siglo presente (ver 2 Tm 4,10), sino a aquel

que murió por nosotros y que Dios resucitó por nosotros.

Caridad fraterna (A partir de este capítulo no tenemos el texto griego de la carta, sino

una antigua versión latina)

Permanezcan, por tanto, en estos (sentimientos) e imiten el ejemplo del Señor, firmes e

inconmovibles en la fe, amando a los hermanos, amándose unos a otros, unidos en la

verdad, teniéndose paciencia unos a otros con la mansedumbre del Señor, no

despreciando a nadie.

15

Cuando puedan hacer el bien, no lo posterguen, pues la limosna libera de la muerte (Tb.

12,9). Todos ustedes estén sometidos los unos a los otros, teniendo una conducta

irreprensible entre los paganos, para que por sus buenas obras (también) reciban la

alabanza y el Señor no sea blasfemado por causa de ustedes (ver 1 P 2,12). Pero pobre

de aquel por quien sea blasfemado el nombre del Señor (ver Is 52,5). Enseñen, pues, a

todos la sobriedad en la que viven ustedes mismos.

16

El caso de Valente1

Estoy muy apenado por Valente, que fue presbítero por algún tiempo entre ustedes, (al

ver) que ignora hasta tal punto el cargo que se le había dado. Por tanto, les advierto que

se abstengan de la avaricia y que sean castos y veraces. Absténganse de todo mal.

Quien no se puede gobernar a sí mismo en esto, ¿cómo puede enseñarlo a los otros? Si

alguno no se abstiene de la avaricia, se dejará manchar por la idolatría y será contado

entre los paganos que ignoran el juicio del Señor (ver Jr 5,4). ¿O acaso ignoramos que

los santos juzgarán al mundo, como lo enseña Pablo? (ver 1 Co 6,2).

17

Yo no oí ni vi nada semejante en ustedes, entre quienes trabajó el bienaventurado

Pablo, ustedes que están al comienzo de su epístola.

18

De ustedes, en efecto, él se gloría delante de todas las iglesias (ver 2 Ts 1,4), las únicas que entonces conocían a Dios, puesto que nosotros todavía no lo conocíamos.

19

Así, pues, hermanos, estoy muy triste por él y por  su esposa, a ellos les conceda el

Señor la penitencia verdadera (ver 2 Tm 2,25). Ustedes sean sobrios, también en esto, y

no los consideren como a enemigos (ver 2 Ts 3,15), sino que vuelvan a llamarlos como

a miembros sufrientes y extraviados. Haciendo esto se construyen a sí mismos.

20

Recomendaciones finales

Confío en que están bien ejercitados en las santas Escrituras, y que nada ignoran. Yo,

por mi parte, no tengo este don. Ahora (les digo), como está dicho en las Escrituras:

Enójense y no pequen, y que el sol no se ponga sobre su ira (Sal 4,5; Ef 4,26). Feliz

quien se acuerda. Creo que sucede así con ustedes.

Que Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y él mismo, el pontífice eterno, el Hijo

de Dios, Jesucristo (ver Hb 6,20; 7,13), los edifiquen en la fe y en la verdad, en toda

mansedumbre, sin cólera, en paciencia y en magnanimidad, en tolerancia y en castidad.

Y les den parte en la herencia de sus santos

21

y a nosotros con ustedes, y a todos los que están bajo el cielo, que creen en nuestro Señor Jesucristo y en su Padre, que lo resucitó de entre los muertos Oren por todos los santos. Oren también por los reyes, por las autoridades y los príncipes, por los que los persiguen y los odian, y por los enemigos de la cruz (ver Mt 5,44; 1 Tm 2,2; Jn 15,16; 1 Tm 4,15; St 1,4; Col 2,10; Flp 3,18.); de modo que su fruto sea manifiesto para todos, y ustedes sean perfectos en él.

Ustedes e Ignacio me han escrito, para que si alguien va a Siria también lleve la carta

de ustedes. Lo haré, si encuentro una ocasión favorable, sea yo mismo, sea aquel que

enviaré para que nos represente. (Ignacio de Antioquía le había pedido a Policarpo que

enviase un mensajero a Antioquía, a fin de llevarles a los cristianos sus felicitaciones y

animándolos [ver Ep. a Policarpo 7,2; 8,1]. La comunidad de Filipos, según parece, les

había escrito a los Antioquenos con idéntica finalidad. Policarpo responde con esta

primera carta.)

Conforme me lo pidieron, les mandamos las cartas de Ignacio, las que él nos envió y

todas las demás que tenemos entre nosotros. Ellas van unidas a la presente carta, y

ustedes podrán obtener gran provecho; porque ellas  contienen fe, paciencia y toda

edificación relacionada con nuestro Señor. Hágannos saber lo que sepan con certeza del

mismo Ignacio y de sus compañeros. (“Les mandamos las cartas de Ignacio.” Esta frase

parece indicar que, con mucha probabilidad, muy pronto se formó un corpus de las

cartas de Ignacio. Policarpo no tenía dificultad en reunir todas las epístolas de Ignacio a

las iglesias de Asia. Esto permite conjeturar que no formaba parte del corpus la carta a

los Romanos, que ha sido transmitida de forma independiente. – Desde “Hágannos

saber…” el texto sólo se conserva en latín. “Ignacio y sus compañeros” es la traducción

de “qui cum eo sunt”).

Despedida (A partir de este capítulo se retoma el texto, en  su versión latina, de la

segunda carta. Crescente no es el secretario de Policarpo, sino el portador de la carta

[ver Ignacio de Antioquía, Rom. 10,1; Filad. 11,2; Esmir. 12,1])

Les escribo esto por Crescente, a quien recientemente les recomendé y ahora (de

nuevo) les recomiendo. Se ha conducido entre nosotros de forma irreprochable; y creo

que lo hará entre ustedes de la misma manera. También les recomiendo su hermana,

cuando ella llegue entre ustedes. Sean perfectos en el Señor Jesucristo, y en su gracia

con todos los suyos. Amén. (También se podría traducir, esta última frase, por

“Compórtense bien en el Señor Jesucristo” [Incolumes estote in domino Iesu Christo])

 

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Selección de Textos de las obras de San Justino


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SELECCIÓN DE TEXTOS DE LAS OBRAS DE SAN JUSTINO

 

La verdadera sabiduría (Diálogo con Trifón, 1-8)

Una mañana que paseaba bajo los porches del gimnasio, se cruzó conmigo

cierto sujeto:

 

—¡Salud, filósofo!, me dijo.

Y a la vez que saludaba, se dio la vuelta y se puso a pasear a mi lado, y con

él también sus amigos. Yo le devolví el saludo:

 

—¿Qué ocurre?, le contesté.

 

—Me enseñó en Argos Corinto el socrático—respondió—que no se debe

descuidar a los que visten hábito como el tuyo, sino, ante todo, mostrarles

estima y buscar conversación con el fin de sacar algún provecho, pues, aun

en el caso de que saliese beneficiado sólo uno de los dos, ya sería un bien

para ambos. Por eso, siempre que veo a alguien con este hábito, me acerco a

él con gusto. También los que me acompañan esperan oír de ti algo de

provecho…

 

—¿Y quién eres tú, oh el mejor de los mortales?, le repliqué, bromeando un

poco.

Entonces me indicó, sencillamente, su nombre y su raza:

 

—Mi nombre es Trifón, y soy hebreo de la circuncisión que, huyendo de la

guerra recientemente finalizada, vivo en Grecia, la mayor parte del tiempo en

Corinto.

 

—¿Y cómo—le respondí—puedes sacar más provecho de la filosofía que de tu

propio legislador y de los profetas?

 

—¿No tratan de Dios—me replicó—los filósofos en todos sus discursos y no

versan sus disputas sobre su unicidad y providencia? ¿Y no es objeto de la

filosofía investigar acerca de Dios?

 

—Ciertamente—le dije—, y ésa es también mi opinión; pero la mayoría de los

filósofos ni se plantean siquiera el problema de si hay un solo Dios o muchos,

ni si tiene o no providencia de cada uno de nosotros, pues opinan que

semejante conocimiento no contribuye para nada a nuestra felicidad (…).

 

Entonces él, sonriendo, dijo cortésmente:

 

—Y tú ¿qué opinas de esto, qué piensas de Dios y cuál es tu filosofía?

 

—Te diré lo que me parece claro, respondí. La filosofía, efectivamente, es en

realidad el mayor de los bienes y el más precioso ante Dios, a quien nos

conduce y recomienda 1. Y santos, en verdad, son aquellos que a la filosofía

consagran su inteligencia. Sin embargo, qué es en realidad y por qué fue

enviada a los hombres, es algo que escapa a la mayoría de la gente; pues

siendo una ciencia única, no habría platónicos, ni estoicos, ni peripatéticos, ni

teóricos, ni pitagóricos (…).

(Al llegar a este punto, Justino explica a sus interlocutores cómo fue pasando

por diversas escuelas filosóficas en busca de la sabiduría, pero ninguna le

satisfizo).

 

Con esta disposición de ánimo, determiné un día refugiarme en la soledad y

evitar todo contacto con los hombres. Me dirigí a cierto paraje, no lejos del

mar. Cerca ya del lugar, me seguía a poca distancia un anciano de aspecto

venerable. Me di la vuelta y clavé los ojos en él.

 

—¿Es que me conoces?, preguntó.

 

Contesté que no.

 

—Entonces, ¿por qué me miras de esa manera?

 

—Estoy maravillado—dije—de que hayas venido a parar a este mismo lugar,

donde no esperaba encontrar a hombre alguno.

 

—Ando preocupado—repuso él—por unos parientes míos que están de viaje.

 

He venido a mirar si aparecen por alguna parte. Y a ti—concluyó—¿qué te

trae por acá?

 

—Me gusta—le dije—pasar así el rato: puedo conversar conmigo mismo sin

estorbo. Para quien ama la meditación no hay parajes tan propios como

éstos.

 

—Luego, ¿eres amigo de la idea y no de la acción y de la verdad? ¿Cómo no

tratas de ser más bien un hombre práctico y no sofista?

 

—¿Y qué mayor bien hay—le repliqué—que demostrar cómo la idea lo dirige

todo y, concebida en nosotros y dejándonos conducir por ella, contemplar el

extravío de los demás y que en nada de sus ocupaciones hay algo sano y

grato a Dios? Sin la filosofía y la recta razón no es posible que haya prudencia

(…).

 

(El relato continúa con las más variadas preguntas del anciano acerca de la

inmortalidad del alma, sus capacidades, la relación de las criaturas con Dios…

Justino intenta responder, pero llega un momento en el que comprende que

los filósofos no son capaces con la sola razón de dar cuenta de todos los

interrogantes que se plantean los hombres.)

 

—Entonces—volví a replicar—, ¿a quién vamos a tomar por maestro o de

donde podemos sacar provecho, si ni en éstos, como en Platón o en

Pitágoras, se halla la verdad?

 

—Existieron hace mucho tiempo—me contestó el viejo—unos hombres más

antiguos que todos éstos tenidos por filósofos; hombres bienaventurados,

justos y amigos de Dios, que hablaron por inspiración divina; y divinamente

inspirados predijeron el porvenir, lo que justamente se está cumpliendo

ahora: son los llamados profetas.

 

Éstos son los que vieron y anunciaron la verdad a los hombres, sin temer ni

adular a nadie, sin dejarse vencer de la vanagloria; sino, que llenos del

Espíritu Santo, sólo dijeron lo que vieron y oyeron. Sus escritos se conservan

todavía y quien los lea y les preste fe, puede sacar el más grande provecho

en las cuestiones de los principios y fin de las cosas y, en general, sobre

aquello que un filósofo debe saber.

 

No compusieron jamás sus discursos con demostración, ya que fueron

testigos fidedignos de la verdad por encima de toda demostración. Por lo

demás, los sucesos pasados y actuales nos obligan a adherirnos a sus

palabras. También por los milagros que hacían es justo creerles, pues por

ellos glorificaban a Dios Hacedor y Padre del Universo, y anunciaban a Cristo

Hijo suyo, que de Él procede. En cambio, los falsos profetas, llenos del

espíritu embustero e impuro, no hicieron ni hacen caso, sino que se atreven a

realizar ciertos prodigios para espantar a los hombres y glorificar a los

espíritus del error y a los demonios.

 

Ante todo, por tu parte, ruega para que se te abran las puertas de la luz,

pues estas cosas no son fáciles de ver y comprender por todos, sino a quien

Dios y su Cristo concede comprenderlas.

 

Esto dijo y muchas otras cosas que no tengo por qué referir ahora. Se

marchó y después de exhortarme a seguir sus consejos, no le volví a ver

jamás. Sin embargo, inmediatamente sentí que se encendía un fuego en mi

alma y se apoderaba de mí el amor a los profetas y a aquellos hombres que

son amigos de Cristo y, reflexionando sobre los razonamientos del anciano,

hallé que ésta sola es la filosofía segura y provechosa.

 

De este modo, y por estos motivos, yo soy filósofo, y quisiera que todos los

hombres, poniendo el mismo fervor que yo, siguieran las doctrinas del

Salvador. Pues hay en ellas un no sé qué de temible y son capaces de

conmover a los que se apartan del recto camino, a la vez que, para quienes

las meditan, se convierten en dulcísimo descanso.

 

Ahora bien, si tú también te preocupas algo de ti mismo y aspiras a tu

salvación y tienes confianza en Dios, como a hombre que no es ajeno a estas

cosas, te es posible alcanzar la felicidad, reconociendo a Cristo e iniciándote

en sus misterios.

* * * * *

Las obras del cristiano (Apología 1, 3, 10, 12, 14-17)

 

Tenemos la obligación de dar ejemplo con nuestra vida y nuestra doctrina, no

sea que hayamos de pagar nosotros el castigo de quienes parecen ignorar

nuestra religión, y así pecaron por su ceguera. Pero también vosotros debéis

oírnos y juzgar con rectitud porque, en adelante, estando instruidos, no

tendréis excusa alguna ante Dios si no obráis justamente (…).

 

Consideramos de interés para todos los hombres que no se les impida

aprender esta doctrina, sino que se les exhorte a ella, porque lo que no

lograron las leyes humanas, ya lo hubiera realizado el Verbo divino si los

malvados demonios no hubieran esparcido muchas e impías calumnias,

tomando por aliada a la pasión que habita en cada uno, mala para todo, y

multiforme por naturaleza: con esos crímenes nada tenemos que ver nosotros

(…).

 

Vuestra mejor ayuda para el mantenimiento de la paz somos nosotros, pues

profesamos doctrinas como la de que no es posible que un malhechor, un

avaro o un conspirador, pasen inadvertidos a Dios—como tampoco pasa un

hombre virtuoso—. Por el contrario, cada uno camina, según el mérito de sus

acciones, hacia el castigo o hacia la salvación eterna. Si todos los hombres

fuesen conscientes de esto, nadie escogería la maldad por un momento,

sabiendo que así emprendía la marcha hacia su condena eterna en el fuego,

sino que por todos los medios se contendría y se adornaría con las virtudes,

para alcanzar los bienes de Dios y verse libre de la pena. Quienes, por miedo

a las leyes y castigos decretados por vosotros, tratan de ocultarse al cometer

sus crímenes, los cometen conscientes de que sois hombres, y que de

vosotros es posible esconderse. Si supieran y estuvieran persuadidos de que

nadie puede ocultar a Dios, no ya una acción, sino tampoco un pensamiento,

al menos por el castigo que les amenaza, se moderarían (…).

 

CV/FE: Los que antes nos complacíamos en la disolución, ahora sólo amamos

la castidad; los que nos entregábamos a las artes mágicas, ahora nos hemos

consagrado al Dios bueno e ingénito; los que amábamos por encima de todo

el dinero y el beneficio de nuestros bienes, ahora, aun lo que tenemos lo

ponemos en común, y de ello damos parte a todo el que está necesitado; los

que nos odiábamos y matábamos, y no compartíamos el hogar con nadie de

otra raza que la nuestra, por la diferencia de costumbres, ahora, después de

la aparición de Cristo, vivimos juntos y rogamos por nuestros enemigos, y

tratamos de persuadir a los que nos aborrecen injustamente para que,

viviendo conforme a los preclaros consejos de Cristo, tengan la esperanza de

alcanzar, junto con nosotros, los bienes de Dios, soberano de todas las cosas

(…).

 

Sobre la castidad, (Cristo] dijo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya

ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandoliza,

arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros

que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno (Mt 5, 2829). Y el que se

casa con una divorciada de otro marido, comete adulterio (Mt 5, 32) (…). Así,

para nuestro Maestro, no sólo son pecadores los que contraen doble

matrimonio conforme a la ley humana, sino también los que miran a una

mujer para desearla. No sólo rechaza al que comete adulterio de hecho, sino

también al que lo querría, pues ante Dios son patentes tanto las obras como

los deseos. Entre nosotros hay muchos y muchas que, hechos discípulos de

Cristo desde la niñez, permanecen incorruptos hasta los sesenta y los setenta

años, y yo me glorío de que os los puedo mostrar de entre toda raza humana.

Y esto, sin contar a la ingente muchedumbre de los que se han convertido

después de una vida disoluta y han aprendido esta doctrina, pues Cristo no

llamó a penitencia a los justos y a los castos, sino a los impíos, a los

intemperantes y a los inicuos. Así lo dijo: no he venido a llamar a penitencia a

los justos, sino a los pecadores (Lc 5, 32) (…).

 

Sus palabras sobre el ejercicio de la paciencia, y sobre el estar prontos a

servir y ajenos a la ira, son éstas: a quien te golpee en una mejilla,

preséntale la otra, y a quien quiera quitarte la túnica o el manto, no se lo

impidas (Lc 6, 29). Mas quienquiera que se irrite, es reo del fuego (Mt 5 22)

A quien te contrate para una milla, acompáñale dos (Mt 5, 41). Brillen, pues,

vuestras obras delante de los hombres, para que viéndolas admiren a vuestro

Padre que está en los cielos (Mt 5, 16). No debemos, pues, ofrecer

resistencia. Él no quiere que seamos imitadores de los malvados, sino que

nos exhortó a apartar a todos de la vergüenza y del deseo del mal por medio

de la paciencia y la mansedumbre. Y esto lo podemos demostrar por muchos

que han vivido entre vosotros, que dejaron sus hábitos de violencia y tiranía,

y se convencieron, ora contemplando la constancia de vida de sus vecinos,

ora considerando la extraña paciencia de sus compañeros de viaje al ser

defraudados, ora poniendo a prueba a sus compañeros de negocio (…).

 

En cuanto a los tributos y contribuciones, nosotros antes que nadie

procuramos pagarlos a quienes vosotros habéis designado para ello en todas

partes: así se nos enseñó. Cuando se le acercaron algunos para preguntarle

si había que pagar el tributo al César, Él respondió: ¿De quién es esta imagen

y esta inscripción? Le respondieron: Del César. Entonces les dijo: Dad, pues,

al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt 22, 20-21). Por

eso, sólo adoramos a Dios, pero en todo lo demás os servimos a vosotros con

gusto, reconociendo que sois emperadores y gobernantes de los hombres y

rogando que, junto con el poder imperial, se advierta que también sois

hombres de prudente juicio.

* * * * *

 

Como los Apóstoles nos enseñaron (Apología 1, 65-67)

 

Después de ser lavado de ese modo, y adherirse a nosotros quien ha creído

2, le llevamos a los que se llaman hermanos, para rezar juntos por nosotros

mismos, por el que acaba de ser iluminado, y por los demás esparcidos en

todo el mundo. Suplicamos que, puesto que hemos conocido la verdad,

seamos en nuestras obras hombres de buena conducta, cumplidores de los

mandamientos, y así alcancemos la salvación eterna.

 

Terminadas las oraciones, nos damos el ósculo de la paz. Luego, se ofrece

pan y un vaso de agua y vino a quien hace cabeza, que los toma, y da

alabanza y gloria al Padre del universo, en nombre de su Hijo y por el Espíritu

Santo. Después pronuncia una larga acción de gracias por habernos

concedido los dones que de Él nos vienen. Y cuando ha terminado las

oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo:

Amén, que en hebreo quiere decir así sea. Cuando el primero ha dado gracias

y todo el pueblo ha aclamado, los que llamamos diáconos dan a cada

asistente parte del pan y del vino con agua sobre los que se pronunció la

acción de gracias, y también lo llevan a los ausentes.

 

A este alimento lo llamamos Eucaristía. A nadie le es lícito participar si no

cree que nuestras enseñanzas son verdaderas, ha sido lavado en el baño de

la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que Cristo

nos enseñó. Porque no los tomamos como pan o bebida comunes, sino que,

así como Jesucristo, Nuestro Salvador, se encarnó por virtud del Verbo de

Dios para nuestra salvación, del mismo modo nos han enseñado que esta

comida—de la cual se alimentan nuestra carne y nuestra sangre—es la Carne

y la Sangre del mismo Jesús encarnado, pues en esos alimentos se ha

realizado el prodigio mediante la oración que contiene las palabras del mismo

Cristo. Los Apóstoles—en sus comentarios, que se llaman Evangelios—nos

transmitieron que así se lo ordenó Jesús cuando, tomó el pan y, dando

gracias, dijo: Haced esto en conmemoración mía; esto es mi Cuerpo. Y de la

misma manera, tomando el cáliz dio gracias y dijo: ésta es mi Sangre. Y sólo

a ellos lo entregó (…).

 

Nosotros, en cambio, después de esta iniciación, recordamos estas cosas

constantemente entre nosotros. Los que tenemos, socorremos a todos los

necesitados y nos asistimos siempre los unos a los otros. Por todo lo que

comemos, bendecimos siempre al Hacedor del universo a través de su Hijo

Jesucristo y por el Espíritu Santo.

 

El día que se llama del sol [el domingo], se celebra una reunión de todos los

que viven en las ciudades o en los campos, y se leen los recuerdos de los

Apóstoles o los escritos de los profetas, mientras hay tiempo. Cuando el

lector termina, el que hace cabeza nos exhorta con su palabra y nos invita a

imitar aquellos ejemplos. Después nos levantamos todos a una, y elevamos

nuestras oraciones. Al terminarlas, se ofrece el pan y el vino con agua como

ya dijimos, y el que preside, según sus fuerzas, también eleva sus preces y

acciones de gracias, y todo el pueblo exclama: Amén. Entonces viene la

distribución y participación de los alimentos consagrados por la acción de

gracias y su envío a los ausentes por medio de los diáconos.

 

Los que tienen y quieren, dan libremente lo que les parece bien; lo que se

recoge se entrega al que hace cabeza para que socorra con ello a huérfanos y

viudas, a los que están necesitados por enfermedad u otra causa, a los

encarcelados, a los forasteros que están de paso: en resumen, se le

constituye en proveedor para quien se halle en la necesidad. Celebramos esta

reunión general el día del sol, por ser el primero, en que Dios, transformando

las tinieblas y la materia, hizo el mundo; y también porque es el día en que

Jesucristo, Nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos; pues hay que

saber que le entregaron en el día anterior al de Saturno [sábado], y en el

siguiente—que es el día del sol—, apareciéndose a sus Apóstoles y discípulos,

nos enseñó esta misma doctrina que exponemos a vuestro examen.

……………………

1. San Justino se refiere a la filosofía en cuanto participación de la misma

Sabiduna divina.

2. En los párrafos precedentes ha expuesto la doctrina sobre el Bautismo.

* * * * *

 

I. El cristianismo y la filosofía.

 

CR/ANONIMOS: Para que no haya nadie que sin razón rechace nuestra

enseñanza objetando que Cristo nació hace sólo ciento cincuenta años en

tiempos de Quirino… y de Poncio Pilato, urgiendo con ello que ninguna

responsabilidad tuvieron los hombres de épocas anteriores, nos daremos

prisa a resolver esta dificultad. Nosotros hemos aprendido que Cristo es el

primogénito de Dios, el cual, como ya hemos indicado, es el Logos, del cual

todo el género humano ha participado. Y así, todos los que han vivido

conforme al Logos son cristianos, aun cuando fueran tenidos como ateos,

como sucedió con Sócrates, Heráclito y otros semejantes entre los griegos, y

entre los bárbaros con Abraham, Azarias, Misael, Elías y otros muchos… De

esta suerte, los que en épocas anteriores vivieron sin razón, fueron malvados

y enemigos de Cristo, y asesinaron a los que vivían según la razón. Por el

contrario, los que han vivido y siguen vi- viendo según la razón son

cristianos, viviendo sin miedo y en paz… 1.

Declaro que todas mis oraciones y mis denodados esfuerzos tienen por objeto

el mostrarme como cristiano: no que las doctrinas de Platón sean

simplemente extrañas a Cristo, pero sí que no coinciden en todo con él, lo

mismo que las de los otros filósofos, como los estoicos, o las de los poetas o

historiadores. Porque cada uno de éstos habló correctamente en cuanto que

veía que tenía por connaturalidad una parte del Logos seminal de Dios. Pero

es evidente que quienes expresaron opiniones contradictorias y en puntos

importantes, no poseyeron una ciencia infalible ni un conocimiento inatacable.

Ahora bien, todo lo que ellos han dicho correctamente nos pertenece a

nosotros, los cristianos, ya que nosotros adoramos y amamos, después de

Dios, al Logos de Dios inengendrado e inexpresable, pues por nosotros se

hizo hombre para participar en todos nuestros sufrimientos y así curarlos. Y

todos los escritores, por la semilla del Logos inmersa en su naturaleza,

pudieron ver la realidad de las cosas, aunque de manera oscura. Porque una

cosa es la semilla o la imitación de una cosa que se da según los limites de lo

posible, y otra la realidad misma por referencia a la cual se da aquella

participación o imitación… 2

 

II. Dios.

Al Padre de todas las cosas no se le puede imponer nombre alguno, pues es

inengendrado. Porque todo ser al que se impone un nombre, presupone otro

más antiguo que él que se lo imponga. Los nombres de Padre, Dios. Creador.

Señor, Dueño, no son propiamente nombres, sino apelaciones tomadas de

sus beneficios y de sus obras. En cuanto a su Hijo—el único a quien con

propiedad se llama Hijo, el Logos que está con él, siendo engendrado antes

de las criaturas, cuando al principio creó y ordenó por medio de él todas las

cosas—se le llama Cristo a causa de su unción y de que fueron ordenadas por

medio de él todas las cosas. Este nombre encierra también un sentido

incognoscible, de manera semejante a como la apelación de «Dios» no es un

nombre, sino que representa una concepción, innata en la naturaleza

humana, de lo que es una realidad inexplicable. En cambio «Jesús» es un

nombre humano, que tiene el sentido de «salvador». Porque el Logos se hizo

hombre según el designio de Dios Padre y nació para bien de los creyentes y

para destrucción de los demonios… 3.

 

El Padre inefable y Señor de todas las cosas, ni viaja a parte alguna. ni se

pasea, ni duerme, ni se levanta, sino que permanece siempre en su sitio, sea

el que fuere, con mirada penetrante y con oído agudo, pero no con ojos ni

orejas, sino con su poder inexpresable. Todo lo ve, todo lo conoce; ninguno

de nosotros se le escapa, sin que para ello haya de moverse el que no cabe

en lugar alguno ni en el mundo entero, el que existía antes de que el mundo

fuera hecho. Siendo esto así, ¿cómo puede él hablar con alguien, o ser visto

de alguien, o aparecerse en una mínima parte de la tierra, cuando en realidad

el pueblo no pudo soportar la gloria de su enviado en el Sinaí, ni pudo el

mismo Moisés entrar en la tienda que él había hecho, pues estaba llena de la

gloria de Dios, ni el sacerdote pudo aguantar de pie delante del templo

cuando Salomón llevó el arca a la morada que él mismo había construido en

Jerusalén? Por tanto, ni Abraham, ni Isaac, ni Jacob, ni hombre alguno vio al

que es Padre y Señor inefable absolutamente de todas las cosas y del mismo

Cristo, sino que vieron a éste, que es Dios por voluntad del Padre, su Hijo,

ángel que le sirve según sus designios. El Padre quiso que éste se hiciera

hombre por medio de una virgen, como antes se había hecho fuego para

hablar con Moisés desde la zarza… Ahora bien, que Cristo es Señor y Dios,

Hijo de Dios, que en otros tiempos se apareció por su poder como hombre y

como ángel y en la gloria del fuego en la zarza y que se manifestó en el juicio

contra Sodoma, lo he mostrado ya largamente… 4.

 

Al principio, antes de todas las criaturas, engendró Dios una cierta potencia

racional de sí mismo, a la cual llama el Espíritu Santo «gloria del Señor», y a

veces también Hijo, a veces Sabiduría, a veces ángel, a veces Dios, a veces

Señor o Palabra y a veces se llama a sí mismo Caudillo, cuando se aparece en

forma humana a Josué, hijo de Navé. Todas estas apelaciones le vienen de

estar al servicio de la voluntad del Padre y del hecho de estar engendrado por

el querer del Padre. Algo semejante vemos que sucede en nosotros: al emitir

una palabra, engendramos la palabra, pero no por modo de división de algo

de nosotros que, al pronunciar la palabra, disminuyera la razón que hay en

nosotros. Así también vemos que un fuego se enciende de otro sin que

disminuya aquel del que se tomó la llama, sino permaneciendo el mismo… Y

tomaré el testimonio de la palabra de la sabiduría, siendo ella este Dios

engendrado del Padre del universo, que subsiste como razón, sabiduría,

poder y gloria del que la engendró, y que dice por boca de Salomón: …EI

Señor me fundó desde el principio de sus ca minos para sus obras. Antes del

tiempo me cimentó, en el principio, antes de hacer la tierra, antes de crear

los abismos, antes de brotar las fuentes de las aguas… 5.

 

III. Pecado y salvación.

Oid cómo el Espiritu Santo dice acerca de este pueblo que son todos hijos del

Altísimo y que en medio de su junta estará Cristo, haciendo justicia a todo

género de hombres (cf. Sal 81)… En efecto, el Espiritu Santo reprende a los

hombres porque habiendo sido creados impasibles e inmortales a semejanza

de Dios con tal de que guardaran sus mandamientos, y habiéndoles Dios

concedido el honor de llamarse hijos suyos, ellos, por querer asemejarse a

Adán y a Eva, se procuran a sí mismos la muerte… Queda así demostrado

que a los hombres se les concede el poder ser dioses, y que a todos se da el

poder ser hijos del Altísimo, y culpa suya es si son juzgados y condenados

como Adán y Eva… 6.

 

A nosotros nos ha revelado él cuanto por su gracia hemos entendido de las

Escrituras, reconociendo que él es el primogénito de Dios anterior a todas las

criaturas, y al mismo tiempo hijo de los patriarcas, pues se digna nacer

hombre sin hermosura, sin honor y pasible, hecho carne de una virgen del

linaje de los patriarcas. Por esto en sus propios discursos, hablando de su

futura pasión dijo: «Es necesario que el Hijo del hombre sufra muchas cosas,

y que sea reprobado por los escribas y los fariseos, y sea crucificado, y

resucite al tercer día» (Mc 8, 31; Lc 9, 22). Ahora bien, él se llamaba a sí

mismo Hijo del hombre o bien a causa de su nacimiento por medio de una

virgen que era del linaje de David, de Jacob, de Isaac y de Abraham, o bien

porque el mismo Adán era padre de todos esos que acabo de nombrar, de

quienes Maria trae su linaje… Por haberle reconocido como Hijo de Dios por

revelación del Padre, Cristo cambió el nombre a uno de sus discipulos, que

antes se llamaba Simón y luego se llamó Pedro. Como Hijo de Dios le

tenemos descrito en los «Recuerdos de los apóstoles», y como tal le tenemos

nosotros, entendiendo que procedió del poder y de la voluntad del Padre

antes de todas las criaturas. En los discursos de los profetas es llamado

Sabiduría, Día, Oriente, Espada, Piedra, Vara, Jacob, Israel, unas veces de un

modo y otras de otro; y sabemos que se hizo hombre por medio de una

virgen, a fin de que por el mismo camino por el que tuvo comienzo la

desobediencia de la serpiente, por el mismo fuera también destruida. Porque

Eva, cuando era todavía virgen e incorrupta, habiendo concebido la palabra

que recibió de la serpiente, dio a luz la desobediencia y la muerte: en cambio,

la virgen María concibió fe y alegría cuando el ángel Gabriel le dio la buena

noticia de que el Espiritu del Señor vendría sobre ella y el poder del Altísimo

la cubriría con su sombra, por lo cual lo santo nacido de ella seria hijo de

Dios; a lo que ella contestó: «Hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38). Y

de la Virgen nació aquel al que hemos mostrado que se refieren tantas

Escrituras, por quien Dios destruye la serpiente y los ángeles y hombres que

a ella se asemejan, y libra de la muerte a los que se arrepienten de sus malas

obras y creen en él…

 

IV. Vida cristiana.

El bautismo.

A cuantos se convencen y aceptan por la fe que es verdad lo que nosotros

enseñamos y decimos, y prometen ser capaces de vivir según ello, se les

instruye a que oren y pidan con ayunos el perdón de Dios para sus pecados

anteriores, y nosotros oramos y ayunamos juntamente con ellos. Luego los

llevamos a un lugar donde haya agua, y por el mismo modo de regeneración

con que nosotros fuimos regenerados, lo son también ellos: en efecto, se

someten al baño por el agua, en el nombre del Padre de todas las cosas y

Señor Dios, y en el de nuestro salvador Jesucristo y en el del Espíritu Santo.

Porque Cristo dijo: «Si no volvierais a nacer, no entraréis en el reino de los

cielos» (Jn 3, 3), y es evidente para todos que no es posible volver a entrar

en el seno de nuestras madres una vez nacidos. Y también está dicho en el

profeta Isaías el modo como podían librarse de los pecados aquellos que

habiendo pecado se arrepintieran: «Lavaos, volveos limpios, quitad las

maldades de vuestras almas, aprended a hacer el bien…» (Is 1, 16ss). La

razón que para esto aprendimos de los apóstoles es la siguiente: En nuestro

primer nacimiento no teníamos conciencia, y fuimos engendrados por

necesidad por la unión de nuestros padres, de un germen húmedo,

criándonos en costumbres malas y en conducta malvada. Ahora bien, para

que no sigamos siendo hijos de la necesidad y de la ignorancia, sino de la

libertad y del conocimiento, alcanzando el perdón de los pecados que

anteriormente hubiéramos cometido, se invoca sobre el que ha determinado

regenerarse y se arrepiente de sus pecados, estando él en el agua, el nombre

del Padre de todas las cosas y Señor Dios, el único nombre que invoca el que

conduce a este lavatorio al que ha de ser lavado… Este baño se llama

iluminación, para dar a entender que son iluminados los que aprenden estas

cosas. Y el que es así iluminado, se lava también en el nombre de Jesucristo,

el que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y en el nombre del Espiritu Santo,

que nos anunció previamente por los profetas todo lo que se refiere a Jesús

8.

 

La eucaristía.

Después del baño (del bautismo), llevamos al que ha venido a creer y

adherirse a nosotros a los que se llaman hermanos, en el lugar donde se

tiene la reunión. con el fin de hacer preces en común por nosotros mismos,

por el que acaba de ser iluminado y por todos los demás esparcidos por todo

el mundo, con todo fervor, suplicando se nos conceda, ya que hemos

conocido la verdad, mostrarnos hombres de recta conducta en nuestras obras

y guardadores de lo que tenemos mandado, para conseguir así la salvación

eterna. Al fin de las oraciones nos damos el beso de paz. Luego se presenta

pan y un vaso de agua y vino al que preside de los hermanos, y él,

tomándolos, tributa alabanzas y gloria al Padre de todas las cosas por el

nombre del Hijo y del Espíritu Santo, haciendo una larga acción de gracias

por habernos concedido estos dones que de él nos vienen. Cuando el

presidente ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo

presente asiente diciendo Amen, que en hebreo significa «Asi sea». Y cuando

el presidente ha dado gracias y todo el pueblo ha hecho la aclamación, los

que llamamos ministros o diáconos dan a cada uno de los asistentes algo del

pan y del vino y agua sobre el que se ha dicho la acción de gracias, y lo

llevan asimismo a los ausentes.

 

Esta comida se llama entre nosotros eucaristía, y a nadie le es licito participar

de ella si no cree ser verdaderas nuestras enseñanzas y se ha lavado en el

baño del perdón de los pecados y de la regeneración, viviendo de acuerdo con

lo que Cristo nos enseñó. Porque esto no lo tomamos como pan común ni

como bebida ordi naria, sino que así como nuestro salvador Jesucristo,

encarnado por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra

salvación, así se nos ha enseñado que en virtud de la oración del Verbo que

de Dios procede, el alimento sobre el que fue dicha la acción de gracias—del

que se nutren nuestra sangre y nuestra carne al asimilarlo—es el cuerpo y la

sangre de aquel Jesús encarnado. Y en efecto, los apóstoles en los Recuerdos

que escribieron, que se llaman Evangelios, nos transmitieron que así les fue

mandado, cuando Jesús tomó el pan, dio gracias y dijo: «Haced esto en

memoria mia»…

 

Y nosotros, después, hacemos memoria de esto constantemente entre

nosotros, y los que tenemos algo socorremos a los que tienen necesidad, y

nos ayudamos unos a otros en todo momento. En todo lo que ofrecemos

bendecimos siempre al Creador de todas las cosas por medio de su Hijo

Jesucristo y por el Espíritu Santo. El día llamado del sol (el domingo) se tiene

una reunión de todos los que viven en las ciudades o en los campos, y en ella

se leen, según el tiempo lo permite, los Recuerdos de los apóstoles o las

Escrituras de los profetas. Luego, cuando el lector ha terminado, el presidente

toma la palabra para exhortar e invitar a que imitemos aquellos bellos

ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a la vez, y elevamos nuestras

preoes; y terminadas éstas, como ya dije, se ofrece pan y vino y agua, y el

presidente dirige a Dios sus oraciones y su acción de gracias de la mejor

manera que puede, haciendo todo el pueblo la aclamación del Amén. Luego

se hace la distribución y participación de los dones consagrados a cada uno, y

se envian asimismo por medio de los diáconos a los ausentes. Los que tienen

y quieren, cada uno según su libre determinación, dan lo que les parece, y lo

que así se recoge se entrega al presidente, el cual socorre con ello a los

huérfanos y viudas, a los que padecen necesidad por enfermedad o por otra

causa, a los que están en las cárceles, a los forasteros y transeúntes, siendo

así él simplemente provisor de todos los necesitados. Y celebramos esta

reunión común de todos en el día del sol, por ser el día primero en el que

Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y también el

día en el que nuestro salvador Jesucristo resucitó de entre los muertos… 9.

 

V. Escatología.

¿Realmente confesáis vosotros que ha de reconstruirse la ciudad de

Jerusalén, y esperáis que allí ha de reunirse vuestro pueblo, y alegrarse con

Cristo, con los patriarcas y profetas y los santos de nuestro linaje, y hasta los

prosélitos anteriores a la venida de vuestro Cristo…?

 

Si habéis tropezado con algunos que se llaman cristianos y no confiesan esto,

sino que se abreven a blasfemar del Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob,

y dicen que no hay resurrección de los muertos, sino que en el momento de

morir sus almas son recibidas en el cielo, no los tengáis por cristianos… Yo

por mi parte, y cuantos son en todo ortodoxos, sabemos que habrá

resurrección de los muertos y un periodo de mil años en la Jerusalén

reconstruida y hermoseada y dilatada, como lo prometen Ezequiel, Isaías y

otros profetas… 10.

……………………

1. JUSTINO, 1 Apologia, 46.

2. JUSTINO, 2 Apología, 13.

3. Ibid. 5.

4. JUSTINO, Diálogo, 127-128.

5. Ibid. 61.

6. Ibid. 124.

7. Ibid. 100.

8. JUSTINO, 1 Apol. 61.

9. Ibid. 65-67.

10. JUSTINO, Dial. 80.

 

La Primera Apología

No se debe condenar a los cristianos sin oírles:

 

Al emperador Tito Elio Adriano Antonino Pío César Augusto, y a Verísimo

su hijo, filósofo, y a Lucio, hijo por naturaleza del César filósofo y de Pío

por adopción, amante del saber, al sagrado Senado y a todo el pueblo

romano:

 

En favor de los hombres de toda raza, injustamente odiados y vejados, yo,

Justino, uno de ellos, hijo de Prisco, que lo fue de Bacquio, natural de

Flavia Neápolis en la Siria Palestina, he compuesto este discurso y esta

súplica.

 

Los que son de verdad piadosos y filósofos, manda la razón que,

desechando las opiniones de los antiguos, si no son buenas, sólo estimen y

amen la verdad: porque no sólo veda el discreto razonamiento seguir a

quienes han obrado o enseñado algo injustamente, sino que el amador de

la verdad, por todos los modos, con preferencia a su propia vida, así se le

amenace con la muerte, debe estar siempre decidido a decir y practicar la

justicia. Ahora bien, vosotros os oís llamar por doquiera piadosos y

filósofos guardianes de la justicia y amantes de la instrucción; pero que

realmente lo seáis, es cosa que tendrá que demostrarse. Porque no

venimos a halagaros con el presente escrito ni a dirigiros un discurso por

un mero agrado, sino a pediros que celebréis el juicio contra los cristianos

conforme a exacto razonamiento de investigación, y no deis sentencia

contra vosotros mismos, llevados de un prejuicio o del deseo de complacer

a hombres supersticiosos, o movidos de irracional impulso o de unos malos

rumores inveterados. Contra vosotros, decimos, pues nosotros estamos

convencidos de que por parte de nadie se nos puede hacer daño alguno,

mientras no se demuestre que somos obradores de maldad o nos

reconozcamos por malvados. Vosotros, matarnos, sí, podéis; pero

dañarnos, no.

 

Mas porque no se crea que se trata de una fanfarronada nuestra de

audacia sin razón, pedimos que se examinen las acusaciones contra los

cristianos, y si se demuestra que son reales, se les castigue como es

conveniente sean castigados los reos convictos; pero si no hay crimen de

que argüimos, el verdadero discurso prohíbe que por un simple rumor

malévolo se cometa una injusticia con hombres inocentes, o, por mejor

decir, la cometáis contra vosotros mismos, que creéis justo que los

asuntos se resuelvan no por juicio, sino por pasión.

 

Porque todo hombre sensato ha de declarar que la exigencia mejor y aun

la única exigencia justa es que los súbditos puedan presentar una vida y

un pensar irreprensibles; pero que igualmente, por su parte, los que

mandan den su sentencia, no llevados de violencia y tiranía, sino siguiendo

la piedad y la filosofía, pues de este modo gobernantes y gobernados

pueden gozar de felicidad.

 

Y es así que, en alguna parte, dijo uno de los antiguos: Si tanto los

gobernantes como los gobernados no son filósofos, no es posible que los

estados prosperen. A nosotros, pues, nos toca exponer al examen de

todos nuestra vida y nuestras enseñanzas, no sea nos hagamos

responsables del castigo de quienes, ignorando ordinariamente nuestra

religión, pecan por ceguera contra nosotros; pero deber vuestro es

también, oyéndonos, mostraron buenos jueces. Porque ya en adelante,

instruidos como estáis, no tendréis excusa alguna delante de Dios, caso

que no obréis justamente.

 

Ahora bien, por llevar un nombre no se puede juzgar a nadie bueno ni

malo, si se prescinde de las acciones que ese nombre supone; más que

más, que si se atiende al de que se nos acusa, somos los mejores

hombres. Mas como no tenemos por justo pretender se nos absuelva por

nuestro nombre, si somos convictos de maldad; por el mismo caso, si ni

por nuestro nombre ni por nuestra conducta se ve que hayamos

delinquido, deber vuestro es poner todo empeño para no haceros

responsables de castigo, condenando injustamente a quienes no han sido

convencidos judicialmente. En efecto, de un nombre no puede en buena

razón originarse alabanza ni reproche, si no puede demostrarse por hechos

algo virtuoso o vituperable. Y es así que a nadie que sea acusado ante

vuestros tribunales, le castigáis antes de que sea convicto; mas tratándose

de nosotros, tomáis el nombre como prueba, siendo así que, si por el

nombre va, más bien debierais castigar a nuestros acusadores. Porque se

nos acusa de ser cristianos, que es decir, buenos; mas odiar lo bueno no

es cosa justa. Y hay más: con sólo que un acusado niegue de lengua ser

cristiano, le ponéis en libertad, como quien no tiene otro crimen de qué

acusarle; pero el que confiesa que lo es, por la sola confesión le castigáis.

 

Lo que se debiera hacer es examinar la vida lo mismo del que confiesa que

del que niega, a fin de poner en claro, por sus obras, la calidad de cada

uno. Porque a la manera que algunos, a pesar de haber aprendido de su

Maestro Cristo a no negarle, son inducidos a ello al ser interrogados; así

con su mala vida dan tal vez asidero a quienes ya de suyo están

dispuestos a calumniar a todos los cristianos de impiedad e iniquidad.

Mas ni en esto se procede rectamente; pues sabido es que el nombre y

atuendo de filósofo se lo arrogan algunos que no practican acción alguna

digna de su profesión, y no ignoráis que aquellos de entre los antiguos que

profesaron opiniones y doctrinas contrarias, entran todos en la común

denominación de filósofos. Y de éstos hubo quienes enseñaron el ateísmo,

y los que fueron poetas cuentan las impudencias de Zeus juntamente con

sus hijos; y, sin embargo, a nadie prohibís vosotros profesar las doctrinas

de ellos, antes bien establecéis premios y honores para quienes sonora y

elegantemente insulten a vuestros dioses.

(1-4; BAC 116, 182-186)

 

La resurrección de los muertos es posible:

Y a quien bien lo considera, ¿qué cosa pudiera parecer más increíble que,

de no estar nosotros en nuestro cuerpo, viéndolos representados en

imagen, nos dijeran que de una menuda gota del semen humano sea

posible nacer huesos, tendones y carnes con la forma en que los vemos?

Digámoslo, en efecto, por vía de suposición. Si vosotros no fuerais los que

sois y de quienes sois, y alguien os mostrara el semen humano y una

imagen pintada de un hombre y os afirmaran que ésta se forma de aquél,

¿acaso lo creeríais antes de verlo nacido? Nadie se atrevería a

contradecirlo. Pues de la misma manera, por el hecho de no haber visto

nunca resucitar un muerto, la incredulidad os domina ahora. Mas al modo

que al principio no hubierais creído que de una gota pequeña nacieran

tales seres y, sin embargo, los veis nacidos; así, considerad que no es

imposible que los cuerpos humanos, después de disueltos y esparcidos

como semillas en la tierra, resuciten a su tiempo por orden de Dios y se

revistan de la incorrupción.

 

Porque, a la verdad, no sabríamos decir de qué potencia digna de Dios

hablan los que dicen que todo ha de volver allí de donde procede y que,

fuera de esto, nadie, ni Dios mismo, puede nada; mas sí que vemos bien

lo que dijimos: que no hubieran éstos creído ser posible haber nacido tales

y de tales, cuales a sí mismos y al mundo todo se ven haber nacido.

Por lo demás, nosotros hemos aprendido ser mejor creer aun lo que está

por encima de nuestra propia naturaleza y es a los hombres imposible, que

ser incrédulos a la manera del vulgo, como quienes sabemos que

Jesucristo, maestro nuestro, dijo: Lo que es imposible para los hombres es

posible para Dios. Y dijo más: No temáis a los que os matan y después de

eso nada pueden hacer; temed más bien a Aquel que después de la

muerte puede arrojar alma y cuerpo al infierno.

 

Es de saber que el infierno es el lugar donde han de ser castigados los que

hubieren vivido inicuamente y no creyeren han de suceder estas cosas que

Dios enseñó por medio de Cristo.

(19; BAC 116, 202-203)

 

Se respetan todas las religiones, menos la cristiana:

La primera prueba es que, diciendo nosotros cosas semejantes a los

griegos, somos los únicos a quienes se odia por el nombre de Cristo y, sin

cometer crimen alguno, como a pecadores se nos quita la vida. Y ahí

tenéis que unos acá y otros acullá, dan culto a árboles, y a ríos, y a

ratones, y a gatos, y a cocodrilos, y a muchedumbre de animales

irracionales; y lo bueno es que no todos lo dan a los mismos, sino unos

son honrados en una parte, otros en otra, con lo que todos son entre sí

impíos, por no tener la misma religión. Y esto es lo único que vosotros nos

podéis recriminar, que no veneramos los mismos dioses que vosotros, y

que no ofrecemos a los muertos libaciones y grasas, no colocamos coronas

en los sepulcros ni celebramos allí sacrificios. Ahora bien, que los mismos

animales son por unos considerados dioses, por otros fieras, por otros

víctimas para sacrificios, vosotros lo sabéis perfectamente.

(24; BAC 116, 207-208)

 

Los que vivieron de acuerdo con la razón, aun antes de la venida de Cristo,

son cristianos:

Algunos, sin razón, para rechazar nuestra enseñanza, pudieran objetarnos

que, diciendo nosotros que Cristo nació hace sólo ciento cincuenta años

bajo Quirino y enseñó su doctrina más tarde, en tiempo de Poncio Pilato,

ninguna responsabilidad tienen los hombres que le precedieron.

 

Adelantémonos a resolver esta dificultad.

 

Nosotros hemos recibido la enseñanza de que Cristo es el primogénito de

Dios, y anteriormente hemos indicado que Él es el Verbo, de que todo el

género humano ha participado. Y así, quienes vivieron conforme al Verbo,

son cristianos, aun cuando fueron tenidos por ateos, como sucedió entre

los griegos con Sócrates y Heráclito y otros semejantes, y entre los

bárbaros con Abraham, Ananías, Azarías y Misael, y otros muchos cuyos

hechos y nombres, que sería largo enumerar, omitimos por ahora. De

suerte que también los que anteriormente vivieron sin razón, se hicieron

inútiles y enemigos de Cristo y asesinos de quienes viven con razón; mas

los que conforme a ésta han vivido y siguen viviendo son cristianos y no

saben de miedo ni turbación.

(46, 1-4; BAC 116, 232-233)

 

La Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Cristo:

Y este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, de la que a nadie es

lícito participar, sino al que cree ser verdaderas nuestras enseñanzas y se

ha lavado en el baño que da la remisión de los pecados y la regeneración,

y vive conforme a lo que Cristo nos enseñó. Porque no tomamos estas

cosas como pan común ni bebida ordinaria, sino que, a la manera que

Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne por virtud del Verbo de Dios,

tuvo carne y sangre por nuestra salvación: así se nos ha enseñado que por

virtud de la oración al Verbo que de Dios procede, el alimento sobre que

fue dicha la acción de gracias —alimento de que, por transformación, se

nutren nuestra sangre y nuestras carnes— es la carne y la sangre de Aquel

mismo Jesús encarnado. Y es así que los Apóstoles en los Recuerdos, por

ellos escritos, que se llaman Evangelios, nos transmitieron que así le fue a

ellos mandado, cuando Jesús, tomando el pan y dando gracias, dijo:

Haced esto en memoria mía, éste es mi cuerpo. E igualmente, tomando el

cáliz y dando gracias, dijo: Ésta es mi sangre, y que sólo a ellos les dio

parte.

(66, 1-3; BAC 116, 257)

 

Diálogo con Trifón

Justino responde a Trifón, y narra luego la conversación que tuvo tiempo

atrás con un anciano cristiano sobre la filosofía:

Entonces él, sonriendo, cortésmente:

Y tú -me dijo-, ¿qué opinas sobre esto, qué idea tienes de Dios y cuál es tu

filosofía? Dínoslo.

 

—Sí -respondí-, yo te voy a decir lo que a mí me parece claro. La filosofía,

efectivamente, es en realidad el mayor de los bienes, y el más precioso

ante Dios, al cual ella es la sola que nos conduce y recomienda. Y santos,

a la verdad, son aquellos que a la filosofía consagran su inteligencia.

Ahora, qué sea en definitiva la filosofía y por qué les fue enviada a los

hombres, cosa es que se le escapa al vulgo de las gentes; pues en otro

caso, siendo como es ella ciencia una, no habría platónicos, ni estoicos, ni

peripatéticos, ni teóricos, ni pitagóricos.

 

Quiero explicaros por qué ha venido a tener muchas cabezas. El caso fue

que a los primeros que a ella se dedicaron y que en su profesión se

hicieron famosos, les siguieron otros que ya no hicieron investigación

alguna sobre la verdad, sino que, llevados de la admiración de la

constancia, del dominio de sí y de la rareza de las doctrinas de sus

maestros, sólo tuvieron por verdad lo que cada uno había aprendido de

aquéllos; luego, transmitiendo a sus sucesores doctrinas semejantes a las

primitivas, cada escuela tomó el nombre del que fue padre de su doctrina.

(…)

 

¿Luego tú eres -me dijo- un amigo de la idea y no de la acción y de la

verdad? ¿Cómo no tratas de ser más bien hombre práctico que no sofista?

¡Y qué obra -le repliqué- mayor cabe realizar que la de mostrar cómo la

idea lo dirige todo, y concebida en nosotros y dejándonos por ella

conducir, contemplar el extravío de los otros y que nada en sus

ocupaciones hay sano ni grato a Dios?

 

Porque sin la filosofía y la recta razón no es posible que haya prudencia.

De ahí que sea preciso que todos los hombres se den a la filosofía y ésta

tengan por la más grande y más honrosa obra, dejando todo lo demás en

segundo y tercer lugar; que si ello va unido a la filosofía, aun podrán pasar

por cosas de moderado valor y dignas de aceptarse; mas si de ella se

separan y no la acompañan, son pesadas y viles para quienes las llevan

entre manos.

 

—¿La filosofía, pues -me replicó- produce felicidad?

 

—En absoluto -contestéle- y sola ella.

 

—Pues dime -prosiguió-, si no tienes inconveniente, qué es la filosofía y

cuál es la felicidad que ella produce.

 

—La filosofía -le respondí- es la ciencia del ser y el conocimiento de la

verdad, y la felicidad es la recompensa de esta ciencia y de este

conocimiento.

 

—Y Dios, ¿a qué llamas tú Dios? -me dijo.

 

—Lo que siempre se ha del mismo modo e invariablemente y es causa del

ser de todo lo demás, eso es propiamente Dios.

(1,6 a 2,2; 3, 3-5; BAC 116, 302-306)

 

La filosofía cristiana:

 

—Entonces -le dije-, ¿a quién vamos a tomar por maestro o de dónde

podemos sacar provecho si ni en éstos -en Platón y Pitágoras- se halla la

verdad?

 

—Existieron hace mucho tiempo -me contestó el viejo-unos hombres más

antiguos que todos estos tenidos por filósofos, hombres bienaventurados,

justos y amigos de Dios, los cuales hablaron inspirados del espíritu divino,

y divinamente inspirados predijeron lo porvenir, aquello justamente que se

está cumpliendo ahora; son los que se llaman profetas. Éstos son los solos

que vieron y anunciaron la verdad a los hombres, sin temer ni adular a

nadie, sin dejarse vencer de la vanagloria, sino llenos del Espíritu Santo,

sólo dijeron lo que vieron y oyeron. Sus escritos se conservan todavía, y

quien los lea y les preste fe puede sacar el más grande provecho en las

cuestiones de los principios y fin de las cosas y, en general, sobre aquello

que un filósofo debe saber. Porque no compusieron jamás sus discursos

con demostración, como quiera que ellos sean testigos fidedignos de la

verdad por encima de toda demostración; y por lo demás, los sucesos

pasados y los actuales nos obligan a adherirnos a sus palabras. También

por los milagros que hacían, es justo creerles, pues por ellos glorificaban a

Dios Hacedor y Padre del Universo, y anunciaban a Cristo, Hijo suyo, que

de Él procede. En cambio, los falsos profetas, a quienes llena el espíritu

embustero e impuro, no hicieron ni hacen eso, sino que se atreven a

realizar ciertos prodigios para espantar a los hombres y glorificar a los

espíritus del error y a los demonios. Por tu parte y antes que todo, ruega

que se le abran las puertas de la luz, pues estas cosas no son fáciles de

ver y comprender por todos, sino a quien Dios y su Cristo concede

comprenderlas.

(7; BAC 116, 313-314)

 

El sacrificio eucarístico, prefigurado en el Viejo Testamento:

La ofrenda de la flor de harina, señores —proseguí—, que se mandaba

ofrecer por los que se purificaban de la lepra, era figura del pan de la

Eucaristía que nuestro Señor Jesucristo mandó ofrecer en memoria de la

pasión que Él padeció por todos los hombres que purifican su almas de

toda maldad, a fin de que juntamente demos gracias a Dios por haber

creado el mundo y cuanto en él hay por amor del hombre, por habernos a

nosotros librado de la maldad en que nacimos y haber destruido con

destrucción completa a los principados y potestades por medio de aquel

que, según su designio, nació pasible. De ahí que sobre los sacrificios que

vosotros entonces ofrecíais, dice Dios, como ya indiqué antes, por boca de

Malaquías, uno de los doce profetas: No está mi complacencia en vosotros

—dice el Señor—, vuestros sacrificios no los quiero recibir de nuestras

manos Porque desde donde nace el sol hasta donde se pone, mi nombre

es glorificado entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre

incienso y sacrificio puro porque grande es mi nombre en las naciones —

dice el Señor—, y vosotros lo profanáis. Ya entonces, anticipadamente,

habla de los sacrificios que nosotros, las naciones, le ofrecemos en todo

lugar, es decir, del pan de la Eucaristía y lo mismo del cáliz de la

Eucaristía, a par que dice que nosotros glorificamos su nombre y vosotros

lo profanáis.

(41, 1-3: BAC 116, 369-370).

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Epítola de San Clemente Romano a los Corintios


EPÍSTOLA A LOS CORINTIOS

Clemente de Roma

La Iglesia de Dios que reside en Roma a la Iglesia de Dios que reside en

Corinto, a los que son llamados y santificados por la voluntad de Dios por

medio de nuestro Señor Jesucristo. Gracia a vosotros y paz del Dios

Todopoderoso os sea multiplicada por medio de Jesucristo.

 

I. Por causa de las calamidades y reveses, súbitos y repetidos, que nos han

acaecido, hermanos, consideramos que hemos sido algo tardos en dedicar

atención a las cuestiones en disputa que han surgido entre vosotros, amados, y

a la detestable sedición, no santa, y tan ajena y extraña a los elegidos de Dios,

que algunas personas voluntariosas y obstinadas han encendido hasta un punto

de locura, de modo que vuestro nombre, un tiempo reverenciado, aclamado y

encarecido a la vista de todos los hombres, ha sido en gran manera

vilipendiado. Porque, ¿quién ha residido entre vosotros que no aprobara

vuestra fe virtuosa y firme? ¿Quién no admiró vuestra piedad en Cristo, sobria

y paciente? ¿Quién no proclamó vuestra disposición magnífica a la

hospitalidad? ¿Quién no os felicitó por vuestro conocimiento perfecto y sano?

Porque hacíais todas las cosas sin hacer acepción de personas, y andabais

conforme a las ordenanzas de Dios, sometiéndoos a vuestros gobernantes y

rindiendo a los más ancianos entre vosotros el honor debido. A los jóvenes

recomendabais modestia y pensamientos decorosos; a las mujeres les

encargabais la ejecución de todos sus deberes en una conciencia intachable,

apropiada y pura, dando a sus propios maridos la consideración debida; y les

enseñabais a guardar la regla de la obediencia, y a regir los asuntos de sus

casas con propiedad y toda discreción.

 

II. Y erais todos humildes en el ánimo y libres de arrogancia, mostrando

sumisión en vez de reclamarla, mds contentos de dar que de recibir, y

contentos con las provisiones que Dios os proveía. Y prestando atención a sus

palabras, las depositabais diligentemente en vuestros corazones, y teníais los

sufrimientos de Cristo delante de los ojos. Así se os había concedido una paz

profunda y rica, y un deseo insaciable de hacer el bien. Además, había caído

sobre todos vosotros un copioso derramamiento del Espíritu Santo; y, estando

llenos de santo consejo, en celo excelente y piadosa confianza, extendíais las

manos al Dios Todopoderoso, suplicándole que os fuera propicio, en caso de

que, sin querer, cometierais algún pecado. Y procurabais día y noche, en toda

la comunidad, que el número de sus elegidos pudiera ser salvo, con propósito

decidido y sin temor alguno. Erais sinceros y sencillos, y libres de malicia

entre vosotros. Toda sedición y todo cisma era abominable para vosotros. Os

sentíais apenados por las transgresiones de vuestros prójimos; con todo,

juzgabais que sus deficiencias eran también vuestras. No os cansabais de obrar

bien, sino que estabais dispuestos para toda buena obra. Estando adornados

con una vida honrosa y virtuosa en extremo, ejecutabais todos vuestros

deberes en el temor de Dios. Los mandamientos y las ordenanzas del Señor

estaban escritas en las tablas de vuestro corazón.

 

III. Os había sido concedida toda gloria y prosperidad, y así se cumplió lo que

está escrito: Mi amado comió y bebió y prosperó y se llenó de gordura y

empezó a dar coces. Por ahí entraron los celos y la envidia, la discordia y las

divisiones, la persecución y el tumulto, la guerra y la cautividad. Y así los

hombres empezaron a agitarse: los humildes contra los honorables, los mal

reputados contra los de gran reputación, los necios contra los sabios, los

jóvenes contra los ancianos. Por esta causa la justicia y la paz se han quedado

a un lado, en tanto que cada uno ha olvidado el temor del Señor y quedado

ciego en la fe en Él, no andando en las ordenanzas de sus mandamientos ni

viviendo en conformidad con Cristo, sino cada uno andando en pos de las

concupiscencias de su malvado corazón, pues han concebido unos celos

injustos e impíos, por medio de los cuales también la muerte entró en el

mundo.

 

IV. Porque como está escrito: Y aconteció después de unos días, que Caín

trajo del fruto de la tierra una ofrenda al Señor. Y Abel trajo también de los

primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró el Señor con

agrado a Abel y a su ofrenda; pero no prestó atención a Caín y a la ofrenda

suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante. Entonces el

Señor dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu

semblante? Si has ofrecido rectamente y no has dividido rectamente, ¿no has

pecado? ¡Calla! Con todo esto, él se volverá a ti y tú te enseñorearás de él. Y

dijo Caín a su hermano Abel. Salgamos a la llanura. Y aconteció que estando

ellos en la llanura, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató. Veis,

pues, hermanos, que los celos y la envidia dieron lugar a la muerte del

hermano. Por causa de los celos, nuestro padre Jacob tuvo que huir de delante

de Esaú su hermano. Los celos fueron causa de que José fuera perseguido a

muerte, y cayera incluso en la esclavitud. Los celos forzaron a Moisés a huir

de delante de Faraón, rey de Egipto, cuando le dijo uno de sus paisanos:

¿Quién te ha puesto por juez entre nosotros? ¿Quieres matarme, como ayer

mataste al egipcio? Por causa de los celos Aarón y Miriam tuvieron que

alojarse fuera del campamento. Los celos dieron como resultado que Datán y

Abiram descendieran vivos al Hades, porque hicieron sedición contra Moisés

el siervo de Dios. Por causa de los celos David fue envidiado no sólo por los

filisteos, sino perseguido también por Saúl [rey de Israel].

 

V. Pero, dejando los ejemplos de los días de antaño, vengamos a los

campeones que han vivido más cerca de nuestro tiempo. Pongámonos delante

los nobles ejemplos que pertenecen a nuestra generación. Por causa de celos y

envidia fueron perseguidos y acosados hasta la muerte las mayores y más

íntegras columnas de la Iglesia. Miremos a los buenos apóstoles. Estaba Pedro,

que, por causa de unos celos injustos, tuvo que sufrir, no uno o dos, sino

muchos trabajos y fatigas, y habiendo dado su testimonio, se fue a su lugar de

gloria designado. Por razón de celos y contiendas Pablo, con su ejemplo,

señaló el premio de la resistencia paciente. Después de haber estado siete

veces en grillos, de haber sido desterrado, apedreado, predicado en el Oriente y

el Occidente, ganó el noble renombre que fue el premio de su fe, habiendo

enseñado justicia a todo el mundo y alcanzado los extremos más distantes del

Occidente; y cuando hubo dado su testimonio delante de los gobernantes,

partió del mundo y fue al lugar santo, habiendo dado un ejemplo notorio de

resistencia paciente.

 

VI. A estos hombres de vidas santas se unió una vasta multitud de los elegidos,

que en muchas indignidades y torturas, víctimas de la envidia, dieron un

valeroso ejemplo entre nosotros. Por razón de los celos hubo mujeres que

fueron perseguidas, después de haber sufrido insultos crueles e inicuos, +como

Danaidas y Dirces+, alcanzando seguras la meta en la carrera de la fe, y

recibiendo una recompensa noble, por más que eran débiles en el cuerpo. Los

celos han separado a algunas esposas de sus maridos y alterado el dicho de

nuestro padre Adán: Ésta es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne.

Los celos y las contiendas han derribado grandes ciudades y han desarraigado

grandes naciones.

 

VII. Estas cosas, amados, os escribimos no sólo con carácter de admonición,

sino también para haceros memoria de nosotros mismos. Porque nosotros

estamos en las mismas listas y nos está esperando la misma oposición. Por lo

tanto, pongamos a un lado los pensamientos vanos y ociosos; y conformemos

nuestras vidas a la regla gloriosa y venerable que nos ha sido transmitida; y

veamos lo que es bueno y agradable y aceptable a la vista de Aquel que nos ha

hecho. Pongamos nuestros ojos en la sangre de Cristo y démonos çuenta de lo

precioso que es para su Padre, porque habiendo sido derramado por nuestra

salvación, ganó para todo el mundo la gracia del arrepentimiento. Observemos

todas las generaciones en orden, y veamos que de generación en generación el

Señor ha dado oportunidad para el arrepentimiento a aquellos que han deseado

volverse a Él. Noé predicó el arrepentimiento, y los que le obedecieron se

salvaron. Jonás predicó la destrucción para los hombres de Nínive; pero ellos,

al arrepentirse de sus pecados, obtuvieron el perdón de Dios mediante sus

súplicas y recibieron salvación, por más que eran extraños respecto a Dios.

 

VIII. Los ministros de la gracia de Dios, por medio del Espíritu Santo,

hablaron referente al arrepentimiento. Sí, y el Señor del universo mismo habló

del arrepentimiento con un juramento: Vivo yo, dice el Señor, que no me

complazco en la muerte del malvado, sino en que se arrepienta; y añadió

también un juicio misericordioso: Arrepentíos, oh casa de Israel, de vuestra

iniquidad; decid a los hijos de mi pueblo: Aunque vuestros pecados lleguen

desde la tierra al cielo, y aunque sean más rojos que el carmesí y más negros

que la brea, y os volvéis a mí de todo corazón y decís Padre, yo os prestaré

oído como a un pueblo santo. Y en otro lugar dice de esta manera: Lavaos,

limpiaos, quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad

de hacer lo malo; aprended a hacer lo bueno; buscad la justicia; defended al

oprimido, juzgad la causa del huérfano, haced justicia a la viuda. Venid luego,

dice el Señor, y estemos a cuenta; aunque vuestros pecados sean como la

grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el

carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si queréis y obedecéis, comeréis el

bien de la tierra; si rehusáis y sois rebeldes, seréis consumidos a espada;

porque la boca del Señor Lo ha dicho. Siendo así, pues, que Él desea que

todos sus amados participen del arrepentimiento, lo confirmó con un acto de

su voluntad poderosa.

 

IX. Por lo cual seamos obedientes a su voluntad excelente y gloriosa, y

presentémonos como suplicantes de su misericordia y bondad, postrémonos

ante Él y recurramos a sus compasiones prescindiendo de labores y esfuerzos

vanos y de celos que llevan a la muerte. Fijemos nuestros ojos en aquellos que

ministraron de modo perfecto a su gloria excelente. Miremos a Enoc, el cual,

habiendo sido hallado justo en obediencia, fue arrebatado al cielo y no fue

hallado en su muerte. Noé, habiendo sido fiel en su ministerio, predicó

regeneración al mundo, y por medio de él el Señor salvó a las criaturas

vivientes que entraron en el arca de la concordia.

 

X. Abraham, que fue llamado el «amigo», fue hallado fiel en haber rendido

obediencia a las palabras de Dios. Por medio de la obediencia partió de su

tierra y su parentela y de la casa de su padre, para que, abandonando una tierra

escasa y una reducida parentela y una casa mediocre, pudiera heredar las

promesas de Dios. Porque Él le dijo: Vete de tu tierra y de tu parentela y de la

casa de tu padre a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y

te bendeciré; y engrandeceré tu nombre y serás bendición. Bendeciré a los

que te bendigan y a los que te maldigan maldeciré; y serán benditas en ti

todas las familias de la tierra. Y de nuevo, cuando se separó de Lot, les dijo:

Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y

al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la doré a ti y a tu

descendencia para siempre. Y haré tu descendencia como el polvo de la

tierra; que si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu

descendencia será contada. Y de nuevo dice: Dios hizo salir a Abraham y le

dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Así

será tu descendencia. Y Abraham creyó a el Señor, y le fue contado por

justicia. Por su fe y su hospitalidad le fue concedido un hijo siendo anciano, y

en obediencia lo ofreció a Dios en sacrificio en uno de los montes que Él le

mostró.

 

XI. Por su hospitalidad y piedad Lot fue salvado de Sodoma, cuando todo el

país de los alrededores fue juzgado por medio de fuego y azufre; el Señor con

ello anunció que no abandona a los que han puesto su esperanza en Él, y que

destina a castigo y tormento a los que se desvían. Porque cuando la esposa de

Lot hubo salido con él, no estando ella de acuerdo y pensando de otra manera,

fue destinada a ser una señal de ello, de modo que se convirtió en una columna

de sal hasta este día, para que todos los hombres supieran que los indecisos y

los que dudan del poder de Dios son puestos para juicio y ejemplo a todas las

generaciones.

 

XII. Por su fe y su hospitalidad fue salvada Rahab la ramera. Porque cuando

Josué hijo de Nun envió a los espías a Jericó, el rey del país averiguó que ellos

habían ido a espiar su tierra, y envió a algunos hombres para que se apoderaran

de ellos y después les dieran muerte. Por lo que la hospitalaria ramera los

recibió y los escondió, en el terrado, bajo unos manojos de lino. Y cuando los

mensajeros del rey llegaron y le dijeron: Saca a los hombres que han venido a

ti, y han entrado en tu casa; porque han venido para espiar la tierra, ella

contestó: Es verdad que los que buscáis vinieron a mt, pero se marcharon al

poco y están andando por su camino; y les indicó el camino opuesto. Y ella

dijo a los hombres: Sé que el Señor os ha dado esta ciudad; porque el temor

de vosotros ha caldo sobre sus habitantes. Cuando esto acontezca y toméis la

tierra, salvadme a mí y la casa de mi padre. Y ellos le contestaron: Será tal

como tú nos has hablado. Cuando adviertas que estamos llegando, reunirás a

los tuyos debajo de tu techo, y serán salvos; porque cuantos sean hallados

fuera de la casa, perecerán. Y además le dieron una señal, que debía colgar

fuera de la casa un cordón de grana, mostrando con ello de antemano que por

medio de la sangre del Señor habrá redención para todos los que creen y

esperan en Dios. Veis pues, amados, que se halla en la mujer no sólo fe, sino

también profecía.

 

XIII. Seamos, pues, humildes, hermanos, poniendo a un lado toda arrogancia y

engreimiento, y locura e ira, y hagamos lo que está escrito. Porque el Espíritu

Santo dice: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el

valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas; mas el que se alabe que lo haga

en el Señor, que le busca y hace juicio y justicia; y, sobre toda~ recordando las

palabras del Señor Jesús, que dijo, enseñando indulgencia y longanimidad:

Tened misericordia, y recibiréis misericordia; perdonad, y seréis perdonados.

Lo que hagáis, os lo harán a vosotros. Según deis, os será dado. Según

juzguéis, seréis juzgados. Según mostréis misericordia, se os mostrará

misericordia. Con la medida que midáis se os volverá a medir. Afiancémonos

en este mandamiento y estos preceptos, para que podamos andar en obediencia

a sus santas palabras, con ánimo humilde. Porque la palabra santa dice: ¿A

quién miraré, sino a aquel que es manso y humilde de espíritu y teme mis

palabras?

 

XIV. Por tanto, es recto y apropiado, hermanos, que seamos obedientes a Dios,

en vez de seguir a los que, arrogantes y díscolos, se han puesto a sí mismos

como caudillos en una contienda de celos abominables. Porque nos

acarrearemos, no un daño corriente, sino más bien un gran peligro si nos

entregamos de modo temerario a los propósitos de los hombres que se lanzan a

contiendas y divisiones, apartándonos de lo que es recto. Seamos, pues,

buenos los unos hacia los otros, según la compasión y dulzura de Aquel que

nos ha hecho. Porque está escrito: Los rectos habitarán la tierra, y los

inocentes permanecerán en ella; mas los transgresores serán cortados y

desarraigados de ella. Y de nuevo dice: Vi al impío elevado y exaltado como

los cedros del Líbano. Y pasé, y he aquí ya no estaba; y busqué su lugar, y no

lo encontré. Guarda la inocencia, y mira la justicia; porque hay un remanente

para el pacífico.

 

XV. Por tanto, hemos de adherirnos a los que practican la paz con la piedad, y

no a los que desean la paz con disimulo. Porque Él dice en cierto lugar: Este

pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí; y también:

Bendicen con la boca, pero maldicen con su corazón. Y de nuevo Él dice: Le

lisonjeaban con su boca, y con su lengua le mentían, pues sus corazones no

eran rectos con él, ni se mantuvieron firmes en su pacto. Por esta causa,

enmudezcan los labios mentirosos, y callen los que profieren insolencias

contra el justo. Y de nuevo: Arranque el Señor todos los labios lisonjeros, y la

lengua que habla jactanciosamente; a los que han dicho: Engrandezcamos

nuestra lengua; nuestros labios son nuestros, ¿quién es señor sobre nosotros?

A causa de la opresión del humilde y el gemido de los menesterosos, ahora me

levantaré, dice el Señor; le pondré en seguridad; haré grandes cosas por él.

 

XVI. Porque Cristo está con los que son humildes de corazón y no con los que

se exaltan a sí mismos por encima de la grey. El cetro [de la majestad] de

Dios, a saber, nuestro Señor Jesucristo, no vino en la pompa de arrogancia o

de orgullo, aunque podría haberlo hecho, sino en humildad de corazón, según

el Espíritu Santo habló, diciendo: Porque dijo: ¿Quién ha creído a nuestro

anuncio? ¿Ya quién se ha revelado el brazo del Señor? Lo anunciamos en su

presencia. Era como un niño, como una raíz en tierra seca. No hay apariencia

en Él, ni gloria. Y le contemplamos, y no había en Él apariencia ni hermosura,

sino que su apariencia era humilde, inferior a la forma de los hombres. Era un

hombre expuesto a azotes y trabajo, experimentado en quebrantos; porque su

rostro estaba vuelto. Fue despreciado y desechado. Llevó nuestros pecados y

sufrió dolor en lugar nuestro; y nosotros le consideramos herido y afligido. Y

Él fue herido por nuestros pecados y afligido por nuestras iniquidades. El

castigo de nuestra paz es sobre Él. Con sus llagas fuimos nosotros’ sanados.

Todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su propio

camino; y el Señor lo entregó por nuestros pecados. Y Él no abre su boca

aunque es afligido. Como una oveja fue llevado al matadero; y como un

cordero delante del trasquilador, es mudo y no abre su boca. En su

humillación su juicio le fue quitado. Su generación ¿quién la declarará?

Porque su vida fue cortada de la tierra. Por las iniquidades de mi pueblo he

llegado a la muerte. Daré a los impíos por su sepultura, y a los ricos por su

muerte; porque no obró iniquidad, ni fue hallado engaño en su boca. Y el

Señor desea limpiarle de sus heridas. Si hacéis ofrenda por el pecado, vuestra

alma verá larga descendencia. Y el Señor desea quitarle el padecimiento de su

alma, mostrarle luz y moldearle con conocimiento, para justificar al Justo que

es un buen siervo para muchos. Y Él llevará los pecados de ellos. Por tanto

heredará a muchos, y dividirá despojos con los fuertes; porque su alma fue

entregada a la muerte, y fue contado como los transgresores; y Él llevó los

pecados de muchos, y por sus pecados fue entregado. Y de nuevo, Él mismo

dice: Mas yo soy gusano y no hombre; oprobio de los hombres y despreciado

del pueblo. Todos los que me ven me escarnecen; tuercen los labios, menean

la cabeza, diciendo: Esperó en el Señor, que le libre; sálvele, puesto que en él

se complacía. Veis, queridos hermanos, cuál es el ejemplo que nos ha sido

dado; porque si el Señor era humilde de corazón de esta manera, ¿qué

deberíamos hacer nosotros; que por Él hemos sido puestos bajo el yugo de su

gracia?

 

XVII. Iimitemos a los que anduvieron de un lugar a otro en pieles de cabras y

pieles de ovejas, predicando la venida de Cristo. Queremos decir Elías y Eliseo

y también Ezequiel, los profetas, y aquellos que han merecido un buen

nombre. Abraham alcanzó un nombre excelente y fue llamado el amigo de

Dios; y contemplando firmemente la gloria de Dios, dice en humildad de

corazón: Pero yo soy polvo y ceniza. Además, también se ha escrito con

respecto a Job: Y Job era justo y sin tacha, temeroso de Dios y se abstenía del

mal. Con todo, él mismo se acusa diciendo: Ningún hombre está libre de

inmundicia; no, ni aun si su vida dura sólo un día. Moisés fue llamado fiel en

toda su casa, y por medio de su ministración Dios juzgó a Egipto con las

plagas y los tormentos que les ocurrieron. Y él también, aunque altamente

glorificado, no pronunció palabras orgullosas sino que dijo, al recibir palabra

de Dios en la zarza: ¿Quién soy yo para que me envíes a mí? No, yo soy tardo

en el habla y torpe de lengua. De nuevo dijo: Yo soy humo de la olla.

 

XVII. Pero, ¿qué diremos de David que obtuvo un buen nombre?, del cual

dijo: He hallado a un hombre conforme a mi corazón, David, el hijo de Jsaí,

con misericordia eterna le he ungido. También dijo David a Dios: Ten

misericordia de mí, oh Dios, conforme a tu gran misericordia; y conforme. a

la multitud de tus compasiones, borra mi iniquidad. Ltmpiame más aún de mi

iniquidad, y lávame de mi pecado. Porque reconozco mi iniquidad, y mi

pecado está siempre delante de mí. Contra Ti sólo he pecado, y he hecho lo

malo delante de tu vista; para que Tú seas justificado en tus palabras, y

puedas vencer en tu alegación. Porque he aquí fui concebido en iniquidad, y

en pecados me llevó mi madre. Porque he aquí Tú amas la verdad; Tú me has

mostrado cosas oscuras y escondidas de tu sabiduría. Tú me rociarás con

hisopo y seré limpiado. Tú me lavarás, y pasaré a ser más blanco que la nieve.

Tú me harás oír gozo y alegría. Los huesos que han sido humillados se

regocijarán. Aparta tu rostro de mis pecados, y borra todas mis iniquidades.

Hazme un corazón limpio dentro de mí, oh Dios, y renueva un espíritu recto

en mis entrañas. No me eches de tu presencia, y no me quites tu Santo

Espíritu. Restáurame el gozo de tu salvación, y corrobórame con un espíritu

de gobierno. Enseñaré tus caminos a los pecadores, y los impíos se

convertirán a Ti. Líbrame de la culpa de sangre, oh Dios, Dios de mi

salvación. Mi lengua se regocijará en tu justicia. Señor, tú abrirás mi boca, y

mis labios declararán tu alabanza. Porque si Tú hubieras deseado sacrificio,

te lo habría dado; de holocaustos enteros no te agradas. El sacrificio para

Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado Dios no lo

desprecia.

 

XIX. Así pues, la humildad y sumisión de tantos hombres y tan importantes,

que de este modo consiguieron un buen nombre por medio de la obediencia,

nos ha hecho mejores no sólo a nosotros, sino también a las generaciones que

fueron antes que nosotros, a saber, las que recibieron sus palabras en temor y

verdad. Viendo, pues, que somos partícipes de tantos hechos grandes y

gloriosos, apresurémonos a volver al objetivo de la paz que nos ha sido

entregado desde el principio, y miremos fijamente al Padre y Autor de todo el

mundo, y mantengámonos unidos a sus excelentes dones de paz y beneficios.

Contemplémosle en nuestra mente, y miremos con los ojos del alma su

voluntad paciente y sufrida. Notemos cuán libre está de ira hacia todas sus

criaturas.

 

XX. Los cielos son movidos según sus órdenes y le obedecen en paz. Día y

noche realizan el curso que Él les ha asignado, sin estorbarse el uno al otro. El

sol y la luna y las estrellas movibles dan vueltas en armonía, según Él les ha

prescrito, dentro de los límites asignados, sin desviarse un punto. La tierra,

fructífera en cumplimiento de su voluntad en las estaciones apropiadas,

produce alimento que es provisión abundante para hombres y bestias y todas

las criaturas vivas que hay en ella, sin disentir en nada, ni alterar nada de lo

que Él ha decretado. Además, las profundidades inescrutables de los abismos y

los inexpresables +estatutos+ de las regiones inferiores se ven constreñidos por

las mismas ordenanzas. El mar inmenso, recogido por obra suya en un lugar,

no pasa las barreras de que está rodeado; sino que, según se le ordenó, así lo

cumple. Porque El dijo: Hasta aquí llegarás, y tus olas se romperán dentro de

ti. El océano que el hombre no puede pasar, y los mundos más allá del mismo,

son dirigidos por las mismas ordenanzas del Señor. Las estaciones de la

primavera, el verano, el otoño y el invierno se suceden la una a la otra en paz.

Los vientos en sus varias procedencias en la estación debida, cumplen su

ministerio sin perturbación; y las fuentes de flujo incesante, creadas para el

goce y la salud, no cesan de manar sosteniendo la vida de los hombres. Todas

estas cosas el gran Creador y Señor del universo ordenó que se mantuvieran en

paz y concordia, haciendo bien a todos, pero mucho más que al resto, a

nosotros, los que nos hemos refugiado en las misericordias clementes de

nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria y la majestad para siempre

jamás. Amén

 

XXI. Estad atentos, pues, hermanos, para que sus beneficios, que son muchos,

no se vuelvan en juicio contra nosotros, si no andamos como es digno de El, y

hacemos las cosas que son buenas y agradables a su vista, de buen grado.

Porque Él dijo en cierto lugar: El Espíritu del Señor es una lámpara que

escudriña las entrañas. Veamos cuán cerca está, y que ninguno de nuestros

pensamientos o planes que hacemos se le escapa. Por tanto, es bueno que no

nos apartemos de su voluntad. Es mejor que ofendamos a hombres necios e

insensatos que se exaltan y enorgullecen en la arrogancia de sus palabras que

no que ofendamos a Dios. Sintamos el temor del Señor Jesu[cristo], cuya

sangre fue entregada por nosotros. Reverenciemos a nuestros gobernantes;

honremos a nuestros ancianos; instruyamos a nuestros jóvenes en la lección

del temor de Dios. Guiemos a nuestras mujeres hacia lo que es bueno: que

muestren su hermosa disposición de pureza; que prueben su afecto sincero de

bondad; que manifiesten la moderación de su lengua por medio del silencio;

que muestren su amor, no en preferencias partidistas, sino sin parcialidad hacia

todos los que temen a Dios, en santidad. Que nuestros hijos sean participantes

de la instrucción que es en Cristo; que aprendan que la humildad de corazón

prevalece ante Dios, qué poder tiene ante Dios el amor casto, que el temor de

Dios es bueno y grande y salva a todos los que andan en él en pureza de

corazón y santidad. Porque Él escudriña las intenciones y los deseos; su

aliento está en nosotros, y cuando Él se incline a hacerlo, lo va a quitar.

 

XXII. Ahora bien, todas estas cosas son confirmadas por la fe que hay en

Cristo; porque Él mismo, por medio del Espíritu Santo, nos invita así: Venid a

mí, hijos, escuchadme y os enseñaré el temor del Señor. ¿Quién es el hombre

que desea vida, que busca muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del

mal y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal y haz el bien; busca la

paz, y corre tras ella. Los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos

atentos a sus oraciones. Pero el rostro del Señor está sobre los que hacen mal,

para destruir su recuerdo de la tierra. Claman los justos, y el Señor oye, y los

libra de todas sus angustias. Muchos son los males del justo, y de todos ellos

le librará el Señor. Y también: Muchos dolores habrá para el pecador, mas al

que espera en el Señor le rodeará la misericordia.

 

XXIII. El Padre, que es compasivo en todas las cosas, y dispuesto a hacer bien,

tiene compasión de los que le temen, y con bondad y amor concede sus

favores a aquellos que se acercan a Él con sencillez de corazón. Por tanto, no

seamos indecisos ni consintamos que nuestra alma se permita actitudes vanas

y ociosas respecto a sus dones excelentes y gloriosos. Que no se nos aplique

este pasaje de la escritura que dice: Desventurado el de doble ánimo, que duda

en su alma y dice: Estas cosas oímos en los días de nuestros padres también, y

ahora hemos llegado a viejos, y ninguna de ellas nos ha acontecido.

Insensatos, comparaos a un árbol; pongamos una vid. Primero se le caen las

hojas, luego sale un brote, luego una hoja, luego una flor, más tarde un

racimo agraz, y luego un racimo maduro. Como veis, en poco tiempo el fruto

del árbol llega a su sazón. Verdaderamente pronto y súbitamente se realizará

su voluntad, de lo cual da testimonio también la escritura, al decir: Su hora

está al caer, y no se demorará; y el Señor vendrá súbitamente a su templo; el

Santo, a quien vosotros esperáis.

 

XXIV. Entendamos, pues, amados, en qué forma el Señor nos muestra

continuamente la resurrección que vendrá después; de la cual hizo al Señor

Jesucristo las primicias, cuando le levantó de los muertos. Consideremos,

amados, la resurrección que tendrá lugar a su debido tiempo. El día y la noche

nos muestran la resurrección. La noche se queda dormida, y se levanta el día;

el día parte, y viene la noche. Consideremos los frutos, cómo y de qué manera

tiene lugar la siembra. El sembrador sale y echa sobre la tierra cada una de las

semillas, y éstas caen en la tierra seca y desnuda y se descomponen; pero

entonces el Señor en su providencia hace brotar de sus restos nuevas plantas,

que se multiplican y dan fruto.

 

XXV. Consideremos la maravillosa señal que se ve en las regiones del oriente,

esto es, en las partes de Arabia. Hay un ave, llamada fénix. Esta es la única de

su especie, vive quinientos años; y cuando ha alcanzado la hora de su

disolución y ha de morir, se hace un ataúd de incienso y mirra y otras especias,

en el cual entra en la plenitud de su tiempo, y muere. Pero cuando la carne se

descompone, es engendrada cierta larva, que se nutre de la humedad de la

criatura muerta y le salen alas. Entonces, cuando ha crecido bastante, esta larva

toma consigo el ataúd en que se hallan los huesos de su progenitor, y los lleva

desde el país de Arabia al de Egipto, a un lugar llamado la Ciudad del Sol; y

en pleno día, y a la vista de todos, volando hasta el altardel Sol, los deposita

allí; y una vez hecho esto, emprende el regreso. Entonces los sacerdotes

examinan los registros de los tiempos, y encuentran que ha venido cuando se

han cumplido los quinientos años.

 

XXVI. ¿Pensamos, pues, que es una cosa grande y maravillosa si el Creador

del universo realiza la resurrección de aquellos que le han servido con santidad

en la continuidad de una fe verdadera, siendo así que Él nos muestra incluso

por medio de un ave la magnificencia de su promesa? Porque Él dice en cierto

lugar: Y tú me levantarás, y yo te alabaré; y: Me acosté y dormí, y desperté;

porque Tú estabas conmigo. Y también dice Job: Tú levantarás esta mi carne,

que ha soportado todas estas cosas.

 

XXVII. Con esta esperanza, pues, que nuestras almas estén unidas a Aquel que

es fiel en sus promesas y recto en sus juicios. El que manda que no se mienta,

con mayor razón no mentirá; porque nada es imposible para Dios, excepto el

mentir. Por tanto, que nuestra fe en Él se enardezca dentro de nosotros, y

comprendamos que todas las cosas están cercanas para Él. Con una palabra de

su majestad formó el universo; y con una palabra puede destruirlo. Quién le

dirá: ¿Qué has hecho?; o ¿quién resistirá el poder de su fuerza? Cuando

quiere, y si quiere, puede hacer todas las cosas; y ni una sola cosa dejará de

ocurrir de las que Él ha decretado. Todas las cosas están ante su vista, y nada

se escapa de su control, puesto que Los cielos declaran la gloria de Dios, y el

firmamento proclamo la obra de sus manos. Un día da palabra al otro día, y

la noche proclama conocimiento á la otra noche; y no hay palabras ni

discursos ni se oye voz alguna.

 

XXVIII. Siendo así, pues, que todas las cosas son vistas y oídas, tengámosle

temor, y abandonemos todos los deseos abominables de las malas obras, para

que podamos ser protegidos por su misericordia en los juicios futuros. Porque,

¿adónde va a escapar cualquiera de nosotros de su mano fuerte? ¿Y qué mundo

va a recibir a cualquiera que deserta de su servicio? Porque la santa escritura

dice en cierto lugar: ¿Adónde iré, y dónde me esconderé de tu presencia? Si

asciendo a los cielos, allí estás tú; si voy a los confines más distantes de la

tierra, allí está tu diestra; y si me escondo en las profundidades, allí está tu

Espíritu. ¿Adónde, pues, podrá uno esconderse, adónde podrá huir de Aquel

que abarca todo el universo?

 

XXIX. Por tanto, acerquémonos a Él en santidad de alma, levantando nuestras

manos puras e inmaculadas a Él, con amor hacia nuestro Padre bondadoso y

compasivo, el cual ha hecho de nosotros su porción elegida. Porque está

escrito: Cuando el Altísimo dividió a las naciones, cuando dispersó a los hijos

de Adán, estableció los límites de las naciones según el número de los ángeles

de Dios. Su pueblo Jacob pasó a ser la porción del Señor, e Israel la medida

de su herencia. Y en otro lugar dice: He aquí, el Señor toma para sí una

nación de entre las naciones como un hombre toma las primicias de su era; y

el lugar santísimo saldrá de esta nación.

 

XXX. Viendo, pues, que somos una porción especial de un Dios santo,

hagamos todas las cosas como corresponde a la santidad, abandonando las

malas palabras, intereses impuros y abominables, borracheras y tumultos y

concupiscencias detestables, adulterio abominable, orgullo despreciable;

porque Dios (dice la Escritura) resiste al orgulloso y da gracia al humilde. Por

tanto mantengámonos unidos a aquellos a quienes Dios da gracia. Vistámonos

según corresponde, siendo humildes de corazón y templados, apartándonos de

murmuraciones y habladurías ociosas, siendo justificados por las obras y no

por las palabras. Porque Él dice: El que habla mucho, tendrá que oír mucho

también. ¿Cree que es justo el que habla mucho? Bienaventurado es el nacido

de mujer que vive corto tiempo. No seas abundante en palabras. Que nuestra

alabanza sea de Dios, no de nosotros mismos; porque Dios aborrece a los que

se alaban a sí mismos. Que el testimonio de que obramos bien lo den los otros,

como fue dado de nuestros padres que eran justos. El atrevimiento, la

arrogancia y la audacia son para los que son malditos de Dios; pero la

paciencia y la humildad y la bondad convienen a los que son benditos de Dios.

 

XXXI. Por tanto acojámonos a su bendición y veamos cuáles son las formas

de bendición. Estudiemos los datos de las cosas que han sucedido desde el

comienzo. ¿Por qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No fue debido a

que obró justicia y verdad por medio de la fe? Isaac, con confianza, como

conociendo el futuro, fue llevado a un sacrificio voluntario. Jacob con

humildad partió de su tierra a causa de su hermano, y fue a casa de Labán y le

sirvió; y le fueron concedidas las doce tribus de Israel.

 

XXXII. Si alguno los considera uno por uno con sinceridad, comprenderá la

magnificencia de los dones que Él nos concede. Porque de Jacob son todos los

sacerdotes y levitas que ministran en el altar de Dios; de él es el Señor Jesús

con respecto a la carne; de él son reyes y gobernantes y soberanos de la línea

de Judá; sí, y el resto de las tribus son tenidas en un honor no pequeño, siendo

así que Dios prometió diciendo: Tu simiente será como las estrellas del cielo.

Todos ellos fueron, pues, glorificados y engrandecidos, no por causa de ellos

mismos o de sus obras, o sus actos de justicia que hicieron, sino por medio de

su voluntad. Y así nosotros, habiendo sido llamados por su voluntad en Cristo

Jesús, no nos justificamos a nosotros mismos,o por medio de nuestra propia

sabiduría o entendimiento o piedad u obras que hayamos hecho en santidad de

corazón, sino por medio de la fe, por la cual el Dios Todopoderoso justifica a

todos los hombres que han sido desde el principio; al cual sea la gloria para

siempre jamás. Amén.

 

XXXIII. ¿Qué hemos de hacer, pues, hermanos? ¿Hemos de abstenemos

ociosamente de hacer bien, hemos de abandonar el amor? Que el Señor no

permita que nos suceda tal cosa; sino apresurémonos con celo y tesón en

cumplir toda buena obra. Porque el Creador y Señor del mismo universo se

regocija en sus obras. Porque con su poder sumo Él ha establecido los cielos, y

en susabiduría incomprensible los ha ordenado. Y la tierra Él la separó del

agua que la rodeaba, y la puso firme en el fundamento seguro de su propia

voluntad; y a las criaturas vivas que andan en ella Él les dió existencia con su

ordenanza. Habiendo, pues, creado el mar y las criaturas vivas que hay en él,

Él lo incluyó todo bajo su poder. Sobre todo, como la obra mayor y más

excelente de su inteligencia, con sus manos sagradas e infalibles Él formó al

hombre a semejanza de su propia imagen. Porque esto dijo Dios: Hagamos al

hombre según nuestra imagen y nuestra semejanza. Y Dios hizo al hombre;

varón y hembra los hizo Él. Habiendo, pues, terminado todas estas cosas, las

elogió y las bendijo y dijo: Creced y multiplicaos. Hemos visto que todos los

justos estaban adornados de buenas obras. Sí, y el mismo Señor, habiéndose

adornado Él mismo con obras, se gozó. Viendo, pues, que tenemos este

ejemplo, apliquémonos con toda diligencia a su voluntad; hagamos obras de

justicia con toda nuestra fuerza.

 

XXXIV. El buen obrero recibe el pan de su trabajo con confianza, pero el

holgazán y descuidado no se atreve a mirar a su amo a la cara. Es, pues,

necesario que seamos celosos en el bien obrar, porque de Él son todas las

cosas; puesto que Él nos advierte de antemano, diciendo: He aquí, el Señor, y

su recompensa viene con él; y su paga va delante de él, para recompensar a

cada uno según su obra. El nos exhorta, pues, a creer en Él de todo corazón, y

a no ser negligentes ni descuidados en toda buena obra. Gloriémonos y

confiemos en Él; sometámonos a su voluntad; consideremos toda la hueste de

sus ángeles, cómo están a punto y ministran su voluntad. Porque la escritura

dice: Diez millares de diez millares estaban delante de El, y millares de

millares le servían; y exclamaban: Santo, santo, santo es el Señor de los

ejércitos; toda la creación está llena de su gloria. Sí, y nosotros, pues,

congregados todos concordes y con la intención del corazón, clamemos

unánimes sinceramente para que podamos ser hechos partícipes de sus

promesas grandes y gloriosas. Porque Él ha dicho: Ojo no ha visto ni oído ha

percibido, ni ha entrado en el corazón del hombre, qué grandes cosas Él tiene

preparadas para los que pacientemente esperan en Él.

 

XXXV. ¡Qué benditos y maravillosos son los dones de Dios, amados! ¡Vida

en inmortalidad, esplendor en justicia, verdad en osadía, fe en confianza,

templanza en santificación! Y todas estas cosas nosotros las podemos obtener.

¿Qué cosas, pues, pensáis que hay preparadas para los que esperan

pacientemente en Él? El Creador y Padre de las edades, el Santo mismo,

conoce su número y su hermosura. Esforcémonos, pues, para que podamos ser

hallados en el número de los que esperan pacientemente en Él, para que

podamos ser partícipes de los dones prometidos. Pero, ¿cómo será esto,

amados? Si nuestra mente está fija en Dios por medio de la fe; si buscamos las

cosas que le son agradables y aceptables; si realizamos aquí las cosas que

parecen bien a su voluntad infalible y seguimos el camino de la verdad,

desprendiéndonos de toda injusticia, iniquidad, avaricia, contiendas,

malignidades y engaños, maledicencias y murmuraciones, aborrecimiento a

Dios, orgullo y arrogancia, vanagloria e inhospitalidad. Porque todos los que

hacen estas cosas son aborrecidos por Dios; y no sólo los que las hacen, sino

incluso los que las consienten. Porque la escritura dice: Pero al pecador dijo

Dios: ¿Por qué declaras mis ordenanzas, y pones mi pacto en tus labios? Tú

aborreces mi enseñanza, y echaste mis palabras a tu espalda. Si ves a un

ladrón, te unes a él, y con los adúlteros escoges tu porción. Tu boca multiplica

maldades y tu lengua teje engaños. Te sientas y hablas mal de tu hermano, y

contra el hijo de tu madre pones piedra de tropiezo. Tú has hecho estas cosas

y guardas silencio. ¿Pensaste, hombre injusto, que yo sería como tú? Pero te

redargüiré y las pondré delante de tus ojos. Entended, pues, estas cosas, los

que os olvidáis de Dios, no sea que os desgarre como un león y no haya quien

os libre. El sacrificio de alabanza me glorificará, y éste es el camino en que le

mostraré la salvación de Dios.

 

XXXVI. Ésta es la manera, amados, en que encontramos nuestra salvación, a

saber, Jesucristo el Sumo Sacerdote de nuestras ofrendas, el guardián y

ayudador en nuestras debilidades. Fijemos nuestra mirada, por medio de Él, en

las alturas de los cielos; por medio de Él contemplamos como en un espejo su

rostro intachable y excelente; por medio de Él fueron abiertos los ojos de

nuestro corazón; por medio de Él nuestra mente insensata y entenebrecida salta

a la luz; por medio de Él el Señor ha querido que probemos el conocimiento

inmortal; el cual, siendo el resplandor de su majestad, es muy superior a los

ángeles, puesto que ha heredado un nombre más excelente que ellos. Porque

está escrito: El que hace a sus ángeles espíritus y a sus ministros llama de

fuego; pero de su Hijo el Señor dice esto: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado

hoy. Pídeme y te daré a los gentiles por heredad, y los extremos de la tierra

por posesión tuya. Y también le dice: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a

tus enemigos por estrado de tus pies. ¿Quiénes son, pues, estos enemigos? Los

que son malvados y resisten su voluntad.

 

XXXVII. Alistémonos, pues, hermanos, con toda sinceridad en sus ordenanzas

intachables. Consideremos los soldados que se han alistado bajo nuestros

gobernantes, de qué modo tan exacto, pronto y sumiso ejecutan las órdenes

que se les dan. No todos son perfectos, ni jefes de millares, ni aun de

centenares, ni de grupos de cmcuenta, etc.; sino que cada hombre en su propio

rango ejecuta las órdenes que recibe del rey y de los gobernantes. Los grandes

no pueden existir sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes. Hay una

cierta mezcla en todas las cosas, y por ello es útil. Pongamos como ejemplo

nuestro propio cuerpo. La cabeza sin los pies no es nada; del mismo modo los

pies sin la cabeza no son nada; incluso los miembros más pequeños de nuestro

cuerpo son necesarios y útiles para el cuerpo entero; pero todos los miembros

cooperan y se unen en sumisión, para que todo el cuerpo pueda ser salvo.

 

XXXVIII. Así que, en nuestro caso, que todo el cuerpo sea salvado en Cristo

Jesús, y que cada hombre esté sometido a su prójimo, según la gracia especial

que le ha sido designada. Que el fuerte no desprecie al débil; y el débil respete

al fuerte. Que los ricos ministren a los pobres; que los pobres den gracias a

Dios, porque Él les ha dado a alguno por medio del cual son suplidas sus

necesidades. El que es sabio, dé muestras de sabiduría, no en palabras, sino en

buenas obras. El que es de mente humilde, que no dé testimonio de sí mismo,

sino que deje que su vecino dé testimonio de él. El que es puro en la carne,

siga siéndolo, y no se envanezca, sabiendo que es otro el que le concede su

continencia. Consideremos, hermanos, de qué materiales somos hechos; qué

somos, y de qué manera somos, y cómo vinimos al mundo; que Él nos ha

formado y moldeado sacándonos del sepulcro y la oscuridad y nos ha traído al

mundo, habiendo preparado sus beneficios de antemano, antes incluso de que

hubiéramos nacido. Viendo, pues, que todas estas cosas las hemos recibido de

Él, debemos darle gracias por todo a Él, para quien sea la gloria para siempre

jamás. Amén.

 

XXXIX. Los hombres insensatos, necios, torpes e ignorantes se burlan de

nosotros, deseando ser ellos los que han de ser exaltados, según sus

imaginaciones. Porque, ¿qué poder tiene un mortal? O ¿qué fuerza tiene un

hijo de tierra? Porque está escrito: No había ninguna forma delante de mis

ojos; y oí un aliento y una voz. ¿Qué, pues? ¿Será justo un mortal a la vista de

Dios; o será un hombre intachable por sus obras; siendo así que Él no confía

ni aun en sus siervos y aun halla faltas en sus ángeles? No. Y ni aun los cielos

son puros ante sus ojos. ¡Cuánto más en los que habitan en casas de barro,

del cual, o sea del mismo barro, nosotros mismos somosformados! Los

quebrantó como la polilla. Porque no pueden valerse de sí mismos, y

perecieron. El sopló sobre ellos y murieron, porque no tenían sabiduría. Pero

tú da voces, por si alguno te obedece, o si ves a alguno de sus santos ángeles.

Porque la ira mata al insensato, y la envidia al que se ha descarriado. Yo he

visto al necio que echaba raíces y de repente su habitación fue consumida.

Lejos estén sus hijos de la seguridad. Sean burlados en la puerta por personas

inferiores, y no haya quien los libre. Porque las cosas preparadas para ellos

se las comerá el justo; y ellos mismos no serán librados de males.

 

XL. Por cuanto estas cosas, pues, nos han sido manifestadas ya, y hemos

escudriñado en las profundidades del conocimiento divino, deberíamos hacer

todas las cosas en orden, todas las que el Señor nos ha mandado que

hiciéramos a su debida sazón. Que las ofrendas y servicios que Él ordena sean

ejecutados con cuidado, y no precipitadamente o en desorden, sino a su tiempo

y sazón debida.Y donde y por quien Él quiere que sean realizados, Él mismo

lo ha establecido con su voluntad suprema; que todas las cosas sean hechas

con piedad, en conformidad con su beneplácito para que puedan ser aceptables

a su voluntad. Así pues, los que hacen sus ofrendás al tiempo debido son

aceptables y benditos, porque siguiendo lo instituido por el Señor, no pueden

andar descaminados. Porque al sumo sacerdote se le asignan sus servicios

propios, y a los sacerdotes se les asigna su oficio propio, y a los levitas sus

propias ministraciones. El lego debe someterse a las ordenanzas para el lego.

 

XLI. Cada uno de nosotros, pues, hermanos, en su propio orden demos gracias

a Dios, manteniendo una conciencia recta y sin transgredir la regla designada

de su servicio, sino obrando con toda propiedad y decoro. Hermanos, los

sacrificios diarios continuos no son ofrecidos en cualquier lugar, o las ofrendas

voluntarias, o las ofrendas por el pecado y las faltas, sino que son ofrecidos

sólo en Jerusalén. E incluso allí, la ofrenda no es presentada en cualquier

lugar, sino ante el santuario en el patio del altar; y esto además por medio del

sumo sacerdote y los ministros mencionados, después que la víctima a ofrecer

ha sido inspeccionada por si tiene algún defecto. Los que hacen algo contrario

a la ordenanza debida, dada por su voluntad, reciben como castigo la muerte.

Veis, pues, hermanos, que por el mayor conocimiento que nos ha sido

concedido a nosotros, en proporción, nos exponemos al peligro en un grado

mucho mayor.

 

XLII. Los apóstoles recibieron el Evangelio para nosotros del Señor

Jesucristo; Jesucristo fue enviado por Dios. Así pues, Cristo viene de Dios, y

los apóstoles de Cristo. Por tanto, los dos vienen de la voluntad de Dios en el

orden designado. Habiendo recibido el encargo, pues, y habiéndo sido

asegurados por medio de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, y

confirmados en la palabra de Dios con plena seguridad por el Espíritu Santo,

salieron a proclamar las buenas nuevas de que había llegado el reino de Dios.

Y así, predicando por campos y ciudades, por todas partes, designaron a las

primicias (de sus labores), una vez hubieron sido probados por el Espíritu, para

que fueran obispos y diáconos de los que creyeran. Y esto no lo hicieron en

una forma nueva; porque verdaderamente se había escrito respecto a los

obispos y diáconos desde tiempos muy antiguos; porque así dice la escritura en

cierto lugar: Y nombraré a tus obispos en justicia y a tus diáconos en fe.

 

XLIII. Y ¿de qué hay que sorprenderse que aquellos a quienes se confió esta

obra en Cristo, por parte de Dios, nombraran ellos a las personas mencionadas,

siendo así que el mismo bienaventurado Moisés, que fue un fiel siervo en toda

su casa, dejó testimonio como una señal en los sagrados libros de todas las

cosas que le fueron ordenadas? Y a él también siguió el resto de los profetas,

dando testimonio juntamente con él de todas las leyes que fueron ordenadas

por él. Porque Moisés, cuando aparecieron celos respecto al sacerdocio, y

hubo disensSión entre las tribus sobre cuál de ellas estaba adornada con el

nombre glorioso, ordenó a los doce jefes de las tribus que le trajeran varas, en

cada una de las cuales estaba inscrito el nombre de una tribu. Y él las tomó y

las ató y las selló con los sellos de los anillos de los jefes de las tribus y las

puso en el tabernáculo del testimonio sobre la mesa de Dios. Y habiendo

cerrado el tabernáculo, selló las llaves y lo mismo las puertas. Y les dijo:

Hermanos, la tribu cuya vara florezca, ésta ha sido escogida por Dios para que

sean sacerdotes y ministros para El. Y cuando vino la mañana, llamó a todo

Israel, a saber, seiscientos mil hombres, y les mostró los sellos de los jefes de

las tribus y abrió el tabernáculo del testimonio y sacó las varas. Y la vara de

Aarón no sólo había brotado sino que había dado fruto. ¿Qué pensáis, pues,

amados? ¿No sabía Moisés de antemano que esto era lo que pasaría? Sin duda

lo sabía. Pero hizo esto para que no hubiera desorden en Israel, para que el

nombre del Dios único y verdadero pudiera ser glorificado; a quien sea la

gloria para siempre jamás. Amén.

 

XLIV. Y nuestros apóstoles sabían por nuestro Señor Jesucristo que habría

contiendas sobre el nombramiento del cargo de obispo. Por cuya causa,

habiendo recibido conocimiento completo de antemano, designaron a las

personas mencionadas, y después proveyeron a continuación que si éstas

durmieran, otros hombres aprobados les sucedieran en su servicio. A estos

hombres, pues, que fueron nombrados por ellos, o después por otros de

reputación, con el consentimiento de toda la Iglesia, y que han ministrado

intachablemente el rebaño de Cristo, en humildad de corazón, pacíficamente y

con toda modestia, y durante mucho tiempo han tenido buena fama ante todos,

a estos hombres nosotros consideramos que habéis injustamente privado de su

ministerio. Porque no será un pecado nuestro leve si nosotros expulsamos a los

que han hecho ofrenda de los dones del cargo del obispado de modo intachable

y santo. Bienaventurados los presbíteros que fueron antes, siendo así que su

partida fue en sazón y fructífera: porque ellos no tienen temor de que nadie les

prive de sus cargos designados. Porque nosotros entendemos que habéis

expulsado de su ministerio a ciertas personas a pesar de que vivían de modo

honorable, ministerio que ellos +habían respetado+ de modo intachable.

 

XLV. Contended, hermanos, y sed celosos sobre las cosas que afectan a la

salvación. Habéis escudriñado las escnturas, que son verdaderas, las cuales os

fueron dadas por el Espíritu Santo; y sabéis que no hay nada injusto o

fraudulento escrito en ellas. No hallaréis en ellas que personas justas hayan

sido expulsadas por hombres santos. Los justos fueron perseguidos, pero fue

por los malvados; fueron encarcelados, pero fue por los impíos. Fueron

apedreados como transgresores, pero su muerte fue debida a los que habían

concebido una envidia detestable e injusta. Estas cosas las sufrieron y se

comportaron noblemente. Porque, ¿qué diremos, hermanos? ¿Fue echado

Daniel en el foso de los leones por los que temían a Dios? ¿O fueron Ananías

y Azarías y Misael encerrados en el horno de fuego por los que profesaban

adorar de modo glorioso y excelente al Altísimo? En ninguna manera.

¿Quiénes fueron los que hicieron estas cosas? Hombres abominables y llenos

de maldad fueron impulsados a un extremo de ira tal que causaron

sufrimientos crueles a los que servían a Dios con intención santa e intachable,

sin saber que el Altísimo es el campeón y protector de los que en conciencia

pura sirven su nombre excelente; al cual sea la gloria por siempre jamás.

Amén. Pero los que sufrieron pacientemente en confianza heredaron gloria y

honor, fueron ensalzados, y sus nombres fueron registrados por Dios en

memoria de ellos para siempre jamás. Amén.

 

XLVI. A ejemplos semejantes, pues, hermanos, hemos de adherirnos también

nosotros. Porque está escrito: Allégate a los santos, porque los que se allegan

a ellos serán santificados. Y también dice el Señor en otro pasaje: Con el

inocente te mostrarás inocente, y con los elegidos serás elegidos y con el

ladino te mostrarás sagaz. Por tanto, juntémonos con los inocentes e íntegros;

y éstos son los elegidos de Dios. ¿Por qué hay, pues, contiendas e iras y

disensiones y facciones y guerra entre vosotros? ¿No tenemos un solo Dios y

un Cristo y un Espíritu de gracia que fue derramado sobre nosotros? ¿Y no hay

una sola vocación en Cristo? ¿Por qué, pues, separamos y dividimos los

miembros de Cristo, y causamos disensiones en nuestro propio cuerpo, y

llegamos a este extremo de locura, en que olvidamos que somos miembros los

unos de los otros? Recordad las palabras de Jesús nuestro Señor; porque Él

dijo: ¡Ay de este hombre; mejor sería para él que no hubiera nacido, que el

que escandalice a uno de mis elegidos! Sería mejor que le ataran del cuello

una piedra de molino y le echaran en el mar que no que trastornara a uno de

mis elegidos. Vuestra división ha trastornado a muchos; ha sido causa de

abatimiento para muchos, de duda para muchos y de aflicción para todos. Y

vuestra sedición sigue todavía.

 

XLVII. Tomad la epístola del bienaventurado Pablo el apóstol. ¿Qué os

escribió al comienzo del Evangelio? Ciertamente os exhortó en el Espíritu con

respecto a él mismo y a Cefas y Apolos, porque ya entonces hacíais grupos.

Pero el que hicierais estos bandos resultó en menos pecado para vosotros;

porque erais partidarios de apóstoles que tenían una gran reputación, y de un

hombre aprobado ante los ojos de estos apóstoles. Pero ahora fijaos bien

quiénes son los que os han trastornado y han disminuido la gloria de vuestro

renombrado amor a la hermandad. Es vergonzoso, queridos hermanos, sí,

francamente vergonzoso e indigno de vuestra conducta en Cristo, que se diga

que la misma Iglesia antigua y firme de los corintios, por causa de una o dos

personas, hace una sedición contra sus presbíteros. Y este informe no sólo nos

ha llegado a nosotros, sino también a los que difieren de nosotros, de modo

que acumuláis blasfemias sobre el nombre del Señor por causa de vuestra

locura, además de crear peligro para vosotros mismos.

 

XLVIII. Por tanto, desarraiguemos esto rápidamente, y postrémonos ante el

Señor y roguémosle con lágrimas que se muestre propicio y se reconcilie con

nosotros, y pueda restaurarnos a la conducta pura y digna que corresponde a

nuestro amor de hermanos. Porque ésta es una puerta a la justicia abierta para

vida, como está escrito: Abridme las puertas de justicia; para que pueda

entrar por ellas y alabar al Señor. Esta es la puerta del Señor; por ella

entrarán los justos. Siendo así que se abren muchas puertas, ésta es la puerta

que es de justicia, a saber, la que es en Cristo, y son bienaventurados todos los

que hayan entrado por ella y dirigido su camino en santidad y justicia,

ejecutando todas las cosas sin confusión. Que un hombre sea fiel, que pueda

exponer conocimiento profundo, que sea sabio en el discernimiento de las

palabras, que se esfuerce en sus actos, que sea puro; tanto más ha de ser

humilde de corazón en proporción a lo que parezca ser mayor; y ha de

procurar el beneficio común de todos, no el suyo propio.

 

XLIX. Que el que ama a Cristo cumpla los mandamientos de Cristo. ¿Quién

puede describir el vínculo del amor de Dios? ¿Quién es capaz de narrar la

majestad de su hermosura? La altura a la cual el amor exalta es indescriptible.

El amor nos une a Dios; el amor cubre multitud de pecados; el amor soporta

todas las cosas, es paciente en todas las cosas. No hay nada burdo, nada

arrogante en el amor. El amor no tiene divisiones, el amor no hace sediciones,

el amor hace todas las cosas de común acuerdo. En amor fueron hechos

peffectos todos los elegidos de Dios; sin amor no hay nada agradable a Dios;

en amor el Señor nos tomó para sí; por el amor que sintió hacia nosotros,

Jesucristo nuestro Señor dio su sangre por nosotros por la voluntad de Dios, y

su carne por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas.

 

L. Veis, pues, amados, qué maravilloso y grande es el amor, y que no hay

manera de declarar su perfección. ¿Quién puede ser hallado en él, excepto

aquellos a quienes Dios se lo ha concedido? Por tanto, supliquemos y pidamos

de su misericordia que podamos ser hallados intachables en amor,

manteniéndonos aparte de las facciones de los hombres. Todas las

generaciones desde Adán hasta este día han pasado a la otra vida; pero los que

por la gracia de Dios fueron perfeccionados en el amor residen en la mansión

de los píos; y serán manifestados en la visitación del Reino de Dios. Porque

está escrito: Entra en tus aposentos durante un breve momento, hasta que

haya pasado mi indignación, y yo recordaré un día propicio y voy a

levantaros de vuestros sepulcros. Bienaventurados somos, amados, si hacemos

los mandamientos de Dios en conformidad con el amor, a fin de que nuestros

pecados sean perdonados por el amor. Porque está escrito: Bienaventurados

aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos.

Bienaventurado el hombre a quien el Señor no imputará pecado, ni hay

engaño en su boca. Esta declaración de bienaventuranza fue pronunciada sobre

los que han sido elegidos por Dios mediante Jesucristo nuestro Señor, a quien

sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

LI. Respecto a todas nuestras transgresiones que hemos cometido por causa de

las añagazas del adversario, roguemos para que nos sea concedido perdón. Sí,

y también los que se hacen cabecillas de facciones y divisiones han de mirar a

la base común de esperanza. Porque los que andan en temor y amor prefieren

ser ellos mismos los que padecen sufrimiento más bien que sus prójimos; y

más bien pronuncian condenación contra sí mismos que contra la armonía que

nos ha sido entregada de modo tan noble y justo. Porque es bueno que un

hombre confiese sus transgresiones en vez de endurecer su corazón, como fue

endurecido el corazón de los que hicieron sedición contra Moisés el siervo de

Dios; cuya condenación quedó claramente manifestada, porque descendieron

al Hades vivos, y la muerte será su pastor. Faraón y sus huestes y todos los

gobernantes de Egipto, sus carros y sus jinetes, fueron sumergidos en las

profundidades del Mar Rojo, y perecieron, y ello sólo por la razón de que sus

corazones insensatos fueron endurecidos después de las señales y portentos

que habían sido realizados en la tierra de Egipto por la mano de Moisés el

siervo de Dios.

 

LII. El Señor, hermanos, no tiene necesidad de nada. Él no desea nada de

hombre alguno, sino que se confiese su Nombre. Porque el elegido David dijo:

Confesaré al Señor y le agradará más que becerro con cuernos y pezuñas. Lo

verán los oprimidos y se gozarán. Y de nuevo dice: Ofrece a Dios sacrificio

de alabanza y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia,

y yo te libraré, y tú me glorificarás. Porque sacrificio a Dios es el espíritu

quebrantado.

 

LIII. Porque, amados, conocéis las sagradas escrituras, y las conocéis bien, y

habéis escudriñado las profecías de Dios. Os escribimos estas cosas, pues,

como recordatorio. Cuando Moisés subió al monte y pasó cuarenta días y

cuarenta noches en ayuno y humillación, Dios le dijo: Moisés, Moisés,

desciende pronto de aquí, porque mi pueblo que tú sacaste de la tierra de

Egipto ha cometido iniquidad; se han apartado rápidamente del camino que

tú les mandaste; y se han hecho imágenes de fundición. Y el Señor le dijo: Te

he dicho una y dos veces, este pueblo es duro de cerviz. Déjame que los

destruya, y borraré su nombre de debajo del cielo, y yo haré de ti una nación

grande y maravillosa y más numerosa que ésta. Y Moisés dijo: No lo hagas,

Señor. Perdona su pecado, o bórrame también a ml del libro de los vivientes.

¡Oh, qué amor tan poderoso! ¡Oh, qué perfección insuperable! El siervo es

osado ante su Señor; y pide perdón por la multitud, o pide que sea incluido él

mismo con ellos.

 

LIV. ¿Quién hay, pues, noble entre vosotros? ¿Quién es compasivo? ¿Quién

está lleno de amor? Que diga: si por causa de mí hay facciones y contiendas y

divisiones, me retiro, me aparto adonde queráis, y hago lo que está ordenado

por el pueblo: con tal que el rebaño de Cristo esté en paz con sus presbíteros

debidamente designados. El que haga esto ganará para sí un gran renombre en

Cristo, y será recibido en todas partes; porque la tierra es del Señor y suya es

la plenitud de la misma. Esto es lo que han hecho y harán los que viven como

ciudadanos de este reino de Dios, que no da motivo de arrepentirse de haberlo

hecho.

 

LV. Pero para dar ejemplo a los gentiles también, muchos reyes y gobernantes,

cuando acaece una temporada de pestilencia entre ellos, habiendo sido

instruidos por oráculos, se han entregado ellos mismos a la muerte, para que

puedan ser rescatados sus conciudadanos por medio de su propia sangre.

Muchos se han retirado de sus propias ciudades para que no haya más

sediciones. Sabemos que muchos entre nosotros se han entregado a la

esclavitud, para poder rescatar a otros. Muchos se han vendido como esclavos

y, recibido el precio que se ha pagado por ellos, han alimentado a otros.

Muchas mujeres, fortalecidas por la gracia de Dios, han ejecutado grandes

hechos. La bendita Judit, cuando la ciudad estaba sitiada, pidió a los ancianos

que se le permitiera ir al campamento de los sitiadores. Y por ello se expuso

ella misma al peligro y fue por amor a su país y al pueblo que estaba bajo

aflicción; y el Señor entregó a Rolofernes en las manos de una mujer. No fue

menor el peligro de Ester, la cual era perfecta en la fe, y se expuso para poder

librar a las doce tribus de Israel cuando estaban a punto de perecer. Porque con

su ayuno y su humillación suplicó al Señor omnisciente, el Dios de las edades;

y Él, viendo la humildad de su alma, libró al pueblo por amor al cual ella hizo

frente al peligro.

 

LVI. Por tanto, intercedamos por aquellos que están en alguna transgresión,

para que se les conceda mansedumbre y humildad, de modo que se sometan,

no ante nosotros, sino a la voluntad de Dios. Porque así el recuerdo compasivo

de ellos por parte de Dios y los santos será fructífero para ellos y perfecto.

Aceptemos la corrección y disciplina, por la cual nadie debe sentirse

desazonado, amados. La admonición que nos hacemos los unos a los otros es

buena y altamente útil; porque nos une a la voluntad de Dios. Porque así dice

la santa palabra: Me castigó ciertamente el Señor, mas no me libró a la

muerte. Porque el Señor al que ama reprende, y azota a todo hijo a quien

recibe. Porque el justo, se dice, me castigará en misericordia y me

reprenderá, pero no sea ungida mi cabeza por la +misericordia+ (óleo) de los

pecadores. Y también dice: Bienaventurado es el hombre a quien Dios

corrige, y no menosprecia la corrección del Todopoderoso. Porque él es quien

hace la herida y él la vendará; él hiere y sus manos curan. En seis

tribulaciones te librará de la aflicción; y en la séptima no te tocará el mal. En

el hambre te salvará de la muerte, y en la guerra te librará del brazo de la

espada. Del azote de la lengua te guardará, y no tendrás miedo de los males

que se acercan. De los malos y los injustos te reirás, y de las fieras no tendrás

temor. Pues las fieras estarán en paz contigo. Entonces sabrás que habrá paz

en tu casa; y la habitación de tu tienda no irá mal (fallará), y sabrás que tu

descendencia es numerosa, y tu prole como la hierba del campo. Y llegarás al

sepulcro maduro como una gavilla segada en sazón, o como el montón en la

era, recogido a su debido tiempo. Como podéis ver, amados, grande es la

protección de los que han sido disciplinados por el Señor; porque siendo un

buen padre, nos castiga con miras a que podamos obtener misericordia por

medio de su justo castigo.

 

LVII. Así pues, vosotros, los que sois la causa de la sedición, someteos a los

presbíteros y recibid disciplina para arrepentimiento, doblando las rodillas de

vuestro corazón. Aprended a someteros, deponiendo la obstinación arrogante y

orgullosa de vuestra lengua. Pues es mejor que seáis hallados siendo poco en

el rebaño de Cristo y tener el nombre en el libro de Dios, que ser tenidos en

gran honor y, con todo, ser expulsados de la esperanza de Él. Porque esto dijo

la Sabiduría, suma de todas las virtudes: He aquí yo derramaré un dicho de mi

espíritu, y os enseñaré mis palabras. Porque os llamé y no obedecisteis, y os

dije palabras y no quisisteis escucharlas, sino que desechasteis todo consejo

mío, y no aceptasteis mi reprensión; por tanto, yo también me reiré de vuestra

destrucción, y me regocijaré cuando caiga sobre vosotros vuestra ruina, y

cuando venga de repente sobre vosotros confusión, y vuestra desgracia llegue

como un torbellino, cuando sobre vosotros vengan la tribulación y la

angustia. Porque cuando me llamaréis yo no responderé. Los malos me

buscarán con afán y no me hallarán; porque aborrecieron la sabiduría y no

escogieron el temor del Señor, ni quisieron prestar atención a mis consejos,

sino que se mofaron de mis reprensiones. Por tanto, comerán los frutos de su

propio camino, y se hartarán de su propia impiedad. Porque el extravío de los

ignorantes los matará, y la indolencia de los necios los echará a perder. Mas

el que me escucha habitará confiadamente en esperanza, y vivirá tranquilo,

sin temor a la desgracia

.

LVIII. Sed obedientes a su Nombre santísimo y glorioso, con lo que escaparéis

de las amenazas que fueron pronunciadas antiguamente por boca de la

Sabiduría contra los que desobedecen, a fin de que podáis vivir tranquilos,

confiando en el santísimo Nombre de su majestad. Atended nuestro consejo, y

no tendréis ocasión de arrepentiros de haberlo hecho. Porque tal como Dios

vive, y vive el Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo, que son la fe y la

esperanza de los elegidos, con toda seguridad el que, con humildad de ánimo y

mansedumbre haya ejecutado, sin arrepentirse de ello, las ordenanzas y

mandamientos que Dios ha dado, será puesto en la lista y tendrá su nombre en

el número de los que son salvos por medio de Jesucristo, a través del cual es la

gloria para Él para siempre jamás. Amén.

 

LIX. Pero si algunas personas son desobedientes a las palabras dichas por Él

por medio de nosotros, que entiendan bien que se están implicando en una

transgresión y peligro serios; mas nosotros no seremos culpables de este

pecado. Y pediremos con insistencia en oración y suplicación que el Creador

del universo pueda guardar intacto hasta el fin el número de los que han sido

contados entre sus elegidos en todo el mundo, mediante su querido Hijo

Jesucristo, por medio del cual nos ha llamado de las tinieblas a la luz, de la

ignorancia al pleno conocimiento de la gloria de su Nombre.

[Concédenos, Señor,] que podamos poner nuestra esperanza en tu Nombre,

que es la causa primaria de toda la creación, y abramos los ojos de nuestros

corazones para que podamos conocerte a Ti, que eres sólo el más Alto entre

los altos, el Santo entre los santos; que abates la insolencia de los orgullosos,

y desbaratas los designios de las naciones; que enalteces al humilde, y

humillas al exaltado; que haces ricos y haces pobres; que matas y das vida;

que eres sólo el benefactor de los espíritus y el Dios de toda carne; que miras

en los abismos, y escudriñas las obras del hombre; el socorro de los que están

en peligro, el Salvador de los que están en angustia; el Creador y observador

de todo espíritu; que multiplicas las naciones sobre la tierra, y has escogido de

entre todos los hombres a los que te aman por medio de Jesucristo, tu querido

Hijo, por medio del cual nos enseñaste, nos santificaste y nos honraste. Te

rogamos, Señor y Maestro, que seas nuestra ayuda y socorro. Salva entre

nosotros a aquellos que están en tribulación; ten misericordia de los abatidos;

levanta a los caídos; muéstrate a los necesitados; restaura a los apartados;

convierte a los descarriados de tu pueblo; alimenta a los hambrientos; suelta a

los presos; sostén a los débiles; confirma a los de flaco corazón. Que todos los

gentiles sepan que sólo Tú eres Dios, y Jesucristo es tu Hijo, y nosotros somos

tu pueblo y ovejas de tu prado.

 

LX. Tú, que por medio de tu actividad hiciste manifiesta la fábrica permanente

del mundo. Tú, Señor, que creaste la tierra. Tú, que eres fiel de generación en

generación, justo en tus juicios, maravilloso en la fuerza y excelencia. Tú, que

eres sabio al crear y prudente al establecer lo que has hecho, que eres bueno en

las cosas que se ven y fiel a aquellos que confían en Ti, compasivo y clemente,

perdónanos nuestras iniquidades y nuestras injusticias y nuestras

transgresiones y deficiencias. No pongas a nuestra cuenta cada uno de los

pecados de tus siervos y tus siervas, sino límpianos con tu verdad, y guía

nuestros pasos para que andemos en santidad y justicia e integridad de

corazón, y hagamos las cosas que sean buenas y agradables a tu vista y a la

vista de nuestros gobernantes. Sí, Señor, haz que tu rostro resplandezca sobre

nosotros en paz para nuestro bien, para que podamos ser resguardados por tu

mano poderosa y librados de todo pecado con tu brazo levantado. Y líbranos

de los que nos aborrecen sin motivo. Da concordia y paz a nosotros y a todos

los que habitan en la tierra, como diste a nuestros padres cuando ellos

invocaron tu nombre en fe y verdad con santidad, [para que podamos ser

salvos] cuando rendimos obediencia a tu Nombre todopoderoso y sublime y a

nuestros gobernantes y superiores sobre la tierra.

 

LXI. Tú, Señor y Maestro, les has dado el poder de la soberanía por medio de

tu poder excelente e inexpresable, para que nosotros, conociendo la gloria y

honor que les has dado, nos sometamos a ellos, sin resistir en nada tu voluntad.

Concédeles a ellos, pues, oh Señor, salud, paz, concordia, estabilidad, para que

puedan administrar sin fallos el gobierno que Tú les has dado. Porque Tú, oh

Señor celestial, rey de las edades, das a los hijos de los hombres gloria y honor

y poder sobre todas las cosas que hay sobre la tierra. Dirige Tú, Señor, su

consejo según lo que sea bueno y agradable a tu vista, para que, administrando

en paz y bondad con piedad el poder que Tú les has dado, puedan obtener tu

favor. ¡Oh Tú, que puedes hacer estas cosas, y cosas más excelentes aún que

éstas, te alabamos por medio del Sumo Sacerdote y guardián de nuestras

almas, Jesucristo, por medio del cual sea a Ti la gloria y la majestad ahora y

por los siglos de los siglos! Amén.

 

LXII. Os hemos escrito en abundancia, hermanos, en lo que se refiere a las

cosas que corresponden a nuestra religión y son más útiles para una vida

virtuosa a los que quieren guiar [sus pasos] en santidad y justicia. Porque en lo

que se refiere a la fe y al arrepentimiento y al amor y templanza genuinos y

sobriedad y paciencia, hemos hecho uso de todo argumento, recordándoos que

tenéis que agradar al Dios todopoderoso en justicia y verdad y longanimidad y

santidad, poniendo a un lado toda malicia y prosiguiendo la concordia en amor

y paz, insistiendo en la bondad; tal como nuestros padres, de los cuales os

hemos hablado antes, le agradaron, siendo de ánimo humilde hacia su Padre y

Dios y Creador y hacia todos los hombres. Y os hemos recordado estas cosas

con mayor placer porque sabemos bien que estamos escribiendo a hombres

que son fieles y de gran estima y han escudriñado con diligencia las palabras

de la enseñanza de Dios.

 

LXIII. Por tanto, es bueno que prestemos atención a ejemplos tan grandes y

numerosos, y nos sometamos y ocupemos el lugar de obediencia poniéndonos

del lado de los que son dirigentes de nuestras almas, y dando fin a esta

disensión insensata podamos obtener el objetivo que se halla delante de

nosotros en veracidad, manteniéndonos a distancia de toda falta. Porque vais a

proporcionarnos gran gozo y alegría si prestáis obediencia a las cosas que os

hemos escrito por medio del Espíritu Santo, y desarraigáis la ira injusta de

vuestros celos, en conformidad con nuestra súplica que os hemos hecho de paz

y armonía en esta carta. Y también os hemos enviado a hombres fieles y

prudentes que han estado en medio de nosotros, desde su juventud a la

ancianidad, de modo intachable, los cuales serán testigos entre vosotros y

nosotros. Y esto lo hemos hecho para que sepáis que nosotros hemos tenido, y

aún tenemos, el anhelo ferviente de que haya pronto la paz entre vosotros.

 

LXIV. Finalmente, que el Dios omnisciente, Señor de los espíritus y de toda

carne, que escogió al Señor Jesucristo, y a nosotros, por medio de Él, como un

pueblo peculiar, conceda a cada alma que se llama según su santo y excelente

Nombre, fe, temor, paz, paciencia, longanimidad, templanza, castidad y

sobriedad, para que podáis agradarle en su Nombre, por medio de nuestro

Sumo Sacerdote y guardián Jesucristo, a través del cual sea a Él la gloria y

majestad, la potencia y el honor, ahora y para siempre jamás. Amén.

 

LXV. Enviad de nuevo y rápidamente a nuestros mensajeros Claudio Efebo y

Valerio Bito, junto con Fortunato, en paz y gozo, con miras a que puedan

informar más rápidamente de la paz y concordia que nosotros pedimos y

anhelamos sinceramente, para que nosotros también podamos gozarnos pronto

sobre vuestro buen orden.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros y con todos los

hombres, en todos los lugares, que han sido llamados por Dios y por medio de

El, a quien la gloria y honor, poder y. grandeza y dominio eterno, a El, desde

todas las edades pasadas y para siempre jamás. Amén.

Fuente: Los Padres Apostólicos, por J. B. Lightfoot. Editorial CLIE

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Carta de San Ignacio de Antioquía a los Efesios


CARTA SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA

A LOS EFESIOS

Ignacio, llamado también Teóforo, a aquella que es grandemente bendecida en la plenitud de Dios Padre, predestinada antes de los siglos a estar por siempre, para una gloria que no pasa, inquebrantablemente unida y elegida en la pasión verdadera, por la voluntad del Padre y de Jesucristo nuestro Dios, a la Iglesia digna de ser llamada bienaventurada, que está en Éfeso de Asia, mi saludo en Jesucristo y en un gozo irreprochable.

I. He acogido en Dios vuestro nombre bienamado, que habéis adquirido por

vuestra naturaleza justa, según la fe y la caridad en Cristo Jesús, nuestro Salvador; imitadores de Dios, reanimados en la sangre de Dios, vosotros habéis llevado a la perfección la obra que conviene a vuestra naturaleza.

2. Apenas  habéis sabido en efecto que yo venía de Siria encadenado por el Nombre y la esperanza que nos son comunes, esperando tener la suerte, gracias a vuestras oraciones, de combatir contra las bestias en Roma, para poder, si tengo esa suerte, ser discípulo; vosotros os apresurasteis en venir a verme.

3. Es así que a toda vuestra comunidad he recibido, en el nombre de Dios, en Onésimo, varón de una indecible caridad, vuestro obispo según la carne. Deseo que vosotros lo améis en Jesucristo, y que todos os asemejéis a él. Bendito sea aquél que os a hecho la gracia, a vosotros que habéis sido dignos, de tener tal obispo.

II. Para Burro, mi compañero de servicio, vuestro diácono según Dios, bendito en todas las cosas, deseo que permanezca a mi lado para haceros honor a vosotros y a vuestro obispo. En cuanto a Croco, digno de Dios y de vosotros, a quien he recibido como una muestra de vuestra caridad, ha sido para mí consuelo en todas las cosas: quiera el Padre de Jesucristo consolarlo también a él, junto con Onésimo, Burro, Euplo y Frontón; en ellos es a todos vosotros a quienes he visto según la caridad.

2. Pueda yo gozar de vosotros para siempre, si yo fuera digno de ello. Conviene, pues, glorificar en toda forma a Jesucristo, que os ha

glorificado a vosotros, a fin de que, reunidos en una misma obediencia,

sometidos al obispo y al presbiterio, vosotros seáis santificados en todas las cosas.

III. Yo no os doy órdenes como si fuera alguien. Porque si yo estoy encadenado por el Nombre, no soy aún perfecto en Jesucristo. Ahora, no he hecho más que comenzar a instruirme, y os dirijo la palabra como a condiscípulos míos. Más bien, soy yo quien tendrá necesidad de ser ungido por vosotros con fe, exhortaciones, paciencia, longanimidad.

2. Pero ya que la caridad no me permite callar respecto a vosotros, es por eso que he tomado la delantera para exhortaros a caminar de acuerdo con el pensamiento de Dios. Porque Jesucristo, nuestra vida inseparable, es el pensamiento del Padre, como también los obispos, establecidos

hasta los confines de la tierra, están en el pensamiento de Jesucristo.

IV. También conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo, lo cual vosotros ya hacéis. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta. 2. Que cada uno de vosotros también, se convierta en coro, a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad, cantéis a una sola voz por Jesucristo al Padre, a fin de que os escuche y que os reconozca, por vuestras buenas obras, como los miembros de su Hijo. Es, pues, provechoso para vosotros el ser una inseparable unidad, a fin de participar siempre de Dios.

V. Si en efecto, yo mismo en tan poco tiempo he adquirido con vuestro obispo una tal familiaridad, que no es humana sino espiritual, cuánto más os voy a felicitar de que le estéis profundamente unidos, como la Iglesia lo está a Jesucristo, y Jesucristo al Padre, a fin de que todas las cosas sean acordes en la unidad.

2. Que nadie se extravíe; si alguno no está al interior del santuario, se

priva del “pan de Dios”[1]. Pues si la oración de dos tiene tal fuerza, cuánto más la del obispo con la de toda la Iglesia. 3. Aquél que no viene a la reunión común,ése ya es orgulloso y se juzga a sí mismo, pues está escrito: “Dios resiste a los orgullosos”[2]. Pongamos, pues, esmero en no resistir al obispo, para estar sometidos a Dios.

VI, I. Y mientras más vea uno al obispo guardar silencio, más se le debe

reverenciar; pues aquél a quien el Señor de la casa envía para administrar su casa, debemos recibirlo como aquél mismo que lo ha enviado. Entonces está claro que debemos ver al obispo como al Señor mismo.

2. Por otra parte, Onésimo mismo eleva muy alto vuestra disciplina en Dios, expresando con sus alabanzas que todos vosotros vivís según la verdad, y que ninguna herejía reside entre vosotros, sino que, por el contrario, vosotros no escucháis a persona alguna que les hable

de otra cosa que no sea de Jesucristo en la verdad.

VII. Porque algunos hombres con perversa astucia tienen el hábito de tomar para todo el Nombre, pero obrando de otro modo y de manera indigna de Dios; a aquellos, debéis evitarlos como a las bestias salvajes. Son perros rabiosos, que muerden a escondidas. Debéis estar en guardia, pues sus mordeduras esconden una enfermedad difícil de curar.

2. No hay más que un solo médico, carnal y espiritual, engendrado y no engendrado, Dios venido en carne, en la muerte vida verdadera, Hijo de María e Hijo de Dios, primero pasible y ahora impasible, Jesucristo Nuestro Señor.

VIII. Que nadie, pues, os engañe, como por otra parte, no os dejéis engañar, siendo enteramente de Dios. Cuando sobre vosotros no se abata ninguna querella que pudiera atormentaros, entonces quiere decir que verdaderamente vosotros vivís según Dios. Yo soy vuestra víctima expiatoria, y por vuestra Iglesia yo me ofrezco en sacrificio, efesios, Iglesia que es renombrada por los siglos.

2. Los carnales no pueden hacer las obras espirituales, ni los espirituales las obras carnales, como tampoco la fe puede hacer las obras de la infidelidad, ni la infidelidad las de la fe. Pero aquellas mismas obras que vosotros hacéis en la carne son espirituales, pues es en Jesucristo que vosotros lo hacéis todo.

IX,1. Yo he sabido que algunos venidos de allá han pasado por vosotros,

portadores de una mala doctrina, pero no les habéis permitido sembrarla entre vosotros, tapasteis vuestros oídos para no recibir lo que ellos siembran, ya que vosotros sois piedras del templo del Padre, preparados para la construcción de Dios Padre, elevados hasta lo alto por la palanca de Jesucristo, que es la cruz, sirviendo como soga el Espíritu Santo; vuestra fe os tira hacia lo alto, y la caridad es el camino que os eleva hacia Dios.

2. Entonces todos vosotros sois también compañeros de ruta, portadores de Dios y portadores del templo, portadores de Cristo, portadores de santidad, adornados en todo de los preceptos de Jesucristo. Por mi parte, con vosotros me alegro porque he sido juzgado digno de mantenerme con vosotros mediante esta carta y de regocijarme con vosotros que vivís una vida nueva, no amando nada más que a Dios.

X. “Orad sin cesar”[3] por los otros hombres, porque hay en ellos esperanza de arrepentirse, para que lleguen a Dios. Permitidles, pues, al menos por vuestras obras, ser vuestros discípulos.

2. Frente a sus iras, vosotros sed mansos; a sus jactancias, vosotros sed humildes; a sus blasfemias, vosotros mostrad vuestras oraciones; a sus errores, vosotros sed “firmes en la fe”[4]; a su fiereza, vosotros

sed apacibles, sin buscar imitarlos. 3. Sed hermanos suyos por la bondad y buscad ser imitadores del Señor: –¿quién ha sido objeto de mayor injusticia? ¿quién más despojado? ¿quién más rechazado?– para que ninguna hierba del diablo se encuentre entre vosotros, sino que en toda pureza y templanza, vosotros permanezcáis en Jesucristo, en la carne y el espíritu.

XI. Estos son los últimos tiempos; en adelante avergoncémonos y temamos que la longanimidad de Dios no se torne en nuestra condenación. O bien temamos la  “ira venidera”[5], o bien amemos la gracia presente: o lo uno o lo otro. Solamente si somos encontrados en Cristo Jesús entraremos en la vida verdadera.

2. Fuera de Él que nada tenga valor para vosotros, sino Aquél por quien yo llevo mis cadenas, perlas espirituales; quisiera resucitar con ellas, gracias a vuestra oración, de la que quisiera ser siempre partícipe para ser hallado en la herencia de los cristianos de Éfeso, que han estado siempre unidos a los apóstoles, por la fuerza de Jesucristo.

XII. Yo sé quién soy y a quién escribo: yo soy un condenado; vosotros, habéis obtenido misericordia; yo estoy en el peligro; vosotros estáis seguros. Vosotros sois el camino por donde pasan aquellos que son conducidos a la muerte para encontrar a Dios, iniciados en los misterios con Pablo, el santo, quien ha recibido el martirio y es digno de ser llamado bienaventurado. Pueda yo ser encontrado sobre sus huellas cuando alcance a Dios; en todas sus cartas os recuerda en Jesucristo.

XIII. Poned, pues, empeño en reuniros más frecuentemente para rendir a Dios acciones de gracia y alabanza. Porque cuando vosotros os reunís a menudo, las potestades de Satanás son abatidas y su obra de ruina destruida por la concordia de vuestra fe.

2. Nada es mejor que la paz, por la que se lleva a término toda

guerra, tanto celeste como terrestre.

XIV. Nada de todo eso os está oculto, si vosotros, por Jesucristo, tenéis a la perfección la fe y la caridad, que son el principio y el fin de la vida: “el principio es la fe, y el fin la caridad”[6]. Las dos reunidas, son Dios, y todo lo demás que conduce a la santidad no hace más que seguirlas. 2. Nadie, si profesa la fe, peca; nadie, si posee la caridad, aborrece. “Se conoce el árbol por sus frutos”[7]: así aquellos que hacen profesión de ser de Cristo se reconocerán por sus obras. Porque ahora la obra demandada no es la mera profesión de fe, sino el mantenernos hasta el fin en la fuerza de la fe.

XV. Más vale callar y ser que hablar y no ser. Está bien enseñar, si aquél que habla hace. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que “ha hablado y todo ha sido hecho”[8] y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas de su Padre.

2. Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse conocido por su silencio. Nada es oculto al Señor, sino que hasta nuestros mismos secretos están cerca de Él. 3. Hagamos, pues, todo como aquellos en quienes Él habita, a fin de que seamos sus templos, y que Él sea en nosotros nuestro Dios, como en efecto lo es, y se manifestará ante nuestro rostro si lo amamos justamente.

XVI. No os equivoquéis, hermanos míos: aquellos que corrompen una familia

“no heredarán el Reino de Dios”[9]. 2. Así, si los que hacen eso son condenados a muerte, [exclamdown]cuánto más aquél que corrompe por su mala doctrina la fe de Dios, por la que Jesucristo ha sido crucificado! Aquél que así sea, irá al fuego inextinguible y lo mismo aquél que lo escuchare.

XVII. Si el Señor ha recibido una unción sobre su cabeza, es a fin de exhalar para su Iglesia un perfume de incorruptibilidad. No os dejéis, pues, ungir del mal olor del príncipe de este mundo, para que él no os conduzca en cautividad lejos de la vida que os espera.

2. ¿Por qué no nos hacemos todos sabios, al recibir el conocimiento de Dios, que es Jesucristo? ¿Por qué perecemos tontamente, al desconocer el don que el Señor nos ha enviado verdaderamente?

XVIII. Mi espíritu es víctima de la cruz, que es escándalo para los incrédulos, pero para nosotros salvación y vida eterna[10]: “¿Dónde está el sabio? ¿dónde eldisputador?”[11], ¿dónde la vanidad de aquellos que llamamos sabios?

2. Porque nuestro Dios, Jesucristo, ha sido llevado en el seno de María, según la economía divina, nacido “del linaje de David”[12] y del Espíritu Santo. Él nació y fue bautizado para purificar el agua por su pasión.

XIX. Al príncipe de este mundo le ha sido ocultada la virginidad de María, y su alumbramiento, al igual que la muerte del Señor: tres misterios sonoros, que fueron realizados en el silencio de Dios. 2. ¿Cómo, pues, fueron manifestados a los siglos? Un astro brilló en el cielo más que todos los demás, y su luz era indecible, y su novedad sorprendente, y todos los otros astros junto con el sol y la

luna se formaron en coro alrededor suyo y él proyectó su luz más que todos los astros.

2. Y ellos se turbaron preguntándose de dónde venía esta novedad tan

distinta de ellos mismos.

3. Entonces fue destruida toda magia, y toda ligadura de malicia abolida, la ignorancia fue disipada, y el antiguo reino arruinado, cuando Dios se manifestó hecho hombre, “para una novedad de vida eterna”[13]. Y lo que había sido preparado por Dios se comenzó a realizar. Desde entonces, todo

se conmovió porque la destrucción de la muerte se preparaba.

XX. Si Jesucristo me concede la gracia, por vuestras oraciones, y si es su voluntad, yo os explicaré en la segunda carta que debo escribiros la economía, de la que he comenzado a tratar en lo concerniente al hombre nuevo, Jesucristo. Ella consiste en la fe en Él y en el amor a Él, en su Pasión y su Resurrección.

2. Sobretodo si el Señor me revela que cada uno en particular y todos juntos, en la gracia que viene de su Nombre, os reunís en una misma fe, y en Jesucristo “del linaje de David según la carne”[14], hijo del hombre e hijo de Dios, [os reunís] para obedecer al obispo y al presbiterio en unidad de mente, rompiendo un mismo pan que es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, y alimento para vivir en Jesucristo por siempre.

XXI. Yo soy vuestro rescate, por vosotros y por aquellos que, para honor de Dios, habéis enviado a Esmirna, de donde os escribo, dando gracias al Señor, y amando a Policarpo como os amo también a vosotros. Acordaos de mí así como Jesucristo se acuerda de vosotros. 2. Rogad por la Iglesia que está en Siria, de donde soy conducido a Roma encadenado, pues soy el último de los fieles de allá, y yo he sido juzgado digno de servir al honor de Dios. Me despido en Dios Padre y en Jesucristo, nuestra común esperanza.

……………………

1. Jn 6, 33.

2. Prov 3,34; ver Stgo 4,6; 1Pe 5, 5.

3. 1Tes 5,17.

4. Col 1,23.

5. Mt 3,7.

6. 1Tim 1,5.

7. Mt 12,33.

8. Sal 32,9; 148,5.

9. 1 Cor 6,9-10.

10. Ver 1Cor 1,23-25

11. 1Cor 1,20.

12. Jn 7,42; Rom 1,3; 2Tim 2,8.

13. Rom 6,4.

14. Rom 1,3.

Fuente: Primeroscristianos.com
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