El misterio de los orígenes del mal


de Jesús Ortíz

“Por mí se va la ciudad doliente, por mí se va a las penas eternas, por mí se va entre la gente perdida. La Justicia movió a mi supremo Autor. Me hicieron la divina potestad, la suma sabiduría y el amor primero. Antes que yo no hubo cosa creada, sino lo eterno, y yo permaneceré eternamente. Vosotros, los que entráis, dejad aquí toda esperanza” (DANTE, Divina Comedia, Infierno, III).

Dios creó y elevó a los ángeles

En continuidad con el Magisterio de la Iglesia, el Papa Juan Pablo II ha dedicado varias Audiencias desde 1986 a exponer una amplia Catequesis sobre los ángeles y los demonios en cuanto criaturas de Dios que participan activamente en la historia de la salvación, enseñando “cómo existen espíritus puros, criaturas de Dios, inicialmente todos buenos, y después por una opción de pecado se dividieron irremediablemente en ángeles de luz y en ángeles de tinieblas. Y mientras la existencia de los ángeles malos nos pide a nosotros el sentido de la vigilancia para no caer en sus halagos, estamos ciertos de que la victoriosa potencia de Cristo Redentor circunda nuestra vida para que también nosotros seamos vencedores. En esto estamos válidamente ayudados por los ángeles buenos, mensajeros del amor de Dios, a los cuales, amaestrados por la Tradición de la Iglesia, dirigimos nuestra oración: “Ángel de Dios, que eres mi custodio, ilumíname, rígeme y gobiérname, ya que he sido confiado a tu piedad celeste. Amén”[1].

Como se acaba de indicar, los ángeles fueron constituidos en el estado de gracia santificante y, por tanto, destinados a contemplar directamente a dios. Pero antes de alcanzar este fin sobrenatural fueron sometidos a una prueba; los que vencieron alcanzaron inmediatamente el Cielo, y los que no quisieron obedecer lanzaron el primer grito de soberbia contra Dios –non serviam, no serviré-, que está en la raíz de todo pecado. Como consecuencia de esta rebelión, perdieron los dones sobrenaturales con los que fueron enriquecidos y arrojados para siempre al infierno creado para su castigo.

“Notamos que la Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba fundamental de libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino. Ellos están unidos a Dios mediante el amor consumado que brota de la visión beatificante, cara a cara, de la Santísima Trinidad. Lo dice Jesús mismo: “Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los Cielos” (Mt 18, 10)”[2].

Diablo es palabra de origen griego que significa acusador o calumniador, y según algunos su etimología alude al que está encerrado en la cárcel (infierno). Satanás es palabra de origen hebreo y equivale a enemigo que insidia o persigue al hombre. Demonio, también de origen griego, significa un ser superior a los hombres pero inferior a Dios.

Hubo una batalla en el Cielo 

“Hubo una batalla en el cielo. Miguel y sus ángeles se levantaron a luchar contra el dragón. El dragón presentó batalla y también sus ángeles. Pero no prevaleció ni hubo lugar para ellos en el cielo. Fue arrojado el gran dragón, la antigua serpiente, el que se llama Diablo y Satanás, el que seduce al universo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apc 12,7-9).

Cuanto más elevada se encuentre una criatura espiritual tanto peor es su caída. Por este motivo el castigo con que Dios afligió a Lucifer y a los ángeles apóstatas fue el mayor que podían recibir: expulsado del Cielo y alejado eternamente de Dios, Satanás fue arrojado por Dios al infierno, junto con sus secuaces.

Aunque algunos han perdido la fe en la existencia y actividad de los demonios, hemos de tener bien presente esta realidad: que existe un reino del mal, jerárquicamente estructurado, cuyo jefe es Satanás, príncipe de los demonios, dotado de un poder que excede con mucho a las fuerzas humanas naturales. Un ser personal desdichado y un reino de tinieblas que se mueven activamente en lucha contra el Reino de Dios en la tierra. Un ser que es fuente mal, enemigo irreconciliable del hombre en el que odia –con impotencia, pues nada puede contra el Creador- la imagen de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “La victoria sobre el ‘príncipe del mundo’ (Ioh 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo ha sido ‘echado abajo’ (Ioh 12, 31; Apc 12, 11” (n. 2853).

Los ángeles ayudan al hombre

“Yo mandaré un ángel ante ti para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te ha dispuesto. Acátale y escucha su voz, no le resistas, porque no perdonará vuestras rebeliones y porque lleva mi nombre. Pero si le escuchas y haces cuanto él te diga, yo seré enemigo de tus enemigos y afligiré a los que te aflijan” (Ex 23, 20-22). A nuestro Ángel Custodio o protector se le pueden aplicar los oficios que Dios enumera en esas palabras dirigidas a Moisés: su mayor excelencia por naturaleza y por gracia los hace capaces de influir en la vida personal de los hombres.

En los tiempos primeros de la Iglesia, los ángeles eran protagonistas frecuentes en la vida de los cristianos. Un ángel libró de la cárcel a Pedro, en una hora difícil para la Iglesia naciente. Los Hechos de los Apóstoles nos narran aquella escena, de naturalidad con que los primeros cristianos trataban a su Ángel Custodio: “habiendo, pues, llamado al postigo de la puerta, una doncella llamada Rode salió a observar quién era. Y conociendo la voz de Pedro, fue tanto su gozo, que, en lugar de abrir,, corrió adentro con la nueva de que Pedro estaba a la puerta. Dijéronle: estás locas. Mas ella afirmaba que era cierto lo que decía. Ellos dijeron entonces: sin duda será su ángel” (Act 12,13-15).

Esta asignación personal de un Ángel Custodio es una manifestación de la Providencia especial que Dios tiene con nosotros para guardarnos y protegernos en nuestro camino hacia el Cielo. De ahí el cariño y veneración que les tenemos: “¡Cuánta reverencia deben infundirte estas palabras, cuánta devoción deben inspirarte, cuánta confianza deben darte! Reverencia por la presencia, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia (…). Están presentes para tu bien; no sólo están contigo, sino que están para tu defensa. Están presentes para protegerte, están presentes para provecho tuyo”[3].

El trato con el Ángel Custodio en el orden sensible es menos experimentable que el de un amigo de la tierra, pero su eficacia es mucho mayor. Sus consejos vienen de Dios y penetran más hondo que la voz humana. Su capacidad para oír y comprender es inmensamente superior a la del amigo o amiga más fiel; no sólo porque su permanencia a nuestro lado es continua, sino porque su permanencia a nuestro lado es continua, sino porque penetra de un modo mucho más agudo en lo que expresamos.

Es cierto que lo más recóndito de nuestra intimidad es inaccesible a los ángeles y a los demonios. Sólo Dios puede movernos desde dentro; pero el Ángel Custodio, por su condición de espíritu puro en estado de gracia, tiene gran capacidad para influir en ti, de un modo indirecto. Con su intervención aclara en la mente la doctrina y te hace ver los medios que debes poner para agradar a Dios. Basta que mentalmente le hables –y esto es necesario porque no puede penetrar en el entendimiento como lo hace Dios-, para que te entienda, e incluso para que él llegue a deducir de tu interior más que tú mismo. Y como la Providencia de Dios con sus hijos llega hasta detalles más pequeños, el Ángel de la Guarda vela por tu seguridad física y espiritual, alejando las tentaciones del demonio y las ocasiones de peligro, tanto para el alma como para el cuerpo.


[1] Juan Pablo II, Catequesis durante la Audiencia General, 20-VIII-1986, n. 5. Remitimos a la doctrina enseñada por el Papa en seis Audiencias comprendidas entre el 9-VII y el 20-VIII de 1986.

[2] Ibid.

[3] San Bernardo, Sermón 12, sobre el Salmo 90.

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Cómo actúa el demonio


de Jesús Ortíz

 

Cómo actúa el demonio

“De nuevo lo llevó el diablo a un monte alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras. Entonces le respondió Jesús: Apártate Satanás, pues escrito está: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo darás culto’. Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían” (Mt 4, 8-11).

Se enfrentó a Jesucristo

Desde su caída, Satanás y su ángeles luchan contra el hombre justo y tratan de impedir su salvación. Nos incitan a rebelarnos contra los planes divinos, afligen a hombre y mujeres con tentaciones e incluso enfermedades. Su envidia y su maldad crecen conforme se acerca la instauración del Reino de Dios.

Cuando el Señor se encarnó para redimirnos de la servidumbre de todo mal, Satanás concentró sus ataques sobre Jesucristo tratando vanamente de destruir ese dominio divino que sentía inminente. En primer lugar, le cercó con la triple tentación en el comienzo de su vía pública (cfr Mt 4, 1-11); luego, viendo que nada podía directamente contra Él, inspiró a las autoridades judías el odio a Jesús y el deseo de matarle (cfr Jn 8, 44); y en su ignorancia acerca del decreto divino de Redención, lo cumplió clavando a Jesucristo en la Cruz y así de donde salió la muerte (el árbol de la desobediencia en el Paraíso instigada por el demonio), de allí renació la vida (la Salvación por la Cruz), y el que en un árbol venció (demonio), en un árbol fue vencido (la Cruz).

Jesús, nuestro Salvador, fue tentado porque Él así los dispuso; y lo quiso por amor a nosotros y para nuestra enseñanza. Pero la perfección absoluta de Jesús no permitía sino lo que llamamos tentación externa.

Las tentaciones de Jesús en el desierto tienen una significación muy honda para nuestra Salvación, pues los personajes más importantes de la Historia Sagrada también fueron tentados: Adán y Eva, Abrahán, Moisés, el mismo pueblo elegido; y así también Jesús- Nuestro Señor, al rechazar las tentaciones diabólicas, repara las caídas de los hombres antes y después de Él; preludia las siguientes tentaciones de cada uno de nosotros, y las luchas de la Iglesia contra las tentaciones del poder diabólico. De ahí que Jesús nos haya enseñado, en el Padrenuestro, a pedir a Dios que nos ayude con su gracia para no caer a la hora de la tentación.

Odia a la Iglesia

La historia de su diabólico influjo sigue. Desde que Jesucristo resucitó, el demonio dirige sus asechanzas contra la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo. Ya lo había predicho el Señor: “Simón, mira que Satanás va tras vosotros para zarandearos como el trigo” (Lc 22,31). Se trata de una guerra sin cuartel en la que ataca a la Iglesia desde dentro y desde fuera.

Desde dentro de la Iglesia el demonio siembra el error en las mentes de los cristianos con doctrinas que deslumbran a la inteligencia humana y pretenden someter lo divino a lo humano, e impide ver su radical falsedad pues “no hay verdad en él. Cuando dice mentira, habla como quien es, por ser de suyo mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44). Esto explica la difusión de doctrinas erróneas en el seno de la Iglesia, que en nuestra época se hace más activa por contar con poderes aliados y eficaces medios de difusión de ideas.

Ataca el demonio desde fuera a la Iglesia, obstaculizando en el mundo el cumplimiento de su misión sobrenatural y salvadora, fomentando la difusión de un concepto materialista –e incluso ateo- de la vida, que rechaza todo planteamiento cristiano. Promueve Satanás violentas persecuciones contra la Iglesia, como ocurrió en los siglo II y III de nuestra era, moviendo la poderosa máquina estatal del decadente Imperio Romano y que llevaría al homicidio de miles de cristianos. Otras persecuciones más o menos solapadas, pero siempre eficaces, continúa sufriendo la Iglesia en muchos países sometidos al régimen marxista y en otros confesionalmente musulmanes.

Otras veces, el “neopaganismo” actual que en muchos lugares es la cultura hegemónica lleva en su entraña una oposición frontal a la visión trascendente y sobrenatural del hombre y del mundo, tal como enseña la doctrina católica. Intenta recluir la fe al ámbito de la conciencia para construir una sociedad sin Dios, como si fuese posible al cristianismo poner entre paréntesis su fe al actual en el ámbito profesional o social.

¿Síntomas de esas insidias diabólicas? Enseñaba el Papa Pablo VI: «Podremos suponer su acción siniestra allí donde la negación de dios se hace radical, sutil y absurda, donde la mentira se afirma hipócrita y poderosa, contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde (cfr 1 Co 16,22; 12,3), donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido, donde se afirma la desesperación como la última palabra»[1].

¿Qué otro sentido global podríamos dar, si no, a la persecución contra la Iglesia o los atentados contra el Romano Pontífice, o la introducción en la Iglesia de la dialéctica marxista mediante enfrentamientos propios de la lucha de clases, a la perversión del mensaje cristiano y de los sacramentos con teorías revolucionarias, a los instintos de profanación del sacerdocio y de la vida religiosa) Y en otro ámbito, ¿por qué pueblos enteros están sojuzgados bajo una propaganda hipócrita?, o ¿qué sentido tiene presentar como progreso el asesinato clínico de millones de criaturas inocentes mediante el aborto, o presionar sobre los matrimonios para que dejen de concebir hijos, o también la destrucción de la juventud mediante la droga, la promiscuidad sexual y la descapitalización de los más nobles ideales?.

Ataca al hombre en su cuerpo

El dominio relativo que los demonios tienen sobre los hombres puede extender su influencia por las tentaciones en el orden moral –como luego veremos-, o mediante los diversos modos de turbar el cuerpo, como son la obsesión y la posesión diabólicas. Tan malo sería negar las verdaderas intervenciones diabólicas, que aparecen en la Sagrada Escritura, como afirmar que todos nuestros males y pecados proceden del demonio. Porque hay en los hombres estados morbosos que no suponen intervención alguna diabólica, sino que provienen de causas naturales como enfermedades psíquicas o de nuestra voluntad.

a) Obsesión y posesión diabólicas.

En casos excepcionales el demonio asedia el alma desde fuera con tentaciones peculiares (obsesión) o incluso llega a introducirse accidentalmente en el cuerpo (posesión).

La obsesión consiste en una serie de tentaciones más violentas y duraderas que las ordinarias para turbar más fácilmente el alma; sin embargo algunos santos atacados por estas tentaciones conservaron en el interior de su alma una paz inalterable, como le ocurría el Santo Cura de Ars.

La posesión consiste en la ocupación del cuerpo humano por uno o varios demonios. Suele ir acompañada de manifestaciones patológicas; epilepsia, mudez, ceguera… Los posesos pierden el dominio de sí mismos, sus gestos y sus palabras, pues cuando están en trance de posesión son instrumentos del demonio. Conviene advertir que ni la obsesión ni la posesión diabólicas –caso de darse- son de suyo pecados, ni tampoco son necesariamente castigo debido a pecados de la persona; sí son un mal físico, no moral, permitido por Dios unas veces para santificación de los buenos o para manifestar su gloria; otras como pena o castigo de un pecado.

En el Evangelio figuran varios casos de posesión diabólica que fueron curados por nuestro Salvador como los endemoniados de Gadara y el muchacho endemoniado: «Al llegar a la otra orilla, a la región de los gadarenos, le fueron al encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino. En ese momento se pusieron a gritar diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos? Había lejos de ellos una gran piara de cerdos que pacían. Los demonios le rogaban diciendo: Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos. Entonces toda la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua» (Mt 8, 28-32).

«Le salió al encuentro una gran muchedumbre. Y en medio de ella un hombre clamó diciendo: Maestro, te ruego que veas a mi hijo, porque es el único te tengo. Un espíritu se apodera de él y enseguida grita, le hace retorcerse entre espumarajos y difícilmente se aparta de él, dejándolo maltrecho. (…) Trae aquí a tu hijo. Y al acercarse, el demonio lo revolcó por el suelo y le hizo retorcerse. Entonces Jesús increpó al espíritu impuro y curó al niño, devolviéndolo a su padre. Todos quedaron asombrados de la grandeza de Dios». (Lc 9, 37-43).

Antes de la venida de Jesucristo estas señales del dominio de Satanás sobre los hombres y el mundo a consecuencia del pecado eran más frecuentes. Pero el Señor quiso dejar constancia de su pleno dominio sobre el demonio y la presencia del Reino de Dios que salva a los hombres del pecado, del demonio y de la muerte eterna: “Pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído bajo el poder del diablo” (Hch 10, 38).

Se puede notar que el demonio ha tomado el cuerpo de alguien cuando éste llega a realizar acciones inexplicables que rebasan sus capacidades naturales; p. ej., una joven puede desarrollar fuerzas extraordinarias o anormales, un hombre hablar una lengua desconocida para él, etc. Siempre por permisión divina, la acción demoníaca puede incluso apoderarse y dominar los miembros corporales del poseído, y servirse de ellos como si le pertenecieran, actuando sobre el sistema nervioso, o haciendo mover esos miembros, hablando por boca del paciente, etc.

Sin embargo, la mayoría de los supuestos casos de posesión, de obsesión o de infestación diabólicas que son tratados en novelas y películas no responden a la realidad. Se trata de una moda por cuanto suena a diabólico o misterioso que está bien lejos del mundo de la ciencia natural y de la doctrina de la fe, y quizá sea debido al alejamiento personal y social respecto a Dios capitulando antes las fuerzas del mal por haber abandonado al Bien.

b) Los exorcismos

Desde que Cristo realizó la Redención y fundó la Iglesia, la posesión diabólica real tiene lugar muy pocas veces. Para estos casos especiales la Iglesia ha recibido poder de Dios para realizar exorcismos actuando con todo el poder divino para expulsar los demonios en nombre del Señor. El exorcismo es la invocación hecha a Dios con el fin de alejar al demonio de alguna persona, animal, lugar o cosa, que se hace en nombre de la Iglesia por el sacerdote legitimado y según los ritos previstos[2].

El acto de exorcismo se desarrolla según las fórmulas autorizadas por la Iglesia y por el sacerdote designado por el Obispo. Se recitan oraciones, formuladas con profunda fe y en nombre de Dios, de Cristo y de la Iglesia para que los demonios se alejen de la persona por la autoridad divina.

Ataca al hombre en su alma

“Confortaos en el Señor y en la fuerza de su poder, vestíos de la armadura de Dios que podáis resistir las insidias del diablo, porque no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires” (Eph 6, 10-12).

La tentación diabólica, de la que aquí hablamos, es un aprueba u obstáculo procedente del demonio que intenta perjudicarnos induciendo al pecado. Las tentaciones que el demonio insidia en hombres y mujeres son muy variadas, sirviéndose de su obra y de nuestras concupiscencias. San Juan escribe que “todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencias. San Juan escribe que “todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida” (1 Jn 2, 14), como resumiendo la triple raíz de todos los pecados, y esto puede ejemplificarse ahora mediante la experiencia de tres personajes de la Sagrada Escritura –Adán, David, San Pedro-, pues sus tentaciones y caídas reflejan en mayor o menor medida esas concupiscencias.

a) Adán o la independencia de Dios 

El texto sagrado relata que Adán y Eva rompieron voluntariamente los lazos de amistad que les unían con Dios, después de la elevación sobrenatural que gratuitamente habían recibido de Él: «La serpiente dijo a la mujer: ¿Con que Dios os ha mandado realmente que no comieseis de todos los árboles del Paraíso?” Eva contestó que sólo tenían prohibido, bajo pena de muerte, comer de un árbol. “Y dijo la serpiente a la mujer: En modo alguno pereceréis. Dios sabe que tan pronto como de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, y conoceréis lo que es el bien y el mal. Vio, pues, la mujer que el fruto del árbol era bueno para comer y hermoso a la vista. Tomó de su fruto y comió y dio también a su marido, y también con ella comió» (cfr Gn 3, 4-6).

La primera gran tentación manifiesta que el demonio es padre de la mentira diciendo medias verdades: animó a nuestros primeros padres a ser iguales a Dios y a no depender de Él, pudiendo establecer ellos solos lo que es bueno y lo que es malo, sin dar explicación a Dios. ¿Te das cuenta de la soberbia que anima los afanes de independencia del hombre o de la sociedad respecto a Dios? Por eso, procura luchar contra ella desde tu juventud sabiendo distinguir con la enseñanza de la Iglesia lo que es bueno y malo –formando con rectitud tu conciencia sin engañarte- y empleando bien tu libertad. Ésta no consiste en la ausencia de vínculos y de obligaciones, como piensan algunos jóvenes, sino en la calidad de esos vínculos: quien está atado al alcohol, la droga o el sexo no es libre, mientras que sí lo es quien mantiene, por ejemplo, la fidelidad al otro cónyuge por encima de los estados de ánimo.

b) David o la concupiscencia. 

Cuenta el Libro Segundo de Samuel un tremendo pecado del rey David por el que supo llorar con amargo arrepentimiento. El rey se quedó ocioso en Jerusalén en vez de acompañar el ejército de Israel… “Sucedió que un día, levantándose David de su cama después de la siesta, se puso a pasear por el terrado del palacio, y vio enfrente una mujer que se estaba lavando y era de extremada hermosura. Envió, pues, el rey a saber quien era aquella mujer, y le dijeron que era Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías, heteo. David la hizo venir a su palacio, habiendo enviado primero en algunos que la hablasen de su parte; y entrada que fue a su presencia, durmió con ella, la cual se purificó luego de su inmundicia, y volvió encinta a su casa. De lo que dio aviso a David, diciendo: He concebido” (2 S 11, 2-5).

En este relato y sus consecuencias se encierran profundas enseñanzas sobre el carácter envolvente de las tentaciones contra la santa Pureza: primero ociosidad, luego curiosear y no guardar el sentido de la vista; más tarde indagar buscando nuevos detalles, hasta caer finalmente en un pecado de lujuria. Lo peor es que el pecado se enreda y David no paró hasta conseguir que el marido de Betsabé pereciera en el campo de batalla: el pecado de adulterio se agravó con un pecado de homicidio.

La triste experiencia de David constituye una clarísima lección para huir de toda ocasión de pecado y rechazar con energía cualquier diálogo con las tentaciones contra la castidad: Nos dice el Beato Josemaría Escrivá: «Cuidad esmeradamente la castidad, y también aquellas otras virtudes que forman su cortejo –la modestia y el pudor-, que resultan como su salvaguardia. No paséis con ligereza por encima de esas normas que son tan eficaces para conservarse dignos de la mirada de dios: la custodia atenta de los sentidos y del corazón; la valentía –la valentía de ser cobarde – para huir de las ocasiones; la frecuencia de los sacramentos, de modo particular la Confesión semanal; la sinceridad plena en la dirección espiritual personal; el dolor, la contrición, la reparación después de las faltas” (Amigos de Dios, n. 185)

Si fueron gravísimos los pecados de David también fue imponente su arrepentimiento y su penitencia: “Apiádate de mí, ¡oh Dios!, según tu misericordia; según la muchedumbre de tus piedades borra mi iniquidad. Lávame completamente de mi culpa, y de mi pecado está siempre delante de mí. Contra Ti solo pequé e hice lo que a tus ojos es malo. (…) Rocíame con hisopo, y quedaré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. (…) Crea en mí ¡oh Dios!, un corazón limpio, y renueva en mí un espíritu constante. No me eches de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu generoso. (…) Abrirás, Señor, mis labios, y mi boca anunciará tu alabanza” (Sal 50, 3-17).

Por eso si no debemos seguir su mala conducta, sí podemos imitar en nuestras caídas – graves o leves – su contrición y su llanto. Porque siempre cabe el arrepentimiento sincero que lleva al sacramento de la Penitencia con propósitos firmes, repitiendo quizá ese “ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente que me fuere impuesta”, de la oración Señor mío, Jesucristo.

c) Pedro o la debilidad de la carne

Jesucristo les había advertido que estuvieran vigilantes pero no se enteraron y en vez de comportarse como recios pescadores lo hicieron como vírgenes necias: «Quedaros aquí y velad conmigo. (…) Volvió junto a sus discípulos y los encontró dormidos; entonces dijo a Pedro: ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en tentación: pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26, 38-41). Y así por tres veces.

Los hechos se precipitan y Pedro retrocede cada vez más: la pereza inicial le aleja de Jesucristo y queda aislado en su temor, hasta llegar a negarle por tres veces: «Entretanto, Pedro estaba sentado fuera en el atario; se le acercó una sirvienta y le dijo: Tú también estabas con Jesús el Galileo. Pero él lo negó delante de todos diciendo: No sé de qué hablas. Al salir al portal le vio otra y dijo a los que estaban allí: Éste estaba con Jesús el Nazareno. De nuevo lo negó con juramento: No conozco a ese hombre. Poco después se le acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: Desde luego tú también eres de ellos, pues tu habla lo manifiesta. Entonces comenzó a imprecar y a jurar: No conozco a ese hombre. Y al momento cantó el gallo. Y Pedro se acordó de las palabras que Jesús había dicho: Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Y, saliendo afuera, lloró amargamente» (Mt 26, 69-75).

La fe de Pedro en Jesucristo sufre la gran prueba. Antes estaba dispuesto a ir a la cárcel o hasta la muerte y ahora le niega abiertamente. En medio de aquel aturdimiento, la mirada serena de Jesús que perdona conforta su fe y las lágrimas de dolor la purifican. Muy grave fue el pecado de Pedro, pero profundo también fue su arrepentimiento… y firme; porque ya no abandonó más al Señor, presidió en nombre de Jesucristo la Iglesia y murió por confesar la fe.

 

 


[1] Pablo IV, o.c.

[2] Cfr Código de Derecho Canónico, can. 1172.