Basta una cebolla


¿Conocen ustedes la fábula rusa de la cebolla?

Cuentan los viejos cronicones ortodoxos que un día se murió una mujer que no había hecho en toda su vida otra cosa que odiar a cuantos la rodeaban. Y que su pobre ángel de la guarda estaba consternado porque los demonios, sin esperar siquiera al juicio final, la habían arrojado a un lago de fuego en el que esperaban todas aquellas almas que estaban como predestinadas al infierno.

¿Cómo salvar a su protegida?

¿Qué argumentos presentar en el juicio que inclinasen la balanza hacia la salvación?

El ángel buscaba y rebuscaba en la vida de su protegida y no encontraba nada que llevar a su argumentación. Hasta que, por fin, rebuscando y rebuscando se acordó de que un día había dado una cebolla a un pobre. Y así se lo dijo a Dios, cuando empezaba el juicio.

Y Dios le dijo: “Muy bien, busca esa cebolla, dile que se agarre a ella y, si así sale del lago, será salvada.”

Voló precipitadamente el ángel, tendió a la mujer la vieja cebolla y ella se agarró a la planta con todas sus fuerzas. Y comenzó a salir a flote. Tiraba el ángel con toda delicadeza, no fuera su rabo a romperse. Y la mujer salía, salía. Pero fue entonces cuando otras almas, que también yacían en el lago, lo vieron. Y se agarraron a la mujer, a sus faldas, a sus piernas y brazos, y todas las almas salían, salían. Pero a esta mujer, que nunca había sabido amar, comenzó a entrarle miedo, pensó que la cebolla no resistiría tanto peso y comenzó a patalear para liberarse de aquella carga inoportuna. Y, en sus esfuerzos, la cebolla se rompió. Y la mujer fue condenada.

Sí, basta una cebolla para salvar al mundo entero. Siempre que no la rompamos pataleando para salvarnos nosotros solitos.

(José Luis Martín Descalzo, “Razones para vivir”).

Oración del AMOR y oración de la LIBERTAD del Dr. Miguel Ruiz


Vamos a compartir un bello sueño juntos: un sueño que querrás tener siempre. En este sueño te encuentras en un precioso día cálido y soleado. Oyes los pájaros, el viento y un pequeño río.

Te diriges hacia él; en su orilla hay un anciano que medita y ves que, de su cabeza, emana una luz maravillosa de distintos colores. Intentas no molestarle, pero él percibe tu presencia y abre los ojos, que rebosan amor. Sonríe ampliamente. Le preguntas qué hace para irradiar esa maravillosa luz, y si puede enseñarte a hacerlo. Te contesta que hace muchos, muchos años, él le hizo esa misma pregunta a su maestro.

El anciano empieza a explicarte su historia:

“Mi maestro se abrió el pecho, extrajo su corazón, y de él, tomó una preciosa llama. Después, abrió mi pecho, sacó mi corazón y depositó esa pequeña llama en su interior. Colocó mi corazón de nuevo en mi pecho, y tan pronto como el corazón estuvo dentro de mí, sentí un intenso amor, porque la llama que puso en él era su propio amor.

Esta llama creció en mi corazón y se convirtió en un gran fuego que no quema, sino que purifica todo lo que toca. Este fuego tocó todas las células de mi cuerpo y ellas me entregaron su amor. Me volví uno con mi cuerpo y mi amor creció todavía más. El fuego tocó todas las emociones de mi mente, que se transformaron en un amor fuerte e intenso. Y me amé a mí mismo de una forma absoluta e incondicional.

Pero el fuego continuó ardiendo y sentí la necesidad de compartir mi amor. Decidí poner un poco de él en cada árbol, y los árboles me amaron y me hice uno con ellos, pero mi amor no se detuvo, creció todavía más. Puse un poco de él en cada flor, en la hierba y en la tierra, y ellas me amaron y nos hicimos uno. Ymi amor continuó creciendo más y más para amar a todos los animales del mundo. Ellos respondieron a él, me amaron y nos hicimos uno. Peromi amor continuó creciendo más y más.

Puse un poco de mi amor en cada cristal, en cada piedra, en el polvo y en los metales, y me amaron y me hice uno con la tierra. Y entonces decidí ponermi amor en el agua, en los océanos, en los ríos, en la lluvia y en la nieve, y me amaron y nos hicimos uno. Y mi amor siguió creciendo todavía más y más. Y decidí entregar mi amor al aire, al viento. Sentí una fuerte comunión con la tierra, con el viento, con los océanos, con la naturaleza, y mi amor creció más y más.

Volví la cabeza al cielo, al sol y a las estrellas y puse un poco de mi amor en cada estrella, en la luna y en el sol, y me amaron. Y me hice uno con la luna, el sol y las estrellas, y mi amor continuó creciendo más y más. Y puse un poco de mi amor en cada ser humano y me volví uno con toda la humanidad. Dondequiera que voy, con quienquiera que me encuentre, me veo en sus ojos, porque soy parte de todo, porque amo”.

Y entonces el anciano abre su propio pecho, extrae su corazón con la preciosa llama dentro y la coloca en tu corazón. Y ahora esa llama crece en tu interior. Ahora eres uno con el viento, con el agua, con las estrellas, con toda la naturaleza, con los animales y con todos los seres humanos. Sientes el calor y la luz que emana de la llama de tu corazón. De tu cabeza sale una preciosa luz de colores que brilla.

Estás radiante con el resplandor del amor y rezas:

Gracias, Creador del Universo, por el regalo de la vida que me as dado. Gracias por proporcionarme todo lo que verdaderamente he necesitado. Gracias por la oportunidad de sentir este precioso cuerpo y esta maravillosa mente. Gracias por vivir en mi interior con todo tu amor, con tu espíritu puro e infinito, con tu luz cálida y radiante.

Gracias por utilizar mis palabras, mis ojos y mi corazón para compartir tu amor dondequiera que voy. Te amo tal como eres, y por ser tu creación, me amo a mí mismo tal como soy. Ayúdame a conservar el amor y la paz en micorazón y a hacer de ese amor una nueva forma de vida, y haz que pueda vivir amando el resto de mi existencia.

Amén.

Dr. Miguel Ruiz

 

Cueva de Ladrones


Juan Antonio Gonzalez Lobato

Me hablaban de muchas cosas que nadie podía oír. Horizontes insospechados aparecían en mi vida. Veía claro, cada vez más claro, lo que jamás pude descubrir antes. Una inmensa paz fue invadiéndome. Y me sentía feliz, como nunca, en el silencio de mi casa, contemplando el cielo estrellado.

A media noche llamaron a mi puerta. No quise abrir. Pero insistieron.

– ¿Quién es? -pregunté con el oído pegado y atento.
– Somos forasteros.
– Pero, ¿quiénes sois? -pregunté de nuevo.
– Somos una cuadrilla de amigos que queremos entrar en tu casa -me dijeron-. Te divertiremos mucho. Se te pasará la noche sin advertirlo. Abre y verás cómo te interesas por nosotros, qué de cosas apasionantes te enseñamos.
– No. Prefiero estar solo. Dejadme en paz. Es difícil que me deis algo mejor que lo que tengo.

Pero todos llamaron sin cesar. Eran muchos los que hablaban a la vez y ofrecían sus argumentos y, entre ellos, se oían voces de mujeres. Todos pedían que les abriera la puerta de mi casa.

Curioso yo, me asomé a la ventana, para ver quiénes eran, ya que hasta entonces no habían querido decirme sus nombres. Había, efectivamente, hombres y mujeres. Todos jóvenes con agradable presencia y distinguido aspecto. Amables compañeros.

– Decidme, por lo menos, cómo os llamáis -les dije.
– ¿Qué más te da, si de todas formas te convenimos?
– No quiero dejar entrar desconocidos en mi casa.
– Bueno, nos presentaremos: Mejor que nuestros nombres, te diremos quiénes somos. En este grupo estamos los más apreciados por las gentes de este mundo. Los hombres se matan por conseguir nuestra compañía y gozamos de su favor en todos los puntos de la tierra. Es raro, para nosotros, encontrar una puerta cerrada. Por supuesto, cada uno de nosotros tiene su propio oficio; pero todos, uno a uno o en grupo, lo mismo nos introducimos en la choza más humilde que en el palacio más soberbio. Lo ordinario es que se apresuren a hospedarnos -dijo el que parecía el jefe de la cuadrilla-. ¿Cómo es posible que seas de este modo, que te hagas rogar para dejarnos estar contigo?
– ¿Tan importantes sois?
– Tan importantes, que podemos decirte que somos los dueños del mundo.
– Si así es, ¿por qué me ocultáis vuestros nombres?
– Es que somos tantos y de nombres tan maltratados por algunos, que te asustarías. Sin embargo, debes conocer que yo personalmente he estado siempre tan cerca de ti y he velado tanto por tus intereses que he, reaccionado -en cada ocasión a tu favor antes de que te dieras cuenta.
– Pero no te conozco.
– Eso crees; sin embargo, me reconocerías en seguida, tan pronto como me abras la puerta. Y este hijo mío, que constantemente me acompaña, siempre joven y fuerte, se desvivirá por servirte de consejero.
– ¿Cómo puede aconsejarme si es joven?
– Es que es joven y, al mismo tiempo, viejo.
– No lo entiendo.
– Yo lo engendré inmediatamente después de aparecer en el mundo y nació con la facultad de renacer a cada momento. Y yo tengo más años que el más viejo de tu pueblo.

Los demás, que se habían mantenido silenciosos mientras hablaba el más anciano de ellos, comenzaron a impacientarse y a ofrecerme, en nueva algarabía, otros argumentos. No entendía bien sus palabras, pues hablaban atropelladamente; pero manifestaban de modo claro sus deseos de atravesar la puerta de mi casa.

– ¡Dejadme hablar con vuestro jefe! -grité.
– ¡Silencio! -ordenó éste.
– ¿Cómo dices tú que eres el más viejo de los viejos, si tu presencia es juvenil y fresco el timbre de tu voz? -le pregunté.
– Es que yo también tengo la facultad de renacer a cada momento.
– ¿Y cómo te llamas? Dime tu nombre al menos.
– Me llamo con el nombre más bello.
– ¿Con el nombre más bello, has dicho?
– Sí.
– ¿Y si es tan bello, por qué lo ocultas?
– Por el apellido.
– Háblame de tu hijo, ya que me lo ofreces como consejero.
– Mi hijo es un hombre poderoso, mueve a la inmensa mayoría de los hombres. Y las acciones de cada uno de los mortales están, en gran parte, inspiradas por él.
– ¿Cómo se llama?
– Resentimiento.

Confuso por la insistencia de sus argumentos, salí de nuevo al patio y tuve la serenidad de mirar otra vez a las estrellas.

– ¡Son ladrones! -me dijeron éstas.

Me acerqué de puntillas a la puerta, y, deprisa, eché cerrojos.
Ellos oyeron ruidos y guardaron silencio. 
Yo les grité:

-¡Marchaos, no quiero saber nada de vosotros!

Los cerrojos y la voz decidida que utilicé les hicieron perder la esperanza de entrar. 

Se marcharon. Volvió de nuevo la paz.
Evité que mi casa se convirtiera en cueva de ladrones.
Recomenzó la oración.
Y pude, otra vez, recrearme escuchando el murmullo de las estrellas.

Una Historia de Milagros


Tres personas iban caminando por una vereda de un bosque; un Sabio con fama de hacer milagros, un poderoso terrateniente del lugar y, un poco atrás de ellos y escuchando la conversación, iba un joven estudiante -alumno del Sabio-.

Fue entonces cuando el poderoso dirigiéndose al Sabio dijo:

– Me han dicho en el pueblo que eres una persona muy poderosa y que incluso puedes hacer milagros.

– Soy una persona vieja y cansada… ¿Como crees que yo podría hacer milagros? -respondió-

– Me han dicho que sanas a los enfermos, haces ver a los ciegos y vuelves cuerdos a los locos… esos milagros solo los puede hacer alguien muy poderoso.

– ¿Te referías a eso?… Tú lo has dicho, esos milagros solo los puede hacer alguien muy poderoso… no un viejo como yo. Esos milagros los hace Dios, yo solo pido se conceda un favor para el enfermo, o para el ciego, y todo el que tenga la fe suficiente en Dios puede hacer lo mismo.

– Yo quiero tener la misma fe para poder realizar los milagros que tú haces… muestrame un milagro para poder creer en tu Dios.

Ante la insistencia de aquél hombre poderoso, el Sabio aceptó mostrarle tres milagros. Y así, con la mirada serena y sin hacer ningún movimiento le preguntó:

– ¿Esta mañana volvió a salir el sol?

– Si, claro que si.

– Pues ahi tienes un milagro….. el milagro de la luz.

– No, yo quiero ver un verdadero milagro, oculta el sol, saca agua de una piedra…. mira, hay un conejo herido junto a la vereda, tócalo y sana sus heridas.

– ¿Quieres un verdadero milagro? No es verdad que tu esposa acaba de dar a luz hace algunos dias?.

– ¡Si! Fue varón y es mi primogenito.

– Ahi tienes el segundo milagro…. el milagro de la vida.

– Sabio, tu no me entiendes, quiero ver un verdadero milagro…

– ¿Acaso no estamos en época de cosecha? Hay trigo y sorgo donde hace unos meses solo habia tierra…

– Si, igual que todos los años.

– Pues ahí tienes el tercer milagro…

– Creo que no me he explicado. Lo que yo quiero…

Sus palabras fueron cortadas por el Sabio, quien convencido de la obstinación de aquel hombre y seguro de no poder hacerle comprender la maravilla que existe en todo aquello que le había mostrado señaló:

– Te has explicado bien, yo ya hice todo lo que podia hacer por ti… Si lo que encontraste no es lo que buscabas, lamento desilusionarte, yo he hecho todo lo que podía hacer.

Dicho esto, el poderoso terrateniente se retiró muy desilusionado por no haber encontrado lo que buscaba. El Sabio y su alumno se quedaron parados en la vereda. Cuando el poderoso terrateniente iba muy lejos como para ver lo que hacían el Sabio y su alumno, el Sabio se dirigió a la orilla de la vereda, tomó al conejo, soplo sobre el y sus heridas quedaron curadas; el joven estaba algo desconcertado:

– Maestro te he visto hacer milagros como este casi todos los días, ¿Por qué te negaste a mostrarle uno al caballero?, ¿Por que lo haces ahora que no puede verlo?

– Lo que el buscaba no era un milagro, sino un espectáculo. Le mostré tres milagros y no pudo verlos. Para ser rey primero hay que ser príncipe, para ser maestro primero hay que ser alumno… no puedes pedir grandes milagros si no has aprendido a valorar los pequeños milagros que se te muestran día a día. Cuando aprendas a reconocer a Dios en todas las pequeñas cosas que ocurren en tu vida, ese día comprenderás que no necesitas más milagros que los que Dios te da todos los días sin que tú se los hayas pedido. Entonces te darás cuenta de que Su Misericordia sobrepasa con sus milagros más de lo que tú podrías imaginar o pedir.

Marisol Cruz

 

Una Historia


¿Han visto alguna vez a los salmones, saltando río arriba? Realizan un viaje contra corriente increíble, que todavía no es demasiado comprendido por los científicos.
http://1.bp.blogspot.com/_Hq3wDkoxp0o/SLN5nuWBXXI/AAAAAAAAEqs/NJUId8pFHXc/s1600-h/salmon.jpegEl Salmón nace en el río y permanece en agua dulce mientras es pequeño.
Cuando llega su juventud, baja hasta el mar, donde vive y llega a su madurez.
Cuando se acerca la época de la reproducción,
emprende el camino de vuelta, volviendo exactamente al lugar donde nació.

Es un viaje muy duro. Centenares de kilómetros,
llenos de dificultades, de rápidos y cascadas.
Tiene que liberarse de las plantas acuáticas que lo tratan de retener
¡Y si solo fuera eso!
Lo peor es que el salmón se encuentra en el río a muchos peces, compañeros, que se dejan arrastrar por la corriente y que le dicen:
Ven con nosotros.
En el mar se está muy bien.
¿Qué quieres hacer allá arriba?

Y otros le gritan:No subas mas arriba: hay peces que te atacan! Y así es. Mirando hacia delante, el salmón puede ver, como hay salmones heridos, por las mordeduras de otros depredadores acuáticos.

Entonces comienza a dudar y piensa: –No puedo más.
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Me quedaré a descansar un rato allá, donde parece que el agua se remansa. Ya continuaré cuando haya recuperado las fuerzas.

Pero, al mismo tiempo, escucha una voz interior que le empuja: –Salmón, ¡No te dejes llevar por lo comodidad, cumple tu designio! ¡continua tu viaje con los compañeros que luchan a tu lado!
O sigues río arriba, o la corriente te arrastrara hacia abajo
.
No hay otra alternativa: -¡O río arriba o hacia el mar!
Parece que los salmones no comen nada, una vez que han comenzado su ascensión río arriba. Solo el instinto les da fuerzas para luchar contra corriente.
No todos llegan a la meta: muchos mueren exhaustos durante su titánico viaje.
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Pero al llegar al lugar de su nacimiento, las hembras ponen los huevos y los machos los fertilizan.
Ya pueden, agotados, morir: ellos si que han sido fecundos.

Nadar en contra corriente en la vida puede ser difícil, pero es el precio de la verdadera fecundidad, cuando cumples con tu designio.
– ¿Qué experiencias de tu vida, avalan esta afirmación?

– ¿Qué voces desde el exterior, te están tentando ahora para que no luches?

– ¿Cuándo y cómo, has escuchado la voz de tu interior, que te invitaba a seguir adelante?

Solo somos auténticamente fecundos si somos capaces de oírnos a nosotros mismos, como el salmón.

¿A qué tendrías que escuchar ahora mismo para conseguir ese tipo de fecundidad?.

Fr. Tomas Del Valle-Reyes
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La Historia del Cangrejo


Hubo cierta vez una http://4.bp.blogspot.com/_Hq3wDkoxp0o/SpCGXb_c3dI/AAAAAAAAILs/_micvjmxpoQ/s1600-h/cangrejos.jpgreunión muy importante en el fondo del mar. Era la reunión de los cangrejos.
La había convocado uno de los más viejos para tomar en ella, lo que él pensaba, era una decisión muy importante.
Acudieron pues cangrejos de todos los mares, desde los que llegaban de mares pequeños y aguas tranquilas, hasta los que procedían de los océanos más agitados. Aún aquellos que vivían en los ríos contaminados mandaron a su delegado.
La reunión se abrió puntualmente.
El viejo cangrejo tomó la palabra y dijo:
“Amigos míos, hemos venido haciendo algo que se ha constituido en un mal ejemplo para el resto del mundo. Es una costumbre que tenemos que cambiar”.

Muy preocupados, todos lo miraban con curiosidad. Un joven cangrejo de río no pudo reprimir la curiosidad, y preguntó:

“¿Y cuál es esa costumbre?” “¿Por qué crees que es un mal ejemplo para los demás seres de la creación?”.
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El anciano cangrejo respiró profundo. Muy preocupado tomó de nuevo la palabra y continuó:

“Se lo diré sin rodeos. Debemos de dejar de caminar hacia atrás. Todos nos ponen de ejemplo negativo y hablan de nosotros como retrógradas”.

Un cangrejo colorado que venía de muy lejos, dándose cuenta de lo serio del problema, preguntó:

“¿Y qué propones para remediar el nocivo ejemplo que damos?”.

El anciano cangrejo tomó de nuevo la palabra:

“Seré realista. Para nosotros ya es muy difícil cambiar. Pero para los cangrejos niños será más fácil.
Yo propongo que sus madres les enseñen a caminar hacia adelante”.

Los cangrejos se emocionaron con la sinceridad con que se les había hablado, y secundaron con entusiasmo la moción.http://1.bp.blogspot.com/_Hq3wDkoxp0o/SpCIN8XbnoI/AAAAAAAAIL8/Xg936W30s9U/s1600-h/cangrejito.jpg

De esta forma quedó instituido que todos los cangrejos que nacieran de ese momento en adelante, serían instruidos por sus madres para caminar hacia adelante.

Cada uno volvió a su hogar. Y las madres empezaron a enseñar a sus pequeñuelos.

Guiaron con amor sus patitas, primero una hacia adelante, luego la otra.

Una y otra vez insistieron en la nueva forma de avanzar.
Los pequeños intentaron seguir las instrucciones, aunque les costaba mucho trabajo. Pero con sinceridad trataron de hacerlo.

Sin embargo, sucedió algo curioso.

Sus mamás les decían cómo debían caminar, pero ellas mismas y todos los demás cangrejos a su alrededor continuaban caminando hacia atrás como siempre.
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“¿Cómo es que ellas hacen una cosa y nos enseñan otra?”, dijo un cangrejito muy estudioso cuando las mamás no estaban presentes.

Los demás estuvieron de acuerdo.

Algunos pensaban que era una broma que les querían jugar, otros aducían que debía ser más fácil caminar hacia atrás, puesto que así lo hacían los demás.

En vista de la rebelión, hubo de convocarse a una nueva junta de cangrejos.

“La ley que hemos propuesto no funciona” admitió el anciano cangrejo que siempre decía la verdad.

Y agregó:
“Y no funciona porque no hemos predicado con el ejemplo, y lo cierto es que no podemos pedir a los demás que hagan lo que nosotros no hacemos”.

La historia dice que esa es la razón por la que los cangrejos siguen caminando hacia atrás.

La lección que se desprende de este simpático cuento infantil nos dice a nosotros que los demás prestarán más atención a lo que hacemos que a lo que decimos. . .

Y es una verdad que debemos aprender.http://3.bp.blogspot.com/_Hq3wDkoxp0o/SpCJsXUbqzI/AAAAAAAAIMM/TASQKI6zJ7c/s1600-h/vine.jpg

Es muy difícil pedirle a un hijo que no se emborrache, si al padre se le pasan las copas muchos fines de semana.

Y exigirle que estudie, cuando nosotros no tocamos un libro.

Predicamos mucho más con el ejemplo que con todas las palabras del mundo.

Fr. Tomas Del Valle-Reyes
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El Mendigo


EL MENDIGO

Calcuta es la ciudad más conflictiva del mundo. En una de sus callejuelas un hombre se pasó toda su vida mendigando. El por­diosero, durante más de cincuenta años, estuvo sentado en una esquina de una abigarrada y tortuosa calle de bazares.

¡Cuántas veces no alargaría sus brazos pidiendo una limosna!

¡Cuántas ve­ces no miraría suplicante a los transeúntes para que se apiadaran de él y le dejasen una rupia en sus temblorosas manos!

¡Cuántos quejidos no brotarían de su escuálida garganta!

Y un día su vida llegó a su término y el pordiosero dio su úl­timo suspiro en la esquina en cuya acera había estado sentado varias décadas.

Días después, accidentalmente, al ir a derruir un edificio, la excavadora encontró un tesoro justo debajo de donde el pordiosero había pasado su ­vida mendigando.

Comentario

Si el tesoro está en uno mismo, en uno mismo hay que buscarlo y encontremos ese tesoro que vive dentro de nosotros, ese tesoro que con seguridad otros ven y nosotros aun no descubrimos.   Podemos colaborar con los demás y ellos pueden colaborar con nosotros, pero en nadie podemos poner la responsabilidad de nuestra felicidad o nuestra desgracia. Recuerda que tu mayor tesoro es Dios, encuentralo dentro de ti, dentro de quienes te rodean y ama profundamente como El nos ama.

Desconozco el Autor

La Vasija Agrietada


Un cargador de agua tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un palo que él llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía una grieta, mientras que la otra era perfecta y entregaba el agua completa al final del largo camino a pie desde el arroyo hasta la casa de su patrón.

Cuando llegaba, la vasija rota solo contenía la mitad del agua. Por dos años completos esto fue así diariamente. Desde luego la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, perfecta para los fines para la cual fue creada; pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque solo podía conseguir la mitad de lo que se suponía debía hacer.

Después de dos años le habló al aguador diciéndole:

“Estoy avergonzada de mi misma y me quiero disculpar contigo”…

¿Por qué? le preguntó el aguador.
“Porque debido a mis grietas, solo puedes entregar la mitad de mi carga. Debido a mis grietas, solo obtienes la mitad del valor de lo que deberías.”
El aguador se sintió muy apesadumbrado por la  vasija y con gran compasión le dijo: “Cuando regresemos a la casa del patrón quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.

Así lo hizo y en efecto vio muchísimas flores hermosas a todo lo largo, pero de todos modos se sintió muy apenada porque al final solo llevaba la mitad de su carga.

El aguador le dijo: “Te diste cuenta de que las flores solo crecen en tu lado del camino?; siempre he sabido de tus grietas y quise obtener ventaja de ello, siembro semillas de flores a todo lo largo del camino por donde tu vas y todos los días tú las has regado. Por dos años yo he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi Madre. Sin ser exactamente como eres, ella no hubiera tenido esa belleza sobre su mesa.”

Cada uno de nosotros tiene sus propias grietas. Todos somos vasijas agrietadas, permitamos a Dios utilizar nuestras grietas para decorar la casa de su Padre en el cielo……

“En la gran economía de Dios, nada se desperdicia”. “Sólo aquel que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible”. Si sabes cuáles son tus grietas, aprovéchalas, y no te avergüences de ellas.

El cuarto rey mago


EL CUARTO REY MAGO

Cuenta la historia que hubo un cuarto rey mago, que llego tarde a la cita con los otros tres por ayudar a un anciano.

Por sus medios se desplazo a Belén, pero la Sagrada Familia había partido a Egipto, en donde intento buscarlos fructuosamente, pero siempre se enredaba ayudando a algún necesitado.

Vuelto a su lugar de origen, los tres Reyes Magos le contaron sobre el niño Jesús, y en su corazón prometió encontrarle.

Cuando después de 30 años oyó del profeta de Galilea, quiso verle.

Desafortunadamente, nunca llegaba en el momento oportuno por arreglar las miserias que iba encontrando en el camino.

Por fin, ya anciano alcanzo a Jesús subiendo al Gólgota, y de dijo: “Toda mi vida te he buscado sin poder encontrarte”. Jesús contesto: “No necesitabas buscarme, porque tu siempre estuviste a mi lado”.

MICRO-REFLEXIÓN:

“Ahí lo tienes: es Rey de Reyes y Señor de Señores. -Está escondido en el Pan. Se humilló hasta esos extremos por amor a ti” – Camino 538.

La Niña de los Fósforos


La niña de los fósforos
Por Hans Christian Andersen

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: “Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios”.

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.