Conversión de Andrey Kuraev


14 noviembre, 2012

“Mi hijo, licenciado en Ateísmo Científico, quiere entrar en el seminario” – Conversión de Andrey Kuraev

 

Andrey Kuraev

Andrey Kuraev nació en 1963 en Moscú. Siendo niño a principio de los años 70, “yo soñaba con el comunismo“, explica. “Me lo imaginaba como una gran tienda llena de juguetes donde uno podía coger gratis cualquier cosa, sin dinero y sin que los padres dijesen que no se lo podían permitir”.

Los padres de Andrey no eran creyentes. Tampoco eran especialmente militantes del ateísmo. Su padre era filósofo y trabajaba en el Presidium de la Academia de Ciencias. El niño creció con un gusto por la filosofía. En el colegio fue redactor de un periodico escolar llamado “El Ateo”. A la hora de elegir carrera universitaria, se apuntó a la licenciatura más ideológica de todas: Teoría e Historia del Ateísmo Científico.

Y allí, en la licenciatura de ateísmo, por primera vez el joven Kuraev tomó contacto con los textos reales del Evangelio.

Mucha mentira y mucha incompetencia

En los libros soviéticos, con sus comentarios acerca de la historia del cristianismo, empezó a ver que la crítica materialista no cuajaba. “Muy pronto me di cuenta de que en esos libros había mucha mentira, muchas conjeturas y un sinfín de la más simple incompetencia. En mi época, ninguno de los profesores conocía hebreo ni griego, pero eso no les impedía hablar de una crítica científica a la Biblia. Eso me decepcionó mucho”.

De esa decepción académica vino la decepción de lo práctico. La misma atmósfera de la sociedad socialista de los años 80 le hacía mirar a la Iglesia. El joven Andrey se dijo: “Si ves que tu querido Partido te miente en lo pequeño y en lo grande, quizás tampoco tiene razón en lo que él mismo proclama como la cuestión principal de la filosofía: ¿Existe Dios? ¿Qué prevalece, la materia o la razón?”

Dostoyevskiy y el diablo

En 1981, con 18 años, Kuraev leyó “Los Hermanos Karamazov” de Dostoevskiy. Allí descubrió al demonio… y también a Cristo como Dios, Creador, Salvador y Juez del día final.

“Entendí que las tentaciones ofrecidas por Satán a Cristo en el desierto fueron la elección más extrema, exacta y global. Y por eso acepté la característica del demonio, espíritu de sabiduría y maldad sobrehumanas. Así que primero admití la existencia del demonio. Y de allí, por lógica, si Cristo pudo rechazar las tentaciones, Él también era de sabiduría sobrehumana, pero también de bondad. Supe que Cristo era Salvador, y mi sensación de vacío interior desapareció”.

La KGB y los estudiantes de ateísmo

Por esas fechas fue cuando Andrey colaboró con la KGB sin saberlo. “A nosotros, los estudiantes especializados en ateísmo, el director de cátedra nos dijo que el Comité de los Jóvenes Comunistas de Moscú estaba realizando una investigación sociológica sobre la religiosidad juvenil. Nos pedían hacer el trabajo de campo en forma de observación directa: visitar las iglesias moscovitas cada domingo y luego rellenar los cuestionarios. Teníamos que indicar el nombre del sacerdote, el contenido de su sermón (detallando si se dirigía específicamente a la juventud, si citaba sólo la Biblia y Padres de la Iglesia o también la prensa y literatura contemporáneas, a qué llamaba al pueblo, etc.). También teníamos que indicar, a ojo, el número de feligreses, cuántos jóvenes había y si reconocíamos a alguien, indicarlo, pero sin especificar los nombres, lo que ya sería una delación abierta”, explicó años después Kuraev.

“Yo no era capaz ni de distinguir la lectura del Evangelio del sermón y cuando intenté preguntar a los feligreses, la gente me trató de mala gana. Preferían no dar ninguna información a un desconocido curioso. Los sermones no me impresionaron. En ellos, al igual que en mis informes, no había nada de política. Pero me dediqué a falsificar las cifras descaradamente. Para chinchar al poder soviético, yo aumentaba el número de feligreses, sobre todo jóvenes. Indiqué que los sacerdotes combinaban perfectamente el conocimiento de la patrística con la cultura clásica y contemporánea. Así creía que ayudaba a la Iglesia… Pasado un año, ya me di cuenta que era justo al revés. Que para el poder lo de tener feligreses jóvenes en un templo era una señal para ir a aplicar sus medidas de persuasión a los sacerdotes demasiado activos”.

En clase de Incompatibilidad Ciencia-Fe

Andrey decidió bautizarse, y lo hizo en el templo ortodoxo más lejano de su casa y de la universidad, para evitar que alguien le reconociera y denunciase. Si lo supieran en la universidad, ¡en la carrera de Ateísmo Científico!, le expulsarían y sus padres tendrían problemas. Eso le asustaba. Pero en la ceremonia, mientras se bendecía el agua bautismal, oyó “no con el oído sino con el corazón” unas palabras: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”. Y dejó de temblar.

Al salir del bautizo, fue directamente a la universidad, llegó a la tercera clase del día. Era un curso de “Incompatibilidad de la ciencia natural contemporánea y la religión”. El profesor recitaba con una voz monótona su charla para un grupito de estudiantes. Andrey no podía controlar su sonrisa de felicidad. Como a los enamorados, se le notaba en la cara. Al final el profesor no pudo más: “Kuraev, ¿a qué se debe su risa durante la clase?” Andrey imaginó que le contaba la causa de su alegría, su bautizo clandestino, se imaginó la reacción del profesor y por poco estalló en carcajadas.

Cuando te pillan tus padres…

Para poder ir a la iglesia, les decía a sus padres que iba a la discoteca. Comprendía que la verdad les sería dolorosa porque sabían mejor que su hijo cómo su conversión iría a destrozar su carrera.

Los padres lo supieron todo por sorpresa. Un día regresaron a casa demasiado temprano y encontraron un librito de oraciones y un par de iconos de papel que Andrey no tuvo tiempo para esconder. Hubo lágrimas, explicaciones. Lo que preocupaba de verdad a los padres era el futuro laboral de su hijo. Al ver que no pretendía dejar la universidad para irse al desierto, se tranquilizaron. Y, de hecho, un par de días después, su padre le dijo a Andrey: “¿Sabes?, a fin de cuentas estoy contento de que te hayas bautizado… Ahora tienes en tus manos la llave de toda la cultura europea”.

Sorpresas bajo el sistema

El joven Kuraev terminó su tesis de fin de carrera, pensando que nadie se la leería detenidamente. Parece que se dejó llevar demasiado. Su director académico le llamó y le regañó: “¡En vez de una tesis de ateísmo científico esto parece un tratado carismático!” El estudiante replicó: “Pero ya no tendré tiempo para reescribirlo, ahora no puedo! ¡Con la Semana Santa…ups…!” Había hablado demasiado. Pero el profesor no movió ni una ceja: “Yo a su edad tenía tiempo para todo: ¡para el diploma y para el templo!”

Pasados dos años, Andrey anunció a sus padres su deseo de ingresar en el seminario ortodoxo. Más lágrimas. Entonces, los padres quisieron llevar a su hijo a hablar con su maestro de literatura, alguien muy respetado y querido por Andrey. Y así, después de algo de conversación intrascendente, la madre le dijo: “¿Sabe usted?, tenemos un problema. Andrey quiere ingresar en el seminario. ¿Qué le puede aconsejar?”

El profesor estuvo un rato pensativo.

“¿Qué te puedo decir, Andrey?”, respondió al fin. “¡Que Dios te ayude a hacer aquello con que yo he soñado toda mi vida y no me he atrevido a hacer!”

Acoso al seminarista y a su familia

Así que Andrey llevó sus documentos al seminario, pidiendo el ingreso. Nada más entregarlos, a su padre le “pidieron” dejar su cargo en el Presidium de la Academia de Ciencias. Las autoridades bloquearon también el acceso de su padre a un trabajo importante en la UNESCO. Y la Academia de Ciencias presionó al Ministerio de Defensa para que llamasen al joven a realizar el servicio militar para alejarle del seminario.

Pero aquí se dio una de las extrañas paradojas del mundo soviético. En la URSS, los licenciados universitarios automáticamente se consideraban tenientes al entrar en el Ejército, y se les daba un cargo según su especialidad. A un licenciado en Ateísmo Científico le tocaba ser ¡teniente comisario político! Alguien en el Ejército decidió que no querían tener un seminarista como comisario político y nadie le llamó a filas.

La KGB y los seminaristas

Habían pasado sólo dos días desde que llevó sus documentos al seminario, cuando un agente del KGB le hizo una visita. Primero intentaron disuadirle del ingreso en el seminario. Como no lo consiguieron, una vez dentro intentaron convertirlo en informador. Lo mismo hacían con todos sus compañeros de curso, que ese año eran casi todos universitarios e intelectuales. De aquella promoción salieron cuatro de los actuales obispos ortodoxos. A veces los agentes esperaban a los seminaristas descaradamente a la salida, los llevaban a sitios apartados: en el hotel cercano, en el registro civil municipal, en el museo del mismo monasterio…allí había una habitación para “trabajar” con los monjes que no salían fuera.

Al principio no te pedían nada. Charlaban. Te domesticaban. Te hacían preguntas sin importancia. Luego ya sacaban fotos de algún compañero del seminario preguntándote quién era. Seguro que lo sabían, pero lo importante era que tú les dijeras algo, cualquier tontería. Lo cuento porque no estoy seguro de que no vaya a repetirse”, recuerda hoy Kuraev.

“Es importante que la gente de iglesia que ha pasado por aquello cuente cómo los kagebistas trabajan con la gente y cómo es posible oponerse. No se puede ahora decir que todos los sacerdotes colaboraban con el KGB. Si hubo algún pecado en la conciencia de los jerarcas, es su problema, Sólo Cristo está sin pecado. Tampoco son culpables los sacerdotes que no traicionaron a nadie. Si ahora la gente diera la espalda a esos sacerdotes, sería un triunfo póstumo de la KGB”.

Filósofo de prestigio y misionero popular

Hoy, el protodiácono ortodoxo Andrey Kuraev (http://kuraev.ru) es el personaje más joven que figura en el “Diccionario de Filosofía Rusa de los siglos XIX-XX”. Y fue el más joven (a los 35 años) profesor de teología ortodoxa en la historia de Rusia. Aún no se considera teólogo, pero sí un periodista ortodoxo y misionero. Es autor de varios libros y centenares de publicaciones de carácter divulgativo. Participa en programas de televisión y radio. Da charlas, conferencias y cursos por toda la geografía rusa y su portal de misión ortodoxa en Internet reúne hasta 1.700 personas simultáneamente y es toda una referencia para la evangelización en el país. No está mal para un licenciado en Ateísmo Científico.

¿Y qué fue del niño que soñaba con el comunismo y su abundancia? “Ya no busco soldaditos de plomo. Pero respecto a lo que de verdad necesito hoy, sí, mi sueño comunista se ha cumplido”. ¿Y en vez de soldaditos? “Unos regalos extraordinarios: el don de la oración, del amor, sabiduría, pureza. Dios te los ofrece gratis. Sólo tienes que cogerlos.”

ReligionenLibertad.com

 

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Disfrute de la vida como un señor ateo


Los señores ateos quieren empapelar los autobuses con anuncios incitadores al disfrute de la vida. En esto los señores ateos se parecen a esos promotores del deporte que, mientras leemos las Geórgicas de Virgilio a la sombra de una encina, nos exhortan a hacer gimnasia, asegurándonos que así podremos gozar de la vida; pero cuando acudimos al gimnasio, sólo vemos a pobre gente sudando la gota gorda y pasando las de Caín. Ocurre que estos señores ateos, como los promotores del deporte, sufren como cerdos en la matanza; y, puesto que no hallan consuelo en su sufrimiento, quieren consolarse captando neófitos para sus padecimientos. Pues ya se sabe que nada consuela tanto el enfermo como conseguir que su enfermedad se contagie a otros; pero se trata de un consuelo cetrino y miserable.

Dios, según el estrafalario sentido de la realidad de estos señores ateos, es un ser tiránico que abruma y aflige a los hombres. Pero, si leemos las Escrituras, descubrimos que Dios no hace otra cosa sino invitarnos a un banquete eterno; y, cuando por fin se decide a acompañar a los hombres en su andadura terrenal, ¿qué es lo primero y lo último que hace? Pues lo primero que hace, nada más iniciar su vida pública, es transformar el agua en vino, para que los convidados de una boda puedan cantar y bailar alegremente; y lo último que hace es proponer a sus amigos que, cada vez que quieran rememorarlo, prueben el fruto de la vid. ¡Extraño modo de abrumar y afligir a los hombres!

A simple vista, la vida del creyente parece una muralla erizada de arduas privaciones; pero, salvada esa muralla, encontramos las danzas de los niños y el vino de los hombres. La vida del señor ateo, por el contrario, parece a simple vista encantadora y risueña; pero adentro se retuercen las serpientes de la desesperación. ¿Y qué es la desesperación? «Desesperación -decía Leonardo Castellani- es el sentimiento profundo de que todo esto no vale nada y el vivir no paga el gasto y es un definitivo engaño; y este sentimiento es fatalmente consecuente con la convicción de que no hay otra vida». La desesperación suele disfrazarse de alegría vocinglera; pero esta poseída de una sorda sed de destrucción y nihilismo. Estos señores ateos afirman, sin embargo, que la suya es la religión del disfrute y la alegría; a la vez que tratan de convencernos de que el cristianismo es la religión del dolor. Lo cierto es que todo ser humano alberga dentro de sí una proporción de dolor y otra de algería; lo que distingue al ateo del creyente es la distribución de esos dos componentes. El ateo hace depender esa alegría de los pequeños goces superficiales de la vida -el «comamos y bebamos, que mañana moriremos» de Menandro-, pero niega la alegría última de las cosas, porque está enfermo de una desesperación incurable. Al creyente, en cambio, no le están negados los goces superficiales de la vida; pero es capaz de sacrificarlos, o de tomárselos a broma, porque su gozo secreto está puesto en una alegría más fundamental. ¿Quién es más hombre? ¿Quien reserva su alegría para lo fundamental y sus penas para lo superficial o quien hace lo contrario? La alegría del ateo está constreñida al disfrute de unos pocos placeres mundanos y su dolor se expande por la inconcebible eternidad; puede agitar sus miembros en un éxtasis de abracadabra, y hasta entregarse al baile de San Vito, mas no por ello su cabeza dejará de estar hundida en un abismo desalentador, sin esperanzas ni anhelos. El dolor del creyente está, por el contrario, constreñido a unas pocas cosas fútiles, pero su alegría es ancha y venturosa, como una tarde pasada a la sombra de una encina leyendo las Geórgicas de Virgilio.

Decía Chesterton que la alegría, que es la pequeña publicidad del pagano, es el gigantesco secreto del cristiano. Por eso los señores ateos quieren pregonar su alegría pequeñita en los autobuses; porque saben que sus disfrutes no duran más que lo que tarda un autobús en cubrir su itinerario. Lo que viene después -también lo saben- es la desesperación; y como la desesperación engendra desconsuelo, quieren consolarse contagiándosela a los demás. Vanos pataleos de chiquilines emberrinchados.

Juan Manuel De Prada

abc.es

El fenómeno del ateísmo


La falta de religión nos muestra que algunas corrientes ideológicas llevan a la destrucción del hombre.

La más alta razón de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. Ya desde su nacimiento, el hombre está invitado al diálogo con Dios: puesto que no existe sino porque, creado por el amor de Dios, siempre es conservado por el mismo amor, ni vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor, confiándose totalmente a El. Mas muchos contemporáneos nuestros desconocen absolutamente, o la rechazan expresamente, esta íntima y vital comunión con Dios. Este ateísmo, que es uno de los más graves fenómenos de nuestro tiempo, merece ser sometido a un examen más diligente.

Es cierto que en nuestro tiempo se ha difundido el fenómeno del ateísmo, especialmente en los países dominados por el marxismo, como consecuencia de la persecución sistemática de la religión, pero también en los países de libertades democráticas y desarrollo económico.

Ateo es una palabra que significa sin Dios. Se pueden distinguir dos clases de ateos: unos, llamados ateos prácticos, viven de hecho como si Dios no existiera, sin plantearse más problemas; otros, en cambio, pretenden argumentar, de diversas maneras, que no es razonable creer en Dios: se llaman ateos teóricos. El Concilio Vaticano II lo expresa así: -Muchos son los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita» (GS, 19).

 

 

Añade el Concilio que: -quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. (ibíd.)

Con frecuencia el ateísmo moderno se presenta también en forma sistemática, la cual, además de otras causas, conduce, por un deseo de la autonomía humana, a suscitar dificultades contra toda dependencia con relación a Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la libertad consiste en que el hombre es fin de sí mismo, siendo el único artífice y creador de su propia historia; y defienden que esto no puede conciliarse con el reconocimiento de un Señor, autor y fin de todas las cosas.

Una de las formas de ateísmo que más ha influido en nuestro tiempo es la elaborada por algunos pensadores, entre ellos los marxistas, según la cual, la afirmación de Dios significaría la «alineación o negación del hombre lo explican diciendo que si el hombre debe vivir en función de otro ser (Dios), no vivirá para sí mismo. A eso lo llaman -alienarse o enajenarse, es decir, hacerse ajeno y extraño a sí mismo. Por eso consideran que para que se afirme al hombre, hay que suprimir a Dios. Quitado Dios, «el hombre es Dios para el hombre y no ha de vivir en función de ese otro, distinto de él.

 

 

Esta doctrina pierde de vista algo tan evidente como que el hombre es un ser limitado, imperfecto. Y más todavía olvida que el Dios de que habla la religión es un ser que no necesita nada del hombre. Es todo lo contrario a un dueño malo, que tratara cruelmente a sus esclavos. Es precisamente Amor, Bondad y no ha hecho más que mostrar con obras su amor al hombre. La Creación es ya una obra de su amor.

La experiencia ha demostrado que esas doctrinas no llevan precisamente a la defensa del hombre, que era lo que pretendían, sino a su destrucción, que era lo que criticaban. El amor y el respeto a Dios ha hecho a los hombres durante tantos siglos dominar sus tendencias más bajas y crueles. La falta de religión nos muestra cada día la carencia de escrúpulos para los actos más viles.

El hombre creyente, lejos de -alienarse», se enriquece y se hace más fiel a sí mismo cuando vive religado a Dios. Y Dios le ofrece como meta dársele por completo en la vida futura, tan real como la presente.

«Dice en su corazón el insensato: ¡No existe Dios!». (Sal. 53, 2)

Enrique Cases

Encuentra.com

No creo en Dios, soy ateo


Algunas reflexiones sobre el ateísmo.

Por Alejo Fernández Pérez (España)

 

Sin venir a cuento, en medio de una conversación intrascendente, un amiguete nos suelta: “Es que yo soy ateo”.  “Bueno, ¿y a nosotros qué? Como si quieres ser budista, musulmán o del Real Madrid”, contesta otro contertulio. El ateo empezó a desinflarse al notar nuestra indiferencia por su postura “religiosa”, de la que parecía querer presumir. Con este motivo, el personal se enzarzó en una discusión variopinta, con un vocabulario de andar por casa, y sin meterse en profundidades filosóficas o teológicas. Como el grupo era de un nivel cultural medio-alto, las ideas barajadas pudieran interesar a más de uno:

Quedó claro que ateo es el que no cree en la existencia de Dios. Demostradme que Dios existe, exigió el ateo. Demuéstranos tú que no existe, le replicó otro. Demostrar “racionalmente” la existencia de Dios al modo de las ciencias exactas es imposible, pero más imposible aún es demostrar que no existe. Para el creyente Dios está fuera del tiempo y del espacio, por tanto no existe como existen las demás cosas, pero existe, y se manifieste en esas cosas. El descreído, en cambio, excluye de sus consideraciones lo que no está en el tiempo ni en el espacio.

Lejos de mi intentar convencer a nadie “con razones“ en temas de religión, política partidista o forofos de fútbol, sería perfectamente inútil. En estas materias o nos convencemos solitos  o no nos convence nadie. Nos limitamos a poner encima de la mesa algunos razonamientos, siempre deficientes, por si les sirven a alguien.

El ateo corriente es un creyente con  una fe: cree que “lo existente se explica por sí mismo”, cosa que la ciencia no ha justificado nunca. Cualquier encadenamiento de razones aboca siempre a principios indemostrables, y las mismas matemáticas, se levanta sobre postulados o proposiciones cuya verdades son indemostrables. Si la ciencia se basa en principio indemostrables, ¿por qué exigimos demostración para aceptar la existencia de Dios? ¿No es suficiente la observación de las maravillas del universo o de los seres que lo habitan? ¿No son suficientes los millones de almas que viven sólo por y para su Dios? ¿Están todos equivocados? Mire uno adonde mire aparecen los indicios de Dios: Iglesias, Catedrales, cruces en los caminos, libros, cuadros, poesía, música; además, lo sentimos en nuestro corazón. Chesterton afirmaba que “cuando un hombre deja de creer en Dios, pasa a creer en cualquier cosa”. Vista la experiencia, algo de verdad debe de haber en el aserto.

La fe tiene poco que ver con la razón, sobrepasa a esta, así que no perdamos el tiempo intentando demostrar con lógica las verdades de ninguna religión. Si en la tierra desconocemos casi todo: no sabemos lo que es la electricidad, el átomo, la fuerza, el hombre, la paloma… significa que desconocemos y no conoceremos jamás la verdad última de cualquier ser o fenómeno. Otra cosa es que conozcamos y aprovechemos algunas de sus propiedades como las de la electricidad o la fuerza. El hombre no puede obtener la fe por sí mismo. La da Dios a quien la pide con humildad. El ateismo, desde hace miles de años se debate entre un “no” que le deja insatisfecho y un futuro sin ninguna luz. Su raíz es negativa: ¡No! Y sobre esta raíz no crece la hierba.

San Agustín decía que “El hombre es un saco de deseos”. Desde el principio de la Historia, el sentimiento religioso ha frenado esa tendencia a los deseos: no matar, no mentir, no cometer actos impuros… Las restricciones y los mandatos positivos: “Amarás a Dios y a los hombres” aparecen como mandatos de Dios. Negar a Dios implica serias consecuencias imprevisibles:

a) Si no hay Dios, si Cristo no existió, si sus Evangelios no son válidos, si sus mandamientos no obligan;  entonces ¡todo es posible!  Eliminado el sentimiento de Dios, desaparece el de culpa, y con él, el deber de autocontención. Los deseos de uno tropiezan con los de otros, exponiéndose a represalias. Además los cristianos tendríamos que reformar dos mil años de historia.

b) Nadie puede comportarse del todo como si no hubiera Dios. Pues los deseos desatados de cada uno chocan con los ajenos, y su satisfacción exigiría tiranizar al prójimo. La sociedad se convertiría en el albergue del crimen generalizado. Por otra parte, los deseos liberados provocan, con su multiplicidad y contradicción entre ellos, un aumento paralelo del temor y la angustia, hasta desgarrar la psique del individuo. Ambos efectos manifiestan el castigo de los dioses.

c)  En democracia se pueden imponer normas que regulen las relaciones humanas. Sobre este problema ha girado gran parte del pensamiento occidental. Pero las normas, quitado su referente religioso, serían meras convenciones sociales, que se pueden poner, quitar o cambiar. Las normas divinas son esencialmente eternas. El hombre débil aceptaría las convenciones, por miedo a la sanción social, pero el hombre fuerte y audaz podría rechazarlas. Podría recurrir a la violencia. Al no tener las normas otra base que la convención, salta a la vista la posibilidad de sustituirlas por otras arbitrariamente. Pero Cristo dijo: “Yo  soy el camino, la verdad y la vida” . Cuando se prescinde  de El, desaparece el norte para nuestras brújulas morales, y la angustia existencial se apodera de los hombres y mujeres de hoy.

d) El relativismo sobre lo que es verdad o no, bueno o malo, bello o feo… del pensamiento actual ha conducido en gran parte al alejamiento de Dios. La verdad absoluta no existiría, los medios de comunicación han certificado su defunción. Sin embargo, hay verdades absolutas: 2+2=4; Cristo existió; además, el relativismo presenta una contradicción insuperable. Cuando se dice “Todo es relativo” se expresa una afirmación de carácter absoluto. Si aseveramos que “todo es relativo”, entonces la misma frase es relativa y queda sin significado; se autodestruye, perdiendo su validez. Como la civilización judeo-cristiana, occidental o europea está empapada de cristianismo, la negación de Cristo obligaría honestamente a sustituirla por otra civilización. ¿Por cuál?

e) En realidad, los ateos integrales son y han sido muy pocos a lo largo de la historia. Personalmente no creo que no crean en un Dios, sino que no quieren creer, pues ello conduciría a unos cuantos a cambiar de forma de vida,  a lo cual muchos no estarían dispuestos. No creen hasta que los atenaza la desgracia o se les aproxima la muerte; entonces, casi todos levantan sus ojos al cielo o piden confesión. Los ejemplos son numerosos.

Alejo Fernández Pérez

Mérida, 15 de diciembre de 2002

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