Padre Pío de Pietrelcina (Francisco Forgione)


Autor: Oscar Schmidt | Fuente: http://www.reinadelcielo.org
Padre Pío de Pietrelcina (Francisco Forgione), Santo
Presbítero Capuchino, Septiembre 23
Padre Pío de Pietrelcina (Francisco Forgione), Santo

Un hombre de oración y sufrimiento

Martirologio Romano: San Pío de Pietrelcina (Francisco) Forgione, presbítero de la Orden de Hermanos Menores Capuchinos, que en el convento de San Giovanni Rotondo, en Apulia, se dedicó a la dirección espiritual de los fieles y a la reconciliación de los penitentes, mostrando una atención particular hacia los pobres y necesitados, terminando en este día su peregrinación terrena y configurándose con Cristo crucificado (1968)

“Siempre humíllense amorosamente ante Dios y ante los hombres. Porque Dios le habla a aquellos que son verdaderamente humildes de corazón, y los enriquece con grandes dones.”

San Giovanni Rotondo, Italia.

En un convento de la Hermandad de los Capuchinos, en la ladera del monte Gargano, vivió por muchísimos años el que probablemente fuera el Sacerdote Místico más destacado del siglo XX, a punto actualmente de ser declarado Santo por el Vaticano. El Padre Pío, nacido en Pietrelcina en 1887, fue un hombre rico en manifestaciones de su santidad. Enorme cantidad de milagros rodearon su vida, testimoniados por miles de personas que durante décadas concurrieron allí a confesarse. Sus Misas, a decir de los concurrentes, recordaban en forma vívida el Sacrificio y Muerte del Señor a través de la entrega con que el Padre Pío celebraba cada Eucaristía.

Es notable su carisma de bilocación: la capacidad de estar presente en dos lugares al mismo tiempo, a miles de kilómetros de distancia muchas veces. El Padre Pío raramente abandonó San Giovanni Rotondo; sin embargo se lo ha visto y testimoniado curando almas y cuerpos en diversos lugares del mundo en distintas épocas. También tenía el don de ver las almas: confesarse con el Padre Pío era desnudarse ante Dios, ya que él decía los pecados y relataba las conciencias a sus sorprendidos feligreses (a veces con gran dureza y enojo, ya que tenía un fuerte carácter, especialmente cuando se ofendía seriamente a Dios). Tenía también el don de la sanación (a través de sus manos Jesús curó a muchísima gente, tanto física como espiritualmente) y el don de la profecía (anticipó hechos que luego se cumplieron al pie de la letra).

Vivió rodeado de la Presencia de Jesús y María, pero también de Santos y Angeles, y de almas que buscaban su oración, para subir desde el Purgatorio al Cielo. Pero su gracia más grande radicó, sin duda alguna, en sus estigmas: en 1918 recibe las cinco Llagas de Cristo en sus manos, en sus pies y en su costado izquierdo. Estas llagas sangraron toda su vida, aproximadamente una taza de té por día, hasta su muerte ocurrida en 1968. Múltiples estudios médicos y científicos se realizaron sobre sus Estigmas, no encontrándose nunca explicación alguna a su presencia u origen.

Su sangre y cuerpo emanaban un aroma celestial, a flores diversas, que acariciaba no solo a los asistentes a sus Misas, sino también a quienes se encontraban con él en otras ciudades del mundo, a través de sus dones de bilocación. Vivió sufriendo ataques del demonio, tanto físicos como espirituales, que se multiplicaron a medida que las conversiones y la fe crecían a su alrededor.

En diciembre de 2001 el Vaticano emite el decreto que aprueba los milagros necesarios para canonizar a nuestro héroe, San Pío de Pietrelcina y fué canonizado el 16 de julio de 2002.

Vivimos en un mundo que niega lo sobrenatural, se aferra a lo material y a todo lo que pueda ser explicado a través de la razón, o percibido por los sentidos. Sin embargo, Dios prescinde de nuestra razón y de nuestros sentidos, a la hora de someternos a las pruebas de nuestra fe. De cuando en cuando nos prodiga con regalos del mundo sobrenatural, a través del testimonio y el acceso a la divinidad de los seres Celestiales. El Padre Pío es una puerta abierta a Cristo, a María, a los ángeles y los santos. Es también un testimonio de la pequeñez del ser humano y una invitación a creer y dejar de buscar explicación a los hechos de la Divina Providencia (la voluntad de Dios), sino simplemente a unir nuestra voluntad a la de Dios, y ser lisa y llanamente su instrumento, como el Padre Pío lo fue.

La vida entera del Padre Pío no puede ser explicada a través de la razón o la lógica humana. La fe y fuerza del Santo del Gargano dan por tierra con todas las escuelas filosóficas terrenales, dejando una sola salida a todo intento de crecimiento del hombre: el encuentro con el Dios eterno, el que nos mira desde lo alto y nos pide, por medio de Su infinita Misericordia, que nos entreguemos simplemente a Su Voluntad. La negación de nuestro yo (la muerte de nuestro ego), se constituye en la principal meta de nuestra evolución, porque SÓLO DIOS ES !

Debemos negarnos a nosotros mismos y vivir para y por Él. El Padre Pío vivió en la más absoluta humildad y negación de sí mismo, y miren los prodigios que Jesús hizo a través suyo !

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Parte 1
Parte 1

El momento 
La vida mística del Padre Pío cubrió desde los inicios del siglo, hasta fines de los años sesenta, con su muerte. El siglo XX fue marcado, entonces, por su presencia silenciosa pero poderosa. Sus estigmas aparecieron en 1918, inmediatamente después del fin de la primera guerra mundial, de la revolución bolchevique y de la aparición de Fátima, todo ello acontecido en 1917. Pasó a través de la segunda guerra mundial, en una Italia comprometida, invadida primero por sus ex aliados (los alemanes) y luego liberada fundamentalmente por los soldados americanos. Y tuvo sus últimos años en medio de la bonanza económica de la posguerra, que condujeron a la década del sesenta con su contradictorio grito de paz, mezclado con una pérdida total de los valores morales y religiosos.

Nuestro santo no alteraba su vida por la influencia del mundo. Él vivió en su convento, dedicando su vida a la oración, la meditación, el encuentro con Jesús en la Eucaristía y en su trabajo predilecto: la confesión. Sólo Dios importaba, apartar al hombre de la atracción de un mundo que poco tiene que ver con Cristo, y llevar a la mayor cantidad de gente posible a la Verdadera Vida en Dios.

El lugar
El sur de Italia es un lugar pobre en esencia, a pesar de su integración a Europa. Y es en el convento de la Madonna delle Grazie (la Virgen de la Gracia), en San Giovanni Rotondo, pequeño pueblo situado en la ladera del monte Gargano, en la región de Foggia, donde se desarrolla la vida de Pío. El convento de los Hermanos Capuchinos pronto se convierte en el lugar de cita de quienes quieren ver en vida a un santo, tal la fama que acompañó al Padre Pío durante décadas. La gente viaja allí desde los lugares más recónditos, desde toda Italia, Europa, América. A medida que su fama se extiende, San Giovanni Rotondo empieza a tener un significado especial para mucha gente. Y su influencia y fama crece a partir de su muerte, como un viento lleno del Espíritu que grita nuestra necesidad de volver a Dios.

El Santo
Nacido como Francisco Borgione en Pietrelcina, provincia del Benevento, el 25 de mayo de 1887. Rebautizado Padre Pío cuando recibe los votos de Hermano Capuchino el 22 de enero de 1903, se ordena sacerdote el 10 de agosto de 1910. Desde niño el Padre Pío se manifiesta distinto a los demás: oraba en lugar de jugar. No fue buen alumno, alternaba palotes en su cuaderno con Cruces que dibujaba. Sus amigos a veces se atemorizaban por el ensimismamiento en que entraba al orar, por largas horas. Para Francisco esto era normal, él solo meditaba y compartía con Jesús todo su dolor y sufrimiento en la Cruz. Su familia era extremadamente pobre, tan así que su padre debió emigrar a América por un tiempo para poder mantener a los seis hijos y la esposa, María Josefa.

La salud del Padre Pío fue frágil desde temprana edad, y así fue por toda su vida, agravada al recibir los estigmas de Jesús. Siempre supo Pío que su destino era ser un monje capuchino. Solo una temporada en la milicia, cumpliendo el servicio obligatorio, lo apartó de su misión en la vida. Pero fue su salud y la Divina Providencia (a la que Pío siempre siguió con fe), la que lo liberó del servicio obligatorio luego de un tiempo, para poder volver a la vida de convento en alabanza permanente a Dios.

Su vida era muy simple: vivía en su celda de monje, se levantaba de madrugada para preparar la Misa en oración, confesaba durante todo el día, y trabajaba de noche en su celda. Comía muy poco, lo que sumado a la cantidad de sangre que perdía diariamente, intrigaba a los médicos respecto de algo que escapaba a la lógica terrenal. El Padre Pío lo explicaba con simples palabras: su alimento era el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía.

Era humilde en extremo: no aceptaba fotografías, ni notas periodísticas, ni que se hable de él. Su carácter alegre y sencillo, se tornaba hosco cuando alguien trataba de poner demasiado acento en su figura o ensalzarlo. Para el Padre Pío la humildad era más que una virtud, era la única forma de vivir la vida, ya que para él sólo Jesús ES, sólo la Santísima Trinidad. Los demás, empezando por la Virgen María, somos seres al servicio permanente de Dios. Nada lo podía apartar de una negación absoluta de sí mismo, ya que él nunca hizo nada por si, siempre actuó en nombre de Jesús, por intercesión de su Madre la Santísima Virgen, o de los ángeles y los santos. Pero nunca el protagonista fue el Padre Pío. Y así, nunca entendió al mundo, que se esfuerza en revalorizar el ego y el propio yo, difundiendo filosofías y disciplinas que lo único que hacen es resaltar el egocentrismo, alejando al hombre más y más de su única fuente: Dios.

El Padre Pío es un faro poderoso, una luz potente que alumbra el mundo y deja al mal expuesto en toda su vileza. Estudiar la virtud sin igual del Santo del Gargano nos permite entender cuán falsa es la forma de vida que nos propone este mundo actual, apóstata y alejado de Dios. La idea de que todo debe y puede ser explicado racionalmente, lleva al mundo a dar las espaldas a la Voluntad de Dios, su Divina Voluntad. El gran misterio es que los misterios del Cielo no pueden ser develados por los hombres. Y cuando se acepta el amor del Padre sin límites, sin dudas ni planteamientos, es que surge una chispa que incendia al mundo: el fuego que el Padre Pío encendió inflama nuestros corazones y nos deja librados a nuestra propia opción, sin excusa alguna !

Los testigos
Sencillamente miles y miles de personas testimonian la avasalladora cantidad de hechos místicos que rodearon al Santo del Gargano. Desde las confesiones donde el monje capuchino desnudaba el alma, el pasado, los miedos y los anhelos de las personas, hasta curaciones que los médicos no pudieron explicar desde el punto de vista médico, pasando por testimonios de personas que lo veían en más de un lugar en el mismo momento. Muchísimos estudios científicos se realizaron sobre sus estigmas, tratando de descubrir su origen, siendo que finalmente muchos médicos resultaron conversos al tomar contacto con el Santo de Foggia. Los medios de comunicación difundieron noticias sobre los prodigios que rodearon al Padre Pío durante décadas, hasta su muerte. Enorme cantidad de gente viajó a San Giovanni Rotondo para tomar contacto con el Cielo hecho presente allí, y volvieron a sus países dando fe de su propia experiencia.

El Padre Pío nunca buscó notoriedad, nunca quiso ser protagonista. Sólo quería que lo dejen orar en paz y ser un fiel confesor, para que las almas que se acerquen a él encuentren el camino de regreso a Cristo. Sin embargo, su fama recorrió el mundo y lo transformó a lo largo de las décadas en un santo viviente, una leyenda de santidad y entrega a Dios. Su obra es la obra de Jesús, que da testimonio desde la humildad y la caridad, sin dejarse atrapar por las trampas que tiende el mundo moderno, que trata de pintar de colores extraños lo que es una simple y pura entrega de amor.

Los estigmas del Padre Pío.
Mientras era un joven, la madre de Pío lo encontró agitando las manos como si las tuviera quemadas. Ella le preguntó, bromeando, si estaba tocando la guitarra, y el joven repuso sonriendo que las palmas de las manos le dolían mucho. Era un viernes, y ese día se conmemoraban en la parroquia los estigmas de San Francisco de Asís. Era un anticipo de lo que ocurriría luego.

Sobre el Monte Alvernia, en el siglo XIII, Cristo dijo a San Francisco de Asís: “¿Sabes lo que acabo de hacerte?. Te he dado los estigmas, que son los signos de mi Pasión, para que seas mi abanderado”. El 17 de septiembre de 1918, como todos los años, los Padres Capuchinos celebraron piadosamente la fiesta de los estigmas de San Francisco. El viernes 20 de septiembre, dos días después, poco antes del mediodía, un grito penetrante hizo estremecer a todos los monjes en el convento. ¿Que había ocurrido?

Encontraron al Padre Pío tirado sobre el piso de baldosas, y al levantarlo con cuidado para llevarlo a su celda, percibieron que estaba herido: flechas invisibles habían traspasado sus manos, sus pies y su costado, y esas heridas sangraban.

Según palabras del Padre Pío:
“Después de celebrar Misa, fuí sorprendido por un descanso parecido a un dulce sueño. Mis sentidos internos y externos se encontraban en una quietud indescriptible. Entonces vi frente a mi a un misterioso personaje, cuyas manos, pies y costado manaban sangre. Su vista me aterrorizó, pensé que me moría, y habría muerto si el Señor no hubiese intervenido para sostener mi corazón que parecía salírseme del pecho. La visión del personaje se retiró, y yo me dí cuenta que mis manos, pies y costado estaban perforados y manaban sangre”.

Los fieles, que se encontraban en ese momento en la iglesia, comprendieron lo que había ocurrido. La noticia se propagó bien pronto, los caminos se llenaron de peregrinos y todo el mundo repetía que el Padre Pío era un santo. La policía tuvo que intervenir para poner orden en el tránsito de las multitudes que llegaban de todas las provincias. El Padre Provincial de los Capuchinos del Monasterio de Santa Ana de Foggia, luego de haber hecho fotografiar las manos, los pies y costado del Padre Pío, envió todos esos documentos al Vaticano para su estudio. Pidió al Dr. Luis Romanelli que practicara un examen médico detallado al nuevo estigmatizado, examen que repitió cinco veces en dos años. He aquí los puntos más importantes de su estudio:

“Las lesiones del Padre Pío están recubiertas por una fina membrana de color rojizo. No hay en ellas ni grietas ni hinchazón, como tampoco reacciones inflamatorias en los tejidos. La herida del costado es un tajo limpio, paralelo en sus bordes, de siete u ocho centímetros de longitud, cuya profundidad no se puede medir y que sangra en abundancia. La sangre tiene las características de la sangre arterial, y los bordes de la llaga prueban que ésta no es superficial. He examinado al Padre Pío en el espacio de quince meses, y aunque alguna vez he comprobado ciertas modificaciones en las lesiones, jamás he podido clasificarlas en ningún orden clínico conocido”.

Otro informe de un serio catedrático luego concluyó: “Toda lesión bien cuidada debe curar, y mal cuidada se agrava. ¿Es posible explicar científicamente como estas lesiones que no son tratadas como corresponde, sobre todo las de las manos, que se lavan con agua común y están siempre en contacto con guantes de lana y con pañuelos y fregadas con jabón de la peor clase, no se infectan ni tienen complicaciones y tampoco se curan?”.

Las heridas de las manos sangran ligeramente y casi de contínuo. Durante el día, el Padre Pío lleva guantes de lana marrón, de tal modo que las manchas de sangre no se ven, y la lana absorbe la humedad. También la herida del costado sangra contínuamente. Él coloca sobre ésta un lienzo que sostiene por medio de una banda ancha enrollada en su torso. Los vecinos del monasterio le proporcionan la tela necesaria

Las manos del Padre Pío, que los fieles pueden ver cuando dice misa, están ensangrentadas. Lavadas con agua, los estigmas aparecen como llagas circulares de unos dos centímetros de diámetro, en el centro de la palma. Por otra parte, se ven exactamente igual en el dorso de las manos, de tal modo que se diría que están traspasadas de parte a parte y son transparentes en su centro. En consecuencia, el Padre no puede nunca cerrar las manos por completo, y escribe con dificultad. No es posible comprobar la profundidad de las heridas a causa de la película que las recubre. Esta película se desprende con frecuencia y se le forma otra. El Padre Pío trata de disimular sus estigmas, mientras que sus superiores le tienen prohibido mostrar sus manos a nadie. Hasta cuando dice misa se empeña en cubrirlas con largas mangas. El estigma de su costado izquierdo es el más extraño de todos, pues sangra en abundancia por más que la llaga parezca más superficial que las otras. De ella brota una taza de sangre por día.

La duración de los estigmas del Padre Pío fue la más prolongada que se conoce en la larga lista de los santos estigmatizados. Se extendió desde el 20 de septiembre de 1918 hasta su muerte acontecida en 1968.

Muchos son los santos que recibieron los estigmas de Jesús, en el pasado y en la actualidad. La gente suele no comprender por qué Dios obra de este modo. Pero es muy simple: si nuestro rol en la vida es imitar a Cristo, en la mayor medida posible, ¿cómo no entender que el mayor acto de amor de Jesús fue entregarse en la Cruz? De este modo, sufrir aunque sea un poco los estigmas del Señor en la Cruz, es el regalo más grande que el Cielo nos puede dar aquí en la tierra. Y así es que este don único lo reciben las almas elegidas por Dios para dar testimonio del deseo de santidad.

¿Sufrió el Padre Pío ataques del Demonio?
Repetidas veces, al entrar en su celda, Pío encontraba sus cosas en desorden, las mantas de su lecho y sus libros desparramados, y la pared llena de manchas de tintas. Espíritus extraños se le aparecían bajo distintos aspectos, a menudo vestidos de frailes. Una noche se dio cuenta de que su cama estaba rodeada de monstruos horribles que lo recibieron con estas palabras: “mirad, el santo va a acostarse!”. “Si, con vuestro desprecio”, fue la respuesta de Pío. Entonces los monstruos lo empujaron, lo zarandearon, lo arrojaron al suelo y contra las paredes, como tantas veces lo hicieron al Cura de Ars, San Juan Bautista Vianney. Cierta noche vio entrar en su celda a un monje que le recordó por su aspecto a Fray Agustín, su antiguo confesor. El falso monje le dio consejos y lo exhortó a dejar esa vida de ascetismo y de privaciones, afirmando que Dios no podía aprobar tal sistema de vida. Pío, estupefacto de que el Padre Agustín le dijera tales cosas, le ordenó que gritase junto con él: “Viva Jesús!”. El extraño personaje desapareció de inmediato, dejando tras de sí un olor pestilente, sulfuroso.

Don Salvador Panullo cuenta un incidente ocurrido en los primeros años de sacerdocio del Padre Pío, cuando aún no estaba estigmatizado. Don Salvador relata lo siguiente: “Un día, le entregué al Padre Pío una carta del Padre Agustín, su superior. Sólo encontré una hoja en blanco dentro del sobre. Pensando que se trataba de una distracción del Padre Agustín, pedí al Padre Pío que escribiese a su superior para preguntarle qué había querido decirle. El joven Pío me contestó: “Oh, esta es una de las bromas favoritas del diablo. No hay por qué preguntarle al Padre Agustín lo que escribió. Yo lo sé, porque me lo dijo mi ángel de la guarda”. Y a renglón seguido, reveló a Don Salvador el contenido de la carta. Éste, previas averiguaciones hechas al Padre Agustín, tuvo que reconocer la exactitud de las palabras de Pío.

Don Salvador, abriendo otro día una carta del Padre Agustín, sólo encontró en ella una enorme mancha de tinta. Creyendo estar alucinando, llamó a su sobrina y ésta comprobó la misma cosa. Entonces roció el papel con agua bendita. Lentamente fue desvaneciéndose la mancha y de a poco apareció la escritura en rasgos muy firmes.

El Padre Pío raramente se dormía sólo de noche. Deseaba que otro monje se quedara con él, hasta conciliar el sueño. No le agradaba la oscuridad, ni los desagradables juegos que el demonio solía hacer con él, molesto por la obra que se realizaba desde allí. Pero no temía el Monje del Gargano a Satán, ya que sabía que frente a Dios él nada podía hacer. Temía a su cansancio, a su cuerpo débil y exhausto.

En septiembre de 1947, una pobre italiana poseída por el demonio, fue llevada a la fuerza por sus hijos a la misa del Padre Pío. Apenas llegada a la iglesia, la desdichada se puso a dar alaridos como cada vez que veía un templo o una Cruz. Sus gritos y blasfemias rompieron el silencio en el preciso momento en que el Padre Pío daba la comunión a los fieles. Hacedla salir, ordenó el sacerdote. Antes me matarían!, vociferó la posesa. Entonces, elevando la Hostia consagrada por sobre el copón, el Padre dijo solemnemente: “Ya es tiempo de que esto termine”. La mujer cayó con violencia en tierra. ¿Muerta?. No. El vencido era el demonio. Pocos segundos después la mujer se levantó perfectamente serena y fue a sentarse en un banco, liberada de las cadenas del Maligno.

No nos sorprenda el poder sobrehumano concedido por Dios al humilde monje del Gargano. Más debe sorprendernos que no lo posean todos los sacerdotes exorcistas.

El demonio se hace presente cuando hay avances de la obra de Dios. Cuando no se presenta satán en casos de apariciones o presencia de santos, es recomendable sospechar de la veracidad del hecho, y así lo considera la iglesia en sus investigaciones. No se puede creer en Dios sin creer en el demonio, es cuestión de fe en ambos casos. Muchas veces el mundo moderno busca negar a satán, dando una versión de Dios totalmente de manera superficial o edulcorada, donde todos nos salvaremos por obra de la Misericordia Divina. De este modo se niega el juicio de Dios, el pecado y a satán mismo. Esta es una de las obras del príncipe del mundo (lucifer) en nuestros tiempos. No nos dejemos engañar, satán existe tanto como Dios, y es Dios mismo que le permite actuar para, de este modo, someternos a las pruebas que nos permitan ganarnos el Cielo, o condenarnos para siempre.

BILOCACION DE MARÍA EN LA VIRGEN DEL PILAR EN EL AÑO 40
En la noche del 2 de enero del año 40 el apóstol Santiago se encontraba con sus discípulos junto al río Ebro, en la península ibérica, cuando “oyó voces de ángeles que cantaban Ave María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol”. La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal, le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que “permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio”. Se trata entonces de la más antigua advocación de María, y un caso de bilocación de la Madre de Dios, ya que ella estaba en ese entonces aún en la tierra.

El don de bilocación.
Bilocación significa: facultad de estar en dos lugares al mismo tiempo. San Antonio De Padua, por ejemplo, se encontró simultáneamente en Lisboa y en Padua. A San Alfonso María de Ligorio se le vio en los funerales de Clemente XIV cuando no había dejado la Parroquia de Santa Ágata de los Godos. En el caso del Padre Pío, se cuentan por cientos los testimonios de diversa índole, de los que aquí sólo relatamos algunos como ejemplo.

Es conocido el caso de una muchacha que insistía en confesar el mismo pecado una y otra vez. El Padre Pío, luego de advertirle en repetidas ocasiones que Dios ya había perdonado esa falta, y que no debía confesarla más, y ante la desobediencia de la joven, le dijo claramente que si volvía a confesar el mismo pecado iba a recibir un cachetazo. La muchacha, conociendo el temperamento del Santo del Gargano, pero no pudiendo resistir la tentación, confesó su pecado a otro sacerdote en Roma. De inmediato, y ante su sorpresa, recibió un cachetazo en pleno rostro.

Un día, el Ingeniero Todini, de Roma, se quedó hasta muy tarde en San Giovanni Rotondo. En el momento de partir, se dio cuenta de que llovía a torrentes. Pidió entonces al Padre Pío permiso para pasar la noche en el monasterio, pero este se negó.

Padre, dijo entonces el Ingeniero, ¿cómo voy a hacer para volver al pueblo sin paraguas?. Me voy a mojar hasta los huesos!. Yo lo acompañaré, repuso el Padre.

El señor Todini se despidió. Antes de abrir la puerta que da sobre la plaza, oyó la lluvia azotar la calle. Se subió el cuello del sobretodo, se encasquetó el sombrero para que el viento no se lo llevara, y salió. Una ráfaga violenta lo embistió, pero por sorpresa suya, solo le cayeron unas pocas gotas de lluvia. Qué fastidio, vendrá empapado!, le gritaron sus huéspedes no bien entró. Pero si apenas llueve!. Vamos!, cómo que apenas?. Si parece el diluvio universal!. Toldini entonces les mostró que traía la ropa completamente seca, quedando todos estupefactos.

La “bilocación de la voz” es un fenómeno frecuente en él. Sus hijos espirituales, y hasta personas extrañas a él, le han oído a grandes distancias dar noticias o consejos, y hasta amonestaciones, especialmente en medio del sueño, y han oído esa voz suya en forma clara y comprensible, pero sin ver al Padre Pío.

El 8 de mayo de 1926 una docena de fieles venidos de Bolonia esperaban al Padre en el vestíbulo del monasterio. Recordemos que en 1926 no existía la puerta que comunica directamente la sacristía con el monasterio, de modo que el Padre estaba obligado a pasar por la iglesia si quería ir a la sacristía donde él confiesa.

Pasaron horas de vana espera. Luego se acercó al grupo un capuchino: “¿Buscan al Padre Pío?, hace ya rato que está confesando”. ¿Cómo era posible, si ellos habían vigilado la entrada durante tres horas largas?. Hay que pensar que se había hecho invisible, y no era esa la primera vez.

Se recuerda la aventura de un actor venido en auto desde Foggia con otros miembros de su compañía. Su actitud era insultante. A ver, ¿dónde está ese Padre Pío?, preguntó con un tono arrogante. Quiero que me convierta, quiero confesarme. Y dejando a sus compañeros a las carcajadas entró a la iglesia. Le dijeron que el Padre debía estar en la sacristía. Pero no se le encontró ni en ésta ni en su celda, ni en el locutorio ni en el jardín. Imposible hallarlo. A fin de cuentas, el hombre gruñó, cansado de esperar: está bien, me voy. Lástima!, me hubiera gustado ver si este fraile era capaz de convertirme.

No bien partió el automóvil, los fieles se encontraron de frente con el sacerdote. Padre, ¿dónde estaba?, hemos registrado por todas partes. Yo estaba aquí, hijos míos, he pasado tres o cuatro veces delante de ustedes, pero no me vieron. Los fieles de San Giovanni comprendieron y se abstuvieron de hacer comentarios.

En San Martino de Pensilis, los miembros de la Tercera Orden tenían costumbre de reunirse en casa de uno de ellos por turno. Una noche, la reunión tuvo lugar en el lugar del Comisario Trombetta. Su hijito Juan corrió de pronto a refugiarse en las faldas de su madre, diciendo: Mama, tengo miedo, el Padre Pío está allí!. ¿Dónde, dónde?, preguntó la madre. Allí, allí, respondió el niño, señalando a un punto. Ah! , ya se ha ido!. “La historia de Juanito” llegó a oídos de quien era su protagonista. Veamos Padre, ¿era realmente usted?. ¿Y quien querían que fuera?, contestó él con tono de fastidio. Siempre se muestra disgustado e intimidado cuando hace alusión a sus dotes sobrenaturales. Pero con la falta de tacto que caracteriza a los paisanos, los buenos vecinos de San Martino, vuelven a la carga. Padre, ¿entonces usted estaba “realmente” en nuestra reunión?. Y la respuesta fue: Cómo!, ¿lo dudan todavía?.

La señora de Devoto, de Génova, estaba seriamente enferma y con la amenaza de que le amputaran una pierna. Una de sus hijas rezaba en un cuarto vecino, pidiendo que se evitara esa operación e invocando la ayuda del Padre Pío. De pronto éste apareció en el umbral de la puerta. El deseo de obtener una gracia para su madre obnubilaba a tal punto la mente de la joven, que ella ni se preguntó cómo podía estar el Padre en Génova estando en San Giovanni, a varios cientos de kilómetros, ni se le ocurrió dudar de lo real de su presencia. Arrojándose a sus pies, le suplicó: “Oh, Padre, salve a mamá!”. El santo la miró y le dijo simplemente: “Espere nueve días”. Ella iba a pedir una explicación, pero al levantar la vista de nuevo sólo vio la puerta cerrada.

A la mañana siguiente pidió a los médicos que aplazaran la intervención quirúrgica, y ni las advertencias ni los consejos ni las súplicas de sus parientes, ni el mismo estado de la paciente que se agravaba por momentos lograron disuadirla. Al décimo día, cuando los cirujanos examinaron a la enferma, cuál no sería su estupefacción al comprobar que la herida de la pierna estaba completamente cicatrizada y la señora estaba en vías de restablecimiento. Unas semanas más tarde la familia toda se dirigió a San Giovanni para agradecer al Padre la merced que les había alcanzado. Pero nuestro hombre no quiere que se agradezca nada: “Id a la Iglesia a dar gracias a Dios y a la Virgen!”, es su abrupta manera de rechazar todo agradecimiento.

Telegramas, mensajes telefónicos, cartas de todas las especies, y numerosos testigos oculares atestiguan sus bilocaciones en Italia, Austria, Uruguay, Estados Unidos.

Para la inauguración de su capilla privada, en la Vía Tritone 56, en Roma, la Condesa Virginia Sili había mandado muchas invitaciones, entre otras a su primo, el Cardenal Gasparri y al Cardenal Sili, su cuñado. La condesa y sus invitados estaban discutiendo el nombre que le darían al oratorio, cuando un novicio entró en la habitación trayendo un relicario que contenía un fragmento de la Cruz de Cristo. Anoche, explicó el joven, el Padre Pío se me apareció en carne y hueso y me ordenó que trajese a la condesa ésta reliquia por la mañana, antes de la consagración de la capilla. Días más tarde, la Condesa se presentó en San Giovanni Rotondo, y escuchó de labios del capuchino la confirmación de ese relato.

Se sabe que San Martín de Porres fue visto en Manila, en África, en Francia y en otras cincos partes al mismo tiempo. Y la explicación que dio cuando se la pidieron, fue ésta: “Si Jesús multiplicó los panes y los peces, ¿acaso no podría multiplicarme también a mi?”.

La señora Concepción Bellarmini, de San Vito Luciano, sufrió de pronto un envenenamiento de sangre seguido de una bronconeumonía. La infección le provocó una ictericia terrible, y los médicos la desahuciaron. Una pariente le aconsejó que confiase su situación al Padre Pío, a quien ella no conocía. Así lo hizo, y de pronto se le apareció a plena luz un fraile estigmatizado que le sonrió y la bendijo sin tocarla. La enferma le preguntó entonces si su venida era señal de que había logrado la conversión de sus hijos o su próxima curación. El capuchino afirmó: “El domingo por la mañana usted estará curada” y luego se desvaneció dejando una estela de perfume.

Ya al día siguiente la piel de la enferma fue tomando un color normal, cedía la fiebre y pocos días después la señora pudo levantarse. Acompañada de su hermano, fue a San Giovanni para verificar la identidad de “su” fraile. Cuando divisó al Padre Pío en la iglesia, se dirigió a su hermano y le dijo al oído: “Es él, no hay duda de que es él”.

El Sr. Arturo Bugarini, de Ancona, cuenta que estando junto a su hijo muy grave, golpeaban en la espalda tres veces mientras una voz le murmuraba: “Soy el Padre Pío, soy el Padre Pío, soy el Padre Pío”. En el mismo momento lo invadió una ola de intenso calor, luego nada más. El niño se salvó.

El 21 de julio de 1921, Monseñor d’Indico de Florencia, estando sólo un su escritorio, tuvo la sensación de que había alguien detrás de él. Se dio vuelta y vio desaparecer un religioso. Interrumpiendo su trabajo, fue en busca de un sacerdote y le contó lo que acababa de ocurrirle. Este le habló de alucinaciones: Monseñor estaba mortalmente angustiado por la salud de su hermana que estaba agonizando. Cuando la fue a visitar, ésta (que estaba casi en coma), había visto al mismo tiempo que su hermano, entrar un fraile a su cuarto, acercarse y decirle: Nada tema. Mañana su fiebre habrá desaparecido y dentro de pocos días ya no quedarán ni rastros de su enfermedad. Pero, Padre, ¿quién es usted entonces?, ¿un santo?. No, repuso el religioso, soy una criatura que sirve al Señor y soy dispersor de sus auxilios. Padre, permítame besar su hábito. Bese mas bien el signo de la Pasión, replicó mostrándole las manos. Y después de bendecirla, desapareció. Inmediatamente la enferma se sintió mejor, y ocho días después estaba sana.

Durante el éxtasis, el Padre Pío se nos aparece como inhibido. Cuando vuelve en sí, diríamos que sale de un síncope. Su cuerpo no reacciona ante ninguna excitación externa, luz enceguecedora, luces de magnesio, etc. Por eso resulta tan fácil sacarle cuantas fotografías se quiera mientras está oficiando: un estruendo de platillos lo deja impasible. Se le creería sordomudo. Santa Teresa escribe: “En la cúspide del éxtasis no se ve ni se oye nada”.

Monseñor Damiani, Vicario General De la Diócesis de Salto en el Uruguay, mantenía este diálogo en 1930 con su amigo el Padre Pío: Me gustaría morir aquí para que usted me asistiera en mis últimos momentos. Le contestó el Padre Pío: No, usted morirá en Uruguay. ¿Y usted irá a ayudarme a morir bien?. Naturalmente.

Durante ese mismo viaje, una mañana, Monseñor Damiani tuvo un ligero ataque cardíaco y al punto envió en busca de su amigo. Pero como estaba confesando, el capuchino no acudió al llamado. Cuando éste subió hacia mediodía, el prelado lo retó suavemente: Capuchino, ¿porqué no vino cuando lo mandé a llamar?, podía haber muerto. Hombre de poca fe, ¿no le dije que usted morirá en el Uruguay?. Y veamos ahora el fin de la historia, contada en 1942 por el R. P. Antonio M. Barbieri, Arzobispo de Montevideo: En 1942, en la víspera de las bodas de plata sacerdotales del Obispo de Salto, Monseñor Alfredo Viola, que reunía en el Obispado al Delegado Apostólico y a cinco prelados, fui despertado a medianoche por un golpe dado en la puerta de mi cuarto. Al entreabrirla, vi pasar un capuchino y oí una voz que me susurraba: “Vaya al cuarto de Monseñor Damiani, está muriéndose”. Me puse la sotana, desperté a algunos sacerdotes y fuimos al cuarto de Monseñor. Sobre la mesa de noche había una hoja de papel con unas palabras escritas de puño y letra: “El Padre Pío ha venido” (el Arzobispo conserva este testimonio). Cuando fui a Italia y vi al Padre Pío, le pregunté: “Padre, ¿era usted el Capuchino que yo vi la noche en que murió Monseñor Damiani?. El Padre pareció confuso, cuando le hubiera sido tan fácil negarlo. Como no insistí él sigue guardando silencio. Yo me eché a reír diciendo: “Ya comprendo”. Entonces movió la cabeza y dijo: “Si, usted ha comprendido”.

Un día, durante la guerra, el General Cardona, sólo en su despacho, la cabeza entre las manos, pensaba con espanto en todos los jóvenes que iban a dar su vida por su patria, cuando de pronto sintió un violento perfume de rosas que invadía toda la oficina. Levantando la cabeza, quedó estupefacto al ver ante sí a un monje de sonrisa amplia que pasó diciendo: “No tema, nadie le hará mal”. Cuando la visión se desvaneció, también se disipó el perfume. El General confió ese episodio a un franciscano, y éste le dijo: “Excelencia, usted ha visto al Padre Pío”, y le contó a grandes rasgos la biografía de este hombre extraordinario. Después de oírla, Cardona no tuvo más que un deseo, el de ir a San Giovanni. Fue vestido de civil para no ser reconocido, pero no bien penetró en el monasterio, dos Capuchinos se le acercaron: “Excelencia, el Padre Pío lo espera. Nos mandó para recibirlo”.

Ema Meneghetto, jovencita de catorce años, era epiléptica y sufría crisis varias veces por semana. Un día que oraba con fervor, se le apareció el Padre Pío, posó su mano sobre la colcha de la cama, le sonrió y desapareció. La epiléptica se sintió curada, se levantó para besar el lugar donde posara su mano el Padre Pío, y vio impresa una pequeña Cruz de sangre. Cortó el trocito de género y lo colocó bajo un farol de vidrio. La joven curada milagrosamente escribe que desde entonces ella ha obtenido numerosas gracias, especialmente la curación de bebitos a punto de morir.

La Señora Ercilia Magurno, mujer de mucha fe, había velado durante meses junto al lecho de su marido, sumamente grave de angina de pecho. Cierta noche invadió la habitación un penetrante perfume a flores, pero el enfermo seguía empeorando por momentos. Con dos días de intervalo, la señora envió dos telegramas al Padre Pío para implorar su intercesión, pues su marido estaba ya en coma. El 27 de febrero, el enfermo pareció dormirse con sueño profundo y sereno. A la mañana siguiente, al despertar, dijo a su mujer: Estoy curado. Me siento perfectamente. El Padre Pío acaba de dejarme. Por favor, abre los postigos y tómame la temperatura. No tenía ya ni rastros de fiebre. El Padre Pío vino acompañado por otro fraile, explicó el hombre, me examinó el corazón y me dijo: “Mañana se le habrá ido la fiebre y dentro de cuatro días podrá levantarse”. Luego miró los remedios que le daban, leyó las recetas y se quedó largo rato junto a mí. Como para confirmar este milagro, una fuerte fragancia de violetas flotaba todavía en la habitación. Cinco meses después, ambos esposos se dirigían a San Giovanni, y el ex-enfermo reconocía a su salvador. El Padre Pío se le acercó, le puso la mano en el hombro y con tono amistoso le dijo: “Como le ha hecho sufrir ese corazón!”.

Se cuenta que una joven inválida, curada providencialmente, quiso experimentar el don milagroso del Padre Pío y volvió a visitarle simulando su enfermedad pasada. Vuelve a tu casa, le dijo el sacerdote dándole un golpecito en la espalda, vete sin perder tiempo, pues ya sabes que estás perfectamente sana y no se debe tentar a la divina misericordia.

Durante la segunda guerra mundial los norteamericanos instalaron una base aérea a algunos kilómetros de San Giovanni, cuando todavía había alemanes en la región. Llegó a la base la noticia de que allí había un depósito de municiones enemigas, y de inmediato se despachó un bombardeo con el pueblo del Gargano como objetivo. El piloto a cargo de la misión estaba preparándose para lanzar las bombas, cuando ve junto a su avión en pleno vuelo a un monje con hábito capuchino, que con ambas manos le decía: “NO”. El piloto, aterrado, soltó las bombas en el campo y volvió a su base. Cuando narró la historia al oficial a cargo de la base, un italiano del lugar que escuchaba le dijo que allí había un famoso cura milagrero. Juntos fueron a San Giovanni, y grande fue la sorpresa de todos cuando el piloto, viendo al Santo del Gargano, exclamó: es él!.

Podríamos seguir por horas relatando historias de bilocación del Padre Pío, y los libros sobre su vida están llenos de ellas. Pero lo que cuenta aquí es el mensaje Celestial: Para Dios no hay nada imposible, nada. Nuestro pobre entendimiento juzga a las cosas de Dios con la débil perspectiva del hombre, y allí es donde nos alejamos de Dios, atándonos a las reglas y cosas del mundo, que es el reino de satán.

Autor: . | Fuente: http://www.reinadelcielo.org
Parte 2
Parte 2

La confesión del Padre Pío.
El Padre Pío, dice uno de sus superiores, es un sacerdote que cumple asiduamente con sus deberes de estado. Se levanta a las tres y media y se prepara para la misa en su celda para no molestar a nadie, y luego va directamente a la sacristía.

Al principio, las mujeres formaban fila para confesarse desde las dos de la mañana, y a veces la policía debía dirigir a la multitud que se apiñaba junto al confesionario. Desde enero de 1950, todas las penitentes debieron conseguir un número de orden para evitar confusiones. En 1952 hubo que adoptar el mismo sistema también para los hombres.

Confesar es su principal vocación, la que le permite apaciguar su insaciable sed de almas. Desea ser considerado exclusivamente como confesor. No predica, y el Santo Oficio le ha prohibido escribir desde 1924. Empero, el Padre Pío no tiene en cuenta los límites de la resistencia física. Él examina, juzga, condena y absuelve según lo que Dios le inspira. Su confesionario es más que una cátedra, más que un tribunal, es una clínica para las almas. Acoge a los penitentes de diversas maneras, según las necesidades de cada uno y sin plan preconcebido. Abre los brazos a éste en una exuberancia de alegría, diciéndole de dónde viene aún antes de que haya abierto la boca. Y a otros los llena de reproches, los amonesta y hasta los trata con rudeza. A algunos se niega a recibirlos y les dice que vuelvan más adelante, cuando estén mejor preparados. La misma afabilidad, la misma sonrisa de bienvenida, la misma severidad se prodiga al sabio, al personaje, al paisano humilde e ignorante.

La condición social del penitente nada cuenta, sólo ve su alma, su alma al desnudo. Suele suceder que tenga más indulgencia con un gran pecador que lo conmueve por su ignorancia de las leyes divinas, que un creyente que no cumple con sus deberes religiosos, una de esas personas que se dicen católicas pero que por pereza no dedican a Dios ni una hora por semana. En donde no encuentra hipocresía sino sinceridad, se muestra bondadoso, con una benevolencia que dilata el corazón del penitente cuando le dice: “Ve en paz, Jesús te ha puesto a prueba y te bendice”. Pero a veces sorprende por su brusquedad, cuando con palabras duras y cortantes denuncia el escándalo, sobre todo los chismes y mentiras de las mujeres. Se mostraba inflexible con los penitentes que consideran la murmuración como una falta leve. Con mayor severidad aún, condena el Padre Pío los pecados contra la pureza y la maternidad, y no perdona sin estar seguro de un firme y categórico propósito de enmienda. Los malhechores que van contra la generación y el matrimonio, deberán pasar varios meses de prueba antes de ser absueltos.

A menudo cierra la mirilla del confesionario en la cara de un penitente sin interrogarlo. Esto ha ocurrido hasta con personas que se confesaban periódicamente en otro lugar. ¿Por qué?. Porque posee el don divino de ver como en un relámpago lo que se le escapa a los confesores ordinarios.

El Padre Pío, a no dudarlo, sufre una verdadera agonía cuando el Señor le ordena tratar con dureza a un alma, pero lo hace así para que su penitente tome conciencia y comprenda que los Sacramentos y la Comunión no son cosa de juego. Que es algo grave lavar su alma y recibir a Cristo, a ese Cristo Jesús a quien ama el Padre Pío, mientras el pecador y la multitud lo desconocen.

A una de sus hijas espirituales que le confesó que le era insoportable la vista de sus enemigos, le contestó: “Si tú no amas como el Señor quiere que los ames, firmarás tu propia condenación. Haz el bien a tus enemigos por amor a Jesús”. Así comenta el texto evangélico que dice: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a quienes aborrecen, rogad por los que os persiguen y calumnian, y así seréis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?”.

¿En qué forma confiesa?. A menudo sabe de antemano lo que el penitente le va a decir. Si éste se olvida de mencionar un detalle cualquiera de un pasado lejano, el Padre Pío se lo recuerda. A veces hace breves preguntas que sirven para abreviar las confesiones y que resultan impresionantes prueba de su doble vista.

¿Cómo puede saber?. El Padre conoce a cada penitente mejor de lo que él mismo se conoce, y al arrodillarse ante él, el pecador ve con más claridad sus pecados. Sin embargo, el Padre no dice todo lo que descubre. A veces se queda silencioso, a la espera. El penitente siente su conciencia removida hasta lo más hondo, y no puede mantener en secreto el pecado que ocultaba. Lo confiesa, y el confesor dice simplemente: “Eso es lo que esperaba”.

Un joven complotaba matar a su mujer y simular que se trataba de un suicidio, para poder así continuar sin tropiezos una unión ilícita. A fin de apartar toda sospecha de culpabilidad, consintió en escoltar a su compañera a San Giovanni. No bien puso los pies en la Iglesia, ella se sintió atraída por una fuerza magnética hacia la sacristía, que se encuentra en el otro extremo de la Iglesia, detrás del altar mayor. El Padre Pío, desocupado en ese momento, se acercó para interrogarle. El hombre no había pronunciado una sola palabra, cuando sintió que lo tomaban del brazo y lo empujaban con violencia: “Sal , sal de aquí!, le gritaba el fraile. Miserable!, ¿ignoras que no tienes el derecho de manchar tus manos con la sangre de tu esposa?”.

El hombre huyó como empujado por la tormenta. Durante dos días vagó sin rumbo. En la imposibilidad de recuperar la calma, volvió al monasterio, y el Padre Pío lo acogió como acogía Jesús a los grandes pecadores. Cuando el hombre hubo terminado su tremenda confesión, le dijo: “No teníais hijos y ambos deseabais uno. Vuelve a tu hogar, y vuestro deseo se cumplirá”. Cuando su mujer, a quien nunca había visto el Padre Pío, vino un día a confesarse, a las primeras palabras que pronunció, oyó que el Padre le decía: “No temas nada ya, tu marido no te hará ningún mal”. Después de años de esterilidad, ella dio a luz una criatura.

Un sacerdote había ido a San Giovanni para confesarse con el Padre Pío, y tuvo que cambiar tren en Bolonia. Cuando hubo terminado su confesión, el Padre le preguntó si no haba omitido nada. El sacerdote contestó con sinceridad que no recordaba nada más; entonces replicó el Padre Pío: “No lo hizo usted con malicia, pero se trata de una negligencia grave que ha ofendido al Señor. Usted llegó a Bolonia a las cinco de la mañana. Como las iglesias estaban cerradas, usted se fue al hotel para descansar un poco antes de decir misa y se quedó dormido hasta las tres de la tarde. Ya no era hora de la misa, y su negligencia ofendió a Dios”.

Antes de que se pronuncie palabra alguna, el Padre Pío sabe si el que se acerca a él es sincero o no, si es un convencido o un simple curioso. Un médico entró cierta vez en la sacristía, pareció cambiar de idea y volvió a salir. ¿Quien es ése?, ya volverá, afirmó rotundamente el Padre. En efecto, el médico volvió bien pronto. Al instante le dijo el Padre: Usted es un delincuente, y quiere eludir el Tribunal. Lea de una vez esa carta!. Se trataba de la recomendación de un amigo. El médico la leyó, palideció, cayó de rodillas a los pies del Padre, imploró perdón y lo obtuvo.

Nuestro capuchino lee también el pensamiento a la distancia, como lo prueba un número incalculable de hechos. He aquí uno como muestra:

Dos hermanas habían logrado a duras penas que su padre les permitiera ir a ver al Padre Pío, pero le habían prometido formalmente no besarle el guante, ese guante besado por tantos labios, por temor al contagio. Las jóvenes lo prometieron, pero cuando vieron entrar al capuchino a la iglesia, y a la gente apiñarse en torno suyo, no pudieron resistir la tentación. Entonces él las miró sonriendo: “¿Han olvidado su promesa? “.

Cuenta un conocido médico italiano que una noche de enero de 1936, estaba en la celda del Padre Pío con éste y otros dos laicos. De pronto el Capuchino se arrodilla y les pide que recen “por un alma que está a punto de compadecer ante el tribunal de Dios”. Todos se arrodillaron, y luego el Padre les preguntó: ¿saben ustedes por quién han rezado? – No – fue la respuesta. Pues por el Rey de Inglaterra.

Entonces intervino el doctor: pero Padre, leí en los diarios de hoy que el Rey tiene un ligero resfrío sin ninguna novedad. El Padre Pío se contentó con responder: “Créanme”. Cuando llegaron los diarios a mediodía, se vio que el Rey de Inglaterra había fallecido en el momento preciso en que el Padre Pío pidió simultáneamente a sus amigos oración.

Una joven de Benevento, cuyo marido había perdido la vista, recibió esta explicación del Padre Pío: “Su ceguera garantiza su salvación, tiene que permanecer ciego, es un castigo que Dios le envío por haber golpeado a su padre”. La pobre mujer no podía creer a sus oídos. En cuanto al lisiado, empezó por negar, pero acabó por reconocer que a la edad de dieciséis años había golpeado brutalmente a su padre con una barra de hierro.

El Padre Pío era un gran trabajador del confesionario. Pero su carisma de visión de almas le daba una herramienta muy especial, en su tarea de convertir a muchos de sus visitantes. Durante décadas las personas peregrinaron de a miles a San Giovanni, buscando la sanación de los pecados a través de un instrumento como el Santo del Gargano. Qué bueno sería encontrar en estos tiempos muchos fieles deseosos de lavar sus almas con el agua de la misericordia, como aquellos que acudían a ver a Pío. Qué bueno sería también encontrar sacerdotes dispuestos a sacrificarse en el confesionario, como lo hacía el Padre Pío.

La Misa del Padre Pío.
Desde que el Padre Pió hace la señal de la Cruz al pie del altar de San Francisco, su rostro se transfigura. Ya no es sólo el sacerdote que celebra el Santo Sacrificio, es también el hombre de Dios, el elegido para dar testimonio de su existencia, elegido para colaborar con Dios en el martirio de las cinco llagas, el oficiante que es crucificado con Él y que muere místicamente con Él en cada una de las misas.

Cristo habita en el Padre Pío y el Padre Pío hace suya la encarnación de Cristo. Si el Padre Pío no estuviese modelado en Cristo, ¿cómo explicar los sufrimientos que se reflejan en su rostro, las contracciones de su cuerpo, sus esfuerzos para levantarse después de sus genuflexiones, como si el peso de la cruz lo abrumara?. ¿Y qué decir de sus estados de éxtasis prolongados, que lo transportan lejos de este mundo caótico?. Se lo ve inclinar la cabeza, sonreír con esa sonrisa luminosa con que acepta los pedidos de sus fieles, y de pronto estalla, y sus lágrimas caen abundantes. Los testigos siguen mudos e inmóviles esta misa cuya celebración dura dos horas. ¿Dos horas?. No!, parecen dos minutos!. Los fieles de ayer, los de todos los momentos y aún los que nunca fueron creyentes, todos de rodillas, parecen clavados al suelo, fijos sus ojos en esas manos diáfanas. Extática persuasión que transforma a los incrédulos, a los masones, a los protestantes, a los ateos, en fervientes católicos. Por pedido de Pío XII, después de la liberación de Roma, miles de soldados americanos recibieron autorización para asistir a la misa del Padre Pío, lo que tuvo como resultado la conversión de muchos muchachos protestantes.

El momento de la Consagración siempre es el punto cúlmine de la Misa de Pío. Eleva la Hostia, el Cuerpo de Cristo, y se queda inmóvil por largos minutos, interminables. Sus oraciones llegan al Cielo, mientras admira a Nuestro Señor Presente en la Eucaristía. Cuando se le pregunta porque toma tanto tiempo en la Consagración, él se limita a responder: ¿acaso existe un tiempo para rezarle al Señor?.

Pío es el testimonio de la importancia de la Eucaristía como centro de nuestras vidas. Cristo Vivo se hace presente en todos los altares, alrededor del mundo, todas las horas de todos los días del año. Ese es el misterio del Sacrificio Perpetuo. Y es el Padre Pío quien mejor nos muestra cómo un alma consagrada debe vivir la entrega de Nuestro Señor. Todos los sacerdotes del mundo debieran tomar su ejemplo de piedad frente a la Celebración de la entrega que Dios hace por nuestra salvación. Este profundo misterio parece ser olvidado por el mundo actual, que tiende a cometer el enorme error de considerar la Misa como una recordación, y no como lo que realmente es: Cristo vivo presente en los Altares !

La Presencia Celestial en la vida de Pío.
El Padre Pío vivió rodeado del Cielo desde temprana edad. El contacto con Jesús, María, los ángeles custodios, santos y almas del purgatorio, era habitual para él. Pero raramente daba testimonio, debido a su humildad. Sin embargo, era imposible ocultar sus contactos. En cierta oportunidad se escucharon aplausos y gritos en la iglesia, sin que nadie fuera visible. Ante la pregunta a Pío, él dijo: he estado orando por muchos soldados muertos en la guerra, y un grupo de ellos ha venido a agradecer mi oración, ya que iban camino del purgatorio hacia el Cielo.

A un niño enfermo, Pío se le presentó en bilocación y le anunció la futura visita de la Virgen. Cuando el niño hubo recibido la Presencia de la Madre del Cielo, Pío se volvió a presentar y le dijo: es hermosa, ¿no?. Yo la he visto muchas veces pero aún no dejo de admirarme de su belleza. Tú la recordarás por el resto de tu vida.

Daba especial importancia a los ángeles custodios. Nuestros ángeles nos siguen durante toda la vida, y aún después, y sin embargo no los consideramos. Debemos orarles, pedirles ayuda, reconocer su presencia como siervos de Dios, puestos allí para nuestra asistencia. La oración de los ángeles custodios debe ser dicha diariamente, así como deben ser invocados para nuestro consuelo y ayuda. Pío tuvo muchas oportunidades para manifestar la presencia de los ángeles a sus circunstanciales visitantes.

Por supuesto que la Presencia de Cristo en la vida de Pío era resaltable, su oración era un diálogo permanente con el Señor, y su testimonio de imitación se manifestaba a través de sus Estigmas.

No puede entenderse al Padre Pío en su acabada magnitud espiritual, sin aceptar abiertamente lo sobrenatural en nuestro mundo. La Presencia Celestial se manifiesta en el mundo de diversas formas, y el Santo del Gargano era como una puerta abierta al Cielo, para dar testimonio de esperanza a quienes tenemos débil nuestra fe.

El perfume a santidad del Padre Pío.
El olor de santidad, no solo en sentido figurado, es cosa familiar en los Siervos de Dios. Es inútil decir que los incrédulos se ríen a carcajadas de él, como también de sus estigmas. Pero también contra eso tropieza la ciencia. Ningún desinfectante, ni la tintura de yodo, ni el fenol, pueden engendrar ese olor agradable, muy peculiar, que emana de la sangre de las llagas del Padre Pío, como lo han confirmado los diversos estudios médicos que se le realizaron. Además estos han observado que la sangre no se corrompe, como ocurriría normalmente, de no tratarse de un fenómeno sobrenatural.

El olor es fugaz. Los visitantes a la celda de Pío sugieren que cuando un individuo lo percibe es señal de que Dios derrama sobre él una gracia por intercesión del Padre Pío. Perfumes de violetas, lirios, rosas, incienso y tabaco fresco, a veces de gran persistencia, como lo atestigua el Dr. Festa ( fallecido en 1940 ). Éste ha escrito: “Cuando examiné por primera vez el costado del Padre Pío, guardé un trocito de género manchado de sangre, pensando examinarlo en el microscopio. Como carezco de olfato, no observé nada extraño. Pero un personaje de importancia y otros señores que volvían conmigo de San Giovanni a Roma, y que nada sabían del género guardado en mi caja de instrumentos, percibieron – pese al viento que entraba por la ventanilla del auto – un olor muy marcado, igual al que según ellos emanaba del Padre Pío.

En Roma, durante largo tiempo, ese género fue conservado en un armario de mi consultorio, y a tal punto llenaba de efluvios la habitación que muchos de mis pacientes me preguntaban espontáneamente de dónde venia ese perfume.”

Don Carlos Predriale, escribano genovés esperaba en la sacristía la llegada del Padre Pío, acompañado de su hijito de tres años. No bien entró aquel, el niño tiró de la manga a su padre, preguntando: “¿Papá, qué es lo que tiene tan rico olor?”.

Una noche de verano, en el quinto piso de un edificio situado en el centro de Génova, un grupo de señoras hablaban del Padre Pío. De pronto dos de ellas sintieron un efluvio con un característico perfume a violetas, mientras las otras no sintieron nada. Pero un poco más tarde, una tercera señora -un ser de excepción, por otra parte- entrando en la sala tuvo la impresión de entrar en un campo de violetas. Esto no quiere decir que haya que estar en estado de gracia para percibir “el olor de santidad”. Por el contrario, hay incrédulos y grandes pecadores que han sido sensibles a él, como primera señal de su conversión. No es, pues, un premio al mérito ni a la fe.

La señora Vera Berlotto Bianco, de Veglio Mosso, escribió: “Siempre tengo muchísimo gusto de hablar de nuestro querido Padre Pío. El sábado pasado recibí la visita de un profesor que goza de gran renombre en Biella: deseaba que le diera unos datos sobre el Padre. Para asombro nuestro, nos inundó de pronto una deliciosa fragancia que persistió desde las nueve hasta las once. Qué alegría para mi marido y para mí!. El profesor se sintió tan conmovido, que decidió ir a San Giovanni. Dichoso de él!”.

Otro testimonio de julio de 1949. “Discúlpeme que vuelva a insistir sobre las gracias que ha realizado para mí el Padre Pío. El 11 de febrero mi madre estaba grave. Yo oí una voz – la del Padre Pío – que me urgía a que fuese a verla, porque se moría. Partí sin demora, y después de un viaje de 50 km. llegué justo a tiempo para recoger su último suspiro”. “La segunda gracia la obtuve el Jueves Santo. De pronto me inundó un fuerte olor a incienso, luego a rosas, y comprendí que el Padre se me había manifestado en esa forma”. “Finalmente, la tercera gracia, la más importante para mí, la recibí el 27 de julio. Esa mañana fui despertado por un violento aroma de violetas, cuya intención comprendí cuando el cartero me trajo una carta de un hermano al que no veía desde treinta y dos años atrás, y al que creía muerto.”

Es habitual el caso de perfumes celestiales, rosas, incienso, violetas, en eventos de Presencia Celestial. En muchas apariciones de María se produce este fenómeno, yo da un testimonio de fe y conversión poderoso. Sólo aquellos que lo vivieron saben lo majestuoso que es sentir que el Cielo todo se manifiesta detrás de un hecho tan simple como percibir con los sentidos, algo que físicamente no está allí. Además, es habitual que el Cielo deje testigos que no sienten los perfumes, como forma de corroborar que se trata de un hecho místico o. No son más que señales de Presencia, regalos. La cuestión es qué hacemos con ellos, una vez recibidos. ¿Podemos seguir viviendo como antes?. ¿Nos lo permite nuestra conciencia?.

La reacción de la Iglesia a la existencia del Padre Pío.
Podemos decir sin dudarlo que el santo del Gargano sufrió la incomprensión de muchos sacerdotes durante buena parte de su vida. De hecho tuvo prohibición de escribir desde 1924 hasta su muerte. También estuvo confinado en su celda durante casi una década, sin poder celebrar misa, confesar, tener contacto con el mundo exterior. Muchísimos investigadores de la iglesia fueron enviados desde el vaticano a San Giovanni, con la aparente intención de demostrar que lo que allí ocurría no era cierto ni posible. Sin embargo, Pío siempre amó a la iglesia, cuerpo Místico de Jesús. Con absoluta obediencia y entrega, cumplió todo lo que se le pidió, con la asistencia de Jesús y María. Finalmente, durante la década de 1930 fueron liberándose las limitaciones, y volvió a su vida monacal más abierta. Con el paso de los años, hubo varios intentos de reunirlo con el Santo Padre, que nunca llegaron a realizarse.

Sin embargo fue el pueblo quien dio la nota, más allá del intento oficial de ocultar o acallar sus estigmas y manifestaciones: la gente.

El pueblo siempre creyó, y se volcó de a miles, durante décadas, a visitarlo. Y cuando más se lo limitaba desde la iglesia, más fuerte era el grito pacífico de resistencia. Todo indicó que no podía silenciarse el llamado de Dios a San Giovanni Rotondo. Y es el haber pasado por estas pruebas lo que da más validez y crédito a su santidad.

El Padre Pío fue beatificado, pero ahora estamos frente al hecho tan deseado, reclamado por décadas por cientos de miles de personas alrededor del mundo.

En diciembre de 2001 el Vaticano emitió el decreto de reconocimiento de milagros y virtudes heróicas que allanan el camino para la canonización del Padre Pío. Las puertas están abiertas para que recibamos a San Pío, para nosotros el Padre Pío.

Él ya es santo, vaya si lo es. El Cielo entero canta alabanzas a esta joya tan especial del alhajero de Jesús y María: el Santo del Gargano está más que nunca indicándonos el camino de la gloria eterna, el camino de llegada a la Patria Celestial.

El mensaje del Padre Pío.
A diferencia de otros casos de hechos místicos, Pío no fue instrumento de mensajes específicos sobre el futuro de la humanidad, pese a que existen mensajes falsos atribuidos a él. El mismo Padre Pío fue el mensaje, su vida, su actitud, su deseo de santidad.

Sin embargo, es posible recoger escritos previos a la prohibición que le estableció la iglesia en 1924, y referencias sobre su mensaje espiritual, revelados por quienes lo escucharon.

Tomemos estos verdaderos principios de vida como una balsa de salvación para nuestras almas.

Dijo el Padre Pío: A Dios se le busca en los libros, se le encuentra en la meditación.

La vida del cristiano no es más que un perpetuo esfuerzo contra sí mismo. El alma no florece sino merced al dolor.

A alguien que temía haberse equivocado, el Padre le dijo: “Mientras tema, usted pecará”. La persona replicó: “Tal vez, Padre, pero se sufre tanto!”. Dijo Pío: “Es indudable que se sufre, pero es menester distinguir entre el temor de Dios y el miedo de Judas. El demasiado miedo nos hace obrar sin amor, mientras que la demasiada confianza nos impide observar con inteligente atención aquel peligro que debemos vencer. Ambos deben ayudarse uno a otro como dos hermanos”.

Si logras vencer la tentación, es como si lavaras tu ropa sucia.

Quien no medita, decía cierta vez, me recuerda al hombre que no hecha una mirada al espejo antes de salir, y poco cuidadoso de su aspecto, aparece en público desaliñado sin darse cuenta.

La persona que medita y vuelve su espíritu a Dios, que es el espejo de su alma, despista a sus faltas, las corrige lo mejor que puede y pone en orden su conciencia.

Alguien preguntó un día al Padre: “¿Cómo podemos distinguir la tentación del pecado?”. Sonrió el Padre, y contestó con otra pregunta: “¿Cómo distinguir a un asno de un ser razonable?. En que el asno se deja guiar, mientras que el ser razonable tiene las riendas”. Él se refería al control de la voluntad, ya que el pecado se materializa cuando el mal toma control de nuestros actos o pensamientos. La tentación es obra de satán, y siempre existirá como amenaza en nuestro interior, tratando de apoderarse de nuestra voluntad.

Por nuestra calma y nuestra perseverancia, no sólo nos encontramos a nosotros mismos, sino también a nuestras almas y al mismo Dios.

Un hombre pidió al Padre Pío que curase a su madre. Le mostró su retrato y le dijo: “Padre, si yo lo merezco, bendígala”. “Ma che mérito. En este mundo, ninguno de nosotros merecemos nada. Es el Señor, en su infinita bondad quien es tan amable como para colmarnos de sus dones, porque todo lo perdona”.

El Padre Pío detesta la máxima: “Cada uno para sí mismo, Dios para todos”. La encuentra egoísta, demasiado de este mundo que sólo piensa en sí mismo. Él propone esta otra de su cosecha: “Dios para todos, pero nadie para sí mismo”.

Un día, reporteado sobre la penitencia y la mortificación, el Padre se expresó en estos términos: “Nuestro cuerpo es como un asno al que hay que azotar, pero no demasiado, porque si cae, ¿quien nos llevará a cuestas?”.

El demonio no tiene más que una puerta para entrar en nuestra alma: la voluntad. No existen entradas secretas. Ningún pecado es pecado sin nuestro consentimiento. Cuando falta la participación del libre albedrío, no hay pecado sino debilidad humana.

Alguien se lamentaba diciendo que lo torturaba el recuerdo de sus faltas. “Eso es orgullo, le interrumpió el Padre. Es el demonio el que le inspira ese sentimiento, no es una verdadera tristeza”. “Pero, ¿cómo podré discernir entre lo que viene del corazón, lo que es inspirado por Nuestro Señor y lo que, por el contrario, proviene del diablo?”. “Por este signo inconfundible: el espíritu del demonio excita, exaspera, nos inyecta una especie de angustia, cuando la caridad nos lleva en primer lugar a buscar el bien de nuestra alma. Luego, si ciertos pensamientos lo agitan, tengan por cierto que vienen del diablo”.

A una persona que tenía vocación de curar almas y le preguntaba cómo debía proceder con los que son sordos a los llamados de la caridad, el Padre contestó: “Procura atraerlos por el amor y la caridad, dando sin esperar algo a cambio. Y si con esto fracasas, entonces repréndelos. Cristo hizo el Cielo, pero también el infierno”.

En algunas ocasiones el Padre Pío dice a sus hijos espirituales: “Pan y azotes ayudan muchas veces a criar espléndidos muchachos”.

Un joven le confesó que temía amarlo más que a Dios. A lo que el Padre replicó: “Usted debe amar a Dios con un amor infinito a través de mí. Usted me quiere porque lo dirijo hacia Dios que es el Ser Supremo. Yo no soy más que un medio. Si lo guiara hacia el mal, dejaría de amarme”.

Un día una penitente le confió que le parecía imposible vivir lejos de San Giovanni, tanta era la felicidad que sentía en su presencia. El Padre le hizo la siguiente observación: “Para los hijos de Dios no existe la distancia, hija”. Como la joven no parecía convencida, sacó su reloj: “Dígame, ¿ que ve en el centro?. El eje, Padre. Exacto. El eje, como Dios, está inamovible, y las agujas corren ligadas al centro, y las agujas miden el tiempo. En resumidas cuentas, el espacio que separa los números del centro, carece de importancia: Dios es el centro, los números son las almas, pero hay también un Padre Pío que sirve de puente”.

La prudencia tiene ojos. El amor piernas. El amor, que tiene piernas, querría correr hacia Dios, pero su impulso es ciego, y uno tropezaría, de no estar dirigido por los ojos de la prudencia.

Una mujer joven y bella, viuda de un miembro del Parlamento que murió en la flor de la edad, estaba abrumada por la pena. Quería retirarse del mundo y fundar una Orden religiosa. Consultó al Padre Pío: “Señora, antes de santificar a los demás, piense en santificarse usted misma”.

A un masón convertido, el Padre le dijo: “Todos los sentimientos, cualquiera sea su fuente, tienen algo de bueno y algo de malo. A usted corresponde asimilar sólo lo bueno y ofrecérselo a Dios”.

Como una señora admitiera que tenía cierta inclinación a la vanidad, el Padre comentó: “¿Ha observado usted un campo de trigo maduro?. Unas espigas se mantienen erguidas, mientras otras se inclinan hacia la tierra. Pongamos a prueba a los más altivos, descubriremos que están vacíos, en tanto los que se inclinan, los humildes, están cargados de granos”.

Una señora le preguntó qué oración era más apreciada por Dios. Él contestó: “Toda oración es buena cuando es sincera y continua”.

Es tal el orgullo del hombre, dice el Padre, que cuando es feliz y poderoso se cree igual a Dios. Pero en la desgracia, librado a sus solas fuerzas, se acuerda del Ser Supremo.

Dios enriquece al hombre que ha hecho el vacío en sí mismo.

En la vida espiritual siempre hay que ir adelante, jamás retroceder. De otro modo, le ocurre a uno lo que al barco que ha perdido el timón: es rechazado por los vientos.

No es faltar a la paciencia el implorar a Jesús el fin de nuestros sufrimientos, cuando exceden nuestras fuerzas. Siempre nos quedará el mérito de haber ofrecido nuestros dolores.

La mentira es el engendro de Satanás.

La manía de los ¿Por qué?, ha sido calamitosa para el mundo.

La humildad es verdad. La verdad es humildad.

Una buena acción, cualquiera sea su causa, tiene por madre a la Divina Providencia.

La oración es la llave que abre el corazón.

No lo olvidéis: el eje de la perfección es el amor. Quien está centrado en el amor, vive en Dios. Porque Dios es Amor, como lo dice el Apóstol.

En marzo de 1923, una penitente preguntaba al Padre qué debía hacer para santificarse. “Desate sus lazos con el mundo”. Una amiga, sabiendo que ella llevaba una vida muy retirada, hizo un gesto de sorpresa. El santo se volvió hacia ella y le dijo, con bastante sequedad: “Señora, uno puede ahogarse en alta mar, y también puede sofocarse hasta el ahogo con un simple vaso de agua. ¿Dónde está la diferencia?. ¿Acaso no es la muerte, en cualquiera de esas formas?”.

Recuerde, dijo el padre a uno de sus hijos espirituales, que la madre empieza a hacer caminar al niño sosteniéndolo. Pero luego, éste debe caminar sólo. También usted debe aprender a razonar sin ayuda.

A una señora excesivamente servicial, que se quejaba de no poder hacer nada por él: “El general es el único en saber cómo y cuándo ha de emplear al soldado. Espere su turno, señora”.

Pecar contra la caridad es como destrozar la pupila de Dios. ¿Qué hay más delicado que la pupila del ojo ?. El pecado contra la caridad equivale a un crimen contra natura.

El amor y el temor deben estar unidos: el temor sin amor se vuelve cobardía. El amor sin temor, se transforma en presunción. Entonces uno pierde el rumbo.

Sin obediencia no hay virtud. Sin virtud no hay bien. Sin bien no hay amor. Sin amor no hay Dios. Y sin Dios no hay Paraíso.

En una estampa representando la Cruz, el Padre escribió estas palabras: “El madero no os aplastará. Si alguna vez vaciláis bajo su peso, su poder os volverá a enderezar”.

Para Andrés Lo Guercio, que viniera de América a visitarlo, escribió en una imagen del Sagrado Corazón: La humildad y la pureza son las alas que nos llevan hacia Dios y casi nos divinizan. No se olviden que un malhechor que se sonroja de sus actos está más cerca de Dios que un hombre de bien que se sonroja de tener que trabajar.

Al señor Natal Selvatici, de Bolonia: No olvide que el hombre tiene un espíritu, que tiene un cerebro para razonar y un corazón para sentir, que tiene un alma. El corazón puede estar regido por la cabeza, pero el alma no. Por lo tanto, debe existir un Ser Supremo que la dirija.

A un penitente que había vivido en el vicio, y que le preguntaba si, cambiando de vida, alcanzaría el perdón y moriría en la fe, le contestó: Las puertas del Paraíso están abiertas a toda criatura. Acuérdate de María Magdalena.

El tiempo que se pierde en ganar almas a Dios, no es tiempo tontamente perdido.

Guardad en lo más hondo del espíritu las palabras de Nuestro Señor: “A fuerza de paciencia, poseeréis vuestra alma”.

Jesús os guía hacia el Cielo por campos o por desiertos. ¿Qué importancia tiene?. Acomodaos a las pruebas que Él quiera enviaros, como si debieran ser vuestras compañeras para toda la vida. Cuando menos lo esperéis, quizás queden resueltas.

Los grandes corazones ignoran los agravios mezquinos.

El anhelo de la paz eterna es legítimo y santo, pero debe ser moderado para una total resignación a los designios del Altísimo: más vale cumplir la Voluntad Divina en este mundo que gozar en el Paraíso. Sufrir y no morir, era el ‘leit-motiv’ de Santa Teresa. El Purgatorio es un lugar de delicias, cuando se lo soporta por voluntaria elección de amor.

El demonio es como un perro encadenado: si uno se mantiene a distancia de él, no será mordido.

Las tentaciones, el bullicio, las preocupaciones, son las armas de nuestro enemigo. No lo olvidéis: si hace tanto ruido, es señal de que está afuera y no dentro. Lo que debiera espantarnos sería que reinase la paz y la armonía entre nuestra alma y el demonio.

Las tentaciones emanan de lo innoble y de las tinieblas. Los sufrimientos, del seno de Dios: Las madres vienen de Babilonia, las hijas de Jerusalén. Despreciad las tentaciones, recibid las vicisitudes con los brazos abiertos.

Gólgota: Una cima cuya ascensión nos reserva una visión beatifica de nuestro amado salvador.

Si Jesús se manifiesta a vosotros, dadle gracias. Si se os oculta, dadle gracias. Todo esto es un juego de amor para atraernos dulcemente hacia el Padre. Perseverad hasta la muerte, hasta la muerte con Cristo en la Cruz.

El don sagrado de la oración está a la derecha del Verbo, nuestro Salvador, en la medida en que vaciéis vuestro Yo de sí mismo, es decir, del apego a los sentidos y a vuestra propia voluntad. Echando raíces en la santa humildad, el Señor hablará a vuestro corazón.

Practicad con perseverancia la meditación a pequeños pasos, hasta que tengáis piernas fuertes, o más bien alas. Tal como el huevo puesto en la colmena se transforma (a su debido tiempo) en una abeja, industriosa obrera de la miel.

El corazón de nuestro Divino Maestro no conoce más que la ley del amor, la dulzura y la humildad. Poned vuestra confianza en la divina bondad de Dios, y estad seguros de que la tierra y el cielo fallarán antes que la protección de vuestro Salvador.

Caminad sencillamente por la senda del Señor, no os torturéis el espíritu. Debéis detestar vuestros pecados, pero con una serena seguridad, no con una punzante inquietud.

Permaneced como la Virgen, al pie de la Cruz, y seréis consolados. Ni siquiera allí María se sentía abandonada. Por el contrario, su Hijo la amó aún más por sus sufrimientos.

Por los golpes reiterados de su martillo, el Artista divino talla las piedras que servirán para construir el Edificio Eterno. Puede decirse con toda justicia que cada alma destinada a la gloria eterna es una de esas piedras indispensables. Esos golpes de cincel son las sombras, los miedos, las tentaciones, las penas, los temores espirituales y también las enfermedades corporales. Dad pues, gracias al Padre celestial por todo lo que impone a vuestra alma. Abandonaos a Él totalmente. Os trata como trató a Jesús en el Calvario.

El Padre Pío es nuestro sendero claro y bien señalizado hacia el amor del Padre Eterno, a través de Jesús y María. Tenemos que tenerlo presente, conocerlo, familiarizarnos con él. Quien sienta un profundo amor por el Santo del Gargano, y llegue a sentir como él sintió, habrá encontrado la forma de vivir esta vida con la alegría y entrega necesarias como para esperar la vida eterna con paz verdadera.

El perder el temor a la muerte, el desapegarse de las cosas de este mundo, es la primer gran puerta al crecimiento espiritual y a la conversión de nuestra alma. Él es un salvavidas tendido a nuestras manos, para que podamos aferrarnos y enfrentar con confianza el oleaje que el demonio nos propone a lo largo de una vida rodeada de miserias, egoísmo, vanidad, cobardía, envidia, odio, tristeza, arrogancia y falta de esperanza y fe.

Busquemos a Dios donde Él se encuentra, Pío es una fuente que no podemos desperdiciar !

Santa Monica


Autor: . | Fuente: Centro de Espiritualidad Santa Maria
Mónica, Santa
Madre de San Agustín, 27 de agosto
Mónica, Santa

Madre de San Agustín

Martirologio Romano: Memoria de santa Mónica, que, muy joven todavía, fue dada en matrimonio a Patricio, del que tuvo hijos, entre los cuales se cuenta a Agustín, por cuya conversión derramó abundantes lágrimas y oró mucho a Dios. Al tiempo de partir para África, ardiendo en deseos de la vida celestial, murió en la ciudad de Ostia del Tíber (387).

Etimológicamente: Mónica = Aquella que disfruta de la soledad, es de origen griego.

Fecha de canonización: Información no disponible, la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para archivarlos, la acción del clima, y en muchas ocasiones del mismo ser humano, han impedido que tengamos esta concreta información el día de hoy. Si sabemos que fue canonizado antes de la creación de laCongregación para la causa de los Santos, y que su culto fue aprobado por el Obispo de Roma, el Papa.Hoy celebramos a Santa Mónica, que con su testimonio logró convertir a su marido, a su suegra y a su hijo, San Agustín, quién también, es un gran santo de la Iglesia.

Santa Mónica fue una mujer con una gran fe y nos entregó un testimonio de fidelidad y confianza en Dios, por lo que alcanzó la santidad cumpliendo con su vocación de esposa y madre.

Un poco de historia

Mónica, la madre de San Agustín, nació en Tagaste (África del Norte) a unos 100 km de la ciudad de Cartago en el año 332.

Formación

Sus padres encomendaron la formación de sus hijas a una mujer muy religiosa y estricta en disciplina. Ella no las dejaba tomar bebidas entre horas (aunque aquellas tierras son de clima muy caliente ) pues les decía : “Ahora cada vez que tengan sed van a tomar bebidas para calmarla. Y después que sean mayores y tengan las llaves de la pieza donde esta el vino, tomarán licor y esto les hará mucho daño.” Mónica le obedeció los primeros años pero, después ya mayor, empezó a ir a escondidas al depósito y cada vez que tenía sed tomaba un vaso de vino. Más sucedió que un día regañó fuertemente a un obrero y éste por defenderse le gritó ¡Borracha ! Esto le impresionó profundamente y nunca lo olvidó en toda su vida, y se propuso no volver a tomar jamás bebidas alcohólicas. Pocos meses después fue bautizada ( en ese tiempo bautizaban a la gente ya entrada en años) y desde su bautismo su conversión fue admirable.

Su esposo

Ella deseaba dedicarse a la vida de oración y de soledad pero sus padres dispusieron que tenía que esposarse con un hombre llamado Patricio. Este era un buen trabajador, pero de genio terrible, además mujeriego, jugador y pagano, que no tenía gusto alguno por lo espiritual. La hizo sufrir muchísimo y por treinta años ella tuvo que aguantar sus estallidos de ira ya que gritaba por el menor disgusto, pero éste jamás se atrevió a levantar su mano contra ella. Tuvieron tres hijos : dos varones y una mujer. Los dos menores fueron su alegría y consuelo, pero el mayor Agustín, la hizo sufrir por varias décadas.

La fórmula para evitar discusiones.
En aquella región del norte de Africa donde las personas eran sumamente agresivas, las demás esposas le preguntaban a Mónica porqué su esposo era uno de los hombres de peor genio en toda la ciudad, pero que nunca la golpeaba, y en cambio los esposos de ellas las golpeaban sin compasión. Mónica les respondió : “Es que, cuando mi esposo está de mal genio, yo me esfuerzo por estar de buen genio. Cuando él grita, yo me callo. Y como para pelear se necesitan dos y yo no acepto entrar en pelea, pues….no peleamos”.

Viuda, y con un hijo rebelde

Patricio no era católico, y aunque criticaba el mucho rezar de su esposa y su generosidad tan grande hacia los pobres, nunca se opuso a que dedicará de su tiempo a estos buenos oficios.y Quizás, el ejemplo de vida de su esposa logro su conversión. Mónica rezaba y ofrecía sacrificios por su esposo y al fin alcanzó de Dios la gracia de que en el año de 371 Patricio se hiciera bautizar, y que lo mismo hiciera su suegra, mujer terriblemente colérica que por meterse demasiado en el hogar de su nuera le había amargado grandemente la vida a la pobre Mónica. Un año después de su bautizo, Patricio murió, dejando a la pobre viuda con el problema de su hijo mayor.

El muchacho difícil

Patricio y Mónica se habían dado cuenta de que Agustín era extraordinariamente inteligente, y por eso decidieron enviarle a la capital del estado, a Cartago, a estudiar filosofía, literatura y oratoria. Pero a Patricio, en aquella época, solo le interesaba que Agustín sobresaliera en los estudios, fuera reconocido y celebrado socialmente y sobresaliese en los ejercicios físicos. Nada le importaba la vida espiritual o la falta de ella de su hijo y Agustín, ni corto ni perezoso, fue alejándose cada vez más de la fe y cayendo en mayores y peores pecados y errores.

Una madre con carácter

Cuando murió su padre, Agustín tenía 17 años y empezaron a llegarle a Mónica noticias cada vez más preocupantes del comportamiento de su hijo. En una enfermedad, ante el temor a la muerte, se hizo instruir acerca de la religión y propuso hacerse católico, pero al ser sanado de la enfermedad abandonó su propósito de hacerlo. Adoptó las creencias y prácticas de una la secta Maniquea, que afirmaban que el mundo no lo había hecho Dios, sino el diablo. Y Mónica, que era bondadosa pero no cobarde, ni débil de carácter, al volver su hijo de vacaciones y escucharle argumentar alsedades contra la verdadera religión, lo echó sin más de la casa y cerró las puertas, porque bajo su techo no albergaba a enemigos de Dios.

La visión esperanzadora

Sucedió que en esos días Mónica tuvo un sueño en el que se vio en un bosque llorando por la pérdida espiritual de su hijo, Se le acercó un personaje muy resplandeciente y le dijoÑ “tu hijo volverá contigo”, y enseguida vio a Agustín junto a ella. Le narró a su hijo el sueño y él le dijo lleno de orgullo, que eso significaba que ello significaba que se iba a volver maniquea, como él. A eso ella respondió: “En el sueño no me dijeron, la madre irá a donde el hijo, sino el hijo volverá a la madre”. Su respuesta tan hábil impresionó mucho a su hijo Agustín, quien más tarde consideró la visión como una inspiración del cielo. Esto sucedió en el año 437. Aún faltaban 9 años para que Agustín se convirtiera.

La célebre respuesta de un Obispo

En cierta ocasión Mónica contó a un Obispo que llevaba años y años rezando, ofreciendo sacrificios y haciendo rezar a sacerdotes y amigos por la conversión de Agustín. El obispo le respondió: “Esté tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. Esta admirable respuesta y lo que oyó decir en el sueño, le daban consuelo y llenaban de esperanza, a pesar de que Agustín no daba la más mínima señal de arrepentimiento.

El hijo se fuga, y la madre va trás de él

A los 29 años, Agustín decide irse a Roma a dar clases. Ya era todo un maestro. Mónica se decide a seguirle para intentar alejarlo de las malas influencias pero Agustín al llegar al puerto de embarque, su hijo por medio de un engaño se embarca sin ella y se va a Roma sin ella. Pero Mónica, no dejándose derrotar tan fácilmente toma otro barco y va tras de él.

Un personaje influyente

En Milán; Mónica conoce al santo más famoso de la época en Italia, el célebre San Ambrosio, Arzobispo de la ciudad. En él encontró un verdadero padre, lleno de bondad y sabiduría que le impartió sabios. Además de Mónica, San Ambrosio también tuvo un gran impacto sobre Agustín, a quien atrajo inicialmente por su gran conocimiento y poderosa personalidad. Poco a poco comenzó a operarse un cambio notable en Agustín, escuchaba con gran atención y respeto a San Ambrosio, desarrolló por él un profundo cariño y abrió finalmente su mente y corazón a las verdades de la fe católica.

La conversión tan esperada

En el año 387, ocurrió la conversión de Agustín, se hizo instruir en la religión y en la fiesta de Pascua de Resurrección de ese año se hizo bautizar.

Puede morir tranquila

Agustín, ya convertido, dispuso volver con su madre y su hermano, a su tierra, en África, y se fueron al puerto de Ostia a esperar el barco. Pero Mónica ya había conseguido todo lo que anhelaba es esta vida, que era ver la conversión de su hijo. Ya podía morir tranquila. Y sucedió que estando ahí en una casa junto al mar, mientras madre e hijo admiraban el cielo estrellado y platicaban sobre las alegrías venideras cuando llegaran al cielo, Mónica exclamó entusiasmada: ” ¿Y a mí que más me amarra a la tierra? Ya he obtenido de Dios mi gran deseo, el verte cristiano.” Poco después le invadió una fiebre, que en pocos días se agravó y le ocasionaron la muerte. Murió a los 55 años de edad del año 387.

A lo largo de los siglos, miles han encomendado a Santa Mónica a sus familiares más queridos y han conseguido conversiones admirables.

En algunas pituras, está vestida con traje de monja, ya que por costumbre así se vestían en aquél tiempo las mujeres que se dedicaban a la vida espiritual, despreciando adornos y vestimentas vanidosas. También la vemos con un bastón de caminante, por sus muchos viajes tras del hijo de sus lágrimas. Otros la han pintado con un libro en la mano, para rememorar el momento por ella tan deseado, la conversión definitiva de su hijo, cuando por inspiración divina abrió y leyó al azar una página de la Biblia.

Oración

Santa Mónica, te pedimos en este día que nos ayudes a vivir nuestra vocación cerca de Dios, confiando siempre en que la oración constante y sencilla es un instrumento eficaz para transformar los corazones de quienes nos rodean.
Amén.

Entrevista a San Pedro y San Pablo


Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
Entrevista a San Pedro y San Pablo
¿Qué nos platicarían estos grandes apostoles? ¡Cuántas cosas nos enseñarían!Sus palabras son actuales, solo tenemos que leerlas en las Sagradas Escrituras.
Entrevista a San Pedro y San Pablo

Entrevista a San Pedro en el cielo

Vamos a hacer una entrevista a aquel pescador de Galilea llamado Simón Pedro:

Pregunta: ¿Qué sentiste al negar a Cristo?

Respuesta: Fue el día más triste de mi vida; no se lo deseo a nadie. Yo era muy duro para llorar, pero ese día lloré a mares; no lo suficiente, porque toda la vida lloré esa falta. Sin embargo, por haber negado al Señor un día, lo amé muchísimo más que si nunca lo hubiera hecho. Esas negaciones fueron un hierro candente que me traspasó el corazón.

Pregunta: ¿Prefieres el nombre de Pedro al de Simón?

Respuesta: Sí, porque el nombre de Simón me lo pusieron mis padres; el de Pedro, Cristo. Además, es un nombre que encierra un gran significado. Por un lado me hace feliz que Él me haya hecho piedra de su Iglesia; por otro lado, me produce gran confusión, porque yo no era roca, sino polvo vil. Cristo ya no me llama Simón, Él prefiere llamarme roca; y en el cielo todos me llaman Pedro.
Mi antiguo nombre ya se me olvidó. Cuando pienso en mi nuevo nombre, cuando me llaman Pedro, inmediatamente pienso en la Iglesia. Me llaman así con un sentido muy particular los demás vicarios de Cristo que me han seguido, y yo siento ganas de llamarles con el mismo nombre, porque todos somos piedra de la misma cantera, todos sostenemos a la Iglesia.

Pregunta: ¿Por qué dijiste al Señor aquellas palabras: «Señor, a quién iremos, si Tú tienes palabras de vida eterna»?

Respuesta: Me salieron del corazón. La situación era apurada, y había que hacer algo por el Maestro; veía a mis compañeros indecisos, y sentí la obligación de salvar la situación y confiar; por eso dije en plural: «¿A quien iremos Señor? Tú tienes palabras de vida eterna». Yo mismo no comprendía en ese tiempo muchas cosas del Maestro. Ni pienses que entendía la Eucaristía, pero dejé hablar al corazón, y el corazón me habló con la verdad.
Yo amaba apasionadamente al Maestro y aproveché aquel momento supremo para decir bien claro y bien fuerte: «Yo me quedo contigo». Y, de lo que entonces dije, nunca me arrepentí.

Pregunta: ¿Qué sentiste cuando Cristo Resucitado se te apareció?

Respuesta: Es difícil, muy difícil de expresar, pero lo intentaré. Por un segundo creí ver un fantasma, luego sentí tal alegría que quise abrazarlo con todas mis fuerzas. «¡Es Él!» pensé, pero luego sentí cómo se me helaba la sangre, y quedé petrificado sin atreverme a mover. Él fue quien me abrazó con tal ternura, con tal fuerza… Y oí muy claras sus palabras: «Para mí sigues siendo el mismo Pedro de siempre».

Pregunta: ¿Qué consejo nos das a los que seguimos en este mundo?

Respuesta: Puedo decirles que mi actual sucesor, Benedicto XVI, es de los mejores. Háganle caso y les irá mejor.

Pedro es el típico hombre, humilde de nacimiento, que se hizo grande al contacto con Cristo. El típico hombre, pecador como todos, pero que, arrepentido de su pecado, logró una santidad excelsa.

Entrevista en el cielo a San Pablo

Quisiéramos hoy hacerle algunas preguntas al fariseo Pablo de Tarso.

Pregunta: ¿Qué sentiste en el camino hacia Damasco, caído en el suelo, tirado en el polvo?

Respuesta: Yacía por tierra, convertido en polvo, todo mi pasado. Mis antiguas certezas, la intocable ley mosaica, mi alma de fariseo rabioso, toda mi vida anterior estaba enterrada en el polvo.

Fue cuestión de segundos. Del polvo emergía poco a poco un hombre nuevo. Los métodos fueron violentos, tajantes, «es duro dar coces contra el aguijón», pero sólo así podía aprender la dura lección.

En el camino hacia Damasco me encontré con el Maestro un día que nunca olvidaré.

Aquella voz y aquel Cristo de Damasco se me clavaron como espada en el corazón. Cristo entró a saco en mi castillo rompiendo puertas, ventanas; una experiencia terrible; pero considero aquel día como el más grande de mi vida.

Pregunta: ¿Sigues diciendo que todo lo que se sufre en este mundo es juego de niños, comparado con el cielo?

Respuesta: Lo dije y lo digo. Durante mi vida terrena contemplé el cielo por un rato; ahora estaré en él eternamente. El precio que pagué fue muy pequeño. El cielo no tiene precio. ¡Qué pena da ver a tantos hombres y mujeres aferrados a las cosas de la tierra, olvidándose de la eternidad!

Vale la pena sufrir sin fin y sin pausa para conquistar el cielo. El Cristo de Damasco será mío para siempre; llegando aquí lo primero que le he dicho al Señor ha sido: «Gracias Señor, por tirarme del caballo»; pues Él me pidió disculpas por la manera demasiado fuerte de hacerlo.

Pregunta: ¿Qué querías decir con aquellas palabras: “¿Quién me arrancará del amor a Cristo?”

Respuesta: Lo que las palabras significan: que estaba seguro de que nada ni nadie jamás me separaría de Él, y así fue. Y, si en la tierra pude decir con certeza estas palabras, en el cielo las puedo decir con mayor certeza todavía.
El cielo consiste en: “Cristo es mío, yo soy de Cristo por toda la eternidad” ¿Sabes lo que se siente, cuando Él me dice: «Pablo, amigo mío?».

Pregunta: Un día dijiste aquellas palabras: “Sé en quién he creído y estoy tranquilo”. Explícanos el sentido.

Respuesta: Cuando llegué a conocerlo, no pude menos de seguirlo, de quererlo, de pasarme a sus filas; porque nadie como Él de justo, de santo, de verdadero.
Supe desde el principio que no encontraría otro como Él, que nadie me amaría tanto como aquél que se entregó a la muerte y a la cruz por mí.

Pregunta: ¿Un consejo desde el cielo para los de la tierra?

Respuesta: Uno sólo, y se los doy con toda la fuerza: “Déjense atrapar por el mismo Señor que a mi me derribó en Damasco”.

Si todos los enemigos del cristianismo fueran sinceros como Pablo de Tarso, un día u otro, la caída de un caballo, una experiencia fuerte o una caricia de Dios les haría exclamar como él: «Señor, ¿qué quieres que haga?».

Dos Grandes Secretos


Autor: Mariano Hernández | Fuente: Catholic.net
Dos grandes secretos
Éstos son los dos grandes secretos, que grandes hombres y santos, a ejemplo de María, tuvieron en la vida para vencer las dificultades.

Dos grandes secretos

En la mañana del 13 de mayo de 1981, Juan Pablo II pasaba por la plaza de San Pedro y recibió tres balazos. Una bala entró directamente en su abdomen, las esperanzas se volvieron angustias al ver la sotana blanca llena de sangre.

El hombre que le disparó al Papa, Ali Agca, arrastraba una vida de asesinatos y pertenecía a grupos terroristas palestinos. No era un simple ladrón, era un tirador profesional que no pudo explicarse por qué el Papa no murió. A penas empezaba el pontificado del Papa, no podía acabar tan rápido. El Papa sobrevivió al atentado porque el tirador se equivocó de día. Sí, el 13 de mayo es día de la Virgen de Fátima, fue ella quién salvo al Papa de la muerte.

Con claridad lo dice el Papa Benedicto XVI, la vida de los santos no se entiende sólo con su biografía, sino con su actuación después de la muerte. Ahí está la protección de María, Ella sigue viva y nos sigue demostrando su amor.

Simplemente basta con ver nuestro país: millones de peregrinos visitan la basílica de Guadalupe, no van por tradiciones o por compromisos, van porque ella es verdaderamente la Madre de Dios. En Francia, millones visitan el santuario de Lourdes. En Portugal, en Italia, en todas partes María se hace presente y quiere guiarnos por el camino de Dios.

Y si nos preguntáramos ¿cuál es el secreto de María?, ¿qué es lo que la ha hecho digna de tanta grandeza?, nos encontraríamos ésta respuesta: María es grande porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a ella misma. Ella es humilde, no quiere ser sino la esclava del Señor. En la vida pública de Jesús, María desaparece de los evangelios y es hasta la hora de la muerte, cuando los discípulos huyen, ella permanece al pie de la cruz, enseñándonos a ser fieles hasta el final, y misteriosamente, en este acompañar a Cristo hasta la cruz, está el secreto de su fortaleza.

La vida es difícil, son muchas las batallas y estás no se ganan solas. María quiere ayudarnos, y con su ejemplo nos da la fortaleza necesaria para salir adelante. Invitándonos a seguir a Cristo como ella lo hizo, quizá de manera silenciosa, pero siempre fiel, hasta la cruz. Y es en este seguir a Cristo donde nos ha dejado nuestra mejor arma, el mejor apoyo que tenemos para el arduo caminar de la vida, esa gran herramienta que ella espera y quiere que hagamos: rezar el rosario. No solo para nuestro beneficio, sino como un regalo para ella, refugio de los pecadores y auxilio de los Cristianos, siempre dispuesta a interceder por nosotros para nuestra salvación.

Éstos son los dos grandes secretos, que grandes hombres y santos, a ejemplo de María, tuvieron en la vida para vencer las dificultades, y que todos nosotros también podemos imitar para vencer en la gran batalla de la vida: “Seguir a Cristo hasta la cruz, y rezar el santo rosario para nuestra salvación”.

El Beato Juan Pablo II hace feliz al mundo católico.


El Beato Juan Pablo II hace feliz al mundo católico.
Publicado en web el 28 de Abril, 2011
fuente:www.semanario.com.mx
Camino de santidad, Juan Pablo II labró paso a paso su plenitud cristiana

Pbro. Francisco Javier Sánchez Camacho
Comisión Diocesana para las Causas de los Santos

El 22 de febrero de 2005 fue presentado en Roma el quinto y último libro de Juan Pablo II: “Memoria e identidad”. El libro surgió de una larga conversación que mantuvo el Papa en 1993 con dos Profesores de Filosofía polacos, Josef Tishner y Krystof Michalski, en su residencia veraniega de Castelgandolfo. La conversación fue grabada y luego transcrita. El manuscrito se guardó varios años, hasta que el Pontífice volvió a leerlo y decidió convertirlo en libro, tras hacer algunas correcciones. Luego, en 1994, publicó “Cruzando el umbral de la esperanza”; en 1996, “Don y misterio”; en 2003, el libro de poesías “Tríptico Romano”, y en 2004, “¡Levantáos, vamos!”.

Juan Pablo II no reflexiona sobre el mal cósmico (catástrofes o tragedias), sino sobre el mal que deriva del comportamiento humano. Es un libro de Teología de la Historia. No quiere intuir o determinar el lugar que ocupan los eventos en el plan divino, y ni siquiera descifrar los caminos de la Providencia. Cuando escribe sobre las ideologías del mal, el nacionalsocialismo y el comunismo; busca las raíces de las mismas y de los regímenes a los que dieron origen. Hace una reflexión teológica y filosófica acerca de cómo la presencia del mal, muchas veces, termina siendo una invitación a hacer el bien.

En las últimas páginas, describe el atentado del 13 de mayo de 1981 con el tono de quien habla de una experiencia vivida. Abre su corazón y explica cómo ha vivido y cómo vive este mal. En un diálogo con su Secretario Particular, el arzobispo Stanislaw Dziwisz, recuerda todos los momentos, desde que le dispararon hasta que fue llevado al Policlínico Gemelli, de Roma; su recuperación y su visita a Agca en la cárcel, así como su decisión de perdonarlo.

El Santo Padre recuerda los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos; el del 11 de marzo de 2004 en Madrid y la matanza de Beslan, en Osetia (Rusia), en septiembre de 2004. Dice: “En este último período se han extendido las llamadas ‘redes del terror’, que constituyen una amenaza constante para la vida de millones de inocentes”. Y se pregunta: “¿A dónde nos llevarán estas nuevas erupciones de violencia?”

Algunos datos acerca de Juan Pablo II

Un significativo número de los Cardenales reunidos en Roma con motivo de los funerales del Papa Juan Pablo II, firmó una carta dirigida al nuevo Papa, con la petición de que Juan Pablo II fuese canonizado prontamente.
Dicha carta fue entregada por el Cardenal Camarlengo, Eduardo Martínez Somalo, al Cardenal Decano de los Cardenales, Joseph Ratzinger.

En ese momento, la opinión era que parecía imposible que el nuevo Papa facilitara la inmediata Canonización, por ser ya necesario un proceso normal de documentación y verificación de milagros, pero que podría procederse como lo hizo el Papa Juan Pablo con la Madre Teresa de Calcuta, al autorizar el inicio de la investigación antes de los cinco años que se espera en estos casos, después de la muerte de la persona a quien se desea beatificar. El Papa tiene la autoridad para eximir del cumplimiento de las leyes de estos Procesos.

El 28 de abril de 2005, en la Congregación para las Causas de los Santos, sostuvo Su Santidad Benedicto XVI una audiencia privada con el Cardenal Camilo Ruini, y se concedió la dispensa de la norma canónica de los cinco años después de la muerte de Karol Wojtyla para iniciar el Proceso de su Causa de Beatificación y Canonización.

El 13 de mayo de 2005, en la Catedral de San Juan de Letrán, ocurrió el encuentro del Santo Padre con el Clero Romano, ante el cual hizo el anuncio oficial y lectura del Rescripto de la dispensa para el inmediato inicio de su Causa de Beatificación y Canonización.

Apertura del proceso diocesano

El martes 28 de junio de 2005, en la Basílica de San Juan de Letrán, en presencia del Cardenal Ruini, Obispo Vicario para la Diócesis de Roma, tuvo lugar la solemne sesión de apertura de la investigación diocesana sobre la vida, virtudes y fama de santidad de Juan Pablo II. Fue el primer acto de la Causa de Beatificación y Canonización de Karol Wojtyla. Tras el canto de las Vísperas de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, se estableció el Tribunal que tiene la tarea de dirigir la investigación y se presentó la petición del Postulador de la Causa, Monseñor Slawomir Oder.

Acto seguido, el Cardenal Ruini, los dos Delegados Episcopales, el Promotor de Justicia y los Notarios que componen el Tribunal, nombrado por el mismo purpurado, prestaron juramento. Se comprometieron a “cumplir fiel y diligentemente el encargo” y a “mantener secreto sobre las deposiciones de los testigos”. Un juramento similar fue prestado por Monseñor Oder, quien se comprometió además a “no atentar contra la verdad o a la justicia, o limitar la libertad de los testigos”, a quienes tendrá que interrogar.

A todos los presentes en la Catedral de Roma, se les invitó a “implorar gracias por la intercesión del Siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II”, con la siguiente oración:

“Oh, Trinidad Santa, te damos gracias por haber concedido a la Iglesia al Papa Juan Pablo II y porque en él has reflejado la ternura de tu paternidad, la gloria de la Cruz de Cristo y el esplendor del Espíritu de amor.

Él, confiando totalmente en tu infinita misericordia y en la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna contigo. Concédenos, por su intercesión, y si es tu voluntad, el favor que imploramos, con la esperanza de que sea pronto incluido en el número de tus Santos.”

El Cardenal Ruini aseguró que es “unánime y universal el convencimiento de la santidad” del difunto Papa y sintetizó el legado de Juan Pablo II a través de “su amor por la Humanidad, que llevó a una obra incansable para evitar las guerras y restablecer la paz; para asegurar, a los pueblos más pobres, a los últimos de la Tierra, una esperanza de vida y de desarrollo; para defender la dignidad de la persona, desde su concepción hasta su muerte natural”. Precisó que hasta el último momento de su vida, sus dolores fueron un testimonio para la Humanidad sobre el significado cristiano del sufrimiento y la muerte.

La Comisión Investigadora es responsable de la primera fase del Proceso (análisis de la vida y de los escritos del Siervo de Dios, audiencia a los testigos). Si el veredicto es positivo, el sumario pasa a la Congregación para las Causas de los Santos y, tras un nuevo examen del material relativo a la Causa, se analizan, con la ayuda de médicos y expertos, los favores extraordinarios que podrían ser milagros. Tras la certificación de un milagro, el Papa puede disponer la Beatificación”.

Avance acelerado; testimonios coincidentes

Su Causa de Canonización, según opinión de algunos canonistas, podría ser una de las más ágiles desde San Antonio de Padua, canonizado en 1232, en menos de un año. Juan Pablo II murió el 2 de abril y fue enterrado en El Vaticano ante más de un millón de fieles, que lo despidieron con pancartas que decían: “¡Santo ya!” El 13 de mayo, el Papa Benedicto XVI anunció durante la celebración de un encuentro con el Clero romano la apertura de la Causa, dispensando de los cinco años de espera que deben transcurrir tras la muerte del Siervo de Dios y el inicio del Proceso. La investigación sobre la vida, virtudes y fama de santidad comenzó a sólo 87 días de su muerte; un récord en la época moderna.

El Sitio oficial es (postulazione.giovannipaoloII@vicariatusurbis.org), y desde que se abrió, la avalancha de testimonios sobre la fama de santidad no ha cesado. Se han recibido varias indicaciones de posibles milagros. Más conocidas son las supuestas curaciones milagrosas realizadas por Juan Pablo II en vida, que, aunque no se toman en cuenta para su Beatificación, sí refuerzan su fama de santidad.

Según el Postulador Oder, Juan Pablo II será Patrono de la Esperanza. “El mensaje de Su Santidad es muy vasto. Lo que impresiona mucho es su amor por la vida y su grandísima esperanza en el hombre. Era un pastor, una persona cercana a todos nosotros que predicó la humanidad hasta consumirse delante de la mirada del mundo entero”, explicó.

De los 264 Sucesores del Apóstol Pedro, 78 han sido declarados Santos. A la mayoría se le canonizó por aclamación popular, hasta el Siglo VI. Los primeros 53 murieron Mártires. Tres llevan el título de Magno, y son conocidos como los Doctores de la Iglesia: León I (440-461), Gregorio I (590-604) y Nicolás I (858-867). El último Pontífice canonizado fue Pío X (1903-1914), elevado a los altares en 1954.

En un comunicado de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el entonces Presidente de la CEM, Mons. J. Guadalupe Martín Rábago, Arzobispo de León, señalaba al Papa Juan Pablo II como “un santo moderno; nos mostró con su ejemplo cómo vivir en esta época enamorados de Dios y, por Él y en Él, de las personas” (…) “es un testimonio hermoso porque se trata de un ‘amigo entrañable del alma’, cercano y querido, que nos descubrió con cariño especial el rumbo de nuestro paso por la historia”.

Cuando fue declarado “Venerable”

El sábado 19 de diciembre de 2009, el Papa Benedicto XVI recibió en audiencia privada al Arzobispo Angelo Amato, Salesiano de Don Bosco, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, y autorizó a esa instancia vaticana a promulgar Decretos que reconocen las virtudes heroicas del Papa Juan Pablo II, que de este modo pasan a ser reconocidos como “Venerables”. Para ser elevados al honor de los altares, se necesitará el reconocimiento de un milagro atribuido a su intercesión, y para ser declarados Santos, se requerirá el reconocimiento de otro milagro.

Revelaciones sobre el Proceso de Beatificación de Juan Pablo II

El Cardenal portugués José Saraiva Martins, a la sazón Titular de la Congregación para las Causas de los Santos, aclaró algunos aspectos suscitados por el libro publicado por el Postulador de la Causa de Juan Pablo II, “Perché è santo” (“Por qué es santo”, Editorial Rizzoli).
En el libro, el sacerdote polaco Slawomir Oder, junto con el periodista Saverio Gaeta, Director de la Revista “Famiglia Cristiana”, da a conocer algunas revelaciones sobre la vida de Karol Wojtyla. El libro se divide en tres Capítulos: 1) “El hombre”, que comparte sus rasgos más humanos; 2) “El Papa”, que destaca los momentos más importantes de su pontificado; 3) “El místico”, que resalta su intensa vida espiritual y su amor a la Eucaristía y a la Virgen María.
Diferentes Medios de Comunicación, al comentar el libro, se han centrado básicamente en tres temas: 1) la supuesta flagelación de Wojtyla; 2) una carta escrita en 1994, en la que el Pontífice asegura que podría renunciar en caso de “enfermedad incurable” o de un impedimento para “ejercer (suficientemente) las funciones del ministerio petrino”; 3) una carta abierta, dirigida al hombre que atentó contra su vida en 1981, Alí Agca.

La flagelación

En una de las últimas páginas del libro hay un párrafo que indica que, según algunos testigos consultados por el Postulador, el Papa Juan Pablo II “se flagelaba”. Un hecho que aún continúa siendo hipotético, pues hasta ahora nadie ha dado fe de haberlo visto.

“En su armario, entre las sotanas, tenía colgado un particular cinturón para los pantalones, que utilizaba como una fusta, y que hacía que lo llevaran siempre también a Castel Gandolfo”. El autor no entra en más detalles. Esa es toda la descripción sobre el polémico tema, dentro de las 192 páginas del libro.

Algunos periodistas habían dicho que la supuesta flagelación de Juan Pablo II “podría detener el Proceso de Beatificación”. Otros, que las rigurosas penitencias del Papa eran consecuencia de un “desequilibrio mental”.

Frente a estas afirmaciones, el Cardenal Saraiva explicó que la flagelación “no es más que la expresión más hermosa del espíritu cristiano, de la fe vivida por esa persona que quiere asemejarse a Cristo, que fue flagelado”.
Entonces, ¿es necesario este tipo de prácticas para alcanzar la santidad? El cardenal Saraiva respondió que un Santo debe “flagelarse espiritualmente”; es decir, tener siempre un espíritu de penitencia y de sacrificio. Saber ofrecer el dolor físico y espiritual.

“La santidad supone un gran heroísmo en vida, supone muchas renuncias, supone una fuerza de voluntad extraordinaria para poder imitar a Cristo. Supone una gran valentía. Exige una preparación espiritual y una renuncia a muchas cosas, vivir su vida según los principios del Evangelio”, aclaró el purpurado.

Subrayó que en el caso de los Santos que voluntariamente se han sometido a una rigurosa penitencia, estas prácticas no han tenido nada qué ver con un desequilibrio psicológico: “Los Santos son, en primer lugar, personas normalísimas. De no ser así, no podrían ser Santos. Hay muchos Santos que hacían penitencia y veían esto como un modo de dominar el propio cuerpo; nada tiene qué ver con la Psicología”.

Entre la renuncia y el perdón al terrorista

En uno de los subtítulos del Capítulo dedicado a “El Papa”, el Padre Oder asienta: “En la Iglesia no hay puesto para un Papa emérito”. En esta parte del libro, cuenta que Juan Pablo II decía que si dejaba el pontificado sería solamente por voluntad de Dios.

“No quiero ser yo quien ponga fin a esta tarea. El Señor me ha traído hasta aquí. Dejo que sea Él quien juzgue o disponga cuándo este servicio deba terminar”, decía el Papa, según cuenta el libro.

Además, presenta una carta, hasta ahora inédita, escrita por Juan Pablo II en 1994, cuando estaba a punto de cumplir 75 años, edad en la que los Obispos y Cardenales deben presentar la renuncia, y en la que afirma la posibilidad de dimitir al cargo en un caso de extremo impedimento físico y mental; pero siempre en sintonía con la voluntad de Dios.

Sobre este tema, el Cardenal Saraiva aseguró que el libro no presenta “nada nuevo”. Se trata solamente de “seguir las disposiciones de Paulo VI”, quien dijo que no podría dejar su cargo, a menos que sufriera de una ‘enfermedad incurable’, que impidiera física y psicológicamente seguir con esta responsabilidad. De ser así, el Papa debería renunciar ante el Decano del Colegio Cardenalicio.

En cuanto a la carta abierta a Alí Agca, que aparece en el libro con fecha del 11 de septiembre de 1981, el purpurado afirmó que en ella está escrito “lo que todos ya conocemos. El Papa lo perdonó, aunque él [Agca] no pidió perdón”.

Testimonios
Incontables son los relatos, debidamente documentados, de personas que aseveran haber experimentado milagros o recibido grandes favores de Dios, por mediación de Juan Pablo II. No pocos de ellos, incluso, se han recibido, analizado y preparado en la Comisión Diocesana para las Causas de los Santos, de la Arquidiócesis de Guadalajara, a fin de remitirlos a la respectiva Congregación, en Roma, y de integrarlos al voluminoso expediente del Proceso, ahora con miras al siguiente paso: el de su Canonización.

¡México, siempre fiel!

Cinco visitas dejaron la huella de Karol Wojtyla en el pueblo azteca. El grito de “¡Juan Pablo, hermano, ya eres mexicano!”, todavía enchina la piel de quienes le siguieron de cerca, y los espejos que salieron a despedirle desde las azoteas, ahora le saludan hasta el Cielo, donde seguramente mora el Papa que en cinco ocasiones visitó México para convertirlo en un pueblo siempre fiel.

Sonia Gabriela Ceja Ramírez

Juan Pablo II ejerció su ministerio petrino con incansable espíritu misionero, dedicando todas sus energías, movido por la “Sollicitudo omnium Ecclesiarum” (se puede traducir como la preocupación por todas las Iglesias y se refiere a las Diócesis o Iglesias Particulares) y por la caridad abierta a toda la Humanidad. Realizó 104 viajes apostólicos fuera de Italia, y 146 por el interior de ese país. Además, como Obispo de Roma, visitó 317 de las 333 Parroquias romanas.

Juan Pablo II y México, un amor temprano

El romance de Juan Pablo II con México nació a primera vista, en los albores de su pontificado. El Papa viajero tomó la determinación de venir a México para participar en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (CELAM), a celebrarse en Puebla.

Era el 25 de enero de 1979. Juan Pablo II llegó a México y fue recibido por el entonces Presidente José López Portillo y Pacheco; llegaba a un país que no sostenía relaciones diplomáticas con la Santa Sede, pero que le recibía con enorme entusiasmo. Cinco millones de personas formaron una valla en el recorrido desde el Aeropuerto hasta la Catedral Primada de México.

El Papa conoció la Basílica de Guadalupe, en El Tepeyac, y después viajó a Puebla, para estar presente durante los trabajos del CELAM; días después, llegó a Guadalajara, donde sería recibido por el Arzobispo y Cardenal José Salazar López y por dos millones de fieles dispuestos a seguirle por las calles tapatías. Posteriormente, se trasladó a Monterrey y a Oaxaca. Cálculos conservadores señalan que en aquella visita, 15 millones de mexicanos siguieron el paso de sus trayectorias por las calles mexicanas. Con porras, cánticos, gritos y vivas manifestaban su entusiasmo y afecto.

500 años de vida cristiana en América

En el marco del V Centenario de la Evangelización del Continente Americano, Juan Pablo II volvió a México en mayo de 1990. En esa ocasión, y bajo la organización del octavo Arzobispo de Guadalajara, Juan Jesús Posadas Ocampo, el Santo Padre visitó el Distrito Federal, recorrió Veracruz, Aguascalientes, Durango, y pisó tierra jalisciense en San Juan de los Lagos; estuvo en Chihuahua, Nuevo León, Chiapas, Tabasco, Zacatecas y el Estado de México.

En aquella ocasión, sus mensajes fueron dirigidos a las familias, a los pobres y a los jóvenes.

En su segundo viaje apostólico a México, Juan Pablo II se dirigió a los campesinos, maestros, obreros, inmigrantes, indígenas, mineros, intelectuales y presidiarios.

El acto central de la gira fue la Beatificación, en la Basílica Nacional de Santa María de Guadalupe, de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, del Padre José María de Yermo y Parres, y de tres niños mártires tlaxcaltecas.

Recibido con los brazos abiertos como Jefe de Estado

La tercera ocasión ocurrió el 11 de agosto de 1993. Esta visita tuvo un tinte especial, pues por primera ocasión el Papa Juan Pablo II fue recibido como Jefe de Estado, y es que a partir de 1992 México había restablecido sus rotas relaciones diplomáticas con El Vaticano.

La estancia de Juan Pablo II fue breve: voló a Mérida, visitó Izamal, habló con y de los indígenas, e hizo un llamado al mundo para que se diera solución a la problemática que enfrentan las etnias alrededor del orbe.

Todo hacía pensar que ésta sería la última visita del Papa polaco a tierras mexicanas; sin embargo, afortunadamente, no fue así.

Guiando los pasos del Continente hacia el Tercer Milenio

En enero de 1999, regresó a nuestra Patria con el propósito de firmar las Conclusiones del Sínodo para América y postrarse de nuevo ante la Virgen del Tepeyac para nombrarla Emperatriz de América.

Las líneas de acción que marcaba el Documento del Sínodo para los Cristianos de América rumbo al Tercer Milenio, eran:

1.La enseñanza auténtica de la Doctrina de la Iglesia y una catequesis fiel al Evangelio, adaptada a las necesidades de nuestro tiempo.

2.La realización de las tareas y la interacción de las diferentes vocaciones y de los diversos ministerios de la Iglesia.

3.La defensa de la vida, desde la concepción hasta su término natural.

4.La relevancia del papel de la Familia en la Sociedad.

5.El señalamiento de que la Sociedad, con sus leyes e instituciones, debe estar en armonía con la Doctrina de Cristo.

6.La dignificación del trabajo humano, mediante el cual la persona coopera con la actividad creadora de Dios.

7.La necesidad de evangelizar el mundo de la cultura en sus diferentes aspectos.

En esta visita, surgió el inolvidable y emocionante grito: ¡Juan Pablo, hermano, ya eres mexicano”.

Un adiós, abocado a resaltar la dignidad de los pueblos indígenas

La última vez que Juan Pablo II tocó suelo mexicano fue en julio de 2002. Llegó a México la tarde del martes 30 para canonizar, el día siguiente, miércoles 31 de julio, a Juan Diego Cuauhtlatoatzin, y beatificar, el 1º de agosto, a los Mártires Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, ambos originarios de Oaxaca.

Fue una visita breve, pero que siguió la línea de los viajes anteriores: el acercamiento del Papa con las etnias autóctonas y la lucha de Juan Pablo II en pro de la dignidad de los pueblos aborígenes de todo el mundo.
La Canonización fue una fiesta indígena, y con el sonido de caracoles se anunció a los cuatro puntos cardinales la felicidad por el ascenso, a los altares, de Juan Diego, el vidente de la Virgen de Guadalupe.

Las muestras de afecto no se hicieron esperar, y el pueblo se volcó a las calles capitalinas para ver pasar a Juan Pablo II en lo que serían sus últimos recorridos por suelo mexicano

(FUENTES: Edición Especial Semanario, 28 de julio de 2002 y Edición 287 de Semanario).

Recomendaciones para la Velada en Guadalajara

A las personas que asistirán al Monumental Estadio Jalisco a participar en la Velada de Oración previa a la Beatificación del Papa Juan Pablo II, se les invita a asistir con ropa y calzado cómodos.

Se recomienda que los niños lleven un gafete de identificación con su nombre completo, el nombre de sus padres, domicilio y teléfono.
Se informa que al ingreso al Estadio las personas serán registradas para verificar que no porten los siguientes objetos que serán restringidos y que no podrán ingresar, independientemente de que el llevar algunos de ellos puede constituir un delito:

• Armas de fuego
• Armas punzocortantes
• Drogas
• Mascotas
• Hebillas de cinturón grandes o con figuras que puedan ser usadas como objetos contundentes o punzocortantes.
• Botellas de vidrio (incluyendo frascos de perfume, desodorantes, pintura de uñas, etc).
• Paraguas (se recomienda llevar impermeables)
• Cualquier objeto que pueda ser utilizado como proyectil o contundente (tales como frutas, banderas, carteles o mantas con asta, etc.)
• Radios y grabadoras de pilas
• Juegos pirotécnicos
• Solventes
• Bebidas embriagantes ni personas que se encuentren en evidente estado de ebriedad.

Se invita a la población a guardar estas medidas para que la ceremonia se realice en un clima de orden y seguridad.

Vigilia de Oración por la Paz
Beatificación de Juan Pablo II
Estadio Jalisco – Sábado 30 de abril al Domingo 1° de Mayo de 2011

22 a 23 hrs.
• El Papa en Jalisco (videos).
• Participación de Paco Padilla y Tonito.
• Recepción de la Imagen de Ntra. Sra. de Zapopan.
• Participación, con cantos marianos populares, de Esther María y Juan Pablo González.

23 a 00 hrs.
• El Papa viajero. El Papa en México (videos).
• Participación de la Hna. Fabiola Torrero.
• Participación de los Pequeños Gigantes, con el canto “Alguien como tú”, interpretación creada para esta ocasión, dedicada a la persona de Juan Pablo II.
• Entrevista con Mons. Ramiro Valdés, Vicario General de la Arquidiócesis de Guadalajara, sobre el proceso para llegar a ser Beato y Santo.

0:00 a 2:00 hrs.
• Concelebración Eucarística presidida por Mons. J. Trinidad González Rodríguez, Obispo Auxiliar de Guadalajara, y concelebrada por los Obispos Auxiliares Mons. Juan H. Gutiérrez Valencia, José Francisco González González, Miguel Romano Gómez y Rafael Martínez Sáinz, así como por todos los Presbíteros presentes en la ceremonia.
• Hora Santa (Adoración al Santísimo), que dirigirá Mons. José Francisco González González, Obispo Auxiliar de Guadalajara. Acompañarán el canto los músicos católicos Marco López (Chile) y Cristy Villaseñor (México).

2:00 a 2:50 hrs.
• Mensaje del Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, desde la Ciudad del Vaticano.
• Semblanza y Doctrina de Juan Pablo II (videos)
• Participación de Mariano Barba.
• Participación de los grupos musicales católicos “Fuego Nuevo” y “Tesalónica”, así como de Zenaida y Saraí.

2:50 a 4:55 hrs.
• Enlace con la ceremonia de Beatificación de Juan Pablo II, en El Vaticano, que presidirá Benedicto XVI.

Abierta la tumba de Juan Pablo II


Autor: Zenit | Fuente: Abierta la tumba de Juan Pablo II
Abierta la tumba de Juan Pablo II
El cuerpo del Papa polaco será trasladado a la Basílica vaticana el 1 de mayo

ROMA, viernes 29 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Ha tenido lugar hoy viernes muy temprano, ante una decena de personas en total: la tumba de Juan Pablo II en las Grutas vaticanas fue abierta y extraído el féretro que contiene el cuerpo del Siervo de Dios.

A la vista de los presentes, en buen estado de conservación, apareció la tercera de las tres cajas que protegen el cuerpo del Pontífice. La de madera clara, grabada en la memoria de todos a través de las imágenes difundidas en todo el mundo en el momento del funeral, con el Evangelio apoyado encima con las páginas que volaban con el viento, es la primera, que a su vez fue metida dentro de otra de plomo zincado y ambas contenidas en la que ha sido exhumada hoy.

Sobre esta última, explicó el padre Federico Lombardi, director de la Sala de Prensa vaticana, a los periodistas presentes en la concurrida rueda de prensa celebrada hoy ante la beatificación del domingo, hay una inscripción en latín que informa que se trata del cuerpo de Juan Pablo II, de 84 años, 10 meses y 15 días, cabeza de la Iglesia universal durante 26 años, 5 meses y 17 días, y la fecha: Anno Domini 2005.

En la apertura de la tumba estuvieron presentes el cardenal Angelo Comastri, y monseñores Giuseppe D’Andrea y Vittorio Lanzani por la Basílica y el Capítulo de San Pedro. Junto a ellos los cardenales Tarcisio Bertone – secretario de Estado –, Giovanni Lajolo – presidente de la Gobernación del Estado Ciudad del Vaticano –, Stanislao Dziwisz – arzobispo de Cracovia y durante muchos años secretario personal de Juan Pablo II –.

Estuvieron también monseñores Fernando Filoni – sustituto de la Secretaría de Estado –, Carlo Maria Viganò – secretario de la Gobernación del Estado Ciudad del Vaticano –, Piero Marini – maestro de las Celebraciones Litúrgicas bajo el Pontificado de Juan Pablo II, y Zygmunt Zimowski – presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud –.

También se encontraban sor Tobiana Sobódka y las seis monjas del apartamento pontificio de Juan Pablo II, el ayudante de cámara, Angelo Gugel, los responsables de la Gendarmería y de la Guardia Suiza.

El cardenal Comastri entonó el canto de las letanías de la Virgen, mientras que durante un breve recorrido, el féretro fue acompañado por los presentes ante la tumba de san Pedro, siempre en el nivel de las Grutas vaticanas – con los pies del Siervo de Dios dirigidos a la tumba – y recubierta por un paño blanco bordado en oro.

El féretro permanecerá en las Grutas hasta el domingo por la mañana (1 de mayo) cuando será llevado a la Basílica de San Pedro, ante el altar central, para el homenaje primero del Papa y después de todos los fieles, que podrán desfilar durante toda la tarde del 1 de mayo hasta la noche, si fuese necesario, hasta las 5 de la mañana del 2 de mayo, cuando la plaza será preparada para la celebración de acción de gracias presidida por el cardenal Bertone.

El propio cardenal Bertone, hoy por la mañana, recitó una breve oración que concluyó la operación de apertura de la tumba de Juan Pablo II. La gran lápida sepulcral que cerraba hasta ahora el féretro del Siervo de Dios se conservará intacta y será transportada a Cracovia, donde será colocada en una nueva iglesia dedicada al beato.

La colocación definitiva del cuerpo de Juan Pablo II bajo el altar de la capilla de San Sebastián, dentro de la Basílica de San Pedro, tendrá lugar probablemente – informó el padre Lombardi – la tarde del 2 mayo, tras la clausura de la propia basílica, en torno a las 19,30.

Por Chiara Santomiero, traducción del italiano por Inma Álvarez

San Ignacio de Loyola, vasco universal


De mundano a santo

Fue procesado por sus graves desórdenes; se le vio, en Pamplona, arremeter calle abajo contra una multitud que no le guardó las debidas consideraciones, “y si no hubiera quien le detuviera, o matara a algunos de ellos, o le mataran”.

Era, dicen los mismos compañeros de su vida cristiana, hombre metido en todas las vanidades del mundo, soldado ducho en travesuras juveniles y mozo polido, amigo de galas y buen vividor.

No obstante, se hacía querer de todos, “porque era recio y valiente, muy animoso para emprender cosas grandes, de noble ánimo y liberal, y tan ingenioso y prudente en las cosas del mundo, que en lo que se ponía y aplicaba se mostraba siempre para mucho”. 
La gran pasión de Íñigo a los veinte años era la guerra. Guerreando estaba en Pamplona en 1521 como ayudante del duque de Nájera, cuando los franceses sitiaron la ciudad. Tratábase ya en el castillo de rendirse, cuando Loyola se interpuso defendiendo la resistencia hasta la muerte.

Resistió, efectivamente, como un héroe, hasta que una bala de cañón le dejó destrozada una pierna y herida la otra. Obligado a capitular, el herido fue colocado en una litera y conducido a Loyola. Allí empezó la cura de los cirujanos.

Quisieron atarle, como se acostumbraba en semejantes operaciones, pero él no lo consintió; sereno e inmóvil, aguantó la espantosa carnicería. Sólo un momento se le vio apretar fuertemente los puños. Pronto advirtió que debajo de la rodilla le quedaba un hueso saliente, y no estuvo dispuesto a sufrirlo.

Le advirtieron que su desaparición le produciría dolores atroces, pero no estaba dispuesto a hacer el ridículo en los torneos y en las fiestas cortesanas. Y por segunda vez ofreció su pierna a la sierra con valor estoico, y la oyó rechinar en su cuerpo sin inmutarse; “todo -dice Rivadeneira-, poder traer una bota muy justa y muy polida, como entonces se usaba”.

El Renacimiento

Cuando entre los años 1491-1556, la corrupción del Renacimiento invadía hasta la misma cátedra de Pedro, cuando el fermento de la Reforma protestante hervía en las Universidades alemanas, Dios llamó al hombre destinado a oponer un dique a esa doble inundación.

Es un gentilhombre español, nacido en el seno de una noble familia guipuzcoana. Engastada en una soberbia iglesia barroca, se levanta todavía la casa solariega de su linaje, como una fortaleza medieval.

Iñigo, el hijo de Beltrán Yáñez de Oñaz y Loyola, no piensa todavía en conquistas evangélicas. Con su temperamento vehemente, audaz y ambicioso, aspira al brillo de los honores y a la gloria de las armas.

Desde su adolescencia tiene un protector poderoso, el noble caballero de Arévalo Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de Castilla. Con él vive unas veces en Arévalo y otras en la corte, entre compañeros que serán grandes políticos o famosos conquistadores. Es un paje apuesto, generoso y batallador, con los vicios y virtudes del guerrero español de su tiempo.

Cuentan que la mujer del contador le decía: “Iñigo, no asesarás hasta que te quiebren una pierna.” Soldado desgarrado y sin letras, le llamará el Padre Granada.

El poder de los libros

Para entretener el ocio de la convalecencia, pidió que le trajesen libros de caballerías, el Amadís, o algún otro de los que hacían las delicias de la juventud, pero en casa del señor de Loyola no se encontraban estas obras profanas, y, por darle algo, le ofrecieron un “Flos Sanctorum” y la “Vida de Cristo”, del Cartujano.

Estas lecturas empezaron a despertar en su alma sentimientos de noble emulación. Inclinado a las más quiméricas empresas, veía abrirse ante sus ojos un mundo de heroísmos más vasto que el que se vivía en Europa. ¿Por qué no había de hacer él lo que hicieron los santos? ¿Por qué no había de vestir de saco, comer hierbas y sufrir los tormentos de los mártires?.

Entusiasmado con su lectura, se le oía exclamar: “Santo Domingo hizo esto, pues yo lo tengo de hacer; San Francisco hizo esto, pues yo lo tengo de hacer.” Pero apenas cerraba el libro, caía sobre él el tumulto de los pensamientos mundanos, y se pasaba largas vigilias soñando hazañas, fantasías y vanidades. Estaba enamorado.

La señora de sus pensamientos era mujer de alta alcurnia, cuyo nombre nunca quiso descubrir, aunque hay quien dice que era la viuda del Rey don Fernando el Católico, Germana de Foix.

“Tan poseído en ella tenía el seso, que se estaba embebido en pensar en ella dos, tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que habría de hacer en su servicio; los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba; los motes, las palabras que le diría; los hechos de armas que haría por ella; y estaba con esto tan envanecido, que no miraba cuán imposible era poderlo alcanzar: porque la señora no era de vulgar nobleza, ni condesa, ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno destos.”

Solicitado por ideas tan diversas, empezó a examinarlas y compararlas entre sí, notando que las del mundo, aunque le deleitaban, dejaban su corazón triste y vacío, mientras que las de Dios le llenaban de consuelo y alegría.

Poco a poco la gracia iba trabajando su espíritu, hasta que vino al fin la resolución irrevocable, una resolución como sabía tomarlas aquella voluntad indomable.

La conversión

Una noche, se levantó del lecho, se postró de rodillas ante una imagen de la Virgen, y prometió renunciar a sus antiguas vanidades. El caballero mundano quedaba convertido en soldado de Dios. Fue una conversión radical, integral, definitiva.

Él nunca había tenido la menor duda sobre su fe católica; sentía particular devoción al príncipe de los Apóstoles, y hasta le cantó en trabajosos versos al mismo tiempo que a las damas; pero desde este momento su vida entera quedó consagrada al servicio de Dios. Su primer pensamiento fue peregrinar a Jerusalén; luego se le ocurrió entrar en la Cartuja de Miraflores.

Las horas que antes gastaba pensando en su dama, las dedica ahora a orar, contemplando la noche estrellada y repitiendo aquella exclamación favorita: “¡Cuán baja me parece la tierra cuando miro al cielo!” .

Sigue leyendo las Vidas de Cristo y de los santos, y para no olvidar los buenos pensamientos que se le ocurren, anota en un libro los hechos, las ideas, los afectos piadosos que agitan su corazón y su mente durante la lectura.

El don de la pureza

Escribe en su Autobiografía: “Y ya se le iban olvidando los pensamientos pasados con estos santos deseos que tenía, los cuales se le confirmaron con una visitación, de esta manera.

Estando una noche despierto, vio claramente una imagen de nuestra Señora con el Santo Niño Jesús, con cuya vista por espacio notable recibió consolación muy excesiva, y quedó con tanto asco de toda la vida pasada, y especialmente de cosas de carne, que le parecía habérsele quitado del ánima todas las especies que antes tenía en ella pintadas.

Así, desde aquella hora hasta el agosto de 53, que esto se escribe, nunca más tuvo ni un mínimo consenso en cosas de carne; y por este efecto se puede .juzgar haber sido la cosa de Dios, aunque él no osaba determinarlo, ni decía más que afirmar lo susodicho.

Mas así su hermano, como todos los demás de casa, fueron conociendo por lo exterior la mudanza que se había hecho en su ánima interiormente”. Comenta el Padre Victoriano Larrañaga: “Esta gracia extraordinaria tuvo lugar estando en su cama enfermo. Así lo indica la circunstancia de la hora: “Estando una noche despierto.” Y lo confirma el hecho, poco después registrado, de cuando comenzó a levantarse un poco por casa.

Una transformación radical y perpetua en materia de pureza, unida a una “consolación muy excesiva”, fue el sello sobrenatural que quiso poner el cielo a la conversión de San Ignacio: desde ese momento pasaba a ser la casa-torre de Loyola “la santa casa” que venerarán los siglos.

Los efectos producidos interiormente en su alma se inician visibles aun a los ojos de sus familiares, y el tiempo que con ellos conversaba “todo lo gustaba en cosas de Dios, con lo cual hacia provecho a sus ánimas”. Es entonces también cuando empieza a dedicar parte de las ´horas del día a la oración a tomar los apuntes de las vidas de Cristo y de los Santos.

El peregrino

Después de muchos meses de forzado encierro, empieza su mística aventura. Se arrodilla primero ante la Virgen de Aránzazu, va luego a Navarrete para despedirse del duque de Nájera, su antiguo protector; allí se separa de sus criados, solo, montado en una mula.

Cuando se dirige en peregrinación a Montserrat, una alegría íntima llena su alma; medita penitencias, peregrinaciones y hazañas por Cristo; y para reparar su vida de pecado, se disciplina cada día hasta derramar sangre. En Montserrat se confiesa durante tres días; escribe luego su confesión, regala su mula al monasterio y cuelga la espada y la daga ante el altar de la Virgen.

El soldado vanidoso y ambicioso ha muerto para siempre y ha nacido el general de la Compañía de Dios. Aquí empieza la parte más dramática de su vida. Su antiguo ardor bélico se dirige ahora contra sí mismo y contra los enemigos de la fe. Faltó poco para que en el camino de la montaña no apuñalase a un moro que atacaba la perpetua virginidad de María. Extremoso en todo, quiso practicar todo lo que había leído de los héroes del cristianismo.

El 24 de marzo de 1522 halló un pobre andrajoso, le dio sus vestidos de caballero, y se vistió un traje que consistía en un saco de cáñamo, un pedazo de cuerda para ceñirlo y una alpargata de esparto para el pie derecho, que era el de la herida.

Con estas galas y en la mano el bordón rematado en una calabaza, pasó una noche al pie del altar de la Virgen, según la costumbre de velar las armas de los caballeros medievales. Cojeando penosamente, llega a Manresa. Allí vive en un hospital, y se pasa las horas muertas rezando en una gruta.

Mal formado todavía en la vida del espíritu, se imagina que toda la santidad está en la mortificación; pasa siete horas en oración de rodillas, come lo que le dan de limosna, se disciplina tres veces al día, y él, antes tan ufano en cuidar su persona, se deja ahora crecer las uñas y el cabello.

Se ríen de él, pero él lo sufre con paciencia. Nadie sabe su nombre. Por las finas facciones de su rostro, las gentes empiezan a sospechar en su vida algún misterio. El sólo se llama el Peregrino.

En tiempos de turbación

Después de cuatro meses de una serenidad imperturbable, entra su alma en los más terribles combates de la vida interior. Va a empezar su noviciado. El enemigo le decía: “¿Quién resiste una vida semejante durante treinta años?”. Pero esta prueba se le desvanece con esta sencilla respuesta: “¿Quién me asegura que voy a vivir una sola hora?”.

No tardó en advertir en medio de la oración olas terribles de tedio y amargura, que empezaron a hacerle dudar sobre el camino que había emprendido. Siguieron después los escrúpulos sobre su confesión, acompañados de tales congojas, que hasta tuvo la tentación de arrojarse por un barranco. Se le veía llorando en su habitación y pidiendo a gritos el socorro de la divina misericordia.

En aquel terrible trance, resolvió no comer ni beber hasta recobrar la calma. Después de una semana, le echaron de menos unas mujeres piadosas que escuchaban sus consejos, y tras muchas pesquisas le encontraron en una ermita de la Virgen, tan extenuado, que no podía andar ni tenerse en pie, y fue preciso que el confesor le negase la absolución, para hacerle tomar alimento.

La consolación

Después se sintió repentinamente inundado de paz y alegría. Llegaron los días de los regalos y las consolaciones. Escribirá en sus Ejercicios: “En tiempo de turbación, no hacer mudanza”. Según él mismo lo declara, “Dios trataba a su siervo de la misma manera que un maestro trata a un niño de la escuela a quien instruye”.

“Aunque no existieran los libros santos –añadía- estaría dispuesto a dar la vida por las verdades que en ellos se enseñan, sólo por lo que en la contemplación se me ha comunicado.”

Un día, contemplando las cosas divinas en las cercanías de Manresa, se sentó en el camino, que pasa a la ribera del río Cardoner, y estuvo mirando el agua. “Allí -dice el Padre Laínez- aprendió en una hora más de lo que hubieran podido enseñarle todos los sabios del mundo.” Recuerda aquellos versos del Doctor Místico:

“Este saber no sabiendo
es de tan alto poder
Que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo”.

Tenía visiones, coloquios con los bienaventurados y raptos de ocho días. Se había convertido en un maestro de la vida espiritual, y un grupo de mujeres, que los maliciosos llamaban las “Iñigas”, practicaban los Ejercicios espirituales bajo su dirección.

El libro de los ejercicios

Así nació un librito breve y compendioso, escrito en un lenguaje sencillo e inteligible. Así nació el Libro de los Ejercicios. Sumergido en la meditación de las verdades eternas o zarandeado por las tempestades interiores, Ignacio no cesaba de estudiar y analizar los diversos estados de su espíritu.

“El Peregrino -decía más tarde a uno de sus compañeros -observaba en su alma ya éstos, ya aquellos afectos y se aprovechó de ello, y por ahí vino a pensar que podrían bien aprovechar a otros, y por eso escribió los Ejercicios”.

Al principio, lo único que le importaba era conocer la voluntad divina y cumplirla perfectamente; después coordinó sus experiencias, y al salir de la gruta completamente transformado, se encontró con un método espiritual que podría obrar en los otros una transformación análoga a la suya.

La sustancia de esa obra, que resume el trabajo íntimo realizado en su alma, data de estos días de Manresa. Más tarde, los experimentos que hizo con los otros le permitieron perfeccionar su sistema, que siguió enriqueciendo con nuevas aportaciones durante sus estudios teológicos y en el período italiano de su vida.

Eficacia maravillosa

La experiencia de los siglos ha confirmado su eficacia maravillosa para transformar y educar a las almas. Las causas de esta influencia, aparte del poder de la gracia, hay que buscarlas en la combinación y ordenación lógica de los diversos ejercicios, en el método, en la sabia disposición de las materias, fruto de un estudio profundo del alma humana.

Escuela incomparable de hombres, de cristianos y de apóstoles, los Ejercicios no son para leídos, sino para practicados. Entonces es cuando tienen su eficacia, cuando producen corazones como los de San Francisco Javier, San Francisco de Regis, San Francisco de Sales, San Carlos Borromeo o San Pedro Canisio y un largo etcétera.

Críticos de todas las ideas han reconocido en ellos un edificio de armonioso, una verdadera obra de arte, de unidad perfecta, un género enteramente nuevo y peculiar. Todo resumido en la invitación de Cristo: “Toma tu cruz y sígueme”, cuya esencia es el “abneget”, la renuncia.

Sin embargo, lejos de abatir las fuerzas naturales, las intensifican, purificándolas de lo inferior y bestial, dirigiéndolas hacia un ideal más alto, y potenciándolas con la ayuda de la gracia. Si dan la paz al alma, no es por el aniquilamiento de la voluntad personal; ya que su efecto es siempre un robustecimiento de la personalidad, orientada y polarizada en Dios.

Son la obra maestra de una pedagogía. Se ha reprochado la excesiva importancia que se da en ellos al razonamiento, se ha dicho que la meticulosidad de las reglas es contraria a la operación del Espíritu. Pero es que San Ignacio ve en el razonamiento la base sólida de toda convicción.

Para él no puede existir renovación sin convicción profunda. Por lo demás, su método, con todas las apariencias de regularidad mecánica, es siempre respetuoso con los movimientos del Espíritu, “que mueve a su ánima devota”. Hay que tener también presente que él sólo establece el método de la oración ordinaria.

Aunque conocía las alturas de la contemplación, no se ocupa en lanzar el alma hacia ellas. Para él la perfección de la vida espiritual no consiste propiamente en la unión con Dios por medio de la oración. Solía decir que, de cien personas de oración, las noventa vivían engañadas.

Consideraba que se daba más gloria a Dios con la imitación perfecta de Cristo en la vida apostólica, y a esta imitación dirige los Ejercicios, haciéndola consistir en la renuncia al bienestar del cuerpo y en la mortificación total del amor propio y del amor del mundo.

Contemplativo en la acción

El período místico de Manresa sólo fue un episodio en la vida militante de San Ignacio. Hombre de acción, se lanzó en busca de su destino. No ha llegado a verlo todavía con claridad. Durante algún tiempo se cree llamado a predicar la fe entre los infieles.

Visita los Santos Lugares y decide permanecer en Oriente enseñando a los mahometanos, pero el provincial de San Francisco en Jerusalén le obliga a venir a Europa, temiendo que su celo provocase algún conflicto.

En 1524 reaparece en Barcelona estudiando latín con los niños de la escuela. Comprendiendo su necesidad de instrucción religiosa y humanística, se entregó ardorosamente a conseguirla, a pesar de que el demonio le acometía con toda clase de pensamientos devotos y dulzuras interiores cuando cogía la Gramática.

Siendo tan mayor entre niños el maestro le trataba con consideración, hasta que un día le rogó con ahínco que le tratase como al menor muchacho de sus discípulos, y que cuando le viese flojo y descuidado, le castigase y azotase como a los demás. Con el mismo entusiasmo empieza en Alcalá el estudio de la Filosofía y de la Teología.

Estudiante y buscador de almas

Pero a la vez que estudiante, era un fogoso apóstol. Un grupito de gentes piadosas escuchaban sus consejos e imitaban su vida. Algunos de sus compañeros y devotos caminaban descalzos como él y vestían el mismo sayal pardo y grosero, que les valió el apodo de ensayalados. En los círculos eclesiásticos y universitarios se discutía al extraño penitente, que producía repentinos cambios de vida.

Unos le veneraban como a santo, otros empezaban a sospechar si sería uno de aquellos alumbrados fanáticos que, entre supuestas revelaciones, sembraban los más absurdos errores. No tardó en estallar la persecución: Ignacio tuvo que teñir su sayo, disolver su grupo, calzar sus pies y resignarse a vestir como los demás.

A todo obedeció puntualmente; pero habiéndose reproducido las sospechas, se le abrió un proceso canónico y se le encerró en la cárcel, donde permaneció dos meses. Él rehusaba defenderse pero hablaba a los inquisidores con la libertad propia de su carácter.

– “¿Qué mal habéis hallado en mí, después de tanto inquirir?” preguntaba al Vicario de Alcalá.
– “Nada -contestó el interpelado-; si algo se hallara en vos, os castigaran y aún os quemaran”.
 
Respondió Iñigo:

– “Así os quemarán a vos si errárades”.
–“ Es así” -replicó secamente el Vicario.

Reconocida su inocencia, Ignacio pasó de Alcalá a Salamanca. Allí también fue acusado, procesado y encarcelado veintidós días en un aposento viejo, destartalado, sucio y maloliente, con una cadena de doce palmos a los pies, y sin poder dormir “por la gran multitud de bestias varias”. “¡No sabía, dijo, que fuera tan peligroso predicar a Cristo a los cristianos” .

Absuelto una vez más por las autoridades eclesiásticas, dejó aquella Universidad y se dirigió a la de París, montado en un asno, que llevaba sus libros y cartapacios. Llegó el 2 de febrero de 1528, y pasó aún siete años escuchando a los doctores de la Sorbona.

Vivía de la limosna que le mandaban los mercaderes españoles de Flandes. A los tres años obtuvo el grado de maestro en filosofía. Durante las vacaciones viajaba hasta Brujas, Amberes y Londres para recoger limosnas. La mirada de aquel colegial viejo, cojo y desarrapado seducía de una manera irresistible.

En Barcelona, en Alcalá, en Salamanca había encontrado discípulos que sufrían el enojo de sus familias por seguirle e imitarle. Lo mismo sucedía en París. El primero que se le juntó fue su compañero de celda en el colegio de Santa Bárbara, el saboyano Pedro Fabro.

Después ganó el alma ardorosa del joven profesor navarro Francisco Javier. Siguieron Diego Laínez y el toledano Salmerón, el portugués Rodrígues de Acevedo y el joven Alfonso de Bobadilla, palentino.

Montmartre

El 15 de agosto de 1534, seguido por estos seis, en la colina de Montmartre, en una capilla, dedicada a San Dionisio, perteneciente a las monjas benedictinas, oyeron la misa celebrada por Pedro Fabro, que era el único sacerdote. A la comunión, Fabro se volvió a sus compañeros con la sagrada Hostia en la mano.

Arrodillados los seis en torno del altar, fueron pronunciando uno a uno sus votos. Después, bajaron y se sentaron alrededor de una fuente y celebraron un frugal banquete con pan y agua. La alegría era tan grande y el fervor tal, que se les pasaron las horas sin sentir alabando a Dios, manifestando los afectos de sus corazones.

Al año siguiente, Ignacio se dirigió por última vez a su tierra para restablecer su quebrantada salud. Aún no saben qué es lo que Dios quiere ellos. Por de pronto, deciden ir en peregrinación a Tierra Santa. Los iñiguistas de la Sorbona dan a su sociedad el nombre de Compañía de Jesús, y su jefe empieza a llamarse Ignacio.

Alentado por una visión famosa ocurrida en la Iglesia de la Storta en la que Cristo le dijo “En Roma os seré propicio”, Ignacio viaja a Roma con dos de sus compañeros, dispuesto a dar el paso decisivo.

Aún sigue en la incertidumbre más completa, pero su alegría sólo puede compararse con la que sentirá Francisco Javier al entrar en la capital del Japón. “No sé lo que me espera en Roma –decía-, ni si quiere Dios que muramos en cruz o descoyuntados; sólo sé que Jesucristo nos será propicio.”

Persecuciones y aprobación

En Roma, frialdades, indiferencias y persecuciones. En los pulpitos se desautorizaba a aquella compañía de “sacerdotes reformados”. La causa de Ignacio parecía perdida, cuando vino en su ayuda la influencia de algunos hombres poderosos, ganados por la práctica de los Ejercicios. Príncipes, cardenales y embajadores empezaban a sentirse transformados por la magia de aquel libro prodigioso.

El mismo Papa Paulo III se sintió impresionado por la grandeza moral del fundado y en sus conversaciones con el pontífice, empezó a esbozar el plan de una Orden nueva, que abarcase la actividad apostólica en todas sus formas, la enseñanza literaria y teológica en todos sus grados, las obras de caridad en todos los aspectos, las misiones entre fieles e infieles, considerando el mundo entero campo de su acción. Tal era el gran ideal en que había cuajado definitivamente la ambición desaforada del hidalgo español.

El 27 de septiembre de 1540 aparecía la bula por la cual el Papa Paulo III aprobaba la nueva fundación, y el comienzo de la Compañía de Jesús.

Una serie de acontecimientos, independientes de la voluntad de Ignacio, le habían llevado a crear una vasta y poderosa organización de enseñanza, de predicación y de dirección espiritual, que será la barrera más fuerte de la verdad frente al protestantismo, y colaborará de una manera decisiva en la obra del Concilio de Trento.

Innumerables obras en la Iglesia, y multitud de Santos en los altares, para la Mayor Gloria de Dios, Ad Majorem Dei Gloriam.

En el Gesu de Roma

Los quince años últimos de su vida los dedica Ignacio en el Gesú de Roma, a perfilar, acrecentar y completar la gran obra de su vida.

Escribe las Constituciones, forma a los novicios en el Colegio Romano, envía sus teólogos al Concilio de Trento, esparce sus discípulos por todas las partes del mundo, escribe cartas, legisla, ordena, vigila. Quiere que el alma de su milicia espiritual sea la obediencia, una obediencia consciente, voluntaria y alegre; una obediencia ciega.

El religioso debe ser como un cadáver, o como el bastón en la mano del anciano. Escribiendo a San Francisco Javier, le ordenaba volver a las Indias: “Os lo ordeno en nombre de Jesucristo. Y a fin de que vos podáis exponer los motivos de vuestra partida a aquellos que quieren reteneros, os diré las razones que me han decidido.”

Su mandato era a la vez firme y suave, razonado y autoritario. Medía el límite de su autoridad, como antes había medido el límite de su obligación a obedecer.

Durante el proceso de Salamanca, preguntado por los jueces cómo se atrevía a enseñar, falto de estudios teológicos, contestó: “O es verdad, o no es verdad lo que enseño. Si no es verdad, condénenme; si es verdad, déjenlo estar.”

Y cuando le leyeron la sentencia, por la cual le declaraban inocente y ortodoxo, mandándole al mismo tiempo que no se metiese en honduras y distinciones sutiles, declaró que obedecería en aquello que estaba dentro de la jurisdicción de los jueces; pero que no era justo, puesto que no se encontraba delito en su conducta ni error en su doctrina, impedirle servir a las almas, privándole del derecho de hablar de las cosas de Dios con libertad.

Era natural que el odio se cebase en un hombre que se presentaba como el aguafiestas del Renacimiento, como el censor de la moral fácil de los falsos reformadores, como el campeón de la disciplina cuando el mundo se indisciplinaba.

Su retrato

La pasión ha hecho de aquel gran hombre un enigma o una paradoja. Ya los pintores empiezan por desconcertarnos: el Ignacio de Valdés Leal parece un San Juan de la Cruz, místico y poeta, puesto en éxtasis ante la belleza del Crucificado; el de Sánchez Coello conserva todavía algo de esa mirada suave y lejana, contemplativa, pero insinuando una sonrisa enigmática.

Dice Ribadeneira que tenía una estatura mediana, o mejor, era pequeño y bajo de cuerpo; el rostro autorizado, la frente ancha y sin arrugas, hundidos los ojos, encogidos y arrugados los párpados por las muchas lágrimas que derramaba; las orejas medianas, la nariz alta y el color vivo y templado y con la calva de muy venerable aspecto, el rostro alegremente grave y gravemente alegre.

Su serenidad alegraba y con su gravedad componía a los que le miraban. Al trazar el retrato de su alma, se le ha representado como un luchador y un contemplativo, como un fino político y como un hombre que encauza exclusivamente su vida hacia el orden social; como un corazón vehemente y como un temperamento frío y calculador; como una inteligencia de ideas amplias y vigorosas.

No era un sentimental, sino más bien cerebral. El castellano de sus Ejercicios peca de seco y premioso; él aprendió el castellano en Arévalo, pues su lengua materna era el vascuence.

Toda la vida de Ignacio está en el lema que señaló a la Compañía: “Ad maiorem Dei gloriam”. Este pensamiento sublime da unidad a todas sus acciones.

Podrá sentir vacilaciones en ciertos momentos de su vida; pero hay una cosa que la ordena y armoniza por entero desde que deja el servicio del emperador y recoge y encauza la corriente de sus energías, su ingenio, su fantasía, su memoria, su prudencia y tenacidad, su temple de hierro y su ojo infalible para tomar la medida exacta de las personas y las cosas, que hacen de él, sin dejar de ser un enamorado de Cristo, el tipo perfecto del hombre de acción.

Su fuerza superior, alma de su alma, es el deseo de la gloria de Dios, que le llena y le consume. San Ignacio, dice Papini, es el más católico de los santos.

Don de lágrimas

Su don de lágrimas es tan excepcional que pocas veces habrá sido igualado en la hagiografía católica ni por los mayores santos contemplativos de la Iglesia.

En los primeros cuarenta días, dedicados a la elección de la pobreza de las casas e iglesias de la Compañía llegan hasta 175 las veces que nos habla de sus lágrimas; es decir, que por término medio venía a derramar lágrimas cuatro veces por día.

Llamaba la atención ante todo su misma abundancia, como él anota: “Viniendo en mucha grande devoción y muchas lágrimas intensísimas”; “cubriéndome tanto de lagrimas”: “con grande efusión de lágrimas por el rostro”; “un cubrirme de lagrimas y de amor”.

Su Diario, es un caso asombroso de llevar la contabilidad de las lágrimas, el día que no llora más que tres veces, se siente desconsolado. Temió quedarse ciego de tanto llorar, y no podía sin mucho dolor en los ojos salir al sol y al aire. Es amoroso, no sentimental. Vive la mística del servicio y su virtud preferida es la obediencia.

En su mesa sólo tenía el Nuevo Testamento y el Gersoncito “la perdiz de los libros espirituales”, el Kempis. Ignacio de Loyola (Loyola, Guipúzcoa, 1491- Roma, 1556) fundó la Compañía de Jesús en el año 1540 y fue elegido primer superior general.

En el año 1535, un año después de haber emitido sus primeros votos, llegó a Valencia donde residió a lo largo de varios meses y en 1542 fue nombrado prior de la cartuja de Porta Coeli en Valencia. Continuó vinculado con la ciudad de Valencia, donde decidió levantar un colegio jesuítico en 1544.

Años más tarde, mantuvo correspondencia periódica con los jesuitas de Valencia y, especialmente, con Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia entre 1544 y 1555, “con quien le unía una estrecha amistad”. Murió el 31 de julio de 1556 y fue canonizado por Gregorio XV el 1622.

Jesús Martí Ballester
jmarti@ciberia.es