Santo Tomás Moro y la política: Utopía


 

Tomás Moro ideó una comunidad perfecta, basada en las virtudes clásicas y la caridad cristiana, a fin de optimar la naturaleza humana en el bien común.

 

 

Tomás Moro, el canciller humanista

Una mañana de julio de 1535, moría por cargos de alta traición, uno de los más brillantes legistas y políticos del siglo XVI. El mismo rey Enrique VIII, quien había sido íntimo amigo de Tomás Moro, lamentaba su muerte. Pero esta era inevitable a fin de salvar el orden político. No sólo murió un cristiano y un político, sino un filósofo humanista: un hombre consagrado al conocimiento de las cosas eternas y trascendentes, a fin de participar al hombre de esos bienes divinos.

Es bien sabido que Moro, el canciller de Inglaterra, era un hombre culto: era abogado, jurisconsulto, poeta, traductor y filósofo de corte humanista. Claro que esto no limitaba su vida práctica, pues era un buen ciudadano, esposo y padre de familia. Digamos que Tomás Moro complementó su vida teórica con la práctica y viceversa.

Utopía, la sociedad sin lugar

En el ámbito de la política, Moro supo aprender de ambas, las lecturas de los clásicos grecolatinos como Platón, Aristóteles y Marco Tulio Cicerón, y las experiencias en él Parlamento. Estas fuentes de conocimiento llevaron a Moro a escribir una breve obra en la que analiza algunos problemas de Inglaterra, y principalmente, describe una sociedad humana perfecta, donde todos los hombres pueden optimarse según su naturaleza y según el bien común. El nombre de esta obra es Utopía.

“Utopía” significa literalmente en griego “sin lugar”. ¿Cómo, pues, puede ser útil una obra que describe una sociedad que no tiene lugar? Podríamos pensar que Moro la escribió por ocio o para deleitar su imaginación. Sin embargo, Moro es sabedor de que aquella sociedad nunca tendrá lugar, como tal, en el mundo de la política real. No por esto su obra pierde importancia, pues la escribe con el fin de proponer algunos cambios en la política inglesa, además de crear una conciencia política basada en las virtudes clásicas y el bien común.

Seguidor de Platón

Tomás Moro no es un especulador vacío. Más bien, educa a sus contemporáneos y los guía hacia la felicidad a través del cultivo de la razón y la práctica del bien en el ámbito ciudadano. Utopía esta basada en el diálogo La República, de Platón. En esta obra maestra fundacional de Occidente, se postula una teoría sobre el Estado, su finalidad y funcionamiento.

Platón pensaba que la mejor manera de participar del Sumo Bien divino, era con la organización de un Estado jerarquizado y eficiente, donde todos sus miembros pudieran ser óptimos según su naturaleza y sus oficios. El fin del Estado platónico es que los hombres alcancen la felicidad a través de la guía de la razón, que conoce el Bien, con el movimiento de la voluntad, que quiere el Bien. Aquí debemos destacar que Platón no da tanta importancia a la felicidad de los individuos, sino al funcionamiento del Estado, guiado por los filósofos. Cada hombre puede ser feliz según su naturaleza individual en función de la comunidad, pues no se le puede pedir lo mismo al soldado que al trabajador, aunque ambos tengan la misma condición humana.

Tomas Moro, por su parte, considera, en un modo, que la suma de la felicidad de los individuos fortalece la constitución del Estado. Considera también, que todos los hombres pueden ejercer su racionalidad y con ella guiar sus pasiones para ser felices. Esta idea la retoma de Platón y Aristóteles.

El legado político de Utopía

Tomás Moro imagina una isla en la que el régimen social se basa en la obligatoriedad del trabajo de seis horas diarias, pues el resto del tiempo los hombres lo deben utilizar para cultivar sus mentes y espíritus. En la isla no existe la propiedad privada. Cada ciudadano recibe lo que necesita y todos trabajan comunalmente para evitar la servidumbre y los conflictos. Incluso los metales preciosos pierden su valor en la isla, pues son usados para hacer cadenas para los condenados.

Moro no era un iluso y sabía que su idea no era del todo realizable. Sin embargo, con Utopía aclara las bases que el Estado moderno debe tener en contraposición a las monarquías medievales. Entre estos fundamentos podemos mencionar:

  • La revaloración de las virtudes clásicas: prudencia, fortaleza, templanza y justicia
  • La búsqueda de la felicidad individual en función del bien común.
  • El cultivo de la filosofía humanista como desarrollo intelectual y espiritual de los ciudadanos.
  • El dominio de la razón sobre las pasiones y del diálogo sobre la fuerza.
  • La incorporación de las virtudes cristianas como la caridad, la fe y la esperanza en conjunción con las virtudes clásicas.
  • El desarrollo de un nacionalismo razonado, que retome los valores universales y la identidad propia.
  • La igualdad politica de los ciudadanos sin disminuir su individualidad.

En fin. Las aportaciones de Tomás Moro al campo de la política son muchas y sólo mencionamos algunas de las más importantes. Sin duda el conocimiento de sus propuestas a través de una lectura crítica de sus obras será un deleite y un aprendizaje útil para nuestra vida práctica como cristianos y como ciudadanos.

Gabriel Gozález Nares

Tomás Moro, político y santo / Oración de Santo Tomás Moro


Escribe la Directora del Instituto de Derechos Humanos, de la Universidad de Navarra, a propósito de la decisión de Juan Pablo II de nombrar a santo Tomás Moro Patrono de gobernantes y políticos

Juan Pablo II ha proclamado a santo Tomás Moro Patrono de los gobernantes y de los políticos. ¿Por qué el Papa ha escogido a esta figura del siglo XVI para proponerla como modelo actual para aquellos que trabajan en el ámbito de la política? Santo Tomás Moro desempeñó el cargo de Lord Canciller de Inglaterra desde 1529 a 1532. Fue ejecutado públicamente, en 1535, por orden de Enrique VIII. La causa fue su fidelidad al catolicismo y a los dictados de su conciencia. Fue su pensamiento y su coherencia moral, especialmente en la defensa de su derecho a actuar según su conciencia, lo que le llevó a un proceso que le privó de su cargo, su rango y honores, sus propiedades y su propia vida. No existe duda de que, a partir de su vida, y de su obra, puede ser considerado como una figura clave en la historia política de Europa.

Las circunstancias históricas que condujeron al proceso contra Tomás Moro son muy conocidas. Enrique VIII, rey de Inglaterra, había contraído matrimonio con Catalina de Aragón. Posteriormente solicitó al Papa la anulación de este matrimonio. La razón que alegaba era que Catalina había estado casada anteriormente con su hermano. En realidad lo que pretendía era legalizar su unión con Ana Bolena, y garantizar así que su descendencia pudiera heredar la Corona. En noviembre de 1534, el Parlamento aprobó el Acta de Supremacía, en la que se declaraba que el rey era la única cabeza suprema sobre la tierra de la Iglesia de Inglaterra.

Siendo ya gran Canciller de Inglaterra, Tomás Moro se negó a firmar esta disposición, a pesar de que sabía que ello significaba caer en desgracia ante el rey. La respuesta fue rotunda: En mi conciencia, éste es uno de los puntos en que no me veo constreñido a obedecer a mi príncipe, ya que, a pesar de lo que otros piensen, en mi mente la verdad se inclina a la solución contraria…Tenéis que comprender que en todos los asuntos que tocan a la conciencia, todo súbdito bueno y fiel está obligado a estimar más su conciencia y su alma que cualquier otra cosa en el mundo.

EL DERECHO NO PUEDE ORDENAR CUALQUIER COSA

 

En estas breves líneas se recoge, en esencia, el fundamento de la noción de objeción de conciencia, tal y como la conocemos en la actualidad, y de la cual Moro fue un pionero: el Derecho no puede ordenar cualquier cosa. Existen límites que debe respetar. El Estado no puede obligar a los ciudadanos, ni tan siquiera aunque la decisión emane de un Parlamento, a realizar acciones injustas o que agredan gravemente la conciencia de éstos. En palabras de Moro, si yo fuere el único en mi bando y todo el Parlamento se colocara en el otro, me sería muy doloroso, pero seguiría mis propias ideas contra las de tan elevado número.

Tomás Moro delimitó para su propia persona un pequeño ámbito de libertad: su fe le impedía asentir al divorcio y a las segundas nupcias de Enrique, así como a la segregación de la Iglesia de Inglaterra de la Iglesia católica de Roma. Su conciencia, rectamente formada, le impedía actuar en contra de su fe. Por ello, se puede afirmar que el no asentir al divorcio y a la supremacía real sobre la Iglesia no fue tanto una decisión en conciencia como una consecuencia de su fe. Pero el actuar de acuerdo con los dictados de la propia fe, el no dejarla de lado cuando las circunstancias se tornan extremadamente difíciles, fue un verdadero acto de obediencia a la propia conciencia. Como señala el autor alemán Peter Berglar, en La hora de Tomás Moro, con la fuerza de su conciencia, fue capaz de no negar su fe y, con la fuerza de su fe, fue capaz de obedecer a su conciencia hasta la muerte.

Tomás Moro fue conducido a la Torre de Londres y allí permaneció durante quince meses. Hacia fines de 1534 fue objeto de las más severas restricciones. Entre otras prohibiciones, se le negaron las visitas y se le prohibió tener libros. Se le confiscaron sus tierras y su salud se deterioraba progresivamente.

 

MODELO DE COHERENCIA

El juicio contra Tomás Moro comenzó el 1 de julio de 1535. La vista fue en el Hall, el mismo lugar en el que él y su padre habían administrado justicia. Contestó al jurado que lo juzgó: Habéis de comprender que en lo que afecte a la conciencia, todo súbdito fiel y honrado ha de respetar su propia conciencia y su alma más que ninguna otra cosa en el mundo; especialmente cuando su conciencia es como la mía, es decir, que la persona no da ocasión de calumnia, tumulto ni sedición frente a su príncipe.

Se dictó sentencia de muerte, que se ejecutó cuatro días después. Ya en el cadalso, Moro rogó a los presentes insistentemente que oraran por el rey, para que recibiera buen consejo, y volvió a afirmar que moría como buen servidor del monarca, pero antes lo era de Dios. Su cabeza, escaldada con agua hirviendo como era costumbre, fue colocada sobre un poste de la torre del Puente de Londres. Cuando, un mes más tarde, su hija se enteró de que iba a ser arrojada al río, consiguió que se la entregaran. Actualmente se encuentra en la iglesia de San Dunstan, en Canterbury.

En definitiva, la coherencia moral de Tomás Moro, en un momento histórico en el que Europa estaba marcada por profundas convulsiones de todo tipo, es, efectivamente, un modelo para gobernantes y políticos y, en general, para la sociedad actual.

 

Ángela Aparisi

http://www.mercaba.org

*********************************************************

Oración de Santo Tomás Moro

Dame, Señor, un poco de sol,

algo de trabajo y un poco de alegría.

Dame el pan de cada día, un poco de mantequilla, una buena

digestión y algo para digerir.

Dame una manera de ser que ignore el aburrimiento, los lamentos y

los suspiros.

No permitas que me preocupe demasiado

por esta cosa embarazosa que soy yo.

Dame, Señor, la dosis de humor suficiente como para encontrar la

felicidad en esta vida y ser provechoso para los demás.

Que siempre haya en mis labios una canción, una poesía o una

historia para distraerme.

Enséñame a comprender los sufrimientos

y a no ver en ellos una maldición.

Concédeme tener buen sentido,

pues tengo mucha necesidad de él.

Señor, concédeme la gracia,

en este momento supremo de miedo y angustia, de recurrir al gran

miedo

y a la asombrosa angustia que tú experimentaste en el Monte de los

Olivos

antes de tu pasión.

Haz que a fuerza de meditar tu agonía,

reciba el consuelo espiritual necesario

para provecho de mi alma.

Concédeme, Señor, un espíritu abandonado, sosegado, apacible,

caritativo, benévolo, dulce y compasivo.

Que en todas mis acciones, palabras y pensamientos experimente el

gusto de tu Espíritu santo y bendito.

Dame, Señor, una fe plena, una esperanza firme y una ardiente

caridad.

Que yo no ame a nadie contra tu voluntad, sino a todas las cosas en

función de tu querer.

Rodéame de tu amor y de tu favor.

“Ten, pues, buen ánimo, hija mia, y

no te preocupes por mí, sea lo que

sea que me pase en este mundo.

Nada puede pasarme que Dios no

quiera. Y todo lo que él quiere, por

muy malo que nos parezca, es en

realidad lo mejor”.

*****

“Aunque estoy convencido, mi

querida Margarita, de que la maldad

de mi vida pasada es tal que

merecería que Dios me abandonase

del todo, ni por un momento dejaré

de confiar en su inmensa bondad.

Hasta ahora, su gracia santísima me

ha dado fuerzas para postergarlo

todo: las riquezas, las ganancias y la

misma vida, antes de prestar

juramento en contra de mi

conciencia”.

Santo Tomás Moro

Carta escrita en la cárcel a su hija Margarita


1. Santo Tomás Moro nació en Londres en 1477. De vasta cultura clásica se graduó en leyes. Contrajo matrimonio dos veces. Su brillante carrera culminó en 1529 cuando fue nombrado Canciller por Enrique VIII. Pero su oposición al divorcio del rey le obligó a renunciar al mismo tres años más tarde. Su firme rechazo a reconocer la supremacia espiritual del rey sobre el papa le condujo finalmente a la prisión en la Torre de Londres. Finalmente el 6 de julio de 1535 fue decapitado. Su fiesta se celebra el 22 de junio. Su ejemplo de político insobornable mereció que el 31 de octubre de 2000 fuera proclamado por Juan Pablo II, patrón de los gobernantes y políticos.

Santo Tomas Moro, patrono de los políticos y gobernantes


Carta Apostólica por la que el Papa Juan Pablo II lo constituyó y declaró Patrono de los Gobernantes y de los Políticos.

CARTA APOSTÓLICA

EN FORMA DE MOTU PROPRIO

PARA LA PROCLAMACIÓN DE SANTO TOMÁS MORO

COMO PATRONO DE LOS GOBERNANTES Y DE LOS POLÍTICOS

JUAN PABLO II

SUMO PONTÍFICE

PARA PERPETUA MEMORIA

1. De la vida y del martirio de santo Tomás Moro brota un mensaje que a través de los siglos habla a los hombres de todos los tiempos de la inalienable dignidad de la conciencia, la cual, como recuerda el Concilio Vaticano II, “es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (Gaudium et spes, 16). Cuando el hombre y la mujer escuchan la llamada de la verdad, entonces la conciencia orienta con seguridad sus actos hacia el bien. Precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana.

Recientemente, algunos Jefes de Estado y de Gobierno, numerosos exponentes políticos, algunas Conferencias Episcopales y Obispos de forma individual, me han dirigido peticiones en favor de la proclamación de santo Tomás Moro como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos. Entre los firmantes de esta petición hay personalidades de diversa orientación política, cultural y religiosa, como expresión de vivo y difundido interés hacia el pensamiento y la conducta de este insigne hombre de gobierno.

2. Tomás Moro vivió una extraordinaria carrera política en su País. Nacido en Londres en 1478 en el seno de una respetable familia, entró desde joven al servicio del Arzobispo de Canterbury Juan Morton, Canciller del Reino. Prosiguió después los estudios de leyes en Oxford y Londres, interesándose también por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica. Aprendió bien el griego y mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rotterdam.

Su sensibilidad religiosa lo llevó a buscar la virtud a través de una asidua práctica ascética: cultivó la amistad con los frailes menores observantes del convento de Greenwich y durante un tiempo se alojó en la cartuja de Londres, dos de los principales centros de fervor religioso del Reino. Sintiéndose llamado al matrimonio, a la vida familiar y al compromiso laical, se casó en 1505 con Juana Colt, de la cual tuvo cuatro hijos. Juana murió en 1511 y Tomás se casó en segundas nupcias con Alicia Middleton, viuda con una hija. Fue durante toda su vida un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos. Su casa acogía yernos, nueras y nietos y estaba abierta a muchos jóvenes amigos en busca de la verdad o de la propia vocación. La vida de familia permitía, además, largo tiempo para la oración común y la lectio divina, así como para sanas formas de recreo hogareño. Tomás asistía diariamente a Misa en la iglesia parroquial, y las austeras penitencias que se imponía eran conocidas solamente por sus parientes más íntimos.

3. En 1504, bajo el rey Enrique VII, fue elegido por primera vez para el Parlamento. Enrique VIII le renovó el mandato en 1510 y lo nombró también representante de la Corona en la capital, abriéndole así una brillante carrera en la administración pública. En la década sucesiva, el rey lo envió en varias ocasiones para misiones diplomáticas y comerciales en Flandes y en el territorio de la actual Francia. Nombrado miembro del Consejo de la Corona, juez presidente de un tribunal importante, vicetesorero y caballero, en 1523 llegó a ser portavoz, es decir, presidente de la Cámara de los Comunes.

Estimado por todos por su indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria, en 1529, en un momento de crisis política y económica del País, el Rey le nombró Canciller del Reino. Como primer laico en ocupar este cargo, Tomás afrontó un período extremadamente difícil, esforzándose en servir al Rey y al País. Fiel a sus principios se empeñó en promover la justicia e impedir el influjo nocivo de quien buscaba los propios intereses en detrimento de los débiles. En 1532, no queriendo dar su apoyo al proyecto de Enrique VIII que quería asumir el control sobre la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión. Se retiró de la vida pública aceptando sufrir con su familia la pobreza y el abandono de muchos que, en la prueba, se mostraron falsos amigos.

Constatada su gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia, el Rey, en 1534, lo hizo encarcelar en la Torre de Londres dónde fue sometido a diversas formas de presión psicológica. Tomás Moro no se dejó vencer y rechazó prestar el juramento que se le pedía, porque ello hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno a un despotismo sin control. Durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Condenado por el tribunal, fue decapitado.

Con el paso de los siglos se atenuó la discriminación respecto a la Iglesia. En 1850 fue restablecida en Inglaterra la jerarquía católica. Así fue posible iniciar las causas de canonización de numerosos mártires. Tomás Moro, junto con otros 53 mártires, entre ellos el Obispo Juan Fisher, fue beatificado por el Papa León XIII en 1886. Junto con el mismo Obispo, fue canonizado después por Pío XI en 1935, con ocasión del IV centenario de su martirio.

4. Son muchas las razones a favor de la proclamación de santo Tomás Moro como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos. Entre éstas, la necesidad que siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el camino de la verdad en un momento histórico en el que se multiplican arduos desafíos y graves responsabilidades. En efecto, fenómenos económicos muy innovadores están hoy modificando las estructuras sociales. Por otra parte, las conquistas científicas en el sector de las biotecnologías agudizan la exigencia de defender la vida humana en todas sus expresiones, mientras las promesas de una nueva sociedad, propuestas con buenos resultados a una opinión pública desorientada, exigen con urgencia opciones políticas claras en favor de la familia, de los jóvenes, de los ancianos y de los marginados.

En este contexto es útil volver al ejemplo de santo Tomás Moro que se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el Estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con exquisito sentido de equidad; tuteló la familia y la defendió con gran empeño; promovió la educación integral de la juventud. El profundo desprendimiento de honores y riquezas, la humildad serena y jovial, el equilibrado conocimiento de la naturaleza humana y de la vanidad del éxito, así como la seguridad de juicio basada en la fe, le dieron aquella confiada fortaleza interior que lo sostuvo en las adversidades y frente a la muerte. Su santidad, que brilló en el martirio, se forjó a través de toda una vida entera de trabajo y de entrega a Dios y al prójimo.

Refiriéndome a semejantes ejemplos de armonía entre la fe y las obras, en la Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici escribí que “la unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres” (n. 17).

Esta armonía entre lo natural y lo sobrenatural es tal vez el elemento que mejor define la personalidad del gran Estadista inglés. Él vivió su intensa vida pública con sencilla humildad, caracterizada por el célebre “buen humor”, incluso ante la muerte.

Éste es el horizonte a donde le llevó su pasión por la verdad. El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral. Ésta es la luz que iluminó su conciencia. Como ya tuve ocasión de decir, “el hombre es criatura de Dios, y por esto los derechos humanos tienen su origen en Él, se basan en el designio de la creación y se enmarcan en el plan de la Redención. Podría decirse, con expresión atrevida, que los derechos del hombre son también derechos de Dios” (Discurso 7.4.1998, 3).

Y fue precisamente en la defensa de los derechos de la conciencia donde el ejemplo de Tomás Moro brilló con intensa luz. Se puede decir que él vivió de modo singular el valor de una conciencia moral que es “testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma” (Enc. Veritatis splendor, 58). Aunque, por lo que se refiere a su acción contra los herejes, sufrió los límites de la cultura de su tiempo.

El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la Constitución Gaudium et spes, señala cómo en el mundo contemporáneo está creciendo “la conciencia de la excelsa dignidad que corresponde a la persona humana, ya que está por encima de todas las cosas, y sus derechos y deberes son universales e inviolables” (n.26). La historia de santo Tomás Moro ilustra con claridad una verdad fundamental de la ética política. En efecto, la defensa de la libertad de la Iglesia frente a indebidas ingerencias del Estado es, al mismo tiempo, defensa, en nombre de la primacía de la conciencia, de la libertad de la persona frente al poder político. En esto reside el principio fundamental de todo orden civil de acuerdo con la naturaleza del hombre.

5. Confío, por tanto, que la elevación de la eximia figura de santo Tomás Moro como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos ayude al bien de la sociedad. Ésta es, además, una iniciativa en plena sintonía con el espíritu del Gran Jubileo que nos introduce en el tercer milenio cristiano.

Por tanto, después de una madura consideración, acogiendo complacido las peticiones recibidas, constituyo y declaro Patrono de los Gobernantes y de los Políticos a santo Tomás Moro, concediendo que le vengan otorgados todos los honores y privilegios litúrgicos que corresponden, según el derecho, a los Patronos de categorías de personas.

Sea bendito y glorificado Jesucristo, Redentor del hombre, ayer, hoy y siempre.

Roma, junto a San Pedro, el día 31 de octubre de 2000, vigésimo tercero de mi Pontificado

IOANNES PAULUS PP. II

********************************************************************************

Su vida

 

Una tarde de verano, hace ya de esto algunos años, fui a visitar la casa donde vivió Moro -Sir Thomas More- en Chelsea, junto al Támesis.  Texto de Andrés Vázquez de Prada.

De aquellos edificios y de aquel amplio jardín nada queda. Sobre parte del solar construyeron un convento, cuya iglesia fue destruida en uno de los bombardeos de la segunda guerra mundial, y hoy está levantada de nuevo.

En la paz dormida que guardan los locutorios conventuales me enseñaron un trozo de la camisa de áspero pelo que el Canciller de Inglaterra usaba como cilicio. Luego me mostraron un patizuelo y una pequeña huerta. Al fondo, junto al paredón posterior de la iglesia, un moral mantenía, ligeramente inclinado, el peso multisecular de los años: con ramas escasas, con claros en el follaje, con arrugas y grietas en el tronco.

Es tradición que Moro plantó aquel árbol con sus propias manos y que a su vera solía sentarse, gastando bromas a los políticos y humanistas, conversando con los amigos de la casa, socorriendo a los pobres de la vecindad, mientras a su alrededor circulaba la familia y jugueteaban los nietos.

No era tiempo de moras, pero las monjas me aseguraron que el árbol las producía muy sabrosas. Corté un brote del tronco retallecido y salí a pasearme por la orilla del río, que está a unos pasos de la casa.

Era una tarde de domingo. En la quietud del crepúsculo rumiaba yo recuerdos de historia. Río abajo quedaban la City y la Torre de Londres, invisibles en la revuelta del cauce. Por encima del horizonte se apretujaban nubes cárdenas, retintas de sangre. Pasó corriente arriba una gabarra, removiendo un agua turbia de carbonilla y grasa. Revolaban graciosamente unas gaviotas por la ribera de Battersea. A la derecha, el cielo, jaspeado de transparencias y esplendores, tenía nimbos diáfanos de gloria y baño de luces doradas. Del otro lado sangraban arreboles: allá, por la parte de la Torre, de donde salió el ex Canciller hacia el martirio, en Tower Hill, porque junto al río le mataron al Caballero.

He recorrido los lugares que frecuentó Moro: la City, la antigua judería, Westminster, las Inns. He navegado por la corriente del Támesis, que tantas veces cruzó en bote. Visité los sitios en donde transcurrió su niñez, su juventud y su vida madura: Chelsea, Lambeth, Abingdon, Oxford… He leído todas sus obras. Me detuve a meditar en su casa, en la vieja iglesia de Chelsea, en la Torre donde fue encarcelado… Como él, romero, he ido a Muswell, a Greenwich y a Nuestra Señora de Willesden. He perseguido sus reliquias. Y decidí escribir sobre el espíritu gigante -con dimensiones humanas- de aquel hombre.

Un día, camino de San Dunstan de Canterbury, una voz paternal y amiga me animó a rematar el trabajo. Charlando llegamos a la vieja ciudad de Tomás de Becket, el otro mártir inglés de las causas civiles y políticas, asesinado en la catedral.

San Dunstan es una iglesia en manos protestantes. Aquel día, como casi todos, estaba abierta y vacía. En la nave de la derecha, junto a la cabecera del altar mayor, se encuentra la tumba secular de los Roper, con uno de los cuales casó Margarita, la hija mayor de Tomás Moro. Y cuando al degollar a su padre clavaron la cabeza en una pica, a la entrada del puente de Londres, Margarita sobornó al encargado de arrojarla al río y se llevó consigo la reliquia amada y exangüe.

En el suelo del templo había una lápida negra con una inscripción honrosa. Al lado, una vasija con flores, ni frescas ni marchitas. Debajo, la cabeza del mártir nos hablaba al corazón: ¿Qué importa que un hombre pierda su cuerpo si gana su alma?

Qué figura tan amable y tan cercana. En este momento Moro es a los ojos de los hombres lo que fue en sus días a los ojos de sus contemporáneos: un excelso humanista, un juez recto y prestigioso, embajador, consejero y Canciller eximio de Inglaterra; el mejor de los amigos y modelo de padre y esposo. Y es también, ante nosotros, lo que predicó la posteridad: un mártir, y lo que barruntaron quienes le conocían: un santo.

Desde 1935, año de la canonización de Tomás Moro -y en los años posteriores a esa fecha- se han multiplicado los escritos y estudios de su obra y vida. Y se ha establecido científicamente lo que venía repitiéndose de tiempo atrás: que Moro es una de las figuras cumbres de la historia de Inglaterra.

Los protestantes han pretendido presentarle como uno de sus grandes reformadores religiosos, y los socialistas, como precursor del marxismo en su Utopía. Y para los católicos ha sido siempre la figura prócer de la Reforma en Inglaterra, en cuanto mártir, apologista, escritor y gobernante. De manera que hoy su estampa y su recuerdo atraen al cristiano y al ateo, y a la gente de dentro y fuera de la Commonwealth.

A Tomás Moro se le tributa homenaje en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana y rusa; pero hemos olvidado que se halla muy cerca de las vidas de Catalina de Aragón, Carlos V y María Tudor, a quienes personalmente conoció, trató y defendió. Hasta el punto de que Chapuys -el embajador imperial en Londres- escribía al César diciéndole que el Canciller era el mejor amigo que sus partidarios tenían en la isla. Con esta amplia humanidad le vio Luis Vives; así le juzgaron Ribadeneyra, Fernando de Herrera y Quevedo.

No es fácil leer las obras catalogadas y disponibles de Moro, obstáculo que resulta casi insuperable por lo inaccesible de algunas fuentes. Por eso quisiera expresar aquí mi gratitud por las atenciones recibidas en el British Museum de Londres, en la Biblioteca Nacional de Madrid y en el Archivo General de Simancas.

Recorriendo documentos y manuscritos me he parado a entresacar detalles y pensamientos que, a mi entender, tienen valor inestimable para un biógrafo, y que los demás investigadores han pasado por alto. Porque lo que yo persigo en este libro es primordialmente el trazar una semblanza fresca y de nuevo cuño, no empañada por el curso de los años y valedera como ejemplo para nuestro propio quehacer humano.

Sin embargo, la biografía de este hombre no cabe hacerla a la ligera, ya que nos enfrentamos con un espíritu profundo. No es posible tampoco despacharla en breves páginas porque se trata de una vida intensa en los sucesos y cuajada de eficacia. Y, como última razón, por el sugestivo ritmo dramático que encierra, en medio de las luchas políticas y del cisma religioso, bajo el fondo clásico que le presta el remanso tembloroso del humanismo europeo.

La gente de Londres agavilló estos recuerdos y creó en torno a Moro una aureola de leyenda que culminaría en tiempos de Isabel I con un drama llevado a las tablas. Esta obra era producto unido de varios dramaturgos, entre los que probablemente se contaba Shakespeare, rindiendo así tributo popular al mejor de los londinenses.

Y como la historia de los grandes hombres es más interesante y directa que las hipótesis imaginativas o los inventos novelados, fácil es explicarse que, luego de valorar las fuentes en su justo aprecio, venga apoyando este libro con largo aparato de notas. He procurado, con todo, dejar al lector un texto terso y expedito, aunque ampliado con aclaraciones marginales. Así, por diversos motivos, podrán consultarlas el erudito, el desconfiado y el hambriento de información. Y el que quiera puede pasarlas de largo.

He escrito con la cabeza, pero no es sorprendente que al correr de las páginas brote, como un alarido del alma, la voz imperiosa del corazón. Nadie ha podido contenerse, sobre todo al llegar a ese trágico momento en que las mejores plumas desde Erasmo y el cardenal Pole hasta nuestros días se estremecieron rompiendo a entonar el Carmen heroicum in mortem Thomae Mori.

Pero Tomás Moro no ha muerto. Está con nosotros, en medio de nosotros. Como ejemplo vivo para nuestra conducta de cristianos. Como santo que intercede por esos conflictos político-religiosos que devoran el mundo. El es -Morus noster- semilla fecunda de paz y de alegría, como lo fue su paso por la tierra entre su familia y amigos, en el foro, en la cátedra, en la Corte, en las embajadas, en el Parlamento y en el gobierno.

Es también el patrono silencioso de Inglaterra, que derramó su sangre en defensa de la unidad de la Iglesia y del poder espiritual del vicario de Cristo. Y siendo la sangre de los cristianos semilla germinante, la de Tomás Moro va lentamente calando y empapando las almas de quienes a él se acercan imantados por su prestigio, dulzura y fortaleza. Moro será el apóstol silencioso del retorno a la fe de todo un pueblo.

Generoso con su vida, no dejó de serlo después de su muerte. Y creo yo que el Señor concedió que su cuerpo, mutilado y no identificado, reposase como el de un soldado desconocido en el osario de la Torre de Londres. Reliquia no guardada en urna ni arqueta de plata, sino en la encrucijada de la historia y en medio de la City, donde santificó sus tareas terrenales.

Quiera Dios que a su vibración se tense y abrase nuestro espíritu, y que nuestra alma se ensanche a la talla y medida de su persona.

 

Hampstead, 1961

(*) En Sir Tomás Moro. Prólogo a la Primera Edición. Ediciones Rialp.