Los sueños de San Juan Bosco sobre el Infierno


Autor: San Juan Bosco | Fuente: Catholic.net
Los sueños de San Juan Bosco sobre el Infierno
Memorias Biográficas de San Juan Bosco.
Los sueños de San Juan Bosco sobre el Infierno
Los sueños de San Juan Bosco sobre el Infierno

EL FAMOSO SUEÑO DE SAN JUAN BOSCO SOBRE LAS DOS COLUMNAS—AÑO DE 1862

Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo VIl, págs. 169-171) 

El 26 de mayo de 1862 Don Bosco había prometido a sus jóvenes que les narraría algo muy agradable en los últimos días del mes. El 30 de mayo, pues, por la noche les contó una parábola o semejanza según él quiso denominarla. He aquí sus palabras:

«Os quiero contar un sueño. Es cierto que el que sueña no razona; con todo, yo que Os contaría a Vosotros hasta mis pecados si no temiera que salieran huyendo asustados, o que se cayera la casa, les lo voy a contar para su bien espiritual. Este sueño lo tuve hace algunos días. Figúrense que están conmigo a la orilla del mar, o mejor, sobre un escrollo aislado, desde el cual no ven más tierra que la que tienen debajo de los pies. En toda aquella superficie líquida se ve una multitud incontable de naves dispuestas en orden de batalla, cuyas proas terminan en un afilado espolón de hierro a modo de lanza que hiere y traspasa todo aquello contra lo cual llega a chocar. Dichas naves están armadas de cañones, cargadas de fusiles y de armas de diferentes clases; de material incendiario y también de libros (televisión, radio, internet, cine, teatro, prensa), y se dirigen contra otra embarcación mucho más grande y más alta, intentando clavarle el espolón, incendiarla o al menos acerle el mayor daño posible.

A esta majestuosa nave, provista de todo, hacen escolta numerosas navecillas que de ella reciben las órdenes, realizando las oportunas maniobras para defenderse de la flota enemiga. El viento le es adverso y la agitación del mar favorece a los enemigos. En medio de la inmensidad del mar se levantan, sobre las olas, dos robustas columnas, muy altas, poco distante la una de la otra. Sobre una de ellas campea la estatua de la Virgen Inmaculada, a cuyos pies se ve un amplio cartel con esta inscripción: Auxilium Christianorum. Sobre la otra columna, que es mucho más alta y más gruesa, hay una Hostia de tamaño proporcionado al pedestal y debajo de ella otro cartel con estas palabras: Salus credentium. El comandante supremo de la nave mayor, que es el Romano Pontífice, al apreciar el furor de los enemigos y la situación apurada en que se encuentran sus leales, piensa en convocar a su alrededor a los pilotos de las naves subalternas para celebrar consejo y decidir la conducta a seguir. Todos los pilotos suben a la nave capitaneada y se congregan alrededor del Papa. Celebran consejo; pero al comprobar que el viento arrecia cada vez más y que la tempestad es cada vez más violenta, son enviados a tomar nuevamente el mando de sus naves respectivas.

Restablecida por un momento la calma, el Papa reúne por segunda vez a los pilotos, mientras la nave capitana continúa su curso; pero la borrasca se torna nuevamente espantosa. El Pontífice empuña el timón y todos sus esfuerzos van encaminados a dirigir la nave hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas, de cuya parte superior todo en redondo penden numerosas áncoras y gruesas argollas unidas a robustas cadenas. Las naves enemigas dispónense todas a asaltarla, haciendo lo posible por detener su marcha y por hundirla. Unas con los escritos, otras con los libros, con materiales incendiarios de los que cuentan gran abundancia, materiales que intentan arrojar a bordo; otras con los cañones, con los fusiles, con los espolones: el combate se toma cada vez más encarnizado. Las proas enemigas chocan contra ella violentamente, pero sus esfuerzos y su ímpetu resultan inútiles. En vano reanudan el ataque y gastan energías y municiones: la gigantesca nave prosigue segura y serena su camino. A veces sucede que por efecto de las acometidas de que se le hace objeto, muestra en sus flancos una larga y profunda hendidura; pero apenas producido el daño, sopla un viento suave de las dos columnas y las vías de agua se cierran y las brechas desaparecen.

Disparan entretanto los cañones de los asaltantes, y al hacerlo revientan, se rompen los fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones. Muchas naves se abren y se hunden en el mar. Entonces, los enemigos, encendidos de furor comienzan a luchar empleando el arma corta, las manos, los puños, las injurias, las blasfemias, maldiciones, y así continúa el combate. Cuando he aquí que el Papa cae herido gravemente. Inmediatamente los que le acompañan acuden a ayudarle y le levantan. El Pontífice es herido una segunda vez, cae nuevamente y muere. Un grito de victoria y de alegría resuena entre los enemigos; sobre las cubiertas de sus naves reina un júbilo indecible. Pero apenas muerto el Pontífice, otro ocupa el puesto vacante. Los pilotos reunidos lo han elegido inmediatamente; de suerte que la noticia de la muerte del Papa llega con la de la elección de su sucesor. Los enemigos comienzan a desanimarse. El nuevo Pontífice, venciendo y superando todos los obstáculos, guía la nave hacia las dos columnas, y al llegar al espacio comprendido entre ambas, la amarra con una cadena que pende de la proa a un áncora de la columna que ostenta la Hostia; y con otra cadena que pende de la popa la sujeta de la parte opuesta a otra áncora colgada de la columna que sirve de pedestal a la Virgen Inmaculada. Entonces se produce una gran confusión.

Todas las naves que hasta aquel omento habían luchado contra la embarcación capitaneada por el Papa, se dan a la huida, se dispersan, chocan entre sí y se destruyen mutuamente. Unas al hundirse procuran hundir a las demás. Otras navecillas que han combatido valerosamente a las órdenes del Papa, son las primeras en llegar a las columnas donde quedan amarradas. Otras naves, que por miedo al combate se habían retirado y que se encuentran muy distantes, continúan observando prudentemente los acontecimientos, hasta que, al desaparecer en los abismos del mar los restos de las naves destruidas, bogan aceleradamente hacia las dos columnas, llegando a las cuales se aseguran a los garfios pendientes de las mismas y allí permanecen tranquilas y seguras, en compañía de la nave capitana ocupada por el Papa. En el mar reina una calma absoluta. Al llegar a este punto del relato, San Juan Bosco preguntó a Beato Miguel Rúa: —¿Qué piensas de esta narración? Beato Miguel Rúa contestó: —Me parece que la nave del Papa es la Iglesia de la que es Cabeza: las otras naves representan a los hombres y el mar al mundo. Los que defienden a la embarcación del Pontífice son los leales a la Santa Sede; los otros, sus enemigos, que con toda suerte de armas intentan aniquilarla.

Las dos columnas salvadoras me parece que son la devoción a María Santísima y al Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Beato Miguel Rúa no hizo referencia al Papa caído y muerto y San Juan Bosco nada dijo tampoco sobre este particular. Solamente añadió: —Has dicho bien. Solamente habría que corregir una expresión. Las naves de los enemigos son las persecuciones. Se preparan días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha sucedido es casi nada en comparación a lo que tiene que suceder. Los enemigos de la Iglesia están representados por las naves que intentan hundir la nave principal y aniquilarla si pudiesen. ¡Sólo quedan dos medios para salvarse en medio de tanto desconcierto! Devoción a María Santísima. Frecuencia de Sacramentos: Comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros y para hacerlos practicar a los demás siempre y en todo momento. ¡Buenas noches! Las conjeturas que hicieron los jóvenes sobre este sueño fueron muchísimas, especialmente en lo referente al Papa; pero Don Bosco no añadió ninguna otra explicación. Cuarenta y ocho años después —en A.D. 1907— el antiguo alumno, canónigo Don Juan Ma. Bourlot, recordaba perfectamente las palabras de San JuanBosco. Hemos de concluir diciendo que César Chiala y sus compañeros, consideraron este sueño como una verdadera visión o profecía.

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO SOBRE EL INFIERNO— A.D. 1860

Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo IX, págs. 166-181)

En la noche del domingo tres de mayo, festividad del Patrocinio de San José, Don Bosco prosiguió el relato de cuanto había visto en los sueños:

— Debo contarles otra cosa — comenzó diciendo— que puede considerarse como consecuencia o continuación de cuanto les referí en las noches del jueves y delviernes, que me dejaron tan quebrantado que apenas si me podía tener en pie. Ustedes las pueden llamar sueños o como quieran; en suma, le pueden dar el nombre que les parezca.

Les hablé de un sapo espantoso que en la noche del 17 de abril amenazaba tragarme y cómo al desaparecer, una voz me dijo: — ¿Por qué no hablas? —Yo me volví hacia el lugar de donde había partido la voz y vi junto mi lecho a un personaje distinguido. Como hubiese entendido el motivo de aquel reproche, le pregunté: — ¿Qué debo decir a nuestros jóvenes?

— Lo que has visto y cuanto se te ha indicado en los últimos sueños y lo que deseas conocer, que te será revelado la noche próxima. Y se retiró. Yo, pues, al día siguiente pensaba continuamente en la mala noche que tendría que pasar y al llegar la hora no me determinaba a irme a acostar. Y así estuve en mi mesa de trabajo entretenido en algunas lecturas hasta la medianoche. Me llenaba de terror la idea de tener que contemplar nuevos espectáculos espantosos. Al fin, haciéndome violencia, me acosté.

Para no dormirme tan pronto, y por temor a que la imaginación me enfrascara en los sueños acostumbrados, dispuse la almohada de tal forma que estaba en el lecho casi sentado. Pero pronto, cansado como estaba, me dormí sin darme cuenta. Y he aquí que de pronto veo en la habitación, cerca de la cama, al hombre de la noche precedente, el cual me dijo:

—¡Levántate y vente conmigo! Yo le contesté: —Se lo pido por caridad. Déjeme tranquilo, estoy cansado. ¡Mire! Hace varios días que sufro de dolor de muelas. Déjeme descansar. He tenido unos sueños, espantosos y estoy verdaderamente agotado. Y decía estas cosas porque la aparición de este hombre es siempre indicio de grandes agitaciones, de cansancio y de terror. El tal me respondió: —¡Levántate, que no hay tiempo que perder! Entonces me levanté y lo seguí. Mientras caminábamos le pregunté: —¿Adonde quiere llevarme ahora? —Ven y lo verás. Y me condujo a un lugar en el cual se extendía una amplia llanura. Dirigí la mirada a mi alrededor, pero aquella región era tan grande que no se distinguían los confines de la misma. Era un vasto desierto. No se veía ni un alma viviente, ni una planta, ni un riachuelo; un poco de vegetación seca y amarillenta daba a aquella desolación un aspecto de tristeza. No sabía ni dónde me encontraba, ¿ ni qué era lo que iba a hacer. Durante unos instantes no vi a mi guía. Me pareció haberme perdido. No estaban conmigo ni Don Rua ni Don Francesia ni ningún otro.

Cuando he aquí que diviso a mi amigo que me sale al encuentro. Respiré y dije: —¿Dónde estoy? —Ven conmigo y lo sabrás. —Bien; iré contigo. El iba delante y yo le seguía sin chistar. (Después de un largo y triste viaje, San Juan Bosco, al pensar que tenía que atravesar una tan dilatada llanura pensaba para sí:) —¡Ay mis pobres muelas! Pobre de mí, con las piernas tan hinchadas… Pero, de pronto, se abrió ante mí un camino. Entonces interrumpí el silencio preguntando a mi guía: —¿Adonde vamos a ir ahora? —Por aquí— me dijo. Y penetramos por aquel camino. Era una senda hermosa, ancha, espaciosa y bien pavimentada. De un lado y de otro la flanqueaban dos magníficos setos verdes cubiertos de hermosas flores. En especial despuntaban las rosas entre las hojas por todas partes. Aquel sendero, a primera vista, parecía llano y cómodo, y yo me eché a andar por él sin sospechar nada. Pero después de caminar un trecho me di cuenta de que insensiblemente se iba haciendo cuesta abajo y aunque la marcha no parecía precipitada, yo corría con tanta facilidad que me parecía ir por el aire. Incluso noté que avanzaba casi sin mover los pies.

Nuestra marcha era, pues, veloz. Pensando entonces que el volver atrás por un camino semejante hubiera sido cosa fatigosa y cansada, dije a mi amigo: —¿Cómo haremos para regresar al Oratorio? —No te preocupes —me dijo—, el Señor es omnipotente y querrá que vuelvas a él. El que te conduce y te enseña a proseguir adelante, sabrá también llevarte hacia atrás. El camino descendía cada vez más. Proseguíamos la marcha entre las flores y las rosas cuando vi que me seguían por el mismo sendero todos los jóvenes del Oratorio y otros numerosísimos compañeros a los cuales ya jamás había visto. Pronto me encontré en medio de ellos. Mientras los observaba veo que de repente, ora uno otra otro, comienzan a caer al suelo, siendo arrastrados por una fuerza invisible que los llevaba hacia una horrible pendiente que se veía aún en lontananza y que conducía a aquellos infelices de cabeza a un horno. —¿Qué es lo que hace caer a estos jóvenes?— pregunté al guía. —Acércate un poco— me respondió. Me acerqué y pude comprobar que los jóvenes pasaban entre muchos lazos, algunos de los cuales estaban al ras del suelo y otros a la altura de la cabeza; estos lazos no se veían. Por tanto, muchos de los muchachos al andar quedaban presos por aquellos lazos, sin darse cuenta del peligro, y en el momento de caer en ellos daban un salto y después rodaban al suelo con las piernas en alto y cuando se levantaban corrían precipitadamente hacia el abismo. Algunos quedaban presos, prendidos por la cabeza, por una pierna, por el cuello, por las manos, por un brazo, por la cintura, e inmediatamente eran lanzados hacia la pendiente.

Los lazos colocados en el suelo parecían de estopa, apenas visibles, semejantes a los hilos de la araña y, al parecer, inofensivos. Y con todo, pude observar que los jóvenes por ellos prendidos caían a tierra. Yo estaba atónito, y el guía me dijo: —¿Sabes qué es esto? —Un poco de estopa— respondí. —Te diría que no es nada —añadió—; el respeto humano, simplemente. Entretanto, al ver que eran muchos los que continuaban cayendo en aquellos lazos, le pregunté al desconocido: —¿Cómo es que son tantos los que quedan prendidos en esos hilos? ¿Qué es lo que los arrastra de esa manera? Y él: —Acércate más; obsérvalo bien y lo verás. Lo hice y añadí: —Yo no veo nada. —Mira mejor— me dijo el guía. Tomé, en efecto, uno de aquellos lazos en la mano y pude comprobar que no daba con el otro extremo; por el contrario, me di cuenta de que yo también era arrastrado por él. Entonces seguí la dirección del hilo y llegué a la boca de una espantosa caverna. Y me detuve porque no quería penetrar en aquella vorágine y tiré hacia mí de aquel hilo y noté que cedía, pero había que hacer mucha fuerza. Y he aquí que después de haber tirado mucho, salió fuera, poco a poco, un horrible monstruo que infundía espanto, el cual mantenía fuertemente cogido con sus garras la extremidad de una cuerda a la que estaban ligados todos aquellos hilos. Era este monstruo quien apenas caía uno en aquellas redes lo arrastraba inmediatamente hacia sí. Entonces me dije: —Es inútil intentar hacer frente a la fuerza de este animal, pues no lograré vencerlo; será mejor combatirlo con la señal de la Santa Cruz y con jaculatorias.

Me volví, por tanto, junto a mi guía, el cual me dijo: —¿Sabes ya quién es? —¡Oh, sí que lo sé!, —le respondí—. Es el Demonio quien tiende estos lazos para hacer caer a mis jóvenes en el infierno. Examiné con atención los lazos y vi que cada uno llevaba escrito su propio título: el lazo de la soberbia, de la desobediencia, de la envidia, del sexto mandamiento, del hurto, de la gula, de la pereza, de la ira, etc. Hecho esto me eché un poco hacia atrás para ver cuál de aquellos lazos era el que causaba mayor número de víctimas entre los jóvenes, y pude comprobar que era el de la deshonestidad (impureza), la desobediencia y la soberbia. A este último iban atados otros dos. Después de esto vi otros lazos que causaban grandes estragos, pero no tanto como los dos primeros. Desde mi puesto de observación vi a muchos jóvenes que corrían a mayor velocidad que los demás. Y pregunté: —¿Por qué esta diferencia? —Porque son arrastrados por los lazos del respeto humano— me fue respondido. Mirando aún con mayor atención vi que entre aquellos lazos había esparcidos muchos cuchillos, que manejados por una mano providencial cortaban o rompían los hilos. El cuchillo más grande procedía contra el lazo de la soberbia y simbolizaba la meditación. Otro cuchillo, también muy grande, pero no tanto como el primero, significaba la lectura espiritual bien hecha. Había también dos espadas. Una de ellas representaba la devoción al Santísimo Sacramento, especialmente mediante la comunión frecuente; otra, la devoción a la Virgen María. Había, además, un martillo: la confesión; y otros cuchillos símbolos de las varias devociones a San José, a San Luis, etc., etc.

Con estas armas no pocos rompían los lazos al quedar prendidos en ellos, o se defendían para no ser víctimas de los mismos. En efecto, vi a dos jóvenes que pasaban entre aquellos lazos de forma que jamás quedaban presos en ellos; bien lo hacían antes de que el lazo estuviese tendido, y si lo hacían cuando éste estaba ya preparado, sabían sortearlo de forma que les caía sobre los hombros, o sobre las espaldas, o en otro lado diferente sin lograr capturarlos.Cuando el guía se dio cuenta de que lo había observado todo, me hizo continuar el camino flanqueado de rosas; pero a medida que avanzaba, las rosas de los linderos eran cada vez más raras, empezando a aparecer punzantes espinas. Finalmente, por mucho que me fijé no descubrí ni una rosa y, en el último tramo, el seto se había tornado completamente espinoso, quemado por el sol y desprovisto de hojas; después, de los matorrales ralos y secos, partían ramajes que al tenderse por el suelo lo cubrían, sembrándolo de espinas de tal forma que difícilmente se podía caminar. Habíamos llegado a una hondonada cuyos acantilados ocultaban todas las regiones circundantes; y el camino, que descendía cada vez de una manera más pronunciada, se hacía tan horrible, tan poco firme y tan lleno de baches, de salientes, de guijarros y de piedras rodadas, que dificultaba cada vez más la marcha. Había perdido ya de vista a todos mis jóvenes; muchísimos de ellos habían logrado salir de aquella senda insidiosa, dirigiéndose por otros atajos.

Yo continué adelante. Cuanto más avanzaba más áspera era la bajada y más pronunciada, de forma que algunas veces me resbalaba, cayendo al suelo, donde permanecía sentado un rato para tomar un poco de aliento. De cuando en cuando el guía acudía en mi auxilio y me ayudaba a levantarme. A cada paso se me encogían los tendones y me parecía que se me iban a descoyuntar los huesos de las piernas. Entonces dije anhelante a mí guía: —Querido, las iernas se niegan a sostenerme. Me encuentro tan falto de fuerzas que no será posible continuar el viaje. El guía no me contestó, sino que, animándome, prosiguió su camino, hasta que al verme cubierto de sudor y víctima de un cansancio mortal, me llevó a un pequeño promontorio que se alzaba en el mismo camino. Me senté, lancé un hondo suspiro y me pareció haber descansado suficientemente. Entretanto observaba el camino que había recorrido ya; parecía cortado a pico, cubierto de guijarros y de piedras puntiagudas. Consideraba también el camino que me quedaba por recorrer, cerrando los ojos de espanto, exclamando: —Volvamos atrás, por caridad. Si seguimos adelante, ¿cómo haremos para llegar al Oratorio? ¡Es imposible que yo pueda emprender después esta subida! Y el guía me contestó resueltamente: —Ahora que hemos llegado aquí, ¿quieres quedarte solo? Ante esta amenaza repliqué en tono suplicante: —¿Sin ti cómo podría volver atrás o continuar el viaje? —Pues bien, sigúeme— añadió el guía. Me levanté y continuamos bajando.

El camino era cada vez más horriblemente pedregoso, de forma que apenas si podía permanecer de pie. Y he aquí que al fondo de este precipicio, que terminaba en un oscuro valle, aparece un edificio inmenso que mostraba ante nuestro camino una puerta altísima y cerrada. Llegamos al fondo del precipicio. Un calor sofocante me oprimía y una espesa humareda, de color verdoso, se elevaba sobre aquellos murallones recubiertos de sanguinolentas llamas de fuego. Levanté mis ojos a aquellas murallas y pude comprobar que eran altas como una montaña y más aún. San Juan Bosco preguntó al guía: —¿Dónde nos encontramos? ¿Qué es esto? —Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta —me respondió— , y la inscripción te hará comprender dónde estamos. Miré y sobre la puerta se leía: Ubi non est redemptio. Me di cuenta de que estábamos a las puertas del infierno. El guía me acompañó a dar una vuelta alrededor de los muros de aquella horrible ciudad. De cuando en cuando, a una regular distancia, se veía una puerta de bronce, como la primera, al pie de una peligrosa bajada, y cada una de ellas tenía encima una inscripción diferente. Discedite, maledicti, in ignem aeternum qui paratus est diabolo et angelis eius… Omnis arbor quae non facit fructum bonum excidetur et in ignem mittetur.

Yo saqué la libreta para anotar aquellas inscripciones, pero el guía me dijo: —¡Detente! ¿Qué haces? —Voy a tomar nota de esas inscripciones. —No hace falta: las tienes todas en la Sagrada Escritura; incluso tú has hecho grabar algunas bajo los pórticos. Ante semejante espectáculo habría preferido volver atrás y encaminarme al Oratorio, pero el guía no se volvió, a pesar de que yo había dado ya algunos pasos en sentido contrario al que habíamos llevado hasta entonces. Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nos encontramos nuevamente al pie del camino pendiente que habíamos recorrido y delante de la puerta que vimos en primer lugar. De pronto el guía se volvió hacia atrás con el rostro demudado y sombrío, me indicó con la mano que me retirara, diciéndome al mismo tiempo: —¡Mira! Tembloroso, miré hacia arriba y, a cierta distancia, vi que por aquel camino en declive bajaba uno a toda velocidad. Conforme se iba acercando intenté identificarlo y finalmente pude reconocer en él a uno de mis jóvenes. Llevaba los cabellos desgreñados, en parte erizados sobre la cabeza y en parte echados hacia atrás por efecto del viento y los brazos tendidos hacia adelante, en actitud como de quien nada para salvarse del naufragio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba continuamente con los guijarros salientes del camino y aquellas piedras servían para darle un mayor impulso en la carrera. —Corramos, detengámoslo, ayudémosle— gritaba yo tendiendo las manos hacia él. Y el guía: —No; déjalo. —¿Y por qué no puedo detenerlo? —¿No sabes lo tremenda que es la venganza de Dios? ¿Crees que podrías detener a uno que huye de la ira encendida del Señor? Entretanto aquel joven, volviendo la cabeza hacia atrás y mirando con los ojos encendidos si la ira de Dios le seguía siempre, corría precipitadamente hacia el fondo del camino, como si no hubiese encontrado en su huida otra solución que ir a dar contra aquella puerta de bronce. —¿Y por qué mira hacia atrás con esa cara de espanto?, — pregunte yo—. —Porque la ira de Dios traspasa todas las puertas del infierno e irá a atormentarle aún en medio del fuego.

En efecto, como consecuencia de aquel choque, entre un ruido de cadenas, la puerta se abrió de par en par. Y tras ella se abrieron al mismo tiempo, haciendo un horrible fragor, dos, diez, cien, mil, otras puertas impulsadas por el choque del joven, que era arrastrado por un torbellino invisible, irresistible, velocísimo. Todas aquellas puertas de bronce, que estaban una delante de otra, aunque a gran distancia, permanecieron abiertas por un instante y yo vi, allá a lo lejos, muy lejos, como la boca de un horno, y mientras el joven se precipitaba en aquella vorágine pude observar que de ella se elevaban numerosos globos de fuego. Y las puertas volvieron a cerrarse con la misma rapidez con que se habían abierto. Entonces yo tomé la libreta para apuntar el nombre y el apellido de aquel infeliz, pero el guía me tomó del brazo y me dijo: —Detente —me ordenó— y observa de nuevo. Lo hice y pude ver un nuevo espectáculo. Vi bajar precipitadamente por la misma senda a tres jóvenes de nuestras casas que en forma de tres peñascos rodaban rapidísimamente uno detrás del otro. Iban con los brazos abiertos y gritaban de espanto. Llegaron al fondo y fueron a chocar con la primera puerta. San Juan Bosco al instante conoció a los tres. Y la puerta se abrió y después de ella las otras mil; los jóvenes fueron empujados a aquella larguísima galería, se oyó un prolongado ruido infernal que se alejaba cada vez más, y aquellos infelices desaparecieron y las puertas se cerraron.

Muchos otros cayeron después de éstos de cuando en cuando… Vi precipitarse en el infierno a un pobrecillo impulsado por los empujones de un pérfido compañero. Otros caían solos, otros acompañados; otros cogidos del brazo, otros separados, pero próximos. Todos llevaban escrito en la frente el propio pecado. Yo los llamaba afanosamente mientras caían en aquel lugar. Pero ellos no me oían, retumbaban las puertas infernales al abrirse y al cerrarse se hacía un silencio de muerte. —He aquí las causas principales de tantas ruinas eternas —exclamó mi guía—: los compañeros, las malas lecturas (y malos programas de televisión e internet e impureza y pornografía y anticonceptivos y fornicación y adulterios y sodomía y asesinatos de aborto y herejías) y las perversas costumbres. Los lazos que habíamos visto al principio eran los que arrastraban a los jóvenes al precipicio. Al ver caer a tantos de ellos, dije con acento de desesperación: —Entonces es inútil que trabajemos en nuestros colegios, si son tantos los jóvenes que tienen este fin. ¿No habrá manera de remediar la ruina de estas almas? Y el guía me contestó: —Este es el estado actual en que se encuentran y si mueren en él vendrán a parar aquí sin remedio. —¡Oh, déjame anotar los nombres para que yo les pueda avisar y ponerlos en la senda que conduce al Paraíso! —¿Y crees tú que algunos se corregirían si les avisaras? Al principio el aviso les impresionará; después no harán bcaso, diciendo: se trata de un sueño. Y se tornarán peores que antes. Otros, al verse descubiertos, frecuentarán los Sacramentos, pero no de una manera spontánea y meritoria, porque no proceden rectamente.

Otros se confesarán por un temor pasajero a caer en el infierno, pero seguirán con el corazón apegado al pecado. —¿Entonces para estos desgraciados no hay remisión? Dame algún aviso para que puedan salvarse. —Helo aquí: tienen los superiores, que los obedezcan; tienen el reglamento, que lo observen; tienen los Sacramentos, que los frecuenten. Entretanto, como se precipitase al abismo un nuevo grupo de jóvenes, las puertas permanecieron abiertas durante un instante y: —Entra tú también— me dijo el guía. Yo me eché atrás horrorizado. Estaba impaciente por regresar al Oratorio para avisar a los jóvenes y detenerles en aquel camino; para que no siguieran rodando hacia la perdición. Pero el guía me volvió a insistir: —Ven, que aprenderás más de una cosa. Pero antes dime: ¿Quieres proseguir solo o acompañado? Esto me lo dijo para que yo reconociese la insuficiencia de mis fuerzas y al mismo tiempo la necesidad de su benévola asistencia; a lo que contesté: —¿Me he de quedar solo en ese lugar de horror? ¿Sin el consuelo de tu bondad? ¿Y quién me enseñará el camino del retorno? Y de pronto me sentí lleno de valor pensando para mí: —Antes de ir al infierno es necesario pasar por el juicio y yo no me he presentado todavía ante el Juez Supremo.

Después exclamé resueltamente: —¡Entremos, pues! Y penetramos en aquel estrecho y horrible corredor. Corríamos con la velocidad del rayo. Sobre cada una de las puertas del interior lucía con luz velada una inscripción amenazadora. Cuando terminamos de recorrerlo desembocamos en un amplio y tétrico patio, al fondo del cual se veía una rústica portezuela, cuyas hojas eran de un grosor como jamás había visto y encima de la cual se leía esta inscripción: Ibunt impii in ignem aeternum. Los muros en todo su perímetro estaban recubiertos de inscripciones. Yo pedí a mi guía permiso para leerlas y éste me contestó: —Haz como te plazca. Entonces lo examiné todo. En cierto sitio vi escrito lo siguiente: Dabo ignem in carnes eorum ut comburantur in sempiternum. Cruciabuntur die ac nocte in saecula saeculorum. Y en otro lugar: Hic univérsitas malorum per omnia saecula saeculorum. En otros: Nullus est hic ordo, sed horror sempiternus inhabitat. — Fumus tormentorum suorum in aeternum ascendit. —Non est pax impiis. — Clamor et stridor dentium. Mientras yo daba la vuelta alrededor de los muros leyendo estas inscripciones, el guía, que se había quedado en el centro del patio, se acercó a mí y me dijo: —Desde ahora en adelante nadie podrá tener un compañero que le ayude, un amigo que le consuele, un corazón que le ame, una mirada compasiva, una palabra benévola: hemos pasado la línea. ¿Tú quieres ver o probar? —Quiero ver solamente— respondí. —Ven, pues, conmigo— añadió el amigo, y tomándome de la mano me condujo ante aquella puertecilla y la abrió. Esta ponía en comunicación con un corredor en cuyo fondo había una gran cueva cerrada por una larga ventana con un solo cristal que llegaba desde el suelo hasta la bóveda y a través del cual se podía mirar dentro. Atravesé el dintel y avanzando un paso me detuve preso de un terror indescriptible. Vi ante mis ojos una especie de caverna inmensa que se perdía en las profundidades cavadas en las entrañas de los montes, todas llenas de fuego, pero no como el que vemos en la tierra con sus llamas movibles, sino de una forma tal que todo lo dejaba incandescente y blanco a causa de la elevada temperatura. Muros, bóvedas, pavimento, herraje, piedras, madera, carbón; todo estaba blanco y brillante. Aquel fuego sobrepasaba en calores millares y millares de veces al fuego de la tierra sin consumir ni reducir a cenizas nada de cuanto tocaba.

Me sería imposible describir esta caverna en toda su espantosa realidad. Mientras miraba atónito aquel lugar de tormento veo llegar con indecible ímpetu un joven que casi no se daba cuenta de nada, lanzando un grito agudísimo, como quien estaba para caer en un lago de bronce hecho líquido, y que precipitándose en el centro, se torna blanco como toda la caverna y queda inmóvil, mientras que por un momento resonaba en el ambiente el eco de su voz mortecina. Lleno de horror contemplé un instante a aquel desgraciado y me pareció uno del Oratorio, uno de mis hijos. —Pero ¿este no es uno de mis jóvenes?, —pregunté al guía—. ¿No es fulano? —Sí, sí— me respondió. —¿Y por qué no cambia de posición? ¿Por qué está incandescente sin consumirse? Y él: —Tú elegiste el ver y por eso ahora no debes hablar; observa y verás. Por lo demás omnis enim igne salietur et omnis victima sale salietur. Apenas si había vuelto la cara y he aquí otro joven con una furia desesperada y a grandísima velocidad que corre y se precipita a la misma caverna. También éste pertenecía al Oratorio. Apenas cayó no se movió más. Este también lanzó un grito de dolor y su voz se confundió con el último murmullo del grito del que había caído antes. Después llegaron con la misma precipitación otros, cuyo número fue en aumento y todos lanzaban el mismo grito y permanecían inmóviles, incandescentes, como los que les habían precedido. Yo observé que el primero se había quedado con una mano en el aire y un pie igualmente suspendido en alto. El segundo quedó como encorvado hacia la tierra.

Algunos tenían los pies por alto, otros el rostro pegado al suelo. Quiénes estaban casi suspendidos sosteniéndose de un solo pie o de una sola mano; no faltaban los que estaban sentados o tirados; unos apoyados sobre un lado, otros de pie o de rodillas, con las manos entre los cabellos. Había, en suma, una larga fila de muchachos, como estatuas en posiciones muy dolorosas. Vinieron aún otros muchos a aquel horno, parte me eran conocidos y parte desconocidos. Me recordé entonces de lo que dice la Biblia, que según se cae la primera vez en el infierno así se permanecerá para siempre: Lignum, in quocumque loco cecíderit, ibi erit. Al notar que aumentaba en mí el espanto, pregunté al guía: —¿Pero éstos, al correr con tanta velocidad, no se dan cuenta que vienen a parar aquí? —¡Oh!, sí que saben que van al fuego; les avisaron mil veces, pero siguen corriendo voluntariamente al no detestar el pecado y al no quererlo abandonar, al despreciar y rechazar la Misericordia de Dios que los llama a penitencia, y, por tanto, la justicia Divina, al ser provocada por ellos, los empuja, les insta, los persigue y no se pueden parar hasta llegar a este lugar. —¡Oh, qué terrible debe de ser la desesperación de estos desgraciados que no tienen ya esperanza de salir de aquí!—, exclamé. —¿Quieres conocer la furia íntima y el frenesí de sus almas? Pues, acércate un poco más—, me dijo el guía.

Di algunos pasos hacia adelante y acercándome a la ventana vi que muchos de aquellos miserables se propinaban mutuamente tremendos golpes, causándose terribles heridas, que se mordían como perros rabiosos; otros se arañaban el rostro, se destrozaban las manos, se arrancaban las carnes arrojando con despecho los pedazos por el aire. Entonces toda la cobertura de aquella cueva se había trocado como de cristal a través del cual se divisaba un trozo de cielo y las figuras luminosas de los compañeros que se habían salvado para siempre. Y aquellos condenados rechinaban los dientes de feroz envidia, respirando afanosamente, porque en vida hicieron a los justos blanco de sus burlas. Yo pregunté al guía: —Dime, ¿por qué no oigo ninguna voz? —Acércate más— me gritó. Me aproximé al cristal de la ventana y oí cómo unos gritaban y lloraban entre horribles contorsiones; otros blasfemaban e imprecaban a los Santos. Era un tumulto de voces y de gritos estridentes y confusos que me indujo a preguntar a mi amigo: —¿Qué es lo que dicen? ¿Qué es lo que gritan? Y él: —Al recordar la suerte de sus buenos compañeros se ven obligados a confesar: Nos insensatii vitam illorum aestimabamus insaniam et finem illorum sine honore. Ecce quómodo computati sunt ínter filios Dei et ínter sanctos sors illorum est. Ergo errávimus a via veritatis. Por eso gritan: Lassati sumus in via iniquitatis et perditionis. Erravimus per vias difficiles, viam autem Domini ignoravimus. Quid nobis profuit superbia? Transierunt omnia illa tamquam umbra. Estos son los cánticos lúgubres que resonarán aquí por toda la eternidad. Pero gritos, esfuerzos, llantos son ya completamente inútiles. Omnis dolor irruet super eos! Aquí no cuenta el tiempo, aquí sólo impera la eternidad. Mientras lleno de horror contemplaba el estado de muchos de mis jóvenes, de pronto una idea floreció en mi mente. —¿Cómo es posible —dije— que los que se encuentran aquí estén todos condenados? Esos jóvenes, ayer por la noche estaban aún vivos en el Oratorio. Y el guía me contestó:

—Todos ésos que ves ahí son los que han muerto a la gracia de Dios y si les sorprendiera la muerte y si continuasen obrando como al presente, se condenarían. Pero no perdamos tiempo, prosigamos adelante. Y me alejó de aquel lugar por un corredor que descendía a un profundo subterráneo conduciendo a otro aún más bajo, a cuya entrada se leían estas palabras: Vermis eorum non moritur, et ignis non extinguitur… Dabit Dominus omnipotens ignem et vermes in carnes eorum, ut urantur et sentiant usque in sempiternum. Aquí se veían los atroces remordimientos de los que fueron educados en nuestras casas. El recuerdo de todos y cada uno de los pecados no perdonados y de la justa condenación; de haber tenido mil medios y muchos extraordinarios para convertirse al Señor, para perseverar en el bien, para ganarse el Paraíso. El recuerdo de tantas gracias y promesas concedidas y hechas a María Santísima y no correspondidas. ¡El haberse podido salvar a costa de un pequeño sacrificio y, en cambio, estar condenado para siempre! ¡Recordar tantos buenos propósitos hechos y no mantenidos! ¡Ah! De buenas intenciones completamente ineficaces está lleno el infierno, dice el proverbio. Y allí volví a contemplar a todos los jóvenes del Oratorio que había visto poco antes en el horno, algunos de los cuales me están escuchando ahora, otros estuvieron aquí con nosotros y a otros muchos no los conocía. Me adelanté y observé que odos estaban cubiertos de gusanos y de asquerosos insectos que les devoraban y consumían el corazón, los ojos, las manos, las piernas, los brazos y todos los miembros, dejándolos en un estado tan miserable que no encuentro palabras para describirlo.

Aquellos desgraciados permanecían inmóviles, expuestos a toda suerte de molestias, sin poderse defender de ellas en modo alguno. Yo avancé un poco más, acercándome para que me viesen, con la esperanza de poderles hablar y de que me dijesen algo, pero ellos no solamente no me hablaron sino que ni siquiera me miraron. Pregunté entonces al guía la causa de esto y me fue respondido que en el otro mundo no existe libertad alguna para los condenados: cada uno soporta allí todo el peso del castigo de Dios sin variación alguna de estado y no puede ser de otra manera. Y añadió: —Ahora es necesario que desciendas tú a esa región de fuego que acabas de contemplar. —¡No, no!, —repliqué aterrado—. Para ir al infierno es necesario pasar antes por el juicio, y yo no he sido juzgado aún. ¡Por tanto no quiero ir al infierno! —Dime —observó mi amigo—, ¿te parece mejor ir al infierno y libertar a tus jóvenes o permanecer fuera de él abandonándolos en medio de tantos tormentos? Desconcertado con esta propuesta, respondí: —¡Oh, yo amo mucho a mis queridos jóvenes y deseo que todos se salven! ¿Pero, no podríamos hacer de manera que no tuviésemos que ir a ese lugar de tormento ni yo ni los demás? —Bien —contestó mi amigo—, aún estás a tiempo, como también lo están ellos, con tal que tú hagas cuanto puedas. Mi corazón se ensanchó al escuchar tales palabras y me dije inmediatamente: Poco importa el trabajo con tal de poder librar a mis queridos hijos de tantos tormentos. —Ven, pues —continuó mi guía—, y observa una prueba de la bondad y de la Misericordia de Dios, que pone en juego mil medios para inducir a penitencia a tus jóvenes y salvarlos de la muerte eterna. Y tomándome de la mano me introdujo en la caverna. Apenas puse el pie en ella me encontré de improviso transportado a una sala magnífica con puertas de cristal. Sobre ésta, a regular distancia, pendían unos largos velos que cubrían otros tantos departamentos que comunicaban con la caverna.

El guía me señaló uno de aquellos velos sobre el cual se veía escrito: Sexto Mandamiento; y exclamó: —La falta contra este Mandamiento: he aquí la causa de la ruina eterna de tantos jóvenes. —Pero ¿no se han confesado? —Se han confesado, pero las culpas contra la bella virtud las han confesado mal o las han callado de propósito. Por ejemplo: uno, que cometió cuatro o cinco pecados de esta clase, dijo que sólo había faltado dos o tres veces. Hay algunos que cometieron un pecado impuro en la niñez y sintieron siempre vergüenza de confesarlo, o lo confesaron mal o no lo dijeron todo. Otros no tuvieron el dolor o el propósito suficiente. Incluso algunos, en lugar de hacer el examen, estudiaron la manera de engañar al confesor. Y el que muere con tal resolución lo único que consigue es contarse en el número de los réprobos por toda la eternidad. Solamente los que, arrepentidos de corazón, mueren con la esperanza de la eterna salvación, serán eternamente felices. ¿Quieres ver ahora por qué te ha conducido hasta aquí la Misericordia de Dios? Levantó un velo y vi un grupo de jóvenes del Oratorio, todos los cuales me eran conocidos, que habían sido condenados por esta culpa. Entre ellos había algunos que ahora, en apariencia, observan buena conducta. —Al menos ahora —le supliqué— me dejarás escribir los nombres de esos jóvenes para poder avisarles en particular. —No hace falta— me respondió. —Entonces, ¿qué les debo decir? —Predica siempre y en todas partes contra la inmodestia. Basta avisarles de una manera general y no olvides que aunque lo hicieras particularmente, te harían mil promesas, pero no siempre sinceramente. Para conseguir un propósito decidido se necesita la gracia de Dios, la cual no faltará nunca a tus jóvenes si ellos se la piden.

Dios es tan bueno que manifiesta especialmente su poder en el compadecer y en perdonar. Oración y sacrificio, pues, por tu parte. Y los jóvenes que escuchen tus amonestaciones y enseñanzas, que pregunten a sus conciencias y éstas les dirán lo que deben hacer. Y seguidamente continuó hablando por espacio de casi media hora sobre las condiciones necesarias para hacer una buena confesión. El guía repitió después varias veces en voz alta: —Avertere!… Avertere!… —¿Qué quiere decir eso? —¡Que cambien de vida!… ¡Que cambien de vida!… Yo, confundido ante esta revelación, incliné la cabeza y estaba para retirarme cuando el desconocido me volvió a llamar y me dijo: —Todavía no lo has visto todo. Y volviéndose hacia otra parte levantó otro gran velo sobre el cual estaba escrito: Qui volunt díuites fieri, íncidunt in tentationem et láqueum diáboli. Leí esta sentencia y dije: —Esto no interesa a mis jóvenes, porque son pobres, como yo; nosotros no somos ricos ni buscamos las riquezas. ¡Ni siquiera nos pasa por la imaginación semejante deseo!

Al correr el velo vi al fondo cierto número de jóvenes, todos conocidos, que sufrían como los primeros que contemplé, y el guía me contestó: —Sí, también interesa esa sentencia a tus muchachos. —Explícame entonces el significado del término divites. Y él: —Por ejemplo, algunos de tus jóvenes tienen el corazón apegado a un objeto material, de forma que este afecto desordenado le aparta del amor a Dios, faltando, por tanto, a la piedad y a la mansedumbre. No sólo se puede pervertir el corazón con el uso de las riquezas, sino también con el deseo inmoderado de las mismas, tanto más si este deseo va contra la virtud de la justicia. Tus jóvenes son pobres, pero has de saber que la gula y el ocio son malos consejeros. Hay algunos que en el propio pueblo se hicieron culpables de hurtos considerables y a pesar de que pueden hacerlo no se han preocupado de restituir. Hay quienes piensan en abrir con las ganzúas la despensa y quien intenta penetrar en la habitación del Prefecto o del Ecónomo; quienes registran los baúles de los compañeros para apoderarse de comestibles, dinero y otros objetos; quien hace acopio de cuadernos y de libros para su uso… Y después de decirme el nombre de estos y de otros más, continuó: —Algunos se encuentran aquí por haberse apropiado de prendas de vestir, de ropa blanca, de mantas y manteles que pertenecían al Oratorio, para mandarlas a sus casas. Algunos, por algún otro grave daño que ocasionaron voluntariamente y no lo repararon. Otros, por no haber restituido objetos y cosa que habían pedido a título de préstamo, o por haber retenido sumas de dinero que les habían sido confiadas para que las entregasen al Superior.

Y concluyó diciendo: —Y puesto que conoces el nombre de los tales, avísales, diles que desechen los deseos inútiles y nocivos; que sean obedientes a la ley de Dios y celosos del propio honor, de otra forma la codicia los llevará a mayores excesos, que les sumergirán en el dolor, en la muerte y en la perdición. Yo no me explicaba cómo por ciertas cosas a las que nuestros jóvenes daban tan poca importancia hubiese aparejados castigos tan terribles. Pero el amigo interrumpió mis reflexiones diciéndome: —Recuerda lo que se te dijo cuando contemplabas aquellos racimos de la vid echados a perder—, y levantó otro velo que ocultaba a otros muchos de nuestros jóvenes, a los cuales conocí inmediatamente por pertenecer al Oratorio. Sobre aquel velo estaba escrito: Radix omnium malorum. E inmediatamente me preguntó: —¿Sabes qué significa esto? ¿Cuál es el pecado designado por esta sentencia? —Me parece que debe ser la oberbia. —No, me respondió.—Pues yo siempre he oído decir que la raíz de todos los pecados es la soberbia.—Sí; en general se dice que es la soberbia; pero en particular, ¿sabes qué fue lo que hizo caer a Adán y a Eva en el primer pecado, por lo que fueron arrojados del Paraíso terrenal? —La desobediencia. —Cierto; la desobediencia es la raíz de todos los males. —¿Qué debo decir a mis jóvenes sobre esto? —Presta atención.

Aquellos jóvenes los cuales tú ves que son desobedientes se están preparando un fin tan lastimoso como éste. Son los que tú crees que se han ido por la noche a descansar y, en cambio, a horas de la madrugada se bajan a pasear por el patio, sin preocuparse de que es una cosa prohibida por el reglamento; son los que van a lugares peligrosos, sobre los andamios de las obras en construcción, poniendo en peligro incluso la propia vida. Algunos, según lo establecido, van a la iglesia, pero no están en ella como deben, en lugar de rezar están pensando en cosas muy distintas de la oración y se entretienen en fabricar castillos en el aire; otros estorban a los demás. Hay quienes de lo único que se preocupan es de buscar un lugar cómodo para poder dormir durante el tiempo de las funciones sagradas; otros crees tú que van a la iglesia y, en cambio, no aparecen por ella. ¡Ay del que descuida la oración! ¡El que no reza se condena! Hay aquí algunos que en vez de cantar las divinas alabanzas y las Vísperas de la Virgen María, se entretienen en leer libros nada piadosos, y otros, cosa verdaderamente vergonzosa, pasan el tiempo leyendo obras prohibidas (¡hasta pornografía!). Y siguió enumerando otras faltas contra el reglamento, origen de graves desórdenes. Cuando hubo terminado, yo le miré conmovido y él clavando sus ojos en mí, prestó atención a mis palabras. —¿Puedo referir todas estas cosas a mis jóvenes?—, le pregunté. —Sí, puedes decirles todo cuanto recuerdes. —¿Y qué consejos he de darles para que no les sucedan tan grandes desgracias? —Debes insistir en que la obediencia a Dios, a la Iglesia, a los padres y a los superiores, aún en cosas pequeñas, los salvará. —¿Y qué más? —Les dirás que eviten el ocio, que fue el origen del pecado del Santo Rey David: incúlcales que estén siempre ocupados, pues así el demonio no tendrá tiempo para tentarlos.

Yo, haciendo una inclinación con la cabeza, se lo prometí. Me encontraba tan emocionado que dije a mi amigo: —Te agradezco la caridad que has usado para conmigo y te ruego que me hagas salir de aquí. El entonces me dijo: —¡Ven conmigo!—, y animándome, me tomó de la mano y me ayudó a proseguir porque me encontraba agotado. Al salir de la sala y después de atravesar en un momento el hórrido patio y el largo corredor de entrada, antes de trasponer el dintel de la última puerta de bronce, se volvió de nuevo a mí y exclamó: —Ahora que has visto los tormentos de los demás, es necesario que pruebes un poco lo que se sufre en el infierno. —¡No, no!—, grité horrorizado. El insistía y yo me negaba siempre. —No temas —me dijo—; prueba solamente, toca esta muralla. Yo no tenía valor para hacerlo y quise alejarme, pero el guía me detuvo insistiendo: —A pesar de todo, es necesario que pruebes lo que te he dicho— y aferrándome resueltamente por un brazo, me acercó al muro mientras decía: —Tócalo una sola vez, al menos para que puedas decir que estuviste visitando las murallas de los suplicios eternos, y para que puedas comprender cuan terrible será la última si así es la primera. ¿Ves esa muralla? Me fijé atentamente y pude comprobar que aquel muro era de espesor colosal.

El guía prosiguió: —Es el milésimo primero antes de llegar adonde está el verdadero fuego del infierno. Son mil muros los que lo rodean. Cada muro es mil medidas de espesor y de distancia el uno del otro, y cada medida es de mil millas; este está a un millón de millas del verdadero fuego del infierno y por eso apenas es un mínimo principio del infierno mismo. Al decir esto, y como yo me echase atrás para no tocar, me tomo la mano, me la abrió con fuerza y me la acercó a la piedra de aquel milésimo muro. En aquel instante sentí una quemadura tan intensa y dolorosa que saltando hacia atrás y lanzando un grito agudísimo, me desperté. Me encontré sentado en el lecho y pareciéndome que la mano me ardía, la restregaba contra la otra para aliviarme de aquella sensación. Al hacerse de día, pude comprobar que mi mano, en realidad, estaba hinchada, y la impresión imaginaria de aquel fuego me afectó tanto que cambié la piel de la palma de la mano derecha. Tengan presente que no les he contado las cosas con toda su horrible crueldad, ni tal como ¡as vi y de la forma que me impresionaron, para no causar en ustedes demasiado espanto. Nosotros sabemos que el Señor no nombró jamás el infierno sino valiéndose de símbolos, porque aunque nos lo hubiera descrito como es, nada hubiéramos entendido. Ningún mortal puede comprender estas cosas. El Señor las conoce y tas puede manifestar a quien quiere. Durante muchas noches consecutivas, y siempre presa de la mayor turbación, o pude dormir a causa del espanto que se había apoderado de mi ánimo. Les he contado solamente el resumen de lo que he visto en sueños de mucha duración; puede decirse que de todos ellos les he hecho un breve compendio. Más adelante les hablaré sobre el respeto humano, y de cuanto se relaciona con el sexto y séptimo Mandamiento y con la soberbia. No haré otra cosa más que explicar estos sueños, pues están de acuerdo con la Sagrada Escritura, aún más, no son otra cosa que un comentario de cuanto en ella se lee respecto a esta materia. Durante estas noches les he contado ya algo, pero de cuando en cuando vendré a hablarles y les narraré lo que falta, dándoles la explicación consiguiente.

Como lo prometió, así lo hizo —continúa Don Lemoyne —. Seguidamente expuso este mismo sueño a los jóvenes de Mirabello y de Lanzo, pero resumiendo la narración. Repitió cuanto había visto sin hacer cambios notables, no faltando tampoco algunas variantes. Al narrarlo privadamente a sus Sacerdotes y Clérigos, añadía algunos detalles más. En muchas ocasiones omitía algunas cosas y en otras ponía de manifestó otras. En la descripción de los lazos introdujo una nueva idea sobre la argucia del Demonio y de la manera de arrastrar a los jóvenes hacia el infierno, hablando de las malas costumbres. De muchas escenas no dio explicación: por ejemplo, de los personajes de agradable aspecto que se encontraban en la sala magnífica y que nosotros nos atreveríamos a decir que simbolizan: El tesoro de la Misericordia de Dios, para salvar a los jóvenes que de otra manera habrían perecido. Tal vez eran los principales ministros de innumerables gracias. Ciertas variantes provenían de la multiplicidad de las cosas vistas al mismo tiempo, las cuales el reproducirse en su imaginación le hacían escoger lo que el Santo juzgaba más oportuno para sus oyentes. Por lo demás, la meditación de los novísimos era cosa familiar en San Juan Bosco y como fruto de ella su corazón se encendía en una vivísima compasión hacia los pobres pecadores amenazados por el peligro de una eternidad tan horrible. Este sentimiento de caridad le hacía sobreponerse al respeto humano, invitando a la penitencia con una prudente franqueza incluso a personajes distinguidos, siendo de tal eficacia sus palabras que conseguía numerosas conversiones. Nosotros hemos ofrecido fielmente aquí cuanto escuchamos de labios del mismo Santo y cuanto nos refirieron de viva voz o por escrito numerosos Sacerdotes, formando con el conjunto una sola narración. Ha sido un trabajo arduo, porque deseábamos reproducir con exactitud matemática cada una de las palabras, cada unión de una escena con la otra, el orden de los diferentes hechos, los avisos, los reproches, todas las ideas expuestas y no explicadas, entre las cuales no faltará alguna de las que se dejan sobrentender. ¿Hemos conseguido nuestro propósito? Podemos asegurar a los lectores que hemos buscado una sola cosa con la mayor diligencia, a saber: exponer con la mayor fidelidad posible las palabras de San Juan Bosco.

LAS PENAS DEL INFIERNO—AÑO 1887

Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo XVIII, págs. 284-285

En la mañana del tres de abril San Juan Bosco dijo a Viglietti que en la noche precedente no había podido descansar, pensando en un sueño espantoso que había tenido durante la noche del dos. Todo ello produjo en su organismo un verdadero agotamiento de fuerzas. —Si los jóvenes —le decía — oyesen el relato de lo que oí, o se darían a una vida santa o huirían espantados para no escucharlo hasta el fin. Por lo demás, no me es posible describirlo todo, pues sería muy difícil representar en su realidad los castigos reservados a los pecadores en la otra vida. El Santo vio las penas del infierno. Oyó primero un gran ruido, como de un terremoto. Por el momento no hizo caso, pero el rumor fue creciendo gradualmente, hasta que oyó un estruendo horroroso y prolongadísimo, mezclado con gritos de horror y espanto, con voces humanas inarticuladas que, confundidas con el fragor general, producían un estrépito espantoso. Desconcertado observó alrededor de sí para averiguar cuál pudiera ser la causa de aquel finís mundi, pero no vio nada de particular. El rumor, cada vez más ensordecedor, se iba acercando, y ni con los ojos ni con los oídos se podía precisar lo que sucedía.

San Juan Bosco continuó así su relato: —Vi primeramente una masa informe que poco a poco fue tomando la figura de una formidable cuba de fabulosas dimensiones: de ella salían los gritos de dolor. Pregunté espantado qué era aquello y qué significaba lo que estaba viendo. Entonces los gritos, hasta allí inarticulados, se intensificaron más haciéndose más precisos, de forma que pude oír estas palabras: —Multi gloriantur in terris et cremantur n igne. Después vi dentro de aquella cuba ingente, personas indescriptiblemente deformes. Los ojos se les salían de las órbitas; las orejas, casi separadas de la cabeza, colgaban hacia abajo; los brazos y las piernas estaban dislocadas de un modo fantástico. A los gemidos humanos se unían angustiosos maullidos de gatos, rugidos de leones, aullidos de lobos y alaridos de tigres, de osos y de otros animales.

Observé mejor y entre aquellos desventurados reconocí a algunos. Entonces, cada vez más aterrado, pregunté nuevamente qué significaba tan extraordinario espectáculo. Se me respondió: —Gemitibus inenarrabilibus famem patientur ut canes. Entretanto, con el aumento del ruido se hacía ante él más viva y más precisa la vista de las cosas; conocía mejor a aquellos infelices, le llegaban más claramente sus gritos, y su terror era cada vez más opresor. Entonces preguntó en voz alta: —Pero ¿no será posible poner remedio o aliviar tanta desventura? ¿Todos estos horrores y estos castigos están preparados para nosotros? ¿Qué debo hacer yo? —Sí —replicó una voz—, hay un remedio; sólo un remedio. Apresurarse a pagar las propias deudas con oro o con plata. —Pero estas son cosas materiales. —No; aurum et thus. Con la oración incesante y con la frecuente comunión se podrá remediar tanto mal. Durante este diálogo los gritos se hicieron más estridentes y el aspecto de los que los emitían era más monstruoso, de forma que, presa de mortal terror, se despertó. Eran ¡as tres de la mañana y no le fue posible cerrar más un ojo. En el curso de su relato, un temblor le agitaba todos los miembros, su respiración era afanosa y sus ojos derramaban abundantes lágrimas.

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Santoral del dia 07 de Enero


Autor: P. Ángel Amo. | Fuente: Catholic.net
Raimundo de Peñafort, Santo
Presbítero Dominico, 7 de enero
Raimundo de Peñafort, Santo

Presbítero Dominico

Martirologio Romano: San Raimundo de Peñafort, presbítero de la Orden de Predicadores, eximio maestro en derecho canónico, que escribió de modo muy acertado sobre el sacramento de la penitencia. Elegido maestro general de la Orden, preparó la redacción de las nuevas Constituciones y, llegado a edad muy avanzada, se durmió en el Señor en la ciudad de Barcelona, en España. (1275)

Etimológicamente: Raimundo = Aquel que es protector o buen consejero, es de origen germánico.

Fecha de canoización: 29 de abril de 1601 por el Papa Clemente VIII.Cuando Gregorio IX, de quien había sido un precioso colaborador, le comunicó su intención de nombrarlo arzobispo de Tarragona, la consternación de Raimundo de Peñafort fue tal que se enfermó. El humilde y docto sacerdote, que había nacido entre el 1175 y el 1180, había siempre rehusado honores y prestigio, pero no lo había logrado. Rechazando una vida cómoda y alegre (era hijo del noble castellano de Peñafort), se había dedicado desde muy joven a los estudios filosóficos y jurídicos; a los veinte años enseñaba filosofía en Barcelona, y a los treinta años, recién graduado, enseñaba jurisprudencia en Bolonia. El sueldo que obtenía por ello lo gastaba todo en socorrer a los necesitados.

Regresó a Barcelona por invitación de su obispo, quien lo nombró canónigo. Pero cuando los dominicos llegaron a esa ciudad, le invitaron a ingresar en sus filas y Raimundo, abandonándolo todo, entró a la Orden. Dieciséis años después, en 1238, fue nombrado Superior General, cargo que no pudo rehusar. Durante dos años visitó a pie los conventos de la Orden, después reunió el Capítulo general en Bolonia y presentó su renuncia. Así, a los setenta años de edad pudo regresar a la enseñanza y a la pastoral.

Nombrado confesor del rey Santiago de Aragón, no dudó en reprocharle su conducta escandalosa durante la expedición a la isla de Mallorca. Una leyenda cuenta que el rey había prohibido que las embarcaciones se dirigieran hacia España, y entonces, Raimundo, para manifestar su desacuerdo con el soberano, extendió su manta sobre el agua y sobre él navegó hasta Barcelona.

Una de sus obras apostólicas dignas de recordar son las misiones para la conversión de los hebreos y los mahometanos que vivían en España. Según la tradición, se le atribuye el mérito de haber invitado a Santo Tomás de Aquino a escribir la Summa contra Gentiles, para que sus predicadores tuvieran un texto seguro de apologética para las controversias con los herejes e infieles. Él mismo redactó importantes obras de teología moral y de derecho, entre ellas la Summa casuum para la administración correcta y eficaz del sacramento de la penitencia. Murió casi a los cien años, el 6 de enero de 1275 y fue canonizado en 1601.

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Autor: . | Fuente: ElTestigofiel.org
Luciano de Antioquía, Santo
Sacerdote y Mártir, 7 de enero
Luciano de Antioquía, Santo
Luciano de Antioquía, Santo

Sacerdote y Mártir

Martirologio Romano: En la ciudad de Nicomedia, en Bitinia, pasión de san Luciano, presbítero de la Iglesia de Antioquía y mártir, el cual, ilustre por su doctrina y elocuencia, al ser llevado ante el tribunal, en medio de continuos interrogatorios acompañados de tormentos se mantuvo intrépido en confesarse cristiano (312).

Fecha de canonización: Información no disponible, la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para archivarlos, la acción del clima, y en muchas ocasiones del mismo ser humano, han impedido que tengamos esta concreta información el día de hoy. Si sabemos que fue canonizado antes de la creación de la Congregación para la causa de los Santos, y que su culto fue aprobado por el Obispo de Roma, el Papa.San Luciano nació en Samosata de Siria. Se distinguió en la retórica y la filosofía. Bajo la dirección de Macario de Edesa, se consagró al estudio de la Sagrada Escritura. Persuadido de que su deber de sacerdote consistía en entregarse totalmente al servicio de Dios y al bien de sus prójimos, no se contentó con predicar con el ejemplo y la palabra la práctica de la virtud, sino que emprendió una revisión de todo el Antiguo y Nuevo Testamento, para corregir los errores debidos a la falta de atención de los copistas y a otras causas. Sea que haya revisado simplemente el texto del Antiguo Testamento, comparando las diferentes ediciones de los Setenta; sea que, gracias a sus conocimientos de hebreo, haya podido hacer las correcciones, a partir del texto original, lo cierto es que su edición de la Biblia fue muy estimada y que resultó de gran utilidad a San Jerónimo.

San Alejandro, obispo de Alejandría, cuenta que Luciano estuvo separado de la comunión católica en Antioquía bajo tres obispos sucesivos. Es posible que haya favorecido exageradamente al hereje Pablo de Samosata, condenado en Antioquía el año 269. En todo caso, está fuera de duda que Luciano murió en la comunión de la Iglesia, como lo demuestra el fragmento de una de sus cartas a la Iglesia de Antioquía que se conserva en la Crónica Alejandrina. Aunque pertenecía a la diócesis de Antioquía, le encontramos en Nicomedia el año 303, en el momento en que Diocleciano publicaba sus primeros edictos contra los cristianos. Sufrió ahí una larga prisión por la fe, y desde su mazmorra escribía: “Todos los mártires te saludan. Te comunico que el sacerdote Antimo (obispo de Nicomedia) ha sido martirizado.” La carta es del año 303; pero Eusebio nos dice que San Luciano no obtuvo la corona del martirio, sino después de la muerte de San Pedro de Alejandría, en 311, de suerte que su prisión parece haber durado nueve años más.

Después de tan larga espera compareció ante el gobernador, o tal vez ante el mismo emperador, pues la palabra que usa Eusebio para designar a su juez es ambigua. En su defensa, Luciano hizo una excelente apología de la fe cristiana. El juez le devolvió a la prisión y dio la orden de privarle de todo alimento; dos semanas más tarde, cuando estaba medio muerto de hambre, el carcelero le presentó un plato de carne que había sido ofrecida a los ídolos, pero él no quiso tocarla. La acción de comer la carne ofrecida a los ídolos no era ilícita en sí misma, como lo explica San Pablo, excepto cuando podía ser un escándalo para los débiles, o cuando equivalía a un acto de idolatría, como en el caso presente. Llevado por segunda vez ante el tribunal, la única respuesta que dio a cuantas preguntas se le hicieron fue: “Soy cristiano.” En el potro siguió repitiendo estas palabras, y terminó su gloriosa carrera en la prisión, muriendo por hambre o bien por la espada, como lo afirma San Juan Crisóstomo. En sus actas se cuentan muchos de sus milagros y algunos detalles de su martirio. Por ejemplo, cuando se encontraba en la prisión, encadenado al suelo, celebró la misa sobre su propio pecho y repartió la comunión a los fieles que se hallaban presentes. Filostorgio, historiador arriano, narra también este hecho. San Luciano murió en Nicomedia de Bitinia, el 7 de enero del año 312, y fue enterrado en Drepano (Helenópolis).

 

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Autor: . | Fuente: Vatican.va
Lindalva Justo de Oliveira, Beata
Virgen y Mártir, 7 de enero
Lindalva Justo de Oliveira, Beata
Lindalva Justo de Oliveira, Beata

Virgen y Mártir

Beata Lindalva Justo de Oliveira, virgen y mártir, que siendo Hija de la Caridad de San Vicente de Paul, murió en defensa de su castidad como consecuencia de más de 40 puñaladas que le infligiera un interno del centro de salud en que colaboraba en Salvador de Bahía – Brasil. ( 1993)

Fecha de beatificación: 2 de diciembre de 2007 por el Papa Benedicto XVI.(1953 – 1993)

Lindalva Justo de Oliveira nació 20 de octubre de 1953 en Sitio Malhada da Areia, en una zona muy pobre de Río Grande del Norte, Brasil. El padre de Lindalva, João Justo da Fé, un granjero viudo. Su segundo matrimonio fue con María Lúcia de Oliveira. La pequeña Lindalva fue la sexta de 13 niños nacido a la pareja. Lindalva fue bautizada el 7 de enero de 1954.

Su familia no era pudiente, pero era rica en la fe cristiana. João mudó a su familia a Açu para que sus niños pudieran asistir a la escuela, y después de muchos sacrificios él consiguió comprar una casa donde la familia reside todavía hoy.

Siguiendo el buen ejemplo de su madre, Lindalva demostró una inclinación natural hacia los niños más pobres y compartió mucho tiempo con ellos.

A edad 12, Lindalva recibió su Primera Comunión, y durante sus años escolares ella estaba siempre contenta de ayudar al menos afortunado. Después, en 1979, mientras vivía con su hermano Djalma y su familia, en Natal, ella obtuvo el diploma de ayudante administrativo.

De 1978 a 1988 ella tuvo varios trabajos en ventas al menudeo y como cajera en una estación de gasolina, enviando algo de su salario a casa para ayudar a su madre. Lindalva encontró tiempo para visitar, todos los días después del trabajo, el asilo de ancianos de la localidad.

En 1982, mientras ayudaba amorosamente a su padre en los últimos meses de su enfermedad terminal, meditó en serio sobre su vida y decidió servir a los pobres. Se registró entonces en un curso de enfermería, pero también disfrutó esas cosas típicas de la juventud: hacer amistades, lecciones de guitarra y estudios culturales.

En 1986 participó en actividades vocacionales de las Hijas de Caridad. Después de que recibió el Sacramento de Confirmación en 1987, Lindalva solicitó ser admitida por dicha congregación. En la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, 11 de febrero de 1988, ingresó al noviciado siendo su presencia moralmente edificante para sus compañeros por su alegría y la genuina preocupación por el pobres.

Su carácter estaba marcado por una dulce disposición pero también por la sinceridad. En una carta a Antonio, su hermano alcohólico, escribió: “Piensa sobre esto y interiorízalo en ti. Yo oro muchísimo por ti y continuaré orando, y si es necesario haré penitencia para que seas capaz de revindicarte como persona. Sigue a Jesús, quien luchó hasta la muerte por los pecadores, dando hasta su propia vida, no como Dios sino como hombre, para el perdón de pecados. Debemos buscar refugio en Él; sólo en Él la vida merece la pena”. Un año después su hermano dejó de beber.

El 29 de Enero de 1991 Sor Lindalva fue asignada a atender a 40 pacientes terminales, todos hombres, en el centro de salud municipal en Salvador da Bahia. Emprendió las tareas más humildes y buscó servir a aquéllos que más sufrían tanto espiritual como materialmente animándolos a la recepción de los sacramentos. Sor Lindalva cantaba y oraba con ellos, e incluso pasó las pruebas de conducción para poderlos sacar a pasear.

Durante Enero de 1993, un tal Augusto da Silva Peixoto, un varón de 46 años de edad, de un carácter irascible, usando una recomendación logró ser admitido en las instalaciones aunque él no tenía ningún derecho para estar allí. Sor Lindalva lo trató con la misma cortesía y respeta que a los otros pacientes, pero él se enamoró de ella.

Ella se distanció prudentemente de él y era muy cuidadosa al tener que atenderlo. No obstante, él expuso explícitamente sus intenciones lujuriosas hacia ella. Una simple solución hubiera sido que Sor Lindalva dejara el lugar, pero su amor por los ancianos la hizo declarar, “prefiero verter mi sangre que dejar este lugar.”

Por el 30 de Marzo los acosos de Augusto se pusieron tan insistentes y aterradores que ella buscó la ayuda de un oficial de seguridad para frenar a este paciente desobediente. Aunque él prometió mejorar su actitud y conducta, se llenó de tal odio y venganza que desarrolló un plan asesino.

El 9 de abril de 1993, Viernes Santo, Sor Lindalva tomó parte del Vía Crucis parroquial a las 4:30 por la mañana. Tipo 7 de la mañana regresó a su trabajo para preparar y servir el desayuno como lo hacía todos los días. Mientras ella servía el café Augusto se acercó y empujó un cuchillo de pescadero sobre su cuello.

Cayó al suelo y llorando repetía varias veces “Dios me protege”. Los pacientes corrieron buscando protección. Envuelto en un rapto demente Augusto la apuñaló 44 veces, “¡debí de haber hecho esto antes!”.

Tranquilizándose entonces de repente, se sentó en un banco, limpió el cuchillo en sus pantalones, lo tiró en la mesa y exclamó: “¡Ella no me quiso!”, y volviéndose al doctor, dijo, “Puede llamar a la policía, no huiré; hice lo que tenía que hacer”.

Al día siguiente, Sábado Santo, el Cardenal Lucas Moreira Neves, O.P., Primado de Brasil, celebró el entierro de la hermana de 39 años de edad y comentó: “Unos pocos años fueron suficientes para que Sor Lindalva coronara su vida Religiosa con el martirio.”

El 2 de Diciembre de 2007 fue beatificada en San Salvador da Bahía (en el Estadio de Barradão) por el Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, Cardenal José Saraiva Martins, delegado para este fin por Su Santidad Benedicto XVI.

traducido por Xavier Villalta

Reproducido con autorización de Vatican.va

Nota: La memoria litúrgica de la Beata Lindalva ha sido fijada, por la Congregación para la Causa de los Santos, para realizarle el día 7 de enero, día de su bautismo, en vez del 9 de abril, día de su muerte.

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Autor: . | Fuente: LaVerdadCatólica.org
María Teresa del Sagrado Corazón, Beata
Fundadora, 7 de enero
María Teresa del Sagrado Corazón, Beata
María Teresa del Sagrado Corazón, Beata

Fundadora de la Congregación de la Hijas de la Cruz

Martirologio Romano: En la ciudad de Lieja, en Bélgica, beata María Teresa (Juana) Haze, virgen, fundadora de la Congregación de la Hijas de la Cruz, para atender a personas débiles y pobres (1876).

Fecha de beatificación: 21 de abril de 1991 por el Papa Juan Pablo II.Jeanne (Juana) Haze nace en Lieja, Bélgica. Su familia le inculca valores cristianos, firmeza en sus convicciones y la fortaleza que le caracterizarán en su vida futura.

Al estallar la Revolución Francesa (1789-1814), su familia huye a Alemania; durante su estancia en dicho país su padre muere y la familia queda en la ruina económica.

Su vocación a la vida religiosa, al igual que la de su hermana Ferdinande, se manifiesta desde su infancia y durante su juventud. El deán de la iglesia de san Bartolomé de Lieja, Jean Guillaume Habets, conocedor de las inclinaciones de las hermanas Haze, las invita a colaborar en la apertura de una escuela para niños pobres y desamparados; éstas, a su vez, convocan a otras jóvenes a que se unan a su misión; así nace la Congregación de las Hijas de la Cruz.

Jeanne, con la ayuda y supervisión del abad Habets, redacta las primeras constituciones. En 1833, en la iglesia de Potay, Jeanne y Ferdinande hacen sus votos perpetuos, y adoptan el nombre de María Teresa y Aloysia, respectivamente.

La respuesta oportuna, atenta y eficaz de las hermanas a las necesidades de la población hace posible la rápida expansión de su obra. Además de proporcionar educación a niños y adultos, atienden enfermos, y velan por el bienestar espiritual y material de las esposas de los presos. La comunidad establece casas en Alemania (1849), La India (1861) e Inglaterra (1863). Después de una vida plena de santidad, la madre Haze entrega su vida al Creador en la Casa Generalicia de la orden, en Lieja el 7 de Enero de 1876. Al momento de la muerte de la Madre María Teresa, el instituto contaba con más de 900 hermanas y 51 comunidades.

Juan Pablo II la beatifica en 1991. En la actualidad, la vida de las hermanas Hijas de la Cruz es contemplativa y activa; emprenden todo tipo de trabajos caritativos, especialmente la educación de muchachas pobres. Cuentan con cerca de 140 fundaciones que incluyen escuelas, orfelinatos, hospitales, hogares y seminarios, en Bélgica y El Congo, Inglaterra, Irlanda y La India.

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Autor: . | Fuente: Franciscanos.org
Mateo Guimerá de Agrigento, Beato
Obispo, 7 de enero
Mateo Guimerá de Agrigento, Beato
Mateo Guimerá de Agrigento, Beato

Obispo

Martirologio Romano: En Palermo, ciudad de Sicilia, tránsito del beato Mateo Guimerá, obispo de Agrigento, de la Orden de los Hermanos Menores, propagador devoto del Santísimo Nombre de Jesús (1451)

Fecha de beatificación: La confirmación oficial de su culto inmemorial o beatificación equivalente, con aprobación del culto, misa y oficio del Beato, la concedió el papa Clemente XIII el 22 de febrero de 1767.Mateo, a quien se le han dado muchos y variados apelativos, nació el año 1376 ó 1377 en Girgenti, hoy Agrigento, en el reino de Sicilia, que entonces pertenecía a la corona de Aragón; más tarde, en su vida de apostolado, gozaría Mateo de la amistad, admiración y protección de sus reyes, D. Alfonso V el Magnánimo y su esposa Dña. María de Castilla.

Sus padres eran, según algunos autores, oriundos de Valencia (España), y ciertamente le dieron una buena educación cristiana. Muy joven, en 1391-92, vistió el hábito de los franciscanos Conventuales en el convento de San Francisco de Agrigento, donde hizo la profesión religiosa en 1394. Prendados de sus cualidades espirituales e intelectuales, los superiores lo enviaron a estudiar al famoso centro de estudios que la Orden tenía en Bolonia. Luego lo mandaron para completar sus estudios a Barcelona, donde los Conventuales tenían otro centro de estudios importante; allí consiguió probablemente el título de maestro, y recibió la ordenación sacerdotal en 1400. Aquel mismo año empezó el apostolado de la predicación en Tarragona y en otras poblaciones.

En los años 1405-1416, lo encontramos en Padua, en el convento de San Antonio de los Conventuales, como maestro de novicios o de recién profesos, lo que, una vez más, muestra el aprecio en que le tenían los superiores. Después volvió a España, donde permaneció hasta finales de 1417; así lo dice una carta del rey Alfonso el Magnánimo, de fecha 28 de noviembre de 1417, que explica además la razón por la que Mateo regresaba tan pronto a Italia: su deseo de encontrarse con san Bernardino de Siena, de conocer el movimiento de la Observancia y de incorporarse al mismo.

El movimiento franciscano de la Observancia, que trataba de llevar a la Orden de Hermanos Menores a una más fiel y estricta observancia de la Regla de San Francisco, sin dispensas ni atenuaciones, surgió en el siglo XIV y se fue organizando y difundiendo en el siglo siguiente, bajo la guía e impulso de san Bernardino de Siena, que tuvo como principales colaboradores a san Juan de Capistrano, Alberto de Sarteano, san Jaime de la Marca y el beato Mateo de Agrigento. Éste se encontró con san Bernardino en 1418, tal vez en el Capítulo general de Mantua, y, con los debidos permisos, se pasó en seguida a los Observantes. Hay que tener en cuenta que la Orden de Hermanos Menores, fundada por san Francisco de Asís, fue una sola Orden hasta que, en 1517, León X la dividió jurídicamente en dos: Conventuales y Observantes; con anterioridad, ya existían en su seno esas diversas tendencias, ramas o grupos, pero seguían siendo una misma familia religiosa.

El encuentro y la amistad con san Bernardino marcaron profundamente la vida del beato Mateo. El gran santo lo tomó como compañero al descubrir en él afanes y sentimientos muy similares a los suyos. Y junto a él en muchas ocasiones y a veces, por indicación suya, en otros lugares predicó Mateo sin descanso; su vida austera y llena de espiritualidad acreditaba por todas partes sus sermones. También se cuentan milagros que Dios obró por medio de su siervo. Al mismo tiempo, se había hecho paladín del Nombre de Jesús, como San Bernardino, pero quería que al de Jesús fuera unido el de María, la Madre del Señor. Y por ello, a muchos de los conventos que fundó en Italia y en España les puso el nombre de Santa María de Jesús.

En época reciente se han encontrado, y los comenzó a editar el P. Agustín Amore en 1960, casi un centenar de sermones del beato Mateo, escritos en lengua vulgar o en latín y que suelen comentar un texto bíblico. En ellos se pone de manifiesto la sólida formación teológica de su autor, la lógica con que argumentaba y el celo apostólico y hasta los sentimientos íntimos que embargaban su espíritu.

A la vez que a la predicación, se dedicó con ardor a la expansión y organización de la Observancia, lo que le valió la estima del rey Alfonso V y la confianza del papa Eugenio IV que le encomendó delicadas misiones para la renovación de los religiosos y del clero, particularmente en Sicilia. En 1425 el papa Martín V concedió al beato Mateo la facultad de fundar conventos de la Observancia, y fueron numerosos los que fundó o reformó tanto en Italia como en España, a la mayoría de los cuales, como queda dicho, aunque no a todos, dio el nombre de Santa María de Jesús: Mesina, Palermo, Agrigento, Siracusa, Barcelona, Valencia, etc. Además ejerció cargos de gobierno en Sicilia: fue Vicario provincial de 1425 a 1430, y Comisario general de la Provincia de Sicilia de 1432 a 1440.

El beato Mateo pasó en España al menos cuatro temporadas, dos cuando estaba con los Conventuales y otras dos estando con los Observantes. A las dos primeras ya nos hemos referido. La tercera tuvo lugar en 1427-28, cuando por invitación de los soberanos aragoneses estuvo predicando en Valencia, Barcelona, Vich y otras ciudades. De nuevo, la primera mitad del año 1430, por invitación insistente de la reina Dña. María, esposa del rey Alfonso V, el Beato la pasó por tierras de Valencia y Barcelona predicando y, como ya había hecho antes, cumpliendo misiones reales de pacificación y de beneficencia, difundiendo la devoción al Santísimo Nombre de Jesús, impulsando la implantación de la Observancia y fundando o reformando conventos.

Dedicado de lleno a un apostolado intenso y fecundo se hallaba el beato Mateo, cuando su diócesis natal lo eligió y reclamó como obispo; él se resistió cuanto pudo a lo que consideraba una dignidad y puesto para el que no estaba preparado. Pero el rey Alfonso insistió ante el papa Eugenio IV, quien lo nombró obispo de Agrigento el 17 de septiembre de 1442. El 30 de junio de 1443 recibió la consagración episcopal y, por obediencia, hubo de tomar el báculo pastoral de la diócesis.

No era un secreto para nadie qué tipo de obispo iba a ser fray Mateo: un obispo reformador, un hombre celoso de la disciplina eclesiástica, impulsor de la renovación, con criterio y actitudes evangélicas, así en el clero como en el pueblo confiado a su cuidado. Ello le enfrentó con quienes se negaban a cualquier reforma que supusiera pérdida de posiciones poco edificantes o de intereses bastardos, y ante la firmeza de Mateo no dudaron en acudir con calumnias a la Santa Sede, que lo llamó y le pidió explicaciones de su conducta. En efecto, por su generosidad hacia los pobres fue acusado por los clérigos que le eran contrarios, de dilapidar los bienes de la Iglesia; lo cierto es que había renunciado a todos sus ingresos en favor de los pobres, reservándose lo estrictamente necesario para sí mismo y para sus más inmediatos colaboradores. Además, lo acusaron falsamente de relaciones ilícitas con una mujer. En el proceso, que se desarrolló en la corte pontificia, se demostró la total inocencia del Beato, por lo que el Papa lo absolvió de todas las acusaciones, le confirmó su confianza y lo devolvió a su sede episcopal.

El beato Mateo se sintió confortado por el esclarecimiento de la verdad y por la bendición que mereció del Papa su conducta y forma de proceder, y continuó en su misma labor reformadora. Pero sus adversarios no se aquietaron y muy pronto le crearon nuevos problemas y conflictos. El santo obispo llegó a pensar que las dificultades se debían a su incapacidad para el episcopado, y rogó y suplicó a la Santa Sede, después de madura reflexión e incluso de consultar el caso con san Bernardino de Siena, que le aceptara la renuncia a su cargo, y tanto insistió que al fin le fue aceptada. Había permanecido tres escasos años al frente de su diócesis. Entonces, con la mayor humildad, se reintegró a su comunidad religiosa en Palermo, en la que vivió como un fraile más, sin admitir que se le dieran honores o privilegios. Y allí falleció santamente el 7 de enero de 1450. El pueblo cristiano lo tuvo por santo desde entonces y su culto continuó a lo largo de los siglos. En 1759 se inició el proceso diocesano de beatificación.

 

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Autor: . | Fuente: misa_tridentina.t35.com
Alderico de Le Mans, Santo
Obispo, 7 de enero
Alderico de Le Mans, Santo
Alderico de Le Mans, Santo

Martirologio Romano: En la ciudad de Cenomanum (hoy Le Mans), en el reino de los francos, san Alderico (Aldric), obispo, que se esforzó en promover el culto a Dios y a los santos (856).

Fecha de canonización: Información no disponible, la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para archivarlos, la acción del clima, y en muchas ocasiones del mismo ser humano, han impedido que tengamos esta concreta información el día de hoy. Si sabemos que fue canonizado antes de la creación de la Congregación para la causa de los Santos, y que su culto fue aprobado por el Obispo de Roma, el Papa.El Santo nació de una noble familia, de ascendencia en parte sajona y en parte bávara, hacia el año 800. A los doce años su padre le envió a la corte de Carlomagno, donde formó parte de la servidumbre de Luis el Piadoso y se ganó la estima de todos. Hacia el año 821 pasó de Aquisgrán a Metz, para ingresar en la escuela episcopal y recibió la tonsura clerical. Después de su ordenación, el emperador Luis le llamó de nuevo a la corte y le nombró capellán y confesor suyo. El año 832, san Alderico fue elegido obispo de Le Mans. Empleó toda su fortuna y sus fuerzas en socorrer a los pobres, mejorar los servicios públicos, construir iglesias y monasterios y promover la religión. Su fidelidad a Luis el Piadoso y a Carlos el Calvo permaneció inalterable durante las guerras civiles que dividieron el Imperio. Una facción le expulsó de su sede durante casi un año, por haber declarado a los monjes de Saint-Calais que estaban sujetos a su jurisdicción. Tal pretensión del santo obispo no estaba en realidad justificada, pues se apoyaba en documentos falsificados, aunque no nos consta que el prelado haya sido personalmente responsable de tal falsificación.

Han llegado hasta nosotros algunos fragmentos del reglamento que san Alderico redactó para su catedral. En él ordena que se enciendan diez cirios y noventa lámparas en todas las grandes fiestas. También nos son conocidos tres testamentos del santo prelado. El último de ellos es un edificante testimonio de su piedad. En los dos primeros cede tierras y posesiones a muchas iglesias de su diócesis, y da prudentes consejos y reglas para mantener el orden y el espíritu de caridad. Alderico quedó paralítico dos años antes de su muerte. Confinado al lecho, redobló su fervor y su asiduidad a la oración. Murió el 7 de enero del año 856, y fue sepultado en la iglesia de San Vicente, de la que había sido un gran bienhechor.

 

Autor: . | Fuente: misa_tridentina.t35.com
Polieucto de Melitene, Santo
Mártir, 7 de enero
Polieucto de Melitene, Santo
Polieucto de Melitene, Santo

Mártir Laico

Martirologio Romano: En Melitene, ciudad de Armenia, san Polieucto (Polyeuktos), mártir, que, siendo soldado, a raíz del decreto del emperador Decio que obligaba a sacrificar a los dioses, rompió los ídolos, por lo cual fue cruelmente martirizado hasta ser degollado, recibiendo así el bautismo con su propia sangre (c. 250).

Fecha de canonización: Información no disponible, la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para archivarlos, la acción del clima, y en muchas ocasiones del mismo ser humano, han impedido que tengamos esta concreta información el día de hoy. Si sabemos que fue canonizado antes de la creación de la Congregación para la causa de los Santos, y que su culto fue aprobado por el Obispo de Roma, el Papa.La ciudad de Melitene en Armenia [hoy Turquía], que era una ciudad militar romana, es ilustre por el gran número de sus mártires. Entre ellos, el mártir de mayor alcurnia fue Polieucto, un oficial romano de padres griegos. Siendo aún pagano, se hizo amigo de un celoso cristiano llamado Neraco, quien, cuando llegaron a Armenia noticias de la persecución contra los cristianos, se preparó para entregar su vida por la fe. Su única pena era que Polieucto todavía fuese gentil, pero tuvo la alegría de atraerlo a la verdad y de inspirarle un ardiente deseo de morir por la religión cristiana. Polieucto abiertamente se declaró cristiano, y pronto fue aprehendido y condenado a crueles tormentos. Cuando los verdugos se cansaron de atormentarlo, comenzaron a tratar de persuadirlo para que renunciase a Cristo. Las lágrimas y súplicas de su esposa Paulina, de sus hijos y de su suegro hubieran sido suficientes para hacer flaquear a un hombre menos resuelto. Polieucto, sin embargo, fortalecido por Dios se mantuvo más firme en la fe y recibió con alegría la sentencia de muerte. De camino a la ejecución, exhortó a los circunstantes a que renunciaran a sus ídolos y habló con tanto fervor, que muchos se convirtieron. Fue decapitado durante la persecución de Decio o Valeriano.

Tenemos pruebas convincentes del martirio de San Polieucto en Melitene: se sabe de una iglesia que le fue dedicada antes de 377. Su nombre aparece el 7 de enero, en el martirologio siríaco del siglo cuarto, como el de un mártir muerto en Melitene. El mismo asiento se encuentra en el Hieronymianum.

 

Autor: Xavier Villalta
Canuto Lavard, Santo
Mártir, 7 de enero
Canuto Lavard, Santo
Canuto Lavard, Santo

Mártir

Martirologio Romano: En los bosques cercanos a Ringsted, en Dinamarca, san Canuto, apellidado Lavard, mártir, quien, hecho duque de Schleswig, ejerció el poder de modo justo y prudente, y favoreció la piedad de su pueblo. Murió asesinado por enemigos que rechazaban su autoridad (1131).

Fecha de canonización: En 1169 por el Papa Alejandro III.Canuto Lavard (12 de marzo de 1096 – Ringsted, Dinamarca, 7 de enero de 1131). Príncipe danés, duque de Jutlandia Meridional de 1115 a 1131, y rey de los Obodritas de 1129 a 1131.

Canuto Lavard era hijo del rey Erik I de Dinamarca y de la reina Bodil Thrugosdatter. En 1115, su tío, el sucesor de su padre, el rey Nicolás I de Dinamarca, le concedió el título de duque de Jutlandia Meridional.

Enrique, el príncipe cristiano de los obodritas, pueblo wendo de Vagrie, cercano a su ducado, que había sido anexionado a Dinamarca, murió en 1129 y la familia real fue asesinada. Canuto Lavard se hizo nombrar rey por el emperador germánico, con el objetivo de terminar la evangelización de los primeros paganos de esta región de la costa báltica.

Su primo, Magnus Nilsson, hijo de Nicolás I de Dinamarca, fue nombrado rey de Suecia, como sucesor del rey Inge I de Suecia.

Ambos primos, eventuales pretendientes al reino de Dinamarca, contaban, por tanto, con un título real y la animosidad entre ellos fue creciendo hasta que Magnus Nilsson mató a Canuto Lavard en Haraldsted, cerca de Ringsted, en Selandia, el 7 de enero de 1131. Desde el momento de su muerte, el joven príncipe Canuto fue objeto de devoción. Su asesinato desató una guerra civil en Dinamarca.

Canuto Lavard fue declarado Santo por el Papa Alejandro III el 25 de junio de 1170, durante el reinado de su hijo Valdemar I de Dinamarca. Su festividad, el Knutsdagen (Día de Canuto) se celebró originalmente el día de su muerte, 7 de enero, pero posteriormente fue cambiada al 13 de enero, como permanece en la actualidad.

Se casó, en 1116 con Ingeborg de Kiev, hija del príncipe Mstislav I de Kiev. De esta unión nacieron:

ºMargarita, casada con Stig Tokesen Hvide, muerto en 1151
ºCristina, nacida en 1118, casada con el rey Magnus IV de Noruega, fue repudiada.
ºCatalina, casada en 1159 con Pribislav, príncipe de los Wendes
ºValdemar I de Dinamarca, hijo póstumo, nació el 14 de enero de 1131

Juan Apóstol y Evangelista, Santo


Autor: P. Ángel Amo. | Fuente: Catholic.net
Juan Apóstol y Evangelista, Santo
El discípulo amado, 27 de diciembre
Juan Apóstol y Evangelista, Santo

El Discípulo Amado
Diciembre 27

Juan, hijo de Zebedeo y de Salomé, hermano de Santiago, fue capaz de plasmar con exquisitas imágenes literarias los sublimes pensamientos de Dios. Hombre de elevación espiritual, se lo considera el águila que se alza hacia las vertiginosas alturas del misterio trinitario: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”.

Es de los íntimos de Jesús y le está cerca en las horas más solemnes de su vida. Está junto a él en la última Cena, durante el proceso y, único entre los apóstoles, asiste a su muerte al lado de la Virgen. Pero contrariamente a cuanto pueden hacer pensar las representaciones del arte, Juan no era un hombre fantasioso y delicado, y bastaría el apodo que puso el Maestro a él y a su hermano Santiago -”hijos del trueno”- para demostrarnos un temperamento vivaz e impulsivo, ajeno a compromisos y dudas, hasta parecer intolerante.

En el Evangelio él se presenta a sí mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”. Aunque no podemos indagar sobre el secreto de esta inefable amistad, podemos adivinar una cierta analogía entre el alma del “hijo del trueno” y la del “Hijo del hombre”, que vino a la tierra a traer no sólo la paz sino también el fuego. Después de la resurrección, Juan parmanecerá largo tiempo junto a Pedro. Pablo, en la carta a los Gálatas, habla de Pedro, Santiago y Juan “como las columnas” de la Iglesia.

En el Apocalipsis Juan dice que fue perseguido y relegado a la isla de Patmos por la “palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.” Según una tradición, Juan vivió en Éfeso en compañía de la Virgen, y bajo Domiciano fue echado en una caldera de aceite hirviendo, de la que salió ileso, pero con la gloria de haber dado también él su “testimonio”. Después del destierro en Patmos, regresó definitivamente a Éfeso en donde exhortaba infatigablemente a los fieles al amor fraterno, como resulta de las tres epístolas contenidas en el Nuevo Testamento. Murió de avanzada edad en Éfeso, durante el imperio de Trajano, hacia el año 98.

San Esteban


Autor: P. Ángel Amo. | Fuente: Catholic.net
Esteban, Santo
Protomártir, 26 de Diciembre del siglo I
Esteban, Santo

Protomártir
Diciembre 26

Se le llama “protomartir” porque tuvo el honor de ser el primer mártir que derramó su sangre por proclamar su fe en Jesucristo.

Después de Pentecostés, los apóstoles dirigieron el anuncio del mensaje cristiano a los más cercanos, a los hebreos, despertando el conflicto por parte de las autoridades religiosas del judaísmo.

Como Cristo, los apóstoles fueron inmediatamente víctimas de la humillación, los azotes y la cárcel, pero tan pronto quedaban libres, continuaban la predicación del Evangelio. La primera comunidad cristiana, para vivir integralmente el precepto de la caridad fraterna, puso todo en común, repartían todos los días cuanto bastaba para el sustento. Cuando la comunidad creció, los apóstoles confiaron el servicio de la asistencia diaria a siete ministros de la caridad, llamados diáconos.
Entre éstos sobresalía el joven Esteban, quien, a más de desempeñar las funciones de administrador de los bienes comunes, no renunciaba a anunciar la buena noticia, y lo hizo con tanto celo y con tanto éxito que los judíos “se echaron sobre él, lo prendieron y lo llevaron al Sanedrín. Después presentaron testigos falsos, que dijeron: Este hombre no cesa de proferir palabras contra el lugar santo y contra la Ley; pues lo hemos oído decir que este Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés”.

Esteban, como se lee en el capítulo 7 de Los Hechos de los apóstoles, “lleno de gracia y de fortaleza”, se sirvió de su autodefensa para iluminar las mentes de sus adversarios. Primero resumió la historia hebrea desde Abrahán haste Salomón, luego afirmó que no había blasfemado contra Dios ni contra Moisés, ni contra la Ley o el templo. Demostró, efectivamente, que Dios se revela aun fuera del templo, e iba a exponer la doctrina universal de Jesús como última manifestación de Dios, pero sus adversarios no lo dejaron continuar el discurso, porque “lanzando grandes gritos se taparon los oídos…y echándolo fuera de la ciudad, se pusieron a apedrearlo”.

Doblando las rodillas bajo la lluvia de piedras, el primer mártir cristiano repitió las mismas palabras de perdón que Cristo pronunció en la cruz: “Señor, no les imputes este pecado”. En el año 415 el descubrimiento de sus reliquias suscitó gran conmación en el mundo cristiano.

Cuando parte de estas reliquias fueron llevadas más tarde por Pablo Orosio a la isla de Menorca, fue tal el entusiasmo de los isleños que, ignorando la lección de caridad del primer mártir, pasaron a espada a los hebreos que se encontraban allí. La fiesta del primer mártir siempre fue celebrada inmediatamente después de la festividad navideña, es decir, entre los “comites Christi”, los más cercanos a la manifestación del Hijo de Dios, porque fueron los primeros en dar testimonio de él.

¿Qué son los mártires?


 

Los mártires son los cristianos que dan testimonio de la verdad en las enseñanzas de Cristo, prefiriendo la muerte y el sufrimiento a la renuncia de la fe.

 


A menudo, cuando se esta en medio de una tarea desagradable, la gente suele decir: “Esto es un martirio”. Pareciera que las imágenes de los primeros cristianos que son decapitados o colgados por prevalecer en su fe muestran el martirio como sólo sufrimiento. Sin embargo, martirio no sólo implica sufrimiento, sino virtud y alegría, pues es un testimonio de fidelidad en la vida y acciones de Cristo.

El sentido substancial de la palabra “mártir” se aclara si lo analizamos desde una postura etimológica. En lengua griega, “mártyras” significa testigo. Es así que quien muere martirizado es un testigo de la fe puesta en las enseñanzas de Cristo. El mártir da testimonio de Cristo, de su vida, de sus acciones y del valor del seguimiento de sus enseñanzas, pues ha preferido la muerte a renunciar a ellas. Podríamos decir que el mártir sella su testimonio con su sangre, tal como lo hizo Cristo. En este sentido, el mártir está unido con Cristo en la caridad.

El Catecismo de la Iglesia Católica ( No. 2473) indica que el martirio es el supremo testimonio de la verdad en la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana.

¿Qué finalidad persigue el mártir?

Los mártires pretenden mostrar que las enseñanzas de Cristo son verdaderas y valiosas, para lo cual testifican con su vida. También pretenden unirse, en caridad, a la verdad de Cristo.

Testigos de la verdad

Los mártires prefieren dar su vida que renegar de la fe. Con esto, muestran su compromiso de fe con la verdad. Ante el hecho de que los mártires den su vida por permanecer firmes en su fe, puede surgir la siguiente pregunta: ¿dando la vida se demuestra suficientemente la verdad de las creencias?

Podríamos pensar que aceptar la muerte a cambio de no abandonar una creencia es un acto heroico, pero no necesariamente una prueba de la verdad. Sin embargo, los mártires no sólo prueban el gran valor de sus creencias, sino también su verdad a través de la conservación de la fe. Pues difícilmente se daría la vida por mantenerse en una creencia falsa. Los mártires conservan firme su fe, la cual sólo se preserva como tal si se fundamenta en la verdad.

Es evidente que los mártires mueren con una firme certeza en Cristo. Pero antes debemos considerar que el estado subjetivo de la certeza adquiere su máxima firmeza en la verdad misma. Es así que los mártires mueren con una máxima certeza, por lo tanto, son testigos de la verdad. Pero debemos señalar que no de cualquier verdad, como la propia de las matemáticas o las ciencias, sino la verdad de la fe que ha sido tomada de la autoridad de Cristo. Santo Tomás de Aquino (Summa Theologiae II-II q. 124, a. 5) puntualiza que los mártires son testigos de la verdad que se ajusta a la piedad (Tit 1,1), que se nos manifiesta por Cristo. De ahí que los mártires de Cristo son como testigos de su verdad. Pero a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe.

Unidos a Cristo en la caridad

Los mártires desean estar en comunión con la verdad, esto lo han mostrado con su sacrificio. Con su muerte, los mártires se unen a Cristo, quien también dio la vida como testimonio de la verdad. Antes de su muerte, Jesús anticipó que muchos de sus discípulos perderían la vida por dar testimonio de Él. Sin embargo, los instó a tener valentía para defender dignamente la verdad, diciéndoles que encontrarían el sentido de su muerte en el hallazgo de una vida renovada y plenificada. Incluso les dio fortaleza al declarar que, quien perdiera la vida por Él, no la perdería del todo, sino que la salvaría y la haría plena: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.” (Lc 9, 23-24)

Los cristianos saben que la vida óptima sólo se da permaneciendo en Cristo. El martirio implica un seguimiento de las enseñanzas cristianas hasta el punto de la muerte. Por lo que el mártir participa de la vida y de la muerte de Cristo. Así como Cristo se entregó como testimonio del amor del Padre, el mártir imita a Cristo y se entrega, en caridad, como testigo de Cristo. En esta participación del testimonio y del sufrimiento, el cristiano se une de una manera óptima a Cristo. Naturalmente, todos los hombres están llamados a ser óptimos en Cristo, sin embargo, el mártir goza más directamente de esta participación.

Vemos, entonces, que el mártir está unido a Cristo en la caridad. Pues, como Jesús dio su vida por voluntad libre y por amor de los hombres, el mártir da la vida por amor de Él y para confirmar la fe de sus hermanos.

El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. “Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos, 4, 1). (CEC 2473)

El martirio se obtiene por la virtud de la fortaleza

Podemos pensar que el martirio es un don e incluso un privilegio, pues es unión íntima con Cristo en la imitación de su muerte. Pero el martirio no es sólo un don, sino un acto de la voluntad conseguido por la virtud de la fortaleza. El mártir muere libre, pues ha tenido la opción de elegir entre la muerte y la renuncia a la fe. Una vez que ha elegido guardar la fe y dar testimonio de ella como verdad, necesita de una virtud que haga óptima a su voluntad, a fin de perseverar firme en su decisión hasta la muerte. La virtud de la que hablamos es la fortaleza. Ella nos insta a perseverar para obtener un bien, y por lo tanto, es una virtud ya que las virtudes perfeccionan al hombre.

El martirio no sólo da gloria a Dios y une al mártir a la verdad y vida inmortal de Cristo, sino que tiene un amplio sentido de proselitismo. Los mártires reafirman a sus hermanos en la fe, pues con su testimonio dan muestra de que las enseñanzas recibidas son verdaderas y valiosas. En breve, digamos que los mártires invitan a sus hermanos a conservar sus creencias, y llegada la ocasión, a dar la vida por ellas. Tertuliano, un padre de la Iglesia decía: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. El martirio es un medio de expansión de la fe, pues es ejemplo de fortaleza y compromiso.

 

El día que el cielo se tiñó de sangre


Publicado en web el 17 de Noviembre, 2011

VI Aniversario de la Beatificación de los Mártires Mexicanos

A seis años de este acontecimiento, que cimbró de alegría a la Arquidiócesis de Guadalajara por la Beatificación de Anacleto González Flores y Compañeros, rememoramos este evento único.

4bMónica Livier Alcalá Gómez

El Monumental Estadio Jalisco estaba repleto el domingo 20 de noviembre de 2005. Fieles de Guadalajara y de Diócesis vecinas abarrotaron este recinto, pero no para disfrutar de un evento deportivo, sino de un acontecimiento de fe: la Beatificación de diez laicos y tres sacerdotes, la mayor parte de ellos martirizados por odio al catolicismo durante la llamada “Guerra Cristera”.

Cabe mencionar que las visitas del Papa Juan Pablo II a México fueron momentos ideales para promover a los que, en aras de la libertad religiosa y sin intervenir en el conflicto armado, fueron asesinados por su fidelidad a la Iglesia. Fue así como Cristóbal Magallanes Jara y Sacerdotes Compañeros Mártires fueron canonizados por este inolvidable Pontífice en Roma, en mayo de 2000.

Pero también los laicos

La mayor parte de los canonizados fueron sacerdotes que entregaron su vida por sus comunidades y no quisieron abandonarlas, a pesar del peligro. Con todo, también existieron numerosos laicos que, desde sus trincheras profesionales y pastorales, defendieron la fe católica.

Por ello, Guadalajara recibió con gozo la noticia de la Beatificación de Anacleto González Flores y Compañeros Mártires, siendo mayor su alegría por la noticia de realizarla en esta ciudad, con la presencia del Cardenal José Saraiva Martins, Delegado del Papa Benedicto XVI, y entonces Titular de la Congregación para las Causas de los Santos.

Esa inolvidable tarde, en que el cielo se tiñó de rojo, preparado para el evento que se estaba celebrando, fue un momento de aplausos, lágrimas, emoción, y también de oración, para pedir desde ese día la intercesión de los nuevos Beatos.

4aSigue avanzando la causa de canonización

Tras once años de investigación y trabajo, comenzado desde 1994, a cargo del Postulador de esta Causa, Monseñor José Guadalupe Ramiro Valdés Sánchez, Vicario General de la Arquidiócesis de Guadalajara, tuvo finalmente sus frutos, precisamente en ese magno acontecimiento.

Con todo, la Causa para lograr que estos valientes Mártires sean reconocidos por la Iglesia Universal como Santos se encuentra aún estancada: “En estos momentos se están revisando varios casos, pero ninguno se ha aprobado todavía como milagro fehaciente para lograr la Canonización de estos Mártires”, confirmó Monseñor Ramiro Valdés, también Canónigo de la Iglesia Catedral.

El Vicario General exhortó, por lo tanto, a los fieles, a encomendarse a estos Beatos con confianza y devoción: “Pueden invocar a Anacleto González y Compañeros Mártires, o a cualquier otro Beato de ese grupo, pero siempre haciendo mención ´y Compañeros´, para así lograr la Canonización de todos”.

Cabe resaltar que en la Arquidiócesis se estudian, además, las Causas de otros candidatos a la Canonización que no pertenecen a este grupo beatificado el 20 de noviembre de 2005, por lo que es importante señalar, según el Padre Valdés, que se tiene que hacer una clara distinción entre los que tienen Causas aparte y los que están en grupo: “Con el fin de lograr la Canonización de todos, se les debe invocar en grupo. Los que no pertenecen a este grupo beatificado el mismo día, tendrán sus propias oraciones de petición de favores”.

¿Dónde se veneran sus restos?

Anacleto González y Miguel Gómez Loza,
en el Santuario de Guadalupe.
Ezequiel y Salvador Huerta, en la Parroquia del Dulce Nombre de Jesús.
Jorge y Ramón Vargas, en el Templo Parroquial de Ahualulco, su tierra natal.
Luis Padilla, en San José de Analco.
Luis Magaña, en Arandas.
El niño José Sánchez del Río, en Sahuayo,
Michoacán.
Otros más, están en Veracruz y Guanajuato.

¿Qué es un Beato?

El término Beato significa, literalmente, feliz (del latín beatus), o Bienaventurado, en un sentido más amplio, aludiendo a la creencia de que esa persona está ya gozando del Paraíso. La consideración de Beato constituye el tercer paso en el camino de la Canonización. El primero, es Siervo de Dios; el segundo, Venerable; el tercero, Beato, y el cuarto, Santo.
En la Causa de Canonización de un fiel, se desarrollan varios Procesos:
En primer lugar, se debe proceder a la Beatificación, que, a su vez -normalmente-, requiere dos Procesos: uno, de comprobación de virtudes heroicas, y otro por el que se declara probado que Dios ha obrado un milagro por intercesión del fiel que se pretende beatificar.
Una vez beatificado, para proceder a la Canonización ha de declararse probado un nuevo milagro por intercesión del Beato.

(Fuente: http://www.iuscanonicum.org).

Beatos Mártires Mexicanos
Hombres sencillos y de vida difícil

Anacleto GonzJosé Anacleto González Flores, Laico

Nació en Tepatitlán, Jalisco, el 13 de julio de 1888, en un ambiente de extrema pobreza. Hijo de un tejedor de rebozos, Valentín González Sánchez, y de María Flores Navarro. Fue el segundo de doce hermanos. Gracias a su madre, tuvo una buena educación religiosa.

En 1908 ingresó al Seminario Menor Auxiliar de San Juan de los Lagos, y en varias ocasiones suplió las ausencias del catedrático, ganándose el apodo de “Maistro Cleto”. Cuando comprendió que su vocación no era el Sacerdocio Ministerial, ingresó en la Escuela Libre de Leyes. Notable pedagogo, orador, catequista y líder social cristiano, se convirtió en paladín laico de los católicos de Guadalajara.

Escribió algunos libros, así como centenares de artículos periodísticos. En octubre de 1922 contrajo matrimonio con María Concepción Guerrero.

Muy fiel a su Prelado, el Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, propuso a los católicos la resistencia pacífica y civilizada a los ataques del Estado contra la Iglesia, por lo que constituyó la Unión Popular.

Alimentado con la oración y la comunión diaria, fortaleció su espíritu. En la madrugada del 1º de abril de 1927 fue aprehendido; lo trasladaron al Cuartel Colorado, donde le aplicaron torturas; le exigían revelar el paradero del Arzobispo de Guadalajara. Los verdugos, bajo las órdenes del General de División Jesús María Ferreira, descoyuntaron sus extremidades, le levantaron las plantas de los pies y, a golpes, le desencajaron un brazo. Antes de morir, perdonó al General y le aseguró que tendría un intercesor en su juicio ante Dios. El militar ordenó que lo traspasaran con el filo de una bayoneta calada.

Beato Luis Padilla 1José Dionisio Luis Padilla Gómez, Laico

Nació en Guadalajara el 9 de diciembre de 1899. Recibió una esmerada educación cristiana. En 1917 ingresó al Seminario Conciliar de Guadalajara, donde destacó por su conducta intachable; abandonó la institución en 1921.
Se dedicó a impartir clases a los pobres, sin retribución. Fue socio fundador y miembro activo de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, ACJM.

Al estallar la persecución del Estado contra la Iglesia Católica, Luis se afilió a la Unión Popular.
El día 1º de abril de 1927 fue acordonado su domicilio por el Ejército Federal, bajo las órdenes del General Ferreira, quien con lujo de fuerza ordenó el saqueo de la morada y la aprehensión de sus habitantes: además de Luis, su anciana madre y una hermana.

Luis fue remitido al Cuartel Colorado, soportando en el trayecto golpes y vejaciones. Más tarde, expresó su deseo de confesarse sacramentalmente; su compañero, Anacleto González Flores, lo confortó diciéndole: “Ya no es hora de confesarse, sino de pedir perdón y de perdonar. Es un Padre y no un Juez el que te espera. Tu misma sangre te purificará”. Ya en el paredón, mientras Luis, arrodillado, ofrecía su vida a Dios con ferviente oración, los verdugos descargaron sus armas sobre él.

Jorge Vargas Gonzalez7 327x410Jorge Ramón Vargas González, Laico

Nació en Ahualulco de Mercado, Jalisco, el 28 de septiembre de 1899. Fue el quinto de once hermanos. Siendo niño, su familia se trasladó a Guadalajara.

En 1926, ya empleado de la Compañía Hidroeléctrica, su hogar sirvió de refugio a sacerdotes perseguidos, como el Padre Lino Aguirre García, Párroco de Mexicaltzingo y después Obispo de Culiacán, Sinaloa. A finales de marzo de 1927, Anacleto González Flores llegó al hogar de los Vargas González.

En ese lugar los sorprendió la celada del 1º de abril. Todos fueron aprehendidos. Un mismo calabozo sirvió para alojar a tres de los Vargas González: Jorge, Ramón y Florentino, quien, por una orden de último momento, quedó libre.

Jorge se lamentó luego de no poder recibir la Comunión, siendo ese día viernes primero, pero su hermano Ramón le reconvino: “No temas, si morimos, nuestra sangre lavará nuestras culpas”.

Recibió la descarga del pelotón de fusilamiento con un Crucifijo en la mano, y ésta sobre su pecho. Durante el sepelio, cuando la madre de las víctimas estrechó en sus brazos a Florentino, le dijo: “¡Ay, hijo, qué cerca estuvo de ti la corona del martirio!; debes ser más bueno para merecerla”, mientras el papá exclamó: “Ahora sé que no es el pésame lo que deben darme, sino felicitarme porque tengo la dicha de tener dos hijos mártires”.

RamonVargasGonzalez1Ramón Vicente Vargas González, Laico

Nació también en Ahualulco el 22 de enero de 1905. Fue el séptimo de once hermanos. Tres notas lo distinguieron de ellos: el color rojo de su pelo, su elevada estatura y su jovialidad. Siguió los pasos de su padre al ingresar a la Escuela de Medicina, donde destacó por su camaradería y su clara identidad católica.

En cuanto pudo hacerlo, atendió gratuitamente la salud de los pobres. A los 22 años, recibió en su hogar, con responsabilidad subsidiaria, a Anacleto González Flores, quien advirtió sus cualidades.

La madrugada del 1º de abril de 1927, alguien azotó la puerta, y al entreabrirla, un nutrido grupo de policías se apoderó de la casa, la catearon y aprehendieron a sus ocupantes. Ramón mantuvo la calma, pese a su indignación.

Cuando supo que iba a morir, su hombría de bien y su esperanza cristiana le bastaron para unir su sacrificio al de Cristo. Para atenuar la cruel sentencia, el General Jesús María Ferreira ofreció dejar en libertad al menor de los hermanos Vargas González. El indulto correspondía a Ramón, pero cedió su lugar a Florentino. Antes de ser fusilado, flexionó los dedos de su mano diestra formando la señal de la Cruz.

Ezequiel-huerta-gutierrezJosé Luciano Ezequiel Huerta Gutiérrez, Laico

Nació en Magdalena, Jalisco, el 7 de enero de 1876. Esposo y padre ejemplar de numerosa familia; fue poseedor de una bien cultivada voz de tenor dramático. Muy devoto de la Sagrada Eucaristía, comulgaba con frecuencia. Muy caritativo.
Fue aprehendido la mañana del 2 de abril de 1927. Tenía dos hermanos Presbíteros: Eduardo y José Refugio. Cuando fue hecho prisionero, acababa de visitar la capilla ardiente donde era velado el cadáver del líder católico Anacleto González Flores. En los calabozos de la Inspección de Policía lo torturaron hasta hacerle perder el conocimiento.

Cuando volvió en sí, expresó sus lamentos cantando el Himno Eucarístico: “¡Que viva mi Cristo, que viva mi Rey!”
La madrugada del 3 de abril, fue trasladado, junto con su hermano Salvador, al cementerio municipal. Ezequiel dijo a su hermano: “Los perdonamos, ¿verdad?” “Sí, y que nuestra sangre sirva para la salvación de muchos”, repuso el interpelado. Muy cerca de ese lugar, la esposa de Ezequiel escuchó los disparos; ignoraba quiénes eran las víctimas; reunió a su familia y les dijo: “Hijitos, vamos rezando el Rosario, por esos pobres que acaban de fusilar”.

Salvador HuertaJ. Salvador Huerta Gutiérrez, Laico

Nació el 17 de marzo de 1880. Mecánico por vocación. Devoto de Jesús Sacramentado, participaba todos los días de la Eucaristía y adoraba al Santísimo en el sagrario. Su conducta como hijo, esposo y padre fue siempre ejemplar.

El 2 de abril, después de ir al cementerio a despedir los restos de Anacleto González y sus tres compañeros, y de regreso a su taller, lo esperaban agentes de la Policía, quienes, valiéndose de un ardid, lo arrestaron. En la Inspección General comenzó un crudelísimo tormento: lo colgaron de los dedos pulgares, pues querían los verdugos conocer el paradero de los Padres Eduardo y José Refugio, sus hermanos. Exánime ya, lo tiraron en un calabozo.

En las primeras horas del 3 de abril, lo condujeron, junto con su hermano Ezequiel, al Panteón de Mezquitán. Ante el pelotón de fusilamiento, pidió una vela encendida, e iluminando su pecho descubierto, dijo: “¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!; disparen; muero por Dios, que lo amo mucho”.

MiguelGomezLoza2Miguel Gómez Loza, Laico

Nació en Tepatitlán de Morelos, Jalisco, el 11 de agosto de 1888. Hijo de campesinos, desde su niñez hasta su juventud cuidó de su madre, viuda, en la aldea de Paredones; sin embargo, nunca abandonó el deseo de superarse en ciencia y en virtud. Desde su juventud fue promotor incansable de la Doctrina Social de la Iglesia. Junto con su amigo Anacleto González, en las filas de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, encontró escuela y cátedra para su formación religiosa y moral.

Con dificultades, ingresó a la Escuela Libre de Derecho, donde concluyó la Carrera. Hombre intrépido, de convicciones, nada le arredraba en sus propósitos. Por defender los derechos de los necesitados, cincuenta y nueve veces fue encarcelado y golpeado.

En 1922 contrajo matrimonio con María Guadalupe Sánchez Barragán, con quien tuvo tres hijas. En 1927, Miguel se unió a la Liga Defensora de la Libertad Religiosa. Para defender la libertad y la justicia, aceptó el nombramiento honorífico de Gobernador de Jalisco, conferido por los católicos de la resistencia. Perseguido por las Fuerzas Federales, fue acribillado por el Ejército, cerca de Atotonilco el Alto, el 21 de marzo de 1928.

LuisMaganaServin4Luis Magaña Servín, Laico

Nació en Arandas, Jalisco, el 24 de agosto de 1902. Fue un cristiano íntegro, esposo responsable y solícito. Fue miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y de la Archicofradía de la Adoración Nocturna.

Contrajo matrimonio con Elvira Camarena Méndez; tuvo dos hijos, que no conoció. El 9 de febrero de 1928, un grupo de soldados del Ejército Federal, capitaneado por el General Miguel Zenón Martínez, tomó Arandas. De inmediato, dispuso fueran capturados los católicos simpatizantes con la resistencia, y uno de ellos fue Luis. Cuando llegaron a su domicilio, no pudieron aprehenderlo, por haberse ocultado, y se llevaron a su hermano menor.

Al enterarse del acto, Luis se presentó ante el mismo General Martínez, solicitando la libertad de su hermano a cambio de la suya. Estas fueron sus palabras: “Yo nunca he sido rebelde cristero como ustedes me titulan, pero si de cristiano se me acusa, sí lo soy, y si por eso debo ser ejecutado, en hora buena. ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!” Sin mayores preámbulos, el militar decretó la muerte de Luis. Momentos antes de ejecutarlo, dijo a los integrantes del pelotón que los perdonaba y que pediría por ellos. Eran las tres de la tarde del 9 de febrero de 1928.

Beato José Sánchez del RíoJosé Sánchez del Río, Laico

Nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Michoacán. Al decretarse la suspensión del culto público, su hermano Miguel decidió tomar las armas para defender la Causa de Cristo y de su Iglesia, y él, con la misma intención, pidió permiso a sus padres para alistarse como soldado. Ingresó al campamento cristero y se ganó el cariño de sus compañeros, que lo apodaron “Tarcisio”, por su corta edad.

En combate fue hecho prisionero, y el General callista lo mandó encerrar en la cárcel de Cotija. José escribió una carta a su madre, en la que le decía que lo habían hecho prisionero y que iba a morir. Le pidió su bendición y que se resignara a la voluntad de Dios.

El 10 de febrero de 1928, como a las 6 de la tarde, lo llevaron al Cuartel del Refugio. A las 11 de la noche le desollaron los pies con un cuchillo, lo sacaron del mesón y lo hicieron caminar a golpes hasta el cementerio. En el panteón, preguntó cuál era su sepultura y se puso de pie al borde de la propia fosa, para evitar a los verdugos el trabajo de transportar su cuerpo. Acto seguido, comenzaron a apuñalarlo. A cada puñalada gritaba: “¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva la Virgen de Guadalupe!” Mientras salían de su boca estas exclamaciones, el Capitán le disparó a la cabeza.

Beato Ángel Dario Acosta ZuritaÁngel Darío Acosta Zurita, Presbítero

Nació el 13 de diciembre de 1908 en Naolinco, Veracruz. Su padre murió joven, por lo que Ángel Darío ayudó a su madre en el sostén de sus hermanos.

Con el apoyo del Señor Cura Miguel Mesa, ingresó al Seminario del Obispo de Xalapa, Rafael Guízar y Valencia. Recibió la ordenación sacerdotal el 25 de abril de 1931. Su primer destino, como Vicario, fue la Parroquia de La Asunción, en Veracruz. El vendaval de la persecución rugía con gran violencia; sin embargo, los sacerdotes continuaron sus labores.
Pronto entraría en vigor la Ley Tejeda, que hacía referencia a la reducción de los clérigos en todo Veracruz. De parte del Gobernador, fue enviada a cada sacerdote una carta exigiéndole el cumplimiento de esa Ley.

El 25 de julio de 1931, las naves del Templo Parroquial de La Asunción estaban repletas de niños que habían llegado del Catecismo, y también de un gran número de adultos que esperaban confesarse. Eran las 18.10 horas, cuando varios hombres con vestimentas militares entraron al templo y, sin previo aviso, comenzaron a disparar contra los sacerdotes. El Padre Darío, que acababa de salir del bautisterio, cayó acribillado por las balas asesinas, alcanzando a exclamar: “¡Jesús!”

PJosé Trinidad Rangel Montaño, Presbítero

Nació en el Rancho “El Durazno”, cercano a la Ciudad de Dolores Hidalgo, Guanajuato, el sábado 4 de junio de 1887. Siendo muy joven, sintió la vocación al sacerdocio, pero debido a la escasez de recursos económicos, tuvo qué posponer su entrada al Seminario. Ingresó como alumno gratuito y externo en 1909. El 13 de abril de 1919 recibió la Ordenación Sacerdotal.

Su primer destino fue como Adscrito a la Parroquia del Sagrario, de León, como miembro del Centro Catequístico de Lasalle. Se refugió en León, por no cumplir con la Ley de inscribirse como sacerdote en el registro del Gobierno. En esa ciudad, viviendo como asilado en casa de las hermanas Josefina y Jovita Alba, entabló amistad con el Padre Andrés Solá, escondido también. Sabedor de su vocación y opción, rechazó el ofrecimiento de su hermano Agustín de refugiarse en Estados Unidos, prefiriendo ir a celebrar clandestinamente los Oficios de la Semana Santa con las Hermanas Mínimas de San Francisco del Rincón, donde fue detenido y trasladado a la Comandancia antes de sufrir el martirio.

Como sacerdote, destacó por su modestia, humildad, sencillez y celo por la salvación de las almas. Fue fusilado el 25 de abril de 1927.

Leonardo-Pérez-LariosLeonardo Pérez Larios, Laico

Nació el 28 de noviembre de 1883 en Lagos de Moreno, Jalisco. Fue el tercer hijo de los once que tuvieron sus padres. A la muerte de su padre, se trasladó la familia a vivir a León.

Quiso contraer matrimonio, aunque se desistió de hacerlo por la oposición de la familia de la novia. Quiso ser Religioso, pero le resultó imposible, por tener a su cargo a dos hermanas que no poseían medios de subsistencia.

Fue una persona que vivió intensamente su vida cristiana, con una profunda devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Fue detenido en la casa de las hermanas Alba, tras participar en la Eucaristía y en la Hora Santa que el Padre Andrés Solá había organizado. Los soldados, al verlo vestido de negro y con una actitud muy devota, lo confundieron con un sacerdote. Cuando le preguntaron sobre su condición clerical, él la negó, pero afirmó ser católico, apostólico y romano. Fue conducido al cuartel, y de ahí ,con sus dos compañeros, al martirio. Se le fusiló el 25 de abril de 1927.

andres sola molistAndrés Solá y Molist, Presbítero

Nació el 7 de octubre de 1895 en Can Vilarrasa, situada en Taradell, Provincia de Barcelona, España. Fue el tercer hijo, de once.

Al escuchar la predicación de un Misionero Claretiano, él y su hermano Santiago sintieron la vocación religiosa y entraron en el Seminario. Recibió la Ordenación Sacerdotal el 23 de septiembre de 1922.

Terminado el Curso de Preparación para el Ministerio de Predicación, recibió su destino, México, llegando junto con otros cinco Religiosos Claretianos a Veracruz el 20 de agosto de 1923. Ocho días más tarde, arribó a la Capital y visitó el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Fue enviado a León, Guanajuato. En diciembre de 1924, recibió la noticia de las leyes anticatólicas y anticlericales del Presidente Calles, optando por refugiarse en la casa de las hermanas Alba.
El 23 de abril de 1927, su Superior le entregó una carta en la que le comunicaba la orden de detención contra él y le invitaba a suspender toda actividad, a huír o a esconderse. No le dio importancia. Al día siguiente, fue detenido en la casa de las Alba. Al principio no fue reconocido, pero confesó su nombre y condición, y lo detuvieron junto con Leonardo Pérez.

Fue asesinado el 25 de abril de 1927. Su Santidad Juan Pablo II aprobó su Beatificación, ocurrida el 20 de noviembre de 2005, en Guadalajara.

Beato Mateo Elías Nieves CastiloMateo Elías del Socorro Nieves del Castillo, Presbítero

Nació el 21 de septiembre de 1882 en Yuriria, Guanajuato. Su infancia y juventud fueron difíciles. Perdió a sus padres. No tuvo oportunidad de estudiar. Maduró su vocación religiosa en una intensa vida cristiana en su Parroquia.

Después de haber ingresado al Seminario Agustino, fue ordenado sacerdote el 9 de abril de 1916, a los 33 años de edad. Ejerció el Ministerio Sacerdotal en Yuriria, en Aguascalientes, Maravatío, Pinícuaro y Cañada de Caracheo, Michoacán, siendo éste su último destino.

El Padre Nieves no quiso acatar la orden del Gobierno, de concentrarse en la capital, por lo que vivió 14 meses refugiado en una cueva, protegido por sus fieles. Fue aprehendido por los federales el 7 de marzo de 1928. El Capitán Márquez lo llevó hacia Cortázar, Guanajuato, junto con dos de sus fieles, José Dolores y José de Jesús Sierra, que decidieron correr la misma suerte.

Al llegar al lugar llamado “El Llano”, los federales se detuvieron y pusieron al Padre Nieves frente a un mezquite. El Padre Elías oró, entregó a su verdugo sus escasos bienes y bendijo y perdonó a los soldados.

El Padre Nieves fue asesinado el 10 de marzo de 1928. El momento de su muerte fue de una extraordinaria grandeza. Durante su ministerio se distinguió por su fidelidad a lo sencillo.

El 12 de octubre de 1997, el Papa Juan Pablo II celebró la Ceremonia de su Beatificación, en Roma.

Quienes son los santos?


La solemnidad de Todos los Santos comenzó a celebrarse en torno al año 800. Es celebración que resume y concentra en un día todo el santoral del año, pero que principalmente recuerda a los santos anónimos sin hornacina ni imagen reconocible en los retablos. Son innumerables los testigos fieles del Evangelio, los seguidores de las Bienaventuranzas. Hoy celebramos a los que han sabido hacerse pobres en el espíritu, a los sufridos, a los pacíficos, a los defensores de la justicia, a los perseguidos, a los misericordiosos, a los limpios de corazón.

¿Quienes son los santos? Son esa multitud innumerable de hombres y mujeres, de toda raza, edad y condición, que se desvivieron por los demás, que vencieron el egoísmo, que perdonaron siempre. Santos son los que han hecho de su vida una epifanía de los valores trascendentes; par esa quienes buscan a Dios lo encuentren can facilidad humanizado en los santos.

Me parece que es Bernanos el que ha escrito lo siguiente: “He perdido la infancia y no la puedo reconquistar sino por medio de la santidad”. ¿Qué es, pues, la santidad? La santidad es la totalidad del espíritu de las Bienaventuranzas, que se leen en el evangelio de la Misa. La totalidad es pobreza, mansedumbre, justicia, pureza, paz, misericordia. Es apertura y donación que tienen como símbolo la confianza de un niño.

Santidad es tener conciencia efectiva de ser hijo de Dios. Este sentido de filiación debe ser acrecentado a través de la purificación interior y así alcanzar la meta plena de nuestra conformación con Dios. Santidad es pluralidad. Cada uno debe seguir a Cristo desde su propia circunstancia y talante; desde su nación, raza y lengua, en los días felices y cuando la tribulación arranca lágrimas del corazón; en la soledad del claustro o en el vértigo de la ciudad; en la buena y en la mala salud.

Alcanzar la santidad es descubrir el espíritu de alabanza y paz que debe animar toda la existencia. Buscar lo bueno siempre. Defender la teología de la bendición en medio de tantas maldiciones.

La santidad es una aventura, un riesgo que vale la pena correr. La transformación del mundo la han hecho fundamentalmente los santos con su testimonio de vida coherente que desbarata las rivalidades y crea la nueva fraternidad. “En el camino hacia Cristo todos somos condiscípulos, compañeros del viaje a la santidad” (Mons. Ott, Roma).

ANDRÉS PARDO

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SANTO/QUIEN-ES: EL HOMBRE QUE DESCUBRE LA PERSONA EN MEDIO DE TODAS LAS COSAS, IDEAS, TRABAJOS, NEGOCIOS Y MAQUINAS: (/1Co/08/11) H/CENTRO CR/COMPROMISO COMPRENDE QUE EL AMOR RECIBIDO DE DIOS LE QUIERE METIDO EN PLENA VIDA CON LOS HOMBRES.

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El hombre y sobre todo el hombre contemporáneo, ve, ante todo, en torno a sí, cosas, ideas, negocios, máquinas; y distraída y ligeramente, alrededor y con ocasión de esa madeja de estructuras materiales, burocráticas o mentales, percibe personas, de las que apenas se preocupa.

El santo, por su parte, ha modificado lentamente su mirada y puesta su sensibilidad selectiva en la escala verdadera de valores: su universo se ha personalizado: lo primero que ve en la red humana en la que está sumido son las personas, son incluso hermanos “por quienes Xto ha muerto” (/1Co/08/11); y simplemente, en torno y al servicio de esas personas, todas las estructuras terrestres que les permiten o no alcanzar el Reino de Dios.

Es, por otra parte, uno de los motivos por los que comprende que Dios le quiere metido en plena vida con los hombres: viendo el alejamiento en que están de Dios, ¿cómo podría abandonarlos? Sabiendo el amor, aún no descubierto, de Dios hacia ellos, ¿cómo no habría de declararles ese amor con su propio amor? Viendo sencillamente que están ahí, luchando con su difícil destino, y que también él está ahí, entre ellos, ¿por qué no habría de tratar de ser el polo activo de una humanización que empieza por la comprensión y el amor, y de una divinización, que termina también con la comunión y el amor? El santo, en medio de una humanidad dividida por la ideología, la economía, la raza, más que nunca separada en ricos y pobres; el cristiano sabe que en esa humanidad reina el pecado: allí donde los hombres se enfrentan antes de encontrarse, se desconocen antes de descubrirse, quedan indiferentes los unos a los otros en el momento mismo en que cambian sus riquezas. El santo es el primero en saber que la reconciliación de la humanidad ha costado la cruz de Xto y que él mismo habrá de añadir lo que falta a los sufrimientos de Xto por su Cuerpo, que es la Iglesia.

SANTIDAD/BAU: EL IDEAL DE SANTIDAD NO ESTA RESERVADO A UNOS POCOS. HAY UN VINCULO ESENCIAL ENTRE EL BAUTISMO DE LA FE Y LA SANTIFICACIÓN DEL HOMBRE:Ef 05. 25-26. IGLESIA/SANTIDAD.LOS CRISTIANOS SON SANTOS EN TANTO QUE SON MIEMBROS DE LA IGLESIA:1 Co 01. 02.-

La santidad que la Iglesia canoniza es una santidad heroica. Es propuesta como ejemplo a seguir, pero a la mayor parte de los cristianos le parece inimitable. Ahora bien, Jesús se dirige a todos cuando dice: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto”. El ideal de santidad no está reservado a unos pocos; va dirigido a todos sin excepción, cualquiera que sea el grado de su virtud o la calidad de su vida moral. A los que va destinado este ideal de santidad, todos se encuentran fundamentalmente en la misma situación: todos son pecadores.

La iniciativa que ha tomado la Iglesia al instituir la fiesta de Todos los Santos es susceptible de restablecer en las conciencias un equilibrio que corre el riesgo de ser en cierto modo falseado por la santidad canonizable. Esta fiesta no celebra a los santos que la Iglesia hubiera podido canonizar y no lo están; celebra la santidad común de todos aquellos y aquellas que, después de la muerte, participan plenamente, cada uno en el puesto que se ganó, de los gozos abundantes de la Familia del Padre.

La Iglesia quiere hacernos comprender que entre la santidad heroica y la santidad común no hay, finalmente, ninguna diferencia esencial, porque, en ambos casos, la santidad es el don absolutamente gratuito que Dios hace de su vida en JC.

La fiesta de Todos los Santos -y el admirable formulario litúrgico que en ella se nos propone- debe ser para nosotros la ocasión de percibir mejor la naturaleza profunda de la santidad que hemos recibido en el bautismo y que debemos hacer fructificar a lo largo de nuestra vida. (…).

Al entrar en la Iglesia por el bautismo, el hombre es santificado “en el nombre del Señor JC y por el Espíritu de nuestro Dios” (1Co/06/11). Cristo ama a la Iglesia: “se entregó por ella para santificarla, purificándola mediante el lavado del agua con la palabra” (Ef/05/25-26). El vínculo existente entre el bautismo de la fe y la santificación del hombre es claramente atestiguado. San Pablo no duda en dar a los cristianos el apelativo de “santos”. En su primera carta a los Co, se dirige a ellos en estos términos: “…a la Iglesia de Corinto, a los que han sido santificados en Xto Jesús, llamados a ser santos, con todos los que invocan el nombre de JC, nuestro Señor, en cualquier lugar, suyo y nuestro” (1Co/01-02; cf. también Flp/01/01).

No se trata de una santidad meramente externa, sino de una santidad “en verdad” adquirida por el sacrificio de Cristo y dada en participación mediante la fe y el bautismo. La fuente de esta santidad es la acción del Espíritu; pero, por haber sido santificados en Xto Jesús, los cristianos deben ajustar su vida a la obediencia ejemplar de Cristo; la santidad ontológica de los cristianos exige imperativamente su santidad moral. La fidelidad a las Bienaventuranzas debe ser su regla de conducta. Deben obrar según la santidad que viene de Dios y no según la sabiduría de la carne (2Co/01/12).

Una de las características esenciales de la santidad de la Nueva Alianza es que los santos en Cristo Jesús forman una asamblea. Hay que decir también que la santidad les es ofrecida en la respuesta que ellos dan al llamamiento que los reúne. En otras palabras, los cristianos son santos en tanto que son miembros de la Iglesia; la santidad de la Iglesia les precede siempre. Con ello se declara que la santidad del cristiano se halla siempre en radical dependencia de la santidad de Cristo y de la Iglesia que es su Cuerpo y a través de la cual es comunicada la vida de la cabeza. El tema de la asamblea de los santos descubre, además, el verdadero rostro de la santidad cristiana; los santos en Cristo Jesús forman una asamblea porque la santidad de Cristo es una fuerza que reúne a la Humanidad entera, y su nombre es amor. Dios, el tres veces Santo, es Amor y la vida que comunica no puede ser otra cosa que amor.


MAERTENS-FRISQUE NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA IX
MAROVA MADRID