San José: Redemptoris Custos


EXHORTACIÓN APOSTÓLICA REDEMPTORIS CUSTOS
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA FIGURA Y LA MISIÓN
DE SAN JOSÉ
EN LA VIDA DE CRISTO
Y DE LA IGLESIA

A los Obispos
A los Sacerdotes y Diáconos
A los Religiosos y Religiosas
A todos los fieles

INTRODUCCIÓN

1. Llamado a ser el Custodio del Redentor, “José… hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24).

Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia, inspirándose en el Evangelio, han subrayado que san José, al igual que cuidó amorosamente de María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo (1), también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo.

En el centenario de la publicación de la Carta Encíclica Quamquam pluries del Papa León XIII (2), y siguiendo la huella de la secular veneración a san José, deseo presentar a la consideración de vosotros, queridos hermanos y hermanas, algunas reflexiones sobre aquél al cual Dios “confió la custodia de sus tesoros más preciosos” (3). Con profunda alegría cumple este deber pastoral, para que en todos crezca la devoción al Patrono de la Iglesia universal y el amor al Redentor, al que él sirvió ejemplarmente.

De este modo, todo el pueblo cristiano no sólo recurrirá con mayor fervor a san José e invocará confiado su patrocinio, sino que tendrá siempre presente ante sus ojos su humilde y maduro modo de servir, así como de “participar” en la economía de la salvación (4).

Considero, en efecto, que el volver a reflexionar sobre la participación del Esposo de María en el misterio divino consentirá a la Iglesia, en camino hacia el futuro junto con toda la humanidad, encontrar continuamente su identidad en el ámbito del designio redentor, que tiene su fundamento en el misterio de la Encarnación.

Precisamente José de Nazaret “participó” en este misterio como ninguna otra persona, a excepción de María, la Madre del Verbo Encarnado. El participó en este misterio junto con ella, comprometido en la realidad del mismo hecho salvífico, siendo depositario del mismo amor, por cuyo poder el eterno Padre “nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo” (Ef 1, 5).

I. EL MARCO EVANGÉLICO

El matrimonio con María

2. “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21).

En estas palabras se halla el núcleo central de la verdad bíblica sobre san José, el momento de su existencia al que se refieren particularmente los Padres de la Iglesia.

El Evangelista Mateo explica el significado de este momento, delineando también como José lo ha vivido. Sin embargo, para comprender plenamente el contenido y el contexto, es importante tener presente el texto paralelo del Evangelio de Lucas. En efecto, en relación con el versículo que dice: “La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 18), el origen de la gestación de María “por obra del Espíritu Santo” encuentra una descripción más amplia y explícita en el versículo que se lee en Lucas sobre la anunciación del nacimiento de Jesús: “Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1, 26-27). Las palabras del ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28), provocaron una turbación interior en María y, a la vez, le llevaron a la reflexión. Entonces el mensajero tranquiliza a la Virgen y, al mismo tiempo, le revela el designio especial de Dios referente a ella misma: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1, 30-32).

El evangelista había afirmado poco antes que, en el momento de la anunciación, María estaba “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David”. La naturaleza de este “desposorio” es explicada indirectamente, cuando María, después de haber escuchado lo que el mensajero había dicho sobre el nacimiento del hijo, pregunta: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). Entonces le llega esta respuesta: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). María, si bien ya estaba “desposada” con José, permanecerá virgen, porque el niño, concebido en su seno desde la anunciación, había sido concebido por obra del Espíritu Santo.

En este punto el texto de Lucas coincide con el de Mateo 1, 18 y sirve para explicar lo que en él se lee. Si María, después del desposorio con José, se halló “encinta por obra del Espíritu Santo”, este hecho corresponde a todo el contenido de la anunciación y, de modo particular, a las últimas palabras pronunciadas por María: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Respondiendo al claro designio de Dios, María con el paso de los días y de las semanas se manifiesta ante la gente y ante José “encinta”, como aquella que debe dar a luz y lleva consigo el misterio de la maternidad.

3. A la vista de esto “su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto” (Mt 1, 19), pues no sabía cómo comportarse ante la “sorprendente” maternidad de María. Ciertamente buscaba una respuesta a la inquietante pregunta, pero, sobre todo, buscaba una salida a aquella situación tan difícil para él. Por tanto, cuando “reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21).

Existe una profunda analogía entre la “anunciación” del texto de Mateo y la del texto de Lucas. El mensajero divino introduce a José en el misterio de la maternidad de María. La que según la ley es su “esposa”, permaneciendo virgen, se ha convertido en madre por obra del Espíritu Santo. Y cuando el Hijo, llevado en el seno por María, venga al mundo, recibirá el nombre de Jesús. Era éste un nombre conocido entre los israelitas y, a veces, se ponía a los hijos. En este caso, sin embargo, se trata del Hijo que, según la promesa divina, cumplirá plenamente el significado de este nombre: Jesús-Yehosua”, que significa, Dios salva.

El mensajero se dirige a José como al “esposo de María”, aquel que, a su debido tiempo, tendrá que imponer ese nombre al Hijo que nacerá de la Virgen de Nazaret, desposada con él. El mensajero se dirige, por tanto, a José confiándole la tarea de un padre terreno respecto al Hijo de María.

“Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24). El la tomó en todo el misterio de su maternidad; la tomó junto con el Hijo que llegaría al mundo por obra del Espíritu Santo, demostrando de tal modo una disponibilidad de voluntad, semejante a la de María, en orden a lo que Dios le pedía por medio de su mensajero.

II. EL DEPOSITARIO DEL MISTERIO DE DIOS

4. Cuando María, poco después de la anunciación, se dirigió a la casa de Zacarías para visitar a su pariente Isabel, mientras la saludaba oyó las palabras pronunciadas por Isabel “llena de Espíritu Santo” (Lc 1, 41). Además de las palabras relacionadas con el saludo del ángel en la anunciación, Isabel dijo: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45). Estas palabras han sido el pensamiento-guía de la encíclica Redemptoris Mater, con la cual he pretendido profundizar en las enseñanzas del Concilio Vaticano II que afirma: “La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz” (5) y “precedió” (6) a todos los que, mediante la fe, siguen a Cristo.

Ahora, al comienzo de esta peregrinación, la fe de María se encuentra con la fe de José. Si Isabel dijo de la Madre del Redentor: “Feliz la que ha creído”, en cierto sentido se puede aplicar esta bienaventuranza a José, porque él respondió afirmativamente a la Palabra de Dios, cuando le fue transmitida en aquel momento decisivo. En honor a la verdad, José no respondió al “anuncio” del ángel como María; pero hizo como le había ordenado el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa. Lo que él hizo es genuina “obediencia de la fe” (cf. Rom 1, 5; 16, 26; 2Cor 10, 5-6).

Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo particularísimo a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación. El Concilio dice al respecto: “Cuando Dios revela hay que prestarle “la obediencia de la fe”, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por él” (7). La frase anteriormente citada, que concierne a la esencia misma de la fe, se refiere plenamente a José de Nazaret.

5. El, por tanto, se convirtió en el depositario singular del misterio “escondido desde siglos en Dios” (cf. Ef 3, 9), lo mismo que se convirtió María en aquel momento decisivo que el Apóstol llama “la plenitud de los tiempos”, cuando “envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” para “rescatar a los que se hallaban bajo la ley”, “para que recibieran la filiación adoptiva” (cf. Gál 4, 4-5). “Dispuso Dios -afirma el Concilio- en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2Pe 1, 4)”. (8)

De este misterio divino José es, junto con María, el primer depositario. Con María -y también en relación con María- él participa en esta fase culminante de la autorrevelación de Dios en Cristo, y participa desde el primer instante. Teniendo a la vista el texto de ambos evangelistas Mateo y Lucas, se puede decir también que José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, y que, haciéndolo así, sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación. El es asimismo el que ha sido puesto en primer lugar por Dios en la vía de la “peregrinación de la fe”, a través de la cual, María, sobre todo en el Calvario y en Pentecostés, precedió de forma eminente y singular. (9)

6. La vía propia de José, su peregrinación de la fe, se concluirá antes, es decir, antes de que María se detenga ante la Cruz en el Gólgota y antes de que Ella, una vez vuelto Cristo al Padre, se encuentre en el Cenáculo de Pentecostés el día de la manifestación de la Iglesia al mundo, nacida mediante el poder del Espíritu de verdad. Sin embargo, la vía de la fe de José sigue la misma dirección, queda totalmente determinada por el mismo misterio del que él junto con María se había convertido en el primer depositario. La encarnación y la redención constituyen una unidad orgánica e indisoluble, donde el “plan de la revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí” (10). Precisamente por esta unidad el Papa Juan XXIII, que tenía una gran devoción a san José, estableció que en el Canon romano de la Misa, memorial perpetuo de la redención, se incluyera su nombre junto al de María, y antes del de los Apóstoles, de los Sumos Pontífices y de los Mártires. (11)


El servicio de la paternidad

7. Como se deduce de los textos evangélicos, el matrimonio con María es el fundamento jurídico de la paternidad de José. Es para asegurar la protección paterna a Jesús por lo que Dios elige a José como esposo de María. Se sigue de esto que la paternidad de José -una relación que lo sitúa lo más cerca posible de Jesús, término de toda elección y predestinación (cf. Rom 8, 28 s.)- pasa a través del matrimonio con María, es decir, a través de la familia.

Los evangelistas, aun afirmando claramente que Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y que en aquel matrimonio se ha conservado la virginidad (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38), llaman a José esposo de María y a María esposa de José (cf. Mt 1, 16. 18-20. 24; Lc 1, 27; 2, 5).

Y también para la Iglesia, si es importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio de María con José, porque jurídicamente depende de este matrimonio la paternidad de José. De aquí se comprende por qué las generaciones han sido enumeradas según la genealogía de José. “¿Por qué -se pregunta san Agustín- no debían serlo a través de José? ¿No era tal vez José el marido de María? (…) La Escritura afirma, por medio de la autoridad angélica, que él era el marido. No temas, dice, recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Se le ordena poner el nombre del niño, aunque no fuera fruto suyo. Ella, añade, dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. La Escritura sabe que Jesús no ha nacido de la semilla de José, porque a él, preocupado por el origen de la gravidez de ella, se le ha dicho: es obra del Espíritu Santo. Y, no obstante, no se le quita la autoridad paterna, visto que se le ordena poner el nombre al niño. Finalmente, aun la misma Virgen María, plenamente consciente de no haber concebido a Cristo por medio de la unión conyugal con él, le llama sin embargo padre de Cristo” (12).

El hijo de María es también hijo de José en virtud del vínculo matrimonial que les une: “A raíz de aquel matrimonio fiel ambos merecieron ser llamados padres de Cristo; no sólo aquella madre, sino también aquel padre, del mismo modo que era esposo de su madre, ambos por medio de la mente, no de la carne” (13). En este matrimonio, no faltaron los requisitos necesarios para su constitución: “En los padres de Cristo se han cumplido todos los bienes del matrimonio: la prole, la fidelidad y el sacramento. Conocemos la prole, que es el mismo Señor Jesús; la fidelidad, porque no existe adulterio; el sacramento, porque no hay divorcio” (14).

Analizando la naturaleza del matrimonio, tanto san Agustín como santo Tomás la ponen siempre en la “indivisible unión espiritual”, en la “unión de los corazones”, en el “consentimiento” (15), elementos que en aquel matrimonio se han manifestado de modo ejemplar. En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena “libertad” el “don esponsal de sí” al acoger y expresar tal amor (16). “En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida” (17).

¡Cuántas enseñanzas se derivan de todo esto para la familia! Porque “la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor” y “la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa” (18); es en la Sagrada Familia, en esta originaria “iglesia doméstica” (19), donde todas las familias cristianas deben mirarse. En efecto, “por un misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es pues el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas” (20).

8. San José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación” (21). Su paternidad se ha expresado concretamente “al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la encarnación y a la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo; al haber convertido su vocación humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa” (22).

La liturgia, al recordar que han sido confiados “a la fiel custodia de san José los primeros misterios de la salvación de los hombres” (23), precisa también que “Dios le ha puesto al cuidado de su familia, como siervo fiel y prudente, para que custodiara como padre a su Hijo unigénito” (24). León XIII subraya la sublimidad de esta misión: “El se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a su propio padre” (25).

Al no ser concebible que a una misión tan sublime no correspondan las cualidades exigidas para llevarla a cabo de forma adecuada, es necesario reconocer que José tuvo hacia Jesús “por don especial del cielo, todo aquel amor natural, toda aquella afectuosa solicitud que el corazón de un padre pueda conocer” (26).

Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José el amor correspondiente, aquel amor que tiene su fuente en el Padre, “de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3, 15).

En los Evangelios se expone claramente la tarea paterna de José respecto a Jesús. De hecho, la salvación, que pasa a través de la humanidad de Jesús, se realiza en los gestos que forman parte diariamente de la vida familiar, respetando aquella “condescendencia” inherente a la economía de la encarnación. Los Evangelistas están muy atentos en mostrar cómo en la vida de Jesús nada se deja a la casualidad y todo se desarrolla según un plan divinamente preestablecido. La fórmula repetida a menudo: “Así sucedió, para que se cumplieran…” y la referencia del acontecimiento descrito a un texto del Antiguo Testamento, tienden a subrayar la unidad y la continuidad del proyecto, que alcanza en Cristo su cumplimiento.

Con la encarnación las “promesas” y la “figuras” del Antiguo Testamento se hacen “realidad”: lugares, personas, hechos y ritos se entremezclan según precisas órdenes divinas, transmitidas mediante el ministerio angélico y recibidos por criaturas particularmente sensibles a la voz de Dios. María es la humilde sierva del Señor, preparada desde la eternidad para la misión de ser Madre de Dios; José es aquel que Dios ha elegido para ser “el coordinador del nacimiento del Señor” (27), aquél que tiene el encargo de proveer a la inserción “ordenada” del Hijo de Dios en el mundo, en el respeto de las disposiciones divinas y de las leyes humanas. Toda la vida, tanto “privada” como “escondida” de Jesús ha sido confiada a su custodia.

El censo

9. Dirigiéndose a Belén para el censo, de acuerdo con las disposiciones emanadas por la autoridad legítima, José, respecto al niño, cumplió la tarea importante y significativa de inscribir oficialmente el nombre “Jesús, hijo de José de Nazaret” (cf. Jn 1, 45) en el registro del Imperio. Esta inscripción manifiesta de modo evidente la pertenencia de Jesús al género humano, hombre entre los hombres, ciudadano de este mundo, sujeto a las leyes e instituciones civiles, pero también “salvador del mundo”. Orígenes describe acertadamente el significado teológico inherente a este hecho histórico, ciertamente nada marginal: “Dado que el primer censo de toda la tierra acaeció bajo César Augusto y, como todos los demás, también José se hizo registrar junto con María su esposa, que estaba encinta, Jesús nació antes de que el censo se hubiera llevado a cabo; a quien considere esto con profunda atención, le parecerá ver una especie de misterio en el hecho de que en la declaración de toda la tierra debiera ser censado Cristo. De este modo, registrado con todos, podía santificar a todos; inscrito en el censo con toda la tierra, a la tierra ofrecía la comunión consigo; y después de esta declaración escribía a todos los hombres de la tierra en el libro de los vivos, de modo que cuantos hubieran creído en él, fueran luego registrados en el cielo con los Santos de Aquel a quien se debe la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén” (28).

El nacimiento en Belén

10. Como depositarios del misterio “escondido desde siglos en Dios” y que empieza a realizarse ante sus ojos “en la plenitud de los tiempos”, José es con María, en la noche de Belén, testigo privilegiado de la venida del Hijo de Dios al mundo. Así lo narra Lucas: “Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento” (Lc 2, 6-7).

José fue testigo ocular de este nacimiento, acaecida en condiciones humanamente humillantes, primer anuncio de aquel “anonadamiento” (Flp 2, 5-8), al que Cristo libremente consintió para redimir los pecados. Al mismo tiempo José fue testigo de la adoración de los pastores, llegados al lugar del nacimiento de Jesús después de que el ángel les había traído esta grande y gozosa nueva (cf. Lc 2, 15-16); más tarde fue también testigo de la adoración de los Magos, venidos de Oriente (cf. Mt 2, 11).

La circuncisión

11. Siendo la circuncisión del hijo el primer deber religioso del padre, José con este rito (cf. Lc 2, 21) ejercita su derecho-deber respecto a Jesús.

El principio según el cual todos los ritos del Antiguo Testamento son una sombra de la realidad (cf. Heb 9, 9 s.; 10, 1), explica el por qué Jesús los acepta. Como para los otros ritos, también el de la circuncisión halla en Jesús el “cumplimiento”. La Alianza de Dios con Abrahán, de la cual la circuncisión era signo (cf. Jn 17, 13), alcanza en Jesús su pleno efecto y su perfecta realización, siendo Jesús el “sí” de todas las antiguas promesas (cf. 2Cor 1, 20).


La imposición del nombre

12. En la circuncisión, José impone al niño el nombre de Jesús. Este nombre es el único en el que se halla la salvación (cf. Hech 4, 12); y a José le había sido revelado el significado en el instante de su “anunciación”: “Y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Al imponer el nombre, José declara su paternidad legal sobre Jesús y, al proclamar el nombre, proclama también su misión salvadora.

La presentación de Jesús en el templo

13. Este rito, narrado por Lucas (2, 2 ss.), incluye el rescate del primogénito e ilumina la posterior permanencia de Jesús a los doce años de edad en el templo.

El rescate del primogénito es otro deber del padre, que es cumplido por José. En el primogénito estaba representado el pueblo de la Alianza, rescatado por la esclavitud para pertenecer a Dios. También en esto, Jesús, que es el verdadero “precio” del rescate (cf. 1Cor 6, 20; 7, 23; 1Pe 1, 19), no sólo “cumple” el rito del Antiguo Testamento, sino que, al mismo tiempo, lo supera, al no ser él mismo un sujeto de rescate, sino el autor mismo del rescate.

El Evangelista pone de manifiesto que “su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él” (Lc 2, 33), y, de modo particular, de lo dicho por Simeón, en su canto dirigido a Dios, al indicar a Jesús como la “salvación preparada por Dios a la vista de todos los pueblos” y “luz para iluminar a los gentiles y gloria de su pueblo Israel” y, más adelante, también “señal de contradicción” (cf. Lc 2, 30-34).


La huida a Egipto

14. Después de la presentación en el templo el evangelista Lucas hace notar: “Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2, 39-40).

Pero, según el texto de Mateo, antes de este regreso a Galilea, hay que situar un acontecimiento muy importante, para el que la Providencia divina recurre nuevamente a José. Leemos: “Después que ellos (los Magos) se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar el niño para matarle””(Mt 2, 13). Con ocasión de la venida de los Magos de Oriente, Herodes supo del nacimiento del “rey de los judíos” (Mt 2, 2). Y cuando partieron los Magos él “envió a matar a todos los niños de Belén y de toda la comarca, de dos años para abajo” (Mt 2, 16). De este modo, matando a todos, quería matar a aquel recién nacido “rey de los judíos”, de quien había tenido conocimiento durante la visita de los magos a su corte. Entonces José, habiendo sido advertido en sueños, “tomó al niño y a su madre y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: “De Egipto llamé a mi hijo”” (Mt 2, 14-15; cf. Os 11, 1).

De este modo, el camino de regreso de Jesús desde Belén a Nazaret pasó a través de Egipto. Así como Israel había tomado la vía del éxodo “en condición de esclavitud” para iniciar la Antigua Alianza, José, depositario y cooperador del misterio providencial de Dios, custodia también en el exilio a aquel que realiza la Nueva Alianza.


Jesús en el templo

15. Desde el momento de la anunciación, José, junto con María, se encontró en cierto sentido en la intimidad del misterio escondido desde siglos en Dios, y que se encarnó: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14). El habitó entre los hombres, y el ámbito de su morada fue la Sagrada Familia de Nazaret, una de tantas familias de esta aldea de Galilea, una de tantas familias de Israel. Allí Jesús “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2, 40). Los Evangelios compendian en pocas palabras el largo periodo de la vida “oculta”, durante el cual Jesús se preparaba a su misión mesiánica. Un solo episodio se sustrae a este “ocultamiento”, que es descrito en el Evangelio de Lucas: la Pascua de Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años.

Jesús participó en esta fiesta como joven peregrino junto con María y José. Y he aquí que “pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres” (Lc 2, 43). Pasado un día se dieron cuenta e iniciaron la búsqueda entre los parientes y conocidos: “Al cabo de tres días, lo encontraron en el templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles. Todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas” (Lc 2, 46-47). María le pregunta: “Hijo ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando” (Lc 2, 48). La respuesta de Jesús fue tal que “ellos no comprendieron”. El les había dicho: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que yo debía ocuparme en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49-50).

Esta respuesta la oyó José, a quien María se había referido poco antes llamándole “tu padre”. Y así es lo que se decía y pensaba: “Jesús… era, según se creía, hijo de José” (Lc 3, 23). No obstante, la respuesta de Jesús en el templo habría reafirmado en la conciencia del “presunto padre” lo que éste había oído una noche doce años antes: “José… no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Ya desde entonces, él sabía que era depositario del misterio de Dios, y Jesús en el templo evocó exactamente este misterio: “Debo ocuparme en las cosas de mi Padre”.


El mantenimiento y educación de Jesús en Nazaret

16. El crecimiento de Jesús “en sabiduría, edad y gracia” (Lc 2, 52) se desarrolla en el ámbito de la Sagrada Familia, a la vista de José, que tenía la alta misión de “criarle”, esto es, alimentar, vestir e instruir a Jesús en la Ley y en un oficio, como corresponde a los deberes propios del padre.

En el sacrificio eucarístico la Iglesia venera ante todo la memoria de la gloriosa siempre Virgen María, pero también la del bienaventurado José (29) porque “alimentó a aquel que los fieles comerían como pan de vida eterna” (30).

Por su parte, Jesús “vivía sujeto a ellos” (Lc 2, 51), correspondiendo con el respeto a las atenciones de sus “padres”. De esta manera quiso santificar los deberes de la familia y del trabajo que desempeñaba al lado de José.

III. EL VARÓN JUSTO – EL ESPOSO

17. Durante su vida, que fue una peregrinación en la fe, José, al igual que María, permaneció fiel a la llamada de dios hasta el final. La vida de ella fue el cumplimiento hasta sus últimas consecuencias de aquel primer “fiat” pronunciado en el momento de la anunciación, mientras que José -como ya se ha dicho- en el momento de su “anunciación” no pronunció palabra alguna. Simplemente él “hizo como el ángel del Señor le había mandado” (Mt 1, 24). Y este primer “hizo” es el comienzo del “camino de José”. A lo largo de este camino; los Evangelios no citan ninguna palabra dicha por él. Pero el silencio de José posee una especial elocuencia: gracias a este silencio se puede leer plenamente la verdad contenida en el juicio que de él da el Evangelio: el “justo” (Mt 1, 19).

Hace falta saber leer esta verdad, porque ella contiene uno de los testimonios más importantes acerca del hombre y de su vocación. En el transcurso de las generaciones la Iglesia lee, de modo siempre atento y consciente, dicho testimonio, casi como si sacase del tesoro de esta figura insigne “lo nuevo y lo viejo” (Mt 13, 52).

18. El varón “justo” de Nazaret posee ante todo las características propias del esposo. El Evangelista habla de María como de “una virgen desposada con un hombre llamado José” (Lc 1, 27). Antes de que comience a cumplirse “el misterio escondido desde siglos” (Ef 3, 9) los Evangelios ponen ante nuestros ojos la imagen del esposo y de la esposa. Según la costumbre del pueblo hebreo, el matrimonio se realizaba en dos etapas: primero se celebraba el matrimonio legal (verdadero matrimonio) y, sólo después de un cierto periodo, el esposo introducía en su casa a la esposa. Antes de vivir con María, José era, por tanto, su “esposo”; pero María conservaba en su intimidad el deseo de entregarse a Dios de modo exclusivo. Se podría preguntar cómo se concilia este deseo con el “matrimonio”. La respuesta viene sólo del desarrollo de los acontecimientos salvíficos, esto es, de la especial intervención de Dios. Desde el momento de la anunciación, María sabe que debe llevar a cabo su deseo virginal de darse a Dios de modo exclusivo y total precisamente por el hecho de llegar a ser la madre del Hijo de Dios. La maternidad por obra del Espíritu Santo es la forma de donación que el mismo Dios espera de la Virgen, “esposa prometida” de José. María pronuncia su “fiat”

El hecho de ser ella la “esposa prometida” de José está contenido en el designio mismo de Dios. Así lo indican los dos Evangelistas citados, pero de modo particular Mateo. Son muy significativas las palabras dichas a José: “No temas en tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Estas palabras explican el misterio de la esposa de José: María es virgen en su maternidad. En ella el “Hijo del Altísimo” asume un cuerpo humano y viene a ser “el Hijo del hombre”.

Dios, dirigiéndose a José con las palabras del ángel, se dirige a él al ser el esposo de la Virgen de Nazaret. Lo que se ha cumplido en ella por obra del Espíritu Santo expresa al mismo tiempo una especial confirmación del vínculo esponsal, existente ya antes entre José y María. El mensajero dice claramente a José: “No temas tomar contigo a María tu mujer”. Por tanto, lo que había tenido lugar antes -esto es, sus desposorios con María- había sucedido por voluntad de Dios y, consiguientemente, había que conservarlo. En su maternidad divina María ha de continuar, viviendo como “una virgen, esposa de un esposo” (cf. Lc 1, 27).

19. En las palabras de la “anunciación” nocturna, José escucha no sólo la verdad divina acerca de la inefable vocación de su esposa, sino que también vuelve a escuchar la verdad sobre su propia vocación. Este hombre “justo”, que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la virgen de Nazaret y se había unido a ella con amor esponsal, es llamado nuevamente por Dios a este amor.

“José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24); lo que en ella había sido engendrado “es del Espíritu Santo”. A la vista de estas expresiones, ¿no habrá que concluir que también su amor como hombre ha sido regenerado por el Espíritu Santo? ¿No habrá que pensar que el amor de Dios, que ha sido derramado en el corazón humano por medio del Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5) configura de modo perfecto el amor humano? Este amor de Dios forma también -y de modo muy singular- el amor esponsal de los cónyuges, profundizando en él todo lo que tiene de humanamente digno y bello, lo que lleva el signo del abandono exclusivo, de la alianza de las personas y de la comunión auténtica a ejemplo del Misterio trinitario.

“José… tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo” (Mt 1, 24-25). Estas palabras indican también otra proximidad esponsal. La profundidad de esta proximidad, es decir, la intensidad espiritual de la unión y del contacto entre personas -entre el hombre y la mujer- proviene en definitiva del Espíritu Santo, que da la vida (cf. Jn 6, 63). José, obediente al Espíritu, encontró justamente en El la fuente del amor, de su amor esponsal de hombre, y este amor fue más grande que el que aquel “varón justo” podía esperarse según la medida del propio corazón humano.

20. En la liturgia se celebra a María como “unida a José, el hombre justo, por un estrechísimo y virginal vínculo de amor” (31). Se trata, en efecto, de dos amores que representan conjuntamente el misterio de la Iglesia, virgen y esposa, la cual encuentra en el matrimonio de María y José su propio símbolo. “La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo” (32), que es comunión de amor entre Dios y los hombres.

Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole “don esponsal de sí”. Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios.

Por otra parte, es precisamente del matrimonio con María del que derivan para José su singular dignidad y sus derechos sobre Jesús. “Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad -al que de por sí va unida la comunión de bienes- se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella” (33).

21. Este vínculo de caridad constituyó la vida de la Sagrada Familia, primero en la pobreza de Belén, luego en el exilio en Egipto y, sucesivamente, en Nazaret. La Iglesia rodea de profunda veneración a esta Familia, proponiéndola como modelo para todas las familias. La Familia de Nazaret, inserta directamente en el misterio de la encarnación, constituye un misterio especial. Y -al igual que en la encarnación- a este misterio pertenece también una verdadera paternidad: la forma humana de la familia del Hijo de Dios, verdadera familia humana formada por el misterio divino. En esta familia José es el padre: no es la suya una paternidad derivada de la generación; y, sin embargo, no es “aparente” o solamente “sustitutiva”, sino que posee plenamente la autenticidad de la paternidad humana y de la misión paterna en la familia. En ello está contenida una consecuencia de la unión hipostática: la humanidad asumida en la unidad de la Persona divina del Verbo-Hijo, Jesucristo. Junto con la asunción de la humanidad, en Cristo está también “asumido” todo lo que es humano, en particular, la familia, como primera dimensión de su existencia en la tierra. En este contexto está también “asumida” la paternidad humana de José.

En base a este principio adquieren su justo significado las palabras de María a Jesús en el templo: “Tu padre y yo… te buscábamos”. Esta no es una frase convencional; las palabras de la Madre de Jesús indican toda la realidad de la encarnación, que pertenece al misterio de la Familia de Nazaret. José, que desde el principio aceptó mediante la “obediencia de la fe” su paternidad humana respecto a Jesús, siguiendo la luz del Espíritu Santo, que mediante la fe se da al hombre, descubría ciertamente cada vez más el don inefable de su paternidad.

IV. EL TRABAJO EXPRESIÓN DEL AMOR

22. Expresión cotidiana de este amor en la vida de la Familia de Nazaret es el trabajo. El texto evangélico precisa el tipo de trabajo con el que José trataba de asegurar el mantenimiento de la Familia: el de carpintero. Esta simple palabra abarca toda la vida de José. Para Jesús éstos son los años de la vida escondida, de la que habla el evangelista tras el episodio ocurrido en el templo: “Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos” (Lc 2, 51). Esta “sumisión”, es decir, la obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida también como participación en el trabajo de José. El que era llamado el “hijo del carpintero” había aprendido el trabajo de su “padre” putativo. Si la Familia de Nazaret en el orden de la salvación y de la santidad es ejemplo y modelo para las familias humanas, lo es también análogamente el trabajo de Jesús al lado de José, el carpintero. En nuestra época la Iglesia ha puesto también esto de relieve con la fiesta litúrgica de San José Obrero, el 1 de mayo. El trabajo humano y, en particular, el trabajo manual tienen en el Evangelio un significado especial. Junto con la humanidad del Hijo de Dios, el trabajo ha formado parte del misterio de la encarnación, y también ha sido redimido de modo particular. Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la redención.

23. En el crecimiento humano de Jesús “en sabiduría, edad y gracia” representó una parte notable la virtud de la laboriosidad, al ser “el trabajo un bien del hombre” que “transforma la naturaleza” y que hace al hombre “en cierto sentido más hombre” (34).

La importancia del trabajo en la vida del hombre requiere que se conozcan y asimilen aquellos contenidos “que ayuden a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación en su triple misión de sacerdote, profeta y rey” (35).

24. Se trata, en definitiva, de la santificación de la vida cotidiana, que cada uno debe alcanzar según el propio estado y que puede ser fomentada según un modelo accesible a todos: “San José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a grandes destinos; san José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan “grandes cosas”, sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas” (36).


V. EL PRIMADO DE LA VIDA INTERIOR

25. También el trabajo de carpintero en la casa de Nazaret está envuelto por el mismo clima de silencio que acompaña todo lo relacionado con la figura de José. Pero es un silencio que descubre de modo especial el perfil interior de esta figura. Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José “hizo”; sin embargo permiten descubrir en sus “acciones” -ocultas por el silencio- un clima de profunda contemplación. José estaba en contacto cotidiano con el misterio “escondido desde siglos”, que “puso su morada” bajo el techo de su casa. Esto explica, por ejemplo, por qué Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo, se hizo promotora de la renovación del culto a san José en la cristiandad occidental.

26. El sacrificio total, que José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa, encuentra una razón adecuada “en su insondable vida interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde surge para él la lógica y la fuerza -propia de las almas sencillas y limpias- para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal que la constituye y alimenta” (37).

Esta sumisión a Dios, que es disponibilidad de ánimo para dedicarse a las cosas que se refieren a su servicio, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción, la cual constituye una de las expresiones de la virtud de la religión (38).

27. La comunión de vida entre José y Jesús nos lleva todavía a considerar el misterio de la encarnación precisamente bajo el aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz de la divinidad en orden a la santificación de los hombres: “En virtud de la divinidad, las acciones humanas de Cristo fueron salvíficas para nosotros, produciendo en nosotros la gracia tanto por razón del mérito, como por una cierta eficacia” (39).

Entre estas acciones los Evangelistas resaltan las relativas al misterio pascual, pero tampoco olvidan subrayar la importancia del contacto físico con Jesús en orden a la curación (cf., p.e., Mc 1, 41) y el influjo ejercido por él sobre Juan Bautista, cuando ambos estaban aún en el seno materno (cf. Lc 1, 41-44).

El testimonio apostólico no ha olvidado -como hemos visto- la narración del nacimiento de Jesús, la circuncisión, la presentación en el templo, la huida a Egipto y la vida oculta en Nazaret, por el “misterio” de gracia contenido en tales “gestos”, todos ellos salvíficos, al ser partícipes de la misma fuente de amor: la divinidad de Cristo. Si este amor se irradiaba a todos los hombres, a través de la humanidad de Cristo, los beneficiados en primer lugar eran ciertamente: María, su madre, y su padre putativo, José, a quienes la voluntad divina había colocado en su estrecha intimidad (40).

Puesto que el amor “paterno” de José no podía dejar de influir en el amor “filial” de Jesús y, viceversa, el amor “filial” de Jesús no podía dejar de influir en el amor “paterno” de José, ¿cómo adentrarnos en la profundidad de esta relación singularísima? Las almas más sensibles a los impulsos del amor divino ven con razón en José un luminoso ejemplo de vida interior.

Además, la aparente tensión entre la vida activa y la contemplativa encuentra en él una superación ideal, cosa posible en quien posee la perfección de la caridad. Según la conocida distinción entre el amor de la verdad (caritas veritatis) y la exigencia del amor (necessitas caritatis) (41), podemos decir que José ha experimentado tanto el amor a la verdad, esto es, el puro amor de contemplación de la Verdad divina que irradiaba de la humanidad de Cristo, como la exigencia del amor, esto es, el amor igualmente puro del servicio, requerido por la tutela y por el desarrollo de aquella misma humanidad.


VI. PATRONO DE LA IGLESIA DE NUESTRO TIEMPO

28. En tiempos difíciles para la Iglesia, Pío IX, queriendo ponerla bajo la especial protección del santo patriarca José, lo declaró “Patrono de la Iglesia Católica” (42). El Pontífice sabía que no se trataba de un gesto peregrino, pues, a causa de la excelsa dignidad concedida por Dios a este su siervo fiel, “la Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias” (43).

¿Cuáles son los motivos para tal confianza? León XIII los expone así: “Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial Patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús (…). José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia (…). Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo” (44).

29. Este patrocinio debe ser invocado y todavía es necesario a la Iglesia no sólo como defensa contra los peligros que surgen, sino también y sobre todo como aliento en su renovado empeño de evangelización en el mundo y de reevangelización en aquellos “países y naciones, en los que -como he escrito en la Exhortación Apostólica Post-Sinodal Christifideles laici- la religión y la vida cristiana fueron florecientes y” que “están ahora sometidos a dura prueba” (45). Para llevar el primer anuncio de Cristo y para volver a llevarlo allí donde está descuidado u olvidado, la Iglesia tiene necesidad de un especial “poder desde lo alto” (cf. Lc 24, 49; Hech 1, 8), don ciertamente del Espíritu del Señor, no desligado de la intercesión y del ejemplo de sus Santos.

30. Además de la certeza en su segura protección, la Iglesia confía también en el ejemplo insigne de José; un ejemplo que supera los estados de vida particulares y se propone a toda la Comunidad cristiana, cualesquiera que sean las condiciones y las funciones de cada fiel.

Como se dice en la Constitución Dogmática del Concilio Vaticano II sobre la divina Revelación, la actitud fundamental de toda la Iglesia debe ser de “religiosa escucha de la Palabra de Dios” (46), esto es, de disponibilidad absoluta para servir fielmente a la voluntad salvífica de Dios revelada en Jesús. Ya al inicio de la redención humana encontramos el modelo de obediencia -después del de María- precisamente en José, el cual se distingue por la fiel ejecución de los mandatos de Dios.

Pablo VI invitaba a invocar este patrocinio “como la Iglesia, en estos últimos tiempos suele hacer; ante todo, para sí, en una espontánea reflexión teológica sobre la relación de la acción divina con la acción humana, en la gran economía de la redención, en la que la primera, la divina, es completamente suficiente, pero la segunda, la humana, la nuestra, aunque no puede nada (cf. Jn 15, 5), nunca está dispensada de una humilde, pero condicional y ennoblecedora colaboración. Además, la Iglesia lo invoca como protector con un profundo y actualísimo deseo de hacer florecer su terrena existencia con genuinas virtudes evangélicas, como resplandecen en san José” (47).

31. La Iglesia transforma estas exigencias en oración. Y recordando que Dios ha confiado los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, le pide que le conceda colaborar fielmente en la obra de la salvación, que le dé un corazón puro, como san José, que se entregó por entero a servir al Verbo Encarnado, y que “por el ejemplo y la intercesión de san José, servidor fiel y obediente, vivamos siempre consagrados en justicia y santidad” (48).

Hace ya cien años el Papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia. La Carta Encíclica Quamquam pluries se refería a aquel “amor paterno” que José “profesaba al niño Jesús”; a él, “próvido custodio de la Sagrada Familia” recomendaba la “heredad que Jesucristo conquistó con su sangre”. Desde entonces, la Iglesia -como he recordado al comienzo- implora la protección de san José en virtud de “aquel sagrado vínculo que lo une a la Inmaculada Virgen María”, y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana.

Aún hoy tenemos muchos motivos para orar con las mismas palabras de León XIII: “Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios… Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas…; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad” (49). Aún hoy existen suficientes motivos para encomendar a todos los hombres a san José.

32. Deseo vivamente que el presente recuerdo de la figura de san José renueve también en nosotros la intensidad de la oración que hace un siglo mi Predecesor recomendó dirigirle. Esta plegaria y la misma figura de José adquieren una renovada actualidad para la Iglesia de nuestro tiempo, en relación con el nuevo Milenio cristiano.

El Concilio Vaticano II ha sensibilizado de nuevo a todos hacia “las grandes cosas de Dios”, hacia la “economía de la salvación” de la que José fue ministro particular. Encomendándonos, por tanto, a la protección de aquel a quien Dios mismo “confió la custodia de sus tesoros más preciosos y más grandes” (50) aprendamos al mismo tiempo de él a servir a la “economía de la salvación”. Que san José sea para todos un maestro singular en el servir a la misión salvífica de Cristo, tarea que en la Iglesia compete a todos y a cada uno: a los esposos y a los padres, a quienes viven del trabajo de sus manos o de cualquier otro trabajo, a las personas llamadas a la vida contemplativa, así como a las llamadas al apostolado.

El varón justo, que llevaba consigo todo el patrimonio de la Antigua Alianza, ha sido también introducido en el “comienzo” de la nueva y eterna Alianza en Jesucristo. Que él nos indique el camino de esta Alianza salvífica, ya a las puertas del próximo Milenio, durante el cual debe perdurar y desarrollarse ulteriormente la “plenitud de los tiempos”, que es propia del misterio inefable de la encarnación del Verbo.

Que san José obtenga para la Iglesia y para el mundo, así como para cada uno de nosotros, la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, del año 1989, undécimo de mi Pontificado.

Joannes Paulus PP II



NOTAS

1. Cf. S. Ireneo, Adversus haereses, IV, 23, 1: S. Ch 100/2, pp. 692-294.

2. León XIII, Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889: Leonis XIII P. M. Acta, IX (1890), pp. 175-182.

3. Sacr. Rituum Congr., Decr. Quemadmodum Deus (8 de diciembre de 1870): Pii IX P.M. Acta, pars I, vol. V, p. 282; Pio IX, Carta Apóstol. Inclytum Patriarcham (7 de julio de 1871): l.c., pp. 331-335.

4. Cf. S. Juan Crisóstomo, In Math. 5, 4: PG 57, 57 s.; Doctores de la Iglesia y Sumos Pontífices, en base también a la identidad del nombre, han visto en José de Egipto la figura de José de Nazaret, por haber simbolizado, en cierto modo, la labor y la grandeza de custodio de los más preciosos tesoros de Dios Padre, del Verbo Encarnado y de su Santísima Madre; cf., por ejemplo, S. Bernardo, Super “Missus est”, Hom. II, 16: S. Bernardi Opera, Ed. Cist., IV, 33 s.; León XIII, Carta Encicl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889): l.c., p. 179.

5. Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 58.

6. Cf. Ibid., 63.

7. Const. dogm. Dei Verbum sobre la divina Revelación, 5.

8. Ibid., 2.

9. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 63.

10. 10. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum sobre la divina Revelación, 2.

11. S. Congr. de los Ritos, Decr. Novis hisce temporibus (13 de noviembre de 1962): AAS 54 (1962), p. 873.

12. S. Agustín, Sermo 51, 10, 16: PL 38, 342.

13. S. Agustín, De nuptiis et concupiscentia, I. 11, 12: PL 44, 421; cf. De consensu evangelistarum, II, 1, 2: PL 34, 1071; Contra Faustum, III, 2: PL 42, 214.

14. S. Agustín, De nuptiis et concupiscentia, I, 11, 43: PL 44, 421; cf. Contra Iulianum, V. 12, 46: PL 44, 810.

15. S. Agustín, Contra Faustum, XXIII, 8; PL 42, 470 s.; De consensu evangelistarum, II, I, 3: PL 34, 1072; Sermo 51, 13, 21: PL 38, 344 S.; S. Tomás, Summa Theol., III, q. 29, a. 2 in conclus.

16. Cf. Alocuciones del 9 de enero; 16 de enero; 20 de febrero de 1980: Insegnamenti, III/I (1980), pp. 88-92; 148-152; 428-431.

17. Pablo VI, Alocución al Movimiento “Equipes Notre-Dame (4 de mayo de 1970), n. 7: AAS 62 (1970), p. 431. Análoga exaltación de la Familia de Nazaret como modelo absoluto de la comunidad familiar se halla, por ejemplo, en León XIII, Carta Apost. Neminem fugit (14 de junio de 1892): Leonis XIII P.M. Acta, XII (1892), pp. 149 s.; Benedicto XV, Motu Proprio Bonum sane (25 de julio de 1920): AAS 12 (1920), pp. 313-317.

18. Exhort. Apost. Familiaris consortio (22 de noviembre de 1981), 17: AAS 74 (1982), p. 100.

19. Ibid., 49: l.c., p. 140; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 11; Decreto Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los Seglares, 11.

20. Exhort. Apost. Familiaris consortio (22 de noviembre de 1981), 85: l.c., pp. 189 s.

21. S. Juan Crisóstomo, In Matth. Hom. V, 3: PG 57, 57-58.

22. Pablo VI, Alocución (19 de marzo de 1966): Insegnamenti, IV (1966), p. 110.

23. Cf. Missale Romanum, Collecta: in “Sollemnitate S. Ioseph Sponsi B.M.V.”.

24. Cf. Ibid., Praefatio in “Sollemnitate S. Ioseph Sponsi B.M.V.”.

25. Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889): l.c., p. 178.

26. Pio XII, Radiomensaje a los alumnos de las escuelas católicas de los Estados Unidos de América (19 de febrero de 1958): AAS 50 (1958), p. 174.

27. Orígenes, Hom. XIII in Lucam, 7: S. Ch. 87, pp. 214 s.

28. Orígenes, Hom. X in Lucam, 6: S. Ch. 87, pp. 196 s.

29. Cf. Missale Romanum, Prex Eucharistica I.

30. Sacr. Rituum Congr., Decr. Quemadmodum Deus (8 de diciembre de 1870): l.c., p. 282.

31. Collectio Missarum de Beata Maria Virgini, I, “Sancta Maria de Nazaret”, Praefatio.

32. Exhort. Apost. Familiaris consortio, (22 de noviembre de 1981), 16: l.c., p., 98.

33. León XIII, Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889): l.c., pp. 177 s.

34. Cf. Carta Encicl. Laborem exercens (14 de setiembre de 1981), 9: AAS 73 (1981), pp. 599 s.

35. Ibid., 24: l.c., p. 638. Los Sumos Pontífices en tiempos recientes han presentado constantemente a san José como “modelo” de los obreros y de los trabajadores; cf., por ejemplo, León XIII, Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889): l.c., p. 180; Benedicto XV, Motu Proprio Bonum sane (25 de julio de 1920): l.c., pp. 314-316; Pio XII Alocución (11 de marzo de 1945), 4: AAS 37 (1945) p. 72; Alocución (1o. de mayo de 1955): AAS 47 (1955), 406; Juan XXIII, Radiomensaje (1o. de mayo de 1960): AAS 52 (1960), p. 398.

36. Pablo VI, Alocución (19 de marzo de 1969): Insegnamenti, VII (1969), p. 1268.

37. Ibid.: l.c., p. 1267.

38. Cf. S. Tomás, Summa Theol., II-IIae, q. 82, a. 3, ad 2.

39. Ibid., III, q. 8, a. 1, ad 1.

40. Pio XII, Carta Encícl. Haurietis aquas (15 de mayo de 1956), III: AAS 48 (1956), pp. 329 s.

41. Cf. S. Tomás, Summa Theol., II-IIae, q. 182, a. 1. ad 3.

42. Cf. Sacr. Rituum Congr., Decr. Quemadmodum Deus (8 de diciembre de 1870): l.c., p. 283.

43. Ibid., l.c., pp. 282 s.

44. León XIII, Carta Encicl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889): l.c., pp. 177-179. 45. Exhort. Apost. Post-Sinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), p. 456.

46. Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 1.

47. Pablo VI, Alocución (19 de marzo de 1969): Insegnamenti, VII (1969), p. 1269.

48. Cf. Missale Romanum, Collecta; Super oblata en “Sollemnitate S. Ioseph Sponsi B.M.V.”; Post. commn. en “Missa votiva S. Ioseph”.

49. Cf. León XIII, “Oratio ad Sanctum Iosephum”, que aparece inmediatamente después del texto de la Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889): Leonis XIII P.M. Acta, IX (1890), p. 183. 50. Sacr. Rituum Congr., Decr. Quemadmodum Deus (8 de diciembre de 1870): l.c., p. 282.

Pensamientos e Invocaciones a San Jose (Marzo)


Festividad 19 de Marzo

P. Orides Ballardín. Prov.
Día 1:

Padre adoptivo de Jesús. Escogido por el Eterno Padre con amor previsor y gratuito, para ser custodio y defensor de Jesús, tú, oh San José, entras plenamente en el proyecto de la Salvación, según las promesas hechas por Dios al pueblo hebreo. Ayúdame, San José, a leer hoy, con amor, el Evangelio que describe la genealogía de Jesús.

Día 2:

Custodio de Jesús. Durante la vida terrena de Jesús, tú, oh San José, no te has preocupado de hacer cosas grandes sino de hacer bien la voluntad de Dios, también en las cosas más sencillas y humildes, con mucho empeño y amor. Enséñame San José la prontitud en buscar y realizar la voluntad de Dios.

Día 3:

Esposo de la Madre de Dios. Después de la perturbación inicial, oh San José, tu “sí” a la voluntad de Dios fue claro y preciso, aceptando a María como Esposa. Entonces, por ti, Jesús entró en la genealogía de David con pleno derecho delante de la ley y de la sociedad. Te confiamos, oh San José, a todos los padres para que siguiendo tu ejemplo acepten en el seno materno el don inestimable de la vida humana.

Día 4:

El hombre del silencio. Te acostumbraste al silencio, oh San José, estando con Jesús y María. La casa de Nazaret era un templo y ¡en el templo, sobre todo, se reza!.Enséñame, oh San José, a dominar mi locuacidad y a cultivar el espíritu de recogimiento.


Día 5:

El hombre de fe. Más que Abraham, a ti, oh San José, te tocó creer en lo que es humanamente impensable: la maternidad de una virgen, la encarnación del hijo de Dios. Fortalece, oh San José, a quien se desanima y abre los corazones para confiar en la Providencia de Dios.

Día 6:

El hombre de la esperanza. En la persona de Jesús, oh San José, tuviste la garantía del cielo y, por lo tanto, siempre estuviste lleno de profunda paz interior. Aumenta, oh San José, mis motivos para tener coraje, alimenta el aceite para mis lámparas.

Día7:

El hombre del amor a Dios. Oh San José, tú distepruebas
de amor a Dios cuidando amorosamente a Jeús en vida escondida y en profunda sintonía con la voluntad de Dios. Enséñame oh San José, a amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi mente y con todas mis fuerzas.

Día 8:

El hombre de la acogida. Oh San José, diste ejemplo de espíritu de acogida en la afectuosa ternura con tu esposa, en los servicios prestados a la gente, buena o mala, y estando siempre al lado de Jesús, el salvador de las almas. Oh San José, ¡Que yo descubra aquellos gestos que me hacen imagen viva de Dios amor, los gestos de acogida y de paz, los gestos de disponibilidad y de dedicación incondicional !.

Día 9:

El hombre del discernimiento. Con los ojos del alma, oh San José, ordenaste tu vida de piedad, tu trabajo, tu alimento, tu reposo, tus pensamientos más profundos, tus afectos, tus juicios, tus intenciones en el obrar. Ayúdame oh San José, a avanzar en las virtudes por la acción del Espíritu Santo que renueva la vida de las personas y de las comunidades.

Día 10:

El hombre de la docilidad. Santo Tomás define la docilidad como atención constante y deferente a las enseñanzas de los sabios. Tú, oh José, fuiste siempre muy dócil a las enseñanzas de Jesús y de María, su Madre. Aleja de nosotros oh San José, la presunción, la tonta estima de mis opiniones, la obstinación de seguir mis ideas.


Día 11:

El hombre de la entrega. Tú oh San José, no perdías tiempo en cosas vanas e inútiles y no obrabas con disgusto o mala gana. Ayúdame oh San José, en la oración, a no permitir que mi alma, se quede dormida y alcánzame una habitual disposición y fervor en mi vida.

Día 12:

El hombre de la simplicidad. Esta virtud oh San José, hacía parte de tu carácter y cada día más se perfeccionaba por el desapego de las criaturas. Ayúdame oh San José, a desear y gustar solamente a
Dios y a despegarme de todo lo que no sirve para mi vida espiritual.

Día 13:

El hombre de la confianza. Tu seguridad oh San José, estaba en adherir a la voluntad de Dios como se manifestaba día tras día. Haz oh San José, que nosotros tengamos la seguridad de quien confía en Dios y que en cualquier situación, aunque adversa, estemos en sus manos.

Día 14:

El hombre de la paz. Tú, oh San José, fuiste el custodio de aquel que trajo la paz al mundo, que predicó el amor, la fraternidad y la unidad y proclamó ” felices los que trabajan por la paz”. Oh San José, ayúdame a promover la paz en el ambiente donde yo vivo y trabajo.


Día 15:

Ejemplo de humildad. ¡ Como te sentías pequeño a tus ojos, oh San José!, ¡Como amabas tu pequeñez!. No hiciste milagros y mantuviste tu vida tan escondida que casi nada sabemos de ella. Ayúdame, oh San José, a huir de las alabanzas y de la gloria humana. Haz que encuentre gusto en vivir escondido y en relativizar mis intereses personales.


Día 16:

Ejemplo de fortaleza. Sin duda, oh San José, tu fortaleza alcanzó un grado de perfección muy elevado. Ella se manifestó especialmente en el soportar con serenidad el exilio en Egipto y la dureza del trabajo de cada día. Ayúdame oh San José, a no desfallecer frente a las tentaciones, fatigas y sufrimientos.

Día 17:

Ejemplo de obediencia. Tu obediencia, oh San José, fue admirable, especialmente cuando tuviste que huir a Egipto, luego de una orden delante de la cual habías tenido tantas razones para no realizar. Aleja de mí, oh San José, todas las excusas que mi egoísmo plantea para no cumplir la voluntad de Dios.


Día 18:

Ejemplo de justicia. Viviendo alejado de las cosas del mundo, oh San José, practicaste siempre la virtud de la justicia especialmente a través de tu trabajo de carpintero. Y ¡qué respeto tuviste para con el Rey y la Reina del Cielo! Alcánzame, oh San José total pureza de intenciones y de corazón y plena adhesión a Dios y a su voluntad.

Día 19:

Ejemplo de prudencia. Tu prudencia, oh San José, se manifestó en el desapego del mundo, en la castidad, en la pobreza, en tu espíritu de pobre y en la dedicación al trabajo de cada día. Haz, oh San José, que yo no haga nada sin antes confirmarme: “que sirve esto para la eternidad”.

Día 20:

Ejemplo de pobreza. Tú, oh San José, viviste la pobreza voluntaria, sufriste las privaciones y las incomodidades de la pobreza, pero no quisiste cambiar tu condición por ningún tesoro de este mundo. Obténme, oh San José, la gracia del desapegarme de las riquezas y de desear únicamente los bienes eternos.

Día 21:

Ejemplo de gratitud. Nadie después de tu Esposa, oh San José, recibió tanto como tú, de la bondad de Dios. En tu justicia dabas gracias a Dios continuamente. Veías solo a Dios, pensabas sólo en Dios ; no obrabas sino por ÉL. Haz, oh San José, que yo tenga verguenza de mis ingratitudes y que tenga valentía de humillarme delante de Dios.


Día 22:

Ejemplo a los obreros. Como cada uno de nosotros, también tú, oh San José, probaste la fatiga, y el cansancio del trabajo de cada día. Ayúdame, oh San José, a redescubrir la dignidad de mi trabajo, sea cual sea, y de desarrollarlo con entusiasmo para el bien de todos.


Día 23:

Ejemplo de la misión. Oh, San José, ¡Que gran amor tuvistes por las almas! ¡Cuantas oraciones hiciste para su salvación! ¡Y todo eso inspirado por Cristo que habría de morir por la salvación del mundo!. Haz, oh San José, que yo pueda con la palabra y con la vida, ayudar al hombre de hoy a encontrar a Jesús, la Palabra que da respuesta definitiva a todas las preguntas esenciales del hombre.

Día 24:

Custodio de la virginidad. La Voz del Espíritu Santo encontró en tí, oh San José total acogida, porque tu vida fue llena únicamente de
Dios y tu fuerza fue sólo el amor que tuviste para Él. Haz, oh San José, que yo deje mis caminos y siga sólo a Dios que me llama a participar de su vida, y que tenga fuerza de hacer fructificar sus dones.


Día 25:

Consuelo de los que sufren. Oh San José, toda tu vida estuvo marcada por el sufrimiento: exilio, trabajo, pobreza. Pero tu corazón era feliz y tu alma siempre serena. Ayúdame oh San José, a darme cuenta de que la vida eterna y no el dolor, es la verdadera vocación del hombre. Presérvame ahora y siempre del llanto de los que no tienen esperanza.

Día 26:

Esperanza de los enfermos. En tu vida, oh San José, no todo fue claro y fácil de comprender. Sin embargo supiste encontrar tu misión única e irrepetible en la historia. Te ruego, oh San José, consolar hoy a todos los que están afligidos por la enfermedad. Llena sus días de personas amigas y desinteresadas.

Día 27:

Patrono de los moribundos. Tú, oh San José, tuviste la suerte de morir asistido por Jesús y tu esposa María. Tuviste siempre presente en tu vida la meta final o sea el cielo, con la certeza de alcanzarla; siempre atento a tu interioridad y dedicado a la contemplación. Ayúdame, oh San José, a pensar a menudo en el cielo donde todos somos invitados al banquete eterno.

Día 28:

Amparo de las familias. Oh, San José, la Escritura afirma que a tu lado y de María, Jesús “crecía en edad, sabiduría y gracia”. Te ruego, oh San José, que los niños encuentren en la familia el ambiente ideal para desarrollar el amor y asumir los verdaderos valores.

Día 29:

Modelo de vida doméstica. Oh, San José, en la Familia de Nazaret asumiste plenamente tu responsabilidad con espíritu de colaboración y de humildad evangélica. Haz, oh San José, que los padres sepan unir todas las potencialidades del amor humano a las de una sana y adecuada espiritualidad.

Día 30:

Terror de los demonios. Oh, San José, fortificado por la presencia y el recuerdo de Jesús has podido vencer siempre cualquier ataque a tu fe por parte del demonio. Limpia, oh San José, mi corazón y mi mente de toda maldad para que sea un cristiano lleno de vida redimido por la sangre de Cristo.


Día 31:

Patrono de la Iglesia Universal. Oh, San José, por la misión que te fue confiada a la iglesia de Cristo haciendo que camine siempre en la verdad y el amor para ser luz del mundo. Guía oh, San José, a la Iglesia de Cristo en el camino de la santidad para que sea siempre más eficaz y alegre anunciadora del Evangelio.

Oraciones a San José


Letanía de San José
 
Especialmente, “la Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de la muerte, … confiándonos a San José, patrono de la buena muerte.”[1]

Señor, ten piedad, Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad, Cristo, ten piedad.
Cristo, óyenos, Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos, Cristo, escúchanos.
Dios Padre celestial, Ten piedad de nosotros.
Dios Hijo Redentor del mundo,
Dios Espíritu Santo,
Santa Trinidad, un solo Dios,
Santa María, Ruega por nosotros
San José,
Esposo de la Madre de Dios,
Custodio de la Virgen,
Padre Adoptivo del Hijo de Dios,
Solícito defensor de Cristo,
Jefe de la Sagrada Familia,
José justo
José casto
José prudente
José fuerte
José obediente
José fiel
José pobre
José paciente
Modelo de los trabajadores
Ejemplo de amor al hogar
Amparo de las familias,
Consuelo de los que sufren,
Esperanza de los enfermos,
Abogado de los moribundos,
Protector de la Santa Iglesia,

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
Perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
Escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
Ten misericordia de nosotros

Oración

Oh Dios, que has querido elegir a San José para esposo de tu Madre Santísima: te rogamos nos concedas que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle por intercesor en el cielo: Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

V. San José, haz que vivamos una vida inocente,

R. Asegurada siempre bajo tu patrocinio.


[1] F. Fernández Carvajal, Antología de Textos, 1984.

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San José: Oración para pedir la pureza
 
Piadosa oración para pedir la Virtud de la Santa Pureza
Oh custodio y padre de vírgenes san José,
a cuya fiel custodia fueron encomendadas
la misma inocencia, Cristo Jesús,
y la Virgen de las vírgenes María,
por estas dos queridisimas prendas, Jesús y María,
te ruego y suplico me alcances que,
preservado de toda impureza,
sirva siempre castísimamente
con alma limpia y corazón puro
y cuerpo casto a Jesús y a María.

Amén.

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San José: Nueve oraciones para una Novena
 
Una selección de las oraciones más bellas al padre nutricio de Jesús
1. Para pedir la virtud de la humildad

Señor, Padre bueno, tú que a los que eliges das un corazón humilde para hacer tu voluntad, te pedimos que San José, nuestro amigo, nos ayude a abrir nuestro corazón para que nos inunde tu amor que elimina toda soberbia y prepotencia, para poder así cumplir mejor tu voluntad.

Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

2. Por los novios y los que están por casarse

OhDios, que por tu gran amor hacia nosotros nos has dado a tu Hijo Jesucristo, para que muriendo y resucitando nos diera vida nueva, te pedimos, por medio de San José, que cuides y protejas a todos los que están de novios y a los que están por casarse. A nosotros, danos un corazón enamorado que busque entregarse a tí cada día con más intensidad. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

3. Por las familias

Oh Dios, que quisistes revelarnos en San José de qué manera debemos estar unidos a Jesús, tu Hijo y a María, nuestra Madre, te pedimos, por intercesión de esta Sagrada Familia, que elimines de nosotros toda semilla de duda y de falta de confianza; que en el seno de nuestras familias aumente la búsqueda de unidad; que acerques a los que están alejados, que reúnas a los que han partido de esta vida a tu casa celestial donde, un día, deseamos encontrarnos todos como familia alrededor de la mesa de tu Reino. Tú que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén.


4. Para decir “sí” a Dios

Padre bueno, que en la Palabra de tu evangelio nos mostrastes cómo elegistes a San José para ser el padre adoptivo de tu Hijo y el esposo de María, te pedimos un corazón de esposos que pueda, sostenido por tu amor y tu palabra, decirte “sí” cada día: en el trabajo, en nuestro estudio, en nuestro hogar y así podamos caminar seguros a tu encuentro, con tu Hijo Jesús, con San José, con María y todos los santos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


5. Para obtener la virtud de la esperanza

Señor, Padre bueno, escucha la oración que te dirigimos, a través de nuestro amigo San José, que supo caminar con un corazón lleno de esperanza, para que su ejemplo nos anime también a nosotros a ser peregrinos de Dios, con la misma esperanza que lo animó a él. Así, ante cualquier duda o temor, recurriremos a tu amor que no abandona nunca al débil ni al que te invoca de todo corazón. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


6. Por los padres

Dios, Padre de todos los hombres, que en tu bondad elegistes a San José como padre adoptivo de tu Hijo, aquí en la tierra, por su intercesión escucha los ruegos que te elevan nuestros corazones que recibieron el regalo de ser padres. Que te seamos siempre gratos. Escucha especialmente a los que tienen dificultades para ser padres dignos, para que se conviertan; los que no logran generar la vida, que no se desalienten; a los padres separados, para que se reconcilien. No olvides a aquellos padres (a mi/s padre/s) que ya viven en tu Reino, para que un día todos juntos, guiados por tu Espíritu de Amor, podamos cantar las alabanzas de los Hijos de Dios en tu casa del Cielo.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

7. Por los trabajadores

Señor, Creador de todas las cosas, que confiaste al hombre tu creación para que la trabajara y la hiciera fructificar, te pedimos por medio de San José, que gustó el valor del trabajo humano, por todos los trabajadores del mundo para que valoricen y amen su trabajo. Te pedimos también por los desocupados, para que no les falte tu aliento; por los jubilados que dieron gran parte de sus vidas trabajando, para que reciban la justa recompensa; por todos nosotros, para que llenos de tu amor, continuemos trabajando en la construcción de tu Reino. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.


8. Para obtener un corazón de pobre

Señor Jesús, que movido por tu gran amor, no quisiste dejarnos solos, sino que te hiciste uno de nosotros y que por medio de tu Espíritu de Amor, caminas con nosotros y nos hablas al corazón, te pedimos que, como San José, nos vayas formando un corazón de pobre, que sepa escucharte en el silencio, estar firme en el sufrimiento, alabarte en las alegrías y amarte en la soledad, para que así, presentándonos ante ti con las manos vacías, las vayas llenando de tus bienes hasta alcanzar el bien supremo: La Vida Eterna.
TÚ que vives y reinas, con Dios Padre, por los siglos de los siglos de los siglos. Amén.

9. Para obtener confianza y alegría espiritual

Padre Bueno, que ante la caída del hombre, enviaste a tu Hijo para salvarlo de la muerte y del pecado que lo encadenaba, te pedimos por medio de San José, que imitándolo vivamos apartados de todo egoísmo y, llenos de confianza y alegría, podamos celebrar juntos el regalo de la fe que nos anima, y caminar así hacia la Fiesta Eterna.

Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.

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Triduo a San José para obtener gracias
 
Sugerencias de un Triduo para la fiesta de San José
Primer día:

San José, a ti acudo para que obtengas del Sagrado Corazón de Jesús la gracia que te pido … y así, por tu valiosa intercesión, te agradeceré eternamente. (Gloria)


Segundo día:

Acuérdate que nadie en el mundo, por más pecador que haya sido, fue desilusionado en la fe y en la esperanza depositadas en ti; por el contrario, resplandecen las gracias y brillan los favores que otorgas a los afligidos. Muéstrate potente y generoso también conmigo, y así diré :”Honor para siempre al Padre adoptivo de Jesús”.(Gloria)

Tercer día:

Sublime jefe de la Sagrada Familia, te venero profundamente y de todo corazón te invoco. Dígnate consolar con tu ayuda mi alma dolorida que no encuentra descanso en medio de la angustia. San José, consolador de los afligidos, ten piedad de mi dolor. (Gloria).

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Siete Domingos de San José
 
La Iglesia, siguiendo una antigua costumbre, prepara la fiesta de San José, el día 19 de marzo, dedicando al Santo Patriarca los siete domingos anteriores a esa fiesta, en recuerdo de los principales gozos y dolores de la vida de San José

Comienzan el séptimo domingo antes del 19 de marzo (último domingo de enero o primero de febrero).

FORMA BREVE:

PRIMER DOMINGO


• El dolor: cuando estaba dispuesto a repudiar a su inmaculada esposa.

• La alegría: cuando el Arcángel le reveló el sublime misterio de la encarnación.

Oración. ¡ Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, ¡qué aflicción y angustia la de vuestro corazón en la perplejidad en que estabais sin saber si debíais abandonar o no a vuestra esposa sin mancilla! Pero ¡cuál no fue también vuestra alegría cuando el ángel os reveló el gran misterio de la Encarnación!

Por este dolor y este gozo os pedimos consoléis nuestro corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con la alegría de una vida justa y de una santa muerte semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

SEGUNDO DOMINGO

• El dolor: al ver nacer el niño Jesús en la pobreza.

• La alegría: al escuchar la armonía del coro de los ángeles y observar la gloria de esa noche.

Oración. Oh bienaventurado patriarca, glorioso San José, escogido para ser padre adoptivo del Hijo de Dios hecho hombre: el dolor que sentisteis viendo nacer al niño Jesús en tan gran pobreza se cambió de pronto en alegría celestial al oír el armonioso concierto de los ángeles y al contemplar las maravillas de aquella noche tan resplandeciente.

Por este dolor y gozo alcanzadnos que después del camino de esta vida vayamos a escuchar las alabanzas de los ángeles y a gozar de los resplandores de la gloria celestial.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

TERCER DOMINGO

• El dolor: cuando la sangre del niño Salvador fue derramada en su circuncisión.

• La alegría: dada con el nombre de Jesús.

Oración. Oh ejecutor obedientísimo de las leyes divinas, glorioso San José: la sangre preciosísima que el Redentor Niño derramó en su circuncisión os traspasó el corazón; pero el nombre de Jesús que entonces se le impuso, os confortó y llenó de alegría.

Por este dolor y este gozo alcanzadnos el vivir alejados de todo pecado, a fin de expirar gozosos, con el santísimo nombre de Jesús en el corazón y en los labios.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

CUARTO DOMINGO

• El dolor: la profecía de Simeón, al predecir los sufrimientos de Jesús y María.

• La alegría: la predicción de la salvación y gloriosa resurrección de innumerables almas.

Oración. Oh Santo fidelísimo, que tuvisteis parte en los misterios de nuestra redención, glorioso San José; aunque la profecía de Simeón acerca de los sufrimientos que debían pasar Jesús y María os causó dolor mortal, sin embargo os llenó también de alegría, anunciándoos al mismo tiempo la salvación y resurrección gloriosa que de ahí se seguiría para un gran número de almas.

Por este dolor y por este gozo conseguidnos ser del número de los que, por los méritos de Jesús y la intercesión de la bienaventurada Virgen María, han de resucitar gloriosamente.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

QUINTO DOMINGO

• El dolor: en su afán de educar y servir al Hijo del Altísimo, especialmente en el viaje a Egipto.

• La alegría: al tener siempre con él a Dios mismo, y viendo la caída de los ídolos de Egipto.

Oración. Oh custodio vigilante, familiar íntimo del Hijo de Dios hecho hombre, glorioso San José, ¡cuánto sufristeis teniendo que alimentar y servir al Hijo del Altísimo, particularmente en
vuestra huida a Egipto!, pero cuán grande fue también vuestra alegría teniendo siempre con Vos al mismo Dios y viendo derribados los ídolos de Egipto.

Por este dolor y este gozo, alcanzadnos alejar para siempre de nosotros al tirano infernal, sobre todo huyendo de las ocasiones peligrosas, y derribar de nuestro corazón todo ídolo de afecto terreno, para que, ocupados en servir a Jesús y María, vivamos tan sólo para ellos y muramos gozosos en su amor.

Padrenuestro, Ave y Gloria.


SEXTO DOMINGO


• El dolor: a regresar a su Nazaret por el miedo a Arquelao.

• La alegría: al regresar con Jesús de Egipto a Nazaret y la confianza establecida por el Ángel.

Oración. Oh ángel de la tierra, glorioso San José, que pudisteis. admirar al Rey de los cielos, sometido a vuestros más mínimos mandatos; aunque la alegría al traerle de Egipto se turbó por temor a Arquelao, sin embargo, tranquilizado luego por el ángel, vivisteis dichoso en Nazaret con Jesús y María.

Por este dolor y este gozo, alcanzadnos la gracia de desterrar de nuestro corazón todo temor nocivo, poseer la paz de conciencia, vivir seguros con Jesús y María y morir también asistidos por ellos.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

SÉPTIMO DOMINGO

• El dolor: cuando sin culpa pierde a Jesús, y lo busca con angustia por tres días.

• La alegría: al encontrarlo en medio de los doctores en el Templo.

Oración. Oh modelo de toda santidad, glorioso San José, que habiendo perdido sin culpa vuestra al Niño Jesús, le buscasteis durante tres días con profundo dolor, hasta que, lleno de gozo, le hallasteis en el templo, en medio de los doctores.

Por este dolor y este gozo, os suplicamos con palabras salidas del corazón, intercedáis en nuestro favor para que jamás nos suceda perder a Jesús por algún pecado grave. Mas, si por desgracia le perdiéramos, haced que le busquemos con tal dolor que no hallemos sosiego hasta encontrarle benigno sobre todo en nuestra muerte, a fin de ir a gozarle en el cielo y cantar eternamente con Vos sus divinas misericordias.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

FORMA MEDITADA:

PRIMER DOMINGO

Su dolor: cuando decidió abandonar a la Bienaventurada Virgen María.

Su gozo: cuando el ángel le comunicó el misterio de la Encarnación: que el niño nacido de María es Hijo de Dios y el Mesías esperado.

Oración

Glorioso San José, esposo de María Santísima.
Como fue grande la angustia y el dolor de tu corazón,
en la duda de abandonar a tu purísima Esposa,
así fue inmensa la alegría
cuando te fue revelado por el Ángel
el soberano misterio de la Redención.
Por este dolor y gozo,
te rogamos nos consueles
en las angustias de nuestra última hora
y nos concedas una santa muerte,
después de haber vivido una vida
semejante a la tuya junto a Jesús y María.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

Lectura Bíblica
Mateo 1, 18-25.

La concepción de Jesucristo fue así: Estando desposada María, su madre, con José, antes que conviviesen, se halló haber concebido María del Espíritu Santo. José, su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto. Mientras reflexionaba sobre ésto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados. Todo ésto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había anunciado por el profeta, que dice:
“He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se le pondrá por nombre «Emmanuel», que quiere decir «Dios con nosotros».”

Al despertar José de su sueño hizo como el ángel del Señor le había mandado, recibiendo en casa a su esposa, la cual, sin que él antes la conociese, dio a luz un hijo y le puso por nombre Jesús.

Consideración

“Durante su vida, que fue una peregrinación en la fe, José, al igual que María, permaneció fiel a la llamada de Dios hasta el final. La vida de ella fue el cumplimiento hasta sus últimas consecuencias de aquel primer «fiat» pronunciado en el momento de la anunciación, mientras que José —como ya se ha dicho— en el momento de su «anunciación» no pronunció palabra alguna. Simplemente él «hizo como el ángel del Señor le había mandado» (Mateo 1, 24). Y este primer «hizo» es el comienzo del «camino de José».[1] 

“En las palabras de la «anunciación» nocturna, José escucha no sólo la verdad divina acerca de la inefable vocación de su esposa, sino que también vuelve a escuchar la verdad sobre su propia vocación. Este hombre «justo», que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la virgen de Nazaret y se había unido a ella con amor esponsal, es llamado nuevamente por Dios a este amor.

“«José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer» (Mateo 1,24); lo que en ella había sido engendrado «es del Espíritu Santo». A la vista de estas expresiones, ¿no habrá que concluir que también su amor como hombre ha sido regenerado por el Espíritu Santo? ¿No habrá que pensar que el amor de Dios, que ha sido derramado en el corazón humano por medio del Espíritu Santo (cf. Romanos 5,5) configura de modo perfecto el amor humano?…[2]

Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole «don esponsal de sí». Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios.”[3]

Para concluir, la Letanía de San José puede ser rezada, o bien la siguiente oración:

Oración

Oh Dios,
que con inefable providencia,
elegiste a San José como esposo de la Madre de tu Hijo,
concédenos la gracia de tener como intercesor en el cielo
al que veneramos como protector en la tierra.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

SEGUNDO DOMINGO

Su dolor: cuando vio al niño Jesús nacer en la pobreza.
Su gozo: cuando los ángeles anunciaron su nacimiento.


Oración

Dichoso Patriarca San José,
elegido para cumplir los oficios de padre
cerca del Verbo Humanado.
Grande fue tu dolor al ver nacido a Jesús
en tan extrema pobreza,
pero este dolor se cambió en gozo celestial
al oír los cantos de los ángeles
y contemplar el resplandor de aquella luminosa noche.
Por este dolor y gozo,
te suplicamos nos alcances la gracia de que,
después de haber seguido nuestro camino en la tierra,
podamos oír las alabanzas angélicas
y gozar de la vista de la gloria celestial.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

Lectura Bíblica
Lucas 2, 1-20

Aconteció, pues, en los días aquellos que salió un edicto de César Augusto para que se empadronase todo el mundo. Este empadronamiento primero tuvo lugar siendo Cirino gobernador de Siria. E iban todos a empadronarse, cada uno en su ciudad. José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba en cinta. Estando allí, se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón.
Había en la región unos pastores que pernoctaban al raso, y de noche se turnaban velando sobre su rebaño. Se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvía con su luz, quedando ellos sobrecogidos de gran temor. Díjoles el ángel: No temáis, os traigo una buena nueva, una gran alegría, que es para todo el pueblo; pues os ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías Señor, en la ciudad de David. Esto tendréis por señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

Así que los ángeles se fueron al cielo, se dijeron los pastores unos a otros: Vamos a Belén a ver ésto que el Señor nos ha anunciado. Fueron con presteza y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre, y viéndole, contaron lo que se les había dicho acerca del Niño. Y cuantos los oían se maravillaban de lo que les decían los pastores. María guardaba todo ésto y lo meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído, según se les había dicho.

Consideración

“Dirigiéndose a Belén para el censo, de acuerdo con las disposiciones emanadas por la autoridad legítima, José, respecto al niño, cumplió la tarea importante y significativa de inscribir oficialmente el nombre «Jesús, hijo de José de Nazaret» (cf. Juan 1, 45) en el registro del Imperio. Esta inscripción manifiesta de modo evidente la pertenencia de Jesús al género humano, hombre entre los hombres, ciudadano de este mundo, sujeto a las leyes e instituciones civiles, pero también «salvador del mundo»…”[4] 

“Como depositarios del misterio «escondido desde siglos en Dios» y que empieza a realizarse ante sus ojos «en la plenitud de los tiempos», José es con María, en la noche de Belén, testigo privilegiado de la venida del Hijo de Dios al mundo.

“José fue testigo ocular de este nacimiento, acaecido en condiciones humanamente humillantes, primer anuncio de aquel «anonadamiento», al que Cristo libremente consintió para redimir los pecados. Al mismo tiempo José fue testigo de la adoración de los pastores, llegados al lugar del nacimiento de Jesús después de que el ángel les había traído esta grande y gozosa nueva; más tarde fue también testigo de la adoración de los Magos, venidos de Oriente.”[5]

Para concluir, la Letanía de San José puede ser rezada, o bien la siguiente oración:

Oración

Oh Dios,
que con inefable providencia,
elegiste a San José como esposo de la Madre de tu Hijo,
concédenos la gracia de tener como intercesor en el cielo
al que veneramos como protector en la tierra.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

TERCER DOMINGO

Su dolor: cuando vio la sangre de Jesús vertirse en la circuncisión.
Su gozo: cuando lo llamó «Jesús».

Oración

Glorioso San José,
ejecutor obediente de la Ley de Dios.
La Sangre preciosa que en la circuncisión
derramó el divino Redentor,
te traspasó el corazón;
pero el nombre de Jesús, que se le impuso,
te llenó de consuelo.
Por este dolor y gozo,
te rogamos nos alcances la gracia de vivir
luchando contra la esclavitud de los vicios,
para tener la dicha de morir con el nombre de Jesús
en los labios y en el corazón.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

Lectura Bíblica
Lucas 2, 21

Cuando se hubieron cumplido los ocho días para circuncidar al Niño, le dieron el nombre de Jesús, impuesto por el ángel antes de ser concebido en el seno.
Consideración
“Siendo la circuncisión del hijo el primer deber religioso del padre, José con este rito ejercita su derecho-deber respecto a Jesús.

“El principio según el cual todos los ritos del Antiguo Testamento son una sombra de la realidad, explica el por qué Jesús los acepta. Como para los otros ritos también el de la circuncisión halla en Jesús el «cumplimiento». La Alianza de Dios con Abrahán, de la cual la circuncisión era signo, alcanza en Jesús su pleno efecto y su perfecta realización, siendo Jesús el «sí» de todas las antiguas promesas.

“En la circuncisión, José impone al niño el nombre de Jesús. Este nombre es el único en el que se halla la salvación; ya José «anunciación»: «Y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Al imponer el nombre, José declara su paternidad legal sobre Jesús y, al proclamar el nombre, proclama también su misión salvadora.”[6]

Para concluir, la Letanía de San José puede ser rezada, o bien la siguiente oración:

Oración

Oh Dios,
que con inefable providencia,
elegiste a San José como esposo de la Madre de tu Hijo,
concédenos la gracia de tener como intercesor en el cielo
al que veneramos como protector en la tierra.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

CUARTO DOMINGO

Su dolor: cuando oyó la profecía de Simeón.
Su gozo: cuando supo que los sufrimientos de Jesús salvarían al mundo.

Oración

San José,
modelo de fidelidad
en el cumplimiento de los planes de Dios.
Grande fue tu dolor al saber,
por la profecía de Simeón,
que Jesús y María estaban destinados a padecer;
mas este dolor se convirtió en gozo
al conocer que los padecimientos de Jesús y María
serían causa de salvación para innumerables almas.
Por este dolor y gozo, te rogamos que,
por los méritos de Jesús y María,
seamos contados entre aquellos
que han de resucitar gloriosamente.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

Lectura Bíblica
Lucas 2, 22-35

Así que se cumplieron los días de la purificación conforme a la Ley de Moisés, le llevaron a Jerusalén para presentarle al Señor, según está escrito en la Ley del Señor que «todo varón primogénito sea consagrado al Señor», y para ofrecer en sacrificio, según lo prescrito en la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones.

Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo de que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Movido del Espíritu, vino al templo, y al entrar los padres con el niño Jesús para cumplir lo que prescribe la Ley sobre Él, Simeón le tomó en sus brazos y, bendiciendo a Dios, dijo: Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminación de las gentes y gloria de tu pueblo, Israel. Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de Él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para signo de contradicción; y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones.

Consideración

“Este rito, narrado por Lucas, incluye el rescate del primogénito e ilumina la posterior permanencia de Jesús a los doce años de edad en el templo.

“El rescate del primogénito es otro deber del padre, que es cumplido por José. En el primogénito estaba representado el pueblo de la Alianza, rescatado de la esclavitud para pertenecer a Dios. También en ésto, Jesús, que es el verdadero «precio» del rescate, no sólo «cumple» el rito del Antiguo Testamento, sino que, al mismo tiempo, lo supera, al no ser él mismo un sujeto de rescate, sino el autor mismo del rescate.

“El Evangelista pone de manifiesto que «su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de el», y, de modo particular, de lo dicho por Simeón, en su canto dirigido a Dios, al indicar a Jesús como la «salvación preparada por Dios a la vista de todos los pueblos» y «luz para iluminar a los gentiles y gloria de su pueblo Israel» y, más adelante, también «señal de contradicción».”[7]

“De este misterio divino José es, junto con María, el primer depositario. Con María —y también en relación con María— él participa en esta fase culminante de la autorevelación de Dios en Cristo, y participa desde el primer instante.”[8]

Para concluir, la Letanía de San José puede ser rezada, o bien la siguiente oración:

Oración

Oh Dios,
que con inefable providencia,
elegiste a San José como esposo de la Madre de tu Hijo,
concédenos la gracia de tener como intercesor en el cielo
al que veneramos como protector en la tierra.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

QUINTO DOMINGO

Su dolor: al huir a Egipto con Jesús y María.
Su gozo: al estar siempre en su compañía.

Oración

San José, Custodio y familiar íntimo
del Verbo de Dios encarnado.
Grande fue tu sufrimiento
para alimentar y servir al Hijo del Altísimo,
sobre todo en la huida a Egipto;
de igual manera fue grande tu alegría
al tener siempre en tu compañía al mismo Hijo de Dios
y ver cómo caían en tierra los ídolos de Egipto.
Por este dolor y gozo,
te rogamos nos alcances la gracia de que,
huyendo de las ocasiones de pecado,
venzamos al enemigo infernal
y hagamos caer de nuestro corazón
todo ídolo de pasiones terrenas, para que,
ocupados en servir a Jesús y a María,
vivamos únicamente para ellos
y tengamos una muerte feliz.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

Lectura Bíblica
Mateo 2, 13-18

Partido que hubieron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate; toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». Levantándose de noche, tomó al niño y a la madre y se retiró hacia Egipto, permaneciendo allí hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cumpliera lo que había pronunciado el Señor por su profeta, diciendo: «De Egipto llamé a mi hijo». Entonces Herodes, viéndose burlado por magos, se irritó sobremanera y mandó matar a todos los niños que había en Belén y en sus términos de dos años para abajo, según el tiempo que con diligencia había inquirido de los magos. Entonces se cumplió la palabra del profeta Jeremías, que dice:
«Una voz se oye en Ramá, lamentación y gemido grande; es Raquel, que llora a sus hijos y rehusa ser consolada, porque no existen».

Consideración

Con ocasión de la venida de los Magos de Oriente, Herodes supo del nacimiento del «rey de los judíos». Y cuando partieron los Magos él «envío a matar a todos los niños de Belén y de toda la comarca, de dos años para abajo». De este modo, matando a todos, quería matar a aquel recién nacido «rey de los judíos», de quien había tenido conocimiento durante la visita de los magos a su corte.”[9]

La Iglesia rodea de profunda veneración a esta Familia, proponiéndola como modelo para todas las familias. La Familia de Nazaret, inserta directamente en el misterio de la Encarnación, constituye un misterio especial. Y —al igual que en la Encarnación— a este misterio pertenece también una verdadera paternidad: la forma humana de la familia del Hijo de Dios, verdadera familia humana formada por el misterio divino. En esta familia José es el padre: no es la suya una paternidad derivada de la generación; y, sin embargo, no es «aparente» o solamente «sustitutiva», sino que posee plenamente la autenticidad de la paternidad humana y de la misión paterna en la familia. En ello está contenida una consecuencia de la unión hipostática: la humanidad asumida en la unidad de la Persona divina del Verbo-Hijo, Jesucristo, junto con la asunción de la humanidad, en Cristo está también «asumido» todo lo que es humano, en particular, la familia, como primera dimensión de su existencia en la tierra. En este contexto está también «asumida» la paternidad humana de José.”[10]

Para concluir, la Letanía de San José puede ser rezada, o bien la siguiente oración:

Oración

Oh Dios,
que con inefable providencia,
elegiste a San José como esposo de la Madre de tu Hijo,
concédenos la gracia de tener como intercesor en el cielo
al que veneramos como protector en la tierra.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

SEXTO DOMINGO

Su dolor: cuando temía volver a su casa.
Su gozo: al ser avisado por el ángel de ir a Nazaret.


Oración

Glorioso San José,
que tuviste sujeto a tus órdenes al Rey de los Cielos.
Si tu alegría al regresar de Egipto
se vio turbada por el miedo a Arquelao,
después, al ser tranquilizado por el Ángel,
viviste contento en Nazaret con Jesús y María.
Por este dolor y gozo,
alcánzanos la gracia de vernos libres de temores,
y gozando de la paz de conciencia,
de vivir seguros con Jesús y María y morir en su compañía.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

Lectura Bíblica
Mateo 2, 19-23; Lucas 2, 40

Muerto ya Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel, porque son muertos los que atentaban contra la vida del niño. Levantándose, tomó al niño y a la madre y partió para la tierra de Israel. Mas habiendo oído que en Judea reinaba Arquelao en lugar de su padre Herodes, temió ir allá, y advertido en sueños se retiró a la región de Galilea, yendo a habitar en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliese lo dicho por los profetas, que sería llamado Nazareno.
El niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él.

Consideración

“Expresión cotidiana de este amor en la vida de la Familia de Nazaret es el trabajo. El texto evangélico precisa el tipo de trabajo con el que José trataba de asegurar el mantenimiento de la Familia: el de carpintero. Esta simple palabra abarca toda la vida de José. Para Jesús éstos son los años de la vida escondida, de la que habla el evangelista tras el episodio ocurrido en el templo: «Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos» (Lucas 2, 51). Esta «sumisión», es decir, la obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida también como participación en el trabajo de José. El que era llamado el «hijo del carpintero» había aprendido el trabajo de su «padre» putativo. Si la Familia de Nazaret en el orden de la salvación y de la santidad es ejemplo y modelo para las familias humanas, lo es también análogamente el trabajo de Jesús al lado de José, el carpintero. En nuestra época la Iglesia ha puesto también ésto de relieve con la fiesta litúrgica de San José Obrero, el 1 de mayo. E1 trabajo humano y, en particular, el trabajo manual tienen en el Evangelio un significado especial. Junto con la humanidad del Hijo de Dios, el trabajo ha formado parte del misterio de la Encarnación, y también ha sido redimido de modo particular. Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la Redención.”[11]

“En el crecimiento humano de Jesús «en sabiduría, edad y gracia» representó una parte notable la virtud de la laboriosidad, al ser «el trabajo un bien del hombre» que «transforma la naturaleza» y que hace al hombre «en cierto sentido más hombre».”[12]

“Se trata, en definitiva, de la santificación de la vida cotidiana, que cada uno debe alcanzar según el propio estado y que puede ser fomentada según un modelo accesible a todos: «San José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a grandes destinos; san José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan “grandes cosas”, sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas».”[13]

Para concluir, la Letanía de San José puede ser rezada, o bien la siguiente oración:

Oración
Oh Dios,
que con inefable providencia,
elegiste a San José como esposo de la Madre de tu Hijo,
concédenos la gracia de tener como intercesor en el cielo
al que veneramos como protector en la tierra.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

SÉPTIMO DOMINGO

Su dolor: al perder al niño Jesús.
Su gozo: al encontrarlo en el Templo.

Oración

San José,
ejemplar de toda santidad.
Grande fue tu dolor al perder, sin culpa,
al Niño Jesús, y haber de buscarle,
con gran pena, durante tres días;
pero mayor fue tu gozo cuando al tercer día
lo hallaste en el templo en medio de los Doctores.
Por este dolor y gozo,
te suplicamos nos alcances
la gracia de no perder nunca a Jesús por el pecado mortal;
y si por desgracia lo perdiéramos,
haz que lo busquemos con vivo dolor,
hasta que lo encontremos
y podamos vivir con su amistad
para gozar de Él contigo en el Cielo
y cantar allí eternamente su divina misericordia.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

Lectura Bíblica
Lucas 2, 41-50

Sus padres iban cada año a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando era ya de doce años, al subir sus padres según el rito festivo, y volverse ellos, acabados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo echasen de ver. Pensando que estaba en la caravana anduvieron caminode un día. Buscáronle entre parientes y conocidos, y al no hallarle, se volvieron a Jerusalén en busca suya. Al cabo de tres días le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas.
Cuando sus padres le vieron, quedaron sorprendidos, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote. Y Él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre? Ellos no entendieron lo que les decía. Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto, y su madre conservaba todo ésto en su corazón. Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres.

Consideración

Esta respuesta la oyó José, a quien María se había referido poco antes llamándole «tu padre». Y así es lo que se decía y pensaba: «Jesús… era, según se creía, hijo de José». No obstante, la respuesta de Jesús en el templo habría reafirmado en la conciencia del «presunto padre» lo que éste había oído una noche doce años antes: «José… no temas tornar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo». Ya desde entonces, él sabía que era depositario del misterio de Dios, y Jesús en el templo evocó exactamente este misterio: «Debo ocuparme en las cosas de mi Padre».”[14]

Para concluir, la Letanía de San José puede ser rezada, o bien la siguiente oración:

Oración

Oh Dios,
que con inefable providencia,
elegiste a San José como esposo de la Madre de tu Hijo,
concédenos la gracia de tener como intercesor en el cielo
al que veneramos como protector en la tierra.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén


[1] Juan Pablo II , Exhortación Apostólica“Redemptoris Custos”(=GR), 17, 1989.

[2] GR, 19.

[3] GR, 20.

[4] GR, 9.

[5] GR, 10.

[6] GR, 11-12

[7] GR, 13.

[8] GR, 5.

[9] GR, 14.

[10] GR, 21.

[11] GR, 22.

[12] GR, 23.

[13] GR, 24.

[14] GR, 15.

La Duda de San José




Antonio Orozco Delclós

 

San José es el mayor de los santos después de María. Esta doctrina está hoy generalmente aceptada. León XIII, en la Encíclica Quamquam plures ([1]), escrita para declarar a San José patrono de la Iglesia universal, dice: “Como San José estuvo unido a la Santísima Virgen por el vínculo conyugal, no cabe la menor duda que se aproxima más que persona alguna a la dignidad sobreeminente por la que la Madre de Dios sobrepasa de tal manera a las naturalezas creadas … ; si, pues, Dios le dio por esposo a José, ciertamente no sólo se lo dio como ayuda en la vida, sino que también le hizo participar, por el vínculo matrimonial, en la eminente dignidad que Esta había recibido”.

Juan XXIII, en el año 1962 ([2]), enseña: «San José, ilustre descendiente de David, luz de los Patriarcas, esposo de la Madre de Dios, guardián de su virginidad, padre nutricio del Hijo de Dios, vigilante defensor de Cristo, Jefe de la Sagrada Familia; fue justísimo, castísimo, prudentísimo, fortísimo, muy obediente, fidelísimo, espejo de paciencia, amante de la pobreza, modelo de obreros, honor de la vida doméstica, guardián de las vírgenes, sostén de las familias, consolación de los desgraciados, esperanza de los enfermos, patrono de los moribundos, terror de los demonios, protector de la Iglesia Santa. Nadie es tan grande después de la Virgen María».

La razón de esta preminencia está en la plenitud de gracia recibida por San José, proporcionada a su misión de padre nutricio de Jesús, puesto que fue directa e inmediatamente elegido por el mismo Dios para esta misión única en el mundo. La misión de San José, en efecto, supera el orden mismo de la gracia y linda con el orden hipostático constituido por el misterio mismo de la Encarnación.

«La Iglesia entera reconoce en San José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado. Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con el título entrañable: Nuestro Padre y Señor» ([3]). Las virtudes de San José señaladas por Juan XXIII son un espléndido modelo propuesto para nuestra imitación. “Nuestro Padre y Señor San José es Maestro de la vida interior.-Ponte bajo su patrocinio y sentirás la eficacia de su poder” ([4]).

La duda de san José

Parece que, después de la Anunciación, la Virgen Madre, guardó para sí el gran misterio que había acontecido en Ella, la Encarnación del Verbo. Ni había palabras para expresarlo ni parece que el Señor quisiera que lo revelara por sí misma, ni siquiera a San José. No obstante, Isabel fue informada del misterio por el Espíritu Santo, como se deduce de la escena de la Visitación. ¿Habían hablado previamente de ello María y José? ¿Acompañó José a María en la visita a Isabel? ¿Había tenido lugar ya la revelación del Ángel a José? Los textos evangélicos dejan todas las respuestas abiertas.

Las traducciones que han llegado hasta nosotros no facilitan la intelección de los sentimientos y actitudes de José: «El origen de Jesucristo fue así: Desposada su madre María con José, antes de que convivieran resultó que había concebido del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo (dikaios) y no quería denunciarla (deigmatisai), pensó repudiarla (apolusai) en secreto”.(Mt 1,19).

Es muy difícil creer que José – que era muy santo y estaba sin duda dotado del don de sabiduría, así como los demás del Espíritu Santo, más que cualquier otro salvo la Virgen Santa -, conociendo como conocía a María, se le ocurriese pensar en alguna especie de infidelidad. Lo más razonable es pensar que José recordase la profecía de Isaías sobre la virgen que había de concebir al Enmanuel. Es lo más seguro que de algún modo se diera cuenta de que un gran misterio divino había acontecido en María, aunque no sospechara quizá la divinidad del niño que la Virgen llevaba en su seno. Pero el Mesías estaba anunciado para aquellos tiempos. La duda de José no era sobre la inocencia de María, sino sobre su papel y situación en aquel misterio. En este sentido se han pronunciado una parte de los Padres y santos doctores de la Iglesia (no todos, por lo que vamos a ver a continuación).

Afortunadamente, los análisis filológicos y la más reciente exégesis bíblica parecen haber resuelto el difícil texto de Mt 1, 19, traducido de modos muy diversos, afectando, como es lógico, a la comprensión en diversos sentidos de la actitud de José ante el misterio de la concepción de Jesús. Mt 1, 19 contiene tres palabras de difícil traducción:

1) dikaios

2) deigmatizô

3) apoluô

Vistas las diversas interpretaciones nos parece la más sólida y congruente la que se resume seguidamente.

1 ) Hoy está claro que dikaios se traduce por “justo”

-No en el sentido de ser simplemente riguroso observante de la Ley judía, que favorecería la interpretación según la cual José hubiera pensado que su esposa – según la Ley – había de ser denunciada y lapidada.

-Tampoco es exacto traducir dikaios simplemente por “bueno” o “de buen corazón”. Como José era “de buen corazón” decidiría “repudiar” (apolusai) en secreto a María, para evitar la lapidación que mandaba la Ley. Esta no puede ser buena traducción puesto que dikaios nunca ha significada “bueno” o “persona de buen corazón”; el griego dispone de otros términos para expresar ese sentido ([5] ).

-Lo más razonable es traducir dikaios por “justo” en el sentido de un respeto total por la voluntad de Dios y por su acción en nuestra existencia. Se puede resumir así: «En el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres ([6])

2 ) El verbo deigmatizô es muy raro en griego y quizá por eso se ha traducido e interpretado de formas muy diversas. Es más usual el verbo compuesto – no sinónimo de aquél – paradeigmatizô, que tiene el sentido peyorativo de “exponer a la afrenta”, “exponer las injurias”. Pero esta resonancia negativa no se incluye necesariamente en el verbo sencillo (deigmatizô). Éste puede significar simplemente “dar a conocer”, “sacar a luz”, “revelar”, “hacer visible”, “manifestar” sin resonancia negativa alguna. Será negativa o no según lo que se “saque a relucir”. Lo que se “revela” puede ser bueno o malo, edificante o vergonzoso.

3) El verbo “luô”, del que deriva el término “apoluô”, utilizado en Mt 1, 19, puede significar “despedir”, y especialmente se dice en el sentido de “deshacer, romper el vínculo del matrimonio”. Por eso, según ciertos autores, podría significar “repudiar”, “divorciar”. Pero también puede significar simplemente “dejar libre”, “dejar ir”.

En consecuencia, puede ser perfectamente correcta la traducción:

«José, su esposo, como fuese justo y no quisiese revelar (el misterio de María), resolvió separarse de ella secretamente»[7]

Es muy congruente esta interpretación técnicamente irreprochable, puesto que siendo José santo, era prudente. No se le ocurrió acusar de delito alguna a su esposa, ni tampoco “repudiarla”. El divorcio era un acto público, ante testigos, y aquí el verbo va acompañado por el adverbio “secretamente”. No tendría mucho sentido. Lo que decide en conciencia es lo más costoso para él: “abandonarla”, “separarse” de Ella secretamente.

Queda explicar por qué. La respuesta se encuentra en la línea de aquellos Padres de los que se hace eco Santo Tomás de Aquino: «José quiso abandonar a María no porque tuviese ninguna sospecha sobre ella, sino porque, debido a su humildad, temía vivir unido a tanta santidad; por eso después le dijo el ángel: no temas» [8]

Es muy comprensible que José, ante la inmensidad del misterio de la maternidad virginal de María, pensase que él había errado el camino al desposarse con la Virgen anunciada por los profetas. La única salida, aunque durísima para él, era la “secreta”. De este modo, Dios podría llevar a cabo los planes sobre María sin el “estorbo” que José erróneamente se consideraba.

El Ángel no sólo le confirma que lo sucedido en su Esposa es obra divina, sino que le comunica que él tiene también una misión en el misterio: poner el nombre a Jesús, lo cual significa, en el modo de hablar bíblico, que iba a ser el padre de Jesús según la ley.

La paternidad de san José

Ahora bien, ¿la paternidad de José fue meramente legal? Evidentemente fue mucho más que “legal”, “putativa” o “adoptiva”. Juan Pablo II dice que en José «se reflejó más plenamente que en todos los padres terrenos la paternidad de Dios mismo» ([9]). Con sobria y densa elocuencia, nos lo había presentado san Mateo al decir: «José, esposo de María, de la cual nació Cristo» (Mt 1, 16) «Virum praedestinatum Maríae», dice San Ireneo [10]. Es el mismo Padre Dios quien elige para su Unigénito un padre humano virgen. José, obviamente, no es padre como la Virgen es Madre. Pero lo es en un sentido muy real y profundo, espiritual. «¿Cómo era padre José? – se pregunta San Agustín -. Tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad» Y añade: «A José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno» ([11]).

Salvada la virginidad, el Padre Dios otorga a José todo lo que constituye a un hombre como padre: la cabeza y la responsabilidad, pero ante todo, lo que le da el Creador de los corazones (Qui finxit singilatim corda eorum ([12])> es un corazón a la medida del Hijo de Dios y de su Madre María ([13]).

En el Evangelio José aparece siempre como padre y cabeza de la Sagrada Familia. Impone el nombre a Jesús, recibe las órdenes del Ángel. «Veneramos a José – dice Juan Pablo II -, que construyó la casa familiar en la tierra al Verbo Eterno, así como María le había dado el cuerpo humano. ‘El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros’» ([14]). Al extremo que el Unigénito del Padre “le estaba sujeto”.

Prerrogativas de san José

José ha sido llamado por los clásicos castellanos “criador del Creador”, “providencia de la Providencia”, “Cuna que a Dios mece”, “Brasero de amor que le calienta”, “Cama blanda donde se adormece”, “Árbol donde Dios se arrima y regocija”, “Árbol que con su buena sombra a Dios cobija”, “Redemptor de Jesús, liberador y salvador” (recordemos la huida a Egipto), “Descanso de Jesús y María”, “Dulce refrigerio de Jesús y María”, “Ángel de la guarda (de Jesús y María)”, “Don de Dios”, “Viceparáclito”…

Valga como resumen intuitivo de la dignidad de José (solo superada por la Madre de Dios) este párrafo de un autor espiritual: “Los reyes de la tierra han de inclinarse en su presencia porque él es más rey que todos ellos, puesto que gobierna al Rey de los reyes, rige la Sagrada Familia y manda al Rey del mundo. ¡Qué grande es el reino interior de Nazaret! Tiene algo de infinito (…) Rigiendo a Jesús, rige en cierto modo toda la naturaleza creada, resumida en la humanidad de Nuestro Señor (…) Es, realmente, una maravilla que José reine sobre unos seres tan superiores como Jesús y María, quienes le aventajan respectivamente según un grado infinito y según un grado que no se puede concebir. Reverenciemos las maravillas del buen Dios y no olvidemos que, habiendo sido José tan honrado por Dios, es de razón que nosotros le rindamos también un alto tributo de honor” ([15])

La institución de una fiesta litúrgica específicamente dedicada a San José acontece en 1476, por Sixto IV; Inocencio VIII (1486) la eleva a mayor categoría. Gregorio XV, en 1621 la declara obligatoria para todo el orbe católico. En 1870, el Concilio Vaticano I, se plantea la proclamación de San José como «primero y principal patrono de la Iglesia universal»; el documento no puede ser firmado. Pío IX, el Papa que había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción, reconoce el título el 8 de diciembre de 1871.

Juan Pablo II ha dedicado a San José una Exhortación Apostólica, Redemptoris custos ([16]), en la que recoge la tradición patrística y teológica sobre San José, abriendo horizontes de estudio y meditación sobre la figura de este santo, que está, en la escala que baja del Cielo, inmediato a María, por encima de los Ángeles.


[1] LEON XIII, Encíclica Quamquam plures, del año 1899.

[2] JUAN XXIII, Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos del año 1962, por el que se incluía el nombre de San José en el Canon de la Misa.

[3] BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 39

[4] Camino, 560

[5] Cfr. IGNACIO DE LA POTTERIE, María en el misterio de la Alianza, BAC, Madrid 1993, pp 70-71.

[6] Es Cristo que pasa, 40

[7] IGNACIO DE LA POTTERIE, María en el misterio de la Alianza, BAC, Madrid 1993, p. 69.

[8] SANTO TOMAS DE AQUINO, In IV Sent. 30, 2, 2.

[9] JUAN PABLO II, Homilía al pueblo de Terni (19-lII-1981).

[10] «La existencia de un verdadero matrimonio entre la Santísima Virgen y San José viene afirmada por el Magisterio de la Iglesia. El papa León Xlll enseñaba: «Pero sin embargo, ya que medió un vínculo matrimonial de San José con la Santísima Virgen… Ahora bien, si Dios le dió un esposo a la Virgen, no fue sólo para darle una compañera en su vida, testigo de su virginidad, y defensora de su honestidad, sino también para hacerlo participe de su excelsa dignidad en virtud del compromiso conyugal), (Encíclica Quamquam pluries, 15-VIII-1889, ASS 22,66). Este magisterio se apoya principalmente en el pasaje evangélico en que María es presentada como esposa y José es llamado su esposo (Mt 1,16-20). Por su parte los santos Padres, al referirse al matrimonio entre María y José, ponen de relieve la providencia y sabiduría divinas al disponer que Jesucristo naciera virginalmente de una Madre desposada» Javier Ibáñez – Fernando Mendoza, María, Madre del Redentor, pp. 4O-52). Juan Pablo II, en Redemptoris custos, 7, indica el fundamento de la paternidad de José en el verdadero matrimonio con María. Respecto a éste, ver RC, 8 y 18

[11] SAN AGUSTIN, Sermo 51, 20. Los Padres que han tratado con mayor profundidad teológica a San José son san Agustín, san Hilario, san Jorónimo, san Cirilo, san Juan crisóstomo, san Juan Damasceno y san Bernardo.

[12] Salmo 32, 15.

[13] JUAN PABLO II, RC, 8

[14] JUAN PABLO II, Homilía al pueblo de Terni (19-lII-1981).

[15] R. BERINGUER, San José, Barcelona 1932, p. 2.

[16] JUAN PABLO II, Exhor. Apost. Redemptoris custos, 15-VIII-1989.

Texto íntegro del capítulo VIII del libro de Antonio Orozco, Madre de Dios y Madre nuestra. Introducción a la Mariología, Ediciones Rialp, Madrid, 1ª edición 1996

(6ª edición, año 2000). En Venezuela, Ediciones Vértice, 1997.

Traducido al inglés en Estados Unidos de América, por Scepter Publishers, 1997.

La excelencia de San José


José, descendiente de David y a quien la Sagrada Escritura llama “justo” (cfr. Mt. 1, 19), es decir, varón de eximia santidad, fue el hombre elegido padre de Cristo en un doble sentido:

a) ante la ley, en cuanto era el esposo de María;

b) por el amor y cuidado que tuvo con el niño Dios, a quien prestó los servicios del más cariñoso de los padres.

San José es llamado padre nutricio del Salvador en cuanto lo nutrió y alimentó, y padre putativo, en cuanto era reputado por el común de las gentes como verdadero padre de jesús, pues el misterio de la encarnación quedó oculto a ellas.

Estos títulos, sin embargo, no pueden hacer pensar que las relaciones entre José y Jesús eran frías y exteriores. Es verdad que la fe nos dice que no era padre según la carne, pero su paternidad fue más profunda que la de la carne, y quiso a Jesús como el mejor de los padres ama a su hijo.

Jesús, en lo humano, señala San Josemaría Escrivá de Balaguer, debió parecerse a José: “en el modo de trabajar, en los rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José” (Es Cristo que pasa, n. 55).

Después de Santa María, es José la criatura más excelsa; en virtudes, en perfección, en grandeza de alma.

“Como San José -señala el Papa León XIII- estuvo unido a la Santísima Virgen por el vínculo conyugal, no cabe la menor duda que se aproximó más que persona alguna a la dignidad sobre eminente por la que la Madre de Dios sobrepasa a las restantes naturalezas creadas… Sí, pues, Dios dio a la Virgen por esposo a José, no sólo se lo dio, ciertamente, como sostén en la vida, sino que también le hizo participar, por el Vínculo matrimonial, en la eminente dignidad que ésta había recibido” (Enc. Quaquam Pluries).

Así lo explica San Bernardino de Siena: “Cuando, por gracia divina, Dios elige alguno para una misión muy elevada, le otorga todos los dones necesarios para llevar a cabo esa misión, lo que se verifica en grado eminente en San José, padre nutricio de Nuestro Señor Jesucristo y esposo de María” (Sermo I de S. Joseph).

A él, que es quien trató con mayor intimidad a Jesús y a María, le venera la Iglesia como maestro de vida interior. El Papa Pío IX lo declaró el 8-XII-1870 como especial protector y patrono de la Iglesia. Fomenta, además, su devoción, viendo en ella un camino fácil para aumentar el amor a su Esposa y a su Hijo:

“Si crece la devoción a San José, el ambiente se hace al mismo tiempo más propicio a un incremento de la devoción a la Sagrada Familia… José nos lleva derecho a María, y por María llegamos a la fuente de toda santidad, a Jesús, quien por su obediencia a José y María consagró las virtudes del hogar” (Benedicto XV, M. pr. Bonum sane et salutare).

Monicion para la Fiesta de San Jose Obrero


Fiesta de San José, Obrero
01 de Mayo de 2010

Monición de Entrada:

Hoy celebramos La Fiesta de San José, Obrero. Hombre fiel y justo, padre de Jesús aquí en la tierra, Trabajador incansable,  modelo de perseverancia y humildad.  Iniciemos esta celebración.

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura: Hc 13, 44-52

Salmo 97

Evangelio: Mt 13, 54-58

MONICIÓN SOBRE LAS LECTURAS (individual)

Primera Lectura

El Evangelio es anunciado a los paganos, ellos se regocijan y la aceptan. Los Judíos no aceptan el evangelio y expulsan a Pablo y Bernabé de la Ciudad.

Evangelio

El hijo del carpintero desconcierta a los nazarenos, pues éstos no se explican el origen de su saber y su obrar. José acogió a Jesús y sirvió para velar y desvelar su identidad.

PRESENTACION DE OFRENDAS

Ofrecemos este pan y este vino, unido a nuestro trabajo diario para que el señor lo santifique.

MONICION A LA COMUNION

El Cuerpo y Sangre de Cristo banquete celestial, es alimento para nuestra alma y fortaleza para nuestro ser. Acerquemonos a recibirlo

MONICION DE DESPEDIDA

Tomemos como ejemplo para nuestra vida diaria, la capacidad de servicio y obediencia de José Obrero, ofreciendo diariamente a Dios nuestro trabajo y nuestras obras.

San Jose Obrero: El Trabajo


6. CLARETIANOS 2004


Queridos amigos y amigas:

Acabamos la semana celebrando la fiesta de San José Obrero, instituida por Pío XII en 1955 para resaltar cristianamente el trabajo humano. A los que rezamos laudes, hoy se nos invita a comenzar la oración con la siguiente frase: “Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que quiso ser tenido como el hijo del carpintero. Aleluya”. Que quiso ser tenido como el hijo del carpintero. No sé a vosotros, pero a mí me resulta muy sugerente esta frase. Jesús fue muchas otras cosas más importantes y, sin embargo, de nada alardeó, al contrario, quiso ser tenido como el hijo del carpintero, aunque eso le restara méritos o dignidad ante los ojos de la gente de su tierra para ser considerado profeta, como vemos en el evangelio de hoy. Esto me lleva a preguntarme: ¿como qué quiero ser tenida yo por los demás?

Es fácil en este día del año plantearse solidariamente que hay que seguir luchando para que todo el mundo tenga acceso a un trabajo, para que las condiciones laborales sean justas, dignas, para que se acabe con todo el tema de la esclavitud laboral infantil, de la subcontratación, etc. Todo esto es fundamental. Pero, al mismo tiempo, creo que también es hoy un buen día para reflexionar sobre nuestra experiencia personal respecto al trabajo. Me refiero a plantearnos de qué manera el trabajo que cada uno de nosotros lleva a cabo cada día nos realiza como personas y nos dignifica. Y con trabajo me refiero a las diferentes actividades a las que nos dedicamos, sean remuneradas o no, por cuenta propia o ajena, estudios, labores del hogar, trabajo en oficina, en tienda, en parroquia, cuidado de personas, etc. Ojalá seamos capaces de profundizar en el sentido de todo lo que hacemos, de convencernos que cualquier actividad, por pequeña que sea, puede ser buena, útil para algo o alguien, generadora de vida, si se hace desde las actitudes que nos presenta la lectura de Colosenses: desde el amor, desde la paz de Cristo, desde la actitud agradecida, haciendo todo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.
Vuestra hermana en la fe,

Lidia Alcántara Ivars, misionera claretiana (lidiamst@hotmail.com)
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Evangelio: Mt 13, 54-58 El valor del Trabajo

Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían:

—¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?

Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo:

—No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa.

Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.

El valor del trabajo

Celebramos hoy con toda la Iglesia a San José, esposo de la Santísima Virgen y, según la ley judía, padre de Jesús, aunque no lo fuera por la generación habitual de la carne. No era, sin embargo, Jesús menos hijo de su corazón que los hijos comunes lo son de sus padres. Sin temor a exagerar, podemos afirmar que José es padre de Jesús, el hijo de María siempre Virgen, con una paternidad excelsa y muy superior a la de los padres que engendran según la carne. Como afirma san Agustín, a José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno (…), ¿cómo era padre? Tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo, de la misma forma que son padres los demás, que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus hijos como fruto de su afecto espiritual. Por eso dice San Lucas: se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios.

José amaba a Jesús como no somos capaces de amar los demás hombres. Entregó al Hijo de Dios encarnado lo mejor de sí mismo, incluyendo el trabajo que llenaba su vida y sustentaba a la Familia que quiso Dios para nacer, crecer y alcanzar su madurez entre los hombres. Por eso Nuestro Señor que era conocido como artesano: el hijo del artesano. Y nos lo imaginamos durante muchos años –tenía Jesús al comenzar unos treinta años, cuando comenzó su vida pública, según nos cuenta san Lucas– en el taller de su padre, José, y más tarde posiblemente al frente del mismo. Jesús pasó la mayor parte de sus días sobre la tierra trabajando, como todos los hombres y mujeres de bien. Se ocupaba en una tarea corriente, sin más relieve la mayoría de las veces que el sobrenatural, por el amor y la perfección que ponía en cada detalle.

El trabajo ocupa la mayor parte de nuestro tiempo. Trabajo no es exclusivamente la ocupación profesional en sentido estricto. Trabajo es asimismo cualquier otra actividad productiva en sentido amplio, que, por lo general, requiere un cierto esfuerzo por parte de quien la realiza: desde responder el correo a leer un artículo cultural que contribuye a la propia formación o charlar con un hijo o con un amigo, tratando de ayudarle.

El esfuerzo: he aquí la dificultad. Dificultad añadida al trabajo como consecuencia del pecado. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, advirtió Dios en nuestros Primeros Padres en el Paraíso Terrenal, después de la desobediencia. Habiendo perdido al desobedecer la inocencia original, el trabajo, desde entonces, es en cierto sentido una pena, un castigo a la rebeldía humana. Ahora trabajar cuesta. Cualquier actividad –hasta la más pequeña– que emprende el hombre en beneficio propio le supone esfuerzo: es trabajosa, decimos, para indicar que de algún modo nos pesa.

De modo espontáneo el trabajo no se realiza con gusto y constancia. Es preciso casi siempre un empeño por mantener la decisión –que cuesta– del orden, de la puntualidad, del cuidado del detalle… Sucede, por el contrario, que lo fácil es generalmente de poco valor y no cubre las expectativas y requerimientos personales. Todo lo que vale es trabajososo, decimos: ningún ideal se hace realidad sin sacrificio…, leemos en Camino. Se trata, en todo caso, de un esfuerzo, de un sacrificio, de una renuncia incluso –si queremos llamarlo así–, aunque sea llevadera. De ordinario, en efecto, lo que se espera de cada persona en el terreno profesional y en sus deberes familiares y sociales es algo posible, razonable.

Sin embargo, el hombre trabajaba antes de pecar. Como dice el libro del Génesis, tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Sólo después del pecado sintió el hombre la dificultad del esfuerzo. El trabajo de la tierra no sería en adelante una tarea confortable: espinas y abrojos te producirá, aseguró Dios a Adán. Lo cual, en modo alguno privó al trabajo de su grandeza original, por la que el hombre había sido constituido Señor de la naturaleza: llenad la tierra y sometedla, dijo Dios al hombre haciéndolo señor de toda la creación terrena. El trabajo aparece, pues, como un designio y don de Dios a los hombres, por el que los constituye en señores del mundo que había creado para ellos.

La actividad humana, por tanto, ya que puede ser trabajo casi siempre, es una permanente ocasión de configurar nuestra existencia según el querer divino, de amar a Dios agradecidamente y del más pleno desarrollo personal: aquel querido desde el principio por nuestro Creador.

Pedimos a Santa María que contemplemos en cada instante esa ocasión irrepetible de vivir según Dios. Con su ayuda maternal no nos faltará la fuerza necesaria y sabremos superar la debilidad y falta de constancia que son consecuencia del pecado.

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El Trabajo Santifica

Mt. 13, 54-58. El Hijo de Dios es considerado por los judíos como el Hijo del carpintero. Jesús no vino a quitarnos la carga del trabajo, sino a santificarlo, especialmente cuando Él cumple con la obra que el Padre Dios le confió.

Cada uno de nosotros tiene también su propia labor en el mundo. Quienes creemos en Cristo Jesús realizamos nuestros quehaceres diarios con la máxima responsabilidad colaborando en la realización de la ciudad terrena, no como el lugar de nuestra felicidad definitiva, sino como el lugar desde el que se inicia el Reino de Dios entre nosotros por propiciar una vida basada en relaciones realmente nacidas del amor fraterno.

Por eso debemos trabajar constantemente porque en verdad caminemos en una auténtica justicia social. Quien se confiesa cristiano y se dedica a explotar o a causar injusticias a su prójimo no puede, por ningún motivo, llamarse hijo de Dios.

El trabajo de cada día debe ayudarnos a santificarnos por no convertirlo en nuestro dios, sino en una de la formas como nosotros servimos a nuestro prójimo para su propio bien.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María y de Señor San José, la gracia de saber colaborar con nuestro esfuerzo a que se viva cada día con mayor dignidad, esforzándonos no sólo de los bienes temporales, sino también colaborando para que la salvación llegue a todos. Amén.

http://www.mercaba.org

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Debilidad por acercarse al Obrero Jose

De siempre he tenido debilidad por acercarme al obrero José, humilde hombre de Nazaret, como no podía ser de otra manera para llegar a santo, que puso dignidad a las obras realizadas por personas. Con justicia le nombraron guardián de los trabajadores; o sea de los que tienen callos en las manos, cicatrices por todo el cuerpo y el alma endurecida de tanto tragarse sapos. No podían tener mejor defensor los peones, braceros, jornaleros y demás gentucia que dicen los burgueses. El obrero ha sido elevado, con José, a lo más alto de lo alto del ascendiente verso. Esto es hacer justicia. El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan, dijo Karl Marx. Por consiguiente, estimo que siempre son saludables estas subidas interiores, de puesta en verdad. Es buena manera de unir al obrero mundo con el mundo obrero.

Poner la nobleza del trabajo humano en su lugar, ennoblece y destierra la pomposidad de los procesos productivos actuales. Detesto esa maquinaria de producción que no tiene corazón. De igual modo, el aluvión de empleos en precario. Se los tragan siempre las mismas personas, los marginales. Aquí, en este desbarajuste de precariedades, si que le demando a San José que nos eche una mano. La precariedad no es una realidad natural, es una construcción social de la que somos pioneros en estos muros de la patria mía. Qué tristeza más dolorosa de que después de tantos avances, la cultura obrera liberadora no reine, ni gobierne ¿Por qué esa incapacidad de enmendarnos la página del alarmante deterioro de las condiciones de trabajo? Cuando el sistema de producción se organiza de espaldas al ser humano, a la familia, se producen otros frutos; desde luego, no se acrecienta dignidad alguna.

Es cierto. La sociedad, sin embargo, necesita de la obra de los obreros para crecer y conquistar futuros. Los dormidos sindicatos, bien nutridos con los presupuestos de los obreros, piden un empleo estable en igualdad. Ya nos gustaría que así fuese. Lo primero ha de creerse lo que se dice ¿Se lo creen? ¿O es más de lo mismo? Tener un empleo con derechos es lo mínimo que se puede exigir, cuestión que debiera ser afán y desvelo de todo sindicalista que se precie. Pienso que va en el cargo esa lucha. Además, creo que estamos en edad de merecerlo como demócratas de un Estado social. Cuando la acción sólo se queda en palabra, la reacción es de verlas pasar y quedarse a salvo. Se habla de superar la precariedad por un empleo digno y, a pesar de ello, la siniestralidad laboral ya no es noticia porque nos hemos acostumbrado al suceso, por repetitivo. Oiga que se mueren personas, no cosas. Realmente cuesta entender, tal y como está el patio de abusos, que no exista fuerza social que avive el movimiento obrero, una fuerza hábil que lo despierte del falso encandilamiento. Algo falla o alguien quiere que esto falle, la fuerza de construir una comunidad obrera con derechos, puesto que las obligaciones las tienen todas en sus hojas de servicios.

Debemos, sin duda, promover deseos distintos al mero consumo, valores que nos conciencien en otros estilos de vida. Nada es imposible Ahí tenemos a San José, en su camino de gloria. De una ciudad desacreditada como Nazaret surge una historia que nos trasciende. La labor desarrollada por José en su pequeño taller de carpintero, mientras Jesús, a su lado, “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres”, nos reafirma que el trabajo es un medio de participar en la tarea creadora de Dios, para el que crea. Y para el que no crea, en la tarea humanizadora y humanista. En consecuencia, hemos de reivindicar la dignidad de ser y sentirse obrero. ¿Cuántos maldicen la palabra? Realmente, los obreros cuentan bien poco en este mundo de honores y cargos, apenas pueden decidir sobre el cómo y el para qué de su trabajo. Esta es la pura realidad. Con estos parámetros resulta improbable vivirlo como algo propio y como algo que nos debiera realizar.

El mundo obrero, para salir de esos tremendos túneles de explotación y dependencia, necesita abrir salidas, ventanas a una cultura que permita otras respiraciones más humanas y otras aspiraciones más libres. Buscar el interés de cada uno es muy del capital y poco de seres pensantes. Consumir mucho para vivir lo mejor posible, tampoco es garantía de felicidad. Despreocuparse de cómo se organiza la sociedad, que para eso están los políticos, es como firmarle un cheque en blanco a los burros y ponerle a buscar camino por si mismo. Pensar que el trabajo no es más que un medio de ganar dinero, es una actitud mísera que a nada conduce. Para vivir humanamente y crecer, necesitamos más que nunca volver a aquel pequeño poblado situado en las últimas estribaciones de los montes de Galilea, donde residió aquella familia excelsa, cuando pasado ya el peligro había podido volver de su destierro en Egipto. Y allí es donde José, viviendo y sobreviviendo a todas las fatigas, a veces en un taller de carpintero y otras en una choza en la ladera del monte, desarrolla su función de cabeza de familia, con la mayor de las dignidades . Como todo obrero, mantiene a los suyos con el trabajo de sus manos: toda su fortuna está radicada en su brazo, y la reputación de que goza está integrada por su probidad ejemplar y por el prestigio alcanzado en el ejercicio de su oficio.

En este reino de pillos, esta es la gran lección del buen obrero José, el varón justo, la de compenetrarse con sus conciudadanos. Que diferente situación a la que vivimos hoy, donde todo el mundo parece estar ausente de todo, lo que se traduce en pasotismo y en pérdida de valores propios de la cultura obrera: la solidaridad, la justicia, la igualdad; y lo que es peor, está generando una profunda desesperanza. Un año más, el gentío que no suele ejercer como obrero saldrá a la calle el primero de mayo para mostrar su mejor sonrisa y, así, por lo menos despistar de que somos los europeos que más en precario trabajamos. Por eso, prefiero citarme con los trabajadores que acuden a revivir el espectáculo de santidad del obrero José, especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo. ¡Viva San José en el primero de mayo!