Colores Litúrgicos


 

colores liturgicos

LOS COLORES LITÚRGICOS

de Padre Guillermo Serra, L.C.

La belleza y expresividad de los símbolos litúrgicos nos ayudan a adentrarnos en el misterio de Dios, por este motivo se debe prestar especial atención al cuidado de la liturgia.

Toda liturgia de la Iglesia es rica en simbolismo. Esto se aprecia también en los colores de los ornamentos sagrados, que varían según el tiempo litúrgico o las conmemoraciones de Nuestro Señor, de la Virgen María y de los Santos. Son básicamente cuatro: blanco, rojo, verde y morado.

El celebrante, al ejercer su ministerio sacerdotal, lleva vestiduras especiales. La principal es la estola, signo del sacerdocio ministerial.

La diversidad de colores de estas vestimentas ayuda a expresar la particularidad de cada celebración:

a) El BLANCO simboliza la luz, la gloria, la pureza y ambiente de fiesta.

Por eso se emplea en la celebración de los Misterios gozosos del Señor, en las fiestas de la Virgen y de los santos no mártires, en la celebración de los Sacramentos del Bautismo, Matrimonio y Ordenación Sacerdotal, etc.

b) El ROJO es el color más parecido a la sangre y al fuego. Por eso es el que simboliza mejor la caridad y el martirio.

Se usa para el Domingo de la Pasión del Señor (Domingo de Ramos), Viernes Santo, Pentecostés y Confirmación, para las fiestas de los mártires, etc.

c) El VERDE es símbolo de (nueva) vida (¡primavera!), de crecimiento y renovación, de frescura y lozanía del alma cristiana. Indica la esperanza.

Es el color para el tiempo “durante el año”.

d) El MORADO o VIOLETA es signo de penitencia, humildad, modestia, preparación y espera.

Se emplea durante el Adviento y Cuaresma, para los Sacramentos de la Reconciliación y de la Unción de los enfermos, y para las Misas y exequias de difuntos.

e) El DORADO en circunstancias solemnes se puede optar por este color en lugar del blanco, rojo o verde.

Revestido así, de acuerdo con las sabias indicaciones de la Santa Iglesia, el sacerdote sube al altar hacia el Sagrado Banquete, dejando claro a todos, y a sí mismo, que está actuando en la persona de Otro, es decir, de Nuestro Señor Jesucristo.

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