Decimonovena hora de la Pasión del Señor


Preparación Antes de la Meditación

Oh Señor mío Jesucristo, postrada ante tu divina presencia, suplico a tu amorosísimo corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las veinticuatro horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en tu cuerpo adorable como en tu alma santísima, hasta la muerte de cruz. Ah, dame tu ayuda, gracia, amor, profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos mientras medito ahora la hora… Y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante todas las horas en que estoy obligada a dedicarme a mis deberes, o a dormir. Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

 

DECIMANOVENA HORA

De las 11 a las 12 del día

La Crucifixión de Jesús

Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:

Jesús, Mamá mía, vengan a escribir conmigo, préstenme vuestras santísimas manos a fin de que pueda escribir lo que a Vosotros os plazca y sólo lo que queráis.

Amor mío, Jesús, ya estás despojado de tus vestiduras, tu santísimo cuerpo está tan lacerado, que pareces un cordero desollado, veo que tiemblas de cabeza a pies, y no sosteniéndote de pie, mientras tus enemigos te preparan la cruz Tú te dejas caer a tierra en este monte. Mi bien y mi todo, el corazón se me oprime por el dolor al verte chorreando sangre por todas partes de tu santísimo cuerpo y todo llagado de cabeza a pies. Tus enemigos, cansados pero no satisfechos, al desnudarte han arrancado de tu santísima cabeza, con indecible dolor, la corona de espinas, y después te la han clavado de nuevo entre dolores inauditos, traspasando con nuevas heridas tu sacratísima cabeza. Ah, Tú reparas la perfidia y la obstinación en el pecado, especialmente de soberbia. Jesús, veo que si el amor no te empujase más arriba, Tú habrías muerto por la acerbidad del dolor que sufriste en esta tercera coronación de espinas. Pero veo que no puedes resistir el dolor, y con aquellos ojos velados por la sangre, miras para ver si al menos uno se acerca a Ti para sostenerte en tanto dolor y confusión. Dulce bien mío, amada vida mía, aquí no estás solo como en la noche de la Pasión, está la doliente Mamá, que lacerada en su corazón sufre tantas muertes por cuantas penas Tú sufres. Oh Jesús, también está la amante Magdalena, parece enloquecida por causa de tus penas; el fiel Juan, que parece enmudecido por la fuerza del dolor de tu Pasión. Aquí es el monte de los amantes, no puedes estar solo. Pero dime amor mío, ¿a quién quisieras para sostenerte en tanto dolor? Ah, permíteme que venga yo a sostenerte. Soy yo quien tiene más necesidad que todos; la amada Mamá, con los demás, me ceden el puesto, y yo, oh Jesús, me acerco a Ti, te abrazo y te ruego que apoyes tu cabeza sobre mis hombros y que me hagas sentir en mi cabeza tus espinas. Quiero poner mi cabeza junto a la tuya, no sólo para sentir tus espinas sino también para lavar con tu preciosísima sangre que te escurre de la cabeza, todos mis pensamientos, a fin de que puedan estar todos en actitud de repararte cualquier ofensa de pensamiento que cometan todas las criaturas. Mi amor, ah, estréchate a mí, quiero besar una por una las gotas de sangre que chorrean sobre tu santísimo rostro; y mientras las adoro una por una, te ruego que cada gota de esta sangre sea luz a cada mente de criatura, para hacer que ninguna te ofenda con pensamientos malos, pero mientras te tengo estrechado y apoyado en mí, te miro, oh Jesús, y veo que miras la cruz que los enemigos te preparan, oyes los golpes que dan a la cruz para hacerle los agujeros donde te clavarán; escucho oh mi Jesús, a tu corazón latir fuertemente y casi estremeciéndose, anhelando el lecho para Ti más apetecible, donde, si bien con dolor indescriptible, sellarás en Ti la salvación de nuestras almas. Ah, te oigo decir:

“Amor mío, amada cruz, precioso lecho mío, Tú has sido mi martirio en vida y ahora eres mi reposo; oh cruz, recíbeme pronto en tus brazos, Yo estoy impaciente de tanto esperar, cruz santa, en ti vendré a dar cumplimiento a todo, pronto oh cruz, cumple mis deseos ardientes que me consumen de dar vida a las almas, y estas vidas serán selladas por ti, oh cruz! ¡Oh cruz, no tardes más, con ansia espero extenderme sobre ti para abrir el Cielo a todos mis hijos y cerrar el infierno! Oh cruz, es verdad que tú eres mi batalla, pero eres también mi victoria y mi triunfo completo, y en ti daré abundantes herencias, victorias, triunfos y coronas a mis hijos.”

¿Pero quién puede decir todo lo que mi dulce Jesús dice a la cruz? Pero mientras Jesús se desahoga con la cruz, los enemigos le ordenan extenderse sobre ella y Tú pronto obedeces a su querer para reparar nuestras desobediencias. Amor mío, antes de que te extiendas sobre la cruz, permíteme que te estreche más fuerte a mi corazón y que te dé un beso; escucha oh Jesús, no quiero dejarte, quiero venir junto contigo a extenderme sobre la cruz y permanecer clavada contigo. El verdadero amor no soporta separación de ningún tipo. Tú perdonarás la osadía de mi amor y me concederás el quedarme crucificada contigo. Mira tierno amor mío, no soy sólo yo quien esto te pide, sino también la doliente Mamá, la inseparable Magdalena, el predilecto Juan, todos te dicen que les sería más soportable el permanecer crucificados contigo, que asistir a verte a Ti crucificado. Por eso junto contigo me ofrezco al Eterno Padre, fundida con tu Voluntad, con tu amor, con tus reparaciones, con tu mismo corazón y con todas tus penas. Ah, parece que mi dolorido Jesús me dice:

“Hija mía, has previsto mi amor, esta es mi Voluntad, que todos aquellos que me aman queden crucificados conmigo. Ah sí, ven también a extenderte conmigo sobre la cruz; te daré vida de mi Vida y te tendré como la predilecta de mi corazón.”

Y he aquí dulce bien mío que te extiendes sobre la cruz, miras a los verdugos que tienen en las manos clavos y martillo para clavarte, con tanto amor y dulzura, que les haces una dulce invitación para que pronto te crucifiquen. Y ellos, si bien sienten repugnancia, con ferocidad inhumana te toman la mano derecha, ponen el clavo, y con golpes de martillo lo hacen salir por el otro lado de la cruz, pero es tal y tanto el dolor que sufres, oh mi Jesús, que te estremeces, la luz de tus bellos ojos se eclipsa, tu rostro santísimo palidece y se hace lívido. Diestra bendita, te beso, te compadezco, te adoro y te agradezco por mí y por todos. Y por cuantos golpes recibiste, tantas almas te pido en este momento que liberes de la condena del infierno; por cuantas gotas de sangre derramaste, tantas almas te ruego que laves en esta sangre preciosa; y por el dolor acerbo que sufriste, especialmente cuando te la clavaron a la cruz, de modo de desgarrarte los nervios de los brazos, te ruego que abras a todos el Cielo y que bendigas a todos, y pueda tu bendición llamar a la conversión a los pecadores, y a la luz de la fe a los herejes y a los infieles.

Oh Jesús, dulce Vida mía, habiendo terminado de clavar la mano derecha, los enemigos con crueldad inaudita te toman la izquierda, te la tiran tanto para hacer que llegue al agujero preparado, que sientes dislocarse las articulaciones de los brazos y de los hombros, y por la fuerza del dolor, las piernas quedan contraídas y con movimientos convulsos. Mano izquierda de mi Jesús, te beso, te compadezco, te adoro y te agradezco; te ruego por cuantos golpes y dolores que sufriste cuando te clavaron el clavo, que me concedas tantas almas que en este momento para hacerlas volar del Purgatorio al Cielo; y por la sangre que derramaste te ruego que extingas las llamas que queman a aquellas almas, y sirva a todas de refrigerio y de baño saludable para purificarlas de todas las manchas, para disponerlas a la visión beatífica. Amor mío y mi todo, por el agudo dolor sufrido cuando te clavaron el clavo en la mano izquierda, te ruego que cierres el infierno a todas las almas, y que detengas los rayos de la Divina Justicia, desafortunadamente irritada por nuestras culpas. Ah Jesús, haz que este clavo en tu bendita mano izquierda sea llave que cierre la Divina Justicia, para hacer que no lluevan los flagelos sobre la tierra, y abra los tesoros de la Divina Misericordia en favor de todos, por eso te ruego que nos estreches entre tus brazos. Ya has quedado incapacitado para todo, y nosotros hemos quedado libres para poderte hacer todo; por lo tanto pongo en tus brazos al mundo y a todas las generaciones, y te ruego amor mío con las voces de tu misma sangre, que no niegues el perdón a ninguno, y por los méritos de tu preciosísima sangre, te pido la salvación y la Gracia para todos, no excluyas a ninguno, oh mi Jesús.

Amor mío, Jesús, tus enemigos no están contentos aún, con ferocidad diabólica toman tus santísimos pies, siempre incansables en la búsqueda de almas, y contraídos como estaban por la fuerza del dolor de las manos, los tiran tanto, que quedan dislocadas las rodillas, las costillas y todos los huesos del pecho. Mi corazón no soporta, oh mi bien, te veo que por la fuerza del dolor tus bellos ojos eclipsados y velados por la sangre se contraen, tus labios lívidos e hinchados por los golpes se tuercen, tus mejillas se hunden, los dientes se aprietan, el pecho jadeante, el corazón por la fuerza del estiramiento de las manos y de los pies, queda todo desquiciado. ¡Amor mío, con que ganas tomaría tu lugar para evitarte tanto dolor! Quiero distenderme sobre todos tus miembros para darte en todo un alivio, un beso, un consuelo, una reparación por todos.

Jesús mío, veo que ponen un pie sobre el otro y con un clavo, por añadidura despuntado, te clavan tus santísimos pies, oh mi Jesús, permíteme que mientras te los traspasa el clavo, te ponga en el pie derecho a todos los sacerdotes, para que sean luz a los pueblos, especialmente a aquellos que no llevan una vida buena y santa; y en el pie izquierdo a todos los pueblos, a fin de que reciban luz de los sacerdotes, los respeten y les sean obedientes; y conforme el clavo traspasa tus pies, así traspase a los sacerdotes y a los pueblos, a fin de que unos y otros no se puedan separar de Ti. Pies benditos de Jesús, os beso, os compadezco, os adoro y os agradezco; y te ruego, oh Jesús, por los agudísimos dolores que sufriste cuando por los estiramientos que te hicieron te dislocaron todos los huesos, y por la sangre que derramaste, que encierres a todas las almas en las llagas de tus santísimos pies, no desdeñes a ninguna, oh Jesús; tus clavos crucifiquen nuestras potencias a fin de que no se aparten de Ti; nuestro corazón, a fin de que se fije siempre y solamente en Ti; todos nuestros sentimientos queden clavados por tus clavos a fin de que no tomen ningún gusto que no venga de Ti.

Oh mi Jesús crucificado, te veo todo ensangrentado, nadando en un baño de sangre, y estas gotas de sangre no te dicen otra cosa sino: ¡Almas! Es más, en cada una de estas gotas de tu sangre veo moverse almas de todos los siglos; así que a todas nos contenías en Ti, oh Jesús. Por la potencia de esta sangre te pido que ninguna huya de Ti.

 

Oh mi Jesús, hasta que los verdugos terminan de clavarte los pies, yo me acerco a tu corazón, veo que no puedes más, pero el amor grita más fuerte: “¡Más penas aún!” Mi Jesús, te abrazo, te beso, te compadezco, te adoro, te agradezco por mí y por todos. Jesús, quiero apoyar mi cabeza sobre tu corazón para sentir lo que sufres en esta dolorosa crucifixión. Ah, siento que cada golpe de martillo hace eco en tu corazón; este corazón es el centro de todo, y de él comienzan los dolores y en él terminan. Ah, si no fuera porque esperas una lanza para ser traspasado, las llamas de tu amor y la sangre que regurgita en torno a tu corazón, se hubieran abierto camino y te lo habrían ya traspasado. Estas llamas y esta sangre llaman a las almas amantes a hacer feliz estancia en tu corazón, y yo, oh Jesús, te pido, por amor de este corazón y por tu santísima sangre, la santidad de las almas, y a aquellas que te aman, oh Jesús, no las dejes salir jamás de tu corazón, y con tu Gracia multiplica las vocaciones de las almas víctimas que continúen tu Vida sobre la tierra. Tú quisieras dar un puesto distinto en tu corazón a las almas amantes, haz que este puesto no lo pierdan jamás.

Oh Jesús, las llamas de tu corazón me abrasen y me consuman, que tu sangre me embellezca, que tu amor me tenga siempre clavada al amor con el dolor y con la reparación.

Oh mi Jesús, ya los verdugos han clavado tus manos y tus pies a la Cruz, y volteándola para remachar los clavos obligan a tu rostro adorable a tocar la tierra empapada por tu misma sangre, y Tú con tu boca divina la besas intentando con este beso besar a todas las almas y vincularlas a tu amor, sellando con esto su salvación. Oh Jesús, quiero tomar yo tu lugar para que tu sacratísimo cuerpo no toque esa tierra impregnada de tu preciosa sangre; quiero estrecharte entre mis brazos, y mientras los verdugos rematan los clavos haz que estos golpes me hieran también a mí y me claven toda a tu amor.

Pongo mi cabeza en la tuya, y mientras las espinas se van hundiendo siempre más en tu santísima cabeza, quiero ofrecerte, oh mi Jesús, todos mis pensamientos como besos para consolarte y endulzar las amarguras de tus espinas.

Oh Jesús, pongo mis ojos en los tuyos, y veo que tus enemigos aún no están saciados de insultarte y escarnecerte, y yo quiero hacerte una defensa con mi vista dándote miradas de amor para endulzar tus miradas divinas.

Pongo mi boca en la tuya, veo tu lengua casi pegada al paladar por la amargura de la hiel y la sed ardiente. Para aplacar tu sed, oh mi Jesús, Tú quisieras todos los corazones de las criaturas rebosantes de amor, pero no teniéndolos te abrazas cada vez más por ellas. Oh Jesús, quiero enviarte ríos de amor para mitigar en algún modo la amargura de tu sed.

Oh mi Jesús, pongo mis manos en las tuyas, veo que a cada movimiento que haces, las llagas más se abren y el dolor se hace más intenso y acerbo. Oh Jesús, quiero ofrecerte todas las obras santas de las criaturas para reconfortar y mitigar en algún modo la amargura de tus llagas.

 

Oh Jesús, pongo mis pies en los tuyos, cuánto sufres, todos los movimientos de tu sacratísimo cuerpo parece que se repercuten en los pies, y no hay nadie a tu lado para sostenerlos y mitigar un poco la acerbidad de tus dolores.

Oh mi Jesús, quisiera girar por todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, tomar todos sus pasos y ponerlos en los tuyos para sostenerte y endulzar tu dolor, es más, quiero poner también todos los pasos del Eterno y así poder dar un verdadero consuelo a tu Divina Persona.

Oh mi Jesús, pongo mi corazón en el tuyo, pobre corazón cómo estás destrozado. Si mueves los pies, los nervios de la punta del corazón te los sientes como arrancar; si mueves las manos, los nervios de arriba del corazón quedan estirados; oh Jesús, si mueves la cabeza, la boca del corazón mana sangre y sufre la completa crucifixión. Oh mi Jesús, ¿cómo puedo aliviar tanto dolor? Me difundiré en todo Tú, pondré mi corazón en el tuyo, mis deseos en tus ardientes deseos, para destruir los malos deseos de las criaturas; difundiré mi amor en el tuyo, y de él tomaré fuego suficiente para abrazar todos los corazones de las criaturas y destruir los amores profanos. Me difundiré en tu Santísima Voluntad para poder aniquilar cualquier acto maligno. Y es así que tu corazón queda aliviado y yo te prometo mantenerme siempre clavada a este corazón con los clavos de tus deseos, de tu amor y de tu Voluntad. Y he aquí, oh mi Jesús, crucificado Tú, crucificada yo en Ti. Tú no me permitirás que me desclave en lo más mínimo de Ti, para poderte amar y reparar por todos y reconfortarte por las ofensas que te hacen las criaturas.

Jesús crucificado. Junto con Él desarmamos a la Divina Justicia.

Y ahora, oh mi Jesús, veo que tus enemigos levantan el pesado madero y lo dejan caer en el hoyo que han preparado; y Tú, dulce amor mío, quedas suspendido en el aire, entre el Cielo y la tierra, y es en este solemne momento que Tú te diriges al Padre, y con voz débil y apagada le dices:

“Padre Santo, estoy aquí cargado con todos los pecados del mundo, no hay pecado que no recaiga sobre Mí, por eso no descargues más sobre el mundo los flagelos de la Divina Justicia, sino sobre Mí, tu Hijo. Oh Padre, permíteme que ate todas las almas a esta cruz y con las voces de mi sangre y de mis llagas responda por ellas. Oh Padre, ¿no ves a qué estado me he reducido? Es desde esta cruz que Yo reconcilio Cielo y tierra, y en virtud de estos dolores concede a todos paz, perdón y salvación. Detén tu indignación contra la pobre humanidad, contra mis hijos; están ciegos y no saben lo que hacen, por eso mírame bien cómo he quedado reducido por causa de ellos; si no te mueves a compasión por ellos, que te enternezca al menos este mi rostro ensuciado por escupitinas, cubierto de sangre, amoratado e hinchado por tantas bofetadas y golpes recibidos. Piedad Padre mío, era Yo el más bello de todos, y ahora estoy todo desfigurado, tanto, que no me reconozco más, he llegado a ser la abominación de todos, por eso a cualquier costo quiero salva a la pobre criatura.”

Oh Jesús, mientras estás crucificado sobre esta cruz, tu alma no está más sobre la tierra sino en los Cielos, con tu Divino Padre, para defender y perorar la causa de las almas. Crucificado amor mío, también yo quiero seguirte ante el trono del Eterno, y junto contigo quiero desarmar la Divina Justicia. Hago mía tu santísima Humanidad, unida con tu Voluntad y junto contigo quiero hacer lo que haces Tú; es más, permíteme vida mía que corran mis pensamientos en los tuyos, mi amor, mi voluntad, mis deseos en los tuyos, mis latidos corran en tu corazón, todo mi ser en Ti a fin de que no deje escapar nada y repita acto por acto, palabra por palabra todo lo que haces Tú.

Pero veo, crucificado bien mío, que Tú, viendo al Divino Padre indignado contra las criaturas, te postras ante Él y escondes a todas las criaturas dentro de tu santísima Humanidad, poniéndonos al seguro, a fin de que el Padre, mirándonos en Ti, por amor tuyo no arroje a la criatura de Sí. Y si las mira enfadado es porque muchas almas han desfigurado la bella imagen creada por Él, y no tienen otro pensamiento que para ofenderlo, y de la inteligencia que debía ocuparse en comprenderlo forman por el contrario un receptáculo donde anidan todas las culpas. Tú, oh mi Jesús, para aplacarlo atraes la atención del Divino Padre a mirar tu santísima cabeza traspasada entre atroces dolores, que tienen en tu mente como clavadas todas las inteligencias de las criaturas, por las cuales, una por una ofreces una expiación para satisfacer a la Divina Justicia. ¡Oh! cómo estas espinas son ante la Majestad Divina voces piadosas que excusan todos los malos pensamientos de las criaturas. Jesús mío, mis pensamientos con los tuyos son uno solo, por eso junto contigo ruego, imploro, reparo y excuso ante la Divina Majestad todo el mal que se comete por todas las inteligencias de las criaturas; y permíteme que tome tus espinas y tu misma inteligencia, y junto contigo gire por todas las criaturas y una tu inteligencia a las de ellas, y con la santidad de la tuya les restituya la primera inteligencia, tal como fue por Ti creada; que con la santidad de tus pensamientos reordene todos los pensamientos de ellas en Ti y con tus espinas traspase todas las mentes de las criaturas y te restituya el dominio y el régimen de todas. ¡Ah! sí, oh mi Jesús, sé Tú solo el dominador de cada pensamiento, de cada afecto, y de todas las gentes; rige Tú solo cada cosa, sólo así será renovada la faz de la tierra que causa horror y espanto.

Pero me doy cuenta crucificado Jesús que continuas viendo al Divino Padre enojado, que mira a las pobres criaturas y las encuentra a todas sucias de culpas, cubiertas con las más feas suciedades, tanto de dar asco a todo el Cielo. ¡Oh, cómo queda horrorizada la pureza de la mirada divina, no reconociendo más como obra de sus santísimas manos a la pobre criatura! Más bien parece que sean tantos monstruos que ocupan la tierra y que van atrayendo la indignación de la mirada paterna; pero Tú, oh mi Jesús, para aplacarlo, tratas de endulzarlo cambiando tus ojos con los suyos, haciéndole verlos cubiertos de sangre e hinchados de lágrimas, y lloras ante la Divina Majestad para moverla a compasión por la desventura de tantas pobres criaturas, y oigo tu voz que dice:

“Padre mío, es cierto que la ingrata criatura cada vez más se va ensuciando con las culpas, hasta no merecer ya tu mirada paterna, pero mírame a Mí, oh Padre, Yo quiero llorar tanto ante Ti, para formar un baño de lágrimas y de sangre para lavar estas suciedades con las cuales se han cubierto las criaturas. Padre mío, ¿querrás acaso Tú rechazarme? No, no lo puedes, soy tu Hijo, y a la vez que soy tu Hijo soy también la cabeza de todas las criaturas, y ellas son mis miembros, salvémoslas, oh Padre, salvémoslas.”

Mi Jesús, amor sin fin, quisiera tener tus ojos para llorar ante la Majestad Suprema por la pérdida de tantas pobres criaturas y por estos tiempos tan tristes.[1] Permíteme que tome tus lágrimas y tus mismas miradas, que son una con las mías, y gire por todas las criaturas; y para moverlas a compasión por sus almas y por tu amor les haré ver que Tú lloras por su causa, y que mientras se van ensuciando, Tú tienes preparadas tus lágrimas y tu sangre para lavarlas, y al verte llorar se rendirán. Ah, con estas tus lágrimas permíteme que lave todas las inmundicias de las criaturas; que estas lágrimas las haga descender en sus corazones y pueda reblandecer a tantas almas endurecidas en la culpa y venza la obstinación de todos los corazones; y con tus miradas las penetre, de modo de hacer que todos dirijan sus miradas al Cielo para amarte, y no las dirijan más a la tierra para ofenderte; así el Divino Padre no desdeñará mirar a la pobre humanidad.

Crucificado Jesús, veo que el Divino Padre aún no se aplaca en su indignación, porque mientras su paterna bondad, movida por tanto amor hacia la pobre criatura ha llenado Cielo y tierra de tantas pruebas de amor y de beneficios hacia ella, que casi a cada paso y acto se siente correr el amor y las gracias de aquel corazón paterno, la criatura siempre ingrata, despreciando este amor no lo quiere reconocer, más bien hace frente a tanto amor llenando el Cielo y la tierra de insultos, desprecios y ultrajes, y llega a pisotearlo bajo sus inmundos pies, queriéndolo casi destruir idolatrándose a sí misma. ¡Ah, todas estas ofensas penetran hasta en los Cielos y llegan ante la Majestad Divina, la Cual, oh cómo se indigna al ver a la vilísima criatura que llega hasta insultarla y ofenderla en todos los modos! Pero Tú, oh mi Jesús, siempre atento a defendernos, con la fuerza arrebatadora de tu amor obligas al Padre a mirar tu santísimo rostro cubierto de todos estos insultos y desprecios, y dices:

“Padre mío, no rechaces a la pobre criatura, si la rechazas a ella, a Mí me rechazas; ¡ah! aplácate, todas estas ofensas las tengo sobre mi rostro que te responde por todas.”

Jesús mío, ¿será posible que nos ames tanto? Tu amor tritura este mi pobre corazón, y queriendo seguirte en todo, permíteme que tome este tu rostro santísimo para tenerlo en mi poder, para mostrarlo continuamente así desfigurado al Padre, para moverlo a compasión de la pobre humanidad, que está tan oprimida bajo el azote de la Divina Justicia, que yace como moribunda; permíteme que me ponga en medio de todas las criaturas y les haga ver tu rostro tan desfigurado por su causa, y las mueva a compasión de sus almas y de tu amor; y que con la luz que brota de ese tu rostro y con la fuerza arrebatadora de tu amor, les haga comprender quién eres Tú y quiénes son ellas que osan ofenderte, y haga resurgir sus almas de en medio de tantas culpas en las cuales viven muriendo a la Gracia, y las haga postrarse ante Ti, todas en acto de adorarte y glorificarte.

Mi Jesús, crucificado adorable, la criatura va siempre irritando a la Divina Justicia, y desde su lengua hace resonar el eco de horribles blasfemias, voces de imprecaciones y maldiciones, conversaciones malas, concertaciones para decidir cómo destrozarse mejor entre ellas y llevar a cabo matanzas. Ah, todas estas voces ensordecen la tierra y penetrando hasta en los Cielos ensordecen el oído Divino, el cual, cansado de estos ecos venenosos que la criatura le manda, quisiera deshacerse de ella arrojándola lejos de Sí, porque todas esas voces venenosas imprecan y claman venganza y justicia contra ellas mismas. ¡Oh, cómo la Divina Justicia se siente incitada a mandar flagelos; cómo encienden su furor contra la criatura tantas blasfemias horrendas! Pero Tú, oh mi Jesús, amándonos con amor sumo, haces frente a estas voces asesinas con tu voz omnipotente y creadora, en la cual recoges todas estas voces y haces resonar en el oído paterno tu voz dulcísima, para tranquilizarlo por las molestias que las criaturas le dan con otras tantas voces de bendiciones, de alabanzas, y gritas: “¡Misericordia, Gracias, Amor para la pobre criatura!” Y para aplacarlo más le muestras tu santísima boca y le dices:

“Padre mío, mírame de nuevo; no oigas las voces de las criaturas sino escucha la mía; soy Yo quien da satisfacción por todas; por eso te ruego que mires a la criatura, pero que la mires en Mí, ¿si las miras fuera de Mí qué será de ella? Es débil, ignorante, capaz sólo de hacer el mal, llena de todas las miserias; piedad, piedad de la pobre criatura, respondo Yo por ellas con esta mi lengua amargada por la hiel, reseca por la sed, quemada y abrazada por el amor.”

Mi amargado Jesús, mi voz en la tuya quiere hacer frente a todas estas ofensas, y permíteme que tome tu lengua, tus labios y gire por todas las criaturas y toque sus lenguas con la tuya, a fin de que ellas sintiendo en el momento de ofenderte la amargura de la tuya, si no por amor, al menos por la amargura que sienten no blasfemen; déjame que toque sus labios con los tuyos, a fin de que apague el fuego de la culpa sobre los labios de todas ellas, y con tu voz omnipotente, haciéndola resonar en todos los pechos, pueda detener la corriente de todas las voces malas, y cambiar todas las voces humanas en bendiciones y alabanzas.

Crucificado bien mío, la criatura ante tanto amor y dolor tuyo no se rinde aún, por el contrario, despreciándote va agregando culpas a culpas, cometiendo sacrilegios enormes, homicidios, suicidios, fraudes, engaños y traiciones. Ah, todas estas obras malas hacen más pesados los brazos paternos, y el Padre, no pudiendo sostener el peso está a punto de dejarlos caer y verter sobre la tierra furor y destrucción. Y Tú, oh mi Jesús, para arrancar a la criatura del furor divino, temiendo verla destruida, extiendes tus brazos y estrechas los brazos paternos, a fin de que no los deje caer para destruir a la criatura, y ayudándolo con los tuyos a sostener el peso lo desarmas, e impides que la Justicia actúe; y para moverlo a compasión por la mísera humanidad y enternecerlo, le dices con la voz más insinuante:

“Padre mío, mira estas manos destrozadas y estos clavos que me las traspasan, que me clavan junto a todas estas obras malas. Ah, es en estas manos que siento todos los dolores que me dan todas estas obras malas. ¿No estás contento Padre mío con mis dolores? ¿No son tal vez capaces de satisfacerte? Ah, estos mis brazos dislocados serán siempre cadenas que tendrán estrechada a la pobre criatura, a fin de que no me huya, sólo alguna que quisiera arrancarse a viva fuerza; y estos mis brazos serán cadenas amorosas que te atarán, Padre mío, para impedir que Tú destruyas a la pobre criatura, es más, te atraeré siempre más hacia ella para que viertas sobre ella tus gracias y tus misericordias.”

Mi Jesús, tu amor es un dulce encanto para mí y me empuja a hacer lo que haces Tú, por eso dame tus brazos, porque junto contigo quiero impedir, a costa de cualquier pena, que la Divina Justicia haga su curso contra la pobre humanidad; con la sangre que escurre de tus manos quiero apagar el fuego de la culpa que la enciende y calmar su furor; y para mover al Padre a piedad de las criaturas, permíteme que yo ponga en tus brazos los tantos miembros destrozados, los gemidos de tantos pobres heridos, los tantos corazones doloridos y oprimidos, y permíteme que gire por todas las criaturas y las ponga a todas en tus brazos, a fin de que todas regresen a tu corazón, y permíteme que con la potencia de tus manos creadoras detenga la corriente de tantas obras malas y aparte a todos de obrar el mal.

Mi amable Jesús crucificado, la criatura no está satisfecha aún de ofenderte, quiere beber hasta el fondo toda la hez de la culpa y corre como enloquecida en el camino del mal, se precipita de culpa en culpa, desobedece tus leyes y desconociéndote se rebela contra Ti, y casi sólo por darte dolor quiere irse al infierno. ¡Oh! cómo se indigna la Majestad Suprema, y Tú, oh mi Jesús, triunfando sobre todo, y también sobre la obstinación de las criaturas, para aplacar al Divino Padre le muestras toda tu santísima Humanidad lacerada, dislocada, desgarrada en modo horrible, y tus santísimos pies traspasados, en los cuales contienes todos los pasos de las criaturas que te dan dolores mortales, tanto, que están contraídos por la atrocidad de los dolores; y escucho tu voz más que nunca conmovedora, como a punto de apagarse, que quiere vencer por fuerza de amor y de dolor a la criatura y triunfar sobre el corazón paterno, que dice:

“Padre mío, mírame de la cabeza a los pies, no hay parte sana en Mí, no tengo donde hacerme abrir otras llagas y procurarme otros dolores; si no te aplacas ante este espectáculo de amor y de dolor, ¿quién podrá aplacarte? Oh criaturas, ¿si no os rendís ante tanto amor, ¿qué esperanza os queda de convertiros? Estas mis llagas y esta sangre serán siempre voces que llamarán del Cielo a la tierra gracias de arrepentimiento, de perdón y compasión por la pobre humanidad.”

Mi Jesús, te veo en estado de violencia para aplacar al Padre y para vencer a la pobre criatura, por eso permíteme que tome tus santísimos pies y gire por todas las criaturas, y ate sus pasos a tus pies, a fin de que si quieren caminar por el camino del mal, sintiendo las cadenas que tienes puestas entre Tú y ellas, no lo podrán hacer. Ah, con estos tus pies hazles retroceder del camino del mal y ponlas sobre el camino del bien, haciéndolas más dóciles a tus leyes, y con tus clavos cierra el infierno para que nadie más caiga en él.

Mi Jesús, amante crucificado, veo que no puedes más, la tensión terrible que sufres sobre la cruz, el crujido continuo de tus huesos que se dislocan cada vez más a cada pequeño movimiento, las carnes que se abren cada vez más, las repetidas ofensas que te llegan, repitiéndote una pasión y muerte más dolorosa, la sed ardiente que te consume, las penas internas que te sofocan de amargura, de dolor y de amor, y en tantos martirios tuyos la ingratitud humana que te hace frente y que penetra como ola impetuosa hasta dentro de tu corazón traspasado, ah, tanto te aplastan, que tu santísima Humanidad, no resistiendo bajo el peso de tantos martirios está por sucumbir, y como delirando de amor y de sufrimiento pide ayuda y piedad. Crucificado Jesús, ¿será posible que Tú, que riges todo y das vida a todos pidas ayuda? ¡Ah, cómo quisiera penetrar en cada gota de tu sangre y derramar la mía para endulzarte cada llaga, para mitigar el dolor de cada espina, para hacer menos dolorosas sus pinchaduras, para aliviar en cada pena interior de tu corazón la intensidad de tus amarguras! Quisiera darte vida por vida, y si me fuera posible quisiera desclavarte de la cruz para ponerme en lugar tuyo, pero veo que soy nada y nada puedo, soy demasiado insignificante, por eso dame a Ti mismo, tomaré vida en Ti y te daré a Ti mismo, así contentarás mis ansias. Desgarrado Jesús, veo que tu santísima Humanidad termina, no por Ti, sino para cumplir en todo nuestra Redención. Tienes necesidad de ayuda divina, y por eso te arrojas en los brazos paternos y pides ayuda y auxilio. ¡Oh! cómo se enternece el Divino Padre al mirar el horrendo desgarro de tu santísima Humanidad, el trabajo terrible que la culpa ha hecho en tus santísimos miembros, y para contentar tus ansias de amor te estrecha a su corazón paterno y te da las ayudas necesarias para cumplir nuestra Redención. Y mientras te estrecha, sientes en tu corazón repetirse más fuertemente los golpes sobre los clavos, los azotes de los flagelos, las laceraciones de las llagas, las pinchaduras de las espinas. ¡Oh, cómo queda conmovido el Padre! ¡Cómo se indigna viendo que todas estas penas te las dan hasta en tu corazón, aun las almas a Ti consagradas! Y en su dolor te dice:

¿Será posible Hijo mío, que ni siquiera la parte elegida por Ti esté contigo? Al contrario, parece que piden refugio y alojo en este tu corazón para amargarte y darte una muerte más dolorosa, y lo que es más, todos estos dolores que te dan están escondidos y cubiertos por hipocresías. ¡Ah, Hijo, no puedo contener más la indignación por la ingratitud de estas almas, las cuales me dan más dolor que todas las otras criaturas juntas!”

Pero Tú, oh mi Jesús, triunfando sobre todo defiendes a estas almas, y con el amor inmenso de tu corazón das reparación por las olas de amarguras y de heridas que estas te dan; y para aplacar al Padre le dices:

“Padre mío, mira este mi corazón, todos estos dolores te satisfacen, y por cuanto más acerbos tanto más potentes sobre tu corazón de Padre para obtenerles gracias, luz y perdón. Padre mío, no las rechaces, ellas serán mis defensoras, continuarán mi Vida sobre la tierra.”

Vida mía, crucificado Jesús, veo que agonizas sobre la Cruz, pero no está aún satisfecho tu amor para dar cumplimiento a todo. También yo agonizo junto contigo y llamo a todos ustedes, ángeles, santos, venid al monte calvario a mirar los excesos y las locuras de amor de un Dios. Besemos sus llagas sangrantes, adorémoslas, sostengamos esos miembros lacerados, agradezcamos a Jesús por la Redención; demos una mirada a la traspasada Madre, que tantas penas y muertes siente en su inmaculado corazón por cuantas penas ve en su Hijo Dios; sus mismos vestidos están mojados de la sangre que está esparcida por todo el monte calvario, por eso, todos juntos tomemos esta sangre y roguemos a la doliente Madre que se una a nosotros, dividámonos por todo el mundo y vayamos en ayuda de todos, ayudemos a los vacilantes, a fin de que no perezcan; a los caídos, para que se levanten; a aquellos que están por caer, para que no caigan; demos esta sangre a tantos pobres ciegos a fin de que resplandezca en ellos la luz de la verdad; y en modo especial pongámonos en medio de los pobres combatientes, seamos para ellos vigilantes centinelas: si están por caer alcanzados por los proyectiles recibámoslos en nuestros brazos para confortarlos, a fin de que si son abandonados por todos, si están impacientes por su triste suerte, demos a ellos esta sangre para que se resignen y se mitigue la atrocidad de sus dolores; y si vemos que hay almas que están a punto de caer en el infierno, demos a ellas esta sangre divina que contiene el precio de la Redención y arrebatémoslas a Satanás. Y mientras tengo a Jesús estrechado a mi corazón para tenerlo defendido y reparado de todo, pondré a todos en este corazón a fin de que todos podamos obtener gracia eficaz de conversión, de fuerza y salvación. Y ahora, volvamos al monte calvario para asistir a la muerte de nuestro crucificado Jesús.

Oh Jesús, la sangre a ríos escurre de tus manos y de tus pies, y los ángeles haciéndote corona, admiran los portentos de tu inmenso amor, veo a tu Mamá a los pies de la cruz, traspasada por el dolor, a tu amada Magdalena y al predilecto Juan, y todos en un éxtasis de estupor. Oh Jesús, me uno a Ti, me estrecho a tu cruz, tomo todas las gotas de esta sangre y las pongo en mi corazón, y cuando vea a tu Justicia irritada contra los pecadores, te mostraré esta sangre para aplacarte; cuando vea almas obstinadas en la culpa, te mostraré esta sangre y en virtud de ella no rechazarás mi oración, porque tengo la prenda en mis manos.

Y ahora, crucificado bien mío, a nombre de todas las generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu Mamá y con todos los ángeles, me postro ante Ti y te digo: “Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos, porque con tu santa cruz has redimido al mundo.”

 

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Ofrecimiento Después de Cada Hora

Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta hora de tu Pasión para hacerte compañía, y yo he venido. Me parecía oírte angustiado y doliente que oras, reparas y sufres, y con las palabras más conmovedoras y elocuentes suplicas la salvación de las almas. He tratado de seguirte en todo; ahora, debiéndote dejar por mis acostumbradas ocupaciones, siento el deber de decirte “gracias” y un “te bendigo”. Sí, oh Jesús, gracias te repito mil y mil veces y te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos; gracias y te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra, mirada, amargura, ofensa que has soportado. En todo, oh mi Jesús, quiero ponerte un “gracias” y un “te bendigo.” Ah mi Jesús, haz que todo mi ser te envíe un flujo continuo de agradecimientos y bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo de tus gracias y bendiciones. Ah Jesús, estréchame a tu corazón y con tus santísimas manos márcame todas las partículas de mi ser con tu “te bendigo”, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa que un himno continuo de agradecimiento hacia Ti. Nuestros latidos se tocarán continuamente, de manera que me darás vida, amor, y una estrecha e inseparable unión contigo. Ah, te ruego mi dulce Jesús, que si ves que alguna vez estoy por dejarte, tu latido se acelere más fuerte en el mío, tus manos me estrechen más fuerte a tu corazón, tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, a fin de que sintiéndote, rápidamente me deje atraer a la unión contigo.

Ah mi Jesús, mantente en guardia para que no me aleje de Ti, y te suplico que estés siempre junto a mí y que me des tus santísimas manos para hacer junto conmigo lo que me conviene hacer. Mi Jesús, ah, dame el beso del Divino Amor, abrázame y bendíceme; yo te beso en tu dulcísimo corazón y me quedo en Ti.

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