Santoral del 07 de Marzo


Autor: P. Ángel Amo | Fuente: Catholic.net
Perpetua y Felicidad, Santas
Mártires, 7 de marzo
Perpetua y Felicidad, Santas
Perpetua y Felicidad, Santas

Mártires en Cartago

Martirologio Romano: Memoria de las santas mártires Perpetua y Felicidad, que bajo el emperador Septimio Severo fueron detenidas en Cartago junto con otros adolescentes catecúmenos. Perpetua, matrona de unos veinte años, era madre de un niño de pecho, y Felicidad, su sierva, estaba entonces embarazada, por lo cual, según las leyes no podía ser martirizada hasta que diese a luz, y al llegar el momento, en medio de los dolores del parto se alegraba de ser expuesta a las fieras, y de la cárcel las dos pasaron al anfiteatro con rostro alegre, como si fueran hacia el cielo (203).

Etimológicamente: Perpetua = Aquella que siempre ayuda a los demás, es de origen latino.

Etimológicamente: Felicidad = Aquella a quien la suerte le acompaña, es de origen latino.Vibia Perpetua, una joven madre de 22 años, escribió en prisión el diario de su arresto, de las visitas que recibía, de las visiones y de los sueños, y siguió escribiendo hasta la víspera del suplicio. “Nos echaron a la cárcel –escribe– y quedé consternada, porque nunca me había encontrado en lugar tan oscuro. Apretujados, nos sentíamos sofocar por el calor, pues los soldados no tenían ninguna consideración con nosotros”. Perpetua era una mujer de familia noble y había nacido en Cartago; con ella fueron encarcelados Saturnino, Revocato, Secóndulo y Felicidad, que era una joven esclava de la familia de Perpetua, todos catecúmenos.

A los cinco se unió su catequista Saturno y, gracias a él, todos pudieron recibir el bautismo antes de ser echados a las fieras y decapitados en el circo de Cartago, el 7 de marzo del año 203. Felicidad estaba para dar a luz a su hijo y rezaba para que el parto llegara pronto para poder unirse a sus compañeros de martirio. Y así sucedió, el niño nació dos días antes de la fecha establecida para el inhumano espectáculo en el circo: fue un parto muy doloroso, y cuando un soldado comenzó a burlarse: “¿Cómo te lamentarás entonces cuando te estén destrozando las fieras?” Felicidad replicó llena de fe y de dignidad: “¡Ahora soy yo quien sufro; en cambio, lo que voy a padecer no lo padeceré yo, sino que lo sufrirá Jesús por mí!”.

Ser cristianos en esa época de fe y de sangre constituía un riesgo cotidiano: el riesgo de terminar en un circo, como pasto para las fieras y ante la morbosa curiosidad de la muchedumbre. Perpetua tenía un hijito de pocos meses. Su padre, que era pagano, le suplicaba, se humillaba, le recordaba sus deberes para con la tierna criatura. Bastaba una palabra de abjuración y ella regresaría a casa. Pero Perpetua, llorando, repetía: “No puedo, soy cristiana”.

Los escritos de Perpetua formaron un libro que se llama Pasión de Perpetua y Felicidad, que después completó otra mano, tal vez la de Tertuliano, que narró cómo las dos mujeres fueron echadas a una vaca brava que las corneó bárbaramente antes de ser decapitadas. La frescura de esas páginas ha llenado de admiración y conmoción a enteras generaciones. Precisamente los hermanos en la fe fueron quienes pidieron a Perpetua que escribiera esos apuntes para dejar a todos los cristianos por escrito un testimonio de edificación.

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Autor: . | Fuente: Santoral Misa Tridentina
Simeón Berneux, Santo
Obispo y Mártir, 7 de marzo
Simeón Berneux, Santo
Simeón Berneux, Santo

Obispo y Mártir

Martirologio Romano: En el lugar de Sai-Nam-Hte, en Corea, santos mártires Simeón Berneux, obispo, Justo Ranfer de Bretenières, Luis Beaulieu y Pedro Enrique Dorie, presbíteros de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, que fueron decapitados por afirmar con decisión que habían venido a Corea en nombre de Cristo para salvar almas.( 1866)

Fecha de canonización: 6 de mayo de 1984, por S.S. Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, integrando un grupo de de 103 mártires de Corea.Simeón Berneux nació en Château-du-Loir (Sarthe, Francia) el 14 de mayo de 1814 Fue ordenado sacerdote diocesano en 1837 y luego se formó en las Misiones Extranjeras de París en 1839. El padre Berneux parte hacia el lejano oriente el 13 de enero de 1840. En Manila se entrevista con Monseñor Retord, vicario apostólico de la región de Tonkín (Vietnam). Los dos misioneros simpatizan desde el primer momento y ambos sienten la misma fogosidad por la salvación de las almas.

El 17 de enero de 1841, Monseñor Retord y los padres Berneux, Galy y Taillandier llegan a Tonkín. Tras algunas peripecias, los misioneros se dispersan. El padre Berneux se asienta en Yen-Moi, cerca de un pequeño convento de religiosas “Amantes de la Cruz”, donde estudia la lengua vietnamita. «A pesar de no poder dar más de seis pasos, de no recibir la luz del sol más que por una pequeña abertura a quince centímetros del suelo, y de tenerme que tumbar cuan largo soy sobre mi estera para escribir, soy el más feliz de los hombres», escribe. Sin embargo, el peligro se cierne sobre el joven misionero, que deberá pasar enseguida de un escondrijo a otro. Esto conmueve a Monseñor Retord, quien pide a los padres Berneux y Galy que se reúnan con el padre Masson en la provincia de Nghe An.

Había sido muy prudente por parte del obispo poner relativamente a salvo a sus jóvenes misioneros, pero era demasiado tarde, puesto que su presencia había sido ya denunciada en Nam Dinh, residencia del mandarín. Durante la noche del Sábado Santo, un destacamento de quinientos soldados rodea los retiros de ambos misioneros. Durante la noche, el padre Berneux había escuchado algunas confesiones: «Eran, nos dice, las primicias de mi apostolado en tierras vietnamitas, y fueron también el final. Los designios de Dios son inescrutables, pero siempre dignos de ser adorados».

Al despuntar el día de Pascua, celebra la misa como de costumbre. Apenas ha terminado cuando los soldados penetran en la cabaña y se apoderan de él. Lo conducen inmediatamente junto al padre Galy, que también había sido capturado. Encerrados en jaulas, y cargados con la tradicional cadena, son llevados hasta Nam Dinh, contentos de expresar su fe en Jesucristo. Los paganos les dicen: «Aquí, cuando llevamos las cadenas estamos tristes, pero vosotros, ¿por qué parecéis tan contentos?» Y el padre Berneux responde: «Porque los que seguimos la verdadera Religión, que es la de Jesús, poseemos un secreto que vosotros no conocéis. Ese secreto transforma la pena en gozo. Y venimos a decíroslo porque os amamos». Ese “secreto” evocado por el misionero es la luz de la fe, fuente de esperanza y de gozo.

Muy pronto empiezan los interrogatorios. El mandarín espera obtener denuncias, pero el padre Berneux no traiciona a nadie de los que le han escondido. Hacen entrar a tres jóvenes vietnamitas cristianos encarcelados y completamente magullados por los golpes: «Estos hombres van a morir. Si les aconseja que abandonen su religión durante un mes, podrán después practicarla de nuevo y los tres serán sanos y salvos. – Mandarín, responde el padre Berneux, a ningún padre se le induce a inmolar a sus hijos, ¿y pretende que un sacerdote de la religión de Jesús aconseje la apostasía a sus cristianos?». Y volviéndose hacia sus queridos neófitos les dijo: «Amigos, sólo os doy un consejo. Pensad que vuestros sufrimientos tocan a su fin, mientras que la felicidad que os espera en el Cielo es eterna. Sed dignos de ella mediante vuestra constancia. – Sí, padre, prometen ellos. – ¿De qué otra vida les habla?, pregunta riendo socarronamente el mandarín. ¿Acaso todos los cristianos tienen alma? – Sin duda alguna, y los paganos también tienen. Y usted también tiene una, mandarín».

El 9 de mayo de 1841. El padre Berneux es trasladado a la prisión de Hué, capital de Annam (Vietnam). Al tener las piernas aprisionadas por unos cepos, sobrevive tumbado en la desnuda tierra. Se reanudan los interrogatorios:

“¡Pisotee esa cruz!”
“Cuando llegue el momento de morir presentaré mi cabeza al verdugo, exclama. Pero si me manda que reniegue de mi Dios, siempre resistiré”.
“Haré que le golpeen hasta la muerte”, amenaza el mandarín.
“¡Hacedlo si queréis!”

El 13 de junio, el mandarín aprueba la ejecución: “¡Qué alegría poder sufrir por nuestro Dios!”, dirá el padre Berneux.

El 8 de octubre, los padres Berneux y Galy se enteran con alegría de que son condenados a muerte. El 3 de diciembre de 1842, la firma real sanciona la sentencia del tribunal. De repente, se produce un cambio imprevisto: el 7 de marzo de 1843, al enterarse un comandante de corbeta francés que cinco de sus compatriotas se pudren desde hace dos años en los calabozos de Hué, reclama su liberación. El 12 de marzo, quiebran sus cadenas y son entregados al comandante. Aquella libertad les priva del martirio que ya saboreaban, así como de la esperanza de regresar a Annam, por respeto a la palabra que sobre aquel punto había dado el oficial francés.

Pero el padre Berneux no se detendrá por el camino, preparándose a partir hacia otros horizontes. En octubre de 1843, el padre Berneux es enviado a Manchuria, provincia del norte de la China, donde trabaja durante diez años, a pesar de severas contrariedades de salud (fiebres tifoideas y cólera). El 5 de agosto de 1854, Pío IX le nombra obispo de Corea. “¡Corea, escribe el nuevo obispo, esa tierra de mártires, cómo negarse a entrar!”. El 4 de enero de 1856, acompañado de dos sacerdotes misioneros, Monseñor Berneux se embarca en Shanghai en un junco chino. Hasta el 4 de marzo, se ven obligados a vivir escondidos en una estrecha bodega. Llegan por fin a una pequeña isla, donde esperan durante seis días la barca de los cristianos. Prosiguen entonces su navegación y, después de una semana, llegan por fin, de noche, a una residencia secreta que se encuentra a unos pocos kilómetros de la capital, satisfechos de haber burlado la vigilancia de los guardacostas. Efectivamente, pues los extranjeros tienen prohibido entrar en Corea bajo pena de muerte.

El obispo se pone enseguida manos a la obra, aprendiendo en primer lugar la lengua coreana. A continuación visita a los cristianos, tanto en Seúl como en el campo y en la montaña, y luego emprende la creación de un seminario, la apertura de escuelas para muchachos, la instalación de una imprenta, etc.

Monseñor Berneux atiende igualmente el futuro de la misión, eligiendo como sucesor suyo, con el acuerdo de la Santa Sede, a Monseñor Daveluy, que es ordenado obispo en Seúl el 25 de marzo de 1857. A pesar de unas condiciones de apostolado durísimas (clandestinidad, extrema pobreza, persecuciones locales periódicas…), bajo el gobierno de Monseñor Berneux, el número de bautizados, que era de 16.700 en 1859, alcanza la cifra de 25.000 en 1862. La predicación del obispo misionero estaba dando sus frutos.

Pero, en 1864, una revolución palaciega y la amenaza de un ataque ruso a Corea (enero de 1866), interrumpen la labor apostólica de los misioneros y despiertan el odio contra los cristianos. El 23 de febrero de 1866, una tropa cerca la casa del obispo, penetrando en ella cinco hombres. El obispo los recibe:

“¿Es usted europeo?”, pregunta el jefe.
“Sí, pero ¿a qué han venido?”
“Por orden del rey, venimos a arrestar al europeo”
“¡Que así sea!”.

Y se lo llevan sin atarlo. El día 27, Monseñor Berneux comparece ante el ministro del reino y dos magistrados. Le preguntan cómo entró en Corea, en qué lugar y con quién.

“No le pregunten eso a un obispo” responde Monseñor Berneux.
“Si no respondes, podemos según la ley infligirte grandes tormentos”.
“Hagan lo que quieran, que no tengo miedo”.

Entre el 3 y el 7 de marzo, Monseñor Berneux soporta cada día un interrogatorio en el patio de la Prisión de los Nobles. Lo tienen atado a una elevada silla de madera, en el centro de ese patio. El “Diario del Tribunal” menciona que a cada interrogatorio se le inflige al obispo el “suplicio del tormento”; para él, «la tortura se detuvo bien al décimo o al undécimo golpe», lo que significa que unas diez u once veces se le asestan con todas las fuerzas golpes en las piernas por medio de un bastón de sección triangular del grosor de la pata de una mesa. El obispo permanece en silencio, lanzando solamente tras cada golpe un largo suspiro. Al no poder moverse solo, deben llevarlo a la celda, donde, como único remedio, le cubren las piernas descarnadas con un papel empapado en aceite.

Mientras tanto, han sido arrestados los padres Justo Ranfer de Breteniéres, Pedro Enrique Dorie y Luis Beaulieu, siendo sometidos los tres a los interrogatorios y a las torturas. El 7 de marzo, el “Diario del Tribunal” publica: “En lo referente a los cuatro individuos europeos, que sean entregados a la autoridad militar para ser decapitados, mediante suspensión de la cabeza, para que sirva de lección a la multitud”.

La ejecución tiene lugar el 8 de marzo. Al salir de la prisión, el obispo exclama: “Así que moriremos en Corea: ¡perfecto!”. Al ver aquella muchedumbre reunida, suspira: “Dios mío, ¡cuánta compasión merecen estas pobres gentes!”.

El obispo aprovecha cada alto para hablar del Cielo a sus compañeros de suplicio. El lugar elegido para el martirio es una extensa playa de arena, a lo largo del río Han. Unos cuatrocientos soldados forman círculo y plantan un mástil en el centro. El mandarín da la orden de que los condenados sean llevados a su presencia para que los preparen. Se les desgarra la ropa; las orejas, dobladas en dos, son perforadas por una flecha; el rostro es rociado con agua y luego con cal viva, impidiéndoles ver. Después de aquello, se les introduce bajo los hombros, entre los brazos atados y el torso, unos bastones cuyas extremidades reposan en los hombros de un soldado.

La llamada marcha del Hpal-Pang comienza alrededor del ruedo: en cabeza va el obispo, seguido por los tres misioneros, que no profieren palabra alguna. Al dar la señal, seis verdugos se precipitan gritando sobre los condenados: “¡Vamos, matemos a estos miserables, exterminémoslos!”. Atan a los cabellos del obispo una cuerda sólida, de manera que su cabeza quede inclinada hacia adelante. El verdugo golpea al obispo, pero la cabeza no cae hasta el segundo golpe de sable. Todo el cielo está de fiesta para recibir en la infinita felicidad de Dios el alma de aquel mártir. Según dijeron los testigos, el obispo sonreía en el momento de la ejecución, conservando aquella sonrisa después de muerto.

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Autor: P. Felipe Santos
María Clotilde de Borbón, Venerable
Reina de Cerdeña, 7 de marzo
María Clotilde de Borbón, Venerable
María Clotilde de Borbón, Venerable

Reina de Cerdeña

Etimológicamente: María = Aquella señora bella que nos guía, es de origen hebreo,

Etimológicamente: Clotilde = Aquella que lucha con gloria, es de origen germánico.La que todo el mundo llamaba la reina de Cerdeña, que algún día será llevada al honor de los altares, nació en Cerdeña.

Aunque la educaron en la molicie de la corte, ella supo mantenerse al margen de todo aquello que no fuera noble, hermoso y bello ante los ojos de Dios y de su propia conciencia.

A los 16 años, contrajo matrimonio con el príncipe Carlos Manuel, aunque su inclinación se decantaba más bien por la vida religiosa.

No podían tener hijos y, según la voluntad de Dios, ellos se sentían felices.

Para no vivir aburridos y sin ningún tipo de apostolado en bien de los otros, abrazaron los dos la regla de la orden terciara de los Dominicos.

A los dos les tocó la mala suerte de sufrir los envites de la Revolución francesa. Con sus propios ojos vieron cómo su hermano Luis XVI era llevado a la guillotina y no sólo él sino también su cuñada María Antonietta y su hermana María Elisabeth.

Su marido ocupó el puesto de rey de Cerdeña en 1796, pero los franceses invadieron todo el Piamonte y le obligaron al monarca a que renunciara a sus derechos de rey. Los desterraron a Cagliari.

La reina, mientras tanto, había renunciado a todos sus objetos de valor para darlos a los pobres.

Cuando fueron a Roma, en la Semana Santa del 1801, conocieron al nuevo Papa Pío VII, pero sin ninguna demora tuvieron que volver a Nápoles.

Viendo los peligros que le aguardan, ella mandó edificar un mausoleo en honor de su marido difunto.

Cuando ella murió en 1802 a los 42 años, todo el mundo la llamaba “el ángel tutelar del Piamonte”.

El Papa Pío VII la declaró Venerable e introdujo su causa de beatificación.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

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Autor: . | Fuente: AÑO CRISTIANO Edición 2003 / VIDAS DE LOS SANTOS Edición 1965
Juan Bautista Nam Chong-san, Santo
Mártir laico, 7 de marzo
Juan Bautista Nam Chong-san, Santo
Juan Bautista Nam Chong-san, Santo

Mártir laico

Martirologio Romano: En Seúl, en Corea, san Juan Bautista Nam Chong-sam, mártir. (1866)

Fecha de canonización: 6 de mayo de 1984, por S.S. Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, integrando un grupo de de 103 mártires de Corea.Corea es uno de los pocos países del mundo en donde el cristianismo fue introducido por otros medios que el de los misioneros. Durante el siglo XVIII se difundieron por el país algunos libros cristianos escritos en chino, y uno de los hombres que los leyeron, se las arregló para ingresar al servicio diplomático del gobierno coreano ante el de Pekín, buscó en la capital de China al obispo Mons. de Gouvea y de sus manos recibió el bautismo y algunas instrucciones.

Aquel hombre regresó a su tierra en 1784, y cuando un sacerdote chino llegó a Corea, diez años más tarde, se encontró con que le estaban esperando cuatro mil cristianos bien instruidos, pero sin bautizar. Aquel sacerdote fue el único pastor del rebaño durante siete años, pero en 1801 fue asesinado y, durante tres décadas, los cristianos de Corea estuvieron privados de un ministro de su religión. Existe una carta escrita por los coreanos para implorar al Papa Pío VII que enviase sacerdotes a aquella pequeña grey que, sin embargo, ya había dado mártires a la Iglesia.

Esa era la situación cuando Juan Bautista Nam Chong-san nació en el año 1810 en Seúl, ciudad en la que permaneció toda su vida llegando a ocupar el cargo de camarero del rey. Era una persona muy docta, conocía el chino y, por su familia, era de origen noble. Había desempeñado el cargo de mandarín de forma tan prudente y discreta que había concitado el amor del pueblo, a lo que contribuía su humildad y modestia personal. Pero su conversión al cristianismo le hizo mal visto por numerosos miembros de la corte, los cuales promovieron su captura e interrogatorio, en el cual se le pedía sobre todo que diera los nombres de los cristianos. Al negarse primeramente fue encarcelado y luego atormentado de diferentes maneras. Se negó a apostatar y se mantuvo firme en la fe, por lo que fue condenado a muerte, sentencia que él mismo suscribió. Fue decapitado el 7 de marzo de 1866.

AÑO CRISTIANO Edición 2003
Autores: Lamberto de Echeverría (†), Bernardino Llorca (†) y José Luis Repetto Betes
Editorial: Biblioteca de Autores Católicos (BAC)
Tomo III Marzo ISBN 84-7914-663-X
VIDAS DE LOS SANTOS Edición 1965
Autor: Alban Butler (†)
Traductor: Wilfredo Guinea, S.J.
Editorial: COLLIER´S INTERNATIONAL – JOHN W. CLUTE, S. A.

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Autor: . | Fuente: Carmelnet.org
Teresa Margarita (Redi) del Corazón de Jesús, Santa
Virgen Carmelita, 7 de marzo
Teresa Margarita (Redi) del Corazón de Jesús, Santa
Teresa Margarita (Redi) del Corazón de Jesús, Santa

Virgen Carmelita

Martirologio Romano: En Florencia, en la Toscana, santa Teresa Margarita Redi, virgen, que habiendo entrado en la Orden de Carmelitas Descalzas, avanzó por el arduo camino de la perfección y murió siendo aún joven (1770).

Etimológicamente: Teresa = Aquella que es experta en la caza, es de origen griego.

Etimológicamente: Margarita = Aquella de belleza poco común, es de origen latino.Nació en Arezzo (Italia) de noble familia, el 15 de Julio de 1747.

Se llamó Ana María Redi. Fue alma contemplativa desde muy pequeñita. Con frecuenciase quedaba ensimismada y preguntaba: “Decidme, ¿quién es ese Dios?”.

Atraída por el lema de San Juan: “Dios es amor” (1 Jn 4,16), el 1 de Septiembre de 1764 ingresó en el Carmelo de Florencia y el 11 de Marzo de 1765 vistió el hábito tomando el nombre de Teresa Margarita del Sagrado Corazón de Jesús.

Durante toda su vida vivió el lema: “Escondida con Cristo en Diós“.

Más que “maestra” fue un continuo y magnífico “testimonio” de vida espiritual.

Fue el apóstol del Sagrado Corazón y de la Santisima Virgen del Carmen, a la que amó entrañablemente.

Según uno de sus biógrafos, pertenece “a la progenie espiritual sanluanista más pura. La llama oscura delamorinfuso que la abrasayla consume, ilumina y dirige toda la vida, haciéndole tocar las cumbres de la vida trinitaria, desde donde se abre al más ardiente apostolado contemplativo.”

Fue también una gran mística y para llegar a serlo usó sobre todo de dos medios: una dura ascesis e intensa caridad fraterna.

Asimiló perfectamente las enseñanzas de Santa Margarita de Alacoque sobre el Sagrado Corazón y las vivió de modo muy personal hasta llegar a la intimidad con la Santísima Trinidad.

Supo cubrir con las cenizas de la santa humildad sus dotes naturales: nobleza, cultura e inteligencia, y conservar en el más profundo silencio, las gracias que recibía de Dios, disimulando continuamente todo acto de virtud.

A los 23 años una peñtonitis truncó su vida.

Era el 7 de Marzo de 1770 cuando expiró “inclinada la cabeza y abrazada modestamente a su querido Crucifijo“.

El papa Pío Xl la beatificó el 9 de Junio de 1929 y la canonizó el 12 de Marzo de 1934.

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Autor: Dom Antoine Marie osb | Fuente: Clairval.com
Leonidas Fedorov, Beato
Sacerdote y Mártir, 7 de marzo
Leonidas Fedorov, Beato
Leonidas Fedorov, Beato

Mártir

Martirologio Romano: En la ciudad de Kirov, en Rusia, beato Leónidas Fëdorov, obispo y mártir, el cual, siendo exarca apostólico de los católicos rusos de rito bizantino, mereció ser discípulo fiel a Cristo hasta la muerte, bajo un régimen contrario a la religión (1934).

Etimológicamente: Leonidas = Aquél que es valiente como un león, es de origen latino.

Fecha de beatificación: 27 de junio de 2001, durante el pontificado de Juan Pablo II.Leónidas Fedorov nace el 4 de noviembre de 1879, en el seno de una familia ortodoxa. Su padre fallece prematuramente, y su viuda continúa regentando sola un restaurante en San Petesburgo. Leónidas es un adolescente cariñoso y delicado, y su madre no escatima esfuerzos a la hora de iniciarlo en la piedad cristiana. De carácter independiente e idealista, el joven lee con fruición a los autores franceses, italianos o alemanes. La lectura de obras de filosofía hindú, le mueven a la siguiente reflexión: «¿Para qué esta vida sin valor? ¿Para qué la actividad, la agitación, los impulsos generosos y el esfuerzo? ¿Acaso no es preferible el reposo perpetuo del nirvana, donde toda aspiración se apaga, donde se establece el apaciguamiento eterno del aniquilamiento?». Pero esas disposiciones del espíritu son pasajeras. Bajo la influencia de un sacerdote ortodoxo que sabe conjugar virtud y ciencia con un gran talento pedagógico, el alma del joven queda pacificada y, al terminar sus estudios secundarios, que aprueba con brillantez, ingresa en la Academia Eclesiástica, escuela superior de teología.

Una reconciliación deseada

El restaurante de la señora Fedorov es un lugar de encuentro para los intelectuales. Se halla entre ellos un joven y brillante profesor de filosofía, Vladimir Soloviev, que insiste en la responsabilidad de los cristianos y que predica con fogosidad el retorno a un cristianismo integral, así como la reconciliación de Rusia con el Papado. Bajo su influencia, a Leónidas se le abren los ojos: «Ya tenía veinte años –escribirá más tarde– cuando, mediante la lectura de los Padres de las Iglesia y de la Historia, acabé descubriendo a la verdadera Iglesia Universal». Sin embargo, la legislación rusa hace prácticamente imposible que un ortodoxo pueda pasarse al catolicismo.

En efecto, la Iglesia nacional rusa, ortodoxa, estaba profundamente unida al poder temporal. Como salvadora muchas veces de la nación en momentos cruciales, se manifestaba absolutamente necesaria para la vida de ésta. Separarse de la Iglesia se interpretaba como separarse de la propia comunidad rusa. De hecho, los católicos rusos eran casi todos de origen extranjero y mayoritariamente polacos; la lengua de los católicos era el polaco, y el rito que seguían, el rito latino. A los ojos de los rusos ortodoxos, el rito latino era el rito de quienes reconocen la primacía del Papa, y el rito bizantino ruso, una especie de patrimonio de familia inalienable. El gobierno ruso no quería bajo ningún pretexto que se fundaran iglesias en las que los fieles rezaran según el rito bizantino reconociendo al Papa como pastor supremo.

En su búsqueda de la verdad, Leónidas se entrevista con el rector de la principal iglesia católica de San Petesburgo, decidiendo después hacerse católico y, para ello, marcharse al extranjero. El 19 de junio de 1902, parte para Italia. En Lvov, Ucrania, visita al metropolita católico de rito oriental, Andrés Cheptizky, quien le entrega una recomendación dirigida al Papa León XIII. Leónidas llega a Roma a lo largo de julio de 1902 y, el día 31, festividad de san Ignacio de Loyola, realiza su profesión de fe católica en la iglesia del Sacro Nome di Gesù (Santo Nombre de Jesús), regentada por los jesuitas. Poco después, es recibido en audiencia privada por el Santo Padre, quien le concede su bendición y le proporciona una beca para sus estudios sacerdotales.

Leónidas acude al seminario de Anagni, situado a 50 km al sur de Roma y dirigido por los jesuitas. La exuberancia de sus jóvenes compañeros meridionales le molesta en ocasiones, pero intenta no protestar y se somete a un reglamento completamente nuevo para él. Inicia a sus compañeros en los problemas religiosos rusos, repitiendo: «¡Qué poco se conoce a Rusia en Roma! Rusia se encuentra de hecho mucho más cerca de Roma que los países protestantes, pero cualquier medida torpe hacia ella puede causar un perjuicio gravísimo a la causa de la unión». Después de tres años de continuos esfuerzos, consigue el grado de doctor en filosofía, abordando entonces estudios de teología. «Mis años de estudios –escribirá más tarde– significaron una gran revelación para mí. La vida austera, la regularidad, el trabajo racional y profundo que me exigían, los compañeros llenos de gozo y de brío que allí frecuentaba (aún no corrompidos por los escritos ateos de la época), el propio pueblo italiano tan lleno de vida, tan inteligente y penetrado de la verdadera civilización cristiana, fueron cosas que consiguieron verdaderamente ponerme en pie e inyectarme una nueva energía». Pero añade: «Se me abrieron los ojos ante la desigualdad que reina en la Iglesia Católica entre los diferentes ritos, y mi alma se sublevó contra la injusticia de los latinos con respecto a los orientales y contra la ignorancia general de la cultura espiritual oriental». Efectivamente, para muchos de los sacerdotes católicos de entonces, el rito latino es considerado como el rito católico por excelencia, mientras que los demás ritos son simplemente tolerados. Leónidas no comparte esa opinión, según escribe: «Meditando sobre las instrucciones del metropolita Cheptizky, me di cuenta de que, como católico, mi verdadero deber consistía en permanecer inquebrantablemente fiel al rito y a las tradiciones religiosas rusas. El Sumo Pontífice así lo deseaba claramente». Pero no por ello Leónidas se convierte en estrecho de miras, ya que se apasiona por todas las iniciativas de la Iglesia de Occidente.

Mientras tanto, en Rusia retumba la revolución. A finales de octubre de 1905, el zar es forzado a hacer concesiones, en especial a reconocer la libertad de conciencia. No obstante, cuando una persona de gran valentía, la señorita Uchakoff, organiza una capilla católica de rito oriental en San Petesburgo, el gobierno se niega a aprobar dicha iniciativa. Según escribe un testigo, «En Rusia se permitía la construcción de mezquitas, de pagodas budistas, de capillas protestantes de toda clase, toda una serie de logias masónicas e incluso iglesias católicas de rito latino, pero una iglesia católica de rito ruso, ¡eso jamás! ¡El atractivo habría sido demasiado grande!».

Salida inmediata

En 1907, un decreto pontificio concede a Leónidas el reconocimiento oficial de su pertenencia al rito bizantino. Ese decreto del Papa san Pío X significaba un cambio de rumbo en la actividad apostólica de la Iglesia Católica en Rusia, ya que los católicos rusos podían en adelante ser reconocidos oficialmente por Roma, aunque conservando su propio rito, el rito bizantino ruso. En junio de 1907, cuando Leónidas solicita la prórroga de su pasaporte, el gobierno ruso responde: «Si Leónidas Fedorov no abandona inmediatamente una institución dirigida por los jesuitas, el regreso a Rusia le será prohibido para siempre jamás». Leónidas deja Anagni para ingresar en el Colegio de la Propaganda, en la misma Roma. En adelante se encuentra en un medio muy cosmopolita que le permite conocer de primera mano la universalidad de la Iglesia Católica.

Durante el verano de 1907, Leónidas asiste al primer Congreso de Velehrad, en Moravia, donde se dan cita especialistas de las cuestiones orientales para «inaugurar una vía de paz y de concordia entre Oriente y Occidente, arrojar luz sobre los temas de controversia, corregir las ideas preconcebidas, atraer a los más hostiles y restablecer la plena amistad». Se le asigna una misión urgente a favor de los orientales greco-latinos emigrados a los Estados Unidos, ya que éstos, incomprendidos por los obispos del país, vuelven su mirada en gran número hacia los ortodoxos. Leónidas intercede en su favor ante la Santa Sede, que les concederá, en mayo de 1913, un estatuto jurídico en armonía con sus necesidades.

A finales del curso escolar 1907-1908, a instancias de nuevo del gobierno ruso, Leónidas debe abandonar Roma, dirigiéndose de incógnito a la ciudad suiza de Friburgo, a fin de concluir sus estudios. Durante el verano de 1909, regresa a San Petesburgo, donde se reencuentra emocionado con su madre, que también ha profesado la fe católica. En esa misma época, el metropolita Cheptizky solicita y obtiene del Papa san Pío X una verdadera jurisdicción sobre los greco-católicos de Rusia, que de ese modo ya no estarán sometidos a obispos polacos de rito latino.

Hacer desaparecer una obra diabólica

El 26 de marzo de 1911, Leónidas es ordenado sacerdote y, el 27 de julio, participa en el congreso de Velehrad. La ausencia de prelados ortodoxos en el congreso le apena; por eso les escribe: «Nuestro objetivo es servirnos de la investigación científica para preparar las vías de nuestro acercamiento mutuo. Los congresos de Velehrad no son una institución exclusivamente confesional (es decir, reservada a los católicos), sino más bien una reunión de hombres estudiosos, animados de espíritu religioso y convencidos de que la desunión es una obra diabólica que hay que hacer desaparecer».

Sin embargo, desde hace ya varios años, el padre Leónidas se siente atraído por la vida monástica. En mayo de 1912, es aceptado en un monasterio, donde la vida se reparte entre la celebración del oficio divino según el rito bizantino y la labor en los campos. Gracias a su robusta salud y a su carácter servicial, se acomoda sin demasiados problemas a la austeridad de ese modo de vida. Le agradan el aislamiento del mundo y el recogimiento, aunque echa en falta el estudio de la teología y la información sobre la situación política. Descubre en su temperamento una cierta dureza hacia el prójimo, que no se privan de mostrarle y contra la cual lucha con éxito. Uno de sus cofrades dirá de él: «Hablaba con gran dulzura. Demostraba siempre un perfecto equilibro de humor».

Durante el verano de 1914, estalla la primera guerra mundial. El padre Leónidas regresa lo más pronto posible a San Petesburgo, convertido en Petrogrado. Le espera una desagradable sorpresa: el gobierno le exilia a Tobolsk, en Siberia, pues está relacionado con los enemigos de Rusia. Allí, el padre Leónidas se instala en una habitación alquilada y encuentra un trabajo en la administración local. Así transcurren los años 1915 y 1916, caracterizados por una violenta crisis de reumatismo articular que le obliga a estar inmovilizado durante mucho tiempo en la cama. Pero la guerra desorganiza la economía nacional y el pueblo sufre penuria de víveres. En febrero de 1917, estalla la revolución y, el 2 de marzo, el zar Nicolás II abdica. Un gobierno provisional, bajo la presidencia de príncipe Gueorgui Lvov, proclama una amnistía total para los delitos en materia religiosa y deroga todas las restricciones a la libertad de cultos. El metropolita Cheptizky, también en el exilio, es liberado, reorganizando la actividad de los católicos rusos. Para ello elige como exarca, es decir, como representante de su autoridad religiosa para el territorio ruso, al padre Leónidas. Liberado éste a su vez, regresa a Petrogrado. El metropolita planea concederle la consagración episcopal, pero el padre Leónidas la rechaza.

Católico, ruso y de rito bizantino

El nuevo exarca aborda su labor pastoral con la esperanza en la unidad de los cristianos de Oriente y de Occidente. Para él, la verdadera solución debe basarse en una reconciliación por mediación de las jerarquías. Su pequeña comunidad demuestra con los hechos que se puede ser católico sin dejar de ser plenamente ruso y conservando el rito oriental. Pero el 25 de octubre, los bolcheviques derrocan al gobierno, instaurando un cambio radical en el orden social. Comienzan cinco años de privaciones, de luchas y de penalidades. A principios de 1919, el padre Leónidas escribe lo siguiente a un amigo: «Considero un milagro de la bondad divina el hecho de que me encuentre todavía con vida y de que nuestra iglesia siga existiendo. Gran número de nuestros católicos rusos han muerto de inanición y, los que quedan, se han dispersado por todas partes para librarse del frío y del hambre». En 1918, sufre la pérdida de su madre y, después, de la señorita Uchakoff. En contrapartida, conoce a una mujer muy erudita, profesora de universidad, la señorita Danzas, quien, tras su conversión al catolicismo, le asiste con notable dedicación.

Ejerce su apostolado en tres centros: Petrogrado, Moscú y Sarátov, reuniendo alrededor de 200 fieles, a los que hay que añadir otros 200 que se habían dispersado en la inmensidad del territorio ruso; calcula que son unos 2.000 los que han abandonado Rusia o han muerto. La señorita Danzas escribirá lo que sigue del padre Leónidas: «El amor a Dios y la ferviente fe del exarca se manifestaban con creces en su manera de celebrar la Sagrada Liturgia. Conseguía sobre todo ganarse las almas de ese modo. Como predicador, no siempre se hallaba al alcance de los oyentes; era un profundo teólogo y, a veces, tenía dificultades para ponerse al nivel de un auditorio de gente sencilla« Como confesor, resultaba admirable, y todos los que tuvieron ocasión de exponerle el estado de sus conciencias han conservado siempre un recuerdo emocionado de la manera en que se entregaba por completo a ese ministerio».

El verano de 1921 destaca por una sequía excepcional que, añadida a la política agraria del gobierno, acarrea una espantosa hambruna, causa de la muerte de unos cinco millones de personas. La Santa Sede encarga al padre Walsh, jesuita, de organizar las ayudas, que envía a los hambrientos a través de una asociación americana. En pocas semanas, miles de rusos son salvados, gracias a la generosidad de los católicos del mundo entero. El padre Leónidas coincide con el jesuita, y una profunda amistad nace entre ellos. A sugerencia del exarca, el padre Walsh suministra víveres al clero ortodoxo, en regiones donde esos sacerdotes padecen hambre.

El desorden y la persecución de los cristianos en Rusia les ilumina enormemente sobre las ventajas de una unión con el resto del mundo cristiano y, en especial, con el Sumo Pontífice. Los prelados ortodoxos y católicos dirigen cartas de protesta comunes al gobierno para defender sus intereses compartidos, algo que jamás había ocurrido en la historia de Rusia. Además, se proyectan conferencias apologéticas comunes para luchar contra la propaganda de los ateos. El padre Fedorov compone una breve plegaria que pueda ser rezada sin reticencias tanto por los católicos como por los ortodoxos.

Pero el gobierno intensifica la persecución. A los sacerdotes se les prohíbe enseñar la religión a los menores de 18 años, mientras que el ateísmo se enseña de manera oficial en las escuelas. Con el pretexto de comprar víveres para alimentar a los hambrientos, las autoridades civiles despojan a las iglesias de sus vasos sagrados y objetos preciosos. A principios de febrero de 1923, el padre Fedorov recibe la orden de dirigirse a Moscú, en compañía de otros eclesiásticos de Petrogrado, para comparecer ente al Alto Tribunal Revolucionario. Se le acusa de resistirse al decreto que despoja a las iglesias de sus vasos sagrados, de haber mantenido relaciones criminales con el extranjero, de haber enseñado la religión a menores y, finalmente, de haberse entregado a la propaganda contrarrevolucionaria.

Diga lo que diga la ley

El proceso empieza el 21 de marzo y dura cinco días. El fiscal no puede esconder el odio: «Escupo sobre vuestra religión, lo mismo que escupo sobre todas las religiones». Dirigiéndose al exarca, le interroga de este modo: «¿Obedece al gobierno soviético, o no? ? Si el gobierno soviético me pide que actúe contra mi conciencia, no obedezco. En lo que respecta a la enseñanza del catecismo, según la doctrina de la Iglesia Católica los niños deben recibir una formación religiosa, diga lo que diga la ley». Al final del proceso, el fiscal añade: «Fedorov es un precursor de las reuniones con el clero ortodoxo« Debe ser juzgado no solamente por lo que ha hecho, sino por lo que puede llegar a hacer», y pide para él la pena de muerte. Son dos los abogados a quienes se permite tomar la defensa de los sacerdotes de rito latino. Por su parte, el exarca expone personalmente su defensa. Demuestra hábilmente hasta qué punto ese proceso es una farsa preparada con antelación, pero lo hace sin acritud, como lo haría un hombre de posición tan sólida que no tuviera necesidad de defenderse. Al final, afirma: «Mi corazón desea que nuestra patria acabe comprendiendo que la fe cristiana y la Iglesia Católica no son una organización política, sino una comunidad de amor». La sentencia es aplastante: el exarca es condenado a diez años de prisión.

El padre Leónidas aprovecha su reclusión para redactar en ruso dos catecismos: «Puedo dar testimonio –escribirá la señorita Dazas tras haber visitado al exarca– de que mantenía una actitud todavía más tranquila y alegre que de costumbre. Me decía que nunca se había sentido tan feliz». Desde la prisión, el padre mantiene una fluida correspondencia con sus fieles. Se esmera en sus relaciones con los ortodoxos, y escribe: «Aquí hay dos obispos y unos veinte sacerdotes ortodoxos. Nuestras relaciones con ellos son excelentes». A mediados de septiembre de ese año 1923, el padre Leónidas es trasladado a otra prisión de régimen mucho más severo, donde se le somete a total aislamiento. En abril de 1926, una dama generosa y enérgica, miembro de la Cruz Roja, consigue la liberación del prisionero. Pero en el mes de junio, de nuevo es detenido y condenado a tres años de deportación a las islas Solovki, en el mar Blanco (el extremo norte de la Rusia europea).

Las islas del archipiélago Solovki, de clima muy frío y húmedo, están cubiertas de bosques. Los soviets han transformado su monasterio ortodoxo, que data del siglo xv, en una inmensa prisión. El padre Fedorov llega a ese lugar a mediados de octubre de 1926. Todas las mañanas, los prisioneros son conducidos a los bosques para trabajar como leñadores. Los católicos de rito bizantino han obtenido permiso para utilizar una antigua capilla, que está a treinta minutos a pie, donde acuden a rezar. A partir del verano de 1927, el domingo se celebra el Santo Sacrificio de la Misa, alternativamente en rito latino y en rito bizantino.

Un sacerdote escribirá del exarca: «Cuando podíamos disfrutar de un poco de sosiego en medio de los trabajos forzados, nos gustaba agruparnos junto a él; nos atraía« Destacaba por una cortesía y una sencillez excepcionales« Cuando percibía que uno u otro de nosotros pasaba por un período de depresión, conseguía levantarlo despertando en él la esperanza de tiempos mejores. Si alguna vez recibía del exterior una ayuda de tipo material, tenía costumbre de compartirla con los demás».

En tierra rusa, por Rusia

Sin embargo, a principios de noviembre de 1928, la capilla es clausurada y, durante un registro, se confisca todo lo que pueda servir para el culto. «Pregunté entonces al exarca –contará un sacerdote– si había que seguir celebrando el Santo Sacrificio, a pesar de la amenaza de penosas sanciones. Él me contestó entonces con esta memorable frase: «No olvide que las divinas liturgias que celebramos en Solovki son quizás las únicas que unos sacerdotes católicos de rito ruso celebran todavía en tierra rusa por Rusia. Debemos hacer lo posible para que, al menos, se celebre una liturgia cada día»». En la primavera de 1929, el estado de salud del exarca se deteriora considerablemente, siendo ingresado en el hospital del campo de concentración. A finales del verano, expira para él el plazo de tres años de trabajos forzados, pero le quedan aún tres años de exilio. Los últimos años de su vida los pasa con unos agricultores, en el extremo norte. En enero de 1934, se establece en una ciudad situada a 400 km más al sur, en casa de un empleado del ferrocarril. A principios de febrero de 1935, se encuentra agotado y abatido a causa de una tos persistente; el 7 de marzo, entrega su alma a Dios.

Reproducido con autorización expresa de Abadía San José de Clairval

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Autor: . | Fuente: Vatican.va
José Olallo Valdés, Beato
Religioso Hospitario, 7 de marzo
José Olallo Valdés, Beato
José Olallo Valdés, Beato

Religioso de la Orden Hospitalaria
de San Juan de Dios

Martirologio Romano: En La Habana, Cuba, beato José Olallo Valdés, religioso de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios ( 1889)

Fecha de beatificación: 29 de noviembrre de 2008, bajo el pontificado de Benedicto XVIEl Beato José Olallo Valdés nació en La Habana, Isla de Cuba, el 12 de febrero de 1820. Hijo de padres desconocidos, fue confiado a la Casa Cuna San José de La Habana, donde el mismo día 15 de marzo de 1820 recibió el bautismo. Vivió y fue educado en la misma Casa Cuna hasta los 7 años, y después en la de Beneficencia, manifestándose un muchacho serio y responsable; a la edad de 13-14 años ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, en la comunidad del hospital de los santos Felipe y Santiago, de la Habana.

Superando los obstáculos que parecían interponerse a su vocación, se mantiene constante en su decisión, emitiendo la profesión como religioso hospitalario. En el mes de abril del año 1835 fue destinado a la ciudad de Puerto Príncipe (hoy Camagüey), incorporándose a la comunidad del Hospital de San Juan de Dios, donde se dedicó por el resto de su vida al servicio de los enfermos, según el estilo de San Juan de Dios; en 54 años solamente una noche se ausentó del hospital, y por causas ajenas a su voluntad.

De enfermero ayudante, a los 25 años pasa a ser el “Enfermero Mayor del hospital”, y después, en 1856, Superior de la Comunidad.

Vivió afrontando grandes sacrificios y dificultades, pero siempre con rectitud y fuerza de ánimo: su vida consagrada a la hospitalidad no se sintió afectada durante el periodo de la supresión de las Ordenes Religiosas por parte de los gobiernos liberales españoles, aunque comportó también la confiscación de los bienes eclesiásticos. Del 1876, en que murió su ultimo hermano de Comunidad, hasta la fecha de su muerte, en 1889, se quedó solo, pero siguió con la misma magnificencia ocupándose de la asistencia de los enfermos, siempre fiel a Dios, a su conciencia, a su vocación y al carisma, humilde y obediente, con nobleza de corazón, respetando, sirviendo y amando también a los ingratos, a los enemigos y a los envidiosos, sin nunca abandonar sus votos religiosos.

En el periodo de la guerra de los 10 años (1868-1878) se mostró lleno de coraje, en la custodia de los que tenía a su cuidado, siempre prudente y sin rencor, trabajando en favor de todos, pero con preferencia por los más débiles y pobres, por los ancianos, huérfanos y esclavos. Cedió ante las exigencias de las autoridades militares de convertir el centro en hospital de sangre para sus soldados, pero sin dejar de seguir acogiendo a los más necesitados de los civiles, sin hacer distinciones de ideología, raza ni religión. Durante los momentos y situaciones más difíciles de los conflictos bélicos, aún poniendo en peligro su propia existencia, con “dulce firmeza”, socorría asistiendo a los prisioneros y heridos de la guerra, sin tener en cuenta su proveniencia social o política, defendiendo incluso a los que no tenían permiso del gobierno para que se les curara, no dejándose intimidar de amenazas, ni de prohibiciones, y obteniendo por todo ello el respeto y la consideración de las mismas autoridades militares.

Ante dichas autoridades también fue capaz de interceder en favor de la población de Camagüey en un momento de especial tensión y peligro, evitando una masacre civil.

Perseverante en la vocación, a través de su bondad dulce y serena hizo del cuarto voto de Hospitalidad, propio de los religiosos de San Juan de Dios, no solo un ministerio de amor y servicio hacia los enfermos, sino un modo de ardiente apostolado, destacándose en la asistencia a los moribundos y agonizantes, a los cuales acompañaba en las últimas horas de su existencia, en el paso hacia una vida mejor. Se distinguió, pues, siempre por su infinita bondad, siendo llamado con los apelativos de “apóstol de la caridad” y “padre de los pobres”, que sintetizan perfectamente el heroico testimonio del Beato Olallo.

Modesto, sobrio, sin aspiraciones de ningún género sino la de estar consagrado únicamente a su ministerio misericordioso, renunció al sacerdocio y se caracterizó por su espíritu humanitario y competencia sanitaria, incluso como médico-cirujano, aun siendo autodidacta. Vivió lejos de las aclamaciones, rehuyendo los honores para poder fijar su mirada solamente sobre Jesucristo, que encontraba en el rostro de los que sufrían. Su humildad, en fidelidad a su carisma, se manifestó en la renuncia al sacerdocio, cuando fue invitado por su Arzobispo, porque su vocación era el servicio de los enfermos y pobres; los testimonios, finalmente, nos hablan de fidelidad total a su consagración como religioso en la práctica de los votos de obediencia, castidad, pobreza y hospitalidad.

Su muerte, ocurrida el 7 de marzo de 1889, fue tenida como la “muerte de un justo”: fallecimiento, velatorio, funerales y sepultura, con el monumento-mausoleo, levantado después por suscripción popular, expresaban reverencia y veneración hacia quien fue su admirado protector. Desde entonces su tumba será visitada continuamente. Había muerto pero permanecerá vivo en el corazón del pueblo, que le seguirá llamando “Padre Olallo”.

La popular fama de santidad que le rodeaba nacía de su vida de hombre modesto, justo y de ánimo generoso, en cuanto modelo de virtudes con un corazón ardiente de amor por “mis hermanos predilectos”: sobrio, gozoso, afable, pero sobretodo excelso servidor da la caridad. El Beato Olallo supo ser un fiel imitador de su Fundador. Dios fue su vida y, en consecuencia, iluminado por el amor de Dios, devolvió de la misma manera tanto amor. “Dios ocupó el primer puesto en sus intenciones y en sus obras: fijos sus ojos en el bien llevaba a Jesús constantemente en el alma”. Esta heroica caridad tenía su base en una fe que reconocía en “Dios a su propio padre, y en Jesús el centro de su vida, el fundamento de su servicio de amor y de su misericordia; Jesús crucificado fue el secreto de su fidelidad al amor de Dios que motivaba cada una de sus obras”.

Aún siendo de espíritu tenaz, fue siempre dócil a los designios de Dios para afrontar y sostener mejor las duras y cotidianas tareas impuestas por el trabajo hospitalario y las situaciones difíciles y delicadas que comportaban riesgos para su propia vida, siempre tratando de obtener el bien de sus enfermos.

Con la muerte del Padre Olallo y de inmediato, su fama de santidad fue aumentando cada día más, principalmente entre el pueblo de Camagüey, que atribuía a su intercesión gracias y ayuda continuas. Abierto el año 1990, en correspondencia con el centenario de su muerte, el Proceso de estudio de la Causa de su santidad en la diócesis de Camagüey, Cuba, fue reconocida la heroicidad de sus virtudes el 16 de diciembre de 2006.

Igualmente, después de la celebración del Proceso diocesano sobre un presunto milagro, ocurrido en favor de la curación de la niña, Daniela Cabrera Ramos, de 3 años, en la misma diócesis de Camagüey, su curación fue reconocida como verdadero milagro por su Santidad Benedicto XVI con Decreto del 15 de marzo de 2008.

La ceremonia de Beatificación del Padre Olallo Valdés tuvo lugar en la ciudad de Camagüey, Cuba, el 29 de noviembre 2008, presidida por Su Eminencia el Cardenal José Saraiva Martins.

Reproducido con autorización de Vatican.va

 

 

 

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