Puedes, si crees que puedes


Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
Puedes, si crees que puedes
La fe es una certeza, una seguridad total y absoluta de que algo se va a realizar apoyándose en el poder de Dios
Puedes, si crees que puedes

En la Biblia hay una frase de Jesús que suena como un auténtico reto para el que lo quiera tomar, se encuentra en Marcos 11, 22-24. La voy a leer. Tened fe en Dios, yo os aseguro, que quien diga a éste monte: “quítate y arrójate al mar”; y no vacile en su corazón, sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo, todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido, y lo obtendréis. Lo más importante es esta expresión: y no vacile en su corazón… no dude, sino que crea que va a suceder lo que dice.

Jesús lo expresa en forma negativa, no dudar, y en forma positiva, que crea que va a suceder.

Muy pocos aceptan el reto, algunos de ustedes puede que lo hayan aceptado alguna vez; y podrían decirme realmente que lo que dice Jesús, es exacto.

Personalmente yo les puedo asegurar, que cuando tuve fe como un grano de mostaza, me salieron las cosas. Es una ley espiritual, que funciona a la manera de las leyes físicas y que se podría formular brevemente así: “Puedes, si crees que puedes”. Los santos, todos, tienen esa fe. Por ejemplo, San Pablo decía: “no soy nada, pero todo lo puedo en Cristo que me conforta”.

¿Qué es esta fe y como funciona?

La fe es una certeza, una seguridad total y absoluta de que algo se va a realizar apoyándose en el poder de Dios y como consecuencia en el poder que Dios nos ha dado a nosotros. Es una ley que Dios ha puesto a disposición del que quiera usarla como ha puesto tantas otras cosas.

Por ejemplo, pensemos en la ley de la gravedad. Si yo tengo en la mano un reloj y lo suelto, no se queda, ya sé que no se va a quedar flotando, se va al suelo y, si hay mucha distancia, lo normal es que se eche a perder. Como sabemos eso, no cometemos el error de lanzarnos por la ventana de un quinto piso, porque sabemos taxativamente que nos vamos a dar un golpe y posiblemente muramos.

Es una ley espiritual que funciona con la misma exactitud. Podríamos decir que la fe consiste en creer algo que no se ve, que no es evidente; pero que lo acepto porque alguien digno de crédito, de confianza, me lo asegura, es decir, Dios. Hay una fe que llamaríamos humana; por ejemplo, creer en quien es mi mamá, yo no lo pude testificar porque en ese momento que yo nacía, no sabía nada; pero me lo han asegurado personas de crédito. Mi misma mamá, mi papá, mis demás parientes. Luego hay una fe teologal o sobrenatural que significa creer, por ejemplo, que en una hostia consagrada, en una misa, ya no hay un pedazo de pan; sino que está realmente Jesucristo. ¿Por qué? Porque Él así lo dijo y yo me fío de Él.

A mí no me interesa saber dónde está la frontera entre una fe humana y una fe sobrenatural. Lo que sí me interesa saber; y lo sé, es que ambas funcionan. El que tiene una fe humana suficiente logra las cosas. Y no se diga del que además tiene la fe sobrenatural. Como la fe es una total seguridad, con una lógica natural y contundente, así contundente, te forzará a poner los medios necesarios. Te inspirará caminos para obtener resultados, te abrirá los ojos para encontrar ayudas y encontrar ideas. La fe, de hecho, estimula todas las facultades del hombre, estimula la imaginación. La fe pone en marcha sobre todo la voluntad, una voluntad tenacísima que no desistirá hasta alcanzar el objetivo. Estas personas de fe, hacia fuera, hacia los demás, dan la impresión de ser soñadoras, idealistas y, además, tercas.

¿Cómo se adquiere este hábito de la fe? Repitiendo muchas veces y con total convencimiento actos de fe, sobre todo en las cosas que a mí me parecen muy difíciles o de plano imposibles.

Les voy a contar un ejemplo de mi propia experiencia. En una ocasión yo tenía que viajar a Madrid, partiendo de México y no pude encontrar boleto. Tenía que pasar por Miami, revisé materialmente todas las compañías del aeropuerto; y solo encontré en Pan American un pequeño vuelo hasta Santo Domingo en Puerto Rico. Me dijeron esto: “Usted verá si puede y cuándo puede salir”. Bien, llegué a Santo Domingo y me dirigí a las reservaciones de vuelos para Madrid. Me dijeron con firmeza: “No hay boleto para Madrid. ¿No le han dicho que tiene que irse al hotel? La compañía le paga el hotel, no se preocupe.” Yo no me fui al hotel, bajé a la sala de espera donde salía un avión para Madrid. Hablé con el señor que estaba en el mostrador, y me contestó un tanto molesto: “¿No le han dicho que tiene que irse al hotel? No, no, no hay ni un solo lugar”. Yo no me fui al hotel, me quedé en la sala.

Motivándome a mí mismo, y haciendo un acto de fe, de que, aunque era imposible, iba a salir a Madrid. Se vació la sala. Yo le leía los pensamientos del señor que estaba frente al mostrador, porque hacían ruido. “Este curita está loco”. Yo luchaba contra mis propios pensamientos, contra todo lo que me decía: “Efectivamente estás loco, ¿qué haces aquí? Vete al hotel, te lo han dicho; no hay sitio”. Pero yo seguía ahí. Pasaron quince minutos. A medida que pasaban los minutos, yo sentía más golpeteo en mi mente: “Vete, estás loco”, y más fe tenía de que iba a salir. A los quince minutos salió por el túnel una persona de uniforme, cruzó unas palabras con el que estaba en el mostrador; y de repente me dijo: “Padre, ¿Usted está buscando salir hacia Madrid?”, “Efectivamente”, le dije – “Pues hay un lugar aquí, puede usted subir al avión”. Curiosamente en ese avión, en ese vuelo, iba un grupo de setenta gallegos. Generalmente cuando va un grupo compacto es difícil que se pierda uno. Pues uno, no llegó. Entré al avión. Me acuerdo perfectamente del asiento, me puse el cinturón de seguridad. De seguro muchas personas pensaron: “¿quién es ése que nos ha hecho esperar quince minutos?” Ciertamente agradecí mucho aquel gallego, recé por él, por sí le había pasado algo, pero gracias a eso llegué a Madrid.

Es un caso curioso si ustedes quieren, un caso donde se ve claramente que la evidencia era “no hay sitio, no vas a ir a Madrid, vete al hotel”. Y la fe me dijo: “sí hay sitio, vas a ir a Madrid.” Y llegué a Madrid.

Es uno de los tantos ejemplos que podría poner de mi propia vida, me da un poco pena hacerlo, pero por esos ejemplos yo he llegado a creer en la fe y a saber que, cuando Cristo pone ese reto, nos dice la pura verdad.

El próximo miércoles seguiremos con este tema con el título: “Creo que puedes, creo que quieres”

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