Año indulgente de la Fe


Año indulgente de la Fe

Publicado en web el 6 de Septiembre, 2012

Papa y escudo

 

El próximo 11 de octubre comienza el Año de la Fe, que se extenderá hasta el 24 de noviembre de 2013.

El 28 de junio de 2008, a fin de celebrar el Bi-milenario del Nacimiento de San Pablo, Apóstol de los Gentiles, el Papa Benedicto XVI dio inicio al “Año Paulino”, y concedió el don de la Indulgencia Plenaria para todo aquel que participara en una función sagrada dedicada a San Pablo.
Con ocasión del 150º Aniversario de la Muerte de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, el viernes 19 de junio de 2009 el Romano Pontífice inauguró un “Año Santo Sacerdotal” y concedió Indulgencia Plenaria a todo aquel que rezara por los Sacerdotes.
El 28 de agosto de 2009 dio inicio el “Año Santo Celestiniano”, también proclamado por el Vicario de Cristo, con motivo del Aniversario 715 del Rito conocido como Perdonanza, la Indulgencia Plenaria perpetua que el Papa Celestino V concedió a todos los fieles en la misma noche de su coronación al pontificado, el 5 de julio de 1294. Este gesto de su Sucesor, Benedicto XVI, fue recibido como una muestra de afecto hacia el único Papa que ha abdicado -cosa que tuvo que hacer movido por su sencillez, por su inclinación a la vida monacal y por las constantes y muchas presiones a las que fue sometido-.

Para descubrir la belleza de este don

El 11 de octubre de 2012 comienza, con ocasión del Quincuagésimo Aniversario del Inicio del Concilio Ecuménico Vaticano II, el Año de la Fe, que se extenderá hasta la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, del próximo año. El Santo Padre quiere motivar, con esto, a que los creyentes dirijamos nuestra atención hacia todo aquello que nos hace creer; hacia nuestra fe.
Así que también puede ser vivido como si fuese un Año del Credo, el rezo que resume y proclama la fe de la Iglesia, la fe que nos gloriamos de profesar en Jesucristo Nuestro Señor.
Somos muchos los que suponemos y esperamos que el Pastor Universal de la Iglesia vuelva a conceder el anhelado don de la Indulgencia Plenaria con esta feliz ocasión. No vemos razón alguna para que no sea así, tanto más considerando la indicación papal cuando se refirió al Año de la Fe como un “momento de Gracia y de compromiso por una cada vez más plena conversión a Dios, para reforzar nuestra fe en Él y para anunciarlo con gozo, al hombre de nuestro tiempo”.
La Indulgencia es un don, es decir, un obsequio que procede de la gratuidad, de la Gracia de Dios, pues “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Esto es lo que Él quiere; bien lo sabemos a partir de esta expresión de San Juan Evangelista; pero, ¿acaso todos los hombres quieren salvarse? No siempre es así. Con todo, a pesar de esa impiedad, Dios no cambia, “no se muda” -como sostiene santa Teresa de Jesús-, y porque su misericordia es infinita, a la vez que su justicia lo es, concede indulgencia divina, no obstante, la culpa que el pecado ha dejado como una impronta indeleble en los pecadores.

Por pura Gracia de Dios

En efecto, así como el buen juez es justo porque otorga a cada quien lo que le corresponde por sus acciones, así, ajeno a la culpa del acusado, nada obsta para que, movido por un corazón noble, pueda indultarlo, a pesar de sus agravios, y librarlo del justo castigo.
Un caso de indulgencia bien presentado en la Biblia, lo encontramos en el juicio a Jesús por parte del prétor Poncio Pilato cuando, no encontrando acusaciones contundentes para determinar sentencia de culpabilidad, busca atraer al juicio un don que emana de la misericordia del César, quien, con ocasión de la celebración de la Pascua Judía, a manera de un “obsequio” de gracia, libera a un delincuente, no porque sea inocente, sino porque César es providente.
La indulgencia, pues, ya formaba parte de la jurisdicción romana. Sucede lo mismo cuando un Jefe de Estado solicita a otro Jefe de Estado que no se ejecute la sentencia de muerte dictada sobre un criminal, no porque sea inocente, sino porque en nombre de la indulgencia trata de mover su corazón hacia una piedad misericordiosa.
Pues bien, si puede hallarse indulgencia como consecuencia de buenos sentimientos de piedad en los seres humanos, tanto más se encuentra en Dios, cuya piedad es divina, y su perdón, infinitamente misericordioso.
En el Sacramento de la Reconciliación se obtiene el perdón de los pecados cometidos, pero la culpa permanece, formando parte de la historia personal. La Indulgencia, en cambio, concede la remisión de la pena temporal por el pecado ya perdonado. En otras palabras: es un “borrón y cuenta nueva”, que libra del paso por el Purgatorio.

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