¡Desconcertante!


Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net
¡Desconcertante!…..
Juan 6, 1-15. Tiempo Ordinario. Pongamos a disposición de nuestro Señor y de nuestros semejantes “todo” lo que somos y tenemos.
¡Desconcertante!.....

Del santo Evangelio según san Juan 6, 1-15

En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente.» Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda.» Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, se retiró de nuevo al monte él solo.

Oración preparatoria

Señor, te ofrezco sinceramente toda mi vida, para que sea como esos cinco panes y dos pescados que dieron de comer a tantas personas. Ilumina esta oración para que, con determinación, no desperdicie tu gracia, la gratuidad de tu amor.

Petición

Señor, te ofrezco todo lo que soy, multiplícalo con tu gracia, para que sea un mejor servidor de los demás.

Meditación del Papa

El Evangelio de este domingo describe el milagro de la multiplicación de los panes, que Jesús realiza para una multitud de personas que lo seguían para escucharlo y ser curados de diversas enfermedades. Al atardecer, los discípulos sugieren a Jesús que despida a la multitud, para que puedan ir a comer. Pero el Señor tiene en mente otra cosa: “Dadles vosotros de comer”. Ellos, sin embargo, no tienen “más que cinco panes y dos peces”. Jesús entonces realiza un gesto que hace pensar en el sacramento de la Eucaristía: “Alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente”. El milagro consiste en compartir fraternamente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran, hasta llenar doce canastos. El Señor invita a los discípulos a que sean ellos quienes distribuyan el pan a la multitud; de este modo los instruye y los prepara para la futura misión apostólica: en efecto, deberán llevar a todos el alimento de la Palabra de vida y del Sacramento.Benedicto XVI, 31 de julio de 2011.

Reflexión

¡Jesús es verdaderamente desconcertante! Y no podía ser de otra manera. El es Dios y toda su persona humano-divina está envuelta en el misterio. Más aún, El mismo es un misterio para el hombre. Y también su acción, en consecuencia, es parte del misterio y muchas veces nos desconcierta con su manera de actuar, tan distinta a los criterios de los hombres.

Hace dos semanas meditábamos en el poder de Dios, y cómo actúa en muchísimas ocasiones sin contar con los medios humanos para llevar a cabo sus obras. Los instrumentos que usa son absolutamente desproporcionados para los fines que pretende conseguir. Y lo más maravilloso es que, aun así, ¡los consigue! Y allí tenemos a David, haciendo frente a Goliat, y venciéndolo. Y lo mismo le sucede a Gedeón, a los profetas, a los apóstoles y a la Iglesia a lo largo de toda su historia. Así es Dios.

Pues hoy el Evangelio nos presenta otra de esas acciones desconcertantes de nuestro Señor: la multiplicación de los panes. Pero fijémonos bien en los detalles que nos ofrece la narración evangélica: ¿cuántos panes y peces tenía nuestro Señor? ¿y a cuántos tenía que dar de comer? Efectivamente: cinco panes y dos peces para cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. ¿Verdad que es una desproporción impresionante? ¡Pues para Cristo no hay imposibles! Una palabra, una bendición, una orden a sus discípulos, y los panes se multiplican por millares. Y, por si fuera poco, todavía llenan doce canastas con los pedazos sobrantes.

¡Aquí tenemos otra vez a nuestro Señor con otra de sus “salidas” típicas de El! ¿Por qué escogió a ese pobre muchacho que traía unos cuantos panes y dos pececillos para realizar el milagro? Porque a Dios le gusta actuar a través de instrumentos pobres, frágiles y limitados. Y es que la contabilidad y las matemáticas de Dios no son, por fortuna, como las nuestras.

El cardenal Van Thuan, ese arzobispo vietnamita que fue perseguido por el régimen comunista de su país y que transcurrió trece años en la prisión, comenta bellamente en su libro “Testigos de la esperanza” que él “ama a Jesús por sus defectos”. No es una herejía, aunque lo parezca, sino una verdad más grande que una catedral. Sus “defectos” son los que lo hacen más atractivo, más humano, más amable y más cercano a nosotros. Algunos de esos defectos -nos dice el cardenal- son: que Jesús no conoce las matemáticas, que no actúa con lógica humana y que no es experto en finanzas ni en economía. ¡Y aquí tenemos otra prueba de ello!

Esa desproporción con la que obra nuestro Señor se supera no a base de “prudentes” cálculos humanos o de razonamientos “lógicos” según nuestra manera de ver las cosas, sino a base de fe, de confianza en el poder de Dios y de caridad hacia nuestros prójimos. Pero la condición para que Cristo obre el milagro es que pongamos a su disposición TODO lo que somos y tenemos. Puede ser que seamos muy poca cosa y que no tengamos casi nada. No importa. Pero lo que sí es indispensable es que lo pongamos todo. Ese muchacho puso a disposición de Cristo sus cinco panes y sus dos peces, sin guardarse nada para sí mismo “por si acaso”. Y es esa pobreza –no la abundancia de bienes– la que el Señor quiere que pongamos a disposición de El y de los demás. Es la imagen más provocadora de una Iglesia pobre y desprovista de medios, débil e insignificante en el plano humano, compuesta de gente “que no cuenta”, la que sirve y desconcierta al mundo, a los “grandes” y a los poderosos. La desproporción se anula -como comenta un escritor contemporáneo- cuando lo poco que se tiene, lo nada que se es, se convierte en el todo que se da y que se pone al servicio del prójimo. “Tener fe -dice Pronzato- no significa tanto creer en los milagros, cuanto creer que Cristo, para hacer el milagro, tiene necesidad de nuestra alforja, aunque muchas veces se encuentre casi vacía. Tener fe no quiere decir solicitar a Jesús que cambie las piedras en pan -ésta es una tentación, rechazada por El de una vez por todas, ya desde el principio-. Tener fe significa aceptar que El transforme nuestro corazón de piedra, apto solamente para hacer cálculos exactos, en un corazón de carne, capaz de saciar a la gente con la irracionalidad de la pérdida y del servicio”.

Propósito

Ojalá que nosotros también pongamos a disposición de nuestro Señor y de nuestros semejantes “todo” lo que somos y tenemos –aunque objetivamente sea muy poco– para que El pueda realizar milagros en nuestra vida, con nosotros, en nosotros y a través de nosotros.

Diálogo con Cristo

«Toma Señor mi libertad, mi memoria, entendimiento y voluntad. Todo mi ser y poseer, tú me lo diste, a ti Señor lo torno. Todo es tuyo, dispón de mí, según tu voluntad. Dame tu amor y gracia, que eso me basta». Gracias, Señor, por enseñarme a amar con obras concretas, sabiendo que tu gracia multiplica mi pobre esfuerzo.

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