Demoliendo a la Iglesia


Fragmento del libro: Meditaciones sobre la fe

del Padre Tadeusz Dajczer

 

Demoliendo a la Iglesia

Lo que nos impide, en especial, adherimos a Cristo es la búsqueda de nosotros mismos, la búsqueda de nuestra propia voluntad. Esa búsqueda no solamente destruye nuestra fe, sino que puede apartarnos totalmente de ella.
Merece la pena reflexionar sobre el texto de Kommodian, asceta cristiano que vivió en el siglo III en Cartago y que trató este asunto. Tenemos dos textos de él, uno titulado Instrucciones y el otro Carmen apologeticum. En aquellos tiempos Cartago era la segunda ciudad de África del Norte, después de Alejandría, y era la más espléndida. Los documentos de Kommodian abarcan varios años después de las persecuciones de Decio, por el año 251.

Eran momentos en los que la Iglesia pudo salir de la sombra y mostrarse sin temor. La persecución de Decio, la séptima sufrida por la Iglesia a lo largo de su historia, se diferenció de las restantes en que Decio no solamente condenaba a muerte, sino que con mucha frecuencia torturaba, tratando así de asustar a los cristianos. La persecución de Decio duró dos años, desde el 249 hasta el 251, y se llevó a cabo en todo el Imperio romano.
Cartago, al igual que otras ciudades en las que vivían los cristianos, fue saqueada. Pero a los dos años, cuando la Iglesia recuperó la libertad, los cristianos retornaron a ella, y volvieron a reunirse para participar en la liturgia. Los documentos de Kommodian nos muestran la imagen de la comunidad cristiana de Cartago después de las persecuciones de Decio. Estaba integrada por personas de tres categorías: los fideles, fieles sencillos que en los tiempos de las persecuciones lograron huir de Cartago y esconderse en algún sitio; los lapsi, los renegados, que eran muchos, eran los que no resistieron las terribles torturas.

El propio Kommodian escribió que él era unos de esos renegados, y que hacía penitencia dentro del catecumenado. Él sentía mucha compasión por los demás lapsi, quienes también habían caído y hacían sus penitencias. La tercera categoría estaba compuesta por los martyres, los que sobrevivieron al martirio vivido, porque Decio a menudo prefería torturar que matar.

Podemos tratar de reconstruir la situación de la comunidad de Cartago, e imaginarnos cómo eran, más o menos, los encuentros de los cristianos de aquellos tiempos. Lo más fácil es imaginarnos a los más destacados, a los martyres, que, sin duda alguna, tendrían en su cuerpo huellas de las torturas sufridas. Unos tendrían cortada una mano, otros andarían con muletas, algunos tendrían huellas de quemaduras, a otros les habrían sacado un ojo. Esa imagen de los martyres, de aquellos que estuvieron dispuestos a entregar sus vidas por Cristo, pero que se salvaron, tenía que ser, a veces, estremecedora. Kommodian escribió que aquellos martyres, tan marcados por los sufrimientos vividos por Cristo, aquellos, los mejores fieles, consideraban que el martirio que habían sufrido les daba derechos especiales, daba un peso específico a sus opiniones, porque ellos habían estado dispuestos a entregar su vida por Cristo. Ellos podían sentirse mejores que los fideles, es decir, que aquellos que huyeron, porque ellos no escaparon. Y podían sentirse todavía mucho mejor que los renegados lapsi, quienes se derrumbaron, mientras que ellos, los martyres, supieron resistir.
Sabemos, porque la historia nos lo relata, que pocos años después se produjo un cisma en la comunidad de Cartago, el cisma de Felicissimus y de Novatus. Las tensiones surgidas en la comunidad cristiana de Cartago se debieron, principalmente, a la actitud de los martyres, quienes exigían más derechos. Fueron ellos, los mejores, los que sembraron la confusión. Y hay que afirmar categóricamente que la Iglesia cartaginesa fue desbaratada precisamente por los martyres, por los que habían estado dispuestos a entregar sus vidas por la causa de Cristo. Los que habían sido los mejores, los que, al menos, se tenían por tales, pero al mismo tiempo tenían también sus propios planes, y su propia voluntad, estos demolieron la Iglesia de Cristo. Es algo realmente estremecedor. No lo hicieron los renegados, ni los débiles que traicionaron a Cristo; desbarataron y demolieron la Iglesia los martyres.
La situación se hizo tan dramática que después del primer cisma, que tuvo un alcance relativamente pequeño, la Iglesia de Cartago se vio amenazada por una segunda división mucho mayor. Y entonces, para que se pusiera fin al desgarramiento que había en el seno de la Iglesia, como consecuencia de la actitud de los martyres, tuvo que producirse un nuevo período de persecuciones, el octavo, en los tiempos de Valeriano (cuando resultó muerto el obispo de Cartago, san Cipriano).
Aquellos martyres son para nosotros una advertencia. Incluso tu disposición a entregar la vida por Cristo no prueba que tengas una auténtica adhesión a él. Esa adhesión la demuestran tu humildad y tu deseo de no hacer tu propia voluntad, sino la de Cristo.
¿Podemos extrañarnos, a la luz de estos documentos, de que Dios frustre a veces nuestra voluntad, si sabemos que los intentos de realizarla son la fuente de los mayores males y de nuestro infortunio? La fe es la adhesión a Cristo, y como tal, es el comienzo del amor. Pero puedes adherirte a Cristo con tu voluntad solamente en el grado en que logres deshacerte de tu propia voluntad. En fin, Dios, porque nos ama, tiene que frustrar nuestros planes, tiene que eliminar nuestras visiones, como si fueran castillos de naipes; si es que no son otra cosa que planes y visiones humanos. Por último, lo que se nos presenta es algo muy distinto a lo que nosotros imaginamos, de acuerdo con la regla que dice que cada uno llega a ser el santo que no quiso ser.

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