la libertad ganada por Cristo en la cruz (III)


Enseñanza de Josemaría Escrivá: la libertad ganada por Cristo en la cruz (III)
Aproximación teológica a algunas enseñanzas del fundador del Opus Dei sobre la libertad
Mons. Lluís Clavell. Publicado en la revista ROMANA (33), fascículo 2º de 2001 10/07/2003

El jueves 26 de junio de 2003 se celebró, por primera vez, la festividad de San Josemaría Escrivá de Balaguer. Coincidiendo con la primera celebración dedicada al fundador del Opus Dei desde que fue canonizado el 6 de octubre de 2002, seguimos publicando en 4 partes semanales un amplio trabajo de Lluís Clavell. Ésta es la tercera y, por tanto, quedará completado en nuestra próxima edición, con fecha 17 de julio.

“Nuestra única finalidad es espiritual y apostólica, y tiene un resello divino: el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. IV, 31)”.

 

4. La libertad como don de Dios en el orden de la creación

Queriendo en este estudio ilustrar “la libertad conseguida por Cristo en la Cruz”, me he detenido en la exposición de la doctrina teológica de la libertad según las enseñanzas de San Josemaría Escrivá. Sin embargo, es necesario aclarar que en ella está incluida la dimensión natural o creatural de la libertad y que, en sus escritos, se halla siempre presente, de modo más o menos explícito según las circunstancias, el doble orden de naturaleza y gracia, subrayando a la vez fuertemente su unión en la existencia cristiana, como parte de su concepto “unidad de vida”.

 

4.1. La unión de naturaleza y gracia

Su visión teológica unitaria, que incluye dentro de sí lo natural, aparece en esta bella afirmación: “En todos los misterios de nuestra fe católica, aletea ese canto a la libertad. La Trinidad Beatísima saca de la nada el mundo y el hombre, en un libre derroche de amor. El Verbo baja del Cielo y toma nuestra carne con este sello estupendo de la libertad en el sometimiento: heme aquí que vengo, según está escrito de mí en el principio del libro, para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad”.

En esta unión de la naturaleza y la gracia en la historia humana, se pone de manifiesto el carácter de misterio de la libertad. Si por una parte es evidente que la persona es libre, por otra la realidad del mal moral, e incluso una cierta inclinación hacia él, plantea profundos interrogantes a cada uno de los hombres y de las mujeres a lo largo de toda la historia. San Josemaría expresa la inteligibilidad propia de los misterios con el término “claroscuro”: “Podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe. Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana”. Es más, la muerte en la cruz del Hijo de Dios encarnado, su entrega absoluta y sin límites, si bien es muestra evidente del amor misericordioso del Padre que nos libera y nos confiere confianza y seguridad, nos mueve al mismo tiempo a pensar: “¿Por qué me has dejado, Señor, este privilegio con el que soy capaz de seguir tus pasos, pero también de ofenderte?”. Es ésta una pregunta radical que atraviesa toda la homilía La libertad, don de Dios.

Éste es quizá el punto teológico radical de la reflexión de San Josemaría: la libertad es un don divino, y no algo contrapuesto a Dios. Por eso su actitud es de hondo agradecimiento a Dios por el privilegio de la libertad: “Sólo nosotros, los hombres -no hablo aquí de los ángeles- nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe”. El Señor no nos coacciona, porque quiere “correr el riesgo de nuestra libertad”. Nos invita a dirigirnos hacia el bien: “Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos, decretos y preceptos, vivirás… Escoge la vida, para que vivas”. Éste y otros textos de la Escritura estaban frecuentemente en sus labios, para explicar con la palabra de Dios la realidad gozosa de la libertad.

Una realidad gozosa que le llevaba a “levantar mi corazón en acción de gracias a mi Dios, a mi Señor, porque nada le impedía habernos creado impecables, con un impulso irresistible hacia el bien, pero juzgó que serían mejores sus servidores si libremente le servían. ¡Qué grande es el amor, la misericordia de nuestro Padre! Frente a estas realidades de sus locuras divinas por los hijos, querría tener mil bocas, mil corazones, más, que me permitieran vivir en una continua alabanza a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Pensad que el Todopoderoso, el que con su Providencia gobierna el Universo, no desea siervos forzados. Prefiere hijos libres”. Ésta es la respuesta a la acuciante pregunta: ¿Por qué Dios nos ha hecho libres, con el riesgo de todas las consecuencias de lucha permanente entre el bien y el mal que de ello se derivan?

La libertad -que en no pocos pensadores modernos se malogra al ser entendida como una libertad que es fundamento y no es fundada, como autonomía antropocéntrica, como soledad individualista y autárquica- recupera en las enseñanzas de San Josemaría su lugar teológico originario, ya que el señorío le viene al hombre de su ser a imagen y semejanza de Dios. Al hablar de la imagen de Dios en el hombre, que según Pannenberg es uno de los temas importantes que el cristianismo -en su característico “exceso”- aporta al humanismo, Tomás de Aquino se refiere en varias ocasiones a la libertad, al “dominium sui actus”, siguiendo a San Juan Damasceno (por ejemplo, en el prólogo de la S.Th. I-II). Ciertamente la criatura humana es imagen de Dios con la inteligencia, pero este aspecto parece ser sólo un primer momento ordenado a su vez al señorío y la autodeterminación propios de la trascendencia del dinamismo espiritual. La imagen de Dios en las personas creadas se halla sobre todo en la libertad. Dios crea por amor sujetos semejantes a Sí: personas angélicas y humanas dotadas de un autodinamismo limitado, concedido de manera participada por Dios como difusión de una semejanza suya que procede de la Plenitud de Ser que Él es.

Hombres y mujeres son sujetos con una creatividad participada -con una dignidad y una tarea expresadas en el Génesis- que se realiza a la vez con el cuidado y servicio amoroso referido al mundo y a los demás mediante el trabajo, y con la misión de llenar la Tierra mediante el amor conyugal y la familia. A San Josemaría le gusta recurrir al pensamiento de Tomás de Aquino a propósito de este don de la libertad: “He aquí el grado supremo de dignidad en los hombres: que por sí mismos, y no por otros, se dirijan hacia el bien”; “Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo XV, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección”. Alejandro Llano observa con acierto que esta inserción teológica, arraigada en la tradición agustiniana y tomista, permite a San Josemaría comprender con radicalidad la libertad humana y a la vez no retroceder ante el desafío antropocéntrico de la modernidad, sino -al contrario- denunciar sus insuficiencias precisamente al desarrollar sus ignoradas potencialidades.

 

4.2. La libertad del hombre como criatura

 

Dentro de este contexto teológico de unidad de lo sobrenatural y de lo natural, respetando siempre su distinción, en muchos lugares San Josemaría resalta el aspecto natural de la libertad como el mayor don de Dios en el plano humano o creatural: “No podríais realizar ese programa de vivir santamente la vida ordinaria si no gozarais de toda la libertad que os reconocen -a la vez- la Iglesia y vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es esencial en la vida cristiana”.

Ese talante humano de amor a la libertad le conduce a valorar toda afirmación justa de libertad, venga de donde venga, como en la ocasión relatada en este texto paradigmático: “En 1939, recién acabada la guerra civil española, dirigí en las proximidades de Valencia un curso de retiro espiritual, que tuvo lugar en un colegio universitario de fundación privada. Había sido utilizado, durante la guerra, como cuartel comunista. En uno de los pasillos, encontré un gran letrero, escrito por alguno no conformista, donde se leía: cada caminante siga su camino. Quisieron quitarlo, pero yo les detuve: dejadlo -les dije-, me gusta: del enemigo, el consejo. Desde entonces, esas palabras me han servido muchas veces de motivo de predicación. Libertad: cada caminante siga su camino. Es absurdo e injusto tratar de imponer a todos los hombres un único criterio, en materias en las que la doctrina de Jesucristo no señala límites”.

Pero el fundador del Opus Dei no concibe la dimensión antropológica natural como una simple capacidad electiva limitada a la inmanencia terrena, sino que la ve dotada de una esencial ordenación a Dios. Y así puede afirmar: “Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su libre albedrío (Ecclo XV, 14). Esto no sucedería si no tuviese libre elección. Somos responsables ante Dios de todas las acciones que realizamos libremente. No caben aquí anonimatos; el hombre se encuentra frente a su Señor, y en su voluntad está resolverse a vivir como amigo o como enemigo”. Es más, la libertad adquiere su sentido cuando se la acepta en toda su realidad y alcance como libertad sobre todo ante Dios, y luego ante las demás personas.

De ahí que San Josemaría se rebele enérgicamente ante quienes no están dispuestos a admitir plenamente la libertad y quieren privar al hombre de ese “espacio de servicio” en que se desarrolla el ser libre.

“Yo he presenciado, en ocasiones, lo que podría calificarse como una movilización general, contra quienes habían decidido dedicar toda su vida al servicio de Dios y de los demás hombres. Hay algunos que están persuadidos de que el Señor no puede escoger a quien quiera sin pedirles permiso a ellos, para elegir a otros; y de que el hombre no es capaz de tener la más plena libertad, para responder que sí al Amor o para rechazarlo”. San Josemaría es muy firme en defender la libertad como don natural presupuesto por el orden de la gracia: “Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre -nos dice la Escritura- en manos de su albedrío (Ecclo XV, 14)”.

También la libertad de las conciencias parece encontrarse principalmente en el plano de la dignidad creatural, si bien será reforzada por la gracia como libertad de los hijos de Dios: “He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad”. Josemaría Escrivá suele escribir en plural la libertad de las conciencias, para subrayar que se refiere a la conciencia de todas y cada una de las personas y no a la conciencia en cuanto tal, que tiene su medida en la sabiduría y en el amor divinos. Me he permitido abundar en estos textos porque, a mi modo de ver, reflejan una visión específicamente “católica” del valor del plano creatural, como ha sido reafirmado por Juan Pablo II en la Encíclica Fides et ratio a propósito de la razón y de la justa autonomía de la filosofía. En algunos de ellos se puede apreciar la mentalidad jurídica del autor, que al pensar también en términos de dignidad humana y de justicia, tiende a no olvidar ni minusvalorar el orden natural. Baste este ejemplo de defensa de la libertad de cada conciencia: “Tanto en lo apostólico como en lo temporal, son arbitrarias e injustas las limitaciones a la libertad de los hijos de Dios, a la libertad de las conciencias o a las legítimas iniciativas. Son limitaciones que proceden del abuso de autoridad, de la ignorancia o del error de los que piensan que pueden permitirse el abuso de hacer discriminaciones nada razonables”.

Está en juego el sentido de la vida humana y de la historia, si no se quiere reducir todo a una pieza de teatro irreal. “Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego. Cada hombre ha de hacer la experiencia de su personal autonomía, con lo que eso supone de azar, de tanteo y, en ocasiones, de incertidumbre”. La libertad, en su dimensión natural, aparece como un don divino peculiar e inalienable de toda persona, íntimamente vinculado a su dignidad. Esa libertad tiene un aspecto básico de capacidad de elección y de iniciativa; pero ese poder, a su vez, está orientado hacia una finalidad: nos permite servir a Dios y a los demás, porque queremos, sin coacción alguna. Estos dos aspectos están presentes en los textos analizados de tal modo que no se hace una separación, sino que se intenta ver la unión entre ambos. Así sucede también en San Agustín, para quien la libertad en su sentido más pleno está en la orientación hacia Dios.

San Josemaría muestra, con un estilo muy existencial y vivo, la esterilidad y la irracionalidad del no querer comprometerse: su carácter de algún modo antinatural. Habla de esterilidad porque “esas almas -las habéis encontrado, como yo- se dejarán arrastrar luego por la vanidad pueril, por el engreimiento egoísta, por la sensualidad. Su libertad se demuestra estéril, o produce frutos ridículos, también humanamente. El que no escoge -¡con plena libertad!- una norma recta de conducta tarde o temprano se verá manejado por otros, vivirá en la indolencia -como un parásito-, sujeto a lo que determinen los demás. Se prestará a ser zarandeado por cualquier viento, y otros resolverán siempre por él. (…) ¡Pero nadie me coacciona!, repiten obstinadamente. ¿Nadie? Todos coaccionan esa ilusoria libertad, que no se arriesga a aceptar responsablemente las consecuencias de actuaciones libres, personales. Donde no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio de la propia libertad: allí -a pesar de las apariencias- todo es coacción. El indeciso, el irresoluto, es como materia plástica a merced de las circunstancias; cualquiera lo moldea a su antojo y, antes que nada, están ahí las pasiones y las peores tendencias de la naturaleza herida por el pecado”. Esta descripción tiene gran actualidad en nuestra época, en la que mucha gente se deja llevar por una libertad a la que San Josemaría llama “libertinaje”.

En esa esclavitud que proviene de responder “no” a Dios, se actúa también contra la razón, como afirma Santo Tomás de Aquino: “El hombre es racional por naturaleza. Cuando se comporta según la razón, procede por su propio movimiento, como quien es: y esto es propio de la libertad. Cuando peca, obra fuera de razón, y entonces se deja conducir por impulso de otro, sujeto en confines ajenos, y por eso el que acepta el pecado es siervo del pecado (Ioh VIII, 34)”. El que quiere reservarse la libertad sin ejercerla en la entrega es esclavo de sí mismo y acaba siendo esclavo de los demás, de muchas cosas externas, de las que debería ser dueño como hijo de Dios. Es el camino de la infelicidad aquí abajo y luego para siempre. No es libertad, sino libertinaje.

Clásicamente se ha llamado libertad psicológica a la capacidad de elegir y libertad moral, a esa mayor capacidad operativa que surge del buen ejercicio de la libertad con la formación de hábitos, en los que se condensan las elecciones buenas realizadas. En la filosofía contemporánea, han tenido lugar otros acercamientos significativos hacia una libertad más profunda que la mera capacidad de elección. Así, la distinción de Isaiah Berlin entre una libertad negativa (“libertad de” coacciones, interferencias, imposiciones) y una libertad positiva (“libertad para” hacer o ser algo, para proyectar y comprometerse) supuso un enriquecimiento en el diálogo entre los filósofos de la política. La libertad positiva es una concepción más alta que responde a la creatividad propia de la persona humana, pero todavía no llega al punto más alto que Cristo ha traído al mundo ampliando las perspectivas humanas, con ese “exceso” característico del cristianismo.

Pese a su fuerte paradoja, la cruz -con sus dimensiones de entrega, sacrificio, perdón, compromiso, aparente fracaso…- encuentra en el corazón humano una intensa resonancia, porque ya en el plano humano el nivel más alto de libertad se manifiesta en la capacidad creativa desinteresada, en amar el bien en sí independientemente de que lo sea para mí, en la amistad y benevolencia de querer a las personas, en razón de su bondad y dignidad innatas.

Recordando una obra de Robert Spaemann, el hombre alcanza su plenitud, y con ella su felicidad (Glück), en la benevolencia (Wohlwollen) hacia los demás, queriendo su bien en cuanto tal. También Carlos Cardona ha hecho de la relación entre ser, libertad y amor de benevolencia el núcleo de su obra más lograda desde el punto de vista propositivo: la Metafísica del bien y del mal. En ella sostiene que la libertad es una característica trascendental del ser del hombre; es el núcleo de toda acción realmente humana y lo que confiere humanidad a todos sus actos. El acto primero y fundamental de la libertad consiste en decidirse, con un amor electivo, por el bien en sí mismo, con lo que se supera el amor natural hacia el bien para mí. Significa, por tanto, un éxtasis, con el que se sale de sí mismo. Alejandro Llano, aun apreciando los sentidos de “libertad de” y “libertad para” propuestos por Isaiah Berlin, piensa que no bastan y que hay un tercer sentido, al que llama “libertad de sí mismo”, que es vaciamiento de uno mismo, kénosis y apertura amorosa a los otros.

 

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