la libertad ganada por Cristo en la cruz (II)


Enseñanza de Josemaría Escrivá: la libertad ganada por Cristo en la cruz (II)
Aproximación teológica a algunas enseñanzas del fundador del Opus Dei sobre la libertad
Mons. Lluís Clavell. Publicado en la revista ROMANA (33), fascículo 2º de 2001 03/07/2003

 

El jueves 26 de junio de 2003 se celebró, por primera vez, la festividad de San Josemaría Escrivá de Balaguer. Coincidiendo con la primera celebración dedicada al fundador del Opus Dei desde que fue canonizado el 6 de octubre de 2002, estamos publicando en 4 partes semanales un amplio trabajo de Lluís Clavell. Ésta es la segunda y, por tanto, quedará completado en nuestras dos próximas ediciones, con fechas 10 y 17 de julio.

“Nuestra única finalidad es espiritual y apostólica, y tiene un resello divino: el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. IV, 31)”.

3. La libertad de los hijos de Dios y su relación con la Cruz

 

El pensamiento de San Josemaría Escrivá se refiere a la libertad personal y a sus consecuencias: a la libertad radical o fundamental y a las libertades aplicadas, por decirlo con una expresión bastante usual. Son dos aspectos que se entrecruzan y son inseparables. Como he dicho al principio, uno de los méritos del Fundador del Opus Dei consiste precisamente en haber unido doctrina y vida en este tema como en muchos otros y, por tanto, en haber puesto de relieve bastantes concreciones de la libertad en diversos campos, en unos momentos en los que la tendencia general de la cultura no iba en ese sentido. En la bibliografía a la que he recurrido para entrar en este tema, abundan las reflexiones sobre estos puntos. Sin embargo, no hay en esos escritos un estudio que afronte directamente la relación entre la libertad y la Cruz, que será el objeto central de este artículo.

Algunos textos invitan a hacerlo. Por ejemplo, entre otros, esta declaración del autor en la primavera de 1974 afirmando que el elemento más decisivo de su amor a la libertad es la muerte de Cristo en la Cruz: “Amo la libertad de los demás, la vuestra, la del que pasa ahora mismo por la calle, porque si no la amase, no podría defender la mía. Pero ésa no es la razón principal. La razón principal es otra: que Cristo murió en la Cruz para darnos la libertad, para que nos quedáramos in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. VIII, 21)”.

San Josemaría usaba mucho la expresión “la libertad de los hijos de Dios”. De este modo ponía el acento en la relación de la libertad con la filiación divina, que Dios le había hecho ver como fundamento de su vida espiritual. Por eso decía: “¡Cada día aumentan mis ansias de anunciar a grandes voces esta insondable riqueza del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios! (Rom. VIII, 21)”. Pero igualmente característico es su modo de ver la libertad como don divino que nos llega a través de la Cruz. Así escribe sobre “el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. IV, 31)”. A veces aparecen juntos los dos aspectos: la libertad de los hijos de Dios y la referencia a Cristo redentor en la Cruz, remitiendo a los textos paulinos ya citados de Romanos y Gálatas: “Hijos míos, somos una numerosa y variadísima familia, que crece y se desarrolla in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. VIII, 21), qua libertate Christus nos liberavit (Galat. IV, 31), en la libertad gloriosa que Jesucristo nos ha adquirido redimiéndonos de toda servidumbre. Nuestro espíritu es de libertad personal”.

En su modo de pensar la conexión entre libertad y Cruz, confluyen su estudio de la teología, la meditación personal, algunas experiencias espirituales especialmente intensas y, sobre todo, su sentido de la filiación divina. Por este motivo, algunos de los textos más incisivos se encuentran en escritos que manifiestan muy directamente el encuentro personal de San Josemaría con Cristo, como son sus comentarios a las estaciones del Via Crucis y a los misterios dolorosos de Santo Rosario.

 

3.1. Estar en la Cruz es ser Cristo y, por tanto, hijo de Dios

Antes de entrar en esos textos y para enmarcarlos, quisiera referirme a una profundización de San Josemaría expuesta en una meditación del 28 de abril de 1963. Son palabras que muestran la densidad antropológica y teológica de su oración: “Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps. II, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios”.

El fundador del Opus Dei se refiere a un período de grandes tribulaciones interiores y exteriores. Pero en esos momentos, no le falta el consuelo del Señor. Precisamente entonces Dios le concede nuevas luces sobre la misión recibida. Una de ellas tiene lugar el 7 de agosto de 1931 y se refiere a la Cruz. Durante la Santa Misa, en el momento de la elevación de la Sagrada Hostia, el Señor pone en su pensamiento las palabras del Evangelio de San Juan, “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum” (Jn 12, 32), con un significado preciso: “Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas”. Se trata de una iluminación sobre el modo de colaborar, mediante nuestro trabajo, con la acción de Cristo en la Cruz que atrae todo hacia Sí y hacia el Padre. El cristiano, santificando su existencia secular ordinaria, hace presente la exaltación redentora de Cristo.

Poco tiempo después, el 16 de octubre de 1931, tiene lugar el hecho al que se refería en la meditación del 28 de abril de 1963: “Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (…). Probablemente hice aquella oración en voz alta. Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron de tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca”.

Como hemos anunciado, con el paso de los años, San Josemaría ve esa intervención divina con mayor hondura. El texto de 1963 ya citado contiene el núcleo de su profundización: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios”. Las luces recibidas de Dios, entreveradas con los sucesos de su vida, le han llevado al descubrimiento personal de que estar en la Cruz es ser Cristo y, por tanto, hijo de Dios.

Esta formulación tan concisa es de una notable densidad teológica. En ella la filiación divina queda vinculada a la identificación con Cristo, al ser ipse Christus. Ese ser Cristo tiene un sentido sacramental. Por el bautismo y por los demás sacramentos, mediante la acción del Espíritu Santo, el hombre deviene Cristo, se hace cristiforme, miembro de Cristo. Pero además, esa realidad de la nueva criatura se proyecta en toda la vida y tiende a crecer y a manifestarse en todas las acciones, actuando como Cristo o, dicho de otro modo, dejando -mediante nuestra libertad- que Cristo actúe en nosotros, juntamente con la fuerza operativa del Paráclito.

Por eso, así como el momento culminante de la obediencia de Cristo a la voluntad del Padre es su sacrificio en la Cruz, también todo cristiano se identifica especialmente con Cristo cuando lleva la Cruz detrás del Maestro. Esta identificación se actualiza y crece cada vez que, movidos por el Espíritu Santo, nos ofrecemos con Cristo al Padre en la celebración del Sacrificio eucarístico, que hace presente de nuevo en un punto del espacio y del tiempo el mismo Sacrificio del Calvario. Allí, de modo sacramental, el cristiano ejerce y refuerza su ser hijo de Dios Padre en el Hijo -somos hijos en el Hijo-, formando una sola cosa con Cristo.

No es extraño que Dios haya querido mostrar al fundador del Opus Dei la conexión entre la celebración de la Santa Misa y la identificación con Cristo, con lo que le hace sentir de algún modo el cansancio del Hijo de Dios en la Cruz: “Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: operatio Dei, trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina. A Cristo también le costó esfuerzo la primera Misa: la Cruz”.

Existen otros testimonios de diversos períodos de su vida acerca de esa intensidad y del consiguiente cansancio. De todos modos, sobre ese día mencionado, dijo: “A mí nunca me ha costado tanto la celebración del Santo Sacrificio como ese día, cuando sentí que también la Misa es Opus Dei. Me dio mucha alegría”. Dios quiso hacerle entender con mayor profundidad que la identificación con Cristo, que ejerce su libertad cumpliendo la voluntad del Padre dejándose clavar en la Cruz, tiene lugar radicalmente en la Santa Misa.

Partiendo de la Cruz y, por tanto, del Santo Sacrificio de la Eucaristía, nuestra filiación divina se prolonga en todos los actos de la existencia cotidiana vividos en obediencia amorosa a la voluntad del Padre. Entonces se realiza lo que San Josemaría afirmaba en el texto ya citado: “Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría”. El hombre siente la alegría de saberse hijo de Dios en Cristo y saborea -aun en medio del dolor- la felicidad de amar a Dios y a los demás, el gozo de saber que todas las acciones, incluso las más materiales, sirven para poner en alto la Cruz de Cristo que atrae todo hacia Sí.

3.2. La libertad del Hijo Unigénito culminada en la Cruz

Se diría que hasta ahora no ha aparecido la libertad. Ciertamente, de manera explícita no, pero en esa felicidad y alegría, en la condición de hijo de Dios y no de esclavo, se adivina el sentido más profundo de la libertad. Consideremos ahora la libertad de Cristo, expresada en el cuarto Evangelio: “Por eso mi Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla otra vez. Nadie me la arranca, sino que yo la doy de mi propia voluntad, y yo soy dueño de darla y dueño de recobrarla”. Y comenta San Josemaría: “Nunca podremos acabar de entender esa libertad de Jesucristo, inmensa -infinita- como su amor”. Estas palabras nos invitan a meternos en el claroscuro de la sabiduría y del amor de la Vida divina.

A San Josemaría le gusta considerar cómo en todos los misterios de la Revelación “aletea ese canto a la libertad”. La creación es ya “un libre derroche de amor”. Y es también el amor gratuito y libérrimo de Dios el motivo de la Redención. Su trato con cada una de las Personas divinas le lleva a exponer su visión de la economía de la salvación partiendo de la vida intratrinitaria de sabiduría y de amor, y terminando en el misterio pascual de la Muerte y Resurrección del Verbo encarnado. “Dios es Amor”. “El abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera Dios. Podemos imaginar -para acercarnos de algún modo a este misterio insondable- que la Trinidad Beatísima se reúne en consejo, en su continua relación íntima de amor inmenso y, como resultado de esa decisión eterna, el Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para acabar cosido con clavos a un madero”.

La referencia a la Vida trinitaria -con su libertad amorosa- y a las misiones visibles e invisibles del Hijo y del Espíritu Santo es una luz intensa que ilumina toda su predicación: “El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres, sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que encarnándose muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones”.

Para acercarse al misterio eucarístico -al hacerse presente una y otra vez el único Sacrificio del Calvario, en el que Cristo revela de modo máximo el amor misericordioso- San Josemaría parte también del amor y libertad propios de la vida trinitaria: “Esta corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. (…) Hablaba de corriente trinitaria de amor por los hombres. Y ¿dónde advertirla mejor que en la Misa? La Trinidad entera actúa en el santo sacrificio del altar. (…) Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora”.

La libertad de Cristo, en la predicación de San Josemaría Escrivá, se entiende en este contexto del amor trinitario. El Hijo tiene el mismo señorío, amor y libertad que el Padre, porque es de su misma naturaleza. Su amor al Padre le lleva a ejercitar ese señorío y dominio cumpliendo la voluntad del Padre. Libertad y señorío que se traducen en servicio y donación desde el nacimiento hasta la Cruz. En el nacimiento se revela esta lógica de la libertad divina, que lleva a la donación y a la kénosis, que interpela a la libertad de cada hombre. “Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad”.

La libertad como donación por parte de Dios contiene la paradoja fundamental del cristianismo: el anonadamiento y kénosis del Verbo; paradoja que llega a su tensión más alta en la Cruz, donde Cristo ejercita de modo sublime y con libertad plena su amor infinito a la voluntad del Padre y a la liberación de todos los hombres mediante su Pasión y Muerte, que le llevará a la victoria de la Resurrección. La corriente trinitaria de amor llega al colmo en la Pasión. “Cuando llega la hora marcada por Dios para salvar a la humanidad de la esclavitud del pecado, contemplamos a Jesucristo en Getsemaní, sufriendo dolorosamente hasta derramar un sudor de sangre (Cfr. Lc XXII, 44), que acepta espontánea y rendidamente el sacrificio que el Padre le reclama”. Esta aceptación espontánea y rendida es ejercicio altísimo de la libertad y del señorío de querer servir a toda la humanidad.

Por eso, en la meditación personal de San Josemaría sobre la Pasión, aparecen los textos quizá más sublimes sobre la libertad de Cristo como donación absoluta y como revelación del amor trinitario que está por encima de todo mal. Así, en su comentario a la IX estación del Via Crucis, se expresa de modo muy intenso la paradoja de la libertad de Cristo en la Cruz: “Al llegar el Señor al Calvario, le dan a beber un poco de vino mezclado con hiel, como un narcótico, que disminuya en algo el dolor de la crucifixión. Pero Jesús, habiéndolo gustado para agradecer ese piadoso servicio, no ha querido beberlo (cfr. Mt XXVII, 34). Se entrega a la muerte con la plena libertad del amor” .

En la XII estación, que contempla la muerte del Hombre-Dios en la Cruz, San Josemaría Escrivá sigue mirando a Cristo en su libre donación: “Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte. Con ademán de Sacerdote Eterno, sin padre ni madre, sin genealogía (cfr. Heb VII,3), abre sus brazos a la humanidad entera”. En ocasiones decía que era el Amor -más que los clavos- lo que había cosido a Cristo en la Cruz.

En el comentario del 5º misterio doloroso del Santo Rosario, la Cruz aparece como lugar de triunfo: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos, tiene dispuesto el trono triunfador. Tú y yo no lo vemos retorcerse, al ser enclavado: sufriendo cuanto se pueda sufrir, extiende sus brazos con gesto de Sacerdote Eterno”. San Josemaría parece seguir de algún modo la presentación de la Pasión de Cristo en el cuarto Evangelio, donde San Juan quiere expresar la libertad, el dominio de Jesús que se entrega libremente, y a la vez quizá se inspira en la iluminación divina ya referida de la exaltación de Cristo en la Cruz para atraer a todos, y que revela un aspecto nuevo de Juan 12, 32. La Cruz infamante se convierte en trono desde el que Cristo reina: “Pero la Cruz será, por obra de amor, el trono de su realeza” (II estación del Via Crucis).

San Josemaría Escrivá invita a descubrir, en la libertad del amor con que Jesús lleva la Cruz sobre sus espaldas, un modelo para adquirir la propia libertad. “Mira con qué amor se abraza a la Cruz. -Aprende de Él-. Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús. Pero no lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz” (4º misterio doloroso de Santo Rosario). El cristiano crece en libertad en la medida en que ama la Cruz. Entonces va teniendo lugar en cada uno la liberación que Cristo nos ha conseguido.

En estos textos se ha puesto de manifiesto cómo la libertad de Cristo se expresa en el amor total -locura de amor, repite muchas veces el fundador del Opus Dei- a la voluntad del Padre. Es la “plena libertad del amor” del Hijo Amado. Hay otros pasajes donde esta conexión entre la libertad amorosa de Jesús y su filiación al Padre es todavía más explícita y hace pensar en una oración muy intensa y en una realidad vivida por San Josemaría: “Jesús ora en el huerto: Pater mi (Mt XXVI,39), Abba, Pater! (Mc XIV,36). Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre… Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater,…fiat!”.

La oración de Josemaría Escrivá aquel 16 de octubre de 1931 le ayuda aquí a penetrar más profundamente en el doloroso diálogo de Jesús con el Padre en el Huerto de los Olivos. La tentación del sinsentido del dolor se supera con la libertad del amor, con el abrazo a la voluntad de Dios Padre para servir a todos los hombres, enseñándoles el sentido más hondo de su ser libres. Después de la oración en Getsemaní, Jesús se entrega libremente: “El Prendimiento:… venit hora: ecce Filius hominis tradetur in manus peccatorum (Mc XIV,41)… Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? ¡Sí, y Dios su eternidad!…¡Cadenas de Jesús! Cadenas, que voluntariamente se dejó Él poner, atadme, hacedme sufrir con mi Señor, para que este cuerpo de muerte se humille… Porque -no hay término medio- o le aniquilo o me envilece. Más vale ser esclavo de mi Dios que esclavo de mi carne”. De nuevo la paradoja entre las cadenas y la libertad. Sin esas cadenas, sin un compromiso de amor y de servicio, queda sólo la esclavitud al propio yo.

Me he detenido en el momento culminante de la Pasión y Muerte -inseparable de la Resurrección y Ascensión y del posterior envío del Espíritu Santo en la mañana de Pentecostés-, pero vale la pena recordar que toda la vida de Jesús está impregnada de esta libertad amorosa del Hijo que no tiene otro deseo que manifestar el amor misericordioso del Padre. Tomo aquí sólo un ejemplo: el de la vida oculta de la Sagrada Familia en Nazaret, muy querido por San Josemaría, porque la luz recibida de Dios acerca de la santidad en la vida ordinaria le llevó a descubrir el valor redentor de esos largos años, que no se limitan a ser una preparación para la misión pública, sino que son ya en sí mismos salvadores. Jesús obedece a María y a José: “erat subditus illis (Lc II, 31), obedecía. Hoy que el ambiente está colmado de desobediencia, de murmuración, de desunión, hemos de estimar especialmente la obediencia. Soy muy amigo de la libertad, y precisamente por eso quiero tanto esa virtud cristiana. Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la voluntad de nuestro Padre”.

La contraposición entre libertad y obediencia, cuando en ésta se manifiesta de un modo u otro la voluntad de Dios, suele ser señal de una visión todavía pobre de la libertad, como capacidad de elegir desprovista de su sentido y finalidad. La libertad de Cristo manifestada en la obediencia al Padre durante toda su existencia muestra la clave de su biografía terrena desde Nazaret hasta la Cruz e ilumina el sentido de nuestra propia libertad como respuesta amorosa a la libertad divina.

 

3.3. La libertad de los hijos de Dios orientada a la entrega de sí

La libertad del amor trinitario que se manifiesta en la vida de Jesucristo tiene una doble eficacia con respecto a nosotros. Por una parte nos revela el sentido más profundo y radical de nuestro ser personas y de nuestra libertad. El Concilio Vaticano II ha tratado este punto no sólo por lo que se refiere a nuestro ser, sino también a nuestra libertad: “Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Ioh 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”.

Por otro lado, Cristo nos consigue la gracia divina y así el hombre, que a causa del pecado se hallaba con la libertad disminuida como capacidad de amar y de corresponder a la libertad y al amor divino, puede recuperar esa pérdida gracias a la libertad de Cristo, de la que surge el amor que vence todo mal y toda esclavitud. La libertad que Cristo nos consiguió en la Cruz es el gran don de ser hijos del Padre y de poder amar a Dios y, por Él, a las demás personas creadas. Entonces se ve que la libertad no se contrapone a la entrega, sino que en ella encuentra su razón de ser: “Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad. Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad”.

Estamos ante un punto de gran importancia. La libertad es para la entrega, de tal modo que la donación de sí es el acto más propio y adecuado de la libertad, como manifiesta de modo sublime la respuesta de María al recibir el anuncio del Ángel: “Nuestra Madre escucha, y pregunta para comprender mejor lo que el Señor le pide; luego, la respuesta firme: fiat! (Lc I, 38) -¡hágase en mí según tu palabra!-, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios”. Una vez más, la paradoja -esta vez en María- entre declararse esclava del Señor y adquirir el mayor señorío y la mayor libertad.

Lógicamente, esto se entiende bien sólo desde la verdad de nosotros mismos. Sabernos hijos de Dios nos permite ser libres. “Saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas la cosas”.

La filiación divina permite entender y vivir la libertad. Incorporados a Cristo, de algún modo formamos una sola cosa con Él, y en Él participamos como hijos adoptivos en las procesiones eternas intratrinitarias del Hijo y del Espíritu Santo. Los “hijos en el Hijo” participamos -de manera finita- de ese señorío, tenemos la libertad de los hijos. No somos esclavos ni siervos, sino hijos y amigos que conocemos los secretos del Padre comunicados por el Hijo -participando en la filiación del Verbo encarnado- y amamos a Dios Padre y a todas las personas por la participación en el Espíritu Santo, Amor recíproco entre el Padre y el Hijo. “La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres”. La búsqueda de la infinitud que de un modo u otro todo hombre y toda mujer se empeñan en alcanzar, deja de ser la “mala infinitud” hegeliana y se convierte en la adhesión al único Infinito.

La objeción que, quizás hoy con más intensidad que ayer, todo hombre se plantea es: “¿responder que sí a ese Amor exclusivo no es acaso perder la libertad?”. Esa pregunta surge sobre todo ante el dolor y el esfuerzo que conlleva un amor total y sin condiciones. Pero también ante el vaciamiento o pérdida de sí mismo que parece tan contrario a los ideales de libertad y autenticidad. En cierto modo, la respuesta se obtiene de modo convincente sólo con la experiencia de decidirse a buscar ese Amor: “Amar es… no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena… y a la vez propia”. Sólo entonces se entiende bien y se saborea la propia libertad. “El alma enamorada conoce que, cuando viene ese dolor, se trata de una impresión pasajera y pronto descubre que el peso es ligero y la carga suave, porque lo lleva Él sobre sus hombros, como se abrazó al madero cuando estaba en juego nuestra felicidad eterna (cfr. Mt XI, 30).

La libertad sólo manifiesta todo su sentido y supera las paradojas cuando se descubre como don divino, con el que podemos colaborar con Dios. Es verdad que todos podemos sentir, y de hecho sentimos a veces, rebeldía, y entonces no comprendemos “que la Voluntad divina, también cuando se presenta con matices de dolor, de exigencia que hiere, coincide exactamente con la libertad, que sólo reside en Dios y en sus designios”. Aun así vale la pena recordar que, en definitiva, la exigencia de amar de modo total y pleno es bien conforme a nuestra naturaleza.

3.4. La libertad del hijo de Dios, obra de las tres Personas divinas

Para finalizar esta parte central del estudio dedicada a la libertad en su dimensión de don sobrenatural anejo a la filiación divina, quisiera presentar algunas formulaciones de San Josemaría en las que se acentúa este aspecto propio de la libertad que nos viene de la redención y elevación a la condición de hijos de Dios, mediante la gracia ganada por Cristo en la Cruz y difundida en nosotros por el Espíritu Santo, es decir de nuestra participación en la vida trinitaria. A este respecto, se puede recordar que en el Nuevo Testamento el término “libertad” (eleuthería) no significa sólo un estado o una situación opuesta a la esclavitud, sino que se refiere a la condición ontológica de los hijos de Dios. Esta condición es fruto de la acción de la Santísima Trinidad, que se manifiesta en la referencia a una u otra Persona divina, según cada contexto en los escritos neotestamentarios.

Han aparecido ya algunos de los numerosísimos textos de San Josemaría que se refieren a esa libertad de los hijos de Dios y que, por tanto, miran especialmente a Dios Padre aunque, como es obvio, la remisión al capítulo VIII de la Carta de San Pablo a los Romanos (in libertatem filiorum Dei: cfr. Rom VIII, 21) conlleva la acción inseparable de Cristo y del Espíritu Santo. La libertad que nos concede Dios Padre no es una libertad cualquiera, sino precisamente la libertad de los hijos de Dios.

En otras ocasiones se expresa la dimensión cristológica con la referencia a Gálatas IV, 31, como en estas palabras ya citadas: “la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz”. O bien aparecen juntas las referencias a los textos de Romanos y Gálatas, como en el siguiente pasaje también citado anteriormente: “somos una numerosa y variadísima familia, que crece y se desarrolla in libertatem gloriae filiorum Dei (Rom. VIII, 21), qua libertate Christus nos liberavit (Galat. IV, 31), en la libertad gloriosa que Jesucristo nos ha adquirido redimiéndonos de toda servidumbre”. Dios Padre es fuente de nuestra libertad mediante la Encarnación del Hijo unigénito y el envío del Amor consustancial del Padre y del Hijo.

Abundan también las referencias directas al Espíritu Santo, que es siempre el Espíritu de Cristo, especialmente cuando San Josemaría quiere aludir a los variadísimos modos con que actúa el Paráclito, siempre adecuados a cada alma: “nuestra diversidad no es, para la Obra, un problema: por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno, porque ubi autem Spiritus Domini, ibi libertas (II Cor. III, 17); donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”.

Todas estas afirmaciones se mueven dentro del núcleo central de la Revelación divina constituido por el mismo Dios Tripersonal, por la Encarnación del Verbo que nos redime y por el envío del Espíritu Santo. En términos de la teología de Santo Tomás de Aquino, la historia de la humanidad está profundamente marcada por el pecado original y por los pecados personales, pero con la gracia divina conquistada por Cristo con su Muerte en la Cruz y su Resurrección, se pasa de la esclavitud de la propia miseria a la libertad de los hijos. El hombre es sanado y elevado por la gracia, haciéndose partícipe del Verbo y del Espíritu Santo, para poder libremente conocer a Dios con verdad y amarle con rectitud: “fit particeps divini Verbi et procedentis Amoris, ut possit libere Deum vere cognoscere et recte amare”.

La acción gratuita que Dios realiza “hacia fuera” divinizando las personas humanas tiene un término ad intra, ya que introduce a cada mujer y a cada hombre cristianos en la vida trinitaria como “hijos en el Hijo”. Esta acción es un nuevo nacimiento ex Spiritu Sancto que implica una novedad de ser, no en cuanto acto de la esencia sino en cuanto acto fundante de la relación del hombre con Dios, de manera que el cristiano es relativo al Padre en el Hijo y por el Espíritu Santo (esse ad Patrem in Filio per Spiritum Sanctum ). No se trata de tres relaciones distintas, sino de una relación triple, dirigida a las tres Personas divinas. El cristiano es hijo de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo.

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