la libertad ganada por Cristo en la cruz (I)


PENSAMIENTO Y ACCIÓN
Enseñanza de Josemaría Escrivá: la libertad ganada por Cristo en la cruz (I)
Aproximación teológica a algunas enseñanzas del fundador del Opus Dei sobre la libertad
Mons. Lluís Clavell. Publicado en la revista ROMANA (33), fascículo 2º de 2001 26/06/2003

El jueves 26 de junio de 2003 se celebró, por primera vez, la festividad de San Josemaría Escrivá de Balaguer. Coincidiendo con la primera celebración dedicada al fundador del Opus Dei desde que fue canonizado el 6 de octubre de 2002, publicamos en 4 partes semanales este trabajo de Lluís Clavell. Por tanto, quedará completado en nuestras tres próximas ediciones, con fechas 3, 10 y 17 de julio.

“Nuestra única finalidad es espiritual y apostólica, y tiene un resello divino: el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. IV, 31)”.

 

1. Introducción

La libertad es un tema tan central, en la vida y en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá, que solía recordar en muchas ocasiones a quienes el Señor llamó con su misma vocación: “Os dejo como herencia, en lo humano, el amor a la libertad y el buen humor”. Este amor a la libertad se advierte ya desde el comienzo mismo de la misión recibida de Dios, y es considerado por San Josemaría un resello divino. No existe solución de continuidad a lo largo de su vida. En la primavera de 1974, un año antes de que el Señor le llamara a Sí, en un encuentro con jóvenes de muchas naciones, expresaba las mismas convicciones de modo informal, con viveza y simpatía: “En el siglo pasado, nuestros abuelos -los míos, digamos vuestros bisabuelos- eran tan encantadores que luchaban de verdad por la libertad personal. (…) Tenían toda una ilusión romántica, se sacrificaban y luchaban por alcanzar esa democracia con la que soñaban, y una libertad personal con responsabilidad personal. Así hay que amar la libertad: con responsabilidad personal. (…) Voy como Diógenes con el farol, buscando la libertad y no la encuentro en ninguna parte (…). Pienso que soy el último romántico, porque amo la libertad personal de todos -la de los no católicos también-“.

Un elemento central de su pensamiento es la convicción de que en lo humano el mayor don recibido de Dios es la libertad y que esa es la característica principal de las personas. Pero San Josemaría fue maestro de libertad no de modo sólo teórico o especulativo, sino en cuanto que vivió intensamente la libertad y la defendió con constancia heroica. Así lo han testimoniado muchas personas que le conocieron, y de modo particular sus sucesores al frente del Opus Dei, los Obispos Mons. Álvaro del Portillo y Mons. Javier Echevarría. También han destacado este rasgo fuerte de San Josemaría las diversas semblanzas publicadas desde 1975 y la biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada.

Los escritos de San Josemaría no contienen una pura teoría sobre la libertad, sino que ponen sobre el papel cómo la comprendió a fuerza de hechos concretos de su propia vida. Yo diría que su estilo es más existencial y autobiográfico que especulativo, y revela una singular clarividencia, rapidez y profundidad de intuición intelectual. El filósofo italiano Cornelio Fabro, que le llamó “maestro de libertad cristiana”, ha titulado un estudio sobre las publicaciones de San Josemaría con las palabras Con el temple de los Padres, para señalar su semejanza con las obras de los Padres de la Iglesia. En la patrística se advierte una fuerte unión entre vida y doctrina: se empieza a desarrollar una cierta reflexión, que forma parte de la vida cristiana de los Padres, que han de transmitir fielmente la Verdad revelada, que es Vida, en las circunstancias determinadas de su tiempo.

Quizá precisamente por esas características que van más allá del ámbito académico, el Fundador del Opus Dei ha merecido la atención de estudiosos de varios saberes humanísticos: de teólogos, filósofos, juristas, pedagogos, etc. En el campo filosófico-teológico en que quiere moverse mi estudio, tengo que mencionar a varios autores sin ánimo de ser exhaustivo: C. Fabro, ya citado, volvió sobre el tema en El primado existencial de la libertad; Mons. Fernando Ocáriz, con sus trabajos sobre la filiación divina; el Prof. Antonio Aranda; Carlos Cardona, tanto en sus comentarios a obras de San Josemaría como en sus propios trabajos sobre la libertad; Alejandro Llano; Leonardo Polo; Joan Bautista Torelló y otros.

 

2. Contexto histórico

Para profundizar en las enseñanzas de San Josemaría y valorarlas debidamente, es necesario ofrecer unas pinceladas breves sobre la suerte de la libertad en la cultura de su tiempo. Muchas veces su afirmación de la libertad procedía de su defensa ante hechos concretos de la vida de muchos países. Siendo un maestro de vida cristiana, percibía con profundidad los cambios de la cultura en la que vivía. Se trata aquí sólo de ofrecer un marco general de referencia.

2.1. El progresivo aprecio de la libertad

Una de las realidades más importantes en juego en los cambios culturales modernos y contemporáneos es, sin duda, la libertad junto a la autenticidad. Lo ha puesto de relieve Charles Taylor en su conocida obra Las fuentes del yo, aunque él mismo no parece concluir su diagnóstico de la modernidad.

En los últimos siglos ha tenido lugar un progresivo descubrimiento del valor y de la radicalidad de la libertad. En el plano existencial de las personas singulares y de la sociedad, se ha consolidado una fuerte conciencia de la dignidad de la persona y de sus derechos, a la vez que se ha afirmado la autonomía relativa de las realidades terrenas. En el centro de todo este proceso, se encuentra la experiencia vivida de la libertad, en el plano personal y en el de la vida social y política. Esta mayor conciencia del alcance de la libertad y de su valor se refleja en los textos jurídicos, en la literatura y en los desarrollos especulativos. A mi modo de ver, se trata de un largo proceso de maduración de algunas verdades cristianas que ha requerido siglos de historia para manifestar cada vez más plenamente sus virtualidades.

Como es lógico, la profundización en la libertad ha estado siempre acompañada de escorias relacionadas con el pecado. En el orden teórico, muchos filósofos tienden -a mi juicio, acertadamente- a ver la libertad como centro del hombre. Pero a causa de un antropocentrismo cerrado a la trascendencia, muchas veces la conciben como algo absoluto, que se fundamenta a sí mismo o que no necesita de fundamento alguno: es decir, se llega hasta el extremo de ver la libertad como fundante y no fundada. Esa autonomía antropocéntrica contiene un rechazo del realismo metafísico -profundamente humano y reforzado por el cristianismo-, de la aceptación del ser comunicado por Dios a las criaturas. El acto de ser es fuente de actividad y, cuando es de orden espiritual, es un ser personal que con el libre dinamismo se perfecciona y se dirige hacia su plenitud. Por eso sucede la extraña paradoja, frecuente en la modernidad, de una fuerte percepción de la libertad que luego se malogra tristemente de diversos modos. Se comprende, porque la libertad se pierde cuando se rechaza su fundamento metafísico, como se puede ver en dos orientaciones importantes de numerosos pensadores modernos y contemporáneos.

Así en el racionalismo, que prefiere la subjetiva claridad de las simples esencias al ser de la realidad misma, la libertad acaba reducida a la necesidad conocida del sistema, es decir a la conciencia de la propia necesidad (por ejemplo, en cuanto modos de la única sustancia, del Deus sive Natura de Spinoza). La realidad, como conjunto de esencias relacionadas a modo de sistema matemático perfectamente aferrable por la razón humana, no deja espacio a la libertad, que constituye un escándalo irracional para el sistema determinista (Leibniz). El ser, con todo el dinamismo que de él surge, ha sido rechazado al preferir unas esencias claras y distintas, más fácilmente manejables por el hombre en su dominio del mundo, porque el ser no es perfectamente disponible.

Otra forma importante y extrema del olvido y rechazo del ser acaece en las concepciones de la realidad que, en lugar de las esencias, prefieren la existencia como conjunto de hechos y acciones sin un sujeto enraizado en el ser. Posición que podría calificarse de factualismo existencialista. En este caso, la realidad se compone de hechos que se suceden sin surgir de una fuente en la que encuentran una unidad y un significado. La libertad se disuelve en la espontaneidad de actos desconectados y sin sentido. El tener que decidir -con su aneja responsabilidad- deviene un peso insoportable, una condena (Sartre). La temporalidad deja de ser una eternidad participada, para convertirse en un sucederse lúdico o esteticista de actos puntuales y aislados. También en este caso la exaltación de la libertad conduce paradójicamente a su pérdida.

2.2. La mentalidad de partido único

San Josemaría Escrivá, evitando siempre tomar posiciones políticas concretas, defendió la libertad cristiana ante lo que llamaba “mentalidad de partido único” tanto en el campo social y político como en el apostólico.

En el campo político, después de la exaltación de una libertad individualista propia del liberalismo, a lo largo del siglo XX se sucedieron ideologías y experiencias políticas que tuvieron en común la negación de la libertad personal. Totalitarismos en sentido estricto, como el comunismo y el nacionalsocialismo; y otras formas políticas de excesiva limitación de la libertad, dominadas por un partido único. Con su sentido cristiano de la libertad, San Josemaría rechazó con mucha energía esa conculcación de la persona humana y de su libertad y responsabilidad, haciéndose siempre eco de las declaraciones del Magisterio de la Iglesia en este campo.

Ante el fenómeno de masas despersonalizadas producido por estas tendencias de la vida política y por diversas causas culturales, difundió la inquietud cristiana por extraer de la masa anónima a las personas, para que asumiesen su libertad y responsabilidad personales, sin conformarse a los intentos tiránicos de sofocarlas.

2.3. Clericalismo y miedo a la libertad

También en el ámbito de la vida eclesial, se daban fenómenos de escasa conciencia de lo que supone la libertad cristiana: personas y grupos con mentalidad de partido único, en el ámbito del apostolado y de la actuación de los católicos en la vida pública; gentes que se sentían con la misión de ofrecer una única solución católica a los problemas del ámbito temporal; concepciones de la dirección espiritual como una guía que sustituía a la conciencia cristiana de cada uno de los fieles. Quizá la reacción a los excesos del liberalismo engendró en algunos ambientes estas actitudes de miedo a la libertad y de renuncia a tomarse responsabilidades.

El fundador del Opus Dei percibía claramente que se trataba de una deformación cristiana y de un oscurecimiento de la libertad. Si el clericalismo en general consiste en la indebida injerencia de los clérigos en aquellos ámbitos que son competencia de los laicos, San Josemaría supo detectar numerosas manifestaciones de este clericalismo y su relación con la mentalidad de partido único, que nace cuando se intenta ofrecer una única solución cristiana a los problemas contingentes y opinables. Su planteamiento de la vida cristiana, defendiendo la libertad de cada persona, tuvo que ir contra corriente, porque era consciente de la tentación de clericalismo presente en quien cree o dice que “baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas”.

No era un punto marginal. El fundador del Opus Dei tenía una firme convicción de que las personas afectadas por esa mentalidad no podían entender la misión que había recibido de Dios de manifestar la grandeza de la vida ordinaria.

 

2.4. Profundización católica en la libertad en el siglo XX

 

A lo largo del siglo XX, bastantes teólogos y filósofos cristianos han ido profundizando en el sentido cristiano de la libertad. Esta ganancia ha dado sus frutos en los desarrollos doctrinales del Concilio Vaticano II, en los que tiene un cierto peso la expresión paulina “la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom 8, 21). Después no han faltado extremismos en la línea de asumir un liberalismo fuerte o, en la aparentemente opuesta, de algunas formas de teología de la liberación de orientación marxista. Digo “aparentemente opuesta” porque ambas tienen una matriz común de antropocentrismo de cerrada inmanencia.

En el ámbito estrictamente académico, se ha constatado entre pensadores cristianos la tendencia a un sentido más alto de la libertad que el usual en la teología y filosofía escolásticas de la primera mitad del siglo XX. La idea de libertad como mera propiedad de la facultad volitiva espiritual producía insatisfacción y se intentaba verla como una expresión de toda la persona. Como escribe Alejandro Llano, “la decisión libre implica existencialmente al ser humano de modo más profundo y global que el propio conocimiento” o, como señala Paul Ricoeur, al decidir yo me decido, con lo que pongo en mi decisión todo el peso de mi ser.

También la noción de libertad como pura capacidad de elegir medios se mostró reductiva y muchos autores -por ejemplo, Joseph de Finance o Karol Wojtyla- subrayaron la autodeterminación o autotrascendencia hacia la perfección y la plenitud, que se manifiestan especialmente en la donación, punto en el que también convergen filósofos bastante diversos como Leonardo Polo, Carlos Cardona o Robert Spaemann.

Se quería superar una visión unilateral, puramente estática de la metafísica, y un extrinsecismo del obrar con respecto al ser. Se trataba, en el fondo, de sacar las consecuencias de la superación del formalismo y, por tanto, de verlo todo desde el punto de vista de la perfección por excelencia que es el ser, siempre que éste no sea considerado simple existencia o estado de realidad, como han mostrado Cornelio Fabro o Etienne Gilson.

La actualidad y energía del ser participado no queda completamente encerrada en los límites de la esencia, sino que hace que de ésta fluyan las potencias activas, las capacidades operativas o facultades, que tienen más razón de acto que de potencia. El ser es siempre fuente de actividad, y en Dios es idéntico a su obrar inmanente de sabiduría y de amor.

A la luz de este esfuerzo especulativo en la teología y en la filosofía, la libertad como capacidad de elegir remite a algo más fundamental, que es el ser libre de la persona. Con mayor o menor precisión, esta perspectiva se observa en no pocas obras de antropología filosófica y teológica y, en general, en el modo de abordar reflexivamente numerosos temas de la vida cristiana.

En el contexto de los “maestros de vida cristiana” del siglo XX, el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría Escrivá han tenido un influjo que los historiadores podrán determinar más adelante. Su conciencia explícita de la “libertad personal”, de la “libertad de los hijos de Dios” y de la “libertad responsable” estaba constantemente presente en sus actuaciones y palabras.

Además de los factores de su educación familiar, de su propia personalidad humana y cristiana y probablemente también de su formación jurídica, pienso que su penetración en la libertad se debe sobre todo a la luz fundacional recibida de Dios y a su propia experiencia cristiana. No parece, desde luego, tener su origen en la mentalidad dominante en el ambiente eclesiástico en que se formó, ya que, como he anotado, mucho tuvo que luchar por defender la libertad personal. En los años posteriores al Concilio Vaticano II, supo defender la libertad personal cristiana frente a las deformaciones propias de una libertad desligada de Cristo y de la verdad: las formas de teología de la liberación inspiradas en el marxismo y la reducción de la libertad a libertinaje.

Cornelio Fabro lo ha expresado así: “Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro, Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por una especie de connaturalidad -y también, sin duda, por luz sobrenatural- la noción originaria de libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación de la esclavitud del pecado, confía en el creyente en Cristo y, después de siglos de espiritualidades cristianas basadas en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obediencia una actitud y consecuencia de la libertad, como un fruto de su flor o, más profundamente, de su raíz”.

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