Liturgia de Pentecostés / Para motivar la fiesta de Pentecostés


Liturgia, Pentecostés

Conoce la liturgia de Pentecostés y algunas reflexiones de utilidad para este día

Monición de entrada

El Don del Espiritu para la Iglesia. El Espiritu presente en el inicio de la vida pública de Jesús, está presente también en el inicio de la actividad misionera de la Iglesia (1ª lect), y distribuye generosamente sus dones para el bien común (2ª lect).Es portador del don de la paz y es mensajero del perdón y del amor del Señor (Ev).

Canto de entrada. La alianza nueva. Danos, Señor, un corazón nuevo, derrama en nosotros un espíritu nuevo.

(Cantoral LitiirgicoNacional: nº 253).

Aspersión

o bien:

Acto Penitencial

· Tú, que eres el Ungido por el Espiritu.

· Tú, que pasaste haciendo el bien.

· Tú, que nos envias a ser tus testigos.

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar Hech 2,1-11.

Se líénaron del Espiritu Santo. La Iglesia naciente experimenta la efusión del Espiritu Santo y desde este momento se lanza al mundo para anunciar el mensaje de salvación rompiendo las fronteras de pueblos, razas y lenguas.

Salmo responsorial. (Sal l03, l a-b y 4ac.29bc-30.31 y 34)

R/. Envía tu Espíritu, Señor y repuebla la faz de la tierra (ó Aleluya) (Libro del Sahnista: págs. 172-173)

Segunda Lectura. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo I Cor 12,3b-7.12-13.

Los dones del Espiritu al servicio del bien común. Los carismas, gracias dadas para el bien de la comunidad eclesial, son también obra del Espiritu. Ponerlos ante Dios, para que los haga instrumentos eficaces de su gracia.

Evangelio. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo Jn 20,19-23.

El Espiritu dado para el perdón de los pecados. El Espiritu Santo comunica gozo y paz, el Espiritu conduce a los discípulos de Jesús a continuar su misión, la que É1 recibió del Padre: reconciliar a los hombres con Dios. E1 Espiritu Santo confiere la fuerza para perdonar los pecados y reconciliar.

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión. Oh Señor, envía tu Espíritu.

Oh Señor, envia tu Espíritu

que renueve la faz de la tierra.

(Cantoral Lisúrgico Nacional: n° 252)

Reflexión

Cristo ha sido glorificado y sigue presente y operante en el mundo por el Espiritu Santo. Los dones del Espíritu superan lenguas y razas, diferencias y divisiones. Sus dones que ayudan a crear actitudes de comunidad, de plegaria y de servicio. “En cada uno se manifiesta el Espiritu para el bien común”.

El cristiano es un enviado, “como el Padre me ha enviado así también os envio yo”. ¿Y a qué nos envia?:

1. A vivir y a contagiar la paz. Es un don precioso y ausente muchas veces en el mundo. Cristo y su Espíritu son fuentes de paz para que el mundo crea.

2. A experimentar el perdón y la misericordia. Todo tiene remedio y el mal puede ser vencido. El perdón y la misericordia son las actitudes de la Iglesia ante el mundo.

3. A ser constructores de la comunidad. El Espíritu de Dios se ha derramado en cada uno para lograr la unidad de todos en el amor.

Fuego vivo

“Viendo aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada unó ” (Act 2,3)

Cuando Jesús se había marchado les prometió que el Espíritu vendría para estar siempre con ellos. Una luz de esperanza quedó brillando en el corazón rudo y amedrentado de aquellos hombres. Estaban escondidos, rezando y esperando, con mucho miedo, con las puertas cerradas, atentos a cualquier ataque por sorpresa. Pero ante la fuerza de Dios no cabe cerrar las puertas. Un fuego vivo llegó como viento salvaje, abriendo violentamente las ventanas. El soplo de Dios se había desencadenado de nuevo. En la primera creación había aleteado suave sobre las aguas y sobre la faz del hombre. La luz brotó en las tinieblas y en la mirada apagada de Adán. Ahora, en la segunda creación, su aleteo es violento, de fuego incandescente. Y esos hombres, cobardes y huidizos, son abrasados por el beso de Dios, sacudidos por el Espíritu. La luz ha brillado también en las sombras de sus ojos. Y enardecidos se lanzan a la calle a proclamar las maravillas de Dios, anunciando la Buena Nueva, lo más sorprendente que jamás se haya oído.

“Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando?” (Act 2, 7)

Toda Jerusalén se ha conmovido ante aquel remolino arrollador. Una multitud corre hacia el lugar donde el viento de fuego desgajó puertas y ventanas. La sorpresa aumenta por momentos. Aquellos hombres han roto las fronteras de la lengua, y sus voces se oyen claras y sencillas en el corazón de cada hombre.

Te lo suplicamos, Señor, haz que de nuevo venga el Espíritu Santo, que de nuevo llueva del cielo ese fuego vivo que transforma y enardece. Es la única forma que existe para que tu vida, la Vida, brote otra vez en nuestro mundo corrompido y muerto… Ven, sigue soplando donde quieras, mueve a la Iglesia hacia el puerto fijado por Cristo, fortalécela, ilumínala, para que sea siempre la Esposa fiel del Cordero. Desciende de nuevo sobre un puñado de hombres que griten ebrios de tu amor. Hombres que sean realmente profetas de los tiempos modernos. Sigue viniendo siempre, aletea sobre las aguas muertas de nuestras charcas, danos fuerza para seguir llenando de luz la oscuridad de nuestro pobre y viejo mundo.

La vida del espiritu

“¡Dios mio, qué grandes eres!” (Ps 103,1)

Quisiéramos, Señor, hacer nuestras esas exclamaciones de entusiasmo que muchas veces brotan del salmista. Quisiéramos participar de su fe, de su esperanza, de su amor. Y llenarnos de exultación al mirar la grandeza de tu obra divina y prorrumpir también en exclamaciones gozosas, en bellas canciones que celebren la formidable realidad de lo divino. Sobre todo al pensar en el mundo de lo espiritual, en ese mundo invisible que, sin embargo, está ahí, a nuestro lado; con una grandeza sin parangón alguno con todo lo demás, ya que el menor bien del espíritu rebasa con mucho el mayor bien del mundo sensible y material. Para descubrir esos valores y poder gozar con su contemplación es preciso tener la mirada limpia, es necesaria la luz de Dios, la luminosa claridad del Espíritu Santo. Hoy, día de Pentecostés, repitamos con la liturgia: Ven, padre de los pobres; ven, dador de todo bien; ven, luz de los corazones.

“Les retiras el aliento y expiran ” (Ps 103,29)

Todo ser viviente, tanto animal como vegetal, participa del hálito vital que tú nos transmites. Al igual que el hombre comenzó a cobrar vida cuando tú echaste el aliento sobre su rostro, así también todo cuanto existe con vida la recibe de continuo de tu poder misterioso y sin límites. Recordemos que basta un mínimo y rápido instante para que, si Dios lo quisiera todo vuelva a la nada de donde salió. Puesto que es así, vamos a ser agradecidos con el Señor por la vida que nos ha dado, por el aliento que nos presta. Vamos a gozar de este don maravilloso con vistas a la eternidad, vamos a utilizarlo para el bien y no para el mal. Resulta horrible pensar que la mano que se mueve, gracias al movimiento que Dios le presta, se vuelva contra Él. Por último, tengamos en cuenta que por medio del Espíritu Santo se nos da la vida de la gracia, la vida misma de Dios. Por el bautismo nos ha hecho partícipes el Señor de su grandeza, de su bondad, de su alegría sin límites. El Espíritu Santo ha sido infundido en nuestros corazones para enseñarnos a querer, para suscitar en lo más íntimo de nuestro ser una persuasión tan grande de nuestra condición de hijos de Dios que, casi necesariamente digamos con ternura y emoción: ¡Abba, Padre!

Hasta rebosar

“Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santó” (l Cor 12,3)

De nuevo la liturgia nos introduce en las regiones inaccesibles de la divinidad. Después de seis dominicas dedicadas a recordar, y a revivir en cada uno el triunfo de Cristo sobre la muerte, la Iglesia nos presenta y nos ofrece la fuerza y el aliento de Dios; el Espíritu que vuelve a sacudir con violencia los cimientos del cenáculo donde se encierran los tímidos apóstoles de Cristo, el Espíritu Santo que desciende otra vez para que los enviados del Evangelio se llenen de valentía y de coraje al pro- clamar el divino mensaje.

Nuevo Pentecostés que repita el prodigio del primer día, nuevos vientos que abran las puertas cerradas de nuestro egoísmo y de nuestra sensualidad, nuevo fuego que queme y cauterice nuestras conciencias dormidas y apáticas. Nueva luz que alumbre nuestros oscuros senderos, que descubra la bajeza de tantas vidas ocultas bajo piel de cordero, nuevas fuerzas que nos empujen con vigor por los caminos de la verdad y del amor.

“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” (l Cor 12, 7)

Muchos son los dones del Espíritu Santo. Isaías ve a Cristo como un retoño que brota del tronco de Jesé, como una rama verde que crece en la raíz de David. Y sobre ese vástago -nos dice- se posará el Espíritu de Yavé, la sabiduría y la inteligencia, el consejo y la fortaleza, en entendimiento y el santo temor de Dios. San Pablo por su parte nos dice que los frutos del Espíritu Santo son la caridad, el gozo, la paz, la bondad, la afabilidad, la longanimidad, la fe, la mansedumbre y la templanza. Es como una lluvia abundante y oportuna que no cesa de mantener fresca la tierra, es como el sol que calienta y vitaliza la siembra, como la luz que da calor a los campos, la fuerza intangible que sazona los frutos. Sí, el Espíritu Santo sigue actuando en la Iglesia de Cristo, sigue presente en los creyentes, en los fieles cristianos. Pero no olvidemos que cuanto nos transmite el Espíritu Santo con generosidad sin límites está destinado al bien común. Él nos llena de gozo y de paz para que llevemos esa paz y ese gozo a cuantos nos rodean. Somos como vasos que el Espíritu Santo llena hasta rebosar nuestra medida, para que nosotros vertamos ese amor sobre los demás.

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Para motivar la fiesta de Pentecostés

Eliana Araneda de Palet

 

1.- Jesús, antes de padecer y resucitar, les hizo una hermosa promesa a sus discípulos-amigos. Que Él y su Padre les enviarían su Espíritu para que jamás sintieran que estaban abandonados o solos sobre la Tierra.

2.- También les pidió que se quedaran en Jerusalén todos reunidos hasta que se cumpliera su promesa.

3.- 10 días estuvieron junto a la Virgen Madre, encerrados en una casa, rezando y conversando de Jesús. Eran hombres cobardes, con miedo, que no se atrevían a hablarle a la gente de su maestro. Todavía sentían que les podía pasar lo mismo que a Jesús: que los mataran por ser amigos del Crucificado.

4.- Jesús cumplió su promesa, siempre las cumple. Cuando recibieron el Espíritu Santo estos hombres se transformaron: se llenaron de coraje, sabiduría, se les aclararon todas las cosas que no habían entendido mientras habían estado con Jesús. Salieron a las calles y a toda voz empezaron a hablar de Jesús y a explicar su mensaje.

5.- ¿Cómo explicar quién es el Espíritu Santo? Es alguien que no podemos ver, pero que existe. Es como el amor; más bien es el Amor que no vemos, pero sentimos.

6.- Cuando amamos a alguien estamos alegres, andamos con deseos de ayudar, de cantar, de hacer cosas buenas. A la persona que queremos, (mamá, papá, amigo, compañero) la tenemos siempre cerca aunque no esté con nosotros y no se nos ocurre hacerle daño, ni decirle pesadeces.

7.- El Espíritu Santo que recibimos el día en que nos bautizaron nos hace personas buenas, generosas, solidarias, alegres, cariñosas y valientes. Cuando actuamos con amor, valentía, generosidad y alegría es seguro que el Espíritu Santo está en nuestros corazones. También Dios nos manda el Espíritu Santo en la Eucaristía, en la confirmación, y en otras ocasiones especiales. Cuando seamos más grandes lo vamos a entender.

8.- Imaginarse que nuestro corazón es como un nido. Al Espíritu Santo le gusta que le ofrezcamos un lugar en nuestro corazón para vivir en él.

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