Nadie puede servir a dos señores


del libro meditaciones sobre la fe

del P. Tadeusz Dajczer

 

«Nadie puede servir a dos señores»

Esa fe, que es adhesión a Cristo como único Dios y único amor, requiere que nos dirijamos hacia él como el valor supremo. La plena adhesión a Cristo requiere que el corazón sea libre, es decir, que demos la espalda al ídolo que nos esclaviza. El evangelio dice: «Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien, se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas>) (Mt 6,24). Hay dos señores: Dios y las riquezas, y no existe un tercero. Eso dice la suprema autoridad: Jesucristo. La actitud de un señor hacia el otro es una actitud de radical oposición. El evangelio dice claramente: «aborrecerá a uno y amará al otro». Cuando se quiere a un señor se odia al otro: «se entregará a uno y despreciará al otro». Si eres fiel a uno, entonces despreciarás al otro. Esa afirmación es muy fuerte. No podemos, pues, adherirnos a Cristo y, sirviéndole a él, servir a la vez a las riquezas; aunque siempre estemos expuestos a la tentación de acceder a los compromisos y unir lo que no es posible unir.
Nadie puede servir a dos «señores». ¿Quiénes son esos «señores»? (en griego kyrios). Uno de ellos es Cristo, nuestro único verdadero Señor, Kyrios. El segundo son las «riquezas», un falso kyrios, un falso señor. Riquezas equivale a hacerse depender y esclavizar por un bien material o espiritual. Pongamos atención en que las riquezas son llamadas señor a las que se sirve, así como se sirve también al rey. O bien servimos a Dios y lo amamos, y entonces odiamos las riquezas, es decir, nuestro apego a los bienes materiales o espirituales; o por el contrario —y esto ya es difícil decirlo— amamos nuestro apego a esos bienes, y por consiguiente, odiamos a Dios. No podemos compaginar esas dos realidades: servir a un señor y al otro.

Es evidente que nuestro servicio puede ser incompleto. Podemos estar al servicio de Cristo solamente en parte, en cierto grado. Pero hay una determinada incompatibilidad entre las dos servidumbres. Si amas tus apegos y estás al servicio de ellos, en esa misma medida odias a Dios. Eso es terrible, pero es imposible explicar de otra manera lo que nos dice Cristo. Se trata de una verdad evangélica. Si estás al servicio de tus propios apegos, de las riquezas, en un 80%, eso significa que en un 80% odias a Dios. ¿Puedes hablar en tal situación de profundizar en tu unión a Cristo, de adherirte a él? ¿Puedes sorprenderte de que estés distraído durante la santa misa? Es posible que trates de combatir esa realidad decididamente, pero ocurre que las causas radican en un lugar mucho más profundo: en los apegos, en las riquezas.
Por esa razón, la lucha contra las distracciones debe ser librada en dos niveles. En el nivel inmediato y directo, cuando tratas, por ejemplo, de concentrarte en el momento de la consagración, pero en ese caso combates únicamente las manifestaciones externas. La haga está mucho más profunda, en las riquezas. Ellas son la causa más profunda, ellas son la raíz del mal, ellas son la fuente de las distracciones. Ellas te desconcentran durante la santa misa, ellas te apartan de lo que sucede en el altar durante la consagración, y ellas son tu mayor enemigo.

El análisis de tu oración te ayudará a detectar qué tipos y géneros de riquezas tienes en tu vida. Si consigues darte cuenta de en qué piensas con mayor frecuencia durante la oración, entonces sabrás cuál es para ti tu tesoro. «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón». (Mt 6,21). Tus distracciones te permitirán detectar cuántas riquezas y apegos hay en ti. Si hay muchos, entonces que no te extrañe que tengas dificultades al rezar el rosario, o durante la adoración o la santa misa.
La palabra «Señor», en la lengua original, el griego, Kyrios, significa poder absoluto y señor. La palabra «servir», significa una servidumbre de esclavo prestada al señor y una pertenencia total a él. El evangelio nos dice que somos propiedad del Señor, independientemente de que lo admitamos o no. Somos y siempre seremos propiedad de nuestro Señor Jesucristo.
La palabra «riquezas», en hebreo, mamón, significaba inicialmente dinero o cosas valiosas entregadas en depósito. Entonces no tenía la significación peyorativa que adquirió más tarde. Sin embargo, con el tiempo se produjo una notable evolución en el significado de ese término. Se consideraba que si se entregaba en depósito a un banquero o a una persona de confianza un tesoro, se podían cifrar en éste determinadas esperanzas. Este es el primer grado de la evolución. Mamón se iba convirtiendo en un objeto que generaba confianza. Luego se empezó a escribir con mayúscula, y entonces empezó a tomarse como falso soberano y señor. Se produjo entonces una extraordinaria alienación: la cosa se apoderó del hombre. Todo aquello en lo que él depositó sus esperanzas se convirtió en su dios.
Y tú, ¿en quién o en qué depositas tus esperanzas? ¿Qué esperas? ¿Quién es tu dios? Si depositas tus esperanzas en un dios falso, conocerás la amargura y la desilusión, porque se trata de un señor que, tarde o temprano, te defraudará. Y esa será para ti una gran gracia, porque algo empezará a desmoronarse en tu actitud hacia las riquezas.

¿Qué pueden ser esas riquezas que cautivan tu corazón? Pueden serlo tanto los bienes materiales como los espirituales. Pueden ser la pasión por el dinero; el apego a los hijos; el afán excesivo por el trabajo, o por lo que haces, o por lo que creas; el gusto por la calma, e incluso, por lo que consideras tu propia perfección. Todos esos hábitos producen tu cautiverio, te esclavizan, porque el hombre debería apegarse a una sola y única cosa:
la voluntad de Dios. Todo cautiverio te cierra a Dios y reduce tu fe.
¿Cómo reconocer que estás sirviendo a las riquezas? Los mejores signos 50fl: tus prisas, tu estrés, tus tensiones, tu precipitación y tu tristeza. Hay personas que viven en constante tensión. Eso significa que es enorme el apego que tienen a algo. La gente libre de los apegos está llena de la paz de Dios. Esa paz divina construye y fortalece la salud psíquica, que influye directamente sobre la salud somática. De esa manera, tanto el espíritu como la psique y el cuerpo participan en esa gran libertad del hombre. El hombre libre de apegos, al mismo tiempo está libre de las arrugas en su semblante, desconoce el estrés y las enfermedades contemporáneas. Las riquezas destruyen de manera sistemática al hombre. No solamente bloquean tu aproximación a Cristo y tu adhesión a él, sino que arruinan asimismo tu salud física y psíquica.
Otra clara manifestación de los apegos es tu tristeza en las situaciones en que Dios te arrebata algo. A pesar de todo, irá quitando todo lo que te esclaviza, es decir, todo lo que es tu mayor enemigo, todo lo que provoca que tu corazón no sea libre para el Señor. Y solamente cuando empieces a aceptar esa situación y a tomarla con serenidad y buen humor, te irás convirtiendo en un ser cada vez más libre.
En la oración, al presentarte al Señor, muéstrale tus manos, no solamente vacías, sino también sucias, enlodadas por el apego a las riquezas, y ruégale que tenga compasión de ti. La oración puede desarrollarse únicamente en un clima de libertad. Como discípulo de Cristo estás llamado a orar, además a la oración contemplativa. Pero para que tu oración pueda transformarse algún día en contemplación, en embelesamiento amoroso hacia Jesucristo, tu amado, es imprescindible la libertad de tu corazón. Por eso Cristo lucha tanto para que tu corazón esté libre. Para eso lucha con la ayuda de distintos acontecimientos, con la ayuda de las dificultades y las tempestades, poniéndote en situaciones difíciles, durante las cuales te ofrece la oportunidad de colaborar intensamente con la gracia. En todas esas situaciones, Cristo espera que tú trates de purificar tu corazón, enlodado por los apegos y el servicio a las riquezas. Por eso todos los momentos difíciles, todas las tempestades, son para ti una gracia, son el paso del Señor misericordioso, que te amó hasta el punto de querer darte ese increíble don, la plena libertad de tu corazón. Tu corazón ha de ser indivisible, ha de ser un corazón para él.
Creer significa percibir y entender el sentido de la vida, de acuerdo con la óptica del evangelio, en la que lo más importante es Dios. Has de orientar tu vida hacia él, hacia la búsqueda y la edificación, ante todo, de su Reino, con la fe de que el resto se te dará por añadidura (Cf. Mt 6,33). Dios desearía dar a cada ser humano todo su amor, pero solamente puede obsequiarnos con él en la medida en que exista apertura, en la medida en que aceptemos el despojamiento de los apegos, con el fin de hacer sitio para él. La fe hace que haya en nosotros un vacío, un lugar no ocupado para Dios.

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