San Jose Obrero: El Trabajo


6. CLARETIANOS 2004


Queridos amigos y amigas:

Acabamos la semana celebrando la fiesta de San José Obrero, instituida por Pío XII en 1955 para resaltar cristianamente el trabajo humano. A los que rezamos laudes, hoy se nos invita a comenzar la oración con la siguiente frase: “Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que quiso ser tenido como el hijo del carpintero. Aleluya”. Que quiso ser tenido como el hijo del carpintero. No sé a vosotros, pero a mí me resulta muy sugerente esta frase. Jesús fue muchas otras cosas más importantes y, sin embargo, de nada alardeó, al contrario, quiso ser tenido como el hijo del carpintero, aunque eso le restara méritos o dignidad ante los ojos de la gente de su tierra para ser considerado profeta, como vemos en el evangelio de hoy. Esto me lleva a preguntarme: ¿como qué quiero ser tenida yo por los demás?

Es fácil en este día del año plantearse solidariamente que hay que seguir luchando para que todo el mundo tenga acceso a un trabajo, para que las condiciones laborales sean justas, dignas, para que se acabe con todo el tema de la esclavitud laboral infantil, de la subcontratación, etc. Todo esto es fundamental. Pero, al mismo tiempo, creo que también es hoy un buen día para reflexionar sobre nuestra experiencia personal respecto al trabajo. Me refiero a plantearnos de qué manera el trabajo que cada uno de nosotros lleva a cabo cada día nos realiza como personas y nos dignifica. Y con trabajo me refiero a las diferentes actividades a las que nos dedicamos, sean remuneradas o no, por cuenta propia o ajena, estudios, labores del hogar, trabajo en oficina, en tienda, en parroquia, cuidado de personas, etc. Ojalá seamos capaces de profundizar en el sentido de todo lo que hacemos, de convencernos que cualquier actividad, por pequeña que sea, puede ser buena, útil para algo o alguien, generadora de vida, si se hace desde las actitudes que nos presenta la lectura de Colosenses: desde el amor, desde la paz de Cristo, desde la actitud agradecida, haciendo todo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.
Vuestra hermana en la fe,

Lidia Alcántara Ivars, misionera claretiana (lidiamst@hotmail.com)
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Evangelio: Mt 13, 54-58 El valor del Trabajo

Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían:

—¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?

Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo:

—No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa.

Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.

El valor del trabajo

Celebramos hoy con toda la Iglesia a San José, esposo de la Santísima Virgen y, según la ley judía, padre de Jesús, aunque no lo fuera por la generación habitual de la carne. No era, sin embargo, Jesús menos hijo de su corazón que los hijos comunes lo son de sus padres. Sin temor a exagerar, podemos afirmar que José es padre de Jesús, el hijo de María siempre Virgen, con una paternidad excelsa y muy superior a la de los padres que engendran según la carne. Como afirma san Agustín, a José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno (…), ¿cómo era padre? Tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo, de la misma forma que son padres los demás, que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus hijos como fruto de su afecto espiritual. Por eso dice San Lucas: se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios.

José amaba a Jesús como no somos capaces de amar los demás hombres. Entregó al Hijo de Dios encarnado lo mejor de sí mismo, incluyendo el trabajo que llenaba su vida y sustentaba a la Familia que quiso Dios para nacer, crecer y alcanzar su madurez entre los hombres. Por eso Nuestro Señor que era conocido como artesano: el hijo del artesano. Y nos lo imaginamos durante muchos años –tenía Jesús al comenzar unos treinta años, cuando comenzó su vida pública, según nos cuenta san Lucas– en el taller de su padre, José, y más tarde posiblemente al frente del mismo. Jesús pasó la mayor parte de sus días sobre la tierra trabajando, como todos los hombres y mujeres de bien. Se ocupaba en una tarea corriente, sin más relieve la mayoría de las veces que el sobrenatural, por el amor y la perfección que ponía en cada detalle.

El trabajo ocupa la mayor parte de nuestro tiempo. Trabajo no es exclusivamente la ocupación profesional en sentido estricto. Trabajo es asimismo cualquier otra actividad productiva en sentido amplio, que, por lo general, requiere un cierto esfuerzo por parte de quien la realiza: desde responder el correo a leer un artículo cultural que contribuye a la propia formación o charlar con un hijo o con un amigo, tratando de ayudarle.

El esfuerzo: he aquí la dificultad. Dificultad añadida al trabajo como consecuencia del pecado. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, advirtió Dios en nuestros Primeros Padres en el Paraíso Terrenal, después de la desobediencia. Habiendo perdido al desobedecer la inocencia original, el trabajo, desde entonces, es en cierto sentido una pena, un castigo a la rebeldía humana. Ahora trabajar cuesta. Cualquier actividad –hasta la más pequeña– que emprende el hombre en beneficio propio le supone esfuerzo: es trabajosa, decimos, para indicar que de algún modo nos pesa.

De modo espontáneo el trabajo no se realiza con gusto y constancia. Es preciso casi siempre un empeño por mantener la decisión –que cuesta– del orden, de la puntualidad, del cuidado del detalle… Sucede, por el contrario, que lo fácil es generalmente de poco valor y no cubre las expectativas y requerimientos personales. Todo lo que vale es trabajososo, decimos: ningún ideal se hace realidad sin sacrificio…, leemos en Camino. Se trata, en todo caso, de un esfuerzo, de un sacrificio, de una renuncia incluso –si queremos llamarlo así–, aunque sea llevadera. De ordinario, en efecto, lo que se espera de cada persona en el terreno profesional y en sus deberes familiares y sociales es algo posible, razonable.

Sin embargo, el hombre trabajaba antes de pecar. Como dice el libro del Génesis, tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Sólo después del pecado sintió el hombre la dificultad del esfuerzo. El trabajo de la tierra no sería en adelante una tarea confortable: espinas y abrojos te producirá, aseguró Dios a Adán. Lo cual, en modo alguno privó al trabajo de su grandeza original, por la que el hombre había sido constituido Señor de la naturaleza: llenad la tierra y sometedla, dijo Dios al hombre haciéndolo señor de toda la creación terrena. El trabajo aparece, pues, como un designio y don de Dios a los hombres, por el que los constituye en señores del mundo que había creado para ellos.

La actividad humana, por tanto, ya que puede ser trabajo casi siempre, es una permanente ocasión de configurar nuestra existencia según el querer divino, de amar a Dios agradecidamente y del más pleno desarrollo personal: aquel querido desde el principio por nuestro Creador.

Pedimos a Santa María que contemplemos en cada instante esa ocasión irrepetible de vivir según Dios. Con su ayuda maternal no nos faltará la fuerza necesaria y sabremos superar la debilidad y falta de constancia que son consecuencia del pecado.

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El Trabajo Santifica

Mt. 13, 54-58. El Hijo de Dios es considerado por los judíos como el Hijo del carpintero. Jesús no vino a quitarnos la carga del trabajo, sino a santificarlo, especialmente cuando Él cumple con la obra que el Padre Dios le confió.

Cada uno de nosotros tiene también su propia labor en el mundo. Quienes creemos en Cristo Jesús realizamos nuestros quehaceres diarios con la máxima responsabilidad colaborando en la realización de la ciudad terrena, no como el lugar de nuestra felicidad definitiva, sino como el lugar desde el que se inicia el Reino de Dios entre nosotros por propiciar una vida basada en relaciones realmente nacidas del amor fraterno.

Por eso debemos trabajar constantemente porque en verdad caminemos en una auténtica justicia social. Quien se confiesa cristiano y se dedica a explotar o a causar injusticias a su prójimo no puede, por ningún motivo, llamarse hijo de Dios.

El trabajo de cada día debe ayudarnos a santificarnos por no convertirlo en nuestro dios, sino en una de la formas como nosotros servimos a nuestro prójimo para su propio bien.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María y de Señor San José, la gracia de saber colaborar con nuestro esfuerzo a que se viva cada día con mayor dignidad, esforzándonos no sólo de los bienes temporales, sino también colaborando para que la salvación llegue a todos. Amén.

http://www.mercaba.org

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Debilidad por acercarse al Obrero Jose

De siempre he tenido debilidad por acercarme al obrero José, humilde hombre de Nazaret, como no podía ser de otra manera para llegar a santo, que puso dignidad a las obras realizadas por personas. Con justicia le nombraron guardián de los trabajadores; o sea de los que tienen callos en las manos, cicatrices por todo el cuerpo y el alma endurecida de tanto tragarse sapos. No podían tener mejor defensor los peones, braceros, jornaleros y demás gentucia que dicen los burgueses. El obrero ha sido elevado, con José, a lo más alto de lo alto del ascendiente verso. Esto es hacer justicia. El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan, dijo Karl Marx. Por consiguiente, estimo que siempre son saludables estas subidas interiores, de puesta en verdad. Es buena manera de unir al obrero mundo con el mundo obrero.

Poner la nobleza del trabajo humano en su lugar, ennoblece y destierra la pomposidad de los procesos productivos actuales. Detesto esa maquinaria de producción que no tiene corazón. De igual modo, el aluvión de empleos en precario. Se los tragan siempre las mismas personas, los marginales. Aquí, en este desbarajuste de precariedades, si que le demando a San José que nos eche una mano. La precariedad no es una realidad natural, es una construcción social de la que somos pioneros en estos muros de la patria mía. Qué tristeza más dolorosa de que después de tantos avances, la cultura obrera liberadora no reine, ni gobierne ¿Por qué esa incapacidad de enmendarnos la página del alarmante deterioro de las condiciones de trabajo? Cuando el sistema de producción se organiza de espaldas al ser humano, a la familia, se producen otros frutos; desde luego, no se acrecienta dignidad alguna.

Es cierto. La sociedad, sin embargo, necesita de la obra de los obreros para crecer y conquistar futuros. Los dormidos sindicatos, bien nutridos con los presupuestos de los obreros, piden un empleo estable en igualdad. Ya nos gustaría que así fuese. Lo primero ha de creerse lo que se dice ¿Se lo creen? ¿O es más de lo mismo? Tener un empleo con derechos es lo mínimo que se puede exigir, cuestión que debiera ser afán y desvelo de todo sindicalista que se precie. Pienso que va en el cargo esa lucha. Además, creo que estamos en edad de merecerlo como demócratas de un Estado social. Cuando la acción sólo se queda en palabra, la reacción es de verlas pasar y quedarse a salvo. Se habla de superar la precariedad por un empleo digno y, a pesar de ello, la siniestralidad laboral ya no es noticia porque nos hemos acostumbrado al suceso, por repetitivo. Oiga que se mueren personas, no cosas. Realmente cuesta entender, tal y como está el patio de abusos, que no exista fuerza social que avive el movimiento obrero, una fuerza hábil que lo despierte del falso encandilamiento. Algo falla o alguien quiere que esto falle, la fuerza de construir una comunidad obrera con derechos, puesto que las obligaciones las tienen todas en sus hojas de servicios.

Debemos, sin duda, promover deseos distintos al mero consumo, valores que nos conciencien en otros estilos de vida. Nada es imposible Ahí tenemos a San José, en su camino de gloria. De una ciudad desacreditada como Nazaret surge una historia que nos trasciende. La labor desarrollada por José en su pequeño taller de carpintero, mientras Jesús, a su lado, “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres”, nos reafirma que el trabajo es un medio de participar en la tarea creadora de Dios, para el que crea. Y para el que no crea, en la tarea humanizadora y humanista. En consecuencia, hemos de reivindicar la dignidad de ser y sentirse obrero. ¿Cuántos maldicen la palabra? Realmente, los obreros cuentan bien poco en este mundo de honores y cargos, apenas pueden decidir sobre el cómo y el para qué de su trabajo. Esta es la pura realidad. Con estos parámetros resulta improbable vivirlo como algo propio y como algo que nos debiera realizar.

El mundo obrero, para salir de esos tremendos túneles de explotación y dependencia, necesita abrir salidas, ventanas a una cultura que permita otras respiraciones más humanas y otras aspiraciones más libres. Buscar el interés de cada uno es muy del capital y poco de seres pensantes. Consumir mucho para vivir lo mejor posible, tampoco es garantía de felicidad. Despreocuparse de cómo se organiza la sociedad, que para eso están los políticos, es como firmarle un cheque en blanco a los burros y ponerle a buscar camino por si mismo. Pensar que el trabajo no es más que un medio de ganar dinero, es una actitud mísera que a nada conduce. Para vivir humanamente y crecer, necesitamos más que nunca volver a aquel pequeño poblado situado en las últimas estribaciones de los montes de Galilea, donde residió aquella familia excelsa, cuando pasado ya el peligro había podido volver de su destierro en Egipto. Y allí es donde José, viviendo y sobreviviendo a todas las fatigas, a veces en un taller de carpintero y otras en una choza en la ladera del monte, desarrolla su función de cabeza de familia, con la mayor de las dignidades . Como todo obrero, mantiene a los suyos con el trabajo de sus manos: toda su fortuna está radicada en su brazo, y la reputación de que goza está integrada por su probidad ejemplar y por el prestigio alcanzado en el ejercicio de su oficio.

En este reino de pillos, esta es la gran lección del buen obrero José, el varón justo, la de compenetrarse con sus conciudadanos. Que diferente situación a la que vivimos hoy, donde todo el mundo parece estar ausente de todo, lo que se traduce en pasotismo y en pérdida de valores propios de la cultura obrera: la solidaridad, la justicia, la igualdad; y lo que es peor, está generando una profunda desesperanza. Un año más, el gentío que no suele ejercer como obrero saldrá a la calle el primero de mayo para mostrar su mejor sonrisa y, así, por lo menos despistar de que somos los europeos que más en precario trabajamos. Por eso, prefiero citarme con los trabajadores que acuden a revivir el espectáculo de santidad del obrero José, especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo. ¡Viva San José en el primero de mayo!

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Una respuesta

  1. BUENA REFLEXION. SANTIFICARC EN EL TRABAJO Y SANTIFICAR A OTROS, SANTOS EN LO QUE HACEMOS TODOS LOS DIAS

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