Catequesis sobre los Sacramentos: Unción de Enfermos


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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 26 de febrero de 2014

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera hablaros del sacramento de la Unción de los enfermos, que nos permite tocar con la mano la compasión de Dios por el hombre. Antiguamente se le llamaba «Extrema unción», porque se entendía como un consuelo espiritual en la inminencia de la muerte. Hablar, en cambio, de «Unción de los enfermos» nos ayuda a ampliar la mirada a la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios.

Hay una imagen bíblica que expresa en toda su profundidad el misterio que trasluce en la Unción de los enfermos: es la parábola del «buen samaritano», en el Evangelio de Lucas (10, 30-35). Cada vez que celebramos ese sacramento, el Señor Jesús, en la persona del sacerdote, se hace cercano a quien sufre y está gravemente enfermo, o es anciano. Dice la parábola que el buen samaritano se hace cargo del hombre que sufre, derramando sobre sus heridas aceite y vino. El aceite nos hace pensar en el que bendice el obispo cada año, en la misa crismal del Jueves Santo, precisamente en vista de la Unción de los enfermos. El vino, en cambio, es signo del amor y de la gracia de Cristo que brotan del don de su vida por nosotros y se expresan en toda su riqueza en la vida sacramental de la Iglesia. Por último, se confía a la persona que sufre a un hotelero, a fin de que pueda seguir cuidando de ella, sin preocuparse por los gastos. Bien, ¿quién es este hotelero? Es la Iglesia, la comunidad cristiana, somos nosotros, a quienes el Señor Jesús, cada día, confía a quienes tienen aflicciones, en el cuerpo y en el espíritu, para que podamos seguir derramando sobre ellos, sin medida, toda su misericordia y la salvación.

Este mandato se recalca de manera explícita y precisa en la Carta de Santiago, donde se dice: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con el óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado» (5, 14-15). Se trata, por lo tanto, de una praxis ya en uso en el tiempo de los Apóstoles. Jesús, en efecto, enseñó a sus discípulos a tener su misma predilección por los enfermos y por quienes sufren y les transmitió la capacidad y la tarea de seguir dispensando en su nombre y según su corazón alivio y paz, a través de la gracia especial de ese sacramento. Esto, sin embargo, no nos debe hacer caer en la búsqueda obsesiva del milagro o en la presunción de poder obtener siempre y de todos modos la curación. Sino que es la seguridad de la cercanía de Jesús al enfermo y también al anciano, porque cada anciano, cada persona de más de 65 años, puede recibir este sacramento, mediante el cual es Jesús mismo quien se acerca a nosotros.

Pero cuando hay un enfermo muchas veces se piensa: «llamemos al sacerdote para que venga». «No, después trae mala suerte, no le llamemos», o bien «luego se asusta el enfermo». ¿Por qué se piensa esto? Porque existe un poco la idea de que después del sacerdote llega el servicio fúnebre. Y esto no es verdad. El sacerdote viene para ayudar al enfermo o al anciano; por ello es tan importante la visita de los sacerdotes a los enfermos. Es necesario llamar al sacerdote junto al enfermo y decir: «vaya, le dé la unción, bendígale». Es Jesús mismo quien llega para aliviar al enfermo, para darle fuerza, para darle esperanza, para ayudarle; también para perdonarle los pecados. Y esto es hermoso. No hay que pensar que esto es un tabú, porque es siempre hermoso saber que en el momento del dolor y de la enfermedad no estamos solos: el sacerdote y quienes están presentes durante la Unción de los enfermos representan, en efecto, a toda la comunidad cristiana que, como un único cuerpo nos reúne alrededor de quien sufre y de los familiares, alimentando en ellos la fe y la esperanza, y sosteniéndolos con la oración y el calor fraterno. Pero el consuelo más grande deriva del hecho de que quien se hace presente en el sacramento es el Señor Jesús mismo, que nos toma de la mano, nos acaricia como hacía con los enfermos y nos recuerda que le pertenecemos y que nada —ni siquiera el mal y la muerte— podrá jamás separarnos de Él. ¿Tenemos esta costumbre de llamar al sacerdote para que venga a nuestros enfermos —no digo enfermos de gripe, de tres-cuatro días, sino cuando es una enfermedad seria— y también a nuestros ancianos, y les dé este sacramento, este consuelo, esta fuerza de Jesús para seguir adelante? ¡Hagámoslo!

 


Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de las Diócesis de Mérida-Badajoz, Plasencia y Córdoba, así como a los Paracaidistas del Ejército de Tierra, de Madrid, y los demás fieles provenientes de España, Nicaragua, México, Argentina y otros países latinoamericanos. Saludo de manera especial al Cuerpo de Bomberos que ha venido aquí. Gracias. Invito a todos a valorar la paz y el ánimo que Cristo nos comunica en el sacramento de la Unción de los enfermos para sobrellevar cristianamente los sufrimientos. Muchas gracias.

 

Llamamiento

Sigo con especial inquietud lo que está sucediendo en estos días en Venezuela. Deseo vivamente que cesen cuanto antes las violencias y las hostilidades, y que todo el pueblo venezolano, a partir de los responsables políticos e institucionales, trabaje para favorecer la reconciliación, a través del perdón recíproco y un diálogo sincero, respetuoso de la verdad y de la justicia, capaz de afrontar temas concretos para el bien común. Mientras aseguro mi constante oración, en especial por quienes perdieron la vida en los enfrentamientos y por sus familias, invito a todos los creyentes a elevar súplicas a Dios, por la maternal intercesión de Nuestra Señora de Coromoto, para que el país vuelva a encontrar prontamente paz y concordia.

 


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fuente:vatican.va

Los sacramentos de curación


Catecismo de la Iglesia Católica

CAPÍTULO SEGUNDO

 

LOS SACRAMENTOS DE CURACIÓN

 

 

1420 Por los sacramentos de la iniciación cristiana, el hombre recibe la vida nueva de Cristo. Ahora bien, esta vida la llevamos en “vasos de barro” (2 Co 4,7). Actualmente está todavía “escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3). Nos hallamos aún en “nuestra morada terrena” (2 Co 5,1), sometida al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte. Esta vida nueva de hijo de Dios puede ser debilitada e incluso perdida por el pecado.

 

 

1421 El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (cf Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuase, en la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Este es finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos.

 

 

Artículo 5

 

 

LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

 

 

1499 “Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a os enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios” (LG 11).
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I Fundamentos en la economía de la salvación

La enfermedad en la vida humana

 

 

1500 La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.

 

 

 

1501 La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también h acer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a él.

 

 

El enfermo ante Dios

 

 

1502 El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (cf Sal 38) y de él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (cf Sal 6,3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de conversión (cf Sal 38,5; 39,9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación (cf Sal 32,5; 107,20; Mc 2,5-12). Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: “Yo, el Señor, soy el que te sana” (Ex 15,26). El profeta entreve que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás (cf Is 53,11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad (cf Is 33,24).

 

 

Cristo, médico

 

 

1503 La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (cf Mt 4,24) son un signo maravilloso de que “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc 2,5-12): vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan (Mc 2,17). Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.

 

 

1504 A menudo Jesús pide a los enfermos que crean (cf Mc 5,34.36; 9,23). Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos (cf Mc 7,32-36; 8, 22-25), barro y ablución (cf Jn 9,6s). Los enfermos tratan de tocarlo (cf Mc 1,41; 3,10; 6,56) “pues salía de él una fuerza que los curaba a todos” (Lc 6,19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa “tocándonos” para sanarnos.

 

 

1505 Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: “El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17; cf Is 53,4). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal (cf Is 53,4-6) y quitó el “pecado del mundo” (Jn 1,29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con él y nos une a su pasión redentora.

 

 

“Sanad a los enfermos…”

 

 

1506 Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su cruz (cf Mt 10,38). Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de curación: “Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban” (Mc 6,12-13).

 

 

1507 El Señor resucitado renueva este envío (“En mi nombre…impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”; Mc 16,17-18) y lo confirma con los signos que la Iglesia realiza invocando su nombre (cf. Hch 9,34; 14,3). Estos signos manifiestan de una manera especial que Jesús es verdaderamente “Dios que salva” (cf Mt 1,21; Hch 4,12).

 

 

1508 El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación (cf 1 Co 12,9.28.30) para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la curación de todas las enfermedades. Así S. Pablo aprende del Señor que “mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2 Co 12,9), y que los sufrimientos que tengo que padecer, tienen como sentido lo siguiente: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

 

 

1509 “¡Sanad a los enfermos!” (Mt 10,8). La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos como por la oración de intercesión con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a través de los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna (cf Jn 6,54.58) y cuya conexión con la salud corporal insinúa S. Pablo (cf 1 Co 11,30).

 

 

1510 No obstante la Iglesia apostólica tuvo un rito propio en favor de los enfermos, atestiguado por Santiago: “Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y s i hubiera cometido pecados, le serán perdonados” (St 5,14-15). La Tradición ha reconocido en este rito uno de los siete sacramentos de la Iglesia (cf DS 216; 1324-1325; 1695-1696; 1716-1717).

 

 

Un sacramento de los enfermos

 

 

1511 La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos:

 

 

Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente dicho, insinuado por Mc (cf.Mc 6,13), y recomendado a los fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor [cf. St 5,14-15] (Cc. de Trento: DS 1695).

 

 

1512 En la tradición litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente, se poseen desde la antigüedad testimonios de unciones de enfermos practicadas con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la Unción de los enfermos fue conferida, cada vez más exclusivamente, a los que estaban a punto de morir. A causa de esto, había recibido el nombre de “Extremaunción”. A pesar de esta evolución, la liturgia nunca dejó de orar al Señor a fin de que el enfermo pudiera recobrar su salud si así convenía a su salvación (cf. DS 1696).

 

 

1513 La Constitución apostólica “Sacram Unctionem Infirmorum” del 30 de Noviembre de 1972, de conformidad con el Concilio Vaticano II (cf SC 73) estableció que, en adelante, en el rito romano, se observara lo que sigue:

 

 

El sacramento de la Unción de los enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: “per istam sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam adiuvet te Dominus gratia spiritus sancti ut a peccatis liberatum te salvet atque propitius allevet” (“Por esta santa Unción, y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”, cf. ⇒ CIC, can. 847,1).
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II Quién recibe y quién administra este sacramento

En caso de grave enfermedad…

 

 

1514 La unción de los enfermos “no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez” (SC 73; cf ⇒ CIC, can. 1004,1; ⇒ 1005; ⇒ 1007; CCEO, can. 738).

 

 

1515 Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan.

 

 

“…llame a los presbíteros de la Iglesia”

 

 

1516 Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la unción de los enfermos (cf Cc. de Trento: DS 1697; 1719; ⇒ CIC, can. 1003; CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la ayuda de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas.
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III La celebración del sacramento

1517 Como en todos los sacramentos, la unción de los enfermos se celebra de forma litúrgica y comunitaria (cf SC 27), que tiene lugar en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de enfermos. Es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida del sacramento de la Penitencia y seguida del sacramento de la Eucaristía. En cuanto sacramento de la Pascua de Cristo, la Eucaristía debería ser siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal, el “viático” para el “paso” a la vida eterna.

 

 

1518 Palabra y sacramento forman un todo inseparable. La Liturgia de la Palabra, precedida de un acto de penitencia, abre la celebración. Las palabras de Cristo y el testimonio de los apóstoles suscitan la fe del enfermo y de la comunidad para pedir al Señor la fuerza de su Espíritu.

 

 

1519 La celebración del sacramento comprende principalmente estos elementos: “los presbíteros de la Iglesia” (St 5,14) imponen -en silenzio – las manos a los enfermos; oran por los enfermos en la fe de la Iglesia (cf St 5,15); es la epíclesis propia de este sacramento; luego ungen al enfermo con óleo bendecido, si es posible, por el obispo.

 

 

Estas acciones litúrgicas indican la gracia que este sacramento confiere a los enfermos.
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IV Efectos de la celebración de este sacramento

1520 Un don particular del Espíritu Santo. La gracia primera de este sacramento es un gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (cf. Hb 2,15). Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf Cc. de Florencia: DS 1325). Además, “si hubiera cometido pecados, le serán perdonados” (St 5,15; cf Cc. de Trento: DS 1717).

 

 

1521 La unión a la Pasión de Cristo. Por la gracia de est e sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo: en cierta manera es consagrado para dar fruto por su configuración con la Pasión redentora del Salvador. El sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo, viene a ser participación en la obra salvífica de Jesús.

 

 

1522 Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este sacramento, “uniéndose libremente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyen al bien del Pueblo de Dios” (LG 11). Cuando celebra este sacramento, la Iglesia, en la comunión de los santos, intercede por el bien del enfermo. Y el enfermo, a su vez, por la gracia de este sacramento, contribuye a la santificación de la Iglesia y al bien de todos los hombres por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios Padre.

 

 

1523 Una preparación para el último tránsito. Si el sacramento de la unción de los enfermos es concedido a todos los que sufren enfermedades y dolencias graves, lo es con mayor razón “a los que están a punto de salir de esta vida” (“in exitu viae constituti”; Cc. de Trento: DS 1698), de manera que se la llamado también “sacramentum exeuntium” (“sacramento de los que parten”, ibid.). La Unción de los enfermos acaba de conformarnos con la muerte y a la resurrección de Cristo, como el Bautismo había comenzado a hacerlo. Es la última de las sagradas unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo había sellado en nosotros la vida nueva; la de la Confirmación nos había fortalecido para el combate de esta vida. Esta última unción ofrece al término de nuestra vida terrena un sólido puente levadizo para entrar en la Casa del Padre defendiéndose en los últimos combates (cf ibid.: DS 1694).
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V El Viático, último sacramento del cristiano

1524 A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre (Jn 13,1).

 

1525 Así, como los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía constituyen una unidad llamada “los sacramentos de la iniciación cristiana”, se puede decir que la Penitencia, la Santa Unción y la Eucaristía, en cuanto viático, constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, “los sacramentos que preparan para entrar en la Patria” o los sacramentos que cierran la peregrinación.

Resumen

1526 “¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometidos pecados, le serán perdonados” (St 5,14-15).

 

 

1527 El sacramento de la Unción de los enfermos tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad grave o de vejez.

 

 

1528 El tiempo oportuno para recibir la Santa Unción llega ciertamente cuando el fiel comienza a encontrarse en peligro de muerte por causa de enfermedad o de vejez.

 

 

1529 Cada vez que un cristiano cae gravemente enfermo puede recibir la Santa Unción, y también cuando, después de haberla recibido, la enfermedad se agrava.

 

 

1530 Sólo los sacerdotes (presbíteros y obispos) pueden administrar el sacramento de la Unción de los enfermos; para conferirlo emplean óleo bendecido por el Obispo, o, en caso necesario, por el mismo presbítero que celebra.

 

 

1531 Lo esencial de la celebración de este sacramento consiste en la unción en la frente y las manos del enfermo (en el rito romano) o en otras partes del cuerpo (en Oriente), unción acompañada de la oración litúrgica del sacerdote celebrante que pide la gracia especial de este sacramento.

 

 

1532 La gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos tiene como efectos:

 

 

— la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;

 

— el consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez;

 

— el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la penitencia;

 

— el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual;

 

— la preparación para el paso a la vida eterna.

Unción de los enfermos


Autor: Cristina Cendoya de Danel

 

 

Este sacramento, antiguamente llamado de la Extremaunción, muchas veces es rechazado o, sencillamente no se le da la importancia que tiene. Quizás, sea porque no se le conoce lo suficiente y para muchos es un sacramento que sólo se administra en caso de estar en peligro inminente de muerte y da miedo. No nos percatamos que por medio de la Unción de los Enfermos, unida a la oración de los sacerdotes, la Iglesia entera está encomendando a los enfermos para que Cristo los alivie y los salve. Por medio de este sacramento nos podemos unir a la pasión de Cristo.
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Capítulo 1: La Unción: naturaleza, institución

Naturaleza

 

 

El sacramento de la Unción de los Enfermos “tiene como fin conferir la gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad y vejez”. (Catec. n. 1527).

 

 

Es un hecho que la enfermedad y el sufrimiento que ellos conllevan son inherentes al hombre, no se pueden separar de él. Esto le causa graves problemas porque el hombre se ve impotente ante ellos y se da cuenta de sus límites y de que es finito. Además de que la enfermedad puede hacer que se vislumbre la muerte.

 

 

Aunque parecería, que ante la enfermedad, el ser humano se acercaría mucho más a Dios, muchas veces el resultado es lo contrario. Ante la angustia que provoca la enfermedad, el miedo, la fatiga, el dolor, el hombre puede desesperarse e inclusive se puede revelar ante Dios. Muchas veces, el estado físico en que se encuentra el enfermo, lo lleva a no poder hacer la oración necesaria para mantenerse unido al Señor. En otras ocasiones, la enfermedad, cuando se le ha dado un sentido cristiano, lleva a un acercamiento a Dios.

 

 

Sabemos que la muerte corporal es natural, pero a través de los ojos de la fe sabemos que la muerte es causada por el pecado. (Cfr. Rm. 6, 23; Gn. 2, 17). Para los que mueren en gracia de Dios, es una participación en la muerte de Cristo, lo que trae como consecuencia el poder participar en su resurrección. (Cfr. Rm. 6, 3-9; Flp. 3, 10-11).

 

 

No olvidemos que la muerte es el final de nuestra vida terrena. El tiempo es parte de ella, por lo tanto vamos envejeciendo y al final, llega la muerte. El conocer lo definitivo de la muerte, nos debe llevar a pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a cabo nuestra misión en la vida en la tierra.

 

 

En el Antiguo Testamento podemos apreciar como el hombre vive su enfermedad de cara a Dios, le reclama, le pide la sanación de sus males. (Cfr. Sal.6, 3; Is. 38; Sal. 38). Es un camino para la salvación. (Cfr. Sal.32, 5; Sal.107, 20) El pueblo de Israel llega a hacer un vínculo entre la enfermedad y el pecado. El profeta Isaías vislumbra que el sufrimiento puede tener un sentido de redención. (Cfr. Is. 53, 11)

 

 

Vemos como Cristo tenía gran compasión hacia aquellos que estaban enfermos. Él fue médico de cuerpo y alma, pues no sólo curaba a los enfermos, además perdonaba los pecados. Se dejaba tocar por los enfermos, ya que de Él salía una fuerza que los curaba (Cfr. Mc. 1, 41; 3, 10; 6; 56; Lc. 6, 19). Él vino a curar al hombre entero, cuerpo y alma. Su amor por los enfermos sigue presente, a pesar de los siglos transcurridos. Con frecuencia Jesús le pedía a los enfermos que creyesen, lo que nuevamente nos pone de relieve la necesidad de la fe. Así mismo se servía de diferentes signos para curar. (Cfr. Mc. 2, 17; Mc. 5, 34-.36; Mc. 9, 23; Mc. 7, 32-36). En los sacramentos Jesucristo sigue tocándonos para sanarnos, ya sea el cuerpo o el espíritu. Es médico de alma y cuerpo.

 

 

Jesucristo no sólo se dejaba tocar, sino que toma como suyas las miserias de los hombres. Tomó sobre sus hombros todos nuestros males hasta llevarlo a la muerte de Cruz. Al morir por en la Cruz, asumiendo sobre Él mismo todos nuestros pecados, nos libera del pecado, del cual la enfermedad es una consecuencia. A partir de ese momento, el sufrimiento y la enfermedad tienen un nuevo sentido, nos asemejamos más a Él y nos hace partícipes de su Pasión. Toma un sentido redentor.

 

 

Institución

 

 

Cuando Cristo invita a sus discípulos a seguirle, implica tomar su cruz, haciéndoles partícipes de su vida, llena de humildad y de pobreza. Esto los lleva a tomar una nueva visión sobre la enfermedad y el sufrimiento y los hace participar en su misión de curación. En Marcos 6, 13 se nos insinúa como los apóstoles, mientras predicaban, exhortando a hacer penitencia y expulsaban demonios, ungían a muchos enfermos con óleo.

 

 

Una vez resucitado, Cristo les dice: “que en Su nombre ……. impondrán las manos sobre los enfermos….” (Mc. 16, 17-18). Y queda confirmado con lo que la Iglesia realiza invocando el nombre de Jesucristo. (Hech. 9, 34; 14, 3).

 

 

Sabemos que esta santa unción fue uno de los sacramentos instituidos por Cristo. La Iglesia manifiesta que, entre los siete sacramentos, hay uno especial para el auxilio de los enfermos, que los ayuda ante las tribulaciones que la enfermedad trae con ella. Ahora bien, sabemos que ni las oraciones más fervorosas logran la curación de todas las enfermedades y que los sufrimientos que hay que padecer, tienen un sentido especial, como nos lo dice San Pablo: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”. (Col.1, 24)

 

 

Ante el mandato de: “¡Sanad a los enfermos!” (Mt. 10, 8), la Iglesia cumple con esta tarea tanto por los cuidados que le da a los enfermos, como por las oraciones de intercesión.

 

 

El Concilio Vaticano II toma como la promulgación del sacramento, el texto de Santiago 5, 14-15, el cual nos dice que si alguien está gravemente enfermo, llamen al sacerdote para que ore sobre él, lo unja con óleo en nombre del Señor. Y el Señor los salvará. En este texto nos queda claro, que debe ser una enfermedad importante, que los debe de llevar a cabo un presbítero, y encontramos el signo sensible compuesto de materia y forma.
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Capítulo 2: La Unción: signo, rito, ministro, sujeto

Autor: Cristina Cendoya de Danel

 

 

Signo: Materia y Forma

 

 

La unción de los enfermos se administra ungiendo al enfermo con óleo y diciendo las palabras prescritas por la Liturgia. (Cfr. CIC. c. 998).

 

 

La Constitución apostólica de Paulo VI, “Sacram unctionem infirmorum” del 30 de noviembre de 1972, conforme al Concilio Vaticano II, estableció el rito que en adelante se debería de seguir.

 

 

La materia remota es el aceite de oliva bendecido por el Obispo el Jueves Santo. En caso de necesidad, en los lugares donde no se pueda conseguir el aceite de oliva, se puede utilizar cualquier otro aceite vegetal. Aunque hemos dicho que el Obispo es quien bendice el óleo, en caso de emergencia, cualquier sacerdote puede bendecirlo, siempre y cuando sea durante la celebración del sacramento.

 

 

La materia próxima es la unción con el óleo, la cual debe ser en la frente y las manos para que este sacramento sea lícito, pero si las circunstancias no lo permiten, solamente es necesaria una sola unción en la frente o en otra parte del cuerpo para que sea válido.

 

 

La forma son las palabras que pronuncia el ministro: “Por esta Santa Unción, y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”.

 

 

Las palabras, unidas a la materia hacen que se realice el signo sacramental y se confiera la gracia.

 

 

Rito y Celebración

 

 

Todos los sacramentos se celebran en forma litúrgica y comunitaria, y la unción de los enfermos no es ninguna excepción. Esta tiene lugar en familia en la casa, en un hospital o en una iglesia. Es conveniente, de ser posible, que vaya precedido del sacramento de la Reconciliación y seguido por el Sacramento de la Eucaristía.

 

 

La celebración es muy sencilla y comprende dos elementos, los mismos que menciona Santiago 5, 14: se imponen en silencio las manos a los enfermos, se ora por todos los enfermos – la epíclesis propia de este sacramento – luego la unción con el óleo bendecido.

 

 

Ministro y Sujeto

 

 

Solamente los sacerdotes o los Obispos pueden ser el ministro de este sacramento. Esto queda claro en el texto de Santiago y los Concilios de Florencia y de Trento lo definieron así, interpretando dicho texto. Únicamente ellos lo pueden aplicar, utilizando el óleo bendecido por el Obispo, o en caso de necesidad por el mismo presbítero en el momento de administrarlo.

 

 

Es deber de los presbíteros instruir a los fieles sobre las ventajas de recibir el sacramento y que los ayuden a prepararse para recibirlo con las debidas disposiciones.

 

 

El sujeto de la Unción de los Enfermos es cualquier fiel que habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro por enfermedad o vejez. (Cfr. Catec. 1514).

 

 

Para poderlo recibir tienen que existir unas condiciones. El sujeto – como en todos los sacramentos – debe de estar bautizado, tener uso de razón, pues hasta entonces es capaz de cometer pecados personales, razón por la cual no se le administra a niños menores de siete años.

 

 

Además, debe de tener la intención de recibirlo y manifestarla. Cuando enfermo ya no posee la facultad para expresarlo, pero mientras estuvo en pleno uso de razón, lo manifestó aunque fuera de manera implícita, si se puede administrar. Es decir, aquél que antes de perder sus facultades llevó una vida de práctica cristiana, se presupone que lo desea, pues no hay nada que indique lo contrario. Sin embargo, no se debe administrar en el caso de quien vive en un estado de pecado grave habitual, o a quienes lo han rechazado explícitamente antes de perder la conciencia. En caso de duda se administra “bajo condición”, su eficacia estará sujeta a las disposiciones del sujeto.

 

 

Para administrarlo no hace falta que el peligro de muerte sea grave y seguro, lo que si es necesario es que se deba a una enfermedad o vejez. En ocasiones es conveniente que se reciba antes de una operación que implique un gran riesgo para la vida de una persona.

 

 

En el supuesto de que haya duda sobre si el enfermo vive o no, se administra el sacramento “bajo condición”, anteponiendo las palabras “Si vives……”
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Capítulo 3: La Unción: efectos, necesidad, frutos

Autor: Cristina Cendoya de Danel

 

 

Efectos

 

 

La Unción de los Enfermos es una preparación para el paso de esta vida a la gloria eterna y son muchos los efectos y gracias que confiere al enfermo para prepararse para la entrada a la vida eterna. El enfermo que confía en sus propias fuerzas, podría desesperarse, pero Cristo viene a él para reconfortarlo en estos momentos.

 

 

Este sacramento es un sacramento de “vivos”, por lo tanto, incrementa la gracia santificante en el enfermo.

 

 

Se recibe la gracia sacramental propia de la Unción de los Enfermos, que es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que nos lleva a renovar la confianza y la fe en Dios y fortalece al alma para que sea capaz de vencer las tentaciones de desaliento, y de angustia, especialmente. (Catec. n. 1520).

 

 

Por la gracia sacramental, es posible que el enfermo obtenga la curación, si es conveniente, la salud corporal. La asistencia del Espíritu Santo tiene como objeto conducir al enfermo hacia la curación del alma, pero si es la voluntad de Dios, también puede recuperar la salud. (Cfr. Catec. n. 1520). Por ello es conveniente no esperar hasta el último momento para la administración de este sacramento, los sacramentos no tienen como fin hacer milagros, al dejar hasta el final este sacramento, se podría estar poniendo obstáculos para su eficacia.

 

 

La unción de los enfermos puede obtenernos el perdón de los pecados veniales y la remisión de las penas del purgatorio, pues son obstáculos que impiden la entrada al cielo. Este efecto depende de la debida disposición que tenga el sujeto que lo recibe, se necesita un verdadero dolor de corazón, en otras palabras, estar totalmente arrepentidos. Normalmente, este sacramento va acompañado de indulgencia plenaria, la cual perdona la pena temporal.

 

 

Hemos mencionado que este sacramento es de “vivos”, es decir, se debe de recibir en estado de gracia, sin pecados mortales. No fue instituido para perdonar los pecados graves, para esto está el Sacramento de la Reconciliación. Pero, en caso de que la persona no se pueda confesar y este completamente arrepentida, la unción perdona los pecados mortales. Esto fue declarado en el Concilio de Trento, además de estar insinuado en el texto de Santiago ya mencionado.

 

 

Si posteriormente, la imposibilidad de confesarse se resuelve, el enfermo tiene la obligación de acudir a la Reconciliación.

 

 

 

Necesidad

 

 

Este sacramento no es absolutamente necesario para la salvación, pero a nadie le es lícito desdeñarlo, por lo tanto se debe de procurar que los enfermos lo reciban lo antes posible en caso de una enfermedad grave o crónica, o en la ancianidad. Sobre todo se debe de recibir cuando se está en plena facultades mentales.

 

 

El cristiano está obligado a prepararse lo mejor posible para la muerte, por lo que las personas allegadas a él tienen el deber – grave – de procurar que lo reciba, ya sea presentándole la conveniencia de hacerlo, ya sea mencionándole que se encuentra en una situación de alto riesgo. Pero, siempre siendo prudentes, utilizando el sentido común y la caridad. Muchas veces no se hace por el temor de asustar al enfermo, siendo que en la mayoría de las veces, lo que se tiene es una visión equivocada de la muerte en el sentido cristiano. Normalmente el enfermo acoge la sugerencia con serenidad, sobre todo si se le explica que es por su bien.

 

 

La Iglesia, además, ofrece junto a este sacramento, la Eucaristía como viático, “a aquellos que están a punto de salir de esta vida”. La Eucaristía es el paso de la muerte a la vida. (Cfr. Catec. n. 1524). Recordemos las palabras de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. ( Jn. 6, 54)

 

 

La Unción de los Enfermos puede recibirse más de una vez, pues no imprime carácter. Antiguamente solamente se administraba una vez en la vida, pero actualmente se puede recibir varias veces. Si se ha administrado durante una enfermedad grave y se recobra la salud, al presentarse otra enfermedad grave, se puede volver a recibir o en el caso de una enfermedad que se agrave el enfermo, se puede recibir nuevamente, o cuando es una enfermedad crónica, en la cual se necesita fortaleza para sobrellevarla, o en la vejez.

 

 

Frutos

 

 

Por la gracia de este sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse de manera más íntima a la pasión de Cristo. El sufrimiento, fruto del pecado original, obtiene un nuevo sentido, y se participa con él en la obra salvífica de Jesús.

 

 

Al unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo, por medio de este sacramento, los enfermos contribuyen al bien del Pueblo de Dios. Al celebrar la Unción de los Enfermos, la Iglesia, por la comunión de los santos, intercede por el bien del enfermo. Y este, a su vez, por la gracia de este sacramento, contribuye a la santificación de la Iglesia y al bien de todos los hombres por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios Padre.

 

 

La Unción de los Enfermos es un escudo para defendernos ante las últimas luchas en nuestra vida y así entrar a la Casa del Padre. Nos prepara para dar el paso a la vida eterna.
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Capítulo 4: Un sacramento que asusta

Autor: Cristina Cendoya de Danel

 

 

Para muchos hablar del Sacramento de la Unción de los Enfermos resulta muy difícil. Se tiene un enfermo cerca y sin embargo, no se habla sobre el asunto.

 

 

Desde siempre, ciertas personas han tenido la idea de que este es un Sacramento para los que se están muriendo. Inclusive se oponen a proponérselo a familiares y amigos, que se encuentran luchando contra una enfermedad, con una enfermedad crónica, sin tomar en cuenta la fuerza que se recibe a través de la Unción, tan necesaria para esas personas. Pero, les da miedo, ¡no se vayan a asustar!

 

 

Todo esto demuestra que se desconoce el significado de este Sacramento de esperanza.

 

Sufrimientos y enfermedades



“En aquel mismo momento Jesús curo a muchas personas de sus enfermedades y sufrimientos, y de los espíritus malignos, y dio la vista a muchos ciegos” (Lucas 7,2).

El dolor por la enfermedad, lo tiene postrado en una cama, derrotado y sin esperanzas. En su enfermedad reina: el dolor y el sufrimiento. La palabra más pronunciada que sale de sus labios es: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Que dolor!

No preguntemos el por qué de la enfermedad, debemos preguntar ¿Para que esta enfermedad?

Otras veces Dios corrige al hombre con enfermedades, con fuertes dolores en todo su cuerpo. (Job 33,19)

Tenemos que aprender a ver nuestra enfermedad como un examen en la Universidad de Dios. A través del sufrimiento Dios nos corrige, sabemos que la prueba ejercita la paciencia, la paciencia nos hace madurar y que la madurez aviva la esperanza. (Romanos 5,3-4)

¿Para que la enfermedad? Esta viene a nuestra vida para purificarnos:

“Yo te purifique, pero no como se hace con la plata, sino que te probé en el horno del sufrimiento” (Isaías 48,10)

Dios quiere a través de nuestro sufrimiento, mostrar su victoria: Jesús al oírlo dijo: “Esta enfermedad no va a terminar en muerte, sino que ha de servir para mostrar la gloria de Dios, y también la gloria del hijo de Dios “(Juan 11,4)

Cuando llega la enfermedad muchos caemos derrotados, estamos abatidos:

El ánimo del hombre soporta la enfermedad, pero al ánimo abatido ¿Quién podrá levantarlo? (Proverbios 18,14)

Si viene luchando durante días, meses y años contra la enfermedad, probablemente el ánimo suyo este aniquilado aquí tiene que preguntarse y ahora ¿Quién podrá levantarme?

La respuesta usted la encuentra en la palabra del concierto de órganos que decía el niño. Usted tiene dos opciones vivir con ¡Ay! O vivir diciendo ¡HAY!

¿Cuál es la diferencia?

La diferencia está en la letra H. Con la que se escribe Hijo. Es decir vivir nuestra enfermedad solo diciendo ¡ay! Es vivir solos y sin esperanza. Pero vivir el dolor y la enfermedad con un “Hay” es vivir acompañados del Hijo de Dios, así se vive diciendo: “Hay esperanza en Cristo”. Esto marca la diferencia, esto nos hace vivir con esperanza, y esta esperanza no quedara defraudada porque ya se nos ha dado el Espíritu santo, y por el amor de Dios se va derramando en nuestros corazones (Romanos 5,5)

Al terminar esta reflexión, lo invito a leer y proclamar lo siguiente:

Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son nada si los comparamos con la gloria que habremos de ver después. (Romanos 8,18)

Por eso no me desanimo; al contrario, aunque mi exterior está decayendo y deteriorando, el hombre interior se va renovando de día en día en nosotros. (2da Corintios 4,16)

Bendeciré al Señor con toda mi alma; no olvidare ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas mis maldades, quien sana todas mis enfermedades. (Salmo 103,3) Amen.

 

Envió: Beatriz Cecilia Gomez de Borda

El sacramento de la unción de enfermos



Parte I: De los Sacramentos

 

 

 

Autor: Promulgado por Juan Pablo II

 

 

Título V Del Sacramento de Unción de los enfermos

 

 

C998 La unción de los enfermos, con la que la Iglesia encomienda los fieles gravemente enfermos al Señor doliente y glorificado, para que los alivie y salve, se administra ungiéndolos con óleo y diciendo las palabras prescritas en los libros litúrgicos.

 

 

 

Capítulo I De la celebración del sacramento

 

 

C999 Además del Obispo, pueden bendecir el óleo que se emplea en la unción de los enfermos: 1º. quienes por derecho se equiparan al Obispo diocesano; 2º. en caso de necesidad, cualquier presbítero, pero dentro de la celebración del sacramento.

 

 

C1000 P1 Las unciones han de hacerse cuidadosamente, con las palabras, orden y modo prescritos en los libros litúrgicos; sin embargo, en caso de necesidad, basta una sola unción en la frente, o también en otra parte del cuerpo, diciendo la fórmula completa.

 

P2 El ministro ha de hacer las unciones con la mano, a no ser que una razón grave aconseje el uso de un instrumento.

 

 

C1001 Los pastores de almas y los familiares del enfermo deben procurar que sea reconfortado en tiempo oportuno con este sacramento.

 

 

C1002 La celebración común de la unción de los enfermos para varios enfermos al mismo tiempo, que estén debidamente preparados y rectamente dispuestos, puede hacerse de acuerdo con las prescripciones del Obispo diocesano.

 

 

Capítulo II Del ministro de la unción de los enfermos

 

 

C1003 P1 Todo sacerdote, y sólo él, administra válidamente la unción de los enfermos.

 

P2 Todos los sacerdotes con cura de almas tienen la obligación y el derecho de administrar la unción de los enfermos a los fieles encomendados a su tarea pastoral; pero, por una causa razonable, cualquier otro sacerdote puede administrar este sacramento, con el consentimiento al menos presunto del sacerdote al que antes se hace referencia.

 

P3 Está permitido a todo sacerdote llevar consigo el óleo bendito, de manera que, en caso de necesidad, pueda administrar el sacramento de la unción de los enfermos.

 

 

Capítulo III De aquellos a quienes se ha de administrar la unción de los enfermos

 

 

C1004 P1 Se puede administrar la unción de los enfermos al fiel que, habiendo llegado al uso de la razón, comienza a estar en peligro por enfermedad o vejez.

 

P2 Puede reiterarse este sacramento si el enfermo, una vez recobrada la salud, contrae de nuevo una enfermedad grave, o si, durante la misma enfermedad, el peligro se hace más grave.

 

 

C1005 En la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, sufre una enfermedad grave o ha fallecido ya, adminístresele este sacramento.

 

 

C1006 Debe administrarse este sacramento a los enfermos que, cuando estaban en posesión de sus facultades, lo hayan pedido al menos de manera implícita.

 

 

 

C1007 No se dé la unción de los enfermos a quienes persisten obstinadamente en un pecado grave manifiesto.

 

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Historia para tus hijos

 

Con su Sangre se pintó una Cruz en el suelo

Por Gabriel Marañon Baigorrí

 

 

Francisco Pizarro fue uno de los grandes conquistadores españoles en tierras de América. Con su bizarría, valor e inteligencia conquistó el Perú para España y llevó a aquellas tierras la cultura y la civilización.

 

Francisco Pizarro, hombre ya mayor, vivía en Lima y tenía bastantes enemigos entre los españoles. Corría el año 1541, el último año de su vida. Los amigos fieles le advirtieron que sus enemigos intentaban asesinarle, y que estuviera dispuesto a defenderse en cualquier momento. El conquistador no podía creerlo.

 

 

Llegó el domingo, 26 de Junio de 1541. Pizarro se levantó de la cama y se vistió para oír la santa Misa. Después pasó a desayunar con los amigos que estaban con él. Cuando de pronto entró en el comedor un leal caballero, y sin aliento, le dijo: “¡Armaos, que vienen a mataros!”. La turba de asesinos se lanzaron dentro de la estancia espada en mano contra Pizarro y sus pocos amigos que le rodeaban. Estos pronto cayeron muertos. Sólo quedó Pizarro ante sus enemigos. Pero se defendió con bravura y destreza, llegando a matar el solo, en su propia defensa, a cinco de sus atacantes. Era increíble que aquel anciano de setenta años pudiera luchar con tan juvenil valor. Pero en un momento dado abrió la guardia y uno de sus enemigos aprovechó la ocasión y le lanzó una estocada al cuello, abriéndole una arteria. Empezó a arrojar abundante sangre. Cayó al suelo y allí le acribillaron de heridas. Ya moribundo, pronunció el dulce nombre de Jesús, y mojando su dedo en su propia sangre, pintó en el suelo una cruz y cuando intentaba besarla cayó muerto.

 

 

Explicación Doctrinal:

 

 

Todos hemos de morir. Pero la Iglesia nos dice que no tengamos miedo a la muerte, que la vida cambia por otra mejor, que es el Cielo. La muerte para el justo es el encuentro gozoso con Cristo.

 

Jesucristo no quiso dejarnos solos en el instante de la muerte. Nos dio el Sacramento de la Unción de los Enfermos. Este es un sacramento que nos aumenta la gracia, perdona los pecados veniales y aun los mortales si el enfermo está arrepentido y no ha podido confesarse. Le da fuerzas para resistir a las tentaciones en el momento de la muerte y concede la salud del cuerpo si le conviene.

 

 

Jesús nos llama la atención indicándonos que estemos preparados: “Velad, pues, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor.» (Mateo, 24.)

 

 

Norma de Conducta:

 

 

Cuando vaya a entrar en una cirugía o esté gravemente enfermo pediré este sacramento de la Unción de los Enfermos para entrar con gozo en el cielo.

¿Por qué las Iglesias ungen con aceite a los enfermos?


Los cuidados a los enfermos, las oraciones de intercesión, y las unciones con aceite son alivios para la enfermedad.

Autor: Gustavo Daniel D´Apice | Fuente: Ediciones “Dialogando”

 

 

JESÚS de Nazareth.

 

 

Jesús curaba por medio de signos: imponía las manos, mezclaba saliva con tierra, lo tocaban y salía de Él una fuerza misteriosa que curaba a todos.

 

 

Él continúa tocándonos por medio de los sacramentos.

 

 

Se compadecía y perdonaba: “-Para que vean que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar los pecados, dijo al paralítico: ¡Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa!”. Y así sucedió.

 

 

No vino a llamar a los sanos, sino “a los enfermos”.

 

 

Jesús se identificaba con los enfermos: “-Estuve enfermos y me visitaron…”.

 

 

Sin embargo, sus curaciones eran signos. De hecho, no curó a todos. Esa dicha está preparada para el cuerpo y la psiquis en la escatología final, en el tiempo de la Resurrección corporal, plenitud de salud y salvación total.

 

 

Sus curaciones eran signos para reconocer en Él al Mesías esperado, al Enviado del Padre Dios.

 

 

Él trae una victoria y una curación total y superior: La victoria sobre el pecado y sobre la muerte, que es la supresión total de la salud y el sufrimiento más atroz, en el mismo momento en que este llega a su clímax y culmina.

 

 

Es el momento de otorgar plenamente la Vida, y la Vida en abundancia, que ya comenzamos a anticipar desde aquí.

 

 

JESÚS ENVÍA A CURAR.

 

 

“-¡Sanen a los enfermos!”, dice a sus discípulos (Mt. 10, 8).

 

 

Ellos brindaban sus cuidados a los enfermos, oraban por ellos, y los ungían con aceite (Mc. 6, 12-13), símbolo de belleza y de salud.

 

 

Jesús les asegura que “impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán” (Mc. 16, 17-18).

 

 

Algunos tienen el “carisma” de curación por el poder del Espíritu de Jesús Resucitado. El carisma es un “signo” de Dios Padre para construir la Iglesia de su Hijo. De hecho, no todos son curados, sino que es un “signo” (pobre, en última instancia, como pobres somos nosotros), para creer.

 

 

De hecho, a Pablo, que padecía, le dice: “-Mi gracia te basta…, que en la tribulación se muestra perfecto Mi poder” (2 Co 2, 9).

 

 

Y el mismo apóstol decía que se “alegraba” en sus padecimientos, pues así completaba “lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24).

 

 

 

LA EUCARISTÍA.

 

 

La Eucaristía es un sacramento vinculado con la vida y la salud total (Jn. 6 – 54-58). Siendo el Pan de Vida.

 

 

 

LOS VOLUNTARIADOS.

 

 

Distintos miembros de iglesias cristianas brindan atención, escucha, oración y bienes a los enfermos, visitándolos en los hospitales individualmente y en grupos, en una pastoral de la salud más o menos organizada, según los lugares y circunstancias.

 

 

Allí se ve a Jesús en el enfermo, como solían decir los fundadores de las órdenes hospitalarias, como San Camilo de Lellis y otros, que contemplaban al mismo Pobre de Nazareth en el hermano sufriente presa del dolor.

 

 

O al Cristo Resucitado con Poder, que sana y salva, brindando con sus cuidados y atenciones, y con esa oración de intercesión, acción de gracias y alabanza, la curación al que hasta hacía poco tiempo carecía de la salud.

 

 

UN SACRAMENTO PARA LOS ENFERMOS.

 

 

Como decíamos antes, Jesús sigue “tocándonos” por medio de los sacramentos.

 

 

Además de sus dichos evangélicos con referencia a la salud, la oración y la unción con óleo o aceite, se desprende de Santiago que de la comunidad apostólica (formada por Jesús y los Apóstoles), surge un rito para el caso de los que sufren la falta de salud de una u otra manera: “llamar a los ancianos de la comunidad (presbíteros –del griego-), para que oren sobre (¿indica imposición de manos?) el enfermo y lo unjan con aceite, invocando el Nombre de Jesús (St. 5, 14).

 

 

Es más, dice que la oración hecha con fe CURARÁ al enfermo, el Señor lo hará LEVANTARSE, y se le PERDONARÁN los pecados (St. 5, 15).

 

 

¡Qué poder!

 

 

En la Iglesia católica, esta práctica ha quedado como uno de los siete sacramentos, no relegado solamente al momento de la muerte, sino cuando las fuerzas comienzan a flaquear por la enfermedad o la vejez, o por alguna intervención quirúrgica de riesgo (que lo son casi todas).

 

 

Los hermanos cristianos evangélicos, tienen en gran aprecio la visita al enfermo, la oración de intercesión por él, y la unción con el aceite, lo practican frecuentemente y, por defecto del sacramento del orden, ha quedado solamente como un sacramental en sus comunidades.

 

 

Todas las religiones cuidan a sus enfermos y rezan por ellos, y aún los no creyentes, pero con un corazón noble y sincero, de buena voluntad, brindan sus atenciones a los que sufren.

 

 

¿Cuál es tu actitud ante el que sufre enfermedad y dolor, y cuál es tu actitud cuando sufres enfermedad y dolor?

El sacerdote es ministro de la Unción de los Enfermos


Todo sacerdote, y sólo él, administra válidamente la unción de los enfermos.

Autor: Cardenal Joseph Ratzinger | Fuente: Zenit

 

 

En respuesta a varias preguntas que en los últimos años han llegado a la Congregación para la Doctrina de la Fe acerca del ministro del Sacramento de la Unción de los Enfermos, el dicasterio reitera que sólo el sacerdote (obispos y presbíteros) puede administrar tal Sacramento.

 

 

De lo anterior se desprende que «ni diáconos ni laicos por ello pueden ejercer dicho ministerio y cualquier acción en este sentido constituye simulación del sacramento» –sería «inválido»–, para la cual el Derecho Canónico prevé sanciones.

 

 

Así lo recuerda la Nota sobre el ministro del Sacramento de la Unción de los Enfermos

 

(Cf. sección «Documentos» de Zenit) que, difundida con ese título en la edición del viernes de «L’Osservatore Romano», emitió el citado dicasterio el 11 de febrero –Jornada mundial del Enfermo–, con la firma de su entonces prefecto, el cardenal Joseph Ratzinger,

 

 

La nota, también firmada por secretario del dicasterio –el arzobispo Angelo Amato–, se dirige a los dicasterios de la Curia Romana, a las Conferencias Episcopales y a los Sínodos Orientales.

 

 

En una carta de acompañamiento, el entonces prefecto señala que adjunta a dicha nota un apunte sintético sobre la historia de la doctrina al respecto preparado por un experto.

 

 

Se trata de un «Comentario», publicado igualmente en el diario de la Santa Sede, que aclara que «en estas últimas décadas se han manifestados tendencias teológicas que ponen en duda la Doctrina de la Iglesia según la cual el ministro del Sacramento de la Unción de los Enfermos “est omnis et solus sacerdos”», según la formulación del Concilio de Trento (1542-1563).

 

 

«El tema se afronta con preferencia desde el punto de vista pastoral –sigue–, especialmente teniendo en cuenta aquella regiones en las que la escasez de sacerdotes hace difícil la administración oportuna del Sacramento, mientras que tal dificultad podría ser resuelta si los diáconos permanentes e incluso laicos cualificados pudieran ser delegados ministros del Sacramento».

 

 

«La Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe quiere llamar la atención sobre estas tendencias, para prevenir el peligro de que existan intentos de ponerlas en práctica, en detrimento de la fe y con grave perjuicio espiritual de los enfermos a los que se quiere ayudar», aclara.

 

 

«La teología católica ha visto en la Carta de Santiago (vv. 5,14-15) el fundamento bíblico para el Sacramento de la Unción de los Enfermos –apunta el “Comentario”–. El autor, después de haber dado varios consejos relativos a la vida cristiana, ofrece también una norma para los enfermos: “Quien esté enfermo, llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados”».

 

 

«En este texto –continúa— la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo ha identificado en el curso de los siglos los elementos esenciales del Sacramento de la Unción de los Enfermos», llegando a definir la doctrina que hace del sacerdote el único ministro de tal Sacramento, y que la Nota califica como «definitive tenenda», esto es, que debe considerarse de manera definitiva.

 

 

Las palabras griegas de la Carta de Santiago, que la Vulgata traduce como «presbyteros Ecclesiae», «no pueden referirse a los ancianos de edad de la comunidad, sino a la categoría particular de fieles a quienes, por la imposición de manos, el Espíritu Santo había puesto a pastorear la Iglesia de Dios», explica.

 

 

Tras hacer un recorrido sucinto a través de la historia de la Iglesia, el comentario llega al Concilio de Trento, el cual da forma al Sacramento, explica la doctrina católica en la materia y anatematiza «a quienes niegan que la Unción de los Enfermos sea uno de los siete Sacramentos y que el ministro de este Sacramento sea sólo el sacerdote».

 

 

La doctrina del Concilio de Trento fue codificada en el Código de Derecho Canónico promulgado en 1917, repetida casi con las mismas palabras en el vigente Código de Derecho Canónico (Cf. canon 1003.1) de 1983 y en el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales de 1990 (Cf. Canon 739.1).

 

 

El «Comentario» recuerda finalmente «la particular dignidad y eficacia» de este Sacramento, subrayando que el sacerdote, al ser su ministro, «hace presente de una forma del todo particular al Señor Jesucristo, Cabeza de la Iglesia», porque «Aquél que opera en este Sacramento es Jesucristo», mientras que «el sacerdote es el instrumento» «visible».

 

 

Contenido en el Libro IV («De la función de santificar la Iglesia»), Parte I («De los Sacramentos»), Título V («Del sacramento de la unción de los enfermos»), Capítulo II («Del ministro de la unción de los enfermos), dice el citado canon del vigente Código de Derecho Canónico: 1003 § 1. Todo sacerdote, y sólo él, administra válidamente la unción de los enfermos.
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