La semilla que crece

Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
La semilla que crece
Marcos 4, 26-34. Tiempo Ordinario. Cuida tu vida interior que crece como una pequeña semilla.
La semilla que crece

Del santo Evangelio según san Marcos 4, 26-34 

También decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega». Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado. 

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo, guía esta oración para que se convierta en esa semilla que fructifique en obras buenas. Creo, espero y te amo, haz que mi fe crezca, mi esperanza se fortalezca y mi caridad se multiplique.

Petición

Señor multiplica, para bien de la Iglesia y el triunfo de tu Reino, los frutos de mi apostolado.

Meditación del Papa

Las parábolas evangélicas son breves narraciones que Jesús utiliza para anunciar los misterio del Reino de los Cielos. Al utilizar imágenes y situaciones de la vida cotidiana, el Señor “quiere indicarnos el auténtico fundamento de todo. Nos muestra… al Dios que actúa, que entra en nuestras vidas y nos quiere tomar de la mano”. Con estas reflexiones, el divino Maestro invita a reconocer ante todo la primacía de Dios Padre: donde no está, no puede haber nada bueno. Es una prioridad decisiva para todo. Reino de los cielos significa, precisamente, señorío de Dios, y esto quiere decir que su voluntad debe ser asumida como el criterio-guía de nuestra existencia.
El tema contenido en el Evangelio es precisamente el Reino de los cielos. El “cielo” no debe ser entendido sólo en el sentido de esa altura que está encima de nosotros, pues ese espacio infinito posee también la forma de la interioridad del hombre. Jesús compara el Reino de los cielos con un campo de trigo para darnos a entender que dentro de nosotros se ha sembrado algo pequeño y escondido, que sin embargo tiene una fuerza vital que no puede suprimirse. A pesar de los obstáculos, la semilla se desarrollará y el fruto madurará. Este fruto será bueno sólo si se cultiva el terreno de la vida según la voluntad divina. (Benedicto XVI, 17 de julio de 2011). 

Reflexión

¿No es ésta la más pequeña de entre todas las semillas? Y aún así es el más grande de todos los arbustos. Así es la vida interior, y Cristo nos la ha dado ha conocer de esa misma manera.

Lo único que se tiene que hacer para poseer ese magnifico arbusto es cultivar esa pequeña semillita hasta que crezca totalmente. Así la vida interior, en un principio es como una pequeña semilla, posteriormente, dentro de nuestro corazón, crece tanto que llena todo el corazón. Es como el amor que da verdadera felicidad, es tan pequeño al inicio que hay que irlo cultivando para que crezca y se fortalezca. Poco a poco éste se hace más fuerte hasta que se mantiene en pie por sí solo, pero sigue siendo frágil, porque cualquier hachazo puede derribarlo, por lo tanto necesita un cuidado continuo.

Esto es lo que hay que hacer con la vida interior, cuidarla cuando este bien crecidita, para que ningún hacha o sierra eléctrica nos lo vaya a echar para abajo.

Propósito

Como rama viva de la Iglesia, buscaré sostener a otros con mi oración y testimonio de vida cristiana coherente.

Diálogo con Cristo

Jesús, ayúdame a cumplir mi misión de vivir un cristianismo activo al servicio de tu Iglesia. Ayúdame a ser el instrumento para que otras personas encuentren a Dios.

Prefacio

La misa Explicada, continuación…

En la misa «la acción de gracias se expresa, sobre todo, en el prefacio: [en éste] el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da las gracias por toda la obra de salvación o por alguno de sus aspectos particulares, según las variantes [hay casi un centenar de prefacios diversos] del día, fiesta o tiempo litúrgico» (OGMR 55a). Viene a ser así el prefacio el grandioso pórtico de entrada en la plegaria eucarística, que se recita o se canta antes (prae), o mejor, al comienzo de la acción (factum) eucarística. Consta de cuatro partes:

 

 

-El diálogo inicial, siempre el mismo y de antiquísimo origen, que ya desde el principio vincula al pueblo a la oración del sacerdote, y que al mismo tiempo levanta su corazón «a las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1-2).

 

 

-«El Señor esté con vosotros. -Y con tu espíritu. -Levantemos el corazón. -Lo tenemos levantado hacia el Señor. -Demos gracias al Señor, nuestro Dios. -Es justo y necesario».

 

 

-La elevación al Padre retoma las últimas palabras del pueblo, «es justo y necesario», y con leves variantes, levanta la oración de la Iglesia al Padre celestial. De este modo el prefacio, y con él toda la plegaria eucarística, dirige la oración de la Iglesia precisamente al Padre. Así cumplimos la voluntad de Cristo: «Cuando oréis, decid Padre» (Lc 11,2), y somos dóciles al Espíritu Santo que, viniendo en ayuda de nuestra flaqueza, ora en nosotros diciendo: «¡Abba, Padre!» (+Rm 8,15.26).

 

 

«En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, Padre santo, siempre y en todo lugar, por Jesucristo, tu Hijo amado» (Pref. PE II).

 

 

-La parte central, la más variable en sus contenidos, según días y fiestas, proclama gozosamente los motivos fundamentales de la acción de gracias, que giran siempre en torno a la creación y la redención:

 

 

«Por él, que es tu Palabra, hiciste todas las cosas; tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor.

 

 

«Él, en cumplimiento de tu voluntad, para destruir la muerte y manifestar la resurrección, extendió sus brazos en la cruz, y así adquirió para ti un pueblo santo» (ib.).

 

 

-El final del prefacio, que viene a ser un prólogo del Sanctus que le sigue, asocia la oración eucarística de la Iglesia terrena con el culto litúrgico celestial, haciendo de aquélla un eco de éste:

 

 

«Por eso, con los ángeles y los santos, proclamamos tu gloria, diciendo»…

 

 

Santo – Hosanna

 

 

El prefacio culmina en el sagrado trisagio -tres veces santo-, por el que, ya desde el siglo IV, en Oriente, participamos los cristianos en el llamado cántico de los serafines, el mismo que escucharon Isaías (Is 6,3) y el apóstol San Juan (Ap 4,8):

 

 

«Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria».

 

 

Santo es el nombre mismo de Dios, y más y antes que una cualidad moral de Dios, designa la misma calidad infinita del ser divino: sólo Él es el Santo (Lev 11,44), y al mismo tiempo es la única «fuente de toda santidad» (PE II).

 

 

El pueblo cristiano, en el Sanctus, dirige también a Cristo, que en este momento de la misa entra a actualizar su Pasión, las mismas aclamaciones que el pueblo judío le dirigió en Jerusalén, cuando entraba en la Ciudad sagrada para ofrecer el sacrificio de la Nueva Alianza. Hosanna, «sálvanos» (hôsîana, +Sal 117,25); bendito el que viene en el nombre del Señor (Mc 11,9-10).

 

 

«Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en el cielo».

 

 

El Prefacio, y concretamente el Santo, es una de las partes de la misa que más pide ser cantada.

 

 

A propósito de esto conviene recordar la norma litúrgica, no siempre observada: «En la selección de las partes [de la misa] que se deben cantar se comenzará por aquellas que por su naturaleza son de mayor importancia; en primer lugar, por aquellas que deben cantar el sacerdote o los ministros con respuestas del pueblo; se añadirán después, poco a poco, las que son propias sólo del pueblo o sólo del grupo de cantores» (Instrucción Musicam sacram 1967,7).

 

 

Invocación al Espíritu Santo (1ª)

 

 

En continuidad con el Santo, la plegaria eucarística reafirma la santidad de Dios, y prosigue con la epíclesis o invocación al Espíritu Santo:

 

 

«Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas las criaturas… Te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos preparado para ti, de manera que sean cuerpo y sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro» (III; +II).

 

 

El sacerdote, imponiendo sus manos sobre las ofrendas, pide, pues, al Espíritu Santo que, así como obró la encarnación del Hijo en el seno de la Virgen María, descienda ahora sobre el pan y el vino, y obre la transubstanciación de estos dones ofrecidos en sacrificio, convirtiéndolos en cuerpo y sangre del mismo Cristo (+Heb 9,14; Rm 8,11; 15,16). Es éste para los orientales el momento de la transubstanciación, mientras que los latinos la vemos en las palabras mismas de Cristo, es decir, en el relato-memorial, «esto es mi cuerpo». En todo caso, siempre la liturgia ha unido, en Oriente y Occidente, el relato de la institución de la eucaristía y la invocación al Espíritu Santo.

 

 

Por otra parte, esa invocación, al mismo tiempo que pide al Espíritu divino que produzca el cuerpo de Jesucristo, le pide también que realice su Cuerpo místico, que es la Iglesia:

 

 

«Para que, fortalecidos con el cuerpo y la sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu» (III; +II y IV).

 

 

«Por obra del Espíritu Santo» nace Cristo en la encarnación, se produce la transusbstanciación del pan en su mismo cuerpo sagrado, y se transforma la asamblea cristiana en Cuerpo místico de Cristo, Iglesia de Dios. Es, pues, el Espíritu Santo el que, de modo muy especial en la eucaristía, hace la Iglesia, y la «congrega en la unidad» (I).

 

 

Todos estos misterios son afirmados ya por San Pablo en formas muy explícitas. Si pan eucarístico es el cuerpo de Cristo (1Cor 11,29), también la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (1Cor 12). En efecto, «porque el pan es uno, por eso somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan» (1Cor 10,17). Es Cristo en la eucaristía el que une a todos los fieles en un solo corazón y una sola alma (Hch 4,32), formando la Iglesia.

 

 

Según todo esto, cada vez que los cristianos celebramos el sacrificio eucarístico, reafirmamos en la sangre de Cristo la Alianza que nos une con Dios, y que nos hace hijos suyos amados. Reafirmamos la Alianza con un sacrificio, como Moisés en el Sinaí o Elías en el Carmelo.
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Dar a conocer a Dios

Autor: Jorge Molino | Fuente: Catholic.net
Dar a conocer el Reino de Dios
Marcos 4, 21-25. Tiempo Ordinario. La luz de Cristo debe estar alumbrando nuestra vida.
Dar a conocer el Reino de Dios

Del santo Evangelio según san Marcos 4, 21-25

Les decía también: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga». Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará».

Oración introductoria

Señor, que fácilmente, por egoísmo o pereza, trato de esconder la vela de mi fe debajo de mis pasiones, por eso te pido que esta oración me ayude a poner mi fe, mi esperanza y mi amor a Ti por encima de todo, de tal manera que pueda amar a los demás como los amas Tú.

Petición

Señor, que sepa poner atención a tus inspiraciones.

Meditación del Papa

La tentación del desánimo, de la resignación, afecta a quien es débil en la fe, a quien confunde el mal con el bien, a quien piensa que ante el mal, con frecuencia profundo, no hay nada que hacer. En cambio, quien está sólidamente fundado en la fe, quien tiene plena confianza en Dios y vive en la Iglesia, es capaz de llevar la fuerza extraordinaria del Evangelio. Así se comportaron los santos y las santas que florecieron a lo largo de los siglos, así como laicos y sacerdotes de hoy [...]. Que sean ellos quienes os mantengan siempre unidos y alimenten en cada uno el deseo de proclamar, con las palabras y las obras, la presencia y el amor de Cristo. Pueblo de Sicilia, mira con esperanza tu futuro. Haz emerger en toda su luz el bien que quieres, que buscas y que tienes. Vive con valentía los valores del Evangelio para hacer que resplandezca la luz del bien. Con la fuerza de Dios todo es posible. (Benedicto XVI, 3 de octubre de 2010). 

Reflexión

No podemos permitir que la Palabra que Cristo sembrada en nuestros corazones sea arrebatada, por los pájaros del desinterés, las ambiciones, el aprovechamiento de los demás, la dureza de corazón frente al dolor de los demás, el orgullo de creernos superiores.

Debemos limpiar nuestro corazón de todos esos pedruscos de la inconstancia que no permiten que la Palabra eche raíces profundas. ¡Cuántas promesas hacemos! ¡Cuántos propósitos que no cumplimos!

Cristo nos mide con la vara de su misericordia, de su amor, nos perdona siempre y nosotros a veces somos muy duros para juzgar a los demás. Respondamos a Cristo con ese amor a los que están más cerca de nosotros, midiendolos con los ojos de Cristo, con amor y caridad.

Que la luz de Cristo brille siempre en nosotros, para que podamos dar a los demás ese reflejo de Dios.

Propósito

Hacer todo movido por el amor a Dios, con pureza de intención, confiando que con Él todo es posible.

Diálogo con Cristo

Gracias, Señor, por esta meditación que me recordó que debo ser luz para los demás y eso sólo lo voy a lograr si Tú vienes a hacer tu morada en mí. Quiero hacer todo movido por el amor, únicamente así tendré la fuerza para amar a los demás con sinceridad, con desinterés, con pureza de intención, sin esperar nada a cambio.

Monición para el Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

MONICION PARA EL CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

Autoridad, amor y servicio

M.R. Pág. 232  /  Lecc. 1 Pág. 159

 

MONICION DE ENTRADA

(Saludo) Nos reunimos en torno al altar convocados por el amor y autoridad de Jesús, que nos llama e invita a cumplir la voluntad de Dios. En esta santa misa pidámosle nos ayude a mejorar cada día. Iniciemos esta celebración.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura: Dt 18, 15-20

Salmo: 94

Segunda Lectura: 1 Cor 7, 32-35

Evangelio: Mc 1, 21-28

 

MONICION A LAS LECTURAS (Única)

Dios nos dirige su palabra a través de los profetas y Jesús con autoridad amorosa nos demuestra que es el mesías esperado.

 

MONICION A LAS LECTURAS (Individual)

 

Primera Lectura

Dios anuncia que enviará un profeta que nos llevara al camino de la verdad y el bien.

 

Segunda Lectura

Pablo exhorta a valorar la virginidad como donación total a Dios y a nuestro prójimo.

 

Evangelio

La manera de proceder de Jesús no está fincada en la imposición y en la fuerza, sino en el amor y el servicio.

 

MONICION AL OFERTORIO

Presentemos al Señor, llenos de confianza, las ofrendas de pan y vino, ellas serán el cuerpo y sangre de nuestro redentor por la acción del Espíritu Santo.

 

O

 

Junto con el pan y el vino presentemos al Señor nuestro deseo de ser mensajeros de su amor y verdad.

 

O

 

Junto con el pan y el vino acerquemos al altar nuestro deseo de trabajar por el reino de Dios, para que la paz y la fraternidad sean nuestro objetivo

 

MONICION A LA COMUNION

Sabiéndonos miembros de un pueblo peregrino, caminemos al encuentro de Jesús para recibirle en este sacramento de amor.

O

 

Jesús en la eucaristía viene en auxilio de nuestras debilidades,  con alegría y fe acerquémonos a recibir  a aquel que es nuestra fortaleza y razón de ser.

 

MONICION DE DESPEDIDA

Como lo hizo Jesús en su tiempo, vayamos ahora también nosotros a anunciar su mensaje de salvación, hagámoslo no sólo de palabra, sino con nuestro testimonio de vida.

 

O

 

Jesús nos ha demostrado como el mal y la enfermedad pueden ser doblegados. Salgamos con la alegría de saber que hoy, puede acontecer lo mismo si confiamos en Él.

 

 

ORACION UNIVERSAL  /  ORACION DE LOS FIELES

 

Invoquemos con corazón unánime y plegaria ferviente a Dios Padre, fuente y origen de todo bien:

 

R. Escúchanos Padre

 

1.- Por la santa Iglesia, reunida aquí en el nombre del Señor y extendida por todo el mundo, roguemos al Señor

 

2.- Por nuestra comunidad, por su prosperidad y por todos los que en ella habitan, roguemos al Señor

 

3.- Por los que están de viaje, por los enfermos y prisioneros, por los pobres y todos los que sufren, roguemos al Señor

 

4.- Por nuestros hermanos difuntos, para que Dios los reciba en su reino de luz y felicidad, roguemos al Señor

 

Dios nuestro, que en Cristo, tu Hijo, nos has dado el único maestro de sabiduría y el verdadero libertador de las fuerzas del mal, haz que seamos fuertes en la confesión de la fe, para que proclamemos siempre, de palabra y de obra, tu verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

La oración de Jesús y la misa

Ramiro Pellitero
23 enero 2012


Muchos cristianos no saben qué es la misa. Piensan, quizá, que es cosa de los sacerdotes, y viven ajenos a ella. Otros asisten a lo que tal vez miran como una ceremonia de carácter más o menos social, donde, con ciertas oraciones y gestos, se recuerda la figura de Jesucristo y se anima a la gente a preocuparse por los demás.

Frente a esas y otras visiones empobrecidas de la Eucaristía, Benedicto XVI la ha explicado de modo sencillo y profundo, poniéndola en relación con la oración de Jesús. A la oración del Señor, según los relatos de los Evangelios, le viene dedicando el Papa varias Audiencias. Veamos por orden las enseñanzas de estos días.

La oración de Jesús durante su Bautismo

Tras los largos años de Nazaret, la oración de Jesús durante su Bautismo (cf. Audiencia general del 30-XI-2011) inaugura su ministerio público. En ella se muestra plenamente dispuesto a cumplir la voluntad del Padre. Una oración que es prolongación de tantas oraciones anteriores y preludio de las que luego sostendrá, en esa “fuente secreta” que es su “oración filial perfecta”. La oración de Jesús es, cada vez más intensamente, como el núcleo de donde brota la energía de su vida, y el corazón de su misión. El Papa nos invitaba a preguntarnos: ¿Cómo rezamos nosotros? ¿Qué tiempo dedicamos? ¿Cómo es nuestra preparación y formación para la oración?

La oración de “júbilo” del Señor

Más adelante, Benedicto XVI se detuvo en la oración de “júbilo” de Jesús (cf. Audiencia general, 7-XII-2011). El Señor abre su corazón en acción de gracias a su Padre (cf Mt 11,25-30 y Lc 10, 21-22), alegrándose al comprobar cómo los “pequeños” y los sencillos se hacen como niños, se abren al Espíritu Santo y llegan a ser, como Jesús, mansos y humildes de corazón. Y acaba diciendo: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Lc 10, 22).

La oración de Jesús en el contexto de las curaciones milagrosas

La semana siguiente el Papa contempló la oración de Jesús en el contexto de las curaciones milagrosas (cf. Audiencia general del 14-XII-2011). “Jesús se deja implicar con gran participación humana en el sufrimiento de sus amigos, por ejemplo Lázaro y su familia, o de los muchos pobres y enfermos que Él quiso ayudar concretamente”. Subraya cómo la acción sanadora del Señor está siempre en relación con su Padre (cf. Mc 7, 34; Jn 11, 4 y 41s): la relación humana de compasión o de amistad con el hombre, entra en la comunión de Jesús con Dios Padre, y se convierte así en curación.

Con ello, Jesús quiere llevarnos, de un lado, a la confianza total en el Dios de la vida y su plan de salvación; y al mismo tiempo, “la oración nos enseña a salir constantemente a de nosotros mismos para ser capaces de acercarnos a los demás –nuestros hermanos, hijos en el Hijo–, especialmente en los momentos de la prueba, para llevarles consuelo, esperanza y luz”.

La oración de Jesús durante la última Cena

Ya en 2012, Benedicto XVI se ha referido a la oración del Señor durante la Última Cena (cf. Audiencia general del 11-I-2012), que a veces se denomina “oración sacerdotal”. Por su importancia para comprender el sentido de la misa, nos detendremos aquí.

El trasfondo de esa oración es la despedida del Señor y la inminencia de su pasión. Desde hacía tiempo venía explicándoselo a sus discípulos, para que comprendieran sus consecuencias (por ejemplo Mc. 8, 31). En aquellos días se aproximaba la Pascua judía, que celebraba el recuerdo de la liberación de Egipto. Es en contexto, dice el Papa, donde se enmarca la última Cena de Jesús, pero con una novedad especial: “Es su Cena, en la cual ofrece algo totalmente nuevo: a Él mismo. Y de este modo, Jesús celebra su Pascua, anticipa su Cruz y su Resurrección”. Es significativo que según San Juan, Jesús murió en la cruz a la hora que en el templo de Jerusalén se inmolaban los corderos de la Pascua.

En la última Cena del Señor destacan sus gestos (parte el pan y lo distribuye, comparte el vino), junto con las palabras que los acompañan y el marco de la oración. Todo ello constituye la institución de la Eucaristía. Y la Eucaristía, según Benedicto XVI, debe considerarse como “la gran oración de Jesús y de la Iglesia”.

Cuando el Nuevo Testamento (en los Evangelios sinópticos y en la primera carta a los Corintios) relata este acontecimiento, usa unos verbos determinados, que expresan la acción de gracias y la alabanza. Así se refleja la oración judía, que hacía el cabeza de familia (la berakha), acogiendo en casa a algunos extranjeros, al principio de las grandes fiestas. En esa oración se reconocían los dones recibidos de Dios (las cosechas y los frutos de la tierra), y se entendía que Dios respondía enriqueciendo los mismos dones.

Todo ello adquiere, en la última Cena de Jesús, una profundidad totalmente nueva. “Él da una señal visible de acogida a la mesa en la cual Dios se da. Jesús en el pan y en el vino se ofrece y se transmite a Sí mismo”.

Se pregunta Benedicto XVI cómo pudo Jesús darse a sí mismo. Había dicho que él tenía poder para dar su vida y recobrarla de nuevo, de acuerdo con el mandato de su Padre (cf. Jn 10, 17s). Ahora “Él ofrece de antemano la vida que le será quitada, y de este modo transforma su muerte violenta en un acto libre de donación de sí para los demás y a los demás”.

Desde el interior de su oración, en el diálogo con su Padre, brota la entrega a los suyos: “Vemos claramente que la relación íntima y constante con el Padre es el lugar donde Él realiza el gesto de dejar a los suyos, y a cada uno de nosotros, el Sacramento del amor, el”Sacramentum Caritatis”. Así Jesús se convierte en el verdadero Cordero que lleva a la plenitud el antiguo culto y nos invita a participar de su entrega (cf. 1 Co 11. 24.25).

Al mismo tiempo se preocupa por cada uno aquella noche (concretamente por Pedro: Lc 22, 31s; 22, 60s). “La oración de Jesús cuando se acerca la prueba también para sus discípulos, los sostiene en su debilidad”. Y ahora, en nuestro caso, “La Eucaristía es el alimento de los peregrinos que se convierte en fuerza también para el que está cansado, agotado y desorientado”.


La misa: participar de la oración de Jesús

Pues bien, esto se renueva con la misa en la que participamos nosotros: “Participando de la Eucaristía, vivimos de una manera extraordinaria la oración que Jesús ha hecho y hace continuamente por cada uno, a fin de que el mal, que todos enfrentamos en la vida, no logre vencer, y actúe así en nosotros el poder transformador de la muerte y resurrección de Cristo”.

Por tanto, al celebrar cada misa, en la Eucaristía, nos unimos a la oración de Jesús, especialmente a la de aquella noche: “Desde el principio, la Iglesia ha comprendido las palabras de la consagración como parte de la oración realizada junto a Jesús; como una parte central de la alabanza llena de gratitud, a través de la cual el fruto de la tierra y del trabajo del hombre, nos viene nuevamente donados como cuerpo y sangre de Jesús, como auto donación de Dios mismo en el amor acogedor del Hijo (cf. Jesús de Nazaret, II, p. 146.)”.

Concluyendo. Los frutos de la misa de cada día, cuando la celebramos con la debida preparación (lo que incluye si es necesario recibir el Sacramento de la Penitencia), son el resultado de la entrega de Jesús, que se nos aplica personalmente, para nuestra vida y nuestra misión como cristianos: luz y fortaleza, fidelidad y renovación. Y esos frutos de la oración de Jesús se nos aplican “para que nuestra vida no se pierda, a pesar de nuestra debilidad y de nuestras infidelidades, sino que sea transformada”. Para que sea, de verdad, como la suya, ofrenda al Padre y sacrificio de amor a Dios y al prójimo.

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La conversión de San Pablo

Perteneció a la casta de los fariseos. Había nacido en Tarso, ciudad que pertenecía al mundo grecorromano; quien nacía allí tenía la categoría de ciudadano romano y lo era tanto como el centurión, el procurador, el tribuno o magistrado. Necesariamente, por ser judío no le cupo más suerte en la niñez que andar disimulando su condición entre los demás del pueblo, ocultando su creencia, tenida como superstición por los paganos romanos. Es posible que esto le fuera encendiendo por dentro y le afirmara aún más en su fe, cuando iba creciendo en edad y tenía que defenderse marchando contra corriente.

Era más bien bajo, de espaldas anchas y cojeaba algo. Fuerte y macizo como un tronco. Un rictus tenía que le hacía fanático. Conocía los manuscritos viejos escritos con signos que a los griegos y a los romanos les parecían garabatos ininteligibles, pero que encerraban toda la sabiduría y la razón de ser de un pueblo. Listo como un sabio en las escuelas griegas de Tarso, familiarizado con los poetas y filósofos que habían pasado el tiempo escribiendo en tablillas o pensando. Para los griegos solo era un hebreo, miembro de aquellas familias que vivían en un islote social, aislado entre misterios inaccesibles a los de otra raza, uno de los que tenían prohibido el acceso a las clases cultas y dirigentes; era de esos que se hacían despreciables por su puritanismo, por sus rarezas ante los alimentos, su modo de divertirse, de casarse, de entender la vida, de no asistir a los templos ¡un ambiente nada claro!.

A los dieciocho años se fue a Jerusalén para aprender cosas del judío verdadero, las de la Ley patria, la razón de las costumbres; ansiaba profundizar en la historia del pueblo y en su culto. Gamaliel lo informó bien por unos cuartos. Aprendió las cosas yendo a la raíz, no como las decía la gente poco culta del pueblo sencillo y llano. Supo más y mejor del poder del Dios único; aprendió a darle honra y alabanza en el mayor de los respetos y malamente soportaba con su pueblo el presente dominio del imponente invasor. Esto le ponía furioso. Los profetas daban pistas para un resurgimiento y los salmos cantaban la victoria de Dios sobre otros pueblos y culturas muy importantes que en otro tiempo subyugaron a los judíos y ya desaparecieron a pesar de su altivez; igual pasaría con los dominadores actuales. El Libertador no podría tardar. Mientras tanto, era preciso mantener la idiosincrasia del pueblo a cualquier costa y no ser como los herodianos, para que la esperanza hiciera posible su supervivencia como nación. No se podía dejar que un ápice lo apartara de la fidelidad a las costumbres patrias. Eso le hizo celoso.

Y mira por donde, aquella herejía estaba estropeando todo lo que necesitaba el pueblo. Locos estaban adorando a un hombre y crucificado. No se podía permitir que entre los suyos se ampliara el círculo de los disidentes. Había que hacer algo. No pasaban, sino que las noticias decían que estaban por todas partes como si se diera una metástasis generalizada de un cáncer nacional. Hacía años que ya estuvo, colaborando como pudo, en la lapidación de uno de aquellos visionarios listos, serviciales, piadosos y caritativos pero que hacían mucho daño al alto estamento oficial judío; fue cuando lo apedrearon por blasfemo a las afueras de Jerusalén, y lastimosamente él sólo pudo guardar los mantos de los que lo lapidaron. Hasta le parecía recordar aún su nombre: Esteban.

Su conversión fue en un día insospechado. Nada propiciaba aquel cambio. Precisamente llevaba cartas de recomendación de los judíos de Jerusalén para los de Damasco; quería poner entre rejas a los cristianos que encontrara. Hasta allí se extendía la autoridad de los sumos sacerdotes y principales fariseos; como eran costumbres de religión, los romanos las reconocían sin hacerles ascos. Saulo guiaba una comitiva no guerrera pero sí muy activa, casi furiosa, impaciente por cumplir bien una misión que suponían agradable a Dios y purga necesaria para la estabilidad de los judíos y para proteger la pureza de las tradiciones que recibieron los padres. Aquello parecía la avanzada de un ejército en orden de batalla, con el repiqueteo de las herraduras en las pezuñas de las monturas sobre el duro suelo de roca ante Damasco donde caracoleaban los caballos. Llevaban ya varios días de caminata; se daban por bien empleados si la gestión terminaba con éxito. Iba Saulo “respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor”. En su interior había buena dosis de saña.

“Y sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó una luz fulgurante venida del cielo, y cayendo por tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer. Y los hombres que le acompañaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo del suelo y , abiertos los ojos, nada veía. Y llevándole de la mano lo introdujeron en Damasco, y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió” (Act. 9, 3-9).

Tres días para rumiar su derrota y hacerse cargo en su interior de lo que había pasado. Y luego, el bautismo. Un cambio de vida, cambio de obras, cambio de pensamiento, de ideales y proyectos. Su carácter apasionado tomará el rumbo ahora marcado sin trabas humanas posibles _su rendición fue sin condiciones_ y con el afán de llevar a su pueblo primero y al mundo entero luego la alegría del amor de Dios manifestado en Cristo.

El relato es del historiador Lucas, buen conocedor de su oficio. Se lo había oído veces y veces al mismo protagonista. No hay duda. Vio él mismo al resucitado; y lo dirá más veces, y muy en serio a los de Corinto. Por ello fue capaz de sufrir naufragios en el mar y persecuciones en la tierra, y azotes, y hambre y cárcel y humillaciones y críticas, y juicios y muerte de espada; por ello hizo viajes por todo el imperio, recorriéndolo de extremo a extremo. Y no creas que se lamentaba; le ilusionaba hacerlo porque sabía que en él era mandato más que ruego; el dolor y sufrimiento más bien los tuvo como credenciales y las heridas de su cuerpo las pensaba como garantía de la victoria final en fidelidad ansiada.

Entre tantas conversiones del santoral, la de Pablo es ejemplar, paradigmática. Más se palpa en ella la acción divina que el esfuerzo humano; además, enseña las insospechadas consecuencias que trae consigo una mudanza radical.

HOMILÍA

Evangelio: Mc 16, 15-18 Y les dijo:

 —Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes con las manos y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados.

Un Evangelio para vivir y difundir

 

En síntesis, asegura Jesús a sus discípulos, en estos pocos versículos de san Marcos que nos presenta hoy la Iglesia en la fiesta de la conversión de San Pablo, dos verdades que deben iluminar la existencia de cuantos queremos entregarnos de verdad en la difusión del Evangelio. Por una parte, dice el Señor que su mensaje de salvación es imprescindible para la bienaventuranza eterna del hombre; por otro lado, afirma el poder de la fe en Él, pues, sus fieles serán invencibles, ningún poder temporal podrá con ellos. La vida del Apóstol de las gentes es un testimonio de vivo de fe en lo uno y lo otro.

No ofrece el discípulo de Cristo, con su insistente exposición de las verdades reveladas recibidas de Cristo, algo sólo de relativa importancia. Brinda siempre a quienes le escuchan la llave imprescindible de la felicidad eterna, único sentido del esfuerzo humano. Luego, cada uno, debe practicar; ha de poner por obra lo creído: la fe, si no va acompañada de obras, está realmente muerta, asegura el apóstol Santiago. Pero es preciso primero aceptar por la fe el mensaje de salvación que nos ha traído el Hijo de Dios encarnado. Claro que no se trata de un reconocimiento exclusivamente teórico, como quien aceptara la verdad de una historia antigua que para nada tiene repercusión en su vida. También creen los demonios y se estremecen, concluye el mismo apóstol Santiago, para enseñar hasta qué punto es estéril una fe en Jesucristo que no se manifieste que las obras que Él nos enseñó.

Por otra parte, lo que transmitimos enseñando en nuestros apostolados en grupo o en conversaciones personales –más concretas, más en confidencia–, no es, en modo alguno, una opinión más, ni tampoco cierto modo de ver la vida válido para algunos. No vamos con un planteamiento que, por interesante que resulte, es en todo caso opcional. Pretendemos, como primera y descarada intención, comprometer la vida de las personas. Como es natural, respetando por completo su libertad. Pero deseamos, con un apasionado querer, que nuestros parientes, amigos y conocidos rectifiquen de su vida lo que difiere del ideal cristiano. Así lo pretendemos porque es el querer de Dios para todos los hombres.

Cada uno de los que meditamos estas palabras del Señor y somos capaces de valorarlas, debemos sentirnos los primeros destinatarios de la exigencia que Jesucristo reclama de sus discípulos. Ante todo les exige: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. Y, seguidamente, concreta las consecuencias prácticas –por así decir– de ese Evangelio en quienes lo vivan, y la especial protección que sentirán quienes lo transmitan. Pero, ante todo, lo primordial es llenar el mundo con el mensaje salvador –el único mensaje salvador para el hombre– que Jesucristo, Señor Nuestro, vino a traer al mundo.

Preguntémonos, pues, cómo encarnamos personalmente, en nuestra conducta cotidiana esas enseñanzas, que posiblemente conocemos bien y hasta aconsejamos a otros. “No se da lo que no se tiene”, reza la sabiduría popular. Y así sucede en la vida cristiana: Alma de apóstol: primero, tú. —Ha dicho el Señor, por San Mateo: “Muchos me dirán en el día del juicio: ¡Señor, Señor!, ¿pues no hemos profetizado en tu nombre y lanzado en tu nombre los demonios y hecho muchos milagros? Entonces yo les protestaré: jamás os he conocido por míos; apartaos de mí, operarios de la maldad”.

 No suceda —dice San Pablo— que habiendo predicado a los otros, yo vaya a ser reprobado.

 

Las palabras de san Josemaría nos pueden poner en guardia, si nos consideramos buenos y exigimos a otros que sean mejores. Es posible que debamos pedir más amor a Dios manifestado en obras, ante todo, para nosotros mismos. Será manifestación de que nos parece poco lo que nos exigimos por Aquel que, siendo Dios, dio por nosotros su vida porque nos ama. Además, como hemos recordado, por exigente que pudiera ser nuestra vida al servicio del Evangelio, nada debemos tener. A los que crean acompañarán estos milagros… Y enumera Jesús una serie de peligros, que serían frecuentes en la época, y no dañarían a los que vivieran de acuerdo con su fe. En nuestro tiempo son otros los peligros para los cristianos. Lo decisivo sigue siendo que con Dios no hay fuerza capaz de acabar con nuestra vida. En el peor de los casos tendríamos que recordar: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo y después de esto no pueden hacer nada más. Os enseñaré a quién tenéis que temer: temed al que después de dar muerte tiene potestad para arrojar en el infierno.

¿Acaso no vemos el horizonte de nuestra existencia en la eternidad, esa vida gozosa con Dios que nunca termina? Vale la pena hacernos con frecuencia estas consideraciones, para no dar excesiva importancia a las contrariedades de la vida presente, de modo particular si son consecuencia de la lealtad al mensaje de Cristo: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. De este modo advertía el Señor a sus Apóstoles que tendrían dificultades: persecuciones, en concreto, por su lealtad al Evangelio. Así ha venido sucediendo a lo largo de los siglos y es un hecho claramente palpable en nuestros días. Aparte, claro está, del evidente sacrificio que supone ser leales a Dios en cada jornada.

La Madre de Dios, Nuestra Madre, no se quiere apartar de sus hijos, los hombres. La contemplación de su figura, siempre fiel, nos conduce suavemente a dar a conocer la Buena Noticia y a que sea, más y más, vida de nuestra vida.

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La conversión de Pablo

Autor: Noé Patiño | Fuente: Catholic.net
Conversión de Pablo
Marcos 16, 15-18. Fiesta de la Conversión San Pablo. No esperemos más, convirtámonos en esos apóstoles resucitados.
Conversión de Pablo

Del santo Evangelio segú san Marcos 16, 15-18

En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once y les dijo: Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.

Oración introductoria

Señor, permite que esta meditación me marque el camino para seguir el gran ejemplo de la vida del apóstol san Pablo, que una vez que experimentó tu amor ya no hubo nada ni nadie que lo apartará de su misión. En este nuevo año quiero sepultar a ese hombre viejo que hay en mí para dejarme conquistar por tu amor.

Petición

Señor, concédeme que mi testimonio comunique la alegría de mi fe.

Meditación del Papa

De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios. (Benedicto XVI, 21 de agosto de 2011). 

Reflexión:

Nos encontramos en el monte de los olivos, en el mismo lugar donde cuarenta días antes, Jesús era entregado por uno de sus discípulos y donde todos los demás le abandonaron. Pero las cosas han cambiado y ya no son los mismos apóstoles de antes, la Resurrección los ha cambiado. Y Jesús se da cuenta de esto, por eso, les da una nueva misión: predicar el evangelio a todos los hombres, suscitar la fe, transmitir la salvación mediante el bautismo: he aquí la misión de los apóstoles después de la Resurrección. Y nosotros católicos somos hoy en día esos apóstoles resucitados.

Es verdad que en nuestras vidas hemos abandonado a Cristo muchas veces, pero eso a Jesús no le importa. Él nos llama a predicar el evangelio como volvió a llamar a los apóstoles y como un día llamó a san Pablo, cuya conversión celebramos hoy. San Pablo persiguió a los apóstoles y quería borrar el nombre de Jesús de Nazareth de la faz de Israel. Pero Jesús resucitado le convierte de un perseguidor a un precursor de la Buena Nueva y en un apóstol apasionado de este Cristo a quien perseguía. Jesús nos manda a predicar el Evangelio y es el primero que nos da ejemplo convirtiendo al más “temido” de todos los judíos.

La conversión infundió en Saulo una fe que lo hace ser misionero incansable; enciende en su alma un ardor de caridad que le obliga a transmitir a los demás la verdad que ha encontrado; le da la fuerza para ser tanto de palabra como de obra un ferviente testimonio del evangelio. Ahora bien, ¿qué nos diferencia a nosotros de san Pablo? Tenemos la misma fe, la misma caridad, la misma doctrina, el mismo Dios… Pero nos falta su amor apasionado a Cristo, que le llevó a considerar todo basura y estiércol comparado con Cristo.

Propósito

Hoy es un día de conversión. No esperemos más, convirtámonos en esos apóstoles resucitados y pidamos esa fe y ese amor que convirtió a san Pablo para que nos convierta también a nosotros en luz y fuego en medio de la oscuridad del mundo.

Diálogo con Cristo 

Señor, ¡quiero ser un san Pablo para mi familia y el mundo de hoy! Quiero dejarme conquistar por la fe para lograr mi transformación interior y poder llegar a decir, por la gracia que me das, que ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí. Quiero dejar el afán por el aparecer, por el bienestar, por las posesiones, por el éxito pero, sobre todo, teniendo en cuenta que mi vida cristiana no se resume en negaciones sino en la entrega, por amor, a los demás.

La verdadera familia de Jesús

Autor: Carlos Llaca | Fuente: Catholic.net
La verdadera familia de Jesús
Marcos 3, 31-35. Tiempo Ordinario. Si Cristo dice que quien cumple la voluntad de Dios es su hermano, su hermana y su madre, ¡Yo quiero ser hermano de Jesús!
La verdadera familia de Jesús

Del santo Evangelio según san Marcos 3, 31-35

En aquel tiempo llegaron la madre de Jesús y sus hermanos, y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada a su alrededor le dijo: ¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan. El les responde: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Oración introductoria

Señor, vengo ante Ti en este momento de oración buscando tener un momento a solas contigo, en silencio. Te consagro todos mis pensamientos, palabras y obras. Concédeme vivir con la ilusión de cumplir hoy, en todo, tu voluntad.

Petición

Padre mío, aumenta mi fe, mi esperanza y mi caridad para que renueve minuto a minuto mi opción por Ti.

Meditación del Papa

Día tras día, en el silencio de la vida ordinaria, María continuó custodiando en su corazón, los siguientes sucesos maravillosos de los que fue testigo, hasta la prueba extrema de la Cruz y la gloria de la Resurrección. María ha vivido plenamente su existencia, sus deberes cotidianos, su misión de madre, pero ha sabido mantener en sí un espacio interior para reflexionar sobre la palabra y la voluntad de Dios, sobre lo que sucedía en sí misma, sobre los misterios de la vida de su Hijo.
En nuestro tiempo estamos siendo absorbidos por muchas actividades y compromisos, preocupaciones, problemas; a menudo se tiende a rellenar todos los espacios de la jornada, sin tener un momento para detenernos reflexionando y nutriendo la vida espiritual, el contacto con Dios. María nos enseña lo necesario que es encontrar en nuestras jornadas, con todas las actividades, momentos para recogernos en silencio y meditar sobre lo que el Señor nos quiere enseñar, sobre cómo está presente y actúa en el mundo y en nuestra vida: ser capaces de detenernos un momento y meditar. (Benedicto XVI, 17 de agosto de 2011). 

Reflexión

Ahí tenemos a Cristo que está predicando a sus “ovejuelas”. Pero he aquí que de pronto alguien viene con la noticia de que su Madre y su parentela quieren verlo. ¿Por qué Cristo no se ha levantado presuroso a recibir a la que más amó en la tierra, su mamá? ¿Por qué en cambio ha respondido de una manera casi indiferente? Pero nada de eso estaba en el Corazón del mejor de los hijos. Si su Madre lo buscaba iría a recibirlo. Y si respondió así la ensalzó sobre todos y como que nos remontó a aquel suceso de años, cuando a la niña María la presentaron en el Templo. “¿Quién es mi Madre y mis hermanos?… Quien cumpla la voluntad de Dios” enseñaba el Maestro.

¿Y quién cumplió mejor en esta tierra esa Voluntad de Dios sino María? Su Madre, Ella, la Siempre Fiel. Por eso la puso de modelo. Todo aquel que llegue a cumplir los deseos de su Padre podrá asemejarse a aquella Dulce Madre, Fidelísima a quien se le confiaron tesoros tan grandes. Y así como una vez fue presentada en el Templo para consagrarla totalmente al Señor ahora Ella, de labios de su Hijo, fue confirmada en su ofrenda total ante el Padre celestial, porque sólo Ella ha logrado vivir consagrada plenamente a los deseos del Señor.

Benditos aquellos que son llamados Hijos de Dios. Pero lo mejor de todo es que cada uno de nosotros, católicos bautizados, también somos hijos predilectos de Dios. Basta con cumplir su voluntad en todo momento.

¿Y cómo saber cuál es la voluntad de Dios? Es muy fácil, a todos nosotros se nos pide ir a Misa todos los domingos y fiestas de guardar. Se nos pide perdonar las ofensas que recibimos, confesarnos y comulgar, hacer bien nuestro deber, evitar los vicios.

Ahora, siempre hay que tomar las palabras de Jesús como verdaderas, de otra forma, nuestra fe no valdría de nada. Y si Cristo dice que quien cumple la voluntad de Dios es su hermano, su hermana y su madre, ¡Yo quiero ser hermano de Jesús! Es cuestión de pensar un momento: ¡Tener a Dios como hermano!…

Propósito

Pedir luz y fuerza al Espíritu Santo para conocer y cumplir la voluntad de Dios en mi vida.

Diálogo con Cristo

Gracias, Jesús, por considerarme como tu hermano, como tu madre, pidiendo simplemente que te ame por encima de todo. Que ponga tu voluntad en primer lugar, porque ésta debe ser siempre mi norma suprema, por encima del ambiente, de las costumbres del mundo, de mis caprichos… Abrazar todo lo que me ayude a cumplir tu voluntad y rechazar lo que me estorbe para seguirla, ése es el camino de la santidad. Señor, dame la gracia de convencerme de que no hay vida más fecunda y hermosa que la que se gasta cumpliendo con tu voluntad santísima.

La voluntad de Dios y nuestra voluntad

P. Tadeusz Dajczer

Es decisivo para que nuestra fe se haga más profunda, hasta transformarla en una adhesión total a Cristo, nuestro anhelo de cumplir en todo su voluntad y nuestro consentimiento de que nuestra propia voluntad sea crucificada. Adherirnos a Cristo significa someter nuestra voluntad a la suya. La vida interior es una continua tensión entre la voluntad de Dios y la voluntad del hombre. Esa tensión surge del hecho de que nosotros giramos incesantemente en torno a nuestra propia voluntad, en la búsqueda de lo que nos es cómodo, mientras que el alcance de nuestros planes y de nuestros anhelos, el alcance de lo que nosotros deseamos, no coincide con lo que Dios desea. El hombre se defiende ante la anulación de sus propios deseos. Se defiende de manera consciente, es decir, negando a Dios la sumisión de su voluntad, o de manera inconsciente, lo que con frecuencia se manifiesta en el mecanismo de defensa de la racionalización. Ese mecanismo pone de relieve hasta qué punto nuestros anhelos y actitudes están orientados a la búsqueda de nuestros propios egoísmos.
¿En qué consiste ese mecanismo de defensa de la racionalización? En que inconscientemente justificamos nuestra actitud, con base en motivaciones que aceptamos rechazando las motivaciones que realmente nos impulsan. Esto significa que justificamos lo que hacemos para realizar nuestros propios deseos con una argumentación inventada que nos tranquiliza. Un ejemplo clásico de ese sistema de autodefensa es la situación en la que una madre defiende a su hijo ante su nuera. En los casos en los que se manifiesta el mecanismo de defensa de la racionalización, esta madre estará totalmente persuadida de que se guía exclusivamente por el amor, y de que tiene derecho a actuar, porque para eso es madre, y lo único que quiere es el bien de su hijo. El deseo de poseer que se manifiesta en ese amor se suele mantener oculto debajo de la capa de este mecanismo de defensa inconsciente, mediante la racionalización de los actos, y gracias a una teoría subjetiva inventada para justificar la actitud adoptada. Es casi imposible convencer a una madre que reacciona de esa manera de que en realidad, ella a quien ama en su hijo es a sí misma, de que está destrozando el matrimonio, y de que lo que debería hacer es retirarse, dejar a los cónyuges, e incluso ponerse más bien del lado de la nuera que del hijo.

El mecanismo de defensa de la racionalización es un baluarte tan fuerte y difícil de desarmar, ante todo, porque es un mecanismo inconsciente. Con cuánta frecuencia inventamos una teoría con el único fin de justificar algún acto inadecuado. Decimos: tengo que descansar, no puedo ocuparme de eso, tengo derecho, he sido perjudicado, tengo que defenderme, etc. Y puedes incluso dedicarte aplicadamente a un supuesto amor, al apostolado, a ciertas aficiones, pero en la fuente de todo ello puede estar oculto un egoísmo inconsciente.
Ese egoísmo es el que hace que nuestra vida interior se desarrolle en el marco de una tensión incesante entre nuestra voluntad y la de Dios. Si vivir con fe significa adhesión a Cristo y a su voluntad, es en ese contexto en el que hay que recalcar que la búsqueda de la propia voluntad es lo peor que puede haber. Esa es la fuente del mal y del pecado, la fuente de nuestros infortunios y esclavitud. La adhesión a Cristo y a su voluntad significa que, en el caso de que su voluntad sea incompatible con la nuestra, nosotros aceptemos que él destruya nuestros planes, que los frustre. Los acontecimientos relacionados con la vida de los santos nos muestran, muchas veces, cómo Dios frustró sus planes para que su voluntad pudiera fundirse con la de Dios.

Santa Teresa de Jesús fue a Sevilla para fundar una nueva institución conventual. Eran los difíciles tiempos de la reforma, y santa Teresa creó entonces una nueva y progresista rama de las hermanas carmelitas. La creación de la nueva institución exigía que santa Teresa, como superiora, viajara con un grupo de hermanas al lugar en el que iba a estar su sede. Las monjas, por lo regular, solían viajar en carruajes muy cerrados, porque las carmelitas reformadas, las descalzas, son una orden de clausura y no pueden dejarse ver en público. Escondidas dentro de su carruaje se sentían seguras y tenían la esperanza de que podrían llegar a su objetivo sin ser vistas por nadie, porque no querían dar un espectáculo.
Era el día de la Venida del Espíritu Santo. Las hermanas partieron muy temprano por la mañana. Teresa escogió una iglesia que estaba en uno de los más alejados arrabales de Córdoba para hacer una pausa. Allí el padre Julián de Ávila iba a oficiar una misa para ellas, con el fin de que nadie las viera, y luego las monjas iban a reanudar su viaje. Pero muy pronto resultó que para llegar hasta la Iglesia escogida había que pasar por un

puente. Sin embargo, el puente, a esa temprana hora, estaba cerrado, y los vigilantes que lo cuidaban informaron de que tenían que pedirle la llave al alcalde. El alcalde todavía estaba dormido, y no permitía que se le despertara en situaciones parecidas. Tuvieron que esperar. Salió el sol y comenzó a hacer mucho calor. La gente empezó a agruparse en torno al carruaje. Algunos, los más ansiosos de descubrir algo sensacional, trataron de echar una mirada al interior. Al fin, después de una espera de dos horas, trajeron la llave y se pudo abrir la puerta. El carruaje se puso en marcha, pero resultó que por ser demasiado ancho no podía pasar por el puente. Y empezaron a pasar las horas.
Santa Teresa anhelaba mucho participar en la solemnidad de la Venida del Espíritu Santo y en la misa, y ansiaba que todo el viaje se hubiera podido hacer sin que las monjas fueran vistas por la gente, pero las horas de inactividad transcurrían una tras otra. Cuando al fin fueron cortadas con sierra las partes del carruaje que sobresalían demasiado, y las monjas pudieron llegar hasta la iglesia fuera de la ciudad, tuvieron otra sorpresa más. Resultó que la festividad de la Venida del Espíritu Santo era una fiesta patronal en esta iglesia, y, como suele ocurrir en esos casos, tanto por dentro como en sus alrededores, la iglesia estaba repleta. Eso ya fue demasiado. Santa Teresa dijo que ella y las demás hermanas estuvieron a punto de negarse a asistir a la santa misa; más tarde reconoció que aquello hubiera sido un grave error. Por suerte, el padre Julián ordenó a las monjas que participaran en la santa misa a pesar del gentío que había. Salieron, pues, de su escondite y empezaron a cruzar la iglesia. Santa Teresa, que siempre relata las cosas con mucho colorido, dijo más tarde que cuando la gente las vio, cubiertas con velos y con hábitos blancos, reaccionó como suele hacerlo el público de las corridas cuando sale el toro al ruedo. Santa Teresa confiesa que aquel fue uno de los mayores disgustos de su vida. Ese disgusto tan grande se lo dio el Espíritu Santo, en la festividad de su Venida.

Pero allí no terminaron las dificultades. Después de la santa misa, las hermanas tuvieron que volver a cruzar la iglesia, en medio de la gente que alborotaba y empujaba. Luego, cuando ya salieron de la nave, resultó que hacía un calor tan tremendo que no se podía continuar el viaje. Los caballos no querían tirar del carruaje, y dentro de él hacía tanto calor que las monjas se pasaron el resto del día a la sombra, debajo del puente. Como vemos, de nada sirvieron sus planes.
El Espíritu Santo puede bajar hasta el hombre con una gracia que echa por tierra sus planes. Esas son sus grandes gracias del despojamiento. En el tratamiento que dio a santa Teresa en la festividad de la Venida del Espíritu Santo, hubo una prueba del gran amor que sentía por ella. Ella todo lo planeó tan bien, y con tanto esmero, y él todo lo frustró de la manera más perfecta; porque eran planes que no coincidían con la voluntad del Señor. Pero en todo lo dicho lo esencial es que se produjo algo importante: El Espíritu Santo descendió sobre Teresa y las demás hermanas, porque ellas aceptaron su acción; y al someterse a la voluntad de Dios profundizaron su adhesión a Cristo. El Espíritu Santo, ese gran constructor de nuestra fe, las despojó y las hizo más pobres aún, para que fueran capaces de aceptar el poder de aquel que en la liturgia de la Iglesia es calificado como Padre de los pobres.

Plegaria Eucarística

La misa explicada, continuación…
-Prefacio -Santo -Invocación al Espíritu Santo (1ª) -Relato y consagración -Memorial y ofrenda -Invocación al Espíritu Santo (2ª) -Intercesiones -Doxología final.
El ápice de toda la celebración

 

 

La cima del sacrificio de la misa se da en la plegaria eucarística, que en el Occidente cristiano se llama canon, norma invariable, y en el Oriente anáfora, que significa llevar de nuevo hacia arriba. En ningún momento de la misa la distracción de los participantes vendrá a ser más lamentable. Es el momento de la suma atención sagrada.

 

 

«Ahora es cuando empieza el centro y el culmen de toda la celebración, a saber: la plegaria eucarística, que es una plegaria de acción de gracias y de consagración. El sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios en oración y acción de gracias, y se le asocia en la oración, que él dirige, en nombre de toda la comunidad, por Jesucristo, a Dios Padre. El sentido de esta oración es que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en el reconocimiento de la grandeza de Dios y en la ofrenda del sacrificio» (OGMR 54).

 

 

Con los mismos gestos y palabras de la Cena, Cristo y la Iglesia realizan ahora el memorial que actualiza el misterio de la Cruz y de la Resurrección: misterio pascual, glorificación suma de Dios, fuente sobreabundante y permanente de redención para los hombres. Y al mismo tiempo, la plegaria eucarística, pronunciada exclusivamente por el sacerdote, es la oración suprema de la Iglesia, visiblemente congregada. La forma básica de esta gran oración es la berakáh de los judíos, que se recitaba en la liturgia familiar, en la sinagogal, y por supuesto en la Cena pascual: es el modo propio de la eulogía, bendición de Dios, y la eucharistía, acción de gracias, frecuentes en el Nuevo Testamento.

 

 

«La naturaleza de las intervenciones presidenciales exige que se pronuncien claramente y en voz alta, y que todos las escuchen atentamente. Por consiguiente, mientras interviene el sacerdote no se cante ni se rece otra cosa, y estén igualmente callados el órgano y cualquier otro instrumento musical» (OGMR 12). Por eso mismo, durante la plegaria eucarística, «no se permite recitar ninguna de sus partes a un ministro de grado inferior, a la asamblea o a cualquiera de los fieles» (S.C.Culto, instrucción 5-9-1970, 4).

 

 

Las diversas plegarias eucarísticas

 

 

En cualesquiera de sus variantes, la plegaria eucarística incluye siempre la acción de gracias, varias aclamaciones, la epíclesis o invocación del Espíritu Santo, la narración de la institución y la consagración, la anámnesis o memorial, la oblación de la víctima, las intercesiones varias y la suprema doxología final trinitaria (OGMR 55). Actualmente, el Misal romano presenta también cinco plegarias eucarísticas, y además de ellas existen tres para niños y dos de reconciliación.

 

 

I. Es el Canon Romano. Procede del siglo IV, y su forma queda ya casi fijada desde San Gregorio Magno (+604). Su uso se universaliza en la Iglesia por los siglos IX-XI, y llega casi intacto hasta nuestros días. Goza, pues, de especial honor en la tradición litúrgica.

 

 

II. Es una reelaboración de la anáfora de San Hipólito (+225), la más antigua que se conoce de Occidente. Sencilla y breve, sumamente venerable, es armoniosa y perfecta.

 

 

III. Esta plegaria, expresión de la tradición romana y gálica, fue compuesta después del Vaticano II, y el orden de sus partes, así como su conjunto, hace de ella una anáfora de proporciones ideales. En ella fijaremos ahora especialmente nuestro comentario.

 

 

IV. Procedente de la tradición litúrgica antioquena, es también una plegaria de composición actual. Con prefacio fijo y propio, es una pieza lírica muy bella, en la que se confiesa ampliamente la fe, contemplando, a partir de la creación, toda la obra de la redención.

 

 

V. En 1974 aprobó la Iglesia la plegaria eucarística preparada con ocasión del Sínodo de Suiza, adoptada posteriormente por varias Conferencias Episcopales, entre ellas la de España (1985). En lenguaje moderno, y con la estructura de la tradición romana, la plegaria, que tiene cuatro variantes, contempla sobre todo al Señor que camina con su Iglesia peregrina.
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